II

El 7 de julio.

Al anochecer del día 7 de julio, entre las gentes de alta estofa

reunidas en los salones del Palacio Real, reinaba una alegría no exenta

de zozobra.

Se esperaban graves acontecimientos para dentro de breves horas.

El rey, bajo frívolos pretextos, mantenía a su lado a los ministros

liberales; los cortesanos comenzaban a tratar a éstos más como vencidos

y prisioneros que como gobernantes, y fuera de las doradas cámaras, en

las antesalas escalinatas y patios, vociferaban los soldados de la

Guardia que no habían seguido a sus compañeros en la insurrección, y

permanecían allí para guardar la persona del soberano.

Aquellos pretorianos, actores indispensables de la tragedia que se

preparaba, eran tratados como canónigos por la servidumbre de Palacio,

que se extremaba en llenar sus estómagos para que así adquirieran nuevas

fuerzas y supieran batirse firmemente con los liberales.

Los platos humeantes, recién salidos de los fogones, los fiambres

costosos, las frutas raras, los helados exquisitos y los vinos, que

hacía ya muchos años dormían en las bodegas de Palacio bajo espesa capa

de telarañas y polvo, salían a borbotones por la puerta de las cocinas

en brazos de diligentes pinches, y eran distribuídos entre aquellos

mocetones uniformados, tan gallardos como brutales, que con el fusil

bajo el brazo recogían el regalo del rey y lo partían alegremente con

sus amigas, alegres mujercillas que habían llegado de los barrios más

extremos de Madrid al olor de la fiesta.

Las antecámaras estaban convertidas en comedor, y cada rincón o hueco de

escalera en un burdel.

La licencia soldadesca se posesionaba a sus anchas del regio alcázar, y

el rey y sus cortesanos lo veían pero callaban.

Convenía acariciar y sufrir antes de la pelea a aquellos perros de presa

que iban a ser arrojados contra la Constitución.

A intervalos aparecía en los tejados de Palacio una gran linterna roja

que se movía con señales de telegrafía misteriosa, y a la que contestaba

allá a lo lejos, con idénticos movimientos, otra del mismo color desde

las alturas del Pardo que ocupaban los batallones insurrectos.

Aquello, según las gentes enteradas de los secretos de Palacio, era la

señal convenida entre el rey y sus pretorianos para que éstos cayeran

sobre los liberales que defendían Madrid y que se mostraban descuidados

y muy ajenos de esperar ataque alguno.

La contestación que marcaba el farol del Pardo, produjo en los regios

salones la más grata impresión.

Los cortesanos se felicitaban mutuamente, y los frailes y clérigos

estrechaban las manos de los grandes de España y generales de salón,

dándose plácemes por el próximo triunfo que devolvería a las clases

tradicionales sus antiguos privilegios, desterrando de la nación los

demonios de la libertad y del progreso.

--¡Van a venir!--decía con gozo un obeso canónigo a un acartonado

gentilhombre.

--Pronto tendremos absoluto a nuestro señor don Fernando.

--¡Absoluto!--exclamaba con alegría casi frenética y frotándose las

manos el esférico prebendado--. ¡Absoluto! Eso es; y que podamos arrojar

pronto lejos de nosotros la polilla liberal.

Fernando, en tanto, rodeado de sus inseparables duques de Alagón y del

Infantado y de otros cortesanos íntimos, celebraba con su chusca risa de

canalla la mala jugada que les preparaba a los liberales.

Los cuatro batallones de la Guardia no anduvieron perezosos en cumplir

lo prometido por medio de aquel extraño telégrafo óptico.

Seis días de inacción, de crueles indecisiones y de ver que en toda

España nadie se levantaba a secundar el movimiento, conforme el rey

había prometido, destruyeron un tanto la disciplina militar e

introdujeron el desorden en las filas.

Córdova hacía esfuerzos para que no se malograra aquella empresa, de la

que él era el alma.

Los liberales, por una extraña apatía, habían dejado a los guardias que

permaneciesen tanto tiempo sublevados en los alrededores de Madrid; pero

era de esperar que de un momento a otro cayeran sobre ellos,

aplastándoles con el peso de su superioridad, y por esto los directores

del movimiento decidieron tomar la ofensiva presentándose

inesperadamente en la capital y poniendo de su parte la gran ventaja de

la sorpresa.

El condesito de Baselga ayudó mucho a Córdova en la tarea de decidir a

los compañeros a caer sobre Madrid.

Aquel matoncillo de corte deseaba con ansia tomar parte en una función

de guerra y hacer contra la libertad algo más serio que darse de

sablazos con los milicianos en la plaza de Palacio o de bofetadas con

los patriotas que aplaudían en la tribuna de las Cortes.

El deseo de los más levantiscos se impuso a la cautela de los más

prudentes, y los cuatro batallones emprendieron la marcha a las diez de

la noche.

Baselga mandaba una compañía, y muchas veces volvió la cabeza durante la

marcha para contemplar el ciento de altas gorras de pelo que en

correctas líneas se movían detrás de él entre el bosque de cañones de

fusil que brillaban al fulgor misterioso de un cielo sin luna, pero

poblado de estrellas.

Allá abajo debía estar Madrid, el antro donde se guarecía el monstruo

liberal que aquellos caballeros andantes del absolutismo iban a

exterminar; y los guardias miraban ansiosamente hacia adelante, como

queriendo entrever los contornos de la población en la semiobscuridad de

la noche.

Cuando los cuatro batallones llegaron a las tapias de Madrid,

apoderáronse fácilmente de un portillo y entraron en la capital.

Cambió entonces el aspecto de aquellas fuerzas. Algunos de los reclutas

de la Guardia, entusiasmados por el buen resultado de la sorpresa,

gritaron: "¡Viva el rey neto!"; pero las escasas voces fueron ahogadas

por los veteranos, soldadotes duchos en la guerra, que llevaban sobre su

pecho, en forma de cruces, el recuerdo de las más célebres campañas de

la Independencia y a quienes la gente llamaba los barbones de

Ballesteros, por la gran afición que demostraban a dejarse crecer los

pelos de la cara.

Había que caer por sorpresa sobre los liberales; era preciso no

avisarles con gritos ni disparos, y por esto los batallones, a la

desfilada y rozando las casas, fueron deslizándose a lo largo de las

calles.

Aquellos paladines de la legitimidad monárquica avanzaban con la vil

cautela del asesino que va a caer sobre el enemigo descuidado.

Pronto cesó tal situación. Al volver la cabeza del primer batallón una

esquina, encontróse frente a una patrulla liberal que recorría,

vigilante, la ciudad. Sonó un tiro, después una descarga, y los vivas a

la Constitución y al absolutismo se confundieron con el tremendo rugido

de la fusilería.

Había ya empezado el combate y Madrid despertó de su sueño.

La milicia corrió a las armas; elevóse en las calles un rumor semejante

al bostezo de la fiera que despierta sorprendida por el primer tiro de

los cazadores, y en los puntos más céntricos de la capital fueron

reuniéndose los batallones de la milicia nacional y los patriotas

armados que deseaban luchar por la libertad.

La plaza Mayor era el punto cuya posesión más interesaba a los

insurrectos realistas y allí se dirigió la Guardia Real en varias

columnas y siguiendo distintas rutas.

Baselga, sin separarse de Córdova, al que profesaba tanto respeto como

admiración, púsose al frente de los quinientos hombres que iban a atacar

la plaza por el callejón llamado del Infierno, y denodadamente comenzó a

avanzar.

Aquel truhán palaciego era valiente y tenía la audacia del bandido

cuando se ve en peligro.

El tiroteo que se inició en la calle de la Luna había puesto en guardia

a los defensores de la plaza Mayor, y al extremo de aquella angosta y

oscura callejuela, bajo el amplio arco que daba acceso a la plaza,

destacábanse, al rápido resplandor de los fogonazos, los enormes chacós

de los milicianos terminados en orondos pompones, y las figuras

bizarras, aunque poco militares, de aquellos tenderos, abogados y

oficinistas que en días tranquilos jugaban a soldados con infantil

complacencia y que en aquella noche, por uno de esos raros fenómenos que

surgen en la historia cuando menos se les espera, se disponían a morir

como héroes.

La espesa granizada de balas de fusil rugía en la estrecha garganta de

la callejuela, salpicando las paredes, acribillando puertas y ventanas y

derribando los acometedores, de los cuales muchos avanzaban apegados a

los muros y amparándose de sus huecos y salientes, mientras que otros,

situados en el centro de la angosta vía, hacían fuego a pecho

descubierto o desafiaban a la muerte, siguiendo adelante sin otra

defensa ante su pecho que la punta de la bayoneta.

Baselga atacó con el ardor de un granadero. En el primer empuje se vió

próximo a la sombría arcada, cuyas negras fauces se iluminaban con el

instantáneo relámpago de la fusilería; casi llegó a tocar con la punta

de su espada aquellos grupos de azules capotes, charreteras encarnadas y

gigantescos morriones que cubrían, como animada barricada, la entrada

de la plaza; pero inmediatamente tuvo que retroceder, pues se encontró

solo. Ninguno de aquellos guardias de tan reconocida bravura había

conseguido avanzar tanto.

Los audaces estaban tendidos en el suelo y los demás se replegaban al

fondo de la callejuela, hostigados por las incesantes descargas de

fusilería.

El condesito volvió adonde estaban los suyos y allí encontró a Córdova,

que, con el rostro contraído por el furor y los ojos saltando de sus

órbitas, arengaba a los soldados y se disponía a cargar a la bayoneta,

forzando de este modo la entrada de la plaza.

Formóse la columna. Agitando sus espadas pusiéronse al frente los

oficiales y aquella masa de hombres y de hierro que por debajo era

monstruo de innumerables y feroces piernas, y por arriba confusa

aglomeración de bayonetas y colosales gorras de pelo, partió con

arrolladora furia sobre el montón de milicianos que servía de

inexpugnable muralla a la arcada y que esperaba el ataque con el frío y

terco valor del hombre pacífico a quien el entusiasmo convierte en

soldado.

La granizada de plomo no detuvo al monstruo de hierro en su precipitada

carrera; el suelo de la calle tembló bajo tan uniformes y aceleradas

pisadas, y sobrevino el choque, brutal, ensordecedor y furioso como el

tremendo topetazo de dos bestias prehistóricas.

Las bayonetas de una y otra parte se cruzaron buscando con rabia los

enemigos pechos; los fusiles, todavía humeantes, voltearon sobre las

cabezas, esgrimidos como mazas de combate, y a las respiraciones

jadeantes acompañaron rugidos de rabia, gemidos de dolor y vivas a la

libertad y al absolutismo.

El brutal encuentro duró sólo algunos instantes. Pugnaron ambas masas

por repelerse mutuamente; las filas de la milicia parecieron abrirse un

tanto con los movimientos de la lucha, y un gran número de guardias,

aprovechando el claro, introdujéronse en la plaza con la audacia del que

comienza a sentirse vencedor.

Un nuevo obstáculo vino a cerrarles el paso. Allí estaban, hasta

entonces inactivos, los jinetes de Almansa, aquel terrible regimiento de

Caballería cuyos soldados y oficiales eran el núcleo de todas las

sociedades secretas y el principal elemento de las algaradas

revolucionarias y que ostentaban el lema de "Libertad o Muerte".

Cayó el tropel de caballos con arrolladora furia sobre la manga de

guardias que iba introduciéndose en la plaza, y éstos viéronse

arrollados y obligados a retroceder.

Aquellos terribles liberales sabían pegar recio con sus sables, y

cuantos intentaron oponerse a la carga cayeron acuchillados por los

centauros de la revolución.

Deslizábanse los viejos soldados por entre los grupos de caballos,

pugnando por llegar al centro de la plaza; pero por todas partes

encontraban cerrado el paso y tenían que retroceder esquivando con el

fusil un diluvio de tajos y estocadas.

Baselga había sido de los primeros en penetrar en la plaza y quiso

resistir antes que ser empujado por la Caballería nuevamente al

callejón.

A los sablazos de los jinetes contestó con toda su habilidad de

consumado espadachín; pero en una de las ocasiones que levantó su

espada, un sable, resbalando a lo largo de ésta, cayó sobre su hombro

derecho arrancándole media charretera y rompiéndole la clavícula.

Cayó inútil el brazo a lo largo del cuerpo; su mano abandonó la espada y

se consideró próximo a perecer entre aquel torbellino de hombres,

caballos y sables que vertiginosamente le envolvía.

Afortunadamente para él, la fuga de los guardias lo arrastró, y con toda

la vaguedad de un sueño vino a recordar, cuando volvió a encontrarse en

el fondo de la callejuela, lo que había ocurrido en la plaza y cómo

salió de ella entre empujones, golpes y bayonetazos esquivados, por

aquella arcada tan valientemente defendida por los milicianos.

Baselga, al verse con los suyos, que habían vuelto a rehacerse, recobró

su habitual energía, y para demostrar con cierta pueril complacencia que

no hacía gran caso de la herida, creyó muy propio proferir algunas

interjecciones contra aquella "gentecilla" de la milicia que tan dura

era de pelar y con tanta tenacidad defendía su alabada Constitución.

Para ser unos tenderillos--como decía Baselga despreciativamente--, se

batían muy bravamente aquellos milicianos que juzgaban la Constitución

del 12 como el arca santa en cuyo interior se encerraba el tesoro de

todas las verdades y la suprema felicidad.

Ni por un instante decaía el entusiasmo de los defensores de la plaza

Mayor y nadie se hubiera imaginado horas antes que aquellos batallones

de la milicia, a los que daban cierto aspecto ridículo los honrados

burguesillos de rostro bonachón y abdomen prominente, haciendo

esfuerzos por tomar dentro de su uniforme un aire marcial, pudieran

llegar a tal grado de heroísmo.

Mezclados entre los milicianos que vivaqueaban desde el anochecer en la

plaza, figuraban los principales personajes de la revolución, los que

gozaban de más grande popularidad.

Riego, vestido de paisano y presentándose como un simple diputado,

animaba a los milicianos con marcial elocuencia e interrumpía su

peroración para coger el fusil de un herido y dispararlo contra los

asaltantes.

El general Morillo, el héroe de las guerras de América, con aquel gesto

avinagrado que le era característico, dirigía la defensa sin bajar de su

caballo, presentando fácil blanco a los tiros de los asaltantes.

El jefe de la milicia era el brigadier Palanca, aquel médico toledano

que en la guerra de la Independencia abandonó la curación de enfermos

para matar franceses y que a fuerza de seguir la original táctica de las

guerrillas llegó a convertirse en un completo y popular caudillo y poco

después en ardiente liberal.

Estos tres personajes mezclados con un sinnúmero de generales,

diputados, periodistas y oradores de club, que eran la representación

más genuina de aquella época revolucionaria, constituían el núcleo de la

defensa, siendo el alma de aquel gigante de hierro y fuego que alargaba

sus brazos relampagueantes y estremecedores por todas las avenidas de la

plaza.

La defensa, en vez de decrecer con el tiempo, iba en aumento conforme

transcurrían las horas, pues los liberales recibían nuevos refuerzos de

los extremos de la capital.

Las columnas de la Guardia Real, lejos de manifestar debilidad al ver

aumentado el peligro, redoblaban su empuje semejante al toro que se

enfurece pugnando por derribar con la testa un resistente obstáculo.

Pronto tuvieron los sediciosos que luchar con un nuevo y terrible

enemigo.

Los guardias, desde el fondo de las tres calles por donde dirigían sus

ataques, vieron rodar bajo las arcadas bultos informes e inanimados que

arrastraban los defensores de la plaza produciendo sordo ruido.

Al poco rato ya no fué la fusilería únicamente la que barrió las calles.

Un fogonazo más intenso que los anteriores enrojeció las sombras,

sonaron detonaciones ensordecedoras y la metralla rasgó rugiendo el

espacio para ir a incrustarse en aquellas masas de carne que se

amontonaban, preparándose a un nuevo ataque.

Los cañones daban una terrible superioridad a los liberales y los

guardias reconocían que era preciso apoderarse de ellos o resignarse a

morir despedazados por aquella lluvia de hierro.

Preparáronse a hacer el último esfuerzo y a morir si necesario era antes

que retroceder y ser barridos por aquel vendaval de plomo. Había que

hacer callar a las bocas de bronce aunque tuvieran que obstruirlas con

sus propios cuerpos.

Sin otro guía que la desesperación, rugiendo de rabia, en completo

desorden y viendo abiertos a cada instante nuevos claros en sus filas,

partieron veloces las columnas, como si quisieran aplastar aquellas

barricadas de hombres y cañones.

Estos redoblaron sus rugidos y pronto tuvieron junto a sus fauces de

bronce el tropel de desesperados que buscando la muerte, aclamaban al

rey, que a aquellas horas estaba en su palacio, si no muy tranquilo,

bastante descansado.

Aquella lucha furiosa hasta llegar a la demencia tomó un carácter tan

grandioso como el de los combates homéricos.

Los continuos fogonazos rasgaban en lívidas fajas la densa oscuridad y a

su instantáneo resplandor destacábanse los movedizos contornos de aquel

gigantesco montón de hombres tenaces en su idea de permanecer firmes o

de avanzar.

Con la fantástica y atropellada rapidez de las visiones del delirio,

vislumbrábanse en los instantáneos focos de luz que producía la pólvora,

las casacas azules de los guardias con sus rojas franjas sobre el pecho

a modo de alamares, las amplias levitas de los milicianos, las rojas

charreteras en desorden, los rostros contraídos por el furor o

ennegrecidos por la pólvora con la horripilante expresión de una imagen

dantesca, las gorras granaderas y los morriones pugnando y

entremezclándose y más encima un bosque centelleante de espadas y

bayonetas, machetes y escobillones de artillería que se agitaban

buscando la presa sobre quien caer.

Los cañones hacían fuego a quemarropa. Cada vez que rugían trazábase en

la apretada masa de hombres un surco rojizo; retrocedía aquélla con

instintivo movimiento y en el claro que existía por un momento, tendidos

en el suelo o pugnando por sostenerse, como espectros de una pesadilla,

veíanse seres mutilados y horribles que se retorcían con las

contorsiones de infernal dolor.

Aquello ya no era el combate de soldados civilizados, era la apoteosis

de la guerra, desprovista de toda conveniencia y mostrándose en su

salvaje desnudez. La pasión política y la desesperación convertía a los

combatientes en fieras. Un poeta al describir la nocturna batalla la

hubiera comparado en tal momento a un canto con estrofas de hierro y

fuego entonado en loor de la brutalidad de los hombres.

No podía durar mucho tiempo aquella hecatombe espantosa.

La Guardia, más por irreflexivo espíritu de conservación que por miedo,

retrocedió, recibiendo por la espalda el fuego de sus enemigos; pero

como avergonzada de su fuga, apenas se reconcentró al extremo de las

calles, volvió otra vez al ataque con furia todavía creciente.

Aquellos jóvenes oficiales, calaverillas de la guerra, que habían

efectuado la insurrección de la Guardia con la misma ligereza que una

aventura amorosa, comprendía ya la terrible situación en que

voluntariamente se habían colocado; veían claramente el compromiso

terrible contraído con sus soldados, a quienes llevaban a la muerte y

con su rey, que aguardaba el triunfo, y se arrojaban decididos sobre el

enemigo pensando más en la muerte que en la victoria.

Hay que hacer justicia a aquellos jóvenes fanáticos del realismo

absoluto que acometieron la loca aventura del 7 de julio y ensalzar el

valor heroico que desplegaron por tan despreciable causa.

El condesito de Baselga estaba fuera de sí.

Sentíase avergonzado y loco de rabia al pensar lo que dirían al día

siguiente las duquesas de la corte sabiendo que "los tenderos" de la

milicia habían derrotado a los valientes y dorados mozalbetes de la

Guardia; y esta idea horripilante le arrastraba al suicidio.

Ya no pensaba en penetrar en la plaza; tan sólo quería morir abrazado a

uno de aquellos cañones que tanto daño causaban y que vinieran después

las hermosuras cortesanas y hasta el mismo rey a contemplar el cadáver

de tan glorioso mártir del absolutismo.

Guiado por tal idea, mostrábase bravo entre los bravos, marchando el

primero en la columna, a pesar de que sólo con gran dificultad podía

mover su brazo derecho.

La metralla pasaba rozándole y hacía caer a los que más cerca estaban;

pero ni una sola vez se desviaba para tocar a aquel insensato que la

llamaba a gritos. Los rugidos de los cañones parecían a Baselga

sarcásticas carcajadas de la muerte que se burlaba de un amante tan

porfiado.

Varias veces llegó a tocar con su brazo casi inútil el bronce de

aquellos cañones, y otras tantas retrocedió arrastrado por el reflujo de

los asaltantes, que sólo por algunos instantes podían permanecer

batiéndose cuerpo a cuerpo y recibiendo las descargas a quemarropa.

En más de una ocasión la bayoneta de un miliciano pudo atravesar su

pecho con un solo ligero empuje; pero los defensores de la portalada le

respetaron, admirando su valor y tal vez compadecidos de su juventud.

Iba ya acercándose el amanecer, las sombras eran cada vez menos densas,

y la Guardia, extenuada por tan gigantescos esfuerzos y cada vez más

combatida por sus enemigos, convencióse de que era inútil su empeño.

Apenas esta convicción se extendió por las filas, aquellos bravos

batallones, en los que figuraban los más aguerridos veteranos del

ejército español, declaráronse en fuga.

Comenzaba el cielo a empaparse con la claridad de los rápidos

crepúsculos del verano; esa luz azulada y vaga propia del amanecer,

coloreaba los objetos, y los guardias, como horrorizados del desolador

aspecto del campo de batalla, y aun del que ellos mismos presentaban,

desordenáronse y apelaron a la fuga con dirección al palacio real en

busca de asilo, como los facinerosos de las épocas de fanatismo que,

huyendo de la justicia, se acogían al sagrado de las iglesias.

Los oficiales intentaron detenerlos; pero se vieron desobedecidos,

arrollados, arrastrados por aquella vertiginosa corriente de hombres, y

pronto los batallones, pocas horas antes de tan brillante aspecto,

corrieron azorados, revueltos y en espantoso desorden, perseguidos de

cerca por los defensores de la plaza Mayor.

Al entrar en la calle del Arenal aguardábales una tremenda sorpresa.

Las fuerzas liberales que ocupaban la Puerta del Sol acababan de recibir

tres cañones del Parque y enviaron un certero golpe de metralla a aquel

tropel de fugitivos.

Baselga marchaba de los últimos, avergonzado de la huída, y corría tan

sólo para detener a sus soldados, que eran sordos a las voces de mando.

Cuando sonaron los metrallazos desde la Puerta del Sol, vió caer a dos

soldados que iban delante, y al mismo tiempo sintió en una pierna un

golpe semejante al de un tremendo garrotazo.

Miró... y estaba lleno de sangre. Algo entre angustia y asfixia subió de

su estómago a la cabeza, parecióle que el suelo tiraba de él, y

tambaleándose como un borracho fué a detenerse con dolorosa

voluptuosidad en el umbral de una gran puerta.

A través de la nube sangrienta que empañaba sus ojos, vió Baselga pasar

por el centro de la calle, con la rapidez de una tromba, a los

batallones de la Milicia y del ejército liberal, que, con la bayoneta

calada, iban en persecución del enemigo.

Después, todo quedó a su alrededor desierto y silencioso.

Un rápido y creciente entumecimiento invadía el cuerpo de Baselga, y sus

facultades se amortiguaban gradualmente.

Cuando estaba ya próxima a extinguirse en él la noción del ser, le

pareció que alguien tiraba de sus hombros y lo arrastraba.

--¿Será esto la muerte que llega?--pensó el destrozado realista.

E inmediatamente su cerebro quedó inmóvil, sumergiéndose en la sombra.

La araña negra, t. 1/9 · 第 11 / 35 题