--¡Qué escándalo, padre mío!
Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y
poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunció la directora del
colegio apenas don Esteban salió de su despacho, y la niña fué internada
nuevamente en el colegio.
--Efectivamente, reverenda madre--contestó el cura--; ese hombre es un
pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no
vacila en insultar al rey de cielos y tierra.
--Decir que Dios... Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de
recordar tanta blasfemia.
--¡Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compañía!
--A la Compañía de Jesús, reverendo padre; a esa inmortal institución
del más grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su
Orden la más firme columna del catolicismo y del Santo Padre.
--Es abominable. Ese infeliz tiene a Satanás en el cuerpo...
--Y a Voltaire en la lengua.
El reverendo padre acogió con una amable sonrisa este rasgo de erudición
de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en
un asunto importante, pero que ninguno de los dos quería ser el primero
en exponer.
--Ese hombre--dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir más tiempo
el silencio--es un ser peligroso que algún día puede introducirse en la
noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la
santa influencia que sobre ella ejerce la Compañía.
--Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volverá
nunca a España.
--Padre mío las amnistías políticas son frecuentes en este país, y
aunque ahora se vea perseguido ese hereje, pronto podrá volver a España.
--Eso sucedería si nuestro hombre sólo fuera culpable de delitos
políticos; pero ya arreglaremos las cosas de modo que aparezca
complicado en delitos comunes para los que no haya indultos y que
forzosamente conduzcan a un presidio. Esto le mantendrá alejado de
España mientras viva.
--No es eso fácil, padre.
--¡Santa mujer! Para la Compañía no hay nada difícil. Don Esteban
Alvarez, meses antes de la caída de don Amadeo, mandó partidas
republicanas en los montes de Cataluña, y ya sabemos que en España esa
guerra irregular de guerrillas siempre es causa de atropellos, de los
que bien pueden sacarse responsabilidades criminales para hacerlas caer
sobre quien convenga. Nosotros tenemos en todas las esferas buenos
amigos que nos sirven bien, y además, los sucesos políticos no pueden
marchar mejor. Esto se va, reverenda madre, y pronto quedará desvanecido
el andrajo de revolución que aun nos cubre. Dentro de poco, o triunfan
los carlistas, cada vez más poderosos en el Norte, o surge victoriosa la
restauración borbónica en la persona de don Alfonso. Nosotros jugamos en
ambas partes, ayudamos a las dos causas, y resulte quienquiera
victoriosa, los amos seremos siempre nosotros; ved pues, si podremos
lograr que ese hombre peligroso no vuelva a España.
--Admiro vuestro talento, padre.
--No, hija: entusiasmaos ante la grandeza de la Institución de que
formamos parte. Deseando extender la gloria de Dios, trabajamos sin
descanso con el santo propósito de que el mundo entero adore su poderío
tomándonos a nosotros por intermediarios. Grande es la empresa, inmensos
medios se necesitan para ella y por esto no hay misión más noble ni
meritoria a los ojos de la divinidad que la que ahora os toca desempeñar
dando a Dios el alma tierna de una joven y al tesoro de la Compañía una
respetable fortuna que nos pertenece y que hace tiempo vamos
persiguiendo.
--Padre mío: humilde sierva soy del Señor, pero haré cuanto pueda por
dirigir las aficiones de esa niña a la más santa de las vidas y que su
fortuna venga a aumentar el tesoro de la gran empresa... para la mayor
gloria de Dios.
--El os lo premiará, hija mía. Mucho tenemos que batallar para alcanzar
la conquista del mundo y que en él se inaugure el verdadero reino de
Dios: pero lo lograremos, reverenda madre, lo lograremos, porque nuestro
ejército es invencible; los años pasan sobre él sin hacerle mella; los
huecos que la muerte causa en sus filas se llenan inmediatamente y
camina sin descanso, lentamente, a la sordina, siempre con el mismo
derrotero y a la conquista de idéntico fin. La impiedad nos impone
obstáculos y los saltamos; escudados en nuestros fines no reparamos en
los medios; nuestras armas invulnerables son el oro, cebo eterno de los
mortales, y la persuasión dulce y embriagadora, cuyo secreto poseemos;
todo cuanto el diablo inventó para halagar las pasiones de los hombres
lo empleamos para la mayor gloria de Dios, y seguimos adelante
tranquilos y confiados, más que en nuestro propio valer, en los
estatutos de la Orden, que la hacen inmortal. ¿Qué importa que nosotros,
soldados de Cristo y del Papa pasemos rápidamente por la esfera de la
vida sin darnos cuenta exacta de las conquistas que realizamos, si sobre
nuestras tumbas queda siempre ese ejército invencible, esa sublime
Compañía, eterno fénix que renace sobre las cenizas y que no descansará
hasta el día del triunfo?
--¡Oh! Seguid, padre mío, seguid--dijo la superiora, a través de cuyas
gafas se escapaba el brillo del entusiasmo--. Decidme esas palabras, que
me llenan de vida.
--Tened fe en el porvenir de nuestra Orden y cumplid con entusiasmo la
misión que ella os confíe. El mundo será nuestro. Las primeras fortunas
de la tierra irán entrando poco a poco en nuestro tesoro. La confesión,
el continuo consejo en el seno de las familias y la dirección espiritual
realizarán tales milagros. Poco a poco nos apoderamos en todos los
países de las principales fuentes de producción; llegará un día en que
el comercio y la industria de la tierra serán nuestros, y entonces
sonará la trompeta apocalíptica y comenzará el reinado de Dios. El Papa
será el rey del mundo, la Compañía de Jesús estará como ahora encargada
de dirigir al Santo Padre, y esos reyes, manada de imbéciles a quienes
los revolucionarios atacan con razón, serán al frente de sus Estados
simples gobernadores obedientes a la autoridad pontifical y al mandato
de la Compañía. Cada nación, por grande que sea, equivaldrá a una
provincia del inmenso Estado de la Iglesia ideal gigantesco que un día
soñó el gran Gregorio VII y que realizaremos nosotros los hijos de San
Ignacio. Acabará esa escandalosa doctrina que se llama democrática; la
libertad morirá porque los pueblos han de ser cual los arbolillos de
jardín que son más hermosos al crecer guiados por la férrea mano del
hortelano; eso que llaman progreso desaparecerá de entre los humanos; el
hombre no creerá satánicamente, cual hoy, que lleva en su cabeza una
cosa que titula razón y con la que quiere explicarse todo lo existente;
el sentimiento universal será la adoración a Dios y a sus representantes
los compañeros de Jesús, y el mundo ofrecerá el hermoso espectáculo de
una vasta congregación de devotos dirigidos espiritual y materialmente
por nosotros. ¿Os agrada el cuadro? ¿Sentís renacer vuestra fe al pensar
que trabajáis por tan santa causa?
La religiosa hizo con la cabeza enérgicas señales de aprobación y don
Tomás añadió, cambiando su anterior tono de apóstol por el insinuante y
dulce que le era peculiar:
--Pues para la sublime obra, la Compañía necesita dinero, mucho dinero.
Cumplid, pues, vuestro encargo. Que la condesita de Baselga tome el
hábito de religiosa y que sus millones ingresen en el tesoro que hace
tres siglos venimos reuniendo... "ad majorem Dei gloriam".