complacido, y entienda que mía será también la complacencia. Para lo
demás, tenga presente que, fuera del alma, que es de Dios, todo cuanto
soy y me pertenece es del primero que lo necesita.
--Señor cura --continuó Fernando, para quien no pasó inadvertida la
elocuente sencillez de estas palabras--: mi aspecto y mi lenguaje le
dicen á usted harto claro que pertenezco al siglo, en cuanto éste tiene
de batallador y aventurero en el orden de las ideas.
--Adelante --dijo el cura con voz serena y faz impasible.
--No conocí á mi madre.
--¡Tremenda desdicha!
--Quiero decir que jamás arrullaron mis sueños de niño los tiernos
cánticos de la fe cristiana, ni mis labios balbucieron una oración, ni
los ángeles se cernieron sobre mi cuna.
--Pero cuando falta una madre --observó el cura-- que dirija los
primeros pasos de la vida de sus hijos, la sustituye el padre.
--El mío, señor cura --repuso Fernando--, lidiaba á la sazón bajo
la misma bandera á que yo me afilié más tarde. La sed de la ciencia
le devoraba, y en satisfacerla se entretenía. Cuidaron de mí manos
mercenarias, y me formaron al gusto de quien las pagaba.
--Naturalmente --dijo el cura con expresivo ademán--. ¿Y después?
--Después, como las cosas caen del lado á que se inclinan, cuando me
desprendí de los brazos que me sostuvieron, caí en el agitado mar de
las ideas reinantes, y me dejé llevar del impulso de sus ondas. Aquél
fué mi elemento: no conocía otro.
--¿Y luégo?
--Luégo me complacía en ver cómo aquellas ondas, al llegar á la
opuesta orilla, espumosas y rugientes, batían y socavaban el vetusto
continente, región extraña donde yo no tenía una voz que me llamara, ni
un brazo que se me tendiera. Cada roca desgajada del áspero valladar,
arrancaba á mi pecho un grito de triunfo.
--Es decir, en neto romance --añadió el cura--, que se echó usted al
mundo campando por sus respetos, y se entregó al frío racionalismo con
todas sus consecuencias.
--Precisamente, señor cura.
--Muy bien. ¿Y por último?
--Por último, llegó un día en que en ese camino, hasta entonces cómodo
y placentero, se atravesó un obstáculo; dédalo misterioso que sólo
podía salvarse con la luz de la fe. Yo no la tenía. Acudí con ansia
al depósito de mis recuerdos, y no hallé entre todos ellos una sola
chispa que, avivada con cariñosa solicitud, pudiera producir la luz
ambicionada. Entonces convertí todas mis fuerzas á un solo propósito,
y batí con ellas los muros de mi razón, esperando hallarla débil por
alguna parte; pero fué vano mi intento. Como acero de buen temple,
cuanto más la golpeaba, más se endurecía. Conocí mi debilidad para
llevar á cabo tamaña empresa, y desistí de ella. En esta situación de
desaliento acudo á usted, señor cura.
--¡Á mí! --exclamó éste con candorosa admiración--. Y ¿para qué?
--Para que me enseñe á luchar... y á vencer.
--Vamos, señor don... ¿Cómo es su gracia?
--Fernando.
--Señor don Fernando, usted se chancea.
--¡Juro á usted que no es ese mi propósito!
--¡Yo!... ¡un pobre cura de aldea; abrumado por el peso de los años
y de las fatigas del sacerdocio; ignorante, sin la menor experiencia
del mundo en que usted se ha formado!... ¡Hijo mío, si yo pudiera
infundirle la fe que me sobra por la virtud del buen deseo!... Porque
usted me lo asegura, creo que no son de broma sus intentos; pero
preciso es que reconozca que se engaña en lo que se refiere á mis
fuerzas. Además, no quiero ni debo ocultar á usted la extrañeza que me
causa verle acudir en su conflicto al humilde párroco de Valdecines,
cuando en el mundo en que vive deja tantos varones ilustres por su
ciencia y sus virtudes.
--Loable es la modestia, señor cura; pero, ó yo me engaño mucho, ó la
de usted es excesiva en este caso. De todas maneras, y respondiendo á
la observación que me hace, debo decir á usted que si en Valdecines
busco lo que tanto le admira, consiste en que cuando andaba en el
mundo no lo necesitaba.
--Debí suponerlo; y usted perdone mi indiscreción.
--No merece ese nombre su atinadísimo reparo. Y volviendo ahora al
asunto de sus fuerzas, sean éstas lo que fueren, ¿debo deducir de lo
que usted me ha dicho que se niega á auxiliarme con ellas?
--¡Eso no! --respondió el anciano sacerdote con gran entereza--. Pero
usted me ha indicado que viene á que yo le enseñe á luchar y á vencer;
y á tanto como eso no me atrevo á comprometerme.
--Pues dejemos limitado el auxilio á lo que usted quiera.
--Á lo que pueda hacer --rectificó el cura--; á poner cuanto tengo al
servicio de usted, que, en este caso, es el servicio de Dios, y, por
tanto, mi deber.
--Eso me basta por ahora --replicó Fernando.
Después de un instante de meditación, dijo el cura:
--¿Me permite usted, ante todo, imponer dos condiciones?
--Cuantas usted quiera --respondió el joven--. Vengo resuelto á todo.
--Mucho mejor entonces. Pues es la primera --añadió el cura, mirando
con escrutadora fijeza á Fernando-- que ha de responder usted á todas
mis preguntas con entera ingenuidad, sin que reparos ni escrúpulos de
escuela se lo estorben.
--Por entendido.
--La segunda condición es que, cuando llegue el caso, ha de someterse
usted ciegamente al plan de batalla que yo proponga.
--Eso se supone, señor cura.
--Pues, con la ayuda de Dios, doy comienzo á la tarea. Dos causas
pueden haber movido á usted á dar el paso que está dando: el deseo
de conocer la verdad, porque el alma, esclava de los errores de
la mente, se le imponga, ó la necesidad de creer porque á ello le
obligue algún fin mundano. En el primer caso, me atrevería, señor don
Fernando, á prometerle la victoria; porque tendríamos de nuestra parte
la conciencia y la voluntad de usted, y, lo que más vale, el enemigo
desalentado y atento sólo á defender sus falsas posiciones. En el
segundo caso, hijo mío, es imposible prever el éxito de la batalla. La
misma necesidad del triunfo le hará á usted desatentado y débil en el
ataque. El convencimiento es hijo de la serena reflexión, y ésta no
cabe en un cerebro perturbado y calenturiento. Ahora bien: del relato
que usted me ha hecho, deduzco que, desgraciadamente, estamos en el
segundo de los casos expuestos.
Fernando, no poco ni desagradablemente sorprendido con tan hábil modo
de plantear la cuestión, quiso responder con vaguedades y subterfugios.
--Me ha prometido usted --le interrumpió con entereza el cura-- ser
franco y sincero conmigo.
--Pues bien --repuso Fernando--: confieso que un fin mundano me movió
á buscar eso que se llama verdad, ó, como le dije al principio, la luz
de la fe que necesito para destruir el obstáculo puesto en mi camino.
Pero sea cual fuere la causa eficiente, el resultado es que, en este
momento, quiero, con toda la fuerza de mi voluntad, descubrir esa
verdad absoluta, para abrazarme á ella y acogerla en mi corazón.
--No niego el propósito; pero insisto en sospechar de la calidad del
deseo, y en desesperar de los resultados.
--¿Por qué, si mi decisión es heróica?
--Porque el enemigo está muy entero, y el alma de usted no siente el
peso de las cadenas que la ligan á la tierra, alejándola de Dios.
--¿Y por esa consideración, que no deja de ser fundada, he de renunciar
yo hasta al intento?
--¡Líbreme Dios de aconsejárselo á usted! Cualquiera que sea el
camino que se emprenda para llegar al conocimiento de la verdad, debe
seguirse. Cuanto mayor y más penosa la jornada, más meritoria. Lo que
he querido decir con estos reparos es que no seré yo, por mis pocas
fuerzas, el dichoso que le tome á usted de la mano y le conduzca con
firme paso al reino de Dios... ¡Pero dejar de intentarlo; dejar de
brindarle con el apoyo de mi brazo, aunque trémulo y endeble!... ¡No
cumpliera yo con el más sagrado de mis deberes, ni ofreciera á mi alma
la más pura y santa de las alegrías! ¡Hijo mío --prosiguió alzando las
enjutas manos y la venerable cabeza hacia el cielo--, la poca vida que
me resta diera en este instante porque á mi mente bajara un rayo de la
inspiración divina, para llevar el convencimiento á la razón esclava, y
el amor de Dios al corazón profanado!
Fernando contemplaba con vivísimo interés aquel sencillo y hermoso
modelo de humildad cristiana.
--Señor cura --le dijo con respetuosa afabilidad--, cuanto más duda
usted de sus fuerzas, más grandes me van pareciendo á mí. ¡Ánimo, y á
la pelea!
--Hijo mío, por mí no ha de quedar. Iremos á ella con toda decisión;
pero es preciso, puesto que he de dirigirla, que estudie antes el
terreno... Y aquí vuelvo á recordar á usted el compromiso empeñado de
decirme toda la verdad.
--No faltaré á él, señor cura.
--Cuando un médico --prosiguió éste-- es llamado á la cabecera de un
enfermo, lo primero que averigua es la calidad de la dolencia que le
postra. Conocida la calidad, busca la cantidad, á fin de que el remedio
produzca el resultado apetecido.
--Perfectamente --dijo Fernando sonriendo, muy satisfecho.
--Ahora bien --continuó el anciano--, me ha declarado usted la calidad
de la dolencia que le aflige: es necesario que yo conozca también su
cantidad; es decir, que me manifieste usted toda la extensión de sus
dudas en materia de fe.
--¡Dudas! --exclamó Fernando con acento sombrío--. Yo no tengo dudas.
--Pues entonces... --replicó el cura con vehemente curiosidad.
--¡Es que no creo en nada!
--¡Virgen María... qué desventura! --exclamó el santo anciano llevando
hasta la boca sus manos entrelazadas.
--¡Pues si yo dudara --prosiguió Fernando con nerviosa exaltación--;
si el conflicto en que me hallo consistiera en el más ó el menos de
fe; si entre el dogma católico y los principios de la ciencia impía,
como ustedes la llaman, vacilara siquiera mi razón, la batalla estaba
ganada! pero es, señor cura, que en mi mente no cabe... ¡ni la idea de
Dios!
--¡Oh!... ¡Calle usted, desventurado! --exclamó el santo hombre, en
ademán de tapar la boca á Fernando.
Éste se quedó mirándole con ceño duro. Conoció el cura el errado
concepto que el joven había formado de su exclamación, y dijo, después
de serenarse un poco:
--Hace cincuenta años que ejerzo la cura de almas: en todo ese tiempo
no he oído de labios humanos confesión tan espantosa; y en más de
setenta que cuento de vida, no me he atrevido á creer que haya un sér
dotado de razón que, cuando menos, no la utilice en conocer á quien se
la ha dado. Éste es el motivo de mi sorpresa. No tome usted por señal
de cambio de sentimientos mis ademanes y palabras. ¡Antes, hijo mío,
ha crecido con sus declaraciones la compasión que me inspira su estado
moral!
--Gracias, señor cura --dijo secamente Fernando, en quien se rebeló
el orgullo de secta al oir que se compadecía de él un pobre cura de
aldea. Pero considerando que, si había de dar algún fruto su tentativa,
necesitaba pasar por esa y otras _humillaciones_ semejantes, dominóse
y añadió--: ¿Quiere decir que no se arrepiente usted de sus propósitos
de acometer al enemigo, ni por haberle visto en la actitud en que acabo
de presentársele?
--¡De ninguna manera! --respondió el cura--. En ocasiones, y ésta es
una de ellas, á medida que crecen los peligros, aumenta el valor para
arrostrarlos. Lo que haré es cambiar de táctica, pues de nada serviría
la que pensaba adoptar.
--Es muy justo.
--No quiero que olvide usted, señor don Fernando, que soy un pobre
cura de aldea, acostumbrado á luchar con tibios y descuidados, pero
jamás con incrédulos; que mis ataques han sido al sentimiento más bien
que á la razón, y, en fin, que en el campo que el Señor ha puesto
á mi cuidado, más que roturador he sido jardinero. Hoy me presenta
usted un terreno bravío y escabroso, y se trata de ponerle en buenas
condiciones de cultivo. Hay que cortar las malezas; extirpar una á
una sus raíces; remover el suelo hasta lo más profundo; pasarle, como
quien dice, por un tamiz para que en él no quede ni un germen de
sus impurezas; darle después condiciones vegetales, y, por último,
depositar en él buena semilla... La obra no es imposible, ciertamente;
pero sí larga y difícil. Yo, señor don Fernando, no puedo argüir á
usted con textos, porque empezaría usted por negar su autoridad, y
en ello sería muy lógico con su criterio especial; no fío gran cosa
en las manifestaciones palpables del poder de Dios, porque delante
de los ojos las ha tenido toda su vida, y no las ha visto; es usted,
creyéndose libre, porque niega lo sobrenatural, esclavo de su razón,
que es limitada y le engaña: ésta es la venda que le oculta la
verdadera luz; arrancarla de sus ojos es la obra de mayor necesidad.
Pero usted es hombre formado en las luchas de la razón, avezado á la
controversia y á la disputa de las academias y del periódico; posee,
cuando menos, el arte de pelear, el método, que, si no conduce por sí
solo á la verdad que se busca, alienta á la mentira y le da fuerza y
empuje, especialmente contra adversarios tan débiles é inexpertos como
yo. No puedo, en una palabra, derribar con mis golpes el castillo de
sus errores; necesito socavarle poco á poco, hasta que, falto de base,
se derrumbe él por sí solo. Pero esto exige un plan, y el plan una
detenida meditación. ¿Me permite usted, como adversario leal, que me
retire á mi tienda á meditar sobre el trance y preparar mis armas?
Fernando, á quien devoraba la impaciencia, se avenía mal con plazos y
dilaciones.
--Y ¿ha de ser larga esa tregua? --preguntó.
--Hasta mañana á estas horas, por lo menos.
Fernando hizo un gesto de inquietud.
--¿Ve usted cómo sucede lo que yo temía? --dijo el cura--. Lo primero
que usted tiene que vencer es la impaciencia. Dominado por ella, no
hay términos hábiles de reflexionar; y no reflexionando, no se hace
obra bien concertada. Mañana, si usted quiere y se resigna, le indicaré
alguna senda por donde comenzar... entiéndalo usted bien, por donde
comenzar á caminar en busca del bien que desea. Una vez en marcha, yo
cuidaré de desembarazarle de estorbos el camino, si usted no se cansa ó
no se arrepiente, y no se empeña en retroceder. La empresa, hijo mío,
para usted es noble, y para mí... para mí, si la llevo á cabo, la mejor
corona de mis canas y el más glorioso remate de esta carrera, cuyo fin
tocan ya mis cansados pies. ¡Bien vale la pena de que nos tomemos el
tiempo necesario, siquiera para que yo le pida á Dios que me auxilie
con su ayuda para llevar á buen término esta obra que ha de ser para
gloria suya y eterna salvación de usted!
Fernando, dispuesto á marcharse, se levantó.
--Hasta mañana, señor cura --dijo.
--Hasta mañana, hijo mío --repitió el cura levantándose también. Luégo
añadió:
--Cuento con usted.
--Empeño mi palabra de hacer todo lo posible por no faltar.
--Adiós, pues; y que la gracia divina le ayude y le acompañe.
Salió Fernando á la calle, no pesaroso de la entrevista; pero con pocas
esperanzas en los convenidos planes, y el corazón lacerado por la
inclemencia de Águeda.
Tenía razón el cura de Valdecines: mientras el peso de los errores no
abrume al alma, empresa es de titanes desprenderse de ellos.
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
LO QUE LLEGÓ Á DECIRSE
Poco después que Fernando, salió de la misma casa el ama del
cura, viejecita muy limpia, muy fiel y muy cariñosa; pero fisgona
incorregible y charlatana impenitente. Deslizóse á lo largo de
las tapias; y muy arrimadita á ellas, encorvado el espinazo y muy
diligentes los pies, en un credo llegó á la guarida de don Sotero; alzó
la aldabilla de la puerta, y entró.
Ya sabía el negro personaje que Fernando había estado en casa de
Águeda, y, lo que más en alarma le ponía, que había salido por la
puerta del jardín; hecho inusitado y por todo extremo ocasionado á
gravísimas conjeturas. Pero no sabía más, porque con saber eso solo se
conformó el soplón que se lo dijo.
Traíale el caso con grandes escozores en el espíritu; pero aún le
producía mayor desasosiego otro particular de este mismo asunto. Dos
días llevaba el hombre cavila que te cavila, midiendo horas, pesando
inconvenientes y saboreando propósitos y resultados; y como nunca
lograba armonizar por entero los múltiples registros de sus proyectos,
sudaba la gota gorda, ¡y eso que era pez de buenas agallas!
Paseábase en el largo y desamparado salón que conocemos, con las manos
enlazadas sobre los riñones, carraspeando á veces, bufando muy á
menudo, y siempre con la faz cargada de centellas, mientras Bastián,
derribado sobre una silla vieja arrimada á la pared, con las zancas
extendidas cuanto eran de largas, las manos en los bolsillos del
pantalón, la nuca contra el respaldo, la bocaza abierta y la vista
vagando por el techo, lamentábase en silencio de la reclusión en que se
le tenía desde la noche de los palos; rascábase las ronchas de cuando
en cuando, y no olvidaba un punto á Tasia ni se le apartaba de la
memoria Macabeo, causas primordiales de aquel nocturno siniestro y de
la creciente intranquilidad de su espíritu desde entonces.
Como en la sala reinaba el más completo silencio, porque al acompasado
ruido que producía el ir y venir de don Sotero estaba ya tan hecho que
no le oía, sus meditaciones llegaban á presentarle las cosas como se
ven en una pesadilla: reales y verdaderas. Así es que en ocasiones,
cuando soñaba con los palos, se quejaba recio, y al meditar sobre el
motivo, balbucía frases enteras. En uno de estos lances mordióle más
fuerte que de costumbre el gusanillo de los celos, y pensando si sería
fábula inventada por Tasia lo del viaje de su rival, exclamó con toda
su voz:
--Pero ¿por qué ella no quiso decirme adónde iba Macabeo aquella tarde?
¡Dios!
Detúvose repentinamente don Sotero al oir esta exclamación de su
sobrino, y le preguntó, mirándole con terrible ceño:
--¿De qué viaje estás hablando, animal?
Desperezóse Bastián sobresaltado, como si realmente saliera de un sueño
por la virtud de un garrotazo como los de marras, y respondió á su tío:
--Del de Macabeo.
--¡Un viaje de Macabeo!... ¿Cuándo le hizo?
--Aquella tarde de los trancazos.
--¿Adónde?
--Eso preguntaba yo á la que lo sabía, cuando usted me solfeó las
costillas.
--Pero ¿hacia dónde tiró Macabeo? ¿No sabes ni siquiera eso?
--Sí, señor: valle afuera.
--¿Quién te lo dijo?
--Yo le ví.
--Pedazo de bestia... ¡y te acuerdas ahora de decírmelo!... ¿Por qué
no me lo has dicho antes, animal?
--¡Otra!... ¡Dios! Y á usted ¿qué le importaba que Macabeo entrara ó
saliera?
--¿No te tengo dicho que me des cuenta de todo cuanto veas y oigas en
el pueblo, estúpido?
--¡Buena memoria me dejó usted aquella noche con la zurribanda que me
sacudió, para que yo me acordara otro día de ese encargo! ¡Dios!
Don Sotero ya no oía á Bastián. Volvió á pasearse; pero con febril
agitación.
--Fué el mismo día en que yo hablé con ella --murmuraba, sin dejar
de moverse como un poseído--. Entraría en sospechas... habrá querido
cerciorarse... Necesariamente había de suceder algo de esto... Hay
cosas que no tienen compostura... Lo imperdonable ha estado en mis
vacilaciones... ¡Ira de Dios!... Pero todavía no es tarde... Van tres
días hasta hoy... Aun suponiendo que todo le salga á pedir de boca... y
ellos vengan á buen andar y sin tropiezo, quedan dos días... ¡y en dos
días sobran horas para mis planes!... Lo que no cabe en ese tiempo es
una vacilación... La salida no la veo aún tan clara como yo quisiera;
pero lo demás es de éxito seguro... y, sobre todo, no hay otro recurso
á mano, ni tiempo para buscarle... y ¡qué demonio! la fortuna, ó
Lucifer, que me ha sacado de otros lances de mayor apuro, no ha de
faltarme en éste.
Detúvose otra vez, y comenzó á pasear su mirada fulminante por toda la
sala; acercóse á su alcoba y la recorrió también con la vista. Luégo se
volvió hacia Bastián, y le dijo haciéndole estremecer con el horrible
sonido de su voz:
--Inmediatamente, ¡en el aire! vas á hacer un encargo que yo te dé. ¡Ay
de tí si tardas un instante más de lo necesario, ó hablas una palabra,
fuera de las precisas!
En esto apareció en la sala, jadeando, el ama del cura.
--¡Grandes noticias, señor don Sotero! --dijo al entrar, con voz
temblona y desentonada.
--¡Como traídas por usted! --respondió el hombre negro, á quien hizo un
efecto endemoniado aquella visita intempestiva.
--¡Noticias para que con ellas se rechupe las uñas un hombre como
usted, que tanto se interesa por la gloria de Dios y el bien de las
almas!
--¡Vaya usted con doscientos mil demonios! --dijo con desdeñoso y
áspero ademán don Sotero, incomodado con lo que juzgaba impertinencias
de la buena mujer.
--¿Sí? --repuso ésta muy segura de su triunfo--. Pues escuche usted el
cuento... y escúchale tú también, Bastián; que es de los que merecen
andar en letras de molde.
Acomodóse, porque estaba muy fatigada, en la silla que había desocupado
Bastián; metió las dos manos, palma con palma, entre las rodillas; echó
el enjuto tronco hacia adelante, y dijo, alargando la jeta rugosa y
siguiendo con la vista á don Sotero en sus vueltas de zorro enjaulado:
--¡Sépase usted que acaba de estar en nuestra casa el hijo de _Pateta_
el herejote!
Oirlo don Sotero y dar una vuelta en redondo hasta quedarse mirando á
la viejecilla, fué obra de un solo momento.
--¿Á ver, á ver? --díjola, clavando en ella sus pupilas de fuego, y
hasta parecía que también los dientes.
Sonrióse la noticiera, y añadió, gozándose en el éxito de su noticia:
--¡Cuando yo decía que el caso tenía que oir!...
--¡Cuando digo que no se la puede aguantar á usted por habladora y
destripa-cuentos! --concluyó don Sotero carcomido por su impaciencia--.
¿Quiere usted decirme, sin rodeos ni pespuntes, á qué iba á casa del
señor cura ese mequetrefe?
--Eso mismo me pregunté yo cuando le ví entrar... porque desde que
usted me lo enseñó una vez, por lo que pudiera ocurrir, le conozco
como si le hubiera parido: ¿á qué viene aquí ese niquitrefe?... Y
fuíme arrimando, arrimando á la puerta de la sala, según que él se iba
metiendo poco á poco en la alcoba del señor cura... Ya usted sabe que
de este modo escucho yo en la casa hasta los pensamientos de los que
entran en ella para hablar con aquel santo varón. Pero, hijo de Dios,
cátate que, á lo mejor del saludo y otras cortesías, sale el señor cura
y cierra las dos puertas. ¿Qué hago yo entonces? Abro la de la sala,
como si fuera de algodones; y sin que ni las moscas me sientan, arrimo
la oreja derecha á la cerradura, porque de la izquierda ando un poco
torpe, como usted debe saber por otros relatos míos...
--¡Si fuera usted sutil de entendimiento como es charlatana
insoportable!... ¿Qué mil demonios es lo que usted oyó escuchando por
la cerradura con la oreja derecha?
--Pues oí... ¡bendito y alabado sea el Señor de cielos y tierra, por
todos los siglos de los siglos!... Oí que _Patetuca_, vamos al decir,
el hijo de _Pateta_ el judío, el herejote... pide iglesia, señor don
Sotero... ¡pide iglesia!
--¿Cómo que pide iglesia, alma de Dios?
--¡Que quiere convertirse... aprender la doctrina y cuanto el señor
cura crea conveniente enseñarle para su salvación!
--Vamos... usted no está hoy en sus cabales.
--Es tan cierto como la luz que nos alumbra; y no vea yo la de la
mañana si miento en una tilde... Palabra por palabra podría repetir
aquí todas las que se cruzaron en la conversación. ¡Pues poco asombro
recibió el señor cura al oir la explicativa al mozalbete!... ¡El Señor
me valga, qué garrido es y qué caballero! Bien dije yo siempre, que
estampa tan maja no podía ser bocado del demonio. ¡Alabada sea por
sinfinito la misericordia divina!
Don Sotero comenzó á revolverse de nuevo en la sala, y á lanzar el
bufido que temblaban las paredes.
--Y ¿en qué paró la entrevista? --preguntó iracundo á la vieja,
rascándose la cabeza á dos manos, sin dejar de pasearse.
--Pues paró, señor don Sotero... yo no sé en qué, porque cuando oí que
la cosa iba muy seria y que estaban de acuerdo los dos en punto á hacer
entrambos los posibles al auto de la conversión, retiréme sin esperar
á la despedida, temiendo que me cogieran en el garlito... Y ¿qué me
quedaba que oir ya, bendito sea Dios, después de lo que oí?... ¡Siglos,
señor don Sotero, siglos se me hacían los minutos que pasaban hasta
venir á dar á usted un alegrón como éste!
--¡Pues entienda usted --dijo don Sotero hecho una pólvora-- que le
recibo como un dolor de tripas!
--¡Ya me estaba á mí dando en qué pensar --replicó el ama del cura--
la poca satisfacción que le salía á usted á los ojos, según yo iba
haciendo el relato! Y ¿en qué puede consistir, señor don Sotero, que
cosa tan en servicio de Dios no le regocije á usted el alma?