Entró en el despacho don Tomás, arrastrando con tanta humildad sus
hábitos clericales, que su tierna mirada parecía pedir perdón a la
alfombra, porque la rozaba con los bajos de la sotana.
Su edad, unos cincuenta años; su estatura, más que regular; su defecto
físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba, y
su rostro, el de un hombre que en su juventud tuvo el pelo rojo y ahora,
por causa de las canas, lo ostenta de un color indefinido y sucio; sus
mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de
la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en
ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago
una expresión altiva, sarcástica y soberbia, que parece indicar que
sobre aquellos labios está en su casa, pues representa el verdadero
carácter del individuo.
En cuanto a los ojos, eran fieles imitadores de la boca, pues miraban
con la dulzura de la paloma..., cuando no tenían la misma expresión
cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.
Saludó varias veces don Tomás con cierta cortedad, llevándose el
mugriento sombrero de teja a la picuda nariz, hizo dos o tres
genuflexiones, invocó la gracia de Dios para aquella santa casa y todos
los presentes, y fué a sentarse en una silla inmediata a la que antes
había ocupado don Esteban.
Este permanecía en pie en medio del despacho, mirando fijamente al don
Tomás, que ponía su vista en todas partes menos en el rostro del
militar.
Le conocía perfectamente don Esteban. Era el mismo cura que al entrar en
el despacho había entrevisto tras el portier, atisbando en compañía de
las monjas. Sin duda había seguido escuchando toda la conversación y
entraba ahora como un recién llegado para auxiliar a la superiora.
--Maniobra jesuítica--se decía don Esteban--, buena para algunos
imbéciles, pero que no sirve para mí. Este hombre debe ser de la célebre
Compañía. Ahora veremos por dónde sale.
--Vaya, vaya--dijo en esto don Tomás, con su voz meliflua y humilde, al
mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano con otra,
bondadosamente--. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho.
Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo único
que me consuela es que el asunto no será de gran interés, ya que la
buena madre me ha permitido la entrada.
--Mire usted, caballero--contestó don Esteban, plantándose frente al
cura con el aplomo de un soldado--. Ni cuanto esta señora y yo hemos
hablado, ni el asunto que aquí me ha traído, le importan a usted nada;
así es que hará muy bien en no mezclarse en ello. Por lo demás, le
advierto que a mí no me gustan comedias en la vida, que las farsas las
conozco inmediatamente, que usted ha oído escondido tras esa cortina
todo cuanto hemos hablado, y que yo veré a mi hija a pesar de la
oposición de esa señora y de la hipocresía de usted. Y den gracias que
no me propongo llevármela, pues si en ello me empeñara, tenga por seguro
que lo lograría, aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa
monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.
--Conozco muy bien a don Esteban Alvarez--contestó el cura con su eterna
sonrisa--para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y más si es
contra los respetos que se deben a las personas sagradas.
--Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer
que usted nos oía desde la puerta.
--Señor don Esteban--contestó el cura cambiando repentinamente su
aspecto encogido y humilde por el aire de un hombre de mundo algo
escéptico--. Con usted no valen engaños, cosa de que me alegro mucho,
pues tampoco a mí me place la mentira. No he espiado tras esa cortina
intencionalmente, como usted cree; pero sí debo manifestarle que he oído
sus últimas palabras y a lo que usted viene aquí.
--Sabe usted amoldarse a todos los caracteres--dijo don Esteban con
rudeza--. Es usted un perfecto jesuíta.
--¡Jesuíta! ¡jesuíta!--exclamó el cura con un asombro angelical--. En
España no hay jesuítas; los arrojaron ustedes el año 68.
--Eso no importa; saben disfrazarse muy bien tales parásitos, y si usted
no lo es, merece serlo. Pero, en fin, esto nada me importa. ¡Adelante!
¿Decía usted?...
--Que por deberes de mi ministerio, hace tiempo que lo conozco a usted
de nombre. He sido por algún tiempo el confesor de la baronesa de
Carrillo... No haga usted por esto mala cara. Mi dirección espiritual
data de corta fecha; yo no conocía a la señora baronesa en la época que
usted tuvo con ella y su sobrina, la condesa, asuntos de que no hay por
qué hablar ahora. Continuando en lo que decía, debo manifestarle que
conozco sus pretensiones sobre la señorita Quirós, que se educa en este
colegio por encargo de su tía la baronesa, su empeño en pasar por padre
suyo y el cariño que dice profesarle, y, por tanto, comprendo esta
situación y me felicito de haber llegado en ocasión para servir de
intermediario entre usted, víctima ciego de su arrebatado carácter, y
esta santa mujer que, esclava de sus deberes, no quiere faltar a las
leyes del establecimiento que dirige.
La "santa mujer", al oír que don Tomás, en vez de apoyarla
enérgicamente, comenzaba por ceder, le dirigió una mirada, mezcla de
sorpresa y reproche, a la que él contestó con otra rápida e intensa, que
demostraba autoridad y parecía decir:--Confía en mí; de este modo
lograremos más que con una ruda oposición.
--Según eso, ¿usted está dispuesto a influir para que yo vea a mi hija?
--Sí, señor; y al ruego de usted uno el mío para que la reverenda madre
permita que venga aquí la señorita de Quirós. ¿Accede usted a ello,
madre directora?
Esta, cada vez más asombrada y bajo la fascinación de aquel hombre que
parecía ejercer sobre ella una gran influencia, contestó haciendo con la
cabeza un signo afirmativo.
--Ahora mismo--continuó el cura--verá usted a esa señorita. Va usted a
cumplir su deseo, pero antes, en interés a su bienestar y tranquilidad
de corazón, le ruego que desista de su empeño y se retire.
--¿Qué quiere usted indicarme con tan extraño consejo?
--Que esa señorita le odia a usted, pues se estremece de espanto al solo
nombre de don Esteban Alvarez.
--¡Imposible! ¡Temblar una hija ante el nombre de su padre! Eso es un
absurdo; alguna infame maniobra de los jesuítas, de ustedes, miserables,
que pretenden robarme cuanto amo en el mundo. ¡A ver..., pronto...,
venga aquí mi hija! Ahora más que nunca necesito verla.
Don Esteban dijo estas palabras con tal entonación, que la superiora,
temiendo volviera a repetirse la escena de momentos antes, hizo sonar el
timbre de su mesa, ordenando a la hermana que se presentó en la puerta
que fuera en busca de la señorita Quirós.
Pasaron algunos minutos sin que ninguno de los tres pronunciara una
palabra. Don Esteban, cruzando el despacho en paseo precipitado, la faz
contraída y la vista fija en el suelo; la superiora, inmóvil, y don
Tomás, pasándose de vez en cuando su repugnante pañuelo de hierbas por
la cara y aprovechando tal telón para dirigir a aquélla rápidas miradas
de inteligencia.
Sonaron ligeros y menudos pasos al otro lado del portier; levantóse
éste, y entró en el despacho, con desenvoltura encantadora, una niña de
ocho años, morena, de grandes ojos, de nariz un tanto gruesa, y llevando
con cierta gracia ingenua el ingrato y desgarbado uniforme del colegio.
Saludó con un respetuoso mohín a la monja y al capellán y se quedó
mirando fijamente a don Esteban como si quisiera adivinar quién era
aquel desconocido.
Este no se pudo contener. Sonrió con el dulce entusiasmo de un iluminado
que en sus desvaríos ve la gloria, y abalanzándose a la niña con los
brazos abiertos, dejó escapar las palabras de cariño que a borbotones
acudían a sus labios.
--¡Hija mía! Cada vez eres más semejante a tu pobre madre...
La niña, al sentir el abrazo rudo y cariñoso a la vez, el cosquilleo de
los bigotes y el besuqueo de aquella boca ávida, miró a su directora y
al confesor del colegio, como preguntándoles quién era aquel hombre.
--Señorita--dijo don Tomás, poniendo por primera vez serio su rostro y
dando a sus palabras cierta intención--; al señor lo conoce usted
perfectamente. Es don Esteban Alvarez.
Fué algo más que emoción lo que aquella niña experimentó al oír tal
nombre. Su cuerpecito tembló nerviosamente como si estuviera en
presencia de un gran peligro, su rostro tornóse pálido, y desasiéndose
rápidamente de aquellos brazos que la oprimían, dió un salto de algunos
pasos mirando a todas partes, como si no supiera por dónde huir.
--¡Cómo! ¿Qué es esto?--exclamó con extrañeza don Esteban--. ¿Huyes de
mí? ¿Huyes de tu padre?
--¡Mi padre!--dijo la niña con pasmo que la obligaba a balbucear--. ¡Qué
horror! Usted no es mi padre. Usted es don Esteban Alvarez, el verdugo
de mi mamá, el ángel malo de mi familia.
Don Esteban mostró en los primeros momentos un asombro cercano a la
imbecilidad. Miró a su alrededor como si dudara de lo que había oído y
dió algunos pasos hacia la niña; pero ésta, exhalando un grito de miedo,
fué a refugiarse tras la superiora.
Este grito pareció volver a la realidad al angustiado padre. Miró con
todo el furor propio de tan dramática situación al cura y a la
religiosa, y rugió:
--¡Infames! Habéis hecho más aún de lo que yo creía. Auxiliados por una
familia fanatizada, no sólo me habéis separado de mi hija, sino que la
enseñáis a que se horrorice y tiemble ante el nombre de su padre. ¿Qué
espantosas mentiras habéis dicho a esa infeliz niña? ¿Qué tremendas
calumnias habéis dejado caer sobre mi pasado? ¡Canalla vil!, hace un
momento os despreciaba, pero ahora me causáis asco y temor; siento ansia
de vengarme aplastándoos, y, ¡por Cristo!, que no saldré de aquí sin que
sepáis quién soy, y cómo respondo a las maquinaciones del jesuitismo
contra mi persona.
Y don Esteban, agitándose como un loco y hablando atropelladamente,
agarró una silla, y levantándola como una pluma, se abalanzó sobre el
cura y la monja.
Esta había perdido ya su presencia de ánimo y temblaba, pero el clérigo
no se inmutó y fué retrocediendo hacia la pared, únicamente para ganar
tiempo y poder decir antes de que descargara sobre su cabeza el primer
golpe:
--Piense usted que los suyos han caído del poder, que el Gobierno le
persigue, y que si da usted un escándalo la servidumbre del colegio
llamará a la policía y resultarán inútiles todas sus precauciones para
huir.
A las primeras palabras ya se detuvo don Esteban como si adivinara todo
el resto. Aquel cura había sabido desarmar tanta indignación, recordando
hábilmente un peligro.
Como rendido por la realidad, bajó lentamente su silla, recogió su
sombrero, pasóse una mano por los ojos como si despertara de un sueño
cruel, y se dirigió lentamente a la puerta.
Cuando llegó a ésta, volvióse pausadamente, y abarcando en una mirada a
la niña y a los dos seres sombríos, dijo:
--Confieso que sois muy fuertes y que se necesita gran energía para
luchar con vosotros. ¡Adiós, sabandijas infames! ¡Adiós, jesuíta!
Derrama sin piedad tu saliva venenosa sobre mi historia; sigue tejiendo
la negra tela de araña alrededor de esa familia cuya fortuna desea tu
Orden, y escarnéceme e insúltame cuanto quieras, que día llegará en que
pueda devolverte golpe por golpe. Hoy el porvenir es tuyo, pues viene la
reacción a hacer de la desdichada patria blanda cama para que te
revuelques a tu sabor. Mucha guerra os hice al triunfar la revolución,
pero veo que aquélla no ha causado gran mella en vosotros, y os juro que
no seré tan blando el día en que nuevamente estén los sucesos de nuestra
parte. ¡Adiós, miserables! Seres sin piedad ni corazón, insensibles a
todo sentimiento. Si tú eres la esposa de Dios y ése es su
representante, yo os digo que Dios es un mito, pues si existiera,
tendría méritos suficientes para ingresar en un presidio.
--En cuanto a ti, hija mía--continuó don Esteban con acento
enternecido--, algún día te acordarás con pena de este infeliz que ahora
te causa espanto. Tal vez dentro de algunos años, cuando te veas víctima
de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y
éste no podrá acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la
patria e imposibilitado de volver a ella.
Y el infortunado, al decir esto último, rompió a llorar, y como si no
quisiera dar tal prueba de flaqueza ante sus enemigos, salió corriendo
de la habitación, después de lanzar a su hija una postrera mirada de
cariño.
Al pasar frente a la portería dió un rudo empujón al hermano Andrés, que
quiso acercársele con su ademán obsequioso, y montando en el carruaje de
alquiler que aguardaba a la puerta del colegio, gritó al cochero:
--¡A la fonda!
* * * * *
Al apearse don Esteban y atravesar el patio del hotel oyó que le
llamaban, y volviéndose, tropezó con Benito, su antiguo asistente,
después ayuda de cámara, y en el momento, compañero de aventuras
políticas.
--Arriba, en el cuarto, aguardan, don Esteban. Son varios
correligionarios de esta ciudad que desean saber por usted la actitud
que deben tomar.
--¿Cómo han sabido que estamos aquí?
--No lo sé. ¡Qué diablos!, cree uno que no lo conocen, y donde menos lo
espera... En fin, que esto nos demuestra la necesidad de marcharnos a
Francia cuanto antes. Esta tarde, a las cuatro, sale vapor para
Marsella.
--Arréglalo todo para embarcarnos a tal hora, y alejémonos pronto de
aquí. Ahora vamos a ver qué quieren esos amigos, aunque yo no tengo hoy
la cabeza para estas cosas.
Cuando don Esteban entró en su habitación levantáronse de sus asientos
para saludarle respetuosamente tres hombres de rostro honrado y enérgico
que por sus trajes demostraban pertenecer a esa clase de pequeños
industriales que son el principal nervio del país y el primer elemento
de toda revolución.
Venían a cambiar impresiones, a recibir órdenes, a ofrecer su vida y la
de algunos centenares de amigos en defensa de la forma de gobierno que
acababa de caer. Habían sabido por un compañero que reconoció a don
Esteban al bajar del tren que el célebre agitador se hallaba en la
ciudad y deseaban ponerse a sus órdenes si es que el antiguo
revolucionario quería desenvainar la espada vengadora contra los
pretorianos del 3 de enero.
Aquellos honrados patriotas demostraban en su palabra defectuosa, pero
firme, una completa confianza. Aún no era tarde; la reacción había
triunfado en Madrid, pero todavía podía desvanecer tal victoria una
protesta armada en las provincias, y para ello nada mejor que iniciarla
en una capital de importancia.
Don Esteban oía con agrado aquellas valientes proposiciones, y por única
contestación decía con triste acento:
--No puede ser; es ya muy tarde. Juzgamos por nuestro entusiasmo al país
y éste se halla frío e indiferente.
Cuando los revolucionarios agotaron todos sus argumentos para convencer
a don Esteban, éste les dijo:
--Es inútil que ustedes insistan. Saben hace ya mucho tiempo que estoy
dispuesto a todas horas a dar mi vida por las doctrinas que profeso;
pero en esta circunstancia no me arriesgaré a nada porque conozco
perfectamente la situación. Nuestra República ha caído en medio de la
mayor indiferencia del país; triste es confesarlo, pero entre nosotros
debemos guiarnos ante todo por la verdad. Nació cuando menos lo
esperábamos, y más por las desavenencias de nuestros enemigos los
progresistas que por nuestro propio esfuerzo; se implantó sin ser
precedida de esas tremendas, pero saludables convulsiones
revolucionarias, y ha sido semejante a esas criaturas exiguas y débiles
que al venir al mundo no producen a sus madres los dolores de un
laborioso parto, pero que en cambio carecen de vida y llevan en su
sangre la más espantosa anemia. Creedme, ciudadanos, no nos empeñemos en
dar vida a un feto abortado. La República vino cuando la nación estaba
ya cansada por las repetidas e infructuosas agitaciones de los partidos,
y lo que hoy desea el país es paz, y por esto se irá, indudablemente,
con aquel que se la dé. ¿Quién sabe si, guiado por tal deseo, aceptará
dentro de poco la restauración monárquica? Afortunadamente, el espíritu
republicano y federal existe cada vez más arraigado en el pueblo
español, y algún día fructificará dando resultados más firmes y
duraderos. En resumen, amigos míos, guarden ustedes su energía sin
límites para el porvenir, y no expongan en el presente, sin esperanza
alguna, unas vidas que son preciosas y de las que necesita nuestro
partido.
Los tres revolucionarios, si no convencidos, mostráronse anonadados por
la certeza de tales observaciones, y se despidieron de don Esteban
tristes por no poder realizar sus nobles deseos.
Algunas horas después don Esteban Alvarez y su fiel acompañante salían
de la fonda en un carruaje cerrado, dirigiéndose al puerto donde se
preparaba a levar anclas el vapor que semanalmente salía para Marsella.