--No puede tardar ya... Tal vez volvamos hoy mismo á casa.

--¿Y si no volvemos?...

--Si no volvemos, hija mía, Dios, que conoce el fondo de los corazones

y ve tu obediencia, cuidará de nosotras y nos pondrá en lugar seguro,

aunque se conjuren en daño nuestro todas las iras de Satanás.

Lloraba Pilar; y como á Águeda le faltaba muy poco para hacer lo mismo,

--Ea --dijo á la niña animándola y besándola otra vez--, vamos á

prepararnos y á dar las órdenes necesarias hasta que volvamos.

Y la llevó consigo, quedando solo en escena don Sotero, que no había

desplegado los labios, ni movido un músculo de su cuerpo durante el

diálogo de las dos hermanas.

Cuando el piadoso varón se halló sin testigos, levantó poco á poco

la cabeza; guiñó los ojuelos de tigre; se resobó las manos haciendo

chasquear los dedos, y hasta sospecho que anduvo en conatos de pirueta.

Poco tiempo después aparecieron las dos huérfanas, cubiertas de pies

á cabeza con negros crespones. La palidez marmórea de Águeda entre

las ondas relucientes de sus rubios cabellos, se transparentaba en

los profusos pliegues de su manto, y la luz de sus ojos incomparables

brillaba allí como el fulgor purísimo de las constelaciones en el

negro fondo de los abismos siderales. La niña apenas ocultaba una

parte de sus madejas de rizos bajo las mallas tenues de una toca

graciosamente recogida sobre los hombros. Daba la mano á su hermana, y

ambas manos parecían un solo pedazo de nieve.

--Estamos prontas --dijo Águeda á don Sotero con voz firme y clara;

pero acercándose más á él, añadió, de modo que no lo entendiera su

hermana--: En manos de Dios, que conoce y juzga las intenciones, pongo

la causa de esta inocente, y también la mía. ¡Á ese Juez habrá de dar

cuenta esa conciencia, que tan á menudo usted invoca, de este inicuo

atropello de nuestro desamparo!

Hizo don Sotero una profundísima reverencia; y, sin responder una sola

palabra, se puso en seguimiento de las huérfanas.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXI

UN CASO DE MORAL

En la alcoba en que vimos encerrarse á Bastián cuando su tío le

despidió de la suya de muy mala manera, conversaban los mismos dos

personajes, cosa de una hora después de lo referido en el capítulo

anterior. Y digo que conversaban, porque don Sotero, contra su

costumbre, no maltrataba á Bastián con apóstrofes y dicterios; antes le

agasajaba con tal cual sonrisilla placentera, y le buscaba con mimo los

pocos registros sonoros que cabían en aquella inteligencia rudimentaria

y agreste. Conversaban, repito, muy por lo bajo, con la puerta cerrada,

sentado el tío en la única silla que había en el cuarto, y el sobrino

al borde de la fementida cama que le llenaba casi todo.

--No me negarás --decía don Sotero-- que Águeda es una perla de

hermosura. ¡Qué cuerpo! Oro entre algodones... ¡Qué ojos! Estrellas de

enero... ¡Qué talle!... ¿Tú has visto bien aquel talle, Bastián?...

Bastián oía, se rascaba la cabeza y enseñaba los dientes.

--Nada digamos --prosiguió don Sotero-- del timbre de su voz...

¡Aquello es un salterio de perlas y corales; que no otra cosa parece

su boca chiquirritina! ¡Qué decirte de su clarísimo entendimiento; de

su mucho saber; de aquel fuego con que se purifica en su corazón y se

engrandece toda pasión que en él arraiga!... ¡Qué modo de sentir! ¡Qué

modo de querer!... Pues ¿y su caudal? ¡Válgame Dios! ¡qué limpio y qué

saneado! Se da el golpe, y brotan las onzas acuñadas, y los vestidos

hechos, y la mesa puesta y cubierta de manjares.

Bastián continuaba relamiéndose con las ponderaciones de su tío, que á

la vez le llenaba de asombro con tan desacostumbrada afabilidad.

--Pues has de saber --añadió don Sotero inclinándose mucho hacia

Bastián-- que esa mina de oro y esa gloria de hermosura, las tenía yo

destinadas... para tí.

--¡Dios!... ¡Para mí? --exclamó Bastián, sacudiendo la modorra que le

arrullaba los sentidos.

--¡Para tí, Bastián, para tí!

--¿Y qué había de hacer yo con esa jalea tan tiernezuca? ¡Si con

echarla la zarpa se me quedaba entre los dedos! ¡Dios!

--¿Qué habías de hacer?... Ser la primera persona de estos contornos,

y no tener quien te tosiera en toda la provincia. Con ese caudal y ese

entronque, y un consejero como el que tú tendrías... ¡ni el rey que se

te pusiera delante!

--Y ¿por qué no son ya mías tantas gangas, señor tío muy amado?

--Porque Dios no quiso concederte ni siquiera una cualidad de las que

son necesarias para merecerlas. No tienes corte de persona decente, ni

pizca de entendimiento, ni con la educación he logrado darte la menor

apariencia de lo uno ni de lo otro.

--¿Y ahora que cae usted en la cuenta de que no tengo dientes, es

cuando se acuerda de ponerme el pienso delante del hocico?

--Calla, tonto, que nunca es tarde para mejorar la hacienda. Mientras

la fruta está en el árbol, no hay que perder la esperanza de

alcanzarla... Por de pronto, evitar que otro se la coma. Después, se

aguza el ingenio; y, por último... hasta se salta la pared.

--No entiendo, tío muy amado, qué quiere usted decirme con esas

cortesías.

--Ni yo te las digo con la esperanza de que me entiendas. Dígolas por

decir algo... ¡Pues no faltaba sino que fueras á tomarlas por donde las

tomaría cualquier mozo de entendimiento!

--¡Otra te pego!... ¡Dios!... Pues si usted no habla conmigo ni para

que yo le entienda, ¿qué hacemos aquí?

--Pasar el rato, Bastián: nada más que pasar el rato como dos parientes

cercanos que se estiman mucho... Lo que quiero que entiendas es esto

que voy á decirte ahora. Esa joven, tan hermosa y tan rica, que pudo

haber sido tu mujer, y que aún pudiera serlo si las circunstancias nos

ayudaran un poco, está depositada por mí en esta casa, para librarla de

la seducción con que la persigue aquel pájaro de cuya conversión nos

hablaba el ama del cura.

--¡Ah, vaáaamos!... Ya caigo... ¡Dios! --exclamó Bastián, en un

estampido de su voz, revolcándose al mismo tiempo en la cama.

--¡Calla, bárbaro! --dijo su tío tapándole la boca--; ¿no reparas que

pueden oirte?

--Verdá es --asintió Bastián, volviendo á su postura anterior.

--Pues como te decía --prosiguió don Sotero--, hallándose esa joven

en mi casa, está como en lugar sagrado, por lo que hace á su limpio

honor...

--Pues por donde yo la toque no ha de podrirse --dijo Bastián con

gesto desdeñoso--. ¡Apuradamente no doy dos anfileres por esas

pinturucas de sobre-cama!

--¡Como que no sé yo hacia qué verde se te van los ojazos ahora!--

replicó don Sotero con tremebundo retintín--. ¡Será bestia el hombre

á quien se le pone mirra del Oriente en raso de la India junto á

la nariz, y pide bodrio trasnochado en trapo de fregar? ¡Guárdate,

Bastián, de volver, ni con la memoria, á ese mal paso! ¡Mira que puede

haber más palos todavía!

--Pero ¿quién va, ni quién viene, ni quién anda en malos pasos? ¡Dios!

--replicó Bastián, rascándose, por el recuerdo, las ronchas de sus

costillas.

--Digo --continuó don Sotero, después de mirar á su sobrino con gesto

feroz-- que como Águeda tiene tantos atractivos, bien pudiera asaltarte

á tí cualquier mal pensamiento...

--¡Dios!... ¡Pues es poco respetosa la dama, para que yo me

atreviera!...

--Hombre, ¡qué demonio!... La juventud, en ocasiones, atropella por

todo; y como esos arrechuchos vienen cuando menos se los espera, nadie

puede decir «de este agua no beberé.»

--Verdá es eso.

--Y bien pudiera darse aquí ese caso...

--¡Después de tanto encargarme usté el respeto, y la!... ¡Dios!

--Efectivamente, parecería un poco extraño el atentado... Pero esto no

quiere decir que yo desconozca el influjo de las circunstancias y de

la flaca condición de la humana naturaleza, ni que deje de tomar ambas

cosas en disculpa de ciertos actos que, á su primer aspecto, parecen

indisculpables... ¿te enteras tú, Bastián?

--Sospecho que sí.

--¡Hay tanto de eso entre la corrupción del mundo!... ¡Ya se ve! el

demonio no duerme; y como se complace en la perdición de las almas,

¡las asedia y las persigue, en ocasiones, de un modo!... ¡Sabe disponer

las cosas con tal habilidad!...

--¡Le digo á usté que eso mete miedo, tío muy amado!... Y hasta creo yo

que si siempre se tomara en cuenta, no se darían tantos palos como se

dan, á veces sin qué ni para qué, ¡Dios!

--Á veces se dan esos palos á que aludes, Bastián, porque para los

motivos de ellos no alcanzan las disculpas á que yo me refiero. No es

lo mismo salir á buscar la tentación, que verse asaltado de ella...

Y he de ponerte un ejemplo á este propósito, para que aprendas á

distinguir de colores, y al propio tiempo te penetres mejor del punto

de moral de que íbamos hablando. Ya hemos convenido en que Águeda, y á

la vista está, como mujer, es un primor de belleza. Águeda se ha metido

por las puertas de tu casa, y ocupa el dormitorio en que tantas veces

has penetrado tú, aun á las altas horas de la noche, hallándome yo en

él. El contraste no puede ser más sobresaliente. De esta escultura á

aquella escultura... ¿eh?... ¡Me parece que hay alguna diferencia!...

--Ya, ya, ¡Dios! --respondió Bastián, rascándose la cabeza.

--Pues bien --prosiguió don Sotero con la más candorosa sencillez--.

Añade á estas consideraciones que debes hacerte, porque eres hombre y

en lo más lozano de la vida, la circunstancia tentadora de que sabes,

porque yo te lo he dicho, que esa joven tan hermosa que está en tu

misma casa, pudo haber sido tu mujer, y que aún pudiera llegar á

serlo... ¿Quién desconoce los estragos que causan los pensamientos de

este linaje metidos de sopetón en una mollera juvenil? Pues figúrate

que, con ellos en la tuya, te vas esta noche á la hoguera... Nada más

puesto en razón, ¡y seguramente que no me opondré yo á ello!... Vas á

la hoguera, y haces allí lo que es muy natural que haga un mozo de tu

edad: florear á esta muchacha, bailar con la otra...

--¡Dios!... ¡y cómo lo borda usté, hombre! --dijo aquí Bastián,

resobándose las manos y dando zancadas al aire.

--¿No ves, tonto --respondió don Sotero con ruborosa humildad--,

que también yo, por mal de mis pecados, he sido joven? Pues digo que

hallándote de ese modo en la verbena, das en cavilar que ninguna de las

muchachas que ves á tu alrededor vale para descalzar el lindo pie de la

que está á la sazón casi en tu misma alcoba...

--¡Dios, qué hombre! --exclamó aquí el muchachazo, dándose dos

revolcones sobre la cama.

Observóle su tío con diestra y sagaz mirada, y continuó de esta suerte:

--Cavilando así, asáltante como tentaciones de volverte á casa,

sabiendo, como sabes, que Celsa anda en la verbena solazándose un rato,

por orden mía, y que tu pobre tío se halla en la iglesia pidiendo á

Dios por los que le ofenden con sus liviandades y descomposturas. Pero

es el caso que la joven Águeda te infunde mucho respeto, porque tú

eres muy cobardón para esa clase de empresas; y entonces se te ocurre

beber unos traguillos más de lo blanco. Ya te animaste, pero no lo

suficiente; vuelves al baile, y brinco va, brinco viene, el vinillo

fermenta, confórtate su calor amoroso... y te crees más valiente que

Roldán. Emprendes la marcha resuelto á todo, y en el camino te asalta

otra vez la cobardía. Como ésta no es tan fuerte como de ordinario,

comienzas á considerar que si desaprovechas aquella ocasión, no

volverás á verte en otra, porque don Plácido... ¿Te he dicho yo que don

Plácido debe llegar mañana á Valdecines?

--Nada me ha dicho usté de eso, tío muy amado --respondió Bastián, no

gozoso, sino fascinado ya con el relato de don Sotero.

Y prosiguió éste:

--¡Pues créete que siento haberte hecho saber ahora tan ociosamente que

espero á ese señor de un momento á otro!... Pero, en fin, ya lo dije;

y contando con que no abusarás de la noticia, continúo exponiéndote el

susodicho ejemplo de moral práctica. Con la consideración de que si

desaprovechas la noche no vuelves á verte en ocasión de lograr lo que

deseas, emprendes de nuevo la marcha, y llegas á tu casa. El silencio

y la soledad que tú habías supuesto. El corazón te late, las sienes te

zumban, los ojos te fingen todo cuanto el demonio quiere que veas y

palpes; las piernas vacilan un instante; pero la fiebre te alienta, y

subes con mucho cuidado, sin hacer ruido. Abres la puerta de la alcoba,

que casualmente no tiene llave desde ayer... Ella duerme. No la ves,

pero la sientes; y lo que no ves, lo imaginas...

--¡Dios! --gritó en esto Bastián, echando llamas por los ojos--, ¡le

digo á usté que lo estoy viendo! Pero... ¿y la chiquilla?

--Á la chiquilla... se la echa de allí... ó se la encierra en esta

alcoba... ó no se hace caso de ella. ¡Ay! ¡El vértigo de la carne

pecadora no sufre obstáculos!

--¿Y si la otra despierta? ¡vaya si despertará! ¿ó no duerme cuando yo

entre, y grita y alborota? ¡vaya si alborotará!... ¡Dios!

--¡He ahí, Bastián, una de las gravísimas consecuencias de un atentado

semejante! Gritaría, sí... y muy recio; y se echaría de la cama abajo,

y se asomaría á la ventana y llamaría á los vecinos; y tal vez éstos

acudieran en su auxilio; y acudiendo, la hallarían encerrada con un

hombre en una estrecha alcoba, á las altas horas de la noche...

--¡Qué vergüenza! ¡Dios! --exclamó Bastián, sacudiéndose todo.

--¡Para ella, la desdichada! --añadió su tío en tono plañidero y

compasivo--. ¡Para ella, que desde aquel momento ponía su honor en

quiebra entre la gente murmuradora! ¿Quién, en la duda, la tomaría

ya por esposa, Bastián? ¿Quién, sino tú, y por mucha aversión que la

causaras podría remendar aquella carcomida buena fama? ¡Y gracias si á

tal remedio se avenía... que lo dudo!... Conque mira, Bastián, si el

asunto vale bien la pena de que te le puntualice y exponga, como acabo

de hacerlo; ¡mira si preveo y me pongo en todos los casos, y te marco

bien á las claras el camino de tus deberes y conveniencias!

--¡Vaya si caza usté largo! ¡Dios! --dijo Bastián, tan admirado de la

sagacidad de su tío, como de sus propias dudas acerca de la _moral_ del

ejemplo--. Pero un punto se le ha olvidado á usté, que no es flojo, en

lo tocante á las resultas del caso.

--¿Cuál?

--Lo que diría el señor don Plácido mañana si Dios quiere.

--No se me olvidó ese punto, Bastián. Le pasé en silencio por carecer

de importancia. Con ese mentecato ya me entendería yo, por mucho que

gritara.

--Vaya que es usté el mismísimo Pateta, ¡Dios!

--Desengáñate, Bastián: lo grave del suceso que te he referido como si

estuviera ocurriendo, sería sólo para mi conciencia, porque fuí tan

temerario que puse la liebre junto al sabueso, sabiendo lo que son

tentaciones del demonio. En cuanto á tí, ni siquiera puede caberte el

temor de mis iras; porque, ya te lo he dicho, no me lleva la rigidez de

mis cristianos sentimientos hasta el punto de confundir las maldades

de los hombres con lo que es obra de los pocos años. Y con esto hemos

hablado bastante por ahora, después de advertirte que en gracia de la

fiesta de esta noche y de la solemnidad del día de mañana, te levanto

la reclusión en que has estado, por tu bien, durante algunos días...

Conque á divertirse mucho sin ofender á nadie, ni acordarse de aquello

que te valió lo que todavía te rascas en las costillas... y lo dicho,

dicho.

--Así lo haré, tío muy amado --exclamó Bastián poniéndose de un brinco

en el suelo--, ¡y así le quisiera á usted siempre, tan campechano y

parcialote!

--Así me tendrás, si con tu conducta te haces digno de ello... ¡Ah!...

se me olvidaba --añadió el afectuoso tío, llevando la diestra mano al

bolsillo del chaleco--; toma unos cuartos, por lo que pueda ocurrirte.

Y aunque no llegaron á dos reales, Bastián los recibió como una

lotería. ¡Tan poco acostumbrado estaba á las larguezas de su tío!

Recomendóle éste el silencio y la prudencia en casa, y salió de

puntillas de la alcoba, advirtiendo á su sobrino que hiciera otro tanto.

--¡El demonio me lleve --pensó Bastián delante de la otra alcoba, cuya

cerrada puerta taladraba con ojos preñados de torpezas-- si á mí me

había pasado por la cabeza cosa semejante, hasta que este hombre me

la metió entre los sesos! ¡Y vaya si es manejable y hacedera! ¡Pues

dígote que, si á mano viene, allá veremos!... ¡Dios!

Y en dos zancadas atravesó la sala, y en pocas más llegó al portal; y

como ya hacía rato que se estaban oyendo las campanas de la Iglesia y

algunos estallidos de cohetes, en cuanto se vió al aire libre comenzó á

relinchar y á dar corcovos, como potro cerril que columbra el verde de

la rozagante pradera.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

LA HOGUERA DE SAN JUAN

Cuando entraban las dos hermanas en el portal de don Sotero, ya corrida

media tarde, llegaba á la _brañuca_ de la iglesia el primer carro

cargado de _rozo_ destinado á la hoguera de aquella noche. Media hora

después llegó otro más, y tumbó su balumba sobre la del anterior,

ya tendida en el suelo. Entonces subió el campanero á la espadaña;

y apenas se oyó en el pueblo su primer repique, lanzó al espacio el

mayordomo del santo hasta media docena de cohetes, de las ocho ó diez

cabales que había adquirido para quemarlas en honor del glorioso

patrono, entre el día de la fiesta y sus preludios solemnes; á cuyos

seis estampidos (y ya se deja ver con este dato que los cohetes no

eran de los mejores) el maestro dió por terminada la escuela en aquel

día, y puso en libertad á los muchachos. Corrieron los más talludos

al campanario, y los rapazuelos á contemplar el rozo amontonado, y á

tirar después de esta mata y de la otra, creyéndose muy felices con

mostrárselas á sus camaradas del campanario, entre brincos y algazara,

pero haciéndoseles siglos las horas que faltaban hasta que les fuera

lícito prenderlas fuego, juntamente con todas las del montón, que se

alzaba en la brañuca prometiendo á los mirones, para aquella noche, una

luz tan clara como la del mismo sol, y más chasquidos y chisporroteos

que una función de pólvora mojada.

Silbaban como cien huracanes los chicos del campanario, sin cesar

un punto de tocar las campanas, cuyos badajos había dejado á su

disposición, y de muy buena gana, el campanero, y en los aires

estallaba todavía algún cohete que otro; con los cuales ruidos

provocadores la gente de la mies se sintió picada de la impaciencia;

dió en la gracia de cortar con la azada tantos maíces como resallaba;

convínose por unanimidad en que el estropicio consistía en _el aquel_

de la fiesta, que _aceleraba_ la mano; acordóse por los viejos dar

suelta libre á los jóvenes, que ya no habían de hacer cosa con traza;

y ahí tienen ustedes á las mozas tornando al pueblo, con las azadas al

hombro, echando, por parejas, cuando no por grupos de más de cinco, á

gañote desplegado, los más alegres y regocijados cantares que habían

resonado en el valle en todo el año. Seguíanlas los mozos en idéntico

orden de formación; y apenas acababan ellas, con un suspiro, el dejo

interminable del cantar, allí estaban ellos con una balada, lenta y

dormilona, que prometía no tener fin. Pero le tenía, más tarde ó más

temprano; y vuelta á cantar ellas, y vuelta ellos á replicar. Y así en

todas las mieses, por los cuatro costados de Valdecines; de modo que

la poca gente útil que había en el pueblo se echó, también cantando,

á la calle; y cátate convertida la comarca en una pajarera; motivo

por el cual los viejos que se habían quedado resallando, juzgaron de

_mal ver_ seguir en la tarea, y también la suspendieron por aquel día,

volviéndose al lugar, si no cantando, oyendo embelesados los cantares y

recordando con gozo los ya remotos años en que ellos, con igual motivo,

hacían dos cuartos de lo propio.

Entre tanto, el mayordomo había colocado las doradas andas, que estaban

sobre un confesonario cubiertas con una desechada capa pluvial, en

una mesa á la derecha del presbiterio, y bajaba luégo la imagen del

santo de su nicho del altar mayor, y la acomodaba sobre la peana de

las andas, y la limpiaba el polvo, y la dejaba en disposición de ser

vestida al día siguiente, mucho antes de la misa mayor, con dos

pañuelos, bien cumplidos, de espumilla, y adornada con un arco más alto

que ella, sujeto por sus dos extremidades á la barandilla de las andas,

y profusamente revestido de pañuelos, cintas, relicarios y acericos,

prestados á mucha honra por los pudientes del lugar.

Ya en él recogido el vecindario, y sin cesar repicando las campanas, y

oyéndose cantar por todas partes, anticipáronse las domésticas tareas

más de una hora; es decir, que las gallinas tuvieron que albergarse con

sol, y se _prendió_ el ganado, y se le echó la _ceba_ poco después, y

se sacó de la lumbre la torta sin estar _cocida_, y las gentes cenaron,

mal y de prisa, mucho antes de anochecer.

Entonces volvió á reinar en el pueblo el ordinario y tradicional

silencio; pero fué la tregua de corta duración. En cuanto el sol _cayó_

detrás de las cumbres del poniente, y fué perdiendo el cielo las tintas

sonrosadas del crepúsculo, y se disipó el _empedrado_ celaje, señal

infalible de que el nordeste, enemigo declarado de nubes y aguaceros,

había de reinar al día siguiente, y comenzaron á brillar las estrellas,

un mocetón que lo entendía y se reservaba para aquella ocasión, trepó

al campanario y echó un repique de maestro, con admiración y aplauso de

chicos y grandes, que correspondieron á la proeza con una relinchada

que aturdió á Valdecines, y salió valle afuera en alas del fresco

terral, entre el eco sonoro de las campanas y el estampido de los

cohetes que el mayordomo lanzó, espadaña arriba, en aquel solemne

instante.

Los chicuelos y gente menuda que rodeaban el seco montón de escajos,

y discurrían en torno á la sucursal de la taberna que se había

establecido bajo los árboles, sobre la pértiga de un carro, tomando el

ruido y vocerío por señal de comienzo de la fiesta, prendieron una mata

á prudente distancia de la pila de rozo, y sobre la mata, ardiendo y

chisporroteando, cayeron otras dos; y el punto luminoso que formaron

en medio de la obscuridad de la noche, fué el aguijón que puso en

declarada carrera á la gente moza que le vió y se dirigía hacia el

lugar de la fiesta, con relativa parsimonia, por todas las callejas de

la aldea.

Llenóse de figuras donosamente cómicas aquel cuadro, que parecía

capricho de Teniers por lo alegre, y de Rembrandt por la luz que

le alumbraba; y fué la hoguera creciendo, creciendo, saltando los

muchachos sobre el centro de ella, primero, á excitación de los

grandes; después por un extremo, y luégo por ninguna parte; pues el

fuego formaba ya una pirámide tan alta como las primeras ramas de los

vecinos álamos. Á todo esto, el mocetón del campanario no daba señales

de cansarse; los relinchos no cesaban abajo; debían de pasar de tres

docenas los cohetes disparados hasta entonces, y la carral de vino

tinto, acostada sobre la pértiga, comenzaba á verse rondada por la

sedienta y animosa juventud.

Pero no era el riojano mosto, ni tampoco el campaneo, ni la incipiente

hoguera, ni lo que ésta podía llegar á ser, la salsa de aquella fiesta.

Lo que todos esperaban y había de dar el tono á la velada y bríos á

los menos animosos, llegó cuando el mocetón del campanario se cansó, y

se hubo trancado la puerta de la iglesia, y no quedaron otros ruidos

en sus inmediaciones que la algarabía incesante de los muchachos, el

hablar recio y el obstinado relinchar de los talludos.

Y fué que por tres callejas de las que desembocan en la braña,

aparecieron las más garridas mozas y cantadoras de mayor renombre,

tañendo las sonoras panderetas y echando cada tonada, de cuatro en

cuatro, lo menos, que levantaba en vilo á los oyentes.

Bastián, en mangas de camisa, con la chaqueta enarbolada en un palo, el

sombrero tirado hacia atrás, la bocaza abierta y las babas entre los

dientes, iba delante de una de estas comparsas. Cuando llegaron todas

á la braña, la hoguera las saludó con tal respingo, que llegó con la

ondeante cúspide de las llamas, casi casi á la altura del tejado de la

iglesia. Lo que quedaba libre del _campuco_ se llenó de gente, y aún

sobró de ella para esparcirse por las contiguas arboledas.

De tal palo, tal astilla · 第 14 / 20 段