por la más reluciente! --dijo el ex-procurador, resobándose las mal
afeitadas barbas, y temblando de ira hasta por las ventanillas de la
nariz.
En esto se acercó á la puerta del salón, y gritó con voz descompasada y
rugiente:
--¡Celsa!
Y Celsa apareció en seguida, ahumada, sucia y medio descalza. Se cruzó
de brazos al entrar en el viejo páramo; se arrimó á la pared, cerca
de la puerta, y desde allí saludó con un gruñido y un gesto diabólico
al ama del cura, que respondió en idéntico lenguaje. Colocóse Bastián
entre las dos mujeres; y don Sotero, después de medir tres ó cuatro
veces con agitados pasos lo largo de la sala en medio del mayor
silencio, dijo al ama del cura:
--Repita usted, en las menos palabras que pueda, lo que acaba de
contarme á mí.
Obedeció la buena mujer, muy descorazonada con el fatal éxito que había
alcanzado su noticia; y cuando hubo concluído, dijo don Sotero con la
mayor solemnidad:
--Público y notorio es en Valdecines que en vida de la señora doña
Marta Rubárcenas fué ese hombre, que había logrado trastornar á Águeda
la cabeza, despedido de aquella casa por hereje.
--Verdad es que así se ha dicho --murmuró Celsa.
--Algo he oído de eso --añadió el ama del cura.
--Pues yo, ni pizca --balbuceó Bastián.
--Muerta doña Marta --prosiguió don Sotero, taladrando á su sobrino con
una mirada--, ese hereje volvió á entrar en la casa... ¡señal de que le
abrieron las puertas manos que debían continuar cerrándoselas! De buena
ó de mala gana, se le ha hecho saber que no puede lograr sus propósitos
mientras no se lave las manchas de sus herejías; y hete aquí que el muy
sinvergüenza acude al cura de Valdecines haciendo la pamema de que se
convierte, para casarse con Águeda y llegar á ser dueño de uno de los
primeros caudales de la provincia.
--¡Válgame Dios, qué picardía!
--¡Si parece imposible!
--Tengo pruebas irrecusables de que es la pura verdad --exclamó don
Sotero con el mayor aplomo. Luégo añadió--: Ahora bien: Águeda es una
joven sin experiencia, y quizás, quizás, enamorada; él es un lagarto
madrileño, con todos los ardides y fingimientos de los de su calaña.
El resultado se toca y se palpa: esa infeliz, si la criminal farsa
continúa, se verá un día cogida, como la mosca en la tela traidora. Yo,
como hombre honrado y temeroso de Dios, en primer lugar, y en segundo,
como encargado por la difunta santa mujer de velar á todo trance por
la salvación de las almas y de los intereses mundanos de sus hijas,
estoy en el deber imprescindible de oponerme á los criminales intentos
de ese miserable... ¡Miserable, sí! porque habéis de saber que, además
de impío, tiene contraídos grandes méritos para estar arrastrando un
grillete en el presidio de Ceuta...
--¡Santa Bárbara bendita!
--¡Quién lo creyera!
--Esa es más gorda... ¡Dios!
--¡En Ceuta, sí! --continuó el piadosísimo varón--. En Ceuta dije, y
no me arrepiento. Hace un año le persiguió la policía por una estafa
que había cometido en Madrid, asociado á otro como él. Por buena
compostura, se echó tierra al asunto pagando los seis mil duros que
importaba la cantidad robada. Las pruebas de este crimen las tengo
yo en mi poder; porque... (hay que decirlo todo, aunque mi cristiana
humildad se rebele contra ello) yo fuí quien le dió ese dinero para
librarle del presidio... ¡Bendito sea Dios que me puso en ocasión de
ejercer, con ese vil y despreciable metal, uno de los más grandes actos
de caridad!
Mientras decía esto y caminaba con los ojos en blanco y las manos
alzadas al cielo, hacia su alcoba, los oyentes estaban consternados, y
al ama del cura se le caían las lágrimas pensando en el acto generoso
de don Sotero.
El cual apareció á poco rato con un papel en la mano.
--Para que veáis que no exagero --dijo--, aquí está el recibo que me
dejó, comprometiéndose á pagarme... ¡cuando herede á su padre! ¿Habéis
visto escarnio mayor de los santos vínculos de la familia, y hasta de
los sentimientos del corazón humano?
Sabía leer el ama del cura, y se llenó el cuerpo de cruces cuando pasó
la vista por aquel documento, que también ojeó Bastián, y palpó Celsa
por no conocer la O.
--Ya lo veis --prosiguió el humildísimo don Sotero, guardándose en
el bolsillo de su chaquetón el papelejo--. El crimen no puede estar
más comprobado. ¿Cómo no había de saberme á hieles la noticia de la
conversión de ese tunante! Todos los que me escucháis tenéis una
conciencia y sois cristianos como yo: es preciso que me ayudéis á
desenmascarar al impostor, para librar de su yugo abominable á esa
honrada familia, tan querida de mi corazón; ¡es indispensable hasta que
el pueblo le apedree, si persiste en sus criminales intentos!...
--¿Y qué hay que hacer para eso? --preguntó el ama del cura, tan llena
de buena voluntad como vacía de malicias.
--Una cosa muy sencilla --respondió don Sotero--. Desde este instante,
usted y cada uno de nosotros debemos ocuparnos en divulgar lo que yo
he referido... pero sin descubrirme á mí: ¡mucho cuidado con esto!
¡Que corran las noticias como si el viento las llevara, y que no
quede cocina en el pueblo donde no entren antes de la noche!... Por
lo que respecta á la interesada y al señor cura, queda de mi cargo
instruirlos en tiempo y modo convenientes. ¡Que no sepan por vosotros
ni una palabra siquiera, ó la buena obra se desgraciará en flor! ¿Me
entendéis? ¡Guerra á muerte al impío, al sacrílego impostor! Os la
impongo como un deber de conciencia. ¡Guerra sin cuartel! ¡Guerra hasta
el exterminio!
Y no dijo más el santo apóstol; pero con un ademán muy expresivo, dejó
limpia de gente la sala, como si la hubiera barrido con una escoba.
No por la gravedad que á sus ojos revestía este incidente, olvidó el
que tanto le preocupaba cuando llegó el ama del cura; antes le prestó
mayor atención todavía que al principio, porque, en su concepto, se
enlazaban en gran manera los dos. Así es que llamó á Bastián á la
sala, y con parecido preámbulo al que conocemos, le dió el recado que
entonces no pudo darle.
Salió Bastián á la carrera, y don Sotero se encerró en su alcoba, con
el gorro sobre el cogote, crispados sus pocos pelos descubiertos,
reluciente el cuero bruñido de su faz, y saltándosele de las órbitas
los ojos sanguinolentos.
Dos horas después, la biografía del pobre Fernando, hecha sobre los
apuntes que conocemos, andaba de boca en boca, corría todas las del
lugar, y, á medida que se propagaba, iba adquiriendo nuevos y más
peregrinos rasgos.
Cuando el runrún llegó á la botica y cayó sobre él la bocaza del
maestro, el hijo del doctor Peñarrubia era ya un indultado de presidio,
en el cual estuvo nueve meses por robo y envenenamiento.
Aquella noche no hubo palos allí, porque el pedagogo era un cobardón,
y á don Lesmes le agarró el bastón el boticario, saltando sobre la
mesa cuando el cirujano le enarbolaba para cascar las liendres al
deslenguado.
[Ilustración]
[Ilustración]
XX
LOBO Y CORDERO
Llegó la víspera de San Juan, y con aquel día eran ya tres los pasados
sin que don Sotero pusiera los pies en casa de los Rubárcenas.
Águeda le suponía entretenido en la tarea á la cual dió el celoso
administrador tanta importancia en la entrevista que el lector
recordará. Un día más transcurrido así, y la atribulada joven se vería
libre para siempre de la odiada presión que sobre ella ejercía aquel
antipático personaje. Porque don Plácido no podía tardar más que ese
tiempo en llegar á Valdecines, si vivía, y tenía que vivir, porque le
parecía imposible que hasta de ese amparo la privara su desdicha.
De esta suerte discurría Águeda cuando, por breves instantes, lograba
apartar su pensamiento de las hondas y enconadas heridas de su corazón.
Estas eran su perenne martirio, su cruz, su agonía sin el consuelo
de la muerte. ¿Qué habría sido de Fernando después de su última y
desgraciada tentativa de reconciliación!... Y ¡qué sería de ella,
obligada, por una burla cruel de la desgracia, á ser, en tan bárbaro
suplicio, víctima, juez y verdugo á un mismo tiempo!
Entre tanto, los vecinos de la corralada de don Sotero andaban
asombrados al saber que éste había comprado medio celemín de cal viva
en la tejera, y hasta cerca de tres cuarterones de clavos trabaderos en
la fragua. Además, se habían oído en la casa fuertes martillazos y como
ruido de muebles que se arrastran; era notorio que Celsa hizo, en una
sola mañana, más de tres viajes á la fuente, con _escala_ y botijo; y,
por último, se había visto á Bastián asomado un instante á la ventana,
con una escoba amarrada á la punta de un palo, y el palo, la escoba
y Bastián revocados de blanco, como si él y el palo y la escoba se
hubieran zambullido en el tinajón de la harina. ¿Qué ocurría en aquella
casa, de ordinario tan sucia, desmantelada y silenciosa? Para ponernos
en camino de averiguarlo, volvamos á la de Águeda.
Cabalmente se hallaba ésta en un momento de reposo y de relativo
bienestar, cuando se oyeron á la puerta del gabinete en que hacía
labor, aquellos golpecitos acompasados y aquella voz melosa, que ya en
otra ocasión oímos, preguntando:
--¿Se puede pasar?
El efecto que esta voz y aquellos golpes causaron en la joven, puede
calcularse sabiendo que en aquel mismo instante volvía á contar hasta
las horas que podría tardar en aparecer el tan esperado don Plácido á
la puerta de su casa.
No respondió una palabra; pero don Sotero, fingiendo haber oído que se
le mandaba entrar, entró.
Si Águeda se hubiera atrevido en aquel instante á mirarle con un
poco de atención, podría haber observado en él grandes señales de
inseguridad y hasta de zozobra. El resobeo de sus manos era muy
nervioso, y sin el ritmo dulcísimo que le era peculiar; temblábale la
barbilla algunas veces; su mirada, sin dejar de ser punzante, carecía
de firmeza, y en el verde sucio de su tez predominaba el ocre con
veladuras de cardenillo; señales todas de que la bilis y los nervios
traían al hombre, á la sazón, á mal traer.
Después de los saludos y reverencias de costumbre, dijo así con voz
enronquecida é insegura:
--¡Será permisión de Dios, señorita, que siempre que me acerque á
usted, de algún tiempo acá, haya de ser para ocasionarla un disgusto,
no obstante la rectitud y el desinterés de la intención que me guía!
La joven, disimulando la tortura en que se hallaba, permaneció en
silencio y atenta sólo á su labor. Don Sotero prosiguió así:
--En su día tuve la honra de poner en conocimiento de usted dos de las
cláusulas más importantes del testamento de su señora madre (que en
santa gloria sea).
El mismo silencio por respuesta. El hombre negro añadió:
--Por la primera de ellas, nómbraseme tutor y curador de la niña
Pilar...
Aquí alzó Águeda los ojos, y los fijó en lo que se veía de los de don
Sotero, que continuó de este modo:
--Por la segunda cláusula se ordena que cuide, vigile y hasta enderece
á buen fin, si se torcieren, las inclinaciones, vamos al decir, de
ustedes, en un caso que no hay para qué mencionar en este instante.
Águeda sintió, al oir estas palabras, una impresión indefinible, pero
insoportable: el secreto de su corazón, santificado por el martirio,
iba á ser profanado por aquella lengua repugnante.
--Siga usted --dijo con heróica decisión, tras un instante de silencio.
Y siguió de esta suerte don Sotero:
--En vida de la santa mujer, á quien todos lloramos, se arrojó de
esta casa á un hombre, cuyas miras en ella eran tan notorias como su
escandalosa rebeldía á la ley de Dios.
--¡Adelante!
--En el supuesto de que usted me ha comprendido, no me detengo á
decir qué clase de miras eran aquéllas, ni á ponderar, como debiera,
lo atinado y cuerdo, previsor y cristiano de la medida tomada con el
precitado sujeto... cerrándole estas puertas.
--¡Acabe usted pronto! --dijo Águeda con imperioso ademán.
--Siendo atinada, cuerda, previsora y cristiana la medida --prosiguió
don Sotero fortaleciéndose y serenándose á medida que la joven se
exaltaba--, claro y evidente es que el rebelarse contra ella, ni es
cristiano, ni previsor, ni cuerdo, ni atinado.
Esta brutal indirecta produjo en el alma tierna y pudorosa de la joven
un verdadero estrago. Corriéronle lágrimas por las mejillas, y sólo el
impulso de la indignación que sentía le dió fuerzas para responder:
--Ni con los títulos á que se ampara, adquiridos en mal hora, y sabe
Dios cómo, reconozco en usted derecho alguno para faltar al respeto que
me debe. Sin nuevos rodeos, y sin olvidar la distancia que nos separa,
diga usted qué pretende de mí, y adónde se encaminan esas atrevidas
observaciones.
--Pues sin rodeos, señorita --replicó don Sotero, gozándose en tener
tan á la mano la ocasión de vengarse de la altivez con que la joven le
había tratado--, necesito decir á usted que he visto tres veces, en
muy pocos días, salir de esta honrada casa al hombre á quien arrojó de
ella su difunta madre de usted; que conozco los propósitos que aquí
le traen, y que, cumpliendo con el sacratísimo deber que se me ha
impuesto, vengo hoy á tomar la única medida que está á mis alcances
para dejar á salvo la responsabilidad de mi cristiana conciencia.
--Y ¿qué medida es la que piensa usted tomar en _mi casa_? --le
preguntó Águeda, acentuando mucho las últimas palabras.
--Con respecto á usted--dijo el hombre, volviendo á dulcificar su voz y
sus restregones de manos--, aconsejarla...
--¡Aconsejarme á mí!... ¡un hombre como usted!
--Cuando menos, recordarla el deber en que me hallo de hacerlo así.
--No hay tal deber, mientras usted no sea capaz de cumplir con él...
aun cuando existieran los motivos con que usted disculpa su inaudito
atrevimiento.
--Siento tener que repetir, señorita, que los motivos existen... con
algo más que usted misma ignora y no alcanzó á prever su sabia madre,
pero que yo evidenciaré con pruebas irrecusables, si las circunstancias
lo exigieren. En cuanto á mi suficiencia para cumplir ese encargo de
una santa moribunda, paréceme que la delicadeza del encargo mismo, la
alta procedencia que trae, la honradez de mi intención, el desinterés
de mi cariño y el santo temor de Dios en que me inspiro, prendas son
que la abonan y enaltecen... Y en todo caso, lo escrito, escrito está.
Cuanto usted me diga en son de protesta, entiéndese que contra ello va,
no contra mí, porque mandado soy, por mal de mis pecados, por aquélla á
quien usted debe respeto y admiración.
Lo más triste para Águeda en tan bochornoso trance, era que no sabía
qué responder á las últimas razones de don Sotero. Aquel hombre sería
un pícaro y un atrevido; pero, en honor de la verdad, el testamento
de su madre y su aparente delincuencia le autorizaban, en rigor
de justicia, para hacer lo que estaba haciendo. Resistirse á sus
advertencias, equivalía á desconocer la autoridad y el mandato de su
madre. ¡Podía inventar el mismo Lucifer conflictos más insuperables que
los que perseguían á la desdichada?
Con el rabillo del ojo leía don Sotero éstas y otras reflexiones que
Águeda se hacía; y como al propio tiempo observase que sollozaba,
conmovíase también él, y aun se limpiaba los ojos con el inseparable
pañuelo de yerbas. Duró la escena poco tiempo; hasta que el sensible
varón lanzó un suspiro muy recio y se guardó el moquero en el bolsillo
de su anguarina. Después dijo así, con una dulzura de voz que cautivaba:
--Á salvo ya de toda responsabilidad mi conciencia, por lo que á usted
respecta, después de prevenirla que estoy al tanto de su, vamos al
decir, olvido ó desconocimiento de las sabias advertencias de su señora
madre (que eterna bienaventuranza goce por los siglos de los siglos),
lo cual es tanto como quitar al pecado la disculpa de la ignorancia,
paso, señorita, á la segunda y más dolorosa, pero necesaria parte de mi
comisión de hoy, la cual se relaciona con su señora hermana de usted,
la niña Pilar.
--¿También hay algo para esa inocente!
--Recuerde usted que de esa huérfana soy tutor y curador; y claro es
que la responsabilidad que me alcanza en lo referente á su educación,
es muy estrecha.
--Y ¿qué es lo que usted pretende de ese ángel de Dios?
--Alejarla de todo riesgo de que en su inocente imaginación caigan
ciertas semillas, que más tarde habrían de fructificar para perdición
de su alma.
--Pero... ¿cómo piensa usted lograrlo?
--Poniendo á la niña en lugar seguro.
--¿En dónde? --preguntó Águeda sin aliento ya.
--En mi casa --respondió con descarada firmeza don Sotero.
--¡En su casa de usted!... Pero ¿por qué, Dios mío? ¿No es mi hermana?
¿No he quedado yo á su cuidado? ¿No es esta casa la casa de mis
padres?... Y usted ¿quién es para atreverse á tanto?
--¿Á qué repetirlo otra vez, señorita? --dijo don Sotero con una
mansedumbre y una compunción edificantes--. Ya he tenido el honor de
decir á usted varias veces que, para expiación de mis pecados, tocóme
ser por ahora, al lado de ustedes, el representante de aquella santa
mujer, tan celosa del bien de las almas de sus hijas. Con la autoridad
que me da este cargo, tan lleno de espinas y sinsabores, y, sobre todo,
con la ayuda de Dios, pienso llevar á buen término esta determinación,
concebida y meditada con todo el reposo que la gravedad del trance
requiere, aunque al hacerlo lastime ciertos sentimientos...
--Pero ¿dónde está ese riesgo para mi hermana? --interrumpió Águeda,
creyendo perder el juicio en aquel trance, jamás imaginado por ninguna
mujer honrada--. ¿Quién puede quererla más que yo? ¿Dónde más segura ha
de hallarse que en la casa de su madre?
--En la casa de su madre, señorita --repuso el pío varón--, y al
lado de su hermana, está expuesta al mal ejemplo que no verá en la
mía. Contra quien da ese ejemplo nada puedo yo, porque está, por su
edad, fuera de la jurisdicción de mi cargo; pero debo, en conciencia,
evitar el contagio de esa peste, y eso voy á hacer, sin pérdida de un
solo momento, recogiendo á la niña hasta la venida de su señor tío, á
quien debo entregársela tal como á mí me la entregó su señora madre
moribunda. Después, él hará lo que juzgue más acertado, en su doble
carácter de pariente y de tutor.
El sentido que envolvían estas palabras era un afrentoso ultraje para
la desvalida doncella. Encendiósele el pálido rostro de vergüenza, y en
medio de su angustia sin ejemplo, lejos de pensar en justificarse ante
aquel indigno acusador, respondióle al punto, movida sólo del interés
de su inocente hermana:
--Y ¿cómo ha podido usted imaginarse que basta concebir una indignidad
para verla puesta en obra sin tropiezo? ¿Así se atropella y se
escarnece á una familia honrada? ¿No hay ya justicia en la tierra que
ampare á los débiles contra los inicuos?
--¡Líbreme Dios, señorita --respondió don Sotero humildísimamente--, de
negar á usted el derecho de acudir á ese recurso humano! Á su alcance
se halla á todas horas... Pero el paso tiene sus riesgos graves. La
Justicia que la oiga á usted, tendrá que oirme á mí también; por duro
y amargo que me parezca, expondré las razones en que me fundo para
pretender lo que pretendo; y como el fallo, al cabo y al fin, ha de
serme favorable, sólo habrá conseguido usted, con su recurso, dar al
diablo que reir y no poco que murmurar á las gentes. He aquí por qué he
preferido dar este paso con la mayor reserva, guiado siempre, señorita,
aunque usted no me lo agradezca, del entrañable y desinteresado amor
que me inspira cuanto se relaciona con el bien y el honor de esta
ilustre casa.
--¡Lástima --replicó Águeda-- que no pueda yo recompensar ahora mismo,
en todo lo que valen, ese celo y ese amor que le merecemos á usted las
hijas de la santa mujer á quien tan á menudo recuerda! Pero es muy
extraño --prosiguió con la misma amarga ironía--, que usted, con esa
previsión que tanto encarece, en lugar de hacer lo que pretende, no
haya preferido venir á vigilarnos á mi misma casa, estableciéndose en
ella con tan piadoso fin.
Á lo que respondió don Sotero, rasgando la boca un palmo más por cada
lado, y haciendo una reverente cortesía:
--No me gusta ser molesto, señorita; y estableciéndome aquí, lo sería
para ustedes, amén de carecer de la libertad y de los derechos que
tengo en mi propio hogar.
Águeda no escuchaba ya al hombre negro. Aun sin la fe de la virtuosa
joven, cuando á los males suceden los males, y á los dolores los
dolores, y por todas partes y en todas las ocasiones las contrariedades
cierran la salida á todos los caminos emprendidos, el espíritu
desfallece y se acobarda, y hasta el intento de la propia defensa
parece una insensatez. Águeda recorrió en un solo instante la larga
lista de sus pesadumbres sin humano remedio, y se persuadió de que
aquel hombre que tenía delante no era otra cosa que un instrumento más
de que se valía la Providencia para probar el temple de su fe. Aceptóle
como tal, y ya no pensó en rebelarse, ni siquiera en defenderse. Mas no
por eso abandonó á su hermana en tan apurado trance.
--Supongo --dijo, cuando se halló fuerte y resignada en su misma
abnegación--, que no entrará en los cálculos de usted el que sus
propósitos se cumplan con riesgo de la vida de mi inocente hermana.
--¡Señorita! --exclamó don Sotero en el más santo y pío de los
asombros--. ¿Cómo pudo usted imaginarse que en mis creencias religiosas
cupiese tamaña inhumanidad!
--Entonces --dijo Águeda, con la voz debilitada por sus terribles
luchas interiores--, es indispensable que yo la acompañe... De este
modo --añadió con amarga sonrisa--, podrá usted vigilarnos á las dos á
un mismo tiempo, y tener más en reposo la conciencia.
--Nada habrá, señorita --repuso don Sotero, frotándose mucho las
manos--, á que yo me oponga, dentro de lo lícito y de lo justo, en
los benéficos propósitos que me guían. Acompañe usted en buen hora á
su hermana, que ambas caben dentro de la honrada pobreza de mi casa.
Y si he de decir toda la verdad, me alegro en gran manera de que tome
usted esa resolución, porque con ella tiene el hecho mejor disculpa á
los ojos de los murmuradores. Esta noche es la verbena de San Juan;
noche de ruido y de algazara. ¿Hay cosa más natural que ustedes, por lo
doloroso y reciente del luto que llevan en el alma, deseen trocar esta
vivienda, tan cercana al lugar de la fiesta, por la mía tan apartada y
silenciosa? Que no llega mañana en todo el día el señor don Plácido;
pues lo que digo de la velada, digo de la fiesta subsiguiente.
--¡Es asombroso --exclamó Águeda, mirando á don Sotero con sus ojos
tristes y penetrantes-- hasta qué extremo de previsión le conduce á
usted el amor que nos tiene!
Después se acercó á la puerta y llamó á Pilar. Mientras ésta llegaba,
se volvió al hombre negro y le preguntó:
--¿Cuándo ha de tener lugar nuestra marcha?
Á lo que respondió el preguntado:
--Si he de cumplir dignamente con los delicados deberes de mi cargo, no
puedo salir hoy de esta casa sin que ustedes me acompañen á la mía.
Águeda no replicó una palabra; pero elevó al cielo su hermosa mirada
llena de dolorosa resignación.
Entró Pilar; y tan pronto como se fijó en don Sotero, se escondió
detrás de su hermana. Ésta le miró entonces como si quisiera argüirle
con el miedo de la niña; pero el santo varón no alzaba los ojos del
suelo, ni daba muestras de fijarse en lo que le rodeaba. Luégo dijo así
á su hermanita:
--Hija mía, si nuestra buena madre volviera al mundo y te impusiera un
deber, ¿dejarías de cumplirle por penoso que fuera?
--¡Ay, no! --respondió al punto la niña, mirando de reojo á don Sotero
y arrimándose mucho á su hermana.
--Pues cuando nuestra madre iba á morir --prosiguió Águeda-- escribió
en un papel muchos consejos y mandatos para nosotras. Entre estos
mandatos hay uno que debemos cumplir tú y yo ahora mismo; porque, por
estar en aquel papel, que se llama testamento, es como si nuestra madre
hubiera vuelto al mundo para dictárnoslo de palabra.
--Y ¿qué nos manda hacer? --preguntó la inocente sin apartar sus ojos
azorados del temeroso personaje.
--Que obedezcamos á nuestro tío don Plácido, que es el encargado de
cuidar de nosotras; y, por lo visto, que vayamos tú y yo á esperar su
llegada al pueblo á casa de don Sotero, que también quedó encargado de
atendernos y vigilarnos.
--Pero ¿por qué mandó eso nuestra madre? --dijo la niña en un impetuoso
arranque, más hijo del miedo que de la resolución.
--Porque así nos convendrá --respondió Águeda besándola--. Ya sabes que
los mandatos de los padres, como los de Dios, han de ser obedecidos sin
replicar.
--¡Es que yo tengo mucho miedo, Águeda!... ¡Y estaba tan bien aquí
contigo!... ¿Y si tío Plácido tarda mucho?