Aquí llegaba don Plácido con su relato, cuando le anunciaron que don

Sotero deseaba hablar con él.

Águeda tembló de pies á cabeza al saber que se hallaba tan cerca del

hombre que más terror y más repugnancia le infundía en el mundo, y

huyó del comedor. Pilar salió tras ella, agarrándose á la falda de su

vestido.

El solterón de Treshigares sintió que la sangre le hervía en las venas;

que los dedos se le crispaban solos, y que la ira le ponía de punta los

no muy abundantes cabellos de color de castaña.

--¡Que pase! --dijo, dominándose cuanto pudo.

Entró don Sotero con los resobeos, suavidades y reverencias de

costumbre; y díjole don Plácido con una valentía inconcebible en hombre

tan frío é indiferente á todo cuanto no fuera gallinas y modo mejor de

criarlas:

--¡Usted es un infame, un hipócrita... un pillo redomado!

Don Sotero aguantó la descarga sobre el cogote, pues tan humillada

tenía la cabeza, y quiso conjurar la tormenta con su táctica habitual

de mansedumbre; pero don Plácido, más indignado cuanto más el otro se

humillaba, atajó sus dulces palabras con éstas, que salían de su boca

echando chispas:

--¡Mire usted que no soy lo que parezco! ¡Mire usted que cuando me

atraganto con gazmoños, no respondo de mí... y que soy muy capaz de

arrojarle á usted por el balcón, después de arrancarle á latigazos el

pellejo!

El hombrecillo de Treshigares parecía haber crecido medio palmo al

decir esto; y don Sotero no dejó de notarlo con el rabillo del ojo.

Callóse como un muerto, y añadió don Plácido:

--Va usted á salir inmediatamente de esta casa, que jamás debió

deshonrar con su presencia, después de elegir entre la renuncia

solemne del cargo que con inicuos amaños obtuvo de la madre de sus

inocentes víctimas, ó á dar cuenta de su atentado de anoche á los

tribunales de justicia.

Convencido don Sotero de que en aquella ocasión era inútil todo

fingimiento, se irguió poco á poco, y respondió con voz firme:

--El punto vale la pena de ser meditado... por mutua conveniencia. No

tardará usted en conocer mi resolución.

Hizo una ligera reverencia, y se encaminó á la puerta por donde había

entrado.

--Si tarda usted más de cuarenta y ocho horas en decidirse --díjole don

Plácido--, saltaré por el único respeto que hoy me impide entregar el

asunto al juez de primera instancia.

--Á todos nos conviene ser cautos en ese particular --respondió el

pícaro volviendo la cetrina cara. Luégo, se fué.

Una hora después, las campanas volvieron á oirse; y el hinojo tendido

alrededor de la iglesia y pisoteado por los chiquillos, que escogían

las mejores entre las espadañas esparcidas con él, para hacer

pitaderas, se olía desde los últimos rincones del barrio. La procesión

iba á salir, y la misa, solemne y regorjeada, comenzaría luégo que

el santo, llevado en andas por el alcalde y tres personas de viso,

precedido del pendón y seguido del pueblo entero respondiendo _ora pro

nobis_ á cada latín del señor cura, volviera á entrar en la iglesia.

Rodeada estaba ésta de vendedoras de rosquillas, caramelos encarnados,

perojillos tempranos, cerezas algo tardías, agua de limón y avellanas

tostadas. Los chicos andaban oliendo las unas, tentando los otros,

regateándolo todo y no comprando nada. En esto se oyeron cohetes por

los aires. Las afueras de la iglesia quedaron limpias de gente. Asomó

el pendón por la puerta principal; después el santo, bamboleándose en

las andas, según el paso de los que le conducían; luégo el cura, de

capa pluvial, y la cruz alzada y los monaguillos con sendos ciriales;

y, por último, los fieles. Si aquel día hubiera habido danzas, como

otros años en igual ocasión, habrían ido entre el pendón y el santo;

pero no pudieron arreglarse por no sé qué dificultades surgidas

de pronto, y faltó ese detalle, que es la salsa de las grandes

festividades montañesas, con harta pesadumbre de propios y colindantes.

Mientras la procesión salía por la puerta principal, entraban en la

iglesia por la pequeña don Plácido y sus sobrinas. Águeda, desde el

suceso de la víspera, tenía horror á la luz del día y á los ojos de la

gente. Por eso había escogido aquel momento para entrar en el templo.

Cuando salió de él dos horas después, tuvo que pasar entre muchos y muy

compactos grupos de personas alegres y desocupadas; y aunque no hubo

cabeza con sombrero que no se descubriera delante de _los señores_, ni

chico ni grande que no les diera los buenos días con el mayor respeto,

Águeda se empeñó en que todos los ojos la miraban de distinto modo que

otras veces; así se lo dijo en casa á Macabeo, que la había jurado que

nadie sabía en el pueblo cosa alguna de lo ocurrido la noche antes.

Como insistiera la joven en que tan extrañas miradas algo querían

expresar, dijo Macabeo:

--Pues ¡caráspitis! sépalo usté, ya que en ello se empeña. Lo que es

cosa corruta de dos días acá, es que el señorito Fernando (que, por la

cuenta, fué mal visto de la difunta señora por sus herejías), con el

aquél de que usté le mire con buenos ojos, se ha presentado en casa del

señor cura á pedir iglesia y catecismo.

--¿Cuándo, Macabeo? --preguntó Águeda con ansia.

--Anteayer, por lo visto.

--¿Estás seguro de ello?

--¡Pues poco rute-rute se ha armado en el pueblo sobre el caso! Y como

dicen que usté le ha movido á ello... ó que por usté hace lo que hace...

Águeda, olvidando con la noticia todas las pesadumbres que la

abrumaban, y hasta la presencia de Macabeo, exclamó con el rostro

bañado en una aureola de felicidad:

--Si la fe llega á iluminarle, ¿qué importa lo demás!... ¡Dios mío!...

¡qué ciego es el que no ve tu misericordia!

No pensó Macabeo limitarse, puesto ya á hablar, á la primera parte

de la noticia, pues fué de los contagiados también de la pública

indignación contra el hereje, cuando supo lo que había de impostura

en la conversión de éste, según la pública voz; pero al ver el efecto

causado en su ama por el lado bueno de la noticia, guardóse muy bien de

añadirle la contera de las intenciones supuestas y el adorno inventado

de los criminales antecedentes del neófito; que dureza de alma le

pareció privar de aquel consuelo y alivio, tan baratos, á un corazón

tan sin descanso combatido.

Retiróse Águeda pidiendo al cielo nuevas y mayores pesadumbres, si con

su martirio llegaba á redimirse el alma de Fernando, y se echó Macabeo

á la calle para acabar de saber (pues en los comienzos andaba desde

muy temprano) quién era la desalmada moza que había puesto los ramos

ignominiosos en sus heredades.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVI

LA GOTA DE AGUA

Dejamos á Fernando en camino de su pueblo, más abatido con el peso

de la última inclemencia de Águeda, que ufano con los frutos de su

entrevista con el párroco de Valdecines. Según iba profundizándose

la herida de su corazón, menos se prometía de los remedios para

cicatrizarla. Cada paso que retrocedía, le alejaba una inmensidad

del término de su jornada. Condición es ésta que se cumple con rigor

extremo en las grandes fatigas del espíritu.

Como ya no era nuestro personaje el hombre de los ímpetus apasionados,

hijos de las primeras contrariedades de la vida, sino un desdichado

más, sujeto á la cadena de un imposible, iba arrastrándola poco á poco,

atento sólo á medir las escasas fuerzas que le quedaban, no á buscar en

el desierto de su imaginación un punto donde arrojar la pesada carga,

refrescar las sedientas fauces y alentar el fatigado pecho con aguas

cristalinas y aires embalsamados.

En tal grado de desaliento llegó á su casa. Continuaba huyendo de su

padre; pero éste hallaba modo de observarle desde lejos, y medía con el

diestro compás de su experiencia y de su amor los estragos producidos

en su alma por la tempestad que la combatía. Rara vez conversaban; y

en estos casos el doctor no respondía con chanzonetas á las escasas

palabras de su hijo; antes medía y pesaba las suyas, como se pesa y se

mide la substancia que así puede dar la vida como quitarla, según la

dosis en que se emplee.

Con este tacto consiguió el padre que su hijo le refiriese cuanto

acababa de sucederle en Valdecines.

--Ese modo de proceder --dijo el doctor, aludiendo al de Águeda-- te

pone en el caso de no volver á llamar á aquellas puertas; pero no

quiero decir con esto que desistas de tu empeño de que se te abran.

--No te comprendo --replicó Fernando.

--Yo llamaré y tú entrarás.

--¡Tú!

--Yo, sí, hijo mío. Y cuenta que días há lo hubiera hecho, si tú

hubieras sido capaz de comprender la importancia de este acto, en el

frenesí de tu pasión. Ahora que la veo más en reposo, te lo propongo.

¡Déjame llamar á aquella puerta, cerrada para tí! ¡Soy viejo, soy tu

padre; hablaré sin pasión y con verdad; disputaré tu terreno palmo á

palmo; y si no hay otro remedio, imploraré de rodillas la compasión del

enemigo invencible; y lo que no consigan mis razones, lo alcanzarán mis

canas!

Conmovíase el doctor al decir esto; y aunque trató de ocultarlo con la

fuerza de su carácter, lo observó Fernando, y más bien por respeto á la

pesadumbre que la emoción revelaba, que por confianza en el fruto del

indicado propósito, respondió á su padre, después de reflexionar unos

momentos:

--Hazlo en buen hora; pero déjame ver antes qué resultado me da la

entrevista que debo tener mañana con ese humilde cura, cuya discreción

excede á todo encarecimiento.

Al otro día sintió Fernando el cuerpo perezoso y quebrantado; se

acordó del compromiso empeñado con el cura de Valdecines; pero la

serenidad de su razón, después del breve sueño de la noche, le hizo

ver la última repulsa de Águeda con tan sombríos colores, que apartó

con espanto su consideración de aquel camino tantas veces y bajo

tan diversas impresiones por él recorrido. Permaneció en la cama

hasta muy entrado el día; y cuando horas después le halló su padre

discurriendo maquinalmente por las arboledas del parque, se asombró de

la profundidad que habían adquirido en su cara, en una sola noche, las

huellas de aquel dolor sin consuelo.

Siguió el tiempo su inalterable marcha, y amaneció otro día, y Fernando

oyó que las campanas de Perojales repicaban á fiesta. Esto le hizo

recordar que en Valdecines se celebraba con gran solemnidad, por ser la

del santo patrono del pueblo; juzgó la ocasión poco adecuada al objeto

de su prometida visita al cura, y la aplazó hasta el día siguiente.

Cuando el término de una jornada es obscuro y remoto, ¡qué grandes nos

parecen los más pequeños estorbos del camino!

Al fin tomó Fernando el de Valdecines, poco á poco y á caballo, el

día siguiente al de San Juan. Quien no le hubiera visto desde que

andaba por aquellos mismos lugares suelto y vigoroso, con el calor de

un alma juvenil y apasionada reflejándose en sus ojos negros y en la

tersura de sus mejillas, no le conociera á la sazón, vencida la altiva

cabeza al peso de las ideas, triste y ojeroso el semblante, desmayado

el antes gallardo cuerpo, y abandonado al antojo de la bestia que,

fiada en el escaso vigor de la mano que la regía, más se cuidaba de

caminar á gusto que de llegar pronto. Pero llegó al cabo; no porque

la espuela ni el freno le trazaran el rumbo, sino porque le tenía bien

conocido; y preciso fué que diera con las narices en las primeras casas

de Valdecines, para que el jinete se percatara de ello. ¡Y eso que no

había arrojado un punto á Águeda de su memoria!

Cuando tan cerca se vió de ella, sintió otra vez la vida en su corazón

y la luz en sus ojos, tan acostumbrados á las negras visiones de su

fantasía desde la última vez que recorrió aquellos mismos parajes.

Orientóse en ellos, como si acabara de salir de un sueño fatigoso, y

castigó á la perezosa cabalgadura, resuelto á llegar cuanto antes á la

casita del párroco y á resistir la tentación, que ya le asaltaba, de

llamar otra vez á las puertas guardadoras de aquel raro tesoro, que

era, al mismo tiempo, sostén de su vida y causa de su muerte. Y Dios

sabe si la tentación le hubiera vencido al fin, á no ocurrir lo que

ocurrió.

Y fué que pasó un transeúnte con la azada al hombro, y se le quedó

mirando con una curiosidad harto inexplicable, pues para ninguno de

aquellos campesinos era nueva la estampa de Fernando. Dos mujerucas

se detuvieron luégo delante de él; y no solamente le miraron, y con

torcido gesto, sino que dijeron, aunque muy entre dientes, algo que

no sonó bien en los oídos del joven. Más adelante sucedió otro tanto

con unas salladoras que iban á la mies; y un muchacho, que le seguía

de puntillas, le tiró una piedra que dió en las ancas del caballo, le

llamó á voces _perro judío_ y apretó á correr: acto que mereció el

aplauso de las salladoras, las cuales no se contentaron con ensalzarle,

sino que añadieron nuevas _perradas_ á la perrada del muchacho.

Todo esto valía ya la pena de detenerse; y Fernando se detuvo, no sin

miedo, dicho sea en honor de la verdad, de que le viniera un cantazo

por cualquiera de las encrucijadas inmediatas. Volvióse hacia las

salladoras; pero éstas se alejaron camino de la mies. La fortuna le

puso delante á Macabeo que se dirigía á casa de Águeda. ¡Cosa más rara!

También el locuaz y regocijado espolique le miró de mal talante; y fué

preciso que Fernando le llamara para que se acercase á él.

--¿Qué significa todo esto, Macabeo? --le preguntó con más aire de

sorpresa que de enojo.

--¿Qué es «todo esto,» si se puede saber? --respondió el hombre,

extrañamente comedido y receloso.

--Este modo de mirarme las gentes; sus palabras y ademanes; la

insolencia de los muchachos... tu misma actitud conmigo...

--Pues ahí verá usté... ¡qué caráspitis! --dijo Macabeo, por decir algo

que no fuera la verdad.

--Eso es dejarme en la misma duda, y tú puedes sacarme de ella: te lo

conozco en la cara.

--¡Sea todo por el amor de Dios! --repuso el buen hombre muy

contrariado é indeciso. Pero le venció la fuerza de su locuacidad

constitutiva, si la ciencia me pasa el adjetivo, y añadió luégo--: Ya

sabe usté, señor don Fernando, que en este pueblo todos somos, gracias

á Dios, cristianos á macha-martillo.

--Bien, ¿y qué?

--Item más, es público y notorio que á los señores de esta casa los

miramos aquí, chicos y grandes, con mucho respeto y mayor estimación.

--Nada más justo...

--Siendo aquí todos cristianos, claro es que las gentes se han de

amañar muy mal con los herejes... y amañándose mal con los herejes,

resulta la consonancia al respetive del caso.

--Ó lo que es lo mismo: yo soy un hereje, y por hereje me reciben hoy

de mala gana en Valdecines.

--Justo y cabal, ¡qué caráspitis!

--¿Y hasta ahora no habéis caído en la cuenta de mis herejías, Macabeo?

Esto no es creíble. Algo más, que no quieres decirme, hay en el

asunto... ¡Quiero saberlo todo, Macabeo!

Como estas palabras las dijera Fernando en tono asaz resuelto, Macabeo

se juzgó descargado de escrúpulos y miramientos, y habló así:

--Parece ser también que usté estuvo el otro día en casa del señor cura.

--Cierto que estuve; y ¿qué mal hay en ello?

--Estando usté en casa del señor cura, díjole que quería hacerse

cristiano.

--Tanto más en mi abono, si eso fuera cierto.

--¡Vaya si lo es, caráspitis!

--¿Quién puede asegurarlo?

--Todo el pueblo que lo oyó, señor don Fernando.

--Hombre, á no contárselo el cura desde el altar mayor...

--¡Á buena parte va usté!... El señor cura es un santo de Dios, y como

en confesión oye y guarda cuanto se le dice; pero aquella casa es una

pura oreja y una pura lengua; y cuanto en ella se habla, que valga dos

cuartos, lo sabe ce por be todo el lugar al otro día. Así se supo aquí

cuanto pasó entre usté y el señor cura.

--Pues insisto en lo dicho, Macabeo: si lo que se oyó de mis labios fué

lo que tú aseguras, ¿qué más habéis de pedir á un hereje?

--Cierto parece así; pero salió la conversación á la calle, y... púsose

el sayo en concejo; metiéronle el diente tijeras que lo entendían,

y aclaróse, al decir de todo el pueblo á una (pues yo en él me lo

encontré al volver de un viaje largo), que si usté entró en aquella

casa á la luz del mediodía, y dijo lo que dijo al señor cura, fué con

su cuenta y razón.

La curiosidad de Fernando trocóse aquí en alarma grave, y exclamó

impaciente:

--¡Dime cuanto sepas; pero claro y pronto!

--Pues claro y pronto lo diré, señor don Fernando, que hasta la caridá

me lo ordena; porque, á pesar de los pesares, ley le tengo, ¡qué

caráspitis! y bueno es que el hombre sepa lo que le importa, por si no

es oro todo lo que reluce.

--¿Quieres concluir de una vez!

--Concluyo y finiquito... Pues sépase usté que si esas gentes le miran

hoy de mal ojo, y le maltratan de palabra, y mañana le apedrean (que

todo podría ser), es motivao á que se asegura que no queriéndole á

usté la señorita doña Águeda por hereje, hace usté la pamema de que se

convierte, porque... porque... porque no se le escapen de entre las

uñas las riquezas de esta casa.

El dolor y el frío de una puñalada sintió Fernando en el corazón; y

á la luz sulfúrea, infernal, en que se creyó envuelto, vió desfilar

ante sus ojos, en un segundo, horrenda muchedumbre de fantasmas que

las palabras de Macabeo hicieron brotar de los negros abismos, como

escuadrón de demonios á la voz del réprobo que las evoca. El amor,

el orgullo, los recuerdos, las esperanzas... todo lo sintió herido,

pisoteado, muerto á un mismo tiempo; y tan puro, tan alto, tan grande

era el linaje de su pasión; tan enorme, tan inmotivada le parecía la

calumnia, que, aunque con el dolor de un mártir, preguntó á Macabeo con

la sinceridad de un niño:

--¿Pero es rica Águeda?

--¡Señor! --respondió Macabeo con asombro--: ¿quién puede ignorarlo?

--¡Yo!... ¡yo; y te juro que ésta es la primera vez que reparo en ello!

Era recto y sano de corazón Macabeo; creyó en la sinceridad de las

palabras de Fernando, y no quiso ahondar más sus heridas con el relato

que también había pensado hacerle de la segunda parte de la historia

que corría por el pueblo.

--¡Qué lenguas! --exclamó, hondamente compadecido del joven.

Éste había caído en un sombrío atolondramiento: miraban sus ojos, pero

no veían.

De pronto revolvió el caballo hacia la sierra; y como si aquel suelo,

y aquellas casas, y aquellas mieses encubrieran un volcán dispuesto

á devorarle, castigó al dócil bruto con la espuela y el látigo, y

desapareció como un rayo de la presencia del aturdido Macabeo.

El cáliz estaba lleno: una gota bastó para desbordar las hieles que

contenía.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVII

LO QUE ENCUBRIÓ LA NOCHE

Muchas horas después de este suceso, Fernando se paseaba en el cuarto

de estudio de su padre. Revelaba tranquilidad, aunque era ésta muy

semejante á la que tienen en sus comienzos algunas tempestades de

verano: ni un soplo de aire, ni el ruido de una mosca; la quietud y el

silencio reinan en la naturaleza; pero hay celajes siniestros, tintas

en el horizonte que parecen manojos de centellas, aire que asfixia,

monstruos que la fantasía dibuja en los plúmbeos nubarrones... Nada

sucede en aquel instante; pero toda conflagración es posible al menor

choque entre los aletargados elementos.

Á la luz que alumbraba la estancia, el doctor leía, ó aparentaba leer;

porque es lo cierto que más atentos estaban sus ojos al ir y venir

de Fernando, que á las páginas del libro; siendo muy de notar que no

había tanta alarma como curiosidad en las miradas furtivas del viejo

Peñarrubia.

Había visto por la mañana llegar á casa á su hijo en el estado de

exaltación en que nosotros le vimos salir de Valdecines; y había

logrado, á fuerza de fuerzas y al cabo de muchas horas, reducirle á

la calma y á la reflexión. Entonces hablaron. La conversación era la

válvula por donde el doctor se proponía desahogar aquel pecho y aquel

cerebro henchidos de tumultos. Supo que no era Águeda la causa de

ellos; pero no supo la verdad entera, que Fernando cuidó de ocultarle

por no afligirle más.

--Pues ahora me toca á mí --dijo el doctor cuando halló á su hijo dócil

á sus reflexiones--. Voy á Valdecines.

--¡Guárdate de ello! --respondió Fernando.

--¿No quedó así convenido entre nosotros? --preguntó el doctor con

extrañeza.

--Sí; pero el nuevo giro que han tomado los sucesos, hacen hoy inútil y

hasta peligroso para mí ese paso... Dale mañana...

--¿Estás seguro de que mañana no me dirás lo mismo que hoy?

--¡Te juro --dijo Fernando-- que no me opondré mañana á ninguno de tus

deseos!

--Enhorabuena --repuso el doctor--. Y como en garantía de la sinceridad

de tu promesa, acompáñame al jardín. Á los dos nos conviene ahora un

poco de trato íntimo con la madre naturaleza.

Salieron juntos, y aun hubiera jurado el padre que su amago de chanza

había obtenido otro amago de sonrisa de los labios de su hijo.

Hasta la hora muy avanzada de la noche en que volvemos á hallarlos

reunidos, no tuvo á los ojos del doctor el menor retroceso el alivio

moral de Fernando. De aquí su relativa tranquilidad cuando nosotros

hemos comparado la del enfermo á la que precede á las grandes

explosiones de la naturaleza.

--¿Supongo --dijo Fernando, deteniéndose en una de sus vueltas y en

tono medio de chanza-- que no te habrás propuesto que pasemos la noche

de esta manera?

--Hombre, no --respondió el doctor con la mayor naturalidad--. Pero

estaba tan entretenido en la lectura, y te creía tan bien hallado con

esos higiénicos paseos...

--Pues si te parece --añadió Fernando-- nos recogeremos. Siento que me

ronda el sueño, y quisiera escribir unas cartas antes de acostarme.

--Nada más acertado, hijo mío, que esa determinación. El sueño es el

bálsamo que cura todas las llagas del espíritu. Vamos á descansar.

--¡Descansemos, pues... que ya es hora! --dijo Fernando; y pagó el

abrazo que le dió su padre con otro tan fuerte y detenido, que éste, al

salir suspirando de aquellas apreturas, exclamó, como en los mejores

tiempos de sus bromas:

--¡Cáspita, y qué fuerzas te ha dado el ejercicio de esta noche!

Respondió Fernando con triste sonrisa; salieron juntos padre é hijo de

la estancia, y momentos después cada cual se encerraba en su respectivo

dormitorio.

Al cabo de una hora abrió el suyo cautelosamente el doctor, y observó

desde lejos que del de Fernando salía luz por las rendijas de la

puerta: se acercó á ella, y oyó hasta el suave charrasqueo de la pluma

sobre el papel.

Volvióse tranquilamente á su cuarto. Antes de acostarse salió otra vez

de él para observar el de su hijo. Éste había apagado la luz. Entonces

se acostó el médico y apagó también la suya.

--Se da á partido --decía para sí--. ¡Pobre muchacho! Que logre él

dominar esos arrebatos peligrosos, como los de esta mañana... y lo

demás corre de mi cuenta.

Momentos después dormía y hasta roncaba el buen doctor Peñarrubia.

Entre tanto, su hijo, de codos sobre el alféizar de la ventana de su

cuarto, paseaba la vista errabunda y anhelosa por el inmenso desierto

del espacio, donde brillaban las constelaciones como vivos y eternos

testimonios de la grandeza y del poder de Dios. Hundíase la tierra en

un abismo de sombras y de misterios, y recortábase la línea de sus

montañas en el azul confuso del horizonte. Á menudo se pasaba el joven

la mano por la ardorosa frente; frotábase los ojos como si intentara

apartar de ellos desagradables visiones, y volvía á pasearlos desde la

inmensidad del firmamento hasta la negra pequeñez del agujero en que

él, mísero gusano, se retorcía atormentado y espirante.

--¡Si hubiera infierno --pensaba-- y en él un demonio mil veces más

astuto y maléfico que el inventado por el místico fanatismo, no fuera

capaz de disponer las cosas en mi daño con tan ingenioso artificio como

las ha dispuesto mi negra desventura!... ¡Todo lo había arriesgado ya

en este trance!... ¡Todo lo sacrificaba, porque era mío!... Á este

precio adquirí una esperanza, aunque remota. Lancéme con ella á lidiar

de nuevo en esta horrible batalla, y se atraviesa en mi camino el

único obstáculo que podía detenerme: mi honra; es decir, mi fe, mi

religión... lo que no es mío, sino del mundo que me ve y me juzga.

Ó pisarla ó morir. Morir, sí; porque morir es retroceder en esa

senda, ¡la única que existe para llegar á lo que había de darme la

vida!... Y retrocedí... es decir, decreté mi propia muerte... ¡Vivir

sin Águeda!... ¡intentarlo siquiera!... ¡Qué locura! ¡Desde que se ha

hecho imposible para mí, raya en idolatría la fe con que la adoro! Mil

vidas que yo tuviera me parecerían poco para sacrificarlas en este

singular conflicto. Y entre tanto, mis penas son su martirio, y mi

muerte acarreará la suya... y yo, que sé todo esto, no puedo detenerme

un punto en la pendiente en que me hallo. ¿Habrá suplicio que se iguale

á este suplicio!

De tal palo, tal astilla · 第 17 / 20 段