I
Un defensor del absolutismo.
En la madrugada del 1.º de julio de 1822, cuatro batallones de la
Guardia Real salieron a la callada de Madrid y se trasladaron al Pardo,
donde, con aire omnipotente, dispusieron que su amado rey el señor don
Fernando VII recobrase todos sus derechos de monarca absoluto y que
cayera el régimen constitucional nacido año y medio antes con la
sublevación de Riego en Cabezas de San Juan.
Fué aquello una chiquillada valiente, que costó la vida a muchos
infelices y en la que se dieron a conocer don Luis Fernández de Córdoba
y otros futuros generales que entonces eran simples tenientes, o más
bien dicho, pollos militares recién salidos del cascarón.
En aquella jornada, preparada en honor del absolutismo monárquico, sonó
por primera vez el nombre de don Fernando Baselga, conde de Baselga, que
era un rapaz recién salido de la escuela militar, vivo de genio,
despierto de mollera en lo tocante a travesuras, gran amigo de los
placeres y con el alma un poco atravesada, según decían sus compañeros;
pero a quien se le dispensaban sus faltas, que no eran pocas, en gracia
al alegre carácter y a la distinción caballeresca que sabía dar hasta a
sus actos más ruines.
El subteniente Baselga, de la Guardia Real, era una esperanza para
aquella corte de Fernando, que se sentía molestada bajo la influencia
liberal de la situación y deseaba el restablecimiento del absolutismo,
lo que significaba la vuelta de aquellos tiempos de Godoy y Carlos IV,
donde cada mañana se comentaban los escándalos palaciegos ocurridos en
la noche anterior, sucesos capaces de ruborizar a un Cuerpo de guardia,
y se rendía homenaje al querido de la reina, la que, por su parte,
cambiaba de amante cada semana.
Aquellos fueron los buenos tiempos, y no los que habían sobrevenido
después de 1820, en aquella inaudita época constitucional, donde los
mismos revolucionarios que trastornaron a la nación en las Cortes de
Cádiz, aquellos plebeyos insolentes y deslenguados, enemigos de Dios y
de la propiedad, como eran Argüelles, Martínez de la Rosa, García
Herreros, y otros no menos nombrados, pisaban las alfombras del regio
palacio con el carácter de ministros e iban a deslucir con sus casacas
mal cortadas aquel brillante golpe de vista que presentaban los salones
del rey, repletos de dorados uniformes, faldas de vistosos colorines y
sotanas rojas o moradas.
Cuando el joven subteniente se hacía estas consideraciones, sentíase
acometido de un furor sin límites. Aquello no era corte; el palacio real
no pasaba de ser un campamento del pueblo, la ola democrática lo invadía
todo y era preciso que los buenos servidores del rey se agrupasen a su
lado para barrer a todos los "negros" y devolver al palacio su antiguo
esplendor.
El condesito de Baselga experimentaba la misma desesperación del artista
convencido de que posee condiciones para hacerse inmortal y que, sin
embargo, no encuentra medios para darse a conocer del mundo.
El joven subteniente tenía la firme persuasión de que él podía ser el
más brillante adorno de una corte, y se desesperaba al pensar que, por
culpa de los liberales, allí no había bailes, saraos, ni ninguna de las
grandes diversiones de los antiguos tiempos, pues el rey se pasaba la
mayor parte del año en sus posesiones campestres huyendo de los motines,
asonadas y manifestaciones con acompañamiento de pedradas y palos, que
siempre venían a terminar frente a las ventanas de Palacio.
¡Si él hubiera nacido en otros tiempos!...
Ya se lo había dicho el revoltoso y viejo conde de Montijo, el mismo que
el año ocho acaudillaba, vestido de chalán y con el nombre de "el tío
Pedro", el motín de los lacayos y trajineros contra el favorito Godoy.
--Muchacho, tú hubieras hecho una gran carrera a vivir en la corte de
Carlos IV.
El no era ambicioso, no quería medrar; únicamente deseaba divertirse, y
divertirse mucho, y para ello necesitaba un escenario digno de sus
facultades, una corte donde menudearan las fiestas, las damas fueran
traviesas, se tuviera alguno que otro duelo, y desde el rey abajo todos
fueran galanteadores.
Para eso había entrado él en la Guardia Real, y como tenía la completa
seguridad, por informes fidedignos, de que Fernando pensaba de igual
modo y se veía obligado a reprimirse por culpa de los vencedores
liberales, de aquí que profesara a éstos un odio más vivo e inexplicable
que el que pudieran inspirarle sus tradiciones de rancia nobleza.
Por esto, olvidando momentáneamente el vino, la baraja y unas relaciones
nada platónicas, que más por amor propio que por pasión había contraído
con una duquesa casi cincuentona, dama de honor de la reina, hízose
hombre serio, metióse a conspirador, y entendiéndose con su compañero de
armas, el inquieto Córdova, que era quien se avistaba continuamente con
el rey y estaba en el secreto de "la gorda" que se preparaba contra los
liberales, encontróse a los veintiún años convertido en terrible
sedicioso, aunque no dejando por esto de ser tan superficial como de
costumbre.
Aquel condesito de Baselga era un hermoso ejemplar de la especie de
fatuos dañinos, y honraba tanto en lo físico como en lo moral a su
privilegiada clase demostrando que en la nobleza no todas las familias
degeneran a pesar de los incesantes cruzamientos entre individuos de
idéntica sangre.
Su familia, tan cargada de blasones y pergaminos como escasa en
peluconas, habíase mantenido hasta entonces pegada al terruño en lo más
aislado de Castilla la Vieja odiando a la corte y considerando
únicamente como iguales a los individuos de aquella nobleza rústica, que
no doblaba el espinazo ante los favoritos de los reyes, nobleza que
guardaba encerradas en sus casas solariegas las tradiciones de los
feudales tiempos y que se comía sus cosechas al calor de la blasonada
chimenea, teniendo por única ocupación la caza y por exclusivo
esparcimiento la diaria misa mayor, las vísperas y alguno que otro
rosario.
La guerra de la Independencia por un lado y las Cortes de Cádiz por
otro, removieron toda la nación; los franceses a cañonazos, y los
diputados con leyes y decretos, sacaron de su marasmo a clases que
permanecían tan quietas como la momia de un Faraón en lo más hondo de
la Pirámide; y aquellos restos semifeudales de la nobleza castellana
fueron arrojados de sus vetustos caserones por el azar de las
circunstancias y entraron en plena vida para contaminarse, como todas
las otras clases, con el ambiente social.
Entonces, como tronco que arranca y arrastra el torrente de una
inundación, el joven conde de Baselga fué desgajado del riñón de
Castilla donde había crecido y llegó a Madrid contando como único
capital el puñado de duros que cada seis meses le enviaba el cura de su
pueblo como administrador de sus reducidos bienes señoriales, y
especialmente aquellas prendas físicas que, según testimonio de los
expertos en achaques de corte, le harían ir lejos, muy lejos.
Sus progenitores habían muerto al terminar la guerra; su padre, a
consecuencia de fatigas experimentadas en la lucha contra los franceses,
pues había querido organizar una guerrilla y de la campaña sólo había
sacado escasa gloria, muchas penalidades y bastantes golpes; y su madre,
a causa de los numerosos sustos que la habían producido las continuas
fugas y ocultaciones para no caer en manos de los invasores.
El condesito no tenía a los diez y seis años otro arrimo y amparo que el
duque de Alagón, gran señor de la corte, con el que le unía un lejano
parentesco; pero en esto le favoreció la suerte, pues llegó a Madrid en
1815, o sea cuando estaba en su período álgido la reacción, cuando el
pueblo era feliz gritando: "¡Vivan las cadenas y la Inquisición!", y
España entera adoraba una trinidad tan respetable como la católica,
compuesta por Fernando "el Deseado", el exaguador Chamorro, bruto con
suerte, que tenía el privilegio de provocar la carcajada real relatando
chuscadas del Matadero, y el citado duque de Alagón, personaje
respetable y necesario para la felicidad del Estado, cuyas funciones
consistían en llevar la cuenta de los conventos de monjas que esperaban
la visita de Su Majestad y acompañar al monarca en sus excursiones
nocturnas a casa de Pepa "la Naranjera", o alguna otra notabilidad
manolesca que tenía el privilegio de distraer el fastidio de aquel a
quien los predicadores de la época ponían en parangón con Dios.
Bajo la poderosa protección de tan digno personaje hizo el joven conde
sus estudios.
Cerca de cuatro años invirtió en abrir un resquicio en su mollera a un
escrúpulo de matemáticas y un poquillo de táctica y estrategia, pero
como en aquel entonces tener un padrino como el duque de Alagón
equivalía casi a ser pariente del Espíritu Santo, pronto ingresó en la
Guardia Real con el grado de subteniente y fué presentado al rey y a las
principales damas de la corte.
No fué pequeño el efecto que causó en Palacio, atendida la
insignificancia de su posición. El monarca, que a la sazón andaba muy
preocupado con la Constitución que acababa de jurar y las crecientes
pretensiones de los liberales, desarrugó, sin embargo, el entrecejo y le
dispensó una sonrisa y algunas chuscadas de su repertorio, con las
cuales demostraba conocer las aventuras del joven subteniente, y en
cuanto a las damas de la corte, señoronas de carne hinchada, mascarilla
de colorete y peinado de tres pisos, le dedicaron las más insinuantes
sonrisas y recogieron sus pomposos vestidos para que se sentara a su
lado aquel nuevo manjar sano y apetitoso que llevaba en su interior la
energía vital de cien generaciones libres de la anemia de las capitales
y fortalecidas por la vida del campo.
En verdad que Baselga merecía tan afectuoso recibimiento.
Era el más hermoso animal que en muchos años había entrado en la corte
para satisfacción del capricho femenil de las grandes damas.
Su esqueleto podía figurar, por su tamaño y fortaleza, en un museo, y
sobre sus huesos de gigante llevaba un apretado tejido de músculos y
nervios capaz de desarrollar la fuerza del atleta y refractario a la
enfermedad y a la fatiga. Su rostro tenía una expresión ceñuda que al
sonreír se convertía en maligna; llevaba con mucha gracia el recortado
bigote y las patillas a la rusa, en moda entre los militares de
entonces, y a tantos encantos físicos se unían los de una educación
distinguida, pues manejaba el sable como un cosaco, bebía sin caer, como
un arriero, miraba con desprecio a todo hombre que no llevaba uniforme y
jugaba con privilegio de ganar siempre, ya que todas sus fullerías sabía
sostenerlas después, como un matachín, con la punta de su espada.
Los cuartos que le enviaba el cura, su corta paga, algún que otro
socorro que le dispensaba su protector el de Alagón, y las trampas en el
juego, le permitían vivir con más boato que muchos de sus compañeros de
armas, y hasta se susurraba entre éstos que la duquesa madura cuidaba de
su brillante aspecto, renovándole el uniforme cada tres meses, con el
fin de que se presentara como el oficial más elegante y apuesto de la
Guardia.
Sus calaveradas y rasgos de carácter eran uno de los temas obligados en
las tertulias elegantes, y hasta absolutistas tan ceñudos y malhumorados
como el duque del Infantado y el padre Cirilo Alameda, reían a
carcajadas al saber que Baselga se disfrazaba de majo e iba a las Cortes
para tener el gusto de arrojar a los diputados cortezas de naranja, o se
emboscaba al anochecer con algunos compañeros en la plaza de Palacio,
embozado hasta los ojos y con el sable desnudo, para emprenderla a
cintarazos con los mozuelos y mujeres que se colocaban bajo las ventanas
del regio alcázar llamando a Fernando "feo narizotas, cara de pastel".
Todas estas hazañas las consumaba el joven subteniente como en muestra
de agradecimiento al rey y al duque de Alagón, y para desahogar la rabia
que sentía contra aquellos liberales que, con sus costumbres puritanas,
impedían que fuera la corte lo que en los buenos tiempos y que en ella
pudiera lucirse un descendiente de los héroes de la reconquista que se
llamaba don Fernando de Baselga.
La fama de los despropósitos que continuamente cometía el calavera
subteniente fué haciéndose tan grande, que llegó a oídos de Fernando, y
éste, que entonces se ocupaba en urdir la conspiración número mil y
tantas contra la Constitución que voluntariamente había jurado, en uno
de los conciliábulos que a altas horas de la noche celebraba en su
alcoba con Alagón, Infantado y el joven Córdova, habló a éste de la
necesidad de interesar en el plan a Baselga.
--Señor--contestó Córdova con el desprecio que los hombres de genio
guardan para los fatuos--; ese hombre será útil para cuando demos el
golpe; pero, entretanto, puede comprometernos.
--No importa; háblale de mi parte. Es un bruto que sabrá animar a la
gente y te evitará descender a ciertos trabajos.
El joven subteniente, a quien el soberano había agraciado con tan
hermosa calificación, recibió con el mayor placer las indicaciones de su
compañero de armas, y estuvo a punto de desmayarse de satisfacción al
saber que Su Majestad había pensado en él para tan delicada empresa.
Desde aquel momento se olvidó de todo para dedicarse exclusivamente a la
vida de conspirador.
¡Qué actividad la suya! ¡Con qué elocuencia sabía hablar a sus
compañeros para decidirles a que desenvainaran su espada contra el
Gobierno! A los amigotes de riñas y francachelas pintábales con
arrebatada oratoria la necesidad que había de cortar a los liberales
esto, aquello y lo de más allá; a los que sentían sus mismas aficiones
entusiasmábalos describiendo lo que sería la corte así que la Guardia
echara abajo la maldecida Constitución, y a los que se mostraban tímidos
e irresolutos intentaba atemorizarles diciéndoles con aire de matoncillo
que así que triunfase la buena causa se procuraría hacer en las horcas
una buena cuelga de aquellos que en los momentos de peligro no querían
defender los sagrados derechos del rey.
Pronto tuvo Baselga terminados sus trabajos de preparación, y no debió
hablar mal de ellos Córdova al rey, pues éste dirigía bondadosas
sonrisas al subteniente siempre que lo veía en Palacio.
Por fin, llegó el momento de dar el golpe.
Con motivo de ciertas manifestaciones de desagrado que el pueblo hizo al
rey, el 30 de junio, cuando se retiraba a Palacio, después de asistir a
la clausura reglamentaria de las Cortes, hubo sablazos y culatazos entre
la Guardia y la milicia nacional, con el consabido acompañamiento de
corridas y cierre de puertas.
Baselga comenzaba a estar en su elemento y varias veces propuso a sus
compañeros el dar allí mismo el grito de "¡Viva el rey absoluto!", y
volviendo a las Cortes, fusilar a todos los diputados.
Quería acelerar el movimiento con un acto disparatado, y ya que no pudo
lograrlo en aquel momento, por la tarde lo consiguió, pues a las puertas
del mismo Palacio Real, y por consejo suyo, unos cuantos soldados
hicieron fuego por la espalda sobre don Mamerto Landaburu, capitán de la
compañía de Baselga y a quien éste odiaba por sus ideas liberales.
Después de un crimen de tal importancia realizado al grito de "¡Viva la
monarquía absoluta!" ya no cabían vacilaciones.
La milicia nacional, la guarnición de Madrid afecta al Gobierno, y el
pueblo, caerían inmediatamente sobre los agresores y la conspiración
quedaría desbaratada, lo que obligó a tomar a los conspiradores una
resolución definitiva.
Cuatro batallones de la Guardia Real salieron aquella misma noche de
Madrid, mandados por oficiales jóvenes y de poca graduación, pues el que
más, era capitán.
El conde de Baselga iba al frente de medio batallón, contento de la
aventura y con todo el empaque de un ilustre caudillo.