Entre tanto, notó don Sotero, en medio de su modorra, que se le caía

de las manos el papel que entre ellas tenía cuando entró en el cuarto

su sobrino; y como ya no veía sino por los ojos de su perturbada

imaginación, soñó que aquel documento se convertía en seis pesadísimas

y repletas talegas con alas, las cuales seis talegas se alzaron volando

y se le pusieron sobre el pecho. Como eran tan pesadas, ahogábase el

hombre debajo de ellas; pero carecía de movimiento y de voz, y hubo

de sufrir aquel suplicio hasta que las talegas volvieron á volar,

todas á un mismo tiempo. Volaron muy alto, como pájaro que se va; pero

detuviéronse allá arriba unos instantes en sosegado coloquio. Después

se separaron unas de otras, tornaron á reunirse, y, por último, muy

adheridas entre sí, casi formando una sola masa, dejáronse caer á

plomo, con una velocidad vertiginosa, sobre la cabeza de don Sotero.

Veíalas éste descender, y no podía separarse un punto para evitar

el golpe que le esperaba. ¡Qué golpe! Hubiera jurado el mísero, al

sufrirle, que le oyeron desde el otro hemisferio; que su propio cuerpo

se había hundido en la tierra hasta el pescuezo, y que por el agujero

abierto en su cabeza entraba toda el agua del regato del valle,

alborotada y ruidosa, llenándole el cráneo y desalojando de él hasta

el último de sus desquiciados pensamientos. Entonces perdió también la

sensibilidad y toda noción de su existencia.

Cuando don Lesmes llegó de la hoz al mediodía, Bastián le aguardaba

á la puerta de su casa. Díjole lo que ocurría en la de su tío, y el

cirujano corrió á ella sin detenerse á descansar un instante; pero

apuntando en su memoria aquel día como el más infausto de todos los de

su larga carrera profesional.

Hallábase ya tendido sobre el lecho el enfermo, con el rostro amoratado

y verde espumarajo entre los dientes, y rodeábanle Celsa y algunos

vecinos que habían acudido á sus gritos y á los de Bastián cuando le

vieron derribado en el suelo después de la referida visión de las

talegas.

Don Lesmes le reconoció detenidamente, y dijo, volviéndose á los

circunstantes:

--Es un _paralís_ de carácter apoplético.

Y como alguien le preguntara qué venían á ser en romance estos latines,

añadió el cirujano:

--Una hemiplegia _lateral derecha_.

Tampoco esta explicación satisfizo la natural curiosidad de los

presentes. Entonces preguntó Bastián á don Lesmes:

--¿Pero se muere ó no se muere?

--Tan cerca está de morirse --respondió el cirujano-- que vas á ir

ahora mismo á buscar la unción mientras yo empleo los pocos recursos

que caben en lo humano para tratar de volverle á la vida.

Bastián que tal oyó, echóse sobre el abotargado cuerpo de su tío, no

para llorar ni mesarse las greñas en testimonio de su pesadumbre, sino

para registrarle los bolsillos hasta dar con las llaves de aquellos

cajones en que se guardaban los tesoros del avariento. Cuando las tuvo

en la mano, recogió los libros y papeles que había sobre la mesa, los

guardó en el arcón muy sosegadamente, y entonces salió á cumplir el

encargo hecho por don Lesmes, entre las maldiciones de Celsa y el

asombro de los demás.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXX

EL SOL DE TASIA

En las primeras horas de la tarde del día de San Juan, mientras las

campanas repicaban al rosario, y las mozas se vestían y se adornaban

para ir á rezarle y andar otra vez la procesión antes de dar comienzo

la romería, y se dirigían á Valdecines por sierras, mieses y montañas

las gentes de los pueblos circunvecinos, Águeda había llamado á Macabeo

á su casa.

--Para que esta tarde --le dijo-- celebres la fiesta del santo Patrono

más alegremente que lo poco que alcanzaste de la velada de anoche,

quiero que sepas que he determinado, con el beneplácito de mi hermana y

de mi tío, regalarte cuantas tierras llevas de esta casa en arriendo,

sin perjuicio de manifestarte la estimación en que todos te tenemos,

con otras dádivas, hasta hacer de tí uno de los mejor acomodados

labradores del pueblo. En cuanto al servicio que anoche me prestaste,

como no es de los que pueden pagarse con dinero, queremos que le vayas

cobrando considerándote como persona allegada á nuestra familia... ¿Te

satisface lo que te digo, Macabeo?

--¡No, señora! --respondió éste entre conmovido y entusiasmado--, y

máteme Dios si dejo de agradecer en todo lo que vale esa riqueza que

usté me ofrece; pero es el caso que, viéndome ya tan pagado, el día

en que usté me pida la vida entera porque la necesite, yo mismo he de

creer, al dársela, que la doy á cuenta de lo recibido; y eso no tendría

gracia maldita.

--Pero como yo te aseguro --repuso Águeda, envolviendo sus palabras en

una de aquellas celestiales sonrisas con que se imponía á cuantos la

trataban--, que no has de hallarte jamás en ese trance, queda el trato

hecho... y vete ahora á divertirte á la romería.

¿Querrán ustedes creer que por más esfuerzos que hizo Macabeo no

pudo complacer á Águeda en lo de divertirse aquella tarde? Mucho le

desazonaba el asunto de los ramos puestos en sus tierras, y el no poder

averiguar qué manos habían andado en el juego; traíale, además, no

poco preocupado lo que se decía en cada casa y en todos corrillos, de

Fernando, de sus inicuos propósitos y de sus criminales antecedentes,

noticias todas que tan mal se avenían con la idea que él tenía formada

del campechano joven, y con el destino que se había atrevido á darle

en sus oficiosas figuraciones; contrariábale también la misma bulla

del día, que le hacía tan poco á propósito para presentarse en casa

de Tasia y pedírsela á su padre, según lo acordado entre la moza y él

al emprender su viaje á Treshigares; todo esto junto y cada cosa de

por sí, era bastante motivo para aguarle la fiesta robándole el buen

humor; pero lo que más le acongojaba y entristecía era el recuerdo

de lo sucedido en casa de don Sotero al llegar él de Treshigares.

Cuando en ello pensaba, y no lo echaba un punto del pensamiento, no

comprendía cómo no estaba ya en la picota el consejero, y en presidio

el aconsejado. ¡Ah! si no fuera por esparcir los sonidos del suceso,

hasta entonces de todos ignorado en el pueblo, ¡qué solfa de palos no

hubiera llovido ya sobre las costillas de los dos causantes!... ¡Y uno

de ellos era el que le robaba de vez en cuando las preferencias de

Tasia!... ¡Bestia dañina y estúpida!... ¡ahora lo vería; ahora que él

era rico y preferido, y además le tenía cogido por las greñas de un

delito abominable!

En éstas y otras meditaciones pasó la tarde culebreando por la romería,

olisqueando las avellanas y chupando algunos caramelos; recibiendo las

bromas de la gente, no de muy buen talante, y sin verse asaltado una

sola vez de la tentación del baile... ¡y, cuidado, que le hubo hasta de

tambor, que es cuanto puede pedirse de estimulante y provocativo!

Por más que registró con los ojos todos los rincones de la romería, no

vió á Bastián en ninguno de ellos. Resueltamente era ya cosa muerta su

enemigo, en lo tocante á pretender á Tasia.

Decidióse á pedirla al otro día; pero supo al ir á ponerlo en

ejecución, que su padre había ido al monte. Bajó de él ya muy tarde, y

según noticias, no de muy buen humor, por haber _mosqueado_ los bueyes

con los tábanos, _entornado_ el carro y rótosele á la pértiga dos

_trichorias_ y el _cabezón_. Aplazó el asunto hasta el día siguiente.

En el cual, como el lector sabe, desde muy temprano comenzó á hablarse

en Valdecines del hombre muerto hallado en la hoz. Súpose luégo quién

era, y Macabeo se consternó. Averiguó después que el pedáneo había

traído una carta, encontrada en el bolsillo del difunto, para Águeda,

y estuvo á pique de desmayarse. Corrió á la casa con las pocas fuerzas

que le quedaban, á preguntar si le necesitaban para alguna cosa, y

dijéronle que no. Quedóse, por lo que pudiera ocurrir, arrimado á

la portalada; y allí supo que don Sotero se había puesto muy malo.

No se lo tomara Dios en cuenta; pero se alegró con el suceso. Media

hora después, y viendo que no le necesitaban en casa de sus señores,

internóse en el lugar á caza de noticias, y oyó tocar á muerto. Pasaba

don Lesmes muy cerca de él á la sazón, y preguntóle por quién tocaban.

--Por don Sotero Barredera --contestó el cirujano--. ¡El _paralís_ le

agarró de firme! Dos horas he estado bregando con él, y como si bregara

con una peña. Hace diez minutos que fué á dar á Dios cuenta de sus

obras.

--¡Buena estará esa cuenta, caráspitis! --dijo Macabeo llevando hasta

la boca sus manos entrelazadas.

--¡Buena de veras! --replicó don Lesmes, guiñando un ojo--. ¡Te digo

que éste es día de órdago y quince á la mayor! ¡Ni piernas tengo ya que

me lleven, con la faena que traigo desde que amaneció, Macabeo! ¡Y Dios

quiera que con lo visto acabemos hoy! ¡Esta condenada secura de tantos

días acá, tenía que dar sus frutos!

Y como Macabeo no le escuchaba ya, marchóse el cirujano. Y Macabeo no

le escuchaba porque se había puesto á cavilar que la muerte de don

Sotero, por más de una razón, podía influir mucho en las miras de

Bastián y en los pareceres de Tasia.

--De todos modos --se dijo Macabeo--, á seguro llevan preso; y ahora

que está el zorro metido en la cueva, salvemos la gallina.

Y enderezó sus pasos resueltos á casa de Tasia. Entró sin llamar hasta

la cocina, alumbrada por la escasa luz que penetraba por la ventana

que abría al portal. Sueño le pareció lo que veía; pero no tardó en

convencerse de que era pura realidad: allí estaba Bastián en medio de

la familia de Tasia, leyendo unos papelones, cuyo contenido causaba el

más regocijado asombro en los oyentes.

--¡Á lo que vengo, vengo, Tasia! --dijo Macabeo, anunciando su llegada

con estas palabras y un gesto de hiel y vinagre.

--Pues tú dirás á qué vienes --respondió Tasia, volviendo la cara muy

desabrida y no poniéndosela su padre más risueña.

Bastián perdió un tantico el color al verse tan cerca de Macabeo; pero

estaba bien protegido entonces, y esta reflexión le tranquilizó.

--Si lo ofrecido es deuda, algo me debes, ¡caráspitis! --añadió

Macabeo--, y eso es lo que vengo á buscar.

Tasia, muy serena, preguntóle:

--¿Qué te he ofrecido yo, Macabeo?

--¿Qué me dijiste al despedirte de mí la última vez que hablamos

juntos? --preguntó á la moza el preguntado--. Venir acá me mandastes.

--¿Díjete, por si acaso, lo que habían de responderte cuando llamaras á

la puerta? Además, que de días á días, van muchas horas; y bien sabes

tú que en cada hora mudan los pensamientos.

--De veleta floja fueron siempre los tuyos, ¡caráspitis!...

Alzóse en esto el padre con el papel que cogió de las manos á Bastián,

y dijo así, mostrándosele á Macabeo:

--Ni entro ni salgo, ni tan siquiera sé por ónde van esos aires con que

andáis ahí sopla que sopla; pero mira en este papel una pizca de lo que

el señor ofrece á Tasia.

--El señor --respondió Macabeo señalando á Bastián-- haría mejor en

dejar ese papel en el arcón en que estaba, siquiera por bien parecer,

hasta que la tierra tapara al que apandó tantos caudales... sabe Dios

cómo; y bueno fuera también, caráspitis, que antes de ofrecer esas

grandezas supiera si eran suyas.

--¡Y mucho que lo son, Dios! --se atrevió á afirmar Bastián.

--Tocante á eso --añadió el padre de Tasia, tomando otros papelotes

que le alargó Bastián--, aquí está el testamento que lo reza todo...

y mucho más. Has de saberte que Bastián resulta, por estos ites y

consonantes, hijo del finado y su heredero único.

--¡Caráspitis! --respondió Macabeo--; sin esos papelotes ni otras

pruebas que yo tengo bien flamantes, conociera yo que esta bestia es

hijo de tal padre por lo mucho que le llora... Y con esto finiquito y

me voy, y muy campante; que la venganza de la falsía que han querido

hacerme, en esta casa la dejo con la cría que meten en ella... Y ahora,

sábete --añadió, encarándose con Tasia-- que no venía hoy á pedirte,

como te has pensado, sino á decirte que para lo que soy y tengo, no es

quién una descorazonada, cubiciosa y cicatera como tú.

Con este desahogo salió Macabeo á la calle; pero no tan satisfecho

como aparentaba. Cuando menos, la burla le carcomía el puntillo. No

obstante, en su buen juicio vió las cosas con completa claridad; dióse

por vengado con lo dicho al despedirse de la falsa, y dirigióse á buen

andar al punto de donde había salido media hora antes.

--Ésta y no más --decía para sí mientras andaba--, ¡y bien venida sea,

caráspitis, por la enseñanza que me trajo!... Y á fe que ya es hora,

Macabeo; que años tienes de sobra para no pensar en juegos de galanes.

¡Pobre de mí, caráspitis, si el escarmiento me coge con la cruz á

cuestas! Pero Dios me guía y no me desampara, y Él es quien me dice que

no nací para casado, porque, aunque pobre y hediondo, hago falta en

otra parte. ¡Allí, Macabeo, allí está tu pan y tu calor y tu descanso!

Devuelve esas tierras y esos galardones que te regalan y te brindan;

cierra tu choza, vende tus ganados; y pues te ofrecen, sin merecerlo,

amparo y estimación como á cosa de familia, dí que te den siquiera un

rincón debajo de aquel techo y un mendrugo á las horas de comer, ¡y

firme, con vida y alma, llorando con los que lloran y riendo con los

que rían y trabajando para todos!; y cuando más no puedas porque te

rindan los años, ¡muere como perro leal guardando la puerta de quien te

da lo que no mereces, y bendiciendo á Dios que, sólo por cumplir con tu

deber, te otorgó ángeles por familia y palacios por morada!

Tan abstraído iba en estas meditaciones, que estuvo á riesgo de

tropezar con un caballo que, al mismo tiempo que él, llegaba á la

portalada. Levantó la vista. El que venía sobre aquel caballo era

el doctor Peñarrubia. Pero ¡en qué estado! Si voraces vampiros le

hubieran chupado la sangre del rostro, no quedara éste tan descarnado

y macilento. En sus ojos no había luz, sino tristeza, desconsuelo,

desesperación y surcos de lágrimas; y en su vestido, desaliñado y

mordido por las zarzas del monte, notábanse sangrientas señales de que

sobre él había descansado la mutilada cabeza del infeliz suicida.

Nada le dijo Macabeo por respeto á su tribulación inmensa, y nada

dijo el doctor á Macabeo, en quien no se fijó siquiera al apearse del

caballo que el otro le tenía. Dejósele abandonado en cuanto puso los

pies en el suelo, y entró en la corralada.

Vióle alejarse Macabeo, y dijo para sí tristemente, mientras se

disponía á conducir el caballo á la cuadra del otro lado:

--Por poca vida que Dios me conceda, ¡cuánto me toca ver todavía en

esta casa! ¡Y si ello fuera alegre!...

[Ilustración]

[Ilustración]

XXXI

LAS HECES DEL CÁLIZ

Ningún bálsamo tan prodigioso para templar en la memoria de Águeda

los recuerdos de la pasada noche, como la noticia que tuvo al día

siguiente, de que Fernando había encomendado al cura de Valdecines la

tarea de su conversión.

Ya hemos visto que, al considerar los motivos que la alejaban de él,

padecía dos tormentos á la vez: el tormento de perderle y el tormento

de pensar que el incrédulo se perdía. Ambos dolores se calmaban con

aquel remedio.

No hay sol más resplandeciente que el primero que luce después de una

tempestad. Así son las ilusiones: las que se forja la imaginación

en las treguas de los grandes martirios, son las más agradables.

¡Qué mucho que Águeda se recrease en dar cuerpo y alas y espacio en

que volar á las suyas, adquiridas después de tantas y tan deshechas

tempestades?

En medio de esta claridad risueña cayó de repente, como noche preñada

de horrores, la noticia del suicidio de Fernando. No bastó su carta:

fué preciso, para dar al cuadro todo el negro tinte que cabía en

él, que el mensajero que la puso en manos de Águeda describiera

con inclemente prolijidad los pormenores de la escena que había

presenciado en el fondo de aquel inmenso sepulcro. ¿Qué sonda mediría

la profundidad del dolor que sintió la desventurada en tan aciago

instante! Pero ni una queja brotó de sus labios, ni halló cabida en su

mente. Mártir heróica de la fe, recibió el golpe en medio del pecho y

á pie firme, convencida por la amarga experiencia de su largo calvario

de que para lidiar así la había arrojado Dios á las luchas de la vida;

elevó al cielo cuanto de ángel había en su naturaleza formada para

el martirio; y ya no pensó en que padecía, sino en padecer más para

ofrecer sus tormentos en satisfacción por el delito de Fernando, si era

posible que á su enormidad alcanzase la divina misericordia.

--«Si existe ese Dios á quien adoras y me sacrificas --decía un párrafo

de la carta del suicida--, ¿por qué siembra de oprobios y de afrentas

el único camino por donde puedo buscarle para conocerle y merecerte? Ó

tu Dios no existe ó es el mal.»

¡Rebelde y blasfemo!... ¡Insensato!... ¡Y adoraba á Águeda, y no

alcanzaba á ver en ella el vivo ejemplo del valor cristiano; cómo se

lucha y se sufre y se vence en las grandes tribulaciones de la vida;

cuál es el deber y cuál es la locura; cuál es la verdad y cuál es el

falso brillo de los errores de la conciencia; hasta dónde llega la

flaca razón humana, y desde dónde comienza á revelarse la providencia

de Dios; cómo es fuerza lo que parece debilidad, y cómo consiste el

valor, no en aniquilarse delante del peligro, sino en afrontarle á

pecho descubierto!

Concebía á Fernando incrédulo, separado de ella y hasta luchando

inútilmente por creer para merecerla; imaginósele alguna vez

desesperanzado y desfallecido, y aun sucumbiendo entre dudas... Pero

morir por su propia mano y abrazado á sus errores, con la desesperación

en el alma y la blasfemia entre los labios, y ser ella el motivo, la

chispa que produjo la explosión de tal demencia, pasaba mucho más allá

de los límites de sus previsiones. Ni en el cielo podía haber perdón

para crimen tan horrendo, ni en la tierra descanso ni sosiego para ella.

El bueno de don Plácido intentó en vano consolarla.

--Vamos, hija mía --díjola cariñoso--, ánimo... ¡ánimo, y siempre

ánimo; que, al fin y al cabo, no quedas sola en el mundo!... Bien

considerado este suceso, era de esperarse más tarde ó más temprano...

y, francamente, preferible es que haya ocurrido ahora... Digo que era

de esperar, porque donde no hay temor de Dios, no caben obras más

cuerdas; y bien sabes tú cómo anda la religión en esa casta. Cierto

que su padre, aunque hereje, va arrastrando la vida sosegadamente;

pero esto puede consistir en que el aislamiento en que vive le pone á

cubierto de las desazones con que se prueba el temple de las almas.

Además, según mis noticias, las herejías del padre son tortas y pan

pintado comparadas con la incredulidad de que se jactaba el hijo... Y

eso tenía que suceder por la fuerza misma de las cosas: _de tal palo,

tal astilla_. De un tibio y descuidado en materias de fe, nace un

volteriano como el doctor Peñarrubia; de un volteriano, un ateo que

pierde los estribos al menor contratiempo, y se vuelve loco, ó se quita

la vida, que tanto monta... Y en su lógica obran muy racionalmente:

muerto el perro se acabó la rabia... pues mato el perro. En cuanto á

los tontos que en el mundo dejan tales sabios llorando su criminal

locura, ¿qué vale eso? Quien no acierta á conocer á Dios en toda su

vida, ¿cómo ha de fijarse en semejantes pequeñeces en el momento de

cometer la heroicidad?... No faltan desventurados que la aplauden...

y hasta la imitan; y á ello hay que atenerse. ¡Admirable raza para

regenerar el viejo mundo! ¡Admirable seso el de los hombres que se

desviven por echar hacia ese abismo las corrientes de las ideas!

Nada respondía Águeda á estas observaciones de su tío; pero comenzó á

llorar en silencio. Entonces dijo don Plácido acariciándola:

--Eso es lo que necesitas por ahora, hija mía: llorar, llorar mucho.

Las lágrimas fueron puestas por Dios en los ojos para desahogar las

penas del corazón. Llora y descansa.

Después, no pudiendo consolarla, trató de distraerla y la habló así:

--Díjete que no te quedabas sola en el mundo, y dije la verdad. Has de

saber que he convenido con tu hermana en venirme á vivir con vosotras.

Aquí rompió Águeda el silencio para expresar la alegría que le causaba

la noticia.

--¿Pudiste creer jamás que yo os abandonara? --exclamó don Plácido.

--No, señor; pero nunca me hubiera atrevido á pedir á usted tan grande

sacrificio.

--¡Me gusta la salida! ¡Sacrificio nada menos! No hay tal sacrificio,

hija mía, en mi propósito; antes hay mucho egoísmo... Me he convencido

de que para cultivar la única afición que tengo, lo mismo da

Valdecines que Treshigares. Con trasladar á tu casa mi gallinero, se

acabó la dificultad. Además, no quiero ocultarte que, según van pasando

los años, me van pareciendo más largas las horas en aquella soledad...

Está visto que los niños y los viejos no pueden vivir sin el calor de

la familia.

--¡Qué inmenso beneficio hace usted á mi hermana!

--¡Ah, picarilla!... ¡Toda tu gratitud por ella, y nada por tí!... es

decir, que me dejas, precisamente, sin lo que yo iba buscando... Bueno,

bueno. ¡Sacrifíquese usted por ingratas!

Á esta broma respondió Águeda, acompañando sus palabras con una sonrisa

que parecía un sudario:

--Pilar empieza á vivir ahora, tío... es una niña.

--¡Y tú eres otra niña un poco mayor!... Y eso, ¿qué? ¿Quieres

decirme que vas á morirte pronto y que no te hacen falta amparos en

el mundo?... ¡Vaya si te leo yo los pensamientos! Pues sábete que te

llevas chasco si tal has pensado, ¡y chasco muy grande!... ¡No faltaba

más! Cierto que estás quedándote como la estatua de la melancolía, y

que no parece sino que te van arrancando las carnes y robándote el

color cuantos te hablan y te miran; pero ¿qué ha de suceder si eres

una carga de penas y de cuidados? Pasará la borrasca, ¡pues no ha de

pasar? y lucirán días mejores para tí y para todos nosotros... Siempre

te quedará allá dentro un poquito de resquemor; pero ¡qué diablo! la

vida sin cruz no es vida de cristiano; y ¡viva la gallina, aunque sea

con su pepita!

Entró Pilar en esto diciendo muy alegre:

--¡Don Sotero está malísimo!

Á lo que respondió don Plácido:

--Esa es una noticia que ha echado á volar el tunante, por no vérselas

hoy cara á cara conmigo.

Insistió Pilar en lo que aseguraba, dando buen origen á la nueva, y

concluyó don Plácido:

--Pues mira, siento que le mate Dios antes de haberle echado yo á

presidio.

Y como Águeda siguiera llorando y Pilar lo notara y se abrazara á ella,

fuése don Plácido, no sé si movido de la curiosidad en que le habían

puesto las noticias traídas por la niña, ó del convencimiento de que

Águeda necesitaba llorar mucho y hablar poco.

De todas maneras, antes de una hora estuvo de vuelta.

--¡Y hay inocentes --dijo á sus sobrinas-- que dudan de la justicia de

Dios!... Hijas mías, don Sotero acaba de morir.

Águeda se estremeció.

--¡Qué gusto! --exclamó Pilar palmoteando muy recio.

--¡Qué dices, niña? --respondió Águeda reprendiéndola.

--Creo que tiene razón esta chiquilla --observó don Plácido--. Hombres

como ese... En fin, Dios sabe muy bien lo que se ha hecho.

--¡Y habrá muerto sin confesión!

--Sospécholo, cuando no ha venido el señor cura á restituirte lo que te

robó en vida esa garduña...

--¡Que Dios le perdone como yo le perdono!

--Pues si tú le perdonas, que no se condene por mí... ni por tí

tampoco. ¿Verdad, Pilar?

--Con tal de que no vuelva... perdónole también --dijo la niña.

--Así me gusta... Pues sí, señor: la cosa no tiene duda, porque acaba

de decírmelo don Lesmes en la portalada.

--¿Don Lesmes ha vuelto ya? --preguntó Águeda.

--¡Otra te pego!... ¡Y yo que no me acordaba!... Pues sí: volvió don

Lesmes... ¡Hija mía, qué cara de angustia se te ha puesto! Ya sé por

qué; y necio fuera yo en ocultarte cosa alguna... Todo ha concluído

_allí_ del mejor modo posible... Estuvo su padre... ¡Figúrate cómo

estaría!

--¡Desdichado!

--¡Eso sí!... Cuanto se diga es poco... Se encontró ya la fosa

abierta...

--¡Ni tierra bendita para cubrirle, tío!

--¡Ni eso siquiera, hija mía!... ¡Ni eso merecen los que mueren

renegando de Dios!

--¡Qué horror!

--Lo mismo dijo su padre, á pesar de lo poco en que tiene las cosas

del otro mundo. Por compasión á su dolor y á sus lágrimas, se le ha

permitido que lleve aquellos míseros despojos á su propio solar, donde

hallarán sepultura menos indigna que en el fondo de una barranca, como

las bestias. En los preparativos quedaron el doctor y algunas buenas

gentes que por caridad le ayudan. Quizá esté ya el triste cortejo

camino de Perojales. Del mal el menos, hija mía. Y ahora que todo lo

sabes, no temo lo que puedas averiguar por bocas imprudentes que se

complacen en exagerar los horrores.

Por aquí andaba la conversación, cuando el doctor, á quien hemos visto

llegar á la portalada, pidió permiso para hablar á solas con Águeda.

¡Otro golpe de muerte para la infeliz! Don Plácido y Pilar se retiraron.

--¡Vengo --dijo Peñarrubia con voz enronquecida y temblorosa-- á

cumplir la última voluntad de un moribundo!

Águeda, traspasada de angustia, bajó la cabeza. La presencia de aquel

hombre agobiado por el mayor de los infortunios, hacía más terrible el

cuadro que no se apartaba un momento de su imaginación.

--¡Le mató la tenacidad de un fanatismo inclemente, señora! --añadió el

doctor, después de aguardar en vano una respuesta de Águeda.

Tomó ésta el dicho á reconvención; parecióle injusta y cruel, y

respondió con energía:

--¡Le mató su rebeldía á los decretos de Dios!

--Un deber mal entendido hizo imposible la única aspiración de su vida.

--La ignorancia de los suyos se la quitó.

--¡Los imposibles no se vencen con las humanas fuerzas!

--¡Pero se sufren con la resignación cristiana! Pues si para esas

contrariedades no hubiera otra defensa que la muerte, ¿viviera yo en

este instante, doctor!

De tal palo, tal astilla · 第 19 / 20 段