¡Entonces se armó allí la tremenda! Cuatro cantadoras con sendas

panderetas se acomodaron en otros tantos asientos que la rústica

galantería de los mozos improvisó en el acto; hizo corro la muchedumbre

alborozada á dos largas filas de bailadores que se formaron

instantáneamente; y al compás de los sonoros y encascabelados parches,

recién templados al calor de la hoguera... ¡adiós yerba de la braña

en aquel tramo, que polvo fué pronto bajo los anchos pies de los

danzantes; y adiós polvo también, que en espesa nube se le vió subir

más alto que las campanas, entre las chispas del rozo que no cesaba de

caer, mata á mata, en el foco enorme de aquella lumbre crepitante!

Y cátate, lector, que en esto comienza el traca-raca-trá-tra de

las tarrañuelas con que algunos mozos, diestros en manejarlas,

sorprendieron á la muchedumbre, y cuyo charrasqueo repetían y

multiplicaban los ecos del frontón de la iglesia y de la bóveda de

los árboles de enfrente, entre el incesante sonar de los panderos y

el alternado vocear de las cantadoras... ¡y aquello fué un delirio!

delirio que acometió hasta á los viejos allí presentes, que si no

salieron á bailar al corro, se zarandearon de firme en el sitio en

que se hallaban, y mecieron el ya tibio pensamiento en un columpio de

gratas y refrigerantes memorias.

Como estas cosas sucedían tan cerca de la hoguera como lo consentía su

calor, brillaban los rostros ardorosos de los danzantes, y se podían

contar las pintas, los remiendos y las _pegas_ de las alegres sayas

de las mozas, y distinguir la que llevaba medias de la que iba en

pernetas ó de la que estaba descalza, pues de todas había; y tanta

era la luz que á la sazón derramaba la hoguera, que transformaba,

ante los fascinados ojos, en transparentes jirones de verde gasa el

espeso follaje de los árboles, y aun llegaba á la carral de vino con

fuerza bastante para que desde la braña se conociera, con sus pelos

y señales, á todos y á cada uno de los agazapados bebedores; en la

pared de la iglesia se leían cuantos letreros habían escrito allí los

muchachos con carbón; relucía el entonces mudo metal de las campanas,

como si ardiendo estuviera también, y hasta en el cielo parecía haberse

extinguido el fulgor de los astros.

Así es que pudo verse perfectamente á Bastián, que no perdía baile;

que bailaba por tres en cada uno, y que en cada breve descanso se

largaba muy ufano á matar el gusanillo de la sed en la precitada

sucursal de la taberna. Bien pronto se puso que echaba fuego por los

ojos, y público fué que Tasia le arrimó un soplamocos por yo no sé

qué irreverencia cometida por el gaznápiro en una rápida mudanza.

Díjose también que de alguna otra muchacha recibió aquella noche igual

obsequio que de Tasia por idénticos motivos; y es dicho muy creíble,

porque á media jornada del jolgorio andaba el buen sobrino de don

Sotero hecho una pólvora.

Con lo indicado tiene el lector lo bastante para saber lo que pasó

en la hoguera de San Juan en Valdecines, en la ocasión de que vamos

hablando; y hágase cuenta de que ya sabe todo lo que pasa en las demás

_hogueras_ de la Montaña, precursoras de la fiesta del lugar, salva la

diferencia de algún detalle que no conviene más que á las de San Juan,

como estos pocos que voy á mencionar, á fuer de minucioso y puntual

historiador.

Es el caso que, no bien consumió la fogata el último escajo del acopio,

y la gente se quedó á obscuras, comenzó el pacífico desfile de los más,

con rumbo á los respectivos hogares. Los menos, es decir, una pandilla

de mozos casaderos, enamorados y correspondidos los unos, pretendientes

á secas los otros y aspirantes á serlo los demás, después de tomar

un trago en la ya extenuada carral de la arboleda, que poco después

fué arrastrada de allí á su correspondiente _metrópoli_, corrieron á

la cercana casa de uno de ellos, donde había, sobre una cama, hasta

una docena de arcos revestidos de flores naturales y olorosas. Tomó

cada cual el que le pertenecía, y sobró uno, que era el de Bastián; y

entonces se supo que éste, empapado en vino hasta los huesos, y no muy

firme de pies, había marchado hacia su casa mucho antes de apagarse la

hoguera.

Dejando el arco sobrante, salieron otra vez á la calle los alegres

mozos; y entonando perezosas baladas, y poniendo, en obsequio á la moza

de sus pensamientos, un arco en esta ventana, que se alcanzaba con la

mano, y otro en aquel balcón á fuerza de fuerzas, y encaramándose el

más ágil sobre los hombros del más fuerte, se pasaron el resto de la

noche; y ya querían como asomar los barruntos del crepúsculo sobre

las cimas de las montañas fronteras á Perojales, cuando se fueron á

descansar, despeados y enronquecidos.

Mientras ellos se acostaban, las revoltosas muchachas, que apenas

habían pegado el ojo pensando en la travesura que tenían preparada,

echáronse á la calle con sendos ramos de espinoso acebo al hombro.

Reuniéronse en la ya desierta braña de la iglesia, donde se veía la

enorme calva, hecha por sus mismos y otros tan saltadores pies, en el

fino, verde y tupido césped, muy cerca del negro montón de ceniza que

había dejado allí, por todo rastro, la hoguera; y en alegre comparsa,

por la burlona Tasia dirigida, encamináronse, alumbradas ya por los

tibios rayos del sol naciente, á la mies cercana. Allí, entre cháchara

y bureo, fueron clavando ramos en otros tantos maizales sin resallar;

y como no eran muchos los que se hallaban en tal atraso de labores,

tuvieron las pícaras tiempo sobrado para recorrer todas las mieses del

lugar sin que lo advirtiera el vecindario.

Y ahora sábete, lector, por remate y fin de este capítulo, que no

llegaron á seis los ramos puestos; pero que ¡oh dolor de los dolores é

inclemencia de las inclemencias! de aquellos ignominiosos sambenitos,

más de la mitad se alzaban en tierras del pobre Macabeo.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIII

LA MORAL DE AQUEL CASO

No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente

de Águeda mientras fué desde su casa á la de don Sotero. Había en él

sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas

indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían

y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo,

en que fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado

de aturdimiento entró en el viejo caserón, y llegó, conducida por el

atento y comedido mayordomo, á la alcoba en que la hallamos encerrada

cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado

más atrás.

Agarrada con ansia á su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su

vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en

la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba á las dos huérfanas,

como si fuera amo y señor de ellas, y no su servidor asalariado. Jurara

la pobre niña, cuando llegó al estragal y fué subiendo la derrengada

escalera, y atravesó el tortuoso y obscuro pasadizo, y luégo el

desamparado salón, y, por último, se vió encerrada en la alcoba, que

todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más

de una vez la había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar

con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de

lamparones, con los techos negros y ahumados y cubiertos de telarañas,

en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándolas con ojos de

basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la

polilla, inundados de ratones que corrían por todas partes sin hacer

ruido; cuartos entreabiertos y obscuros como la noche; desvanes sin fin

atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba,

figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y, por último, allá en

el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre como

don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña,

que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones... hasta que

el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto

que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad

delante de los ojos: ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no

mudo, silencioso y á lo lejos, como en la pesadilla, sino á media vara

de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una

intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.

Y eso que ni el mismo lector que la vió días atrás, conociera la

casa de don Sotero cuando las huérfanas entraron en ella. Estaban

las paredes de la alcoba y las de la sala, recién blanqueadas; tan

recientemente, que aún se veían en el suelo y en las puertas los

regueros de la lechada, y se olía la cal húmeda, como si acabara

Bastián de extenderla con la escoba; y las mayores aberturas del

tillado estaban medio tapadas con listones, en bruto sí, pero bien

afirmados con clavos trabaderos; se había barrido la alcoba y sacado

de ella el arcón viejo; la mesa no tenía encima más que el tapete y la

palmatoria; en la cama había almohadas con funda limpia y una colcha en

buen uso; y, por último, arrimadas á la pared, hasta dos sillas útiles.

--Están ustedes en su casa --dijo don Sotero en cuanto introdujo en la

alcoba á las dos aturdidas huérfanas--. No es un palacio como el que

merecen los ilustres huéspedes que la honran; pero hay lo necesario en

ella, y, sobre todo, una voluntad sin límites para complacer á ustedes

en este humildísimo y reconocido servidor.

Águeda y Pilar, sin oir á don Sotero ni fijarse en los pormenores del

cuarto, se sentaron maquinalmente en las dos sillas.

--No he puesto --prosiguió el santo hombre-- más que una cama, porque

supuse que ustedes querrían estar juntas el poco tiempo que yo tenga

la honra de hospedarlas en mi casa... Sobre esta mesa hay cerillas y

vela, para cuando necesiten luz... En cuanto á comida, Celsa, mi ama

de llaves, tiene orden de darles cuanto pidan y necesiten, y á las

horas que lo deseen... Con media voz que se le dé desde esta puerta,

acudirá en un instante... No es un primor de belleza; pero sí muy

servicial y cariñosa... Por esta ventana entra, desde media tarde, un

aire fresquísimo y sano; y, asomándose á ella, se descubren hermosas

vistas... Excuso decir á ustedes que, como toda la casa, esta sala,

tan espaciosa y desocupada, está á su disposición. Con la puerta del

balcón entreabierta, es un hermoso paseo de verano... En aquella alcoba

de enfrente duermo yo... No teman molestarme llamándome siempre que de

mi inutilidad necesiten... En fin, señoritas, repito que están ustedes

en su propia casa; y añado que me creería venturosísimo y pagado con

usura, en lo que al desinterés y noble objeto de ésta mi determinación

se refiere, si lograra yo infundirles un poquito más de confianza,

siquiera hasta verlas risueñas y descuidadas, como quien llega al hogar

de su mejor amigo después de verse fuera en grave riesgo de muerte.

En vano esperó don Sotero una sola palabra por respuesta á todas éstas

suyas, dichas casi con lágrimas en los ojos. Águeda parecía la estatua

de la tristeza, y la inocente Pilar la imagen del espanto.

--En vista de lo cual --añadió don Sotero, aludiendo sin duda al

silencio de las huérfanas--, tengo el honor de despedirme de ustedes

por ahora, para dar algunas disposiciones relativas á su mayor

comodidad.

Hizo una profunda reverencia, y salió de la alcoba, dejando la puerta

cerrada con el pestillo.

En cuanto las dos hermanas se quedaron solas, Pilar se abrazó á Águeda

y le dijo llorando:

--¡Ay, Águeda, qué miedo tengo!... ¡Vámonos de aquí!

La joven recogió entonces sobre la cabeza el velo de su manto, y

dejó ver el hermoso rostro pálido y desencajado. Besó á su hermana,

abrazándola también estrechamente, y la respondió:

--Tranquilízate, hija mía, que nada malo puede sucedernos. Ya sabes á

lo que hemos venido; y tengo la seguridad, porque Dios me la infunde,

de que antes de pocas horas hemos de volver á nuestra casa... Para que

se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda; ¡pídele de todo

corazón que no te abandone un momento!...

--¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que

tengo!

--No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras.

Inténtalo y verás cómo lo consigues.

Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas; y

cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó á

poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y

estremecimientos de espanto.

Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención.

Tenía mucho más miedo que la niña, aunque le disimulaba mejor; y no

seguramente á los ratones ni á los fantasmas del otro mundo. Desde que

se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus

pensamientos fué disipándose rápidamente. Á los turbios celajes del

crepúsculo, sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron

sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el

valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su

sitio, con la forma, el color y el tamaño que debía tener. Había cesado

la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda.

Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar á su

casa á la inocente niña, reconociese por motivo el que él la había

manifestado, estando para llegar de un momento á otro don Plácido, que

nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Esto, aun

creyendo á don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba á sí propio;

pero teniendo de él la idea que Águeda tenía, y sabiendo los esfuerzos

que había hecho para que el otro testamentario ignorase todo lo

ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de

Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido

administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta?

Aquí se perdía Águeda en un cúmulo de conjeturas y supuestos; pero

temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser

infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella,

á cometer un atropello que podía llegar á ser escándalo y motivo de

una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con

la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para

que ningún tormento le faltase, su conciencia la acusaba entonces de

no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita.

¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo á la Justicia en demanda de

amparo contra el atropello, se pondría su buena fama en tela de juicio?

¿No había quedado ella sirviendo de madre á la inocente huérfana? ¿No

era ésta la amenazada y perseguida? Y siéndolo, ¿podía Águeda creer que

cumplía con sus estrechos deberes sólo con resolverse á correr el mismo

peligro que su hermana? ¿No debe una buena madre sacrificar honra y

vida por salvar á su hija de un grave riesgo? Y ¿qué había hecho ella,

en suma, sino conducir por su propia mano la oveja á la guarida del

lobo?

Esta idea la aterró como ninguna otra; y por un instante se halló

resuelta á salir á todo trance de aquel calabozo horrible con su

hermana; pero oyó toser á don Sotero, y se sintió sin fuerzas para

moverse de la silla.

Cuánto tiempo duraron estas meditaciones tumultuosas; cuándo las

abandonaba un momento para consolar á su hermana, que á ratos la

abrazaba, presa del mayor desconsuelo, ni ella misma lo supo. Volvió

á perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y

Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que

en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras

impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco á

poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y

oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla.

Comenzaba á anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los

golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la

alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras

Pilar miraba á la calle, maquinalmente, por una rendijilla de la

ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin

obtener respuesta.

Entró el hombre, á una breve y nerviosa indicación de Águeda.

--Vengo --dijo, suave y humildemente-- á tomar las órdenes que tengan

ustedes á bien darme.

--Nada se nos ofrece --respondió Águeda volviéndole la espalda,

mientras la niña corría hacia ella y se agarraba á los pliegues de su

vestido.

--En ese caso --añadió don Sotero--, réstame sólo advertir á ustedes

para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo en ello

mi vieja y piadosa costumbre, voy á la iglesia á rezar un poco. Celsa

queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la

puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro

Señor las acompañe á ustedes.

Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el

ruido de sus pasos alejándose, después el de la puerta principal que

rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla... y después, ni

el aleteo de un mosquito. El silencio y la obscuridad reinaron en la

casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera

vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no

llegara á sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se

encaminaba á la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas.

Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las

tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades

de un calabozo subterráneo.

Pilar recordó á su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda,

á tientas, dió con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero

aquella luz sólo servía para hacer más patente á los ojos de las

prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que

estaba expuesta á pasar allí toda la noche, volvió á llorar amarga

y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que

no tenía cuando se resolvió en su casa á correr en la de don Sotero

cuantos peligros pudieran amenazarla.

En esto vió la pililla colgada en la pared, y la cruz que tenía pintada

en medio.

--Aunque profanada --dijo á su hermana--, aquí hay una cruz:

hinquémonos delante de ella y recemos para pedir á Dios fuerzas y

amparo... Ven, hija mía: arrodíllate junto á mí; cabalmente es la hora

en que rezamos todas las noches el rosario á la Virgen.

Y uniendo la acción á la palabra, puso á Pilar á su lado; y ambas,

después de arrodillarse, comenzaron á rezar, delante Águeda y

respondiendo la niña. Pero ésta, en quien, por su edad, no penetraban

las pesadumbres como en Águeda, trabajada por tantos y tan nuevos

sobresaltos y cansada de llorar, respondiendo tarde y confusamente á

su hermana, acabó por rendirse á los asaltos del sueño, que jamás se

olvida de amparar á los niños con sus alas.

Cuando Águeda la vió plegarse sobre sus rodillas y abatir la rizosa

cabecita, sentóse en el suelo y la acomodó en su regazo; y después de

observar que estaba profundamente dormida, la cogió con sumo cuidado

y, no sin dificultades, la tendió sobre la cama. Luégo volvió á

arrodillarse y continuó rezando en silencio largo rato.

Entonces debía de hallarse la hoguera en su grado máximo de bureo, á

juzgar por el ruido que de hacia allá venía, y el silencio que reinaba

en la vecindad y, sobre todo, en la casa.

Éste era tan absoluto, que Águeda, cuando acabó de rezar, no se atrevió

á moverse del sitio en que se hallaba. ¿Á quién llamar? ¿Quién la

defendería si en aquella espantosa soledad se veía amenazada de algún

peligro? Y si no había peligro que temer, ¿por qué y para qué estaban

ellas encerradas allí?

De pronto oyó ruido en el portal; después en la cerradura; luégo el

rechinar de la puerta.

--Será don Sotero --pensó tranquilizándose un poco--. Pero --se dijo en

seguida temblando-- don Sotero á estas horas y en tal ocasión, ¿no es

el mayor enemigo que yo puedo temer? ¿De qué no será capaz ese hombre!

Pronto conoció que no era don Sotero quien subía dando grandes golpes

y haciendo mucho ruido en la escalera, como el que anda á tientas en

camino extraño y escabroso.

--Será Bastián --pensó la joven--. Si es él, ¡cómo vendrá, Dios mío!

Además de los golpes, se oían interjecciones y bramidos. Águeda

tiritaba de miedo. Los bramidos y los golpes iban acercándose á la

sala poco á poco. ¡Y don Sotero no había vuelto todavía, y á Celsa no

se la oía en casa! ¿Qué horrible conjunto de casualidades era aquél?

Las pisadas, los carraspeos y los bufidos, llegaron á oirse junto á

la puerta de la alcoba. Águeda se abalanzó á ella y quiso trancarla;

pero no tenía llave la cerradura; intentó afirmar el pestillo, y no vió

á su alcance con qué. Ocurriósele amarrarle con el pañuelo al tosco

retenedor, y así lo hizo con cuanta fuerza halló en sus trémulas manos.

Hubo en la sala unos instantes de silencio. Águeda aprovechó aquella

tregua para entreabrir la ventana que daba á la calle. Pilar, en tanto,

dormía profundamente. Volvieron á oirse rugidos é interjecciones, y la

puerta de la alcoba fué violentamente sacudida. Águeda creyó en aquel

instante que se convertía en escarcha toda la sangre de sus venas.

Pilar despertó con el ruido, y, al ver el espanto de su hermana, se

arrojó del lecho y se abrazó á ella.

--¡Silencio, por Dios! --la dijo Águeda al oído mientras la estrechaba

contra su corazón.

--Pero ¿qué es?... ¿qué pasa? --preguntaba muy bajito la pobre niña.

--Nada, hija mía... nada de particular... que creí haber oído...

Otra sacudida más fuerte que la anterior dada á la puerta, dejó sin voz

á Águeda y aterrada á la niña. Ésta creyó oir al mismo tiempo ruido en

el corral. Díjoselo á su hermana, que, al oirlo, se lanzó á la ventana

y gritó con todas sus fuerzas:

--¡Socorro!

Á este grito, las sacudidas á la puerta de la alcoba redoblaron;

pero el pestillo no cedió. Confiada Águeda en esta defensa, volvió á

asomarse á la ventana, y de nuevo pidió socorro. Entonces se oyeron

fuertes golpes á la puerta de la calle. Lejos de amedrentarse con

ellos el que pugnaba por entrar en la alcoba, insistió con más bríos,

y Águeda temió que el pestillo cediera ó que la puerta saltara hecha

astillas. Apretó más los nudos del pañuelo, y permaneció sujetándole

con las pocas fuerzas que la quedaban. Pilar, sin voz y medio

accidentada, seguía todos estos movimientos con ojos de espanto.

La resistencia de la prisionera parecía enfurecer al hombre de la

sala. Crujían á sus golpes los inseguros entrepaños, y á cada golpe

acompañaban amenazas y blasfemias.

Á veces las embestidas eran con todo el cuerpo, y entonces temblaba

hasta el tabique y el retenedor del pestillo se removía. El nudo de la

retorcida batista iba á ser inútil. Cuando Águeda cayó en ello, perdió

las pocas fuerzas que le prestaba su desesperación.

--¡Virgen María! --clamó lívida de espanto--, ¡tu piedad me ampare,

que yo no puedo más!

Se abrazó á su hermana, y las dos se acurrucaron entre los pies de la

cama y la puerta. Tembló ésta en aquel instante de arriba abajo con

sordo estruendo, como si hubiera caído sobre ella toda la casa; rechinó

el roñoso hierro; saltó la hembrilla del marco hasta la pared frontera,

y apareció en medio de la alcoba Bastián con las greñas sobre los ojos,

éstos ensangrentados y centellantes, la bocaza reseca, negros los

labios y manchada de vino y sudor la arrugada pechera de su camisa.

Al ver aquella horrible aparición, Águeda y Pilar lanzaron un grito,

grito para el que no hay lugar en la escala de los imaginables sonidos,

y sólo cabe en la garganta de quien muera cosido á puñaladas.

Tomóle Bastián por norte de su rumbo, porque al abrirse la puerta

quedaron medio ocultas á sus ojos las dos hermanas; y embravecido por

la no esperada resistencia que hizo acrecentar sus bestiales deseos,

atrevióse á poner sus groseras manazas sobre el talle virginal de

Águeda. Mas no bien lo hubo hecho, dos tremendos bofetones le tendieron

de espaldas en el suelo, y dos brazos de hierro le sujetaron por la

garganta en aquella postura.

--¡Macabeo! --gritaron á una voz Águeda y Pilar abrazándose á las

rodillas del bravo espolique. En el paroxismo de su terror, no le

habían visto entrar en la alcoba por la ventana. Verdad que el abrirse

ésta, y el saltar el hombre dentro, y el llegar hasta ellas, fué obra

de dos segundos.

--¡Daca la entraña, tuno!... ¡Daca la vida, perro! --decía Macabeo á

Bastián, mientras le tendía y le sujetaba.

--¡La Virgen te envía en nuestro socorro! --exclamaba Águeda en el

colmo del regocijo.

--Bien podrá ser, señorita --respondió Macabeo sin soltar á Bastián--;

pero algo hay que agradecer también al breval de la esquina, por onde

subí al tejado de Antón Roderas... porque el pasar de éste al de Sico

Ñules y luégo al balcón, no tiene cencia maldita.

En esto se oyó una voz en el portal, que llamaba á Macabeo.

--¡Sin novedá, caráspitis! --respondió éste á gritos--. Y aguántese un

credo, que allá vamos todos.

--¿Quién te llama, Macabeo? --preguntó Águeda anhelosa.

De tal palo, tal astilla · 第 15 / 20 段