PROLOGO

I

--No es ésta la mejor hora para hacer visitas. En este colegio se

guardan muy bien las reglas, señor; no sé si la madre directora podrá

recibirle..., pero, a pesar de esto, preguntaré.

Y el hermano Andrés, al decir estas palabras, se llevaba indolentemente

una mano a su puntiagudo y mugriento gorro de seda, como queriendo medir

con justo patrón un saludo que no fuese descortés, pero tampoco amable;

uno de esos saludos que se guardan para las personas misteriosas que no

se sabe de dónde vienen ni lo que quieren. Y sonreía con la expresión de

un cancerbero, abriendo aquella bocaza frailuna, oscura, mal oliente, de

profundidad interminable y adornada en su entrada con tres dientes

gastados, retorcidos y amarillentos como las fichas de un dominó de

café.

Aquel portero de religioso colegio, en su juventud lego de las disueltas

Ordenes religiosas, defensor después del Altar y el Trono a las órdenes

de Cabrera, criado de los jesuítas en Francia y en España, y empleado,

por fin, de la pensión del Corazón de Jesús, miraba al recién llegado

con la recelosa y hostil curiosidad propia de quien ha pasado casi toda

su vida entre gente inquieta y aficionada a la sospecha, que cree la

desconfianza un sentimiento natural y el espionaje un deber ineludible.

Se veía en el hermano Andrés, con un poco de observación y a pesar de

los estragos que la edad había hecho en su cuerpo flacucho, al antiguo

lego tosco, brutal, de puños tan férreos como su estómago y dispuesto

lo mismo a barrerle la celda al padre prior como a empuñar el trabuco

carlista; pero su posterior roce con los jesuítas habíale creado una

nueva personalidad que se adaptaba sobre su antiguo natural como el

traje sobre el cuerpo, y en virtud de aquella cepilladura loyolesca

sabía sonreír con mansedumbre evangélica, mirar a todas partes con los

ojos fijos en el suelo y dar a su voz una entonación meliflua y humilde

que hacía exclamar a más de una de las ricas devotas que visitaban el

colegio:

--Este hermano Andrés es un santo varón.

Y al santo varón no le caía muy en gracia aquel caballero que, apeándose

a la puerta del colegio de un carruaje de alquiler, con cierto

misterioso recato, había entrado de sopetón en su portería. Había en él

algo que alarmaba su olfato amaestrado en la sacristía y en las partidas

carlistas, algo que el hermano Andrés había ya rotulado en su

imaginación con el terrible título de "tufillo liberal".

--Este hombre no es de los nuestros--se decía el seráfico portero

mirándole al sesgo con desconfianza, y, efectivamente, todo en él se

diferenciaba del aspecto de los asiduos visitantes del colegio. Estos

eran buenas gentes que nunca hablaban alto, que decían al entrar: "¡Ave

María!", que preguntaban con cierta veneración por la reverenda madre

superiora y de paso dirigían una sonrisa al conserje hermano en Cristo;

que inclinaban la cabeza ante las innumerables estampas de santos de

todas clases y tamaños que, colgadas de las paredes de la portería,

convertían ésta en una verdadera corte celestial al cromo barato, y el

recién llegado no decía una palabra sin mirar a los ojos de aquel a

quien se dirigía; tenía un acento enérgico y vibrante que no se

esforzaba en disimular; mostraba en sus ademanes una noble franqueza,

había preguntado con desfachatez revolucionaria por la "señora

directora", y al fijarse en los bienaventurados de vivos colorines que

adornaban el cuarto, ¡horror de los horrores!, al hermano Andrés le

había parecido que a los labios del incógnito apuntaba una fugaz y

amarga sonrisa.

Además, aquel rostro moreno de facciones pronunciadas, aquellos bigotes

gruesos de un color rubio oscuro con reflejos metálicos y aquella frente

surcada por una arruga vertical, signo en ciertos caracteres enérgicos

lo mismo de cólera que de contrariedad, por un no sé qué misterioso,

afirmaban cada vez más al religioso portero en la creencia de que aquel

hombre, que por su aire marcial parecía un antiguo militar, no tenía

nada de común con el Sagrado Corazón, con las monjas ni con sus

visitantes.

--¿Si será alguno de esos revolucionarios arrepentidos que ahora han

subido al Poder?--y esta consideración que mentalmente se hacía el

portero, era la que le impulsaba a mostrarse fríamente amable y no

contestar con aquella insolente sequedad que guardaba siempre para los

impíos poco temibles.

--Voy a ver si dan permiso para que usted pase, y entretanto puede usted

descansar aquí.

Esto lo dijo el portero tras el largo silencio transcurrido después de

las palabras con que recibió al recién llegado.

Nada contestó éste, y el hermano, que había tomado de las monjas la

curiosidad femenil, no se resolvió a moverse sin practicar algún sondeo

en aquel incógnito que él calificaba de misterioso.

--¿Y qué nombre tendré que anunciar a la madre superiora?

--Es inútil; no me conoce.

--¿Creo que no vendrá usted por asuntos de ninguna señorita de las que

están aquí a pensión?

--Vengo a ver a la señorita María Alvarez y Baselga, que hace tres años

está en este colegio.

--Perdone usted, señor; aquí no hay ninguna señorita Alvarez.

--¡Cómo!...--exclamó con sorpresa el desconocido, mirando fijamente al

portero.

--Usted se referirá, sin duda--continuó éste tomando un aire de

compungido servilismo--a la señorita María Quirós de Baselga, condesa de

Baselga.

Al oír estas palabras, el rostro de aquel hombre se transfiguró

rápidamente; su habitual expresión noble y franca trocóse en

reconcentrada y feroz, y con voz temblona por la cólera, gritó:

--Eso de Quirós es mentira; la señorita Alvarez, esa niña...

Pero calló como si comprendiera lo ridículo que resultaba discutir sobre

apellidos con un portero curioso, y mirando a éste con aire de

superioridad, le dijo:

--Estoy perdiendo un tiempo precioso para mí. Anuncie usted

inmediatamente a la señora directora que hay un caballero que desea

hablarla.

El hermano Andrés obedeció, saliendo de la portería, no sin antes

saludar a aquel hombre que tal aire de imposición sabía mostrar, y

abriendo la mampara de pintados cristales se internó en el patio del

colegio.

El incógnito sentóse en el conventual sillón de cuero del conserje y

esperó, dejando vagar su mirada sobre los mamarrachos artísticos que

recibían el homenaje del fanatismo.

Reinaba la calma propia de un edificio que, a pesar de encontrarse en la

parte más céntrica de una ciudad, aunque no muy grande, bastante

populosa, tenía la defensa que le proporcionaba el estar enclavado al

extremo de una calleja sin salida, que en su entrada de embudo recogía

los ruidos propios de la vida y de la agitación, para irlos disminuyendo

y conducirlos amortiguados hasta las puertas del Colegio, donde se

extinguían como temerosos de salvar los umbrales de aquella casa

dedicada a las oraciones y a una educación tan religiosa como

extravagante.

Cuando el distraído incógnito, saliendo momentáneamente de su

ensimismamiento, fijaba su mirada en la pequeña ventana de cristales

algo empañados y orlada de estampitas que en la fachada se abría al lado

de la gran puerta del colegio, veía a continuación de la mercenaria

berlina, la callejuela en toda su extensión, solitaria, monótona y fría

como la plegaria de una religiosa, y allá, a su término, el cruzar

rápido de carruajes, el encuentro de transeúntes y todos los detalles

propios de una vía concurrida, o más bien de la arteria principal de una

ciudad de provincia.

De vez en cuando, sobre el confuso rumor que se producía en la gran

calle y que llegaba al colegio como el rugido de un mar lejano,

dominaban gritos estridentes que se repetían con metódica precisión.

Era el vocear de los vendedores de papeles públicos. Desde la portería

no podían precisarse las palabras del oral anuncio; pero el desconocido

lo había oído momentos antes y sabía lo que significaba.

Era la hoja extraordinaria que anunciaba cómo en la madrugada del día

anterior el general Pavía había penetrado en el palacio de la

Representación Nacional para disolver a viva fuerza las Cortes

Constituyentes de la República.

El golpe de Estado, tan esperado por los elementos conservadores, se

había realizado; la República no había caído aún de nombre, pero estaba

muerta de hecho y el país buscaba ya con mirada indiferente cuál era el

nuevo amo que iba a proporcionarle el soldado de fortuna, burlesco

héroe del 3 de enero.

Cada vez que sobre el popular rumor alzábase el estridente chillido de

uno de los voceadores, el desconocido pestañeaba como queriendo alejar

una idea dolorosa que venía a turbarle en sus meditaciones harto graves.

No tardó el portero en volver. Sus pasos tardos y acompasados sonaron al

otro lado de la mampara de cristales; ésta se abrió, y el hermano

Andrés, asomando medio cuerpo, dijo con su eterna sonrisa:

--Cuando el caballero guste, puede seguirme.

Levantóse el interpelado, precedido de aquél, atravesó el patio, y

dejando a un lado la gran escalera, obra maestra de pasados siglos,

propia de aquel viejo caserón, con su gruesa baranda de labrada piedra,

sus berroqueños follajes, sus leones rampantes roídos por el tiempo

sosteniendo escudos borrosos, y sus peldaños gastados y angulosos como

encías viejas, subieron una escalerilla de construcción moderna y poco

extensa que conducía al entresuelo, donde estaban la habitación y el

despacho de la madre superiora y el salón para recibir a los visitantes.

El que ahora entraba en el colegio fué conducido al despacho, pieza que

a más del indispensable crucifijo gigantesco, cromos devotos y

estanterías con libros empolvados encuadernados en pergamino, ostentaba

varios grandes cuadros; el uno fiel retrato del pontífice, puesto en

seráfica actitud, y los otros representando imágenes de santos, bulas

concediendo indulgencias y labores caligráficas de las educandas.

Cuando quedó solo el visitante, sentóse en una butaca y esperó mirando

fijamente el blanco retrato del Papa. Un ligero roce consiguió muy

pronto sacarle de tal contemplación, y volviendo la cabeza un poco le

pareció columbrar por los resquicios que quedaban entre un pesado

cortinaje y el hueco de la puerta, blancas tocas, ojos de mujeres y

bocas que cuchicheaban suavemente.

La fugaz visión desapareció; el desconocido engolfóse otra vez en sus

contemplaciones y por tres o cuatro veces volvió a mirar a la puerta,

viendo siempre alguien en acecho, sólo que en una ocasión no fueron

tocas monjiles lo que distinguió, sino una negra sotana y unos ojos de

ave de rapiña que desaparecieron con la rapidez de las fantasmagorías

del sueño.

El incógnito sonrió pensando en la revolución que había causado en el

convento su llegada y que tal vez habría hecho más misteriosa con sus

palabras el mastuerzo del postero.

De pronto la cortina se levantó y entró en el despacho la superiora, una

buena moza que, a pesar de hallarse ya lejos de los cuarenta, ostentaba

con cierta satisfacción femenil su carne fofa, pero blanca, tersa y

sonrosada a juzgar por los abultados carrillos, y llevaba con majestad,

no exenta de coquetería, su blanca toca y sus gafas de oro.

Hablaba con gran corrección; pero a las cuatro palabras demostraba su

origen francés, pues ciertas letras no podían pasar por su lengua sin

ser graciosamente desfiguradas por aquella esposa del Señor.

--Dios guarde a usted, caballero--dijo al entrar--. Siéntese usted y

diga en qué pueden servirle en esta santa casa destinada a educar a las

jóvenes en el temor de Dios.

Y la buena madre, después de decir con gran calma estas palabras,

sentóse majestuosamente en su poltrona, interponiendo entre ella y el

visitante la mesa de trabajo cargada de papeles, de rosarios y de un

sinnúmero de baratijas religiosas, y clavó en aquél sus gafas

deslumbrantes.

El caballero acercó un poco la silla a la mesa, como para hablar más

bajo, y con voz no muy segura comenzó:

--Señora... (aquí la religiosa hizo un mohín de disgusto, como

rechazando tan mundano tratamiento).

--Señora--volvió a decir aquel hombre, como para demostrar que no

retiraba la palabra--. Tengo gran prisa por terminar el asunto que aquí

me arrastra, y en usted consistirá el verse pronto libre de mi

presencia, que de seguro la distrae de más graves ocupaciones.

--Diga usted lo que desea--contestó impasible la superiora.

--Acontecimientos imprevistos me obligan a salir de España. No sé cuándo

volveré; tal vez nunca, tal vez muy pronto. Una reciente tempestad ha

caído sobre mí y otros muchos, y voy lejos, muy lejos, aunque

proponiéndome volver así que cese lo que hoy me empuja. En tal

situación, señora, antes de partir a un destierro en el que tal vez

pierda la vida, vengo aquí a cumplir el más santo de los deberes, el

deber de padre, que es el que con más fuerza conmueve mi corazón. En

fin, señora, vengo a ver a mi hija; déjeme usted que la dé un beso y me

voy al momento.

Y aquel hombrón todo músculos y energía, que en ciertos momentos miraba

con una fiereza que no por ser noble imponía menos, al decir estas

palabras hablaba con voz cada vez más temblona, y al final tiró con

cierta violencia de sus grandes bigotes y se rascó en la frente como si

con esto quisiera ocultar que sus ojos se ponían lacrimosos a causa de

la emoción.

La superiora continuaba en tanto impasible, con el aire de una persona

que oye cosas que no entiende.

El desconocido tomó tal expresión por una muestra de extrañeza y dijo

sonriendo con melancolía:

--No extrañe usted, señora, que casi me ponga a llorar. Aquí donde usted

me ve, me he conmovido muy pocas veces, y eso que en más de una he visto

la muerte de cerca. Pero ya puede usted considerar lo que es un padre

que en muchos años no ve a su hija, y... además, no sé si el beso que

ahora la dé será el último.

Y el caballero, que luchaba por serenarse, pareció sentir nuevo

enternecimiento.

Entretanto la monja despegó los labios y dijo con la solemnidad de una

antigua sibila:

--Debo manifestar a usted que no entiendo lo que dice ni a qué hija se

refiere.

El interpelado se incorporó en su asiento con nervioso arranque,

manifestando en su mirada la mayor extrañeza; pero después pareció

reflexionar, y sonriendo, dijo:

--Es verdad; usted dispense, señora. En mi cariñoso aturdimiento he

olvidado manifestar a usted a quién quiero ver y cuál de sus educandas

es mi hija. Mi hija es...

--Ante todo, caballero--dijo la superiora interrumpiéndole--. Es la

primera vez que veo a usted y, por tanto, excusado es preguntarle si ha

sido usted el que ha traído a este colegio a la señorita en cuestión.

--No la he traído yo.

--Ni la habrá conducido aquí alguien por encargo expreso de usted.

--No, señora.

--Pues ninguna de las educandas de la casa se encuentra en tal caso.

Todas están aquí por la voluntad y disposición de sus padres o de las

personas encargadas de su vigilancia.

--Señora, acabemos, y a ver si logramos entendernos. Yo vengo en busca

de María Alvarez y Baselga, que es mi hija.

La monja hizo como quien repasa su memoria con gran detenimiento, y

después dijo con sequedad:

--No hay aquí ninguna educanda de tal nombre.

--Señora--contestó el caballero con voz que iba inflamándose y tomando

una entonación enérgica--, no perdamos el tiempo y vayamos rectamente al

asunto. Aquí está la joven de quien hablo y necesito verla; si es que

para entendernos debemos ir discutiendo apellidos, le preguntaré, ya que

así usted lo quiere, en vez de por la señorita Alvarez, por la señorita

Quirós.

Y al nombrar este apellido, recalcó las letras con cierta amargura

despreciativa.

--Eso es diferente--dijo la superiora--. Aquí está como educanda hace

tres años, la señorita María Quirós y Baselga, condesa de Baselga, pero

yo ignoro con qué derecho quiere usted verla.

--Soy su padre.

--Su padre murió hace mucho tiempo.

--¡Mentira!--exclamó el hombre con iracunda voz.--Aquél no era más que

un miserable, un autómata que, para sus fines particulares, movieron

los...

Pero al llegar aquí se detuvo como si el lugar en que estaba y el sexo y

clase de la persona a quien se dirigía le hicieran variar de tono.

--Perdone usted, señora--continuó--, este rapto de cólera, hijo de mi

carácter arrebatado. Hace dos días que estoy fuera de mí y, en algunos

instantes, me tengo por próximo a la locura. Créame usted señora

directora, créame, pues le aseguro por mi conciencia de hombre honrado,

de hombre que jamás ha mentido, que esa niña de quien usted habla, es mi

hija. Usted tal vez me conozca, tal vez haya oído hablar de mí. Si la

persona que trajo aquí a María, ¡a mi hija querida!, ha hecho ciertas

revelaciones de familia, de seguro que mi nombre no le será a usted

desconocido.

Se detuvo un momento para estudiar el efecto que sus palabras causaban

en la superiora, y al verla impasible, dijo con cierta satisfacción

propia del que ostenta un nombre que no tiene por qué ocultar:

--Yo, señora, soy Esteban Alvarez, ex comandante del ejército y uno de

los pocos que huyen de su patria por no ver la deshonra consumada en la

madrugada de ayer.

Y el que así se revelaba, bajó un instante la cabeza como para devorar

la amargura que le causaban sus últimas palabras; momento que aprovechó

la monja para fijarse rápidamente en el cortinaje que se había agitado

ligeramente y dirigir una mirada a alguna persona oculta, a la que

parecía decir:--¡Qué tal! ¿Me engañaba yo?

Cuando don Esteban volvió a fijar su vista en los espejuelos de la

superiora, ésta, con cierta desdeñosidad, no exenta de evangélica

lástima, dijo calmosamente:

--Efectivamente, conocía su nombre, señor Alvarez. ¿Y quién lo ignora en

España? Por desgracia, hasta el fondo de las santas moradas en que se

rinde culto a Dios, llega el infernal rumor del hervidero revolucionario

y se conoce de oídas a los hombres impíos que, olvidando los más

preciosos sentimientos, declaran la guerra al cielo y a sus servidores,

dirigen a las hordas armadas para destruir lo tradicional y venerando de

nuestra patria, y después, en ese centro de escándalos que llaman las

Cortes, tienen el satánico atrevimiento de negar la existencia del que

es autor del mundo y algún día ha de juzgarnos. ¡Señor Alvarez, le

conozco bastante! Ojalá que su nombre no fuera tan popular, que con ello

ganaría su alma y tendría más segura su salvación.

--No se trata de eso, señora--dijo don Esteban, que había oído con

impaciencia--. Deje usted a un lado todas esas apreciaciones nacidas de

sus ideas políticas y religiosas y que yo respeto. No le he preguntado

si usted conocía mi nombre por la fama que mis actos peores o mejores le

han dado, sino por haberlo oído en sus conversaciones con la persona que

aquí trajo a María.

--La condesita de Baselga fué traída a este colegio por su tía, la

señora baronesa de Carrillo.

--Justo. ¿Y nada le ha dicho a usted de mí esa señora?

--No creo que la baronesa, persona devota y temerosa de Dios como pocas,

y perteneciente a una de las familias más ilustres, haya tenido nunca

relación con los hombres de la República.

Estas palabras, dichas con acento melifluo, causaron a don Esteban el

efecto de un latigazo, e incorporándose en el asiento, contestó:

--Valiente jesuitaza es la tal señora, y en cuanto a que yo haya podido

tener relación con ella, cosas hay que tal vez usted no ignore (aunque

finja lo contrario) y que nos ligan muy de cerca. En fin, señora,

terminemos. Hágame usted el inmenso favor de que pueda ver a mi hija un

sólo instante.

--Aquí no tiene usted ninguna hija, y extraño mucho que un hombre como

usted, a menos de haberse vuelto loco, venga en circunstancias tan

críticas para su seguridad, cuando tal vez le buscan para castigarle por

sus excesos, a perturbar la tranquilidad de esta santa casa.

--Tiene usted razón, señora--dijo don Esteban con tristeza--. Me

encuentro en circunstancias muy críticas y esto es lo que más debe

moverla a acceder a mis deseos. En la madrugada de ayer, cuando vi mis

ilusiones deshechas y que todos huían olvidando su deber creí volverme

loco, y mi único pensamiento fué defender lo que tanto nos había costado

alcanzar: esa República que ustedes maldicen y en cuya caída pueden

reclamar parte; pero cuando me convencí de que la resistencia era

imposible, de que estaba próximo a perder mi libertad y que lo más

racional era la fuga, mi ferviente deseo consistió en ver a mi hija, al

único ser que me liga a este mundo, y por eso, exponiéndome a la

venganza de rencorosos enemigos que me odian por mis pasadas hazañas y

me temen a causa de lo mucho que aún puedo hacer para que reviva la

República, exponiéndome, digo, a tantos peligros, he abandonado Madrid,

no para huir rectamente a Francia, como aconseja la conveniencia, sino

para venir antes a esta ciudad a contemplar, sin duda por última vez, al

ser inocente cuyo recuerdo llena mi existencia y derrama dulce calma en

mi ánimo cuando me encuentro amargado por las luchas de la vida. Mi

mayor felicidad sería lograr que mi hija, ¡mi María! me acompañase en el

destierro que me aguarda, que fuese mi sostén en la vejez prematura que

las circunstancias me preparan; pero sé muy bien, señora, que esto no lo

lograré, pues ni usted me dará mi hija, ni yo a los ojos de la sociedad

tengo derecho para reclamarla; pero ya que esto es imposible, señora, no

ya como a directora de este establecimiento, como mujer de tierno

corazón, como ser que aún recordará las tiernas caricias del hombre que

le dió la existencia, la pido que antes de que yo parta me deje besar a

la pobre niña, víctima en su nacimiento de un miserable engaño y sobre

la cual un oculto poder que no quiero nombrar, porque con ello heriría

la susceptibilidad de usted, parece que arroja una maldición. Señora,

¿quiere usted concederme lo que le pido?

Calló don Esteban y esperó ansiosamente la contestación de la religiosa;

pero ésta no parecía apresurarse en hablar, por lo que aquel pobre padre

añadió para reforzar sus anteriores palabras:

--Señora, en nombre de ese ser ideal, todo amor y bondad que

continuamente tienen ustedes en los labios, en nombre de Dios, no

niegue usted tan mezquino favor a un hombre que lo pide cuando más

abrumado está por la desgracia.

La superiora, como mostrándose ofendida de que don Esteban introdujera a

Dios en la conversación, se incorporó en su asiento, y con voz

acompasada, después de envolver a su interlocutor en una mirada de

olímpico desdén, dijo por fin:

--Este colegio, caballero, tiene reglas estrictas aprobadas por la

superioridad, de las que no puede salir y a las que yo no faltaré nunca.

--¿Acaso esas reglas pueden privar que un padre dé un beso a su hija?

--Ya le he dicho a usted antes que no es padre de ninguna educanda ni

menos de la señorita Quirós por quien pregunta, y como tampoco le tengo

a usted por pariente ni por amigo de la familia, de aquí que me vea

obligada a negarle lo que pide, pues nuestras reglas prohiben que las

educandas sean visitadas por personas extrañas.

--¡Yo persona extraña!--exclamó don Esteban con indignación--. ¡Yo

considerado como un desconocido, cuando vengo en busca de mi hija!

Señora..., acabemos ya, pues la paciencia me falta y me siento capaz,

cegado por la indignación, hasta de faltar a las conveniencias que un

caballero debe siempre a una señora, aunque ésta se muestre cruel, tan

sólo por obedecer los mandatos de la negra institución que la dirige y

de la que es miserable ruedecilla sin conciencia ni voluntad en sus

actos. Por última vez, señora; déjeme usted ver a mi hija.

Estas postreras palabras las dijo don Esteban en actitud humilde,

suplicante, con los ojos casi llorosos y extendiendo sus brazos como si

rogase.

Conmovía aquella hermosa figura varonil en actitud tan tierna; pero en

el rostro de la superiora no se notó la más leve emoción y contestó con

su seco acento:

--También yo digo que acabemos, caballero. Se acerca la hora de comer

para las educandas, tengo que presidir la mesa y mi presencia es

necesaria arriba para otros asuntos. Creo que no podrá usted quejarse de

la calma con que he estado oyendo sus palabras, mezcla confusa de

halagos e insultos. Le perdono a usted y le ruego se marche, pues me

urge quedar libre.

--¿Marcharme yo? ¿Y sin ver a mi hija? Señora, eso jamás lo haré.

Y don Esteban se afirmó en su asiento, como si pretendiera clavarse en

él y quedó en actitud provocativa, retando con la vista a la superiora a

que lo arrojase del colegio.

Pronto abandonó tal actitud, para caer en una dulce abstracción.

Llegaron a su oído, lejanas, amortiguadas y sueltas, algunas notas de

armonium que sirvieron como de preludio a un coro de voces infantiles

que estalló, a juzgar por lo lejano que sonaba, en el otro extremo del

edificio.

La monástica calma que reinaba en el colegio permitía apreciar en sus

detalles aquella agradable confusión de voces frescas, y aunque algo

desentonadas y rebeldes a las reglas del canto, ingenuas y agradables,

que evocaban en la imaginación grupos de atractivas cabecitas rubias o

morenas y ramilletes de inocentes bocas entreabiertas por el indefinido

anhelo propio de las soñadoras.

Don Esteban escuchaba con tal atención y arrobamiento, que su rostro

había adquirido gran semejanza con el de los místicos que representa la

pintura sagrada en los momentos de amoroso éxtasis.

En cada una de aquellas voces creía encontrar la de su hija, y tan

pronto saltaba su imaginación de una a otra sin saber por qué, como

acababa confundiéndose y dudando de su cariño de padre, que no le

revelaba por el eco producido en el corazón cuál de los sonidos procedía

de su adorada niña.

De pronto aquel hombre experimentó un rudo estremecimiento, una

conmoción nerviosa que le sacó del rápido éxtasis, arrojándole

nuevamente a la realidad.

Pensó en que su hija, aquel ser que llenaba de continuo su pensamiento,

estaba allí, bajo el mismo techo que él, y que un ser sin sensibilidad,

la monja que tenía enfrente, era el único obstáculo que se oponía a que

él fuera a estrechar su tesoro entre sus brazos.

Esta última consideración conmovió su temperamento sanguíneo, terrible

en las explosiones de ira. La sangre, agolpándose tempestuosa en la

cabeza, coloreó fuertemente su rostro, sus ojos brillaron con

reconcentrado fuego, y con voz algo enronquecida, dijo a la directora:

--Señora... No soy hombre que vuelvo atrás en mis propósitos. Me he

propuesto ver a mi hija y la veré por encima de todos los obstáculos que

usted y las demás monjas opongan.

Y don Esteban, levantándose, dirigióse con marcial continente hacia la

puerta, mientras la monja, haciendo la señal de la cruz sobre su frente,

como si fuese a morir, y con un espanto teatral, digno de mejor

escenario, fué a cortarle el paso, interponiéndose entre él y la salida.

Ya llegaba el militar junto a la monja, ya extendía su brazo rígido y

potente como un ariete para separar a la importuna de su camino, cuando

la pesada cortina se levantó y entró en el despacho otra monja, o más

bien dicho, un hábito y unas tocas mirando al suelo, bajo las cuales

presentíase, aunque no con mucha certeza, que existía una cabeza y algo

semejante a una inteligencia.

--Reverenda madre--dijo una voz gangosa que surgió por bajo las tocas,

tan lejana y apagada como si saliera de una caverna--, don Tomás acaba

de llegar y desea verla.

--Que pase el buen padre.

La superiora dijo estas palabras después de examinar con una rápida

ojeada a su enfurecido interlocutor y conocer que éste había

experimentado una pasajera calma en su ira con el anuncio de la visita.

--El talento de nuestro director--pensó la superiora--me sacará pronto

de este compromiso.

La araña negra, t. 1/9 · 第 6 / 35 题