Acertó á mirarla éste con ávida curiosidad, excitada por lo que de

amargo y solemne había en el acento de sus palabras, y se asombró

al ver los estragos que las penas habían hecho en aquella belleza

tan admirada por él al conocerla. Comprendió que iban fuera de

toda justicia sus reconvenciones; disculpólas con el dolor que le

enloquecía; lloró como un niño, y Águeda tuvo necesidad de olvidarse

de sus propias angustias para consolarle.

--Pero ¡qué horrible serie de contrariedades se atravesaron en su

camino! --prosiguió el doctor cuando se halló más sereno--. Amó, y

sus desdichadas ideas fueron vasto y tormentoso mar que le alejó del

objeto amado. El amor le dió fuerzas, y luchó contra el embate de las

enfurecidas olas; creyóse rendido, y el ansia de llegar al anhelado

puerto le hizo luchar de nuevo. ¡El último esfuerzo, Águeda; el que

debía salvarle, le mató! Tradújose por la maledicencia en baja codicia

de los bienes de la mujer amada y en infame apariencia de conversión,

su postrera tentativa...

--¿Eso se ha dicho! --exclamó Águeda asombrada.

--Eso se ha dicho; esa versión ha circulado en este pueblo; eso le

valió hasta los insultos de los ignorantes; eso le alejó para siempre

del fin que perseguía; esa pena le enloqueció y armó su brazo y le

quitó la vida; y esta horrenda historia me lega en sus postreros

instantes para que usted no la ignore... y para tormento de la amarga

existencia que aún arrastro; y como no puede ser muy larga jornada

tan angustiosa, aprovecho estas horas en que la fiebre del dolor me

sostiene, para que el encargo no quede sin cumplirse.

--¡Qué ceguedad, Dios mío! --exclamó Águeda--. Si temió que yo pudiera

algún día inficionarme con la ponzoña de esa infame calumnia, ¿por qué

no me lo dijo?

--¡Y para qué?...

--¡Para qué!... Para quitar todo fundamento á sus temores... ¡para

desprenderme de cuanto poseo! ¿Qué menos debiera yo dar por su

felicidad y por la mía!

--El amor contrariado, Águeda, es como la mayor de las locuras: ciega á

los hombres y los precipita en todo linaje de desatinos.

--No, doctor: lo que agita y embravece las pasiones en el corazón

humano, es el desamparo del alma; lo que debilita al principio y

enloquece después, es el desconocimiento de Dios... Se lo dije, doctor,

se lo dije, porque le veía á obscuras y desesperado... ¡Infeliz mil

veces el hombre que para luchar con las tormentas de la vida, no busca

las fuerzas en los consejos de la religión!

--¡Ni gérmenes de ella había en Fernando, Águeda! --dijo el doctor

en un desahogo amargo, pero espontáneo, de su conciencia--. ¡Ni eso

siquiera!

--¡Y me culpaba usted de su muerte!

--Hacíame injusto la pena, y era el amor lo que le enloquecía.

--Navegaba en un mar de tempestades á ciegas é indefenso, y dió en ese

escollo. En otro hubiera perecido lo mismo.

--¡Infeliz de mí si eso fuera cierto; porque la educación del

desgraciado es obra mía!... Yo no le infundí otras ideas ni otro culto

que el amor á las glorias mundanas; aplaudí sus triunfos en esas luchas

sin caridad; con estas alas se elevó... y si es cierto que cuanto más

libre es la razón, más esclava de las pasiones se hace el alma, su

verdugo fuí... ¡Y era mi orgullo y mi regocijo! ¡Y cuando le soñaba

entre los arreboles de su gloria coronando las canas de mi vejez, la

desesperación le mata y la desdicha me ofrece su cadáver mutilado; y

hasta la justicia humana le niega el triste consuelo de la sepultura en

tierra bendecida para los hombres! ¡Donde le ví crecer lleno de vida

y de esperanzas, donde más le sonreía la ilusión de sus amores, se

pudrirán sus míseros restos señalados por el horror de las gentes, sin

compasión á las lágrimas con que yo regaré el mármol que los cubra!

--¡Qué desdicha tan espantosa! --exclamó Águeda anegada en llanto--.

¡Separada de él en la tierra... y eternamente separados después!

--¿También allá!

--Sí, doctor... Murió rebelde, impenitente... ¡el único delito que no

cabe en la misericordia divina!

--¡Quién sabe si hubo un instante en los postreros de su existencia!...

--¡Virgen María!... ¡si eso fuera verdad!... ¡Cuánto se lo he pedido á

Dios al verle tan cegado por el error!

--Reza, hija mía, reza; reza siempre por él... ¡y reza también por su

padre, que bien lo necesita!

--¡Por usted, doctor!... Pues ¿por ventura cree usted en la eficacia de

la oración!

--¡Yo no sé, hija mía, qué es lo que creo ya, ni lo que dejo de

creer! ¡Lo único que á mis ojos no tiene duda, es la inmensidad de mi

desgracia y la de mi dolor sin consuelo!

Abatió la cabeza entonces; ocultó la cara entre las manos, y lloró

mucho. Irguióse después; elevó los ojos, turbios por el llanto, adonde

tan pocas veces los había elevado, y exclamó entre gemidos y lágrimas:

--Si este martirio que me acongoja es un castigo del cielo... Señor,

¡tremenda es tu justicia!...

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Diciembre de 1879.

[Ilustración]

[Ilustración]

ÍNDICE

Páginas.

Al pío lector 5

I.--Pateta 9

II.--La comisión del doctor 35

III.--El sobrino de su tío 55

IV.--La raza 63

V.--La familia 83

VI.--Don Sotero 99

VII.--Águeda 113

VIII.--La espina de Águeda 133

IX.--Los trapillos de Macabeo 151

X.--Las uñas del raposo 165

XI.--Pasa-calle 177

XII.--Más notas para un retrato 185

XIII.--Lo que se decía 199

XIV.--El fondo del abismo 213

XV.--La astilla y el palo 229

XVI.--Rayar en el agua 247

XVII.--Mar sin riberas 257

XVIII.--El último esfuerzo 271

XIX.--Lo que llegó á decirse 287

XX.--Lobo y cordero 303

XXI.--Un caso de moral 321

XXII.--La hoguera de San Juan 335

XXIII.--La moral de aquel caso 347

XXIV.--De cuerpo entero 365

XXV.--Don Plácido 377

XXVI.--La gota de agua 389

XXVII.--Lo que encubrió la noche 401

XXVIII.--Lo que descubrió el día 411

XXIX.--De rechazo 421

XXX.--El sol de Tasia 431

XXXI.--Las heces del cáliz 441

[Ilustración]

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De tal palo, tal astilla · 第 20 / 20 段