¡Calumnia! La lengua que la produce y la arroja á la voracidad de

las muchedumbres, ¿por qué no se gangrena en la boca del infame y se

ve arrastrada en jirones por inmundas bestias? ¿Cómo el veneno que

destila y da la muerte no mata al calumniador! ¡Víboras humanas! ¿Quién

puede calcular el alcance de vuestra ponzoña! Esos pobres campesinos,

inficionados de ella, vanla propagando sin saber el daño que causan;

antes creen que obran como buenos, porque desenmascaran al impostor.

Pero la calumnia llamará á las puertas de Águeda; y aunque ella no se

las abra, algo quedará allí, como el hedor de la peste, que corrompa

un día su corazón; mala semilla que llegue á dar siquiera frutos de

sospechas. Y si tal ocurriera, ¿qué sería de mí entonces! Y sólo con el

temor de que pueda suceder, ¿quién, que se llame honrado, no retrocede

como yo? Y retrocediendo, ¿por qué otro camino la busco, si todos van

á parar á ese que me está vedado?... ¡Me empujan los huracanes y estoy

cercado de abismos, y aún discurro y pienso en que he vivido! ¡Qué

necedad!

Alzó otra vez la cabeza y volvió á clavar los anhelantes ojos en la

bóveda celeste.

--¡Allí --se dijo con burlona sonrisa--, allí dicen que está, detrás

de esa ilusoria techumbre, el sostén de los débiles, el consuelo

de los atribulados... el supremo Juez de la conciencia humana, el

árbitro Señor de vidas y almas... la caridad... la misericordia!...

¡y yo, su hechura y su imagen, perezco aquí abajo, mofa y escarnio

de la desdicha; y esa fuerza no me ayuda, y esa misericordia no me

alcanza!... ¿Por qué? Porque no se baña mi espíritu en los resplandores

de una luz fantástica que no llega nunca á los ojos de mi razón...

¡Mentira! --añadió con sacrílega soberbia--. ¡Cuanto veo y toco es

fuerza que agita y mueve á la materia: materia agitada y movida

por la fuerza! ¡Una ley incontrastable y eterna rige y gobierna

á la naturaleza, y lo inmutable y perpetuo de esa ley excluye

lo sobrenatural!... Giran esos astros, porque la fuerza les da

movimiento; la fuerza fecunda la materia y produce toda generación y

toda destrucción. De la nada no se crea nada. Nada se crea, ni nada

se pierde. Todo se transforma y todo es movimiento eterno y continuo.

El átomo busca al átomo, y el polvo al polvo. Todo está sujeto á la

evolución; y la conciencia humana no es más que el término de esa

evolución misma... Y este pensamiento que me abrasa la mente y me

esclaviza al rigor de mis propias ideas, ¿qué es sino una excitación

nerviosa, una secreción de mi cerebro? ¡El espíritu! fantasma de la

razón sometida al dogma, grillete de la libertad de la conciencia...

¡palabra vacía de sentido!... ¡y la virtud y el vicio, el bien y el

mal, cosas convencionales, dependientes del clima, del temperamento y

de la educación!

Como en este hervor de conceptos hubiera más atrevimiento, más ira,

más desesperación que convicciones, Fernando se sintió poseído de una

agitación nerviosa, como si se hubiera empeñado en una disputa ardiente

y apasionada. Tuvo necesidad de dar reposo á su espíritu, y volvió á

apoyar su cabeza entre las manos. Momentos después tornó á su tema, y

el delirio le dió bríos para elevar su desquiciada mente á lo más alto.

Asustábale algo que en aquel supremo instante _sentía_ sin entenderlo

ni penetrarlo, y quería apartarlo de su conciencia, como el ladrón

arroja de su memoria, al cometer el crimen, el recuerdo del juez que

puede castigarle.

--¡Dios! --continuó diciéndose--. ¿Y qué es Dios sino el ideal,

la forma que va tomando en cada edad histórica el contenido de la

conciencia; el nombre que da la humanidad á lo que concibe como más

grande y perfecto? ¿Quién podrá demostrarme que ese ideal concebido

por la fantasía y acariciado por el sentimiento, llegue á convertirse

nunca en realidad?... ¡Sombras de la imaginación... visiones del

fanatismo!... ¿por qué no os disipa la clara luz de la razón humana?

¿por qué no alumbra hasta el fondo de ese misterio tenebroso?

Y el insensato, en lugar de aplicar esta declaración de su impotencia

á aquel blasfemo atrevimiento de su locura y de su ignorancia, lanzóse

más á ciegas en el foco de la falsa luz que le deslumbraba. Sintió

crecer sus angustias, y exclamó con una resolución digna de mejor

causa, y como si acabara de resolver un gran problema:

--Sólo hay una cosa que no tiene fin, eterna é invariable: el dolor.

¿Quién sabe si él es la fuerza inconsciente, la voluntad ciega que lo

gobierna todo?... Pero es indudable que el reposo está en la muerte, en

la aniquilación... Dormir en los brazos de la madre naturaleza, es el

apetecible término de la lucha de la vida... ¡Caiga de mis hombros esta

pesada carga que me agobia, y descansemos de una vez!

Retiróse de la ventana, trémulo por la agitación de sus ideas; y pocos

minutos después era una sombra que se movía entre la obscuridad del

jardín; y luégo, en la relativa claridad del camino que iba á unirse

al de la hoz, un gusanillo más que se arrastraba sobre la costra de la

tierra.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVIII

LO QUE DESCUBRIÓ EL DÍA

Y aconteció que al amanecer el siguiente, un hombre de Valdecines, que

tenía negocios en Perojales, entró cantando en la hoz. Cantando seguía

sin cerrar boca, y mirando tan pronto al río como á las peñas de lo

alto, cuando cátate que, hallándose junto al _asomo_[4] más descarado

del sendero que llevaba, fáltanle de repente voz y movimiento, y

quédase con los ojos tan abiertos como la boca, y hasta se le muda el

color y se le encrespa la greña debajo del sombrero.

[4] Orilla descubierta de un precipicio.

--¡Mil demonios --se dijo cuando el espanto le dejó libre el uso del

entendimiento--, si aquello no es tan presona humana como yo mesmo!

Y en esto, retiraba el cuerpo hacia la montaña y avanzaba la cabeza

sobre el abismo.

--Dígote que no marra, ¡carafles!... ¡Que lo es!... ¡Vaya si lo es!

Aquello es pata, como la mía... y la otra también; y el cuerpo, cuerpo

de veras... con su brazo por acá... y su brazo por allá... el matorral

le tapa la cabeza... ¡Y el ropaje es bueno si los hay, ó yo no veo

pizca desde aquí! Y el hombre no mueve pie ni mano... ¡Qué ha de mover,

carafles, si quedaría redondo!... Porque, á mi cuenta, se despeñó

anoche por aquí abajo.

Miró á sus pies, y vió al borde del precipicio césped resobado y

arbustos rotos.

--¿No lo dije? --pensó estremecido el buen hombre--: por aquí se

_esborregó_ el venturao... ¡El Señor le cogiera en gracia!... Y ¿qué

hago yo en esto? ¿Paso, ó no paso?... ¡Que pase mi abuela!

Dijo, y se volvió á Valdecines, pálido, aturdido y jadeante. Su primer

intento fué dar parte á la Justicia; pero á la Justicia se la teme de

lumbre en tales casos. «Á buena cuenta --pensó--, me echará mano, por

si he tenido yo la culpa; y después... ¡vaya usté á saber en qué parará

ello, teniendo yo, como tengo, cuatro terrones y un par de bestias!»

Pero también si callaba y acertaba á saberse que él había vuelto al

pueblo sin llegar á Perojales, y al mismo tiempo se descubría lo

tapado, por boca más atrevida que la suya, ¿qué pensar de su silencio

y de su espanto? Ocurriósele, en esto, una idea muy atinada; y fué la

de referir el caso al señor cura, bajo secreto de confesión. Y así

lo hizo. El cura, después de enterarse de que el supuesto cadáver se

hallaba en término de Valdecines, dió parte al alcalde; éste se le

endosó al juez municipal; el juez municipal quiso endosársele al juez

de primera instancia, que residía á más de cuatro leguas de allí;

acudióse al pedáneo también, so pretexto de que el caso se rozaba,

hasta cierto punto, con el ramo de policía, orden y buen gobierno; el

pedáneo puso el grito en las nubes y echó la farda á don Lesmes, como

forense nato, por su cargo de facultativo titular de la municipalidad;

don Lesmes alcanzó el cielo con las manos, y protestó contra el endoso

por improcedente... En fin, que se puso en conmoción á todo el pueblo

en menos de dos horas. Al cabo se acordó que fuera á levantar el

cadáver el Ayuntamiento en masa, con su pedáneo y alguacil, el juez

municipal y el cirujano titular don Lesmes; y lo acordado se llevó á

efecto en aquella misma mañana.

Lleváronse á prevención cuerdas, hachas y azadones, con la gente

necesaria para manejarlos, por si había que labrar algún sendero en la

montaña para bajar hasta el sitio en que se hallaba el muerto; y se

prohibió á los particulares que acompañasen á la _comitiva_.

Partió ésta de Valdecines entre la general curiosidad, y llegó al sitio

indicado al cura por el descubridor del cadáver.

--¡Lo es! --dijo don Lesmes en cuanto se asomó al despeñadero.

--¡Lo es! --repitieron los circunstantes, asomados también al

precipicio.

Y, en efecto, era un cadáver lo que había allá abajo, muy abajo,

tendido sobre la angosta braña, poco más ancha que el cadáver mismo,

entre el río y la montaña.

Se buscó una bajada _posible_ aun para aquellos hombres avezados á

los precipicios, y se halló en un recodo que mucho más arriba formaba

la ladera. Estribando en los peñascos y agarrándose á los arbustos,

fueron bajando uno á uno los señores de la Justicia y acompañantes. No

fué cosa fácil ni placentera; pero al fin llegaron al temeroso lugar.

Adelantóse don Lesmes por orden del alcalde. El cadáver estaba tendido

boca abajo y con la cabeza oculta entre unas zarzas. El cirujano

dispuso, á su vez, que se le diera vuelta. Hiciéronlo así dos hombres.

Éstos, don Lesmes y la Justicia en masa, dieron un salto hacia atrás en

cuanto el muerto apareció boca arriba. Todos conocían, cuando menos de

vista, á Fernando, y todos conocieron su cadáver en aquél que estaban

contemplando allí, no obstante las heridas y destrozos que había en su

cara.

--¡Se despeñó! --dijo el alcalde medio atolondrado.

--No --respondió don Lesmes, pálido y conmovido--: si eso fuera,

tendría la _tapa de los sesos_ hundida; pero miren ustedes que la tiene

levantada... ¡Y harto será que no haya salido por ella lo que entró por

este agujero que hay al _ras_ del _pasa-pan_!

En esto, uno de los hombres, que reconocía el terreno y se fijaba mucho

en los bardales aplastados de la ladera, entre el camino y el sitio en

que se hallaba el muerto, encontró una pistola.

--¡Con esa debió de ser! --dijo don Lesmes al verla.

--Pero entonces ¿cómo estaba tan lejos del cadáver? --observó el

alcalde.

--Porque... porque no lo sé --repuso don Lesmes, cada vez más trémulo.

--Pues él debió de bajar rodando por aquí --dijo el que había hallado

la pistola--. Estos ramajos quebrados y la sangre que hay en esta

peña... ¡Como no se arrimara el tiro allá arriba, y bajaran después él

y la pistola!...

--Cuéntate que eso fué --replicó el alcalde.

--Si es que no lo hizo todo una mano alevosa --observó don Lesmes.

--Eso es lo que ha de averiguar la Justicia --replicó el alcalde--; y á

buena cuenta, vamos á registrar al muerto, por si topamos algún aquél

de luz sobre el particular.

Registrósele en el acto, y se hallaron en sus bolsillos tres cartas:

una «para la Justicia;» otra «para el doctor Peñarrubia,» y otra «para

la señorita doña Águeda Rubárcena.»

El juez abrió la primera, que decía así:

«Declaro que me quito la vida por mi propia voluntad; y ruego

á la Justicia que recoja mi cadáver, que haga llegar á sus

respectivos destinos las dos cartas que hallará con ésta en mi

bolsillo.--_Fernando Peñarrubia._»

--Y la fecha es de ayer --añadió el juez--. Pues con esta declaración

acabó la presente historia. Y bien mirado, más vale así.

Los circunstantes oyeron estupefactos la lectura del papel, y ni una

palabra se oyó allí contra el desdichado á quien el día antes hubieran

arrojado á pedradas de Valdecines.

Alguien, más en son de lástima que de vituperio, acertó á decir:

--Quien mal anda...

Pero no logró acabar el proverbio, pues el alcalde le atajó con estas

expresiones:

--Esa es cuenta de Dios que le ha juzgado ya... Á nosotros no nos

toca más que tenerle compasión, cumplir su última voluntad y darle

sepultura. ¡Desventurado de él, que por su delito no puede recibirla

sagrada!

Y no obstante, por un sentimiento de caridad, aquellos hombres rudos

se descubrieron la cabeza, se hincaron de rodillas é imploraron, en

fervorosa oración, la divina misericordia para el alma de aquel cuerpo

manchado por el mayor de los crímenes.

--Falta --dijo luégo el alcalde, hablando siempre en nombre del juez,

no muy ducho en tales procedimientos-- identificar la persona, vamos al

decir, el cadáver.

Llamó al alguacil y al pedáneo.

--Tú --dijo al primero-- vas á ir volando ahora mismo á Perojales.

Entregarás esta carta á quien reza el sobre, y dirás á esa persona que

se le espera aquí, para... para los efectos consiguientes.

Hízose notar á la digna autoridad que era el golpe harto recio para

dado sin advertencia ni contemplaciones.

--Cierto --respondió el alcalde--. Por dura que ese hombre tenga el

alma, ha de llegarle muy adentro la noticia, y compasión me da de

veras, aunque no la merezca; pero la justicia no debe tener entrañas, y

la ley es ley... y ya estás andando... quiero decir, de vuelta, porque

aquí queda esperando la autoridad.

Y el alguacil, sin chistar, echó á gatas por el sendero á cumplir lo

mandado.

--Tú --dijo entonces el alcalde al pedáneo-- pica también monte arriba,

y no pares hasta Valdecines con esta otra carta que entregarás en

propia mano, con la finura y el aquél del caso respetive al genial

y prosapia de la señora que ha de recibirla. Y ahora --añadió,

volviéndose al juez mientras el pedáneo tomaba el mismo sendero que

el alguacil--, hay que escribir todo esto que está pasando y ha

pasado, con el item más de la declaración del señor facultativo, en la

solfa conveniente al resultante; pero como el caso pide buena pluma

y mucho sosiego, se hará la diligencia y competente sumaria en la

casa consistorial, como si hubiera sido hecha de cuerpo presente, y

procederemos en su hora al _sotierre_, que bien puede ser aquí, ya que

está prohibido que sea en el campo santo... si otra cosa no dispone el

interesado que ha de reconocer al muerto...

Habrá notado el lector que el bueno de don Lesmes habló muy poco

durante las narradas ceremonias. No hay que extrañarlo. Andaba el

hombre tan sin tino ni serenidad, que á pique estuvo de desmayarse

cuando se le dijo que habría que proceder á la autopsia del cadáver.

Disfrazó su natural repugnancia á semejantes carnicerías con el aserto

de que le faltaba corazón para descuartizar al hijo de su muy querido

amigo y condiscípulo el doctor Peñarrubia, y convínose en dar por

cumplido ese requisito en el expediente que había de formarse. Con

lo cual se tranquilizó no poco, y hasta comenzó un discurso sobre lo

innecesarias que eran esas «barbaridades» en la mayor parte de los

casos en que se empleaban; y perorando estaba, mientras los hombres

agregados á la justicia abrían una fosa cerca del muerto, cuando

apareció en lo alto del camino de Perojales, á todo correr del caballo

que montaba, el infeliz doctor Peñarrubia.

Enmudeció el cirujano á la vista de aquel horrible dolor en cuerpo y

alma, y hasta los que más le aborrecían por impío se condolieron de él

por padre sin ventura.

No quiero atormentar al lector con el relato de lo que allí pasó poco

después. Si no desea ignorarlo, imagíneselo; cosa no difícil para él,

pues conoce al padre, ha visto lo que queda y ¡cómo queda! del hijo, y

es cristiano y tiene corazón y caridad.

Debo, no obstante, y para ayudar á su imaginación, ofrecerle un dato

importante. Cuando los criados del doctor le dijeron que habían hallado

abiertas las puertas de la casa y la del corral, lanzóse el infeliz, en

un movimiento instintivo de su amor, al cuarto de Fernando. Encontróle

vacío, vió su cama intacta, y se estremeció. Sin atreverse á oir lo que

le decían sus propios pensamientos, mandó á sus sirvientes en busca de

su hijo en varias direcciones, y él mismo tomó la de Valdecines, por

juzgarla más llena de esperanzas.

En la hoz estaba ya, y muy adentro, cuando le encontró el alguacil que

le llevaba la carta consabida. Detúvole, entregósela sin miramientos

ni precauciones; leyóla el otro, más con el corazón que con los ojos;

pidió luégo, como deben pedir la muerte los que no pueden con la vida,

_¡más noticias!_, y el alguacil le refirió cuanto sabía, que no era

poco. ¡Tan reciente era la que llevaba el doctor clavada en el pecho

como puñal de cien puntas, y tan inhumanamente se le había dado la

puñalada! Ahora podrá ver el lector á su verdadera luz la escena que

tuvo lugar poco después en el fondo del precipicio.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIX

DE RECHAZO

Desde que don Sotero vió la obra de Bastián destruída por la inesperada

venida de don Plácido á Valdecines, juzgó en descenso su fortuna.

Alentábale, sin embargo, la esperanza que ponía en el carácter

estrafalario, bonachón y docilote del solterón de Treshigares; pero

cuando habló con él y le vió tan firme y resuelto, comprendió que

principiaba el fin de sus iniquidades, y, lo que era más grave para él,

que había quedado preso en la red tendida al caudal de los Rubárcenas.

Ni sus atrevimientos hasta allí tenían fácil disculpa, ni el sesgo

que tomaban las cosas se prestaba á imponerlos como ley por la fuerza

de otros mayores. Meditó seriamente sobre el caso, y le vió muy negro

por todas partes. Su mayor aspiración no podía exceder ya de que se

le perdonara lo pasado. En cuanto á su intervención en la casa de

los Rubárcenas, no ya como tutor y curador de las huérfanas, pero ni

siquiera como administrador de sus bienes, era una insensatez no darla

por concluída. De manera que no solamente tenía que renunciar á la

posesión de aquel caudal, con tanta maña perseguido, sino también á lo

que de él pudiera pegársele á fuerza de manosearle. Era la primera vez

que se le escapaba de entre las uñas una presa señalada por sus ojos.

Le costó mucho trabajo resignarse á verlo así; pero la necesidad le

obligó á ello.

La mejor jugada de toda su vida había estado á punto de hacerla en la

vejez, y aquella jugada la perdió al cabo. Probado está que á esa edad

es cuando más estragos causan las grandes pesadumbres y las agudas

enfermedades. No se asombre, pues, el lector si le digo que en menos de

veinticuatro horas se abatió la entereza de don Sotero, como áspero y

bravío roble herido por el hacha en sus raíces: quédase aún enhiesto;

pero hasta las brisas le bambolean, y el primer viento le derriba.

Resuelto á implorar hasta la misericordia de sus víctimas para sacar

el único partido que le ofrecían las dificultades de su situación,

consagró el corto plazo que le dió el indignado señor de Quincevillas

para optar entre los dos extremos que le propuso, á arreglar sus

cuentas del mejor modo posible; y aun en aquella ocasión demostró el

buen ex-procurador que, como el gitano del cuento, era una hormiguita

para su casa. ¡Qué mano de _raspa_ tan admirable! ¡Qué primor de

destreza aquella pluma para imitar recibos de doña Marta! ¡Qué instinto

aritmético el suyo para obtener alcances en su favor allí donde no

había sino rastros de sus ávidas manos, al sacarlas llenas de lo que

no le pertenecía, durante tantos años de administración! Y todos

estos milagros los hacía el pío varón en medio del mayor desconcierto

cerebral. Porque es de saberse que á la sazón hablaba solo y deliraba;

y hasta el escaso mendrugo que comía, menos le servía para alimento del

cuerpo que para dar fuerzas á su pesadumbre. ¡Qué no hubiera hecho el

santo hombre puesto á la misma tarea en sana salud!

Antojábasele poco cuanto sacaba en números de los libros de su

administración; y cuando pasaba la vista por el inventario, bien

ordenado y dispuesto, de su propio caudal, aunque éste era bueno y

estaba bien asegurado, creíase pobre y á las puertas de la miseria.

¡Tan grande le parecía lo que se le había escapado de entre las uñas, y

por tan suyo llegó á contarlo!

El único deudor que aparecía allí sin hipoteca sólida y á todas horas

realizable, era Fernando. ¿Dónde tuvo él la cabeza; qué sensiblería

estúpida se apoderó de su corazón; qué diabólica insensatez le cegó

cuando hizo aquel desatinado negocio! ¡El ansia de tener cogido por

ese lado al aspirante al caudal de Águeda; la convicción de que todo

ello era un grano más en la semilla que había de darle tan abundante

cosecha!... ¡Y la cosecha se perdió al menor soplo de la adversidad!

¡Mentecato, y mil veces mentecato!... ¿Dónde puede haber disculpa para

el hombre que así aventura lo que más ama y necesita!... Si, bien

mirado, el doctor se hallaba en lo mejor de la vida; y al ver cómo la

traía de regalona y descuidada, el más lerdo comprendería que hasta los

clavos de la puerta se habría comido ya para el día de su muerte. ¡Qué

lucida hipoteca para sus seis mil duros! ¡Y el muy torpe hostigaba y

perseguía á su deudor exponiéndole á coger una enfermedad, ó á cometer

un desatino que le costara la vida antes de adquirir con qué pagarle!

Afortunadamente, aún era tiempo de enmendar esa torpeza. Buscaría

á Fernando, le hablaría al alma, le pediría perdón por sus pasadas

inclemencias, y hasta se brindaría á ayudarle en sus proyectos. ¿Y por

qué no? Al cabo y á la postre, ¿no era gallardo y excelente mozo? ¿No

hacía con Águeda la pareja más hermosa que pudiera buscarse? Que era

un tanto descreído... ¡Bah! ¿Quién se para en tales pequeñeces hoy?

_Tener ó no tener_, ésta es la cuestión. Pero ¿aceptaría el vanidoso

joven sus excusas y protestas, después de la guerra que le había hecho

él?

Así discurría el santo varón según iba leyendo y manoseando el recibo

que ya conocemos, tras de llorar las mal aprovechadas horas de su vida

(con los cuales discursos sufría congojas mortales y sudaba hieles y

borra de azufre por todos los poros de su lacio pellejo, pues es de

saberse que ayuno estaba su estómago aquel día hasta del fementido

chocolate con que entretenía al levantarse los asaltos del hambre),

cuando llegaba á Valdecines el pedáneo con la carta para Águeda, y la

noticia, que se propagó por el pueblo como la llama en un reguero de

pólvora, de que el cadáver hallado en la hoz era el del hijo del doctor

Peñarrubia.

Lo oyó Bastián á la puerta de su casa, subió las escaleras de cuatro

zancadas, entró en la alcoba sin pedir permiso; y tal como lo cogió en

la calle, se lo espetó en crudo á su tío, en la persuasión de que le

daba la más sabrosa de las noticias.

No prestando crédito á sus oídos, que desde días atrás le zumbaban muy

á menudo, don Sotero, sobresaltado y trémulo, hizo repetir á Bastián

todas sus palabras; después le preguntó, con la voz medio extinguida,

quién le había dado la noticia, y, por último, quién la había traído al

pueblo; y cuando supo todo lo que sabía el alcalde pedáneo, encontróse

sin fuerzas para moverse de la silla, y ni siquiera las tuvo para

cerrar la boca y los ojos, que se le habían quedado desmesuradamente

abiertos; las negras ideas se bamboleaban en su cerebro al mismo compás

que el armario y la mesa, y la ventana, y las paredes de su cuarto;

sentía que por toda su piel se deslizaba un sudor frío, como si la

sangre, convertida en suero destilado, se le derramara por los poros; y

tan amarillo y desmayado se le puso el color, que Bastián, transido de

susto, corrió á avisar á Celsa.

De tal palo, tal astilla · 第 18 / 20 段