--Pues ¿quién ha de ser --respondió Macabeo-- sino el mismo señor don

Plácido en cuerpo y alma, que nos espera abajo?

--¡Dios mío! --exclamó Águeda cruzando las manos--; ¡y yo que me creía

sola y abandonada del cielo y de los hombres!

Y mientras corría hacia la ventana, y Pilar la seguía saltando de gozo

y llamando á su tío, y ambas pretendían bajar á reunirse con él sin

saber por dónde, Bastián, en un momento en que el dogal opresor de su

garganta aflojó un poco,

--¡Que me ahogas, Dios! --dijo balbuciente á Macabeo.

--¿Ónde está la llave de la puerta, bribón?

--Puesta la dejé al subir, Macabeo... ¡Mira que yo no me acordaba

de esto!... Él me metió en el cantar... ¡Dios! Por su consejo me

emborraché... ¡Brrrrffff!... ¡Entre tus manos debiera verse ahora, y no

yo!...

--¿De quién hablas, animal?

--De ese hombre, ¡Dios!

--¿Quién es ese hombre?... ¡Dilo ó acabo de ahogarte!

--¡Mi tío, Macabeo!...

--¡Me lo temí, caráspitis!

Águeda, que había oído estas palabras de Bastián, se acercó á Macabeo y

le dijo, asaltada nuevamente de los más horribles temores:

--¡Vámonos!... Salgamos inmediatamente de aquí... y perdona á ese

desgraciado, como yo le perdono.

--Le dejo --respondió Macabeo soltando á Bastián--, porque usté me lo

manda, y porque ya ha dicho cuanto yo deseaba saber.

Se quedó un momento observando al muchachón; y al ver que se hallaba

muy á su gusto en aquella postura, libre de las ligaduras que antes le

oprimían, cogió la vela que ardía sobre la mesa, y dijo á las jóvenes

que se habían arrimado á él, llenas de miedo al saber que don Sotero

había sido instigador de Bastián:

--Nada tienen ustedes que temer ya de los hombres; síganme, si les

parece bien, y salgamos de esta cueva. Yo me encargo del lobo, si le

topáramos escondido en _dáque_ rendija.

Afortunadamente, no hubo necesidad de que Macabeo esgrimiera el garrote

que sólo había soltado de la mano para derribar á Bastián. Las dos

prisioneras salieron de la horrible cárcel sin nuevo percance, aunque

con mucho miedo, y hallaron en el portal al bueno de don Plácido, que,

por de pronto, las recibió entre sus brazos y en seguida las condujo

á casa, llevando á la niña de la mano y dando el otro brazo á Águeda,

mientras Macabeo, después de estrellar la vela contra el poste del

portal, iba cubriendo la retirada de los tres, con harto sentimiento

por no haber hallado á don Sotero en las encrucijadas del caserón.

Entonces llegaban á la corralada los primeros vecinos de ella que

volvían de la hoguera. El atentado de Bastián no produjo el escándalo

imaginado por don Sotero.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIV

DE CUERPO ENTERO

Seguro de que el lector, por lo que ha visto y oído, no ha de decirme

que levanto falsos testimonios, ni que falto á la caridad sacando á

la pública vergüenza lo que es mejor para callado cuando las pruebas

no abundan y los juicios son, por ende, temerarios, voy á referirle,

en confianza, lo poco que le falta saber, aunque parte de ello se lo

haya presumido, del piadoso tutor y curador de las huérfanas de nuestra

historia.

Es cosa averiguada que sus maldades y picardías le pusieron en la

necesidad de abandonar la capital del partido en que por muchos años

ejerció el cargo de procurador.

Al establecerse en Valdecines, su pueblo natal, como no era hombre

capaz de perder el tiempo en ninguna parte, obedeciendo al impulso

de una inveterada costumbre que era en él necesidad, tendió en su

derredor los penetrantes ojos, diciéndose al propio tiempo: «¿Qué hay

aquí de explotable y provechoso?» Y vió la casa de los Rubárcenas.

«¿Cómo se entra en ella? Con la ley de Dios. Yo no la conozco... Pues

la falsifico.» Y se hizo beato, como pudo haberse hecho, en otras

circunstancias, bandolero.

Doña Marta, que, como se ha dicho, era profunda y discretamente

piadosa, frecuentaba la iglesia sin perjuicio de sus altísimos deberes

domésticos; y don Sotero dió en frecuentarla también, precisamente á

las mismas horas que ella. También se ha visto ya que, según gentes,

el ex-procurador era el mismo demonio, y según otras, un santo de

Dios. Doña Marta oía de lo uno y de lo otro; y en lo poco que el caso

la interesaba, ateníase, por caridad, á lo que veía; y lo que veía

era por todo extremo edificante y ejemplar. No obstante, don Sotero

no consiguió, por entonces, meter la cabeza en _la casa_, porque era

cordialmente antipático á don Dámaso; Águeda no le podía ver, y á doña

Marta le tenía sin cuidado que entrara ó que saliera.

Muerto el señor de Quincevillas, el ex-procurador supo hacerse

necesario para arreglar algunos asuntos de la testamentaría; y así

metió un pie. El estado de desconsuelo en que cayó doña Marta al

perder á su marido, fué causa de que se acrecentara en ella, como queda

expuesto en su lugar, el fervor religioso. Pues no se arrimó una vez

al presbiterio para comulgar, sin que se arrodillara á su lado don

Sotero... y entiéndase que doña Marta no comulgaba menos de dos veces

por semana.

Con esta aparente mancomunidad de fines, el pío varón visitaba á menudo

á la buena señora para proponerla obras de caridad, pedirla ú ofrecerla

libros de devoción... hasta consultarla casos de conciencia; y como

la inconsolable viuda no estaba para ocuparse en asuntos terrenales,

de cuando en cuando encargaba al servicial devoto el arreglo de una

cuenta, el pago de una contribución, etc., etc... Así metió en la

casa el otro pie. Una vez dentro de ella, lo demás cayó por su propio

peso. Llegó á ser administrador general, y consejero áulico, y lector

indispensable del _Año cristiano_; observándose que á medida que crecía

la privanza del intruso, mermaba la calidad de las dotes morales de la

pobre señora, verdadera mártir entre las tristezas de su espíritu y los

dolores de su cuerpo.

Águeda, que adoraba á su madre, complacíase en seguirla el gusto

en todo, hasta en lo que la perjudicaba á ella; y así toleraba las

altanerías y descomedimientos del gazmoño, y aun le ponía buena cara y

daba gracias á Dios porque la dejaba libre el gobierno interior de la

casa y la educación de su hermana.

Según don Sotero iba tomando el pulso á aquel caudal tan abundante,

limpio y saneado, se acostumbraba á considerarle como filón de mina

propia; y tanto más le amaba cuanto más á fondo le conocía. ¿No era un

verdadero escándalo que aquellas riquezas, con las que, bien manejadas,

se pudieran remover hasta los fondos de toda la provincia, estuvieran

en manos de tres mujeres incapaces, una por sobra de achaques y dos por

falta de años y de experiencia?

Dos medios había á los ojos de don Sotero para arrancar aquel tesoro

de _manos indignas_. Perseverar en la administración y cuidado de él,

sin permitir que, con ningún pretexto, los gorriones se acercasen al

trigo de las herederas, ó dar á doña Marta un yerno de la casta de

don Sotero, lo suficientemente dócil y subordinado para que éste, y

no el marido de Águeda, fuera el dueño del caudal acumulado de los

Quincevillas y Rubárcenas. Bastián, ya mozo casadero entonces, servía

para el paso; era tan tosco, tan bruto y tan feo, que no había que

soñar en que Águeda le aceptase sin morirse de pesadumbre. Podía

contarse con el apoyo de doña Marta, después que don Sotero la

demostrara que era indispensable aquel enlace para la salvación de su

alma y la de su hija; pero este intento no podía llevarse á ejecución

sin ver antes lo que el cepillo de la educación labraba en la cerril

naturaleza del muchacho. Al fin y al cabo, doña Marta había sido mujer

de exquisito gusto y de talento extraordinario. Y cátate que don

Sotero, aventurando en el lance algunos cuartos, envió á Bastián á la

ciudad, por si la fortuna quería obrar el milagro de que la sujeción,

el buen ejemplo y algunas enseñanzas le transformaran en persona

decente, de una bestia que era.

Por entonces se conocieron Águeda y Fernando, y creyó ver don Sotero

todos sus planes patas arriba; pero afortunadamente ocurrió lo que ya

el lector sabe; y así, y con algo que puso también de su cosecha en el

ánimo de la celosa madre el pío varón, salió éste con toda felicidad

del apurado trance.

El cual podía volver á repetirse; y he aquí por qué no se descuidó un

punto en arreglar las cosas convenientemente cuando la señora conoció

que se iba á morir. De estos arreglos, hijos de su grande influencia

con la santa mujer, también tiene noticia el lector por las cláusulas

testamentarias que conoce.

Desde aquel instante comprendió don Sotero que no había que pensar en

el siempre aventuradísimo proyecto de casar á Bastián con Águeda.

Doña Marta no existía ya para ayudarle, y su hija, que había querido,

y tal vez quería aún, á un hombre como Fernando, no aceptaría jamás á

Bastián, ni con la amenaza del patíbulo. Lo que en adelante había que

hacer era conservar á todo trance el imperio en aquella casa, y alejar

de ella cuanto transcendiera á novios y parientes de las huérfanas. Por

de pronto, necesitaba hallarse solo una temporadita en la testamentaría

y arreglo de sus cuentas con la casa. De aquí sus esfuerzos para que

don Plácido supiera lo más tarde posible la muerte de su cuñada y el

cargo que ésta le había señalado en el testamento. Conocía, ó creía

conocer, la insignificancia del solterón de Treshigares, y pensaba

que éste daría por bien hecho cuanto él hiciera, y que se volvería

á su pueblo, arrastrado por la fuerza de sus aficiones, tan pronto

como llenara la fórmula de hacerse cargo del que le había conferido

la voluntad de la difunta. Esta creencia fué causa de que don Sotero,

cuando no logró de doña Marta quedarse solo al cuidado de las

huérfanas, no hiciera grandes esfuerzos para evitar que le acompañara

don Plácido.

Pero éstos y otros parecidos cálculos podían fallar á lo mejor, en el

cual caso don Sotero necesitaba acudir á medios extraordinarios; y

por eso le era indispensable tener á su lado á Bastián, instrumento

inconsciente y grosero para cualquiera de sus diabólicas combinaciones.

Y los cálculos fallaron, volviendo á presentarse Fernando en casa de

Águeda. Sabía el bribón lo que es la humana flaqueza; y aunque no

dudaba de la arraigada fe de la hija de doña Marta, temíala por mujer

y creía posible que, oyendo sólo á su corazón, perdonara á Fernando

y se casara con él. De aquí sus esfuerzos para separar á los dos

jóvenes. Pero en estos esfuerzos se corría el peligro de que Águeda se

alarmase demasiado y de que llegara la alarma hasta Treshigares; y por

eso, mientras vigilaba la estafeta con la habilidad con que él sabía

hacerlo, no abandonaba un punto sus meditaciones sobre un proyecto que

estaba decidido á realizar en un caso extremo. Y el caso llegó, como

pudo ver el lector en casa de don Sotero cuando Bastián soñó recio

con el viaje de Macabeo, y entró el ama del cura á dar la buena nueva

de la conversión de Fernando. Con aquel paso, espontáneo ó embustero,

del hereje, ó con la venida, ya muy próxima, de don Plácido, Águeda

iba á ser libre, ora casada con el uno, ora amparada con el otro.

Era preciso difamar á Fernando por todos los medios imaginables, y

someter á la joven á una prueba tan terrible, que, por de pronto, la

deshonrara á los ojos del pueblo entero, y á la vez la pusiera en la

necesidad de aceptar á Bastián por marido, ó en la de no casarse jamás

por falta de pretendiente. Ya se vió lo que hizo la maledicencia con

respecto á Fernando. El encargo dado con tanto encarecimiento por don

Sotero, de que no se hablara del caso á la interesada ni al cura, fué

cuerda previsión del pícaro. Tanto la una como el otro, tenían sobrado

talento para conocer la hilaza de la noticia en cuanto averiguaran su

procedencia.

Para llevar á cabo la segunda parte del infernal proyecto, había que

empezar por el secuestro de Águeda. ¿Cómo intentarle sin que ésta se

resistiera? El lector lo ha visto ya: llevándose á la niña, sobre

la cual tenía don Sotero cierta jurisdicción que no alcanzaba á su

hermana. Indudable era que ésta había de seguirla para acompañarla.

De este secuestro y de todas sus consecuencias se han dado sobradas

noticias en los capítulos precedentes.

Tal era don Sotero en cuerpo y alma. Réstame añadir que tenía mucho

dinero; no enterrado en la huerta ni en la cuadra, ni oculto entre las

latas del tejado, como era versión corriente. Sobrábale apego al vil

ochavo para no dejar los suyos tan indefensos é improductivos. Teníalos

sembrados de modo que le produjeran buena y segura cosecha todos los

años, y con un repuesto siempre disponible y á mano, aunque no en su

casa, para sacar de apuros á un necesitado... con su cuenta y razón.

Excuso decir que este caudal era el fruto de sus rapiñas é iniquidades,

desde que tuvo uso de razón.

--Pero, señor --decían las gentes de Valdecines que le miraban por el

lado malo--: yo comprendo que la señora doña Marta, con las penas que

la afligen, no caiga en lo pícaro que es ese hombre; pero el señor

cura, tan listo, tan santo y con tanta experiencia, ¿cómo se deja

engañar de él?

Á lo cual respondo yo que el cura de Valdecines no se dejaba engañar

de don Sotero. Sospechaba que era un hipócrita siempre, y un sacrílego

cada vez que comulgaba; pero esta sospecha no era bastante para echarle

del confesonario cuando se arrimaba á él, lo menos una vez cada semana,

ni de la iglesia todos los días, cuando en ella estaba reza que te

reza y canta que te canta. Hincábase don Sotero delante del bondadoso

párroco para acusarse de haber escupido en el templo sin necesidad, ó

de haberse distraído dos veces rezando el rosario, ó de haber mordido

un arenque después de comer un torrezno, sin acordarse de que en aquel

día no era lícito promiscuar, ó de otras pequeñeces semejantes; y

aunque el cura, sospechando lo muy gordo que el penitente se callaba,

se entretenía un cuarto de hora en hablar del sacrilegio que cometen

los que se acercan al comulgatorio con la conciencia impura, y del

horrendo castigo que aguarda en la otra vida á los que en ésta tratan

de engañar al mundo con un falso temor de Dios, el gazmoño bajaba la

cabeza como si le escandalizara el peso de las ajenas culpas, y se iba

á comulgar tan fresco y despreocupado. ¿Qué hacer con un pillo así? Ó

matarle ó dejarle. Y el cura de Valdecines le dejaba, hasta el punto de

no acordarse de él sino para pedir á Dios que le hiciera bueno, si sus

sospechas de que no lo era no le engañaban.

Si en Valdecines hubiera habido _sectas_, ó siquiera _partidos_, ¡qué

horrores se hubieran dicho de la comunión á que don Sotero parecía

afiliado con tanto fervor!... porque el lector no ignora que en el

mundo andan las cosas así.

En la mala fe de las disputas, tanto da el oro bruñido como la

telaraña que sobre él cayó por casualidad. ¡Cuánto más á gusto y en

paz viviríamos si cada cual se entretuviese en limpiar de telarañas el

oro de sus devociones, en lugar de llamar al oro del vecino montón de

telarañas, porque en él hay una que le ensucia!

Por lo que á mí hace, no dirá el lector que no predico con el ejemplo.

Otro tanto sucedía en Valdecines, donde no se conocían los _partidos_

ni las _sectas_ á que he aludido. Los que tenían á don Sotero por un

bribón, gloriábanse de señalarle como herrumbre del puro metal á que se

había adherido, y jamás confundieron la una con el otro.

Continuando la interrumpida historia, digo que desde lugar conveniente

pudo observar el muy tunante que el atentado por él dispuesto con

diabólica astucia, no tuvo los testigos que se imaginó, porque en la

barriada no quedó alma viviente que no fuera á la verbena. En cambio,

vió llegar á don Plácido y á Macabeo, y subir á éste por el breval y

los tejados contiguos á su casa, y salir de ella á las prisioneras bien

escoltadas. La ira le embraveció entonces; y hay quien asegura que

la desahogó sobre Bastián, á quien halló roncando en el sitio en que

nosotros le dejamos tendido. ¡Como si el pedazo de bestia no hubiera

extraído hasta la quinta esencia de la _moral_ que cabía en el caso que

el _moralista_ le había pintado con tan vivos colores!

Lo que no dejó lugar á dudas fué que, puesto á considerar las

consecuencias que el lance podía tener para él en casa de los

Rubárcenas, se encogió de hombros y dijo, poseído de la mayor confianza

en su serenidad y en sus recursos:

--Mañana nos veremos. ¡Lo que deploro --añadió, echando una mirada

triste por suelos y paredes-- es el gasto ocioso hecho en la jaula

en obsequio á esos pájaros que se me han escapado de ella sin dejar

siquiera las plumas entre los hierros!

[Ilustración]

[Ilustración]

XXV

DON PLÁCIDO

No podía darse hombre más insignificante, en la apariencia, que don

Plácido Quincevillas. No había en toda su persona un solo rasgo digno

de llamar la atención de nadie. Pertenecía al grupo innumerable de

esos individuos con los cuales se codea uno toda la vida en la calle

y en los paseos públicos, que nunca van á la moda, se asemejan á todo

el mundo, y á quienes jamás llegamos á conocer, por no tomarnos la

molestia de preguntar cómo se llaman. Ni en verano se aligeran de

ropa, ni en invierno se abrigan con exceso. Parece que nunca cambian

de traje, y siempre le tienen en buen uso; andan sin apresurarse, y

pisan sin hacer ruido con los pies; nadie los ha conocido jóvenes, ni

alcanza, por mucho que viva, á verlos enteramente viejos; siempre han

sido y nunca dejan de ser _señores formales_; tienen bastante buena

conversación, pero jamás hablan de cosa que valga dos cominos; son

frugales en la comida, gozan de buena salud... y algunos de buena

renta, cuyas tres cuartas partes ahorran, no por codicia, sino por

falta de necesidades... y pare usted de contar. De estos últimos era

don Plácido. Y es todo cuanto tengo que decir de su carácter y figura.

En cuanto á sus aficiones y entretenimientos, ya sabemos por don Lesmes

que estaban reducidos á la cría de las gallinas y estudiar sin descanso

el modo de obtenerlas de muchos colores.

Con lo que le dijo Macabeo en Treshigares y andando el camino de

Treshigares á Valdecines, y lo que sabía por la carta de Águeda, y lo

que le refirió ésta tan pronto como se vió en su casa después de salir

de la de don Sotero, en la cual ocasión también le hizo enterarse

detenidamente de las consabidas cláusulas testamentarias, llegó á

conocer al buen ex-procurador tan á fondo como le conocemos el lector

y yo; tanto, que en un arrebato de indignación de que se vió poseído

al referirle su sobrina los pormenores del secuestro, sin ocultarle

el gran conflicto de su alma, arrebato que le llenó de asombro porque

jamás se había indignado sino contra la desgracia que le hacía perder

algunas veces las echaduras de mejores esperanzas, se creyó capaz de

hacer una hombrada con don Sotero en cuanto le viera al alcance de su

mano.

Habiendo preguntado Águeda cómo se obró el milagro de que tan á punto

entrara Macabeo por la ventana de la casa de don Sotero, dijo así don

Plácido:

--¡El demonio del hombre es una alhaja! Entramos en Valdecines haciendo

un gran rodeo por no topar con la bulla de la hoguera, aunque yo

jurara que por venir á tiempo á ella andaba Macabeo hasta cansar á mi

cabalgadura, y llegamos á esta casa. ¡Juzga de nuestro asombro cuando

supimos que horas antes os había sacado de ella ese bribón! La noticia

que nos dieron tus criados de que habíais ido á pasar allí la noche

por estar más lejos del ruido de la fiesta, sólo sirvió para aumentar

nuestros recelos. Corrimos desalados á esa maldecida casa; y cuando

estábamos debajo de su balcón, te oímos pedir socorro. Nos lanzamos á

la puerta... Estaba cerrada por dentro. Llamamos en las casas de los

vecinos. Cerradas también, y en silencio... Todo el mundo estaba en la

hoguera. Entonces Macabeo ideó el recurso de trepar por el breval al

tejado contiguo; de éste á otro un poco más alto, y, por último, al

balcón... Lo demás ya lo sabes tú.

¡Y tan sabido como lo tenía Águeda! ¡Y tan agarrado á la memoria y

al corazón, como espinas de hierro, que á la vez la enloquecían de

espanto y la mataban de dolor y de vergüenza! ¿Quién era capaz de

detener en sus justos límites la murmuración de la gente cuando el

suceso se divulgase! Y ¿cómo andaría su honra entre tantas lenguas, si

hasta para defenderla las más compasivas tenían que mancharla!

Comprendió don Plácido, al ver las impresiones que se pintaban en

el rostro de su sobrina, que no era cuerdo tratar más del asunto, y

mudó de conversación; pero ninguna conseguía sacar á Águeda de sus

imaginaciones. Se habló poco y se cenó mucho menos. Recogiéronse todos,

y ¡vaya usted á saber quién de ellos fué bastante afortunado que

mereciera las caricias y consuelos de ese brujo de la noche, que no se

los niega ni al mísero pordiosero que se tiende sobre sus andrajos en

el abandonado rincón de una pocilga!

Al día siguiente, mientras las campanas repicaban á fiesta y el pueblo

se echaba á la calle con los trapitos de cristianar, y Macabeo se

tiraba de las greñas después de haber contado los ramos que las pícaras

mozas pusieron en sus heredades sin sallar, desayunábanse don Plácido y

sus sobrinas: Pilar, como si nada hubiera ocurrido, pues el bienestar

presente la hacía olvidar los sustos pasados; Águeda, trémula todavía

y espantada, parecía haber envejecido diez años en pocas horas. Don

Plácido la miraba á menudo de soslayo, y hasta hubiera jurado que

blanqueaban sus antes rubios y dorados cabellos. Dábale pena la luz

de aquellos ojos, que sólo servía para alumbrar los surcos del dolor

impresos en cara tan hermosa, y no sabía cómo encauzar la conversación

para distraer un poco á su sobrina y hacerla sonreir. Al último, y por

probar de todo, dijo así:

--En cuanto á la razón de que, falto de noticias directas tuyas, no

me llegaran por otro conducto en tantos días las referentes al triste

suceso que se ha hecho público en toda la provincia por la importancia

y calidad de persona tan visible como tu difunta madre, has de saber

que se explica muy fácilmente. Por aquel entonces acababa yo de hacer

la quinta experiencia, no más feliz que las otras cuatro, de cruzar

la casta _padua_ con la _cochinchina_, de tal modo y con precauciones

tales, que me diera una nueva especie de siete moños rojos, dos

charreteras amarillas y calzas de color de lagarto, cuando me dicen

que el ejemplar que yo busco con tanto empeño le tiene el cura de

Caminucos. Para llegar á Caminucos, que está peñas arriba, necesitaba

yo, á un buen andar, dos días desde Treshigares; pero el asunto valía

bien ese mal rato, y púseme en viaje. Hala, hala, y sube que te sube,

aquí cayendo y allí resbalando, llego á Caminucos, doy con el cura,

cuéntole el caso y háceseme de nuevas. ¡Todo su gallinero no valía

cinco reales en buena venta! Por único regalo tenía dos _quiquiriquís_

habaneros que le había enviado un sobrino indiano la primavera pasada,

y ya le habían dado cincuenta disgustos revolviendo todas las gallinas

del lugar y robando el grano hasta del arcón de los vecinos. Yo tuve

esa casta, por tener de todo, y me deshice de ella si quise vivir en

paz con los míos. Pues, señor, díceme el cura que quien debe de tener

algo de lo que yo busco, es el escribano de Pindiales. Otros dos días

de viaje, siempre subiendo. Pero las cosas ó se hacen en regla ó no

se hacen. Así me dije, y emprendí la marcha; y sábete que en aquellas

alturas ya no había hondonada sin su tortillón de nieve, más dura

que una peña. Al fin, llego á Pindiales y veo al escribano. Hínchase

el hombre de vanidad, como un pavo cebado, al saber el intento que

yo llevaba; condúceme al corral con mucho misterio, ¿y qué crees que

me enseña como cosa del otro jueves? Pues una _papujona_ de la casta

chica, de las que yo no quiero en mi casa porque las hay á patadas en

toda la provincia. ¿Cómo habían de tener el escribano de Pindiales

ni el cura de Caminucos ni el lucero del alba, casta que no había

podido sacar yo! Esta reflexión me consoló un poco de lo infructuoso

del viaje, y volvíme á Treshigares. En resumen, hija mía: entre

idas, vueltas y descansos, pasé fuera de mi casa semana y media bien

cumplida. Nadie se había movido de aquel pueblo, ni nadie había entrado

en él en todo ese tiempo... ni siquiera el cartero de la comarca; pues

no trayendo cartas para mí, única persona que allí escribe alguna vez,

y sabiendo que me hallaba ausente, ¿á qué perder tiempo en aquella

parada? Dos días después llegó Macabeo; dióme tu carta; añadió de

palabra cuanto yo necesitaba saber; y sin echar siquiera un vistazo al

gallinero, aunque dejándole bien recomendado, pusímonos en camino de

este pueblo, y...

De tal palo, tal astilla · 第 16 / 20 段