Tampoco le faltaban pruebas de que ni en los aplausos ni en las

coronas entraba pasión de bando, ni cosa que lo pareciera. Un cura sin

licencias ni sotana, pero con manceba, gran frecuentador de los centros

en que nuestro joven peroraba, defensor impertérrito del cristianismo

sin «alto clero,» ni Papa; un aristócrata tramposo, divorciado de su

mujer y podrido por los vicios, pero sostenedor incansable de las

«prerrogativas del Altar y del Trono;» algunos _jóvenes ilustrados_,

que en pago de la honra que él les otorgaba saludándolos en público y

dejándolos acercarse á oirle cuando oficiaba de pontifical, le referían

las comedias que se veían precisados á representar, en bien de la paz

doméstica, ya comprando por un vaso de aguardiente al sacristán de la

parroquia la cédula de comunión en Semana Santa, ya asomándose cada

domingo á la puerta de la iglesia para poder decir al fanático papá de

qué color era la casulla del cura, en testimonio de que habían oído

misa; porque los pobres chicos tenían la desgracia de pertenecer á

familias estúpidas que se confesaban de cuando en cuando y oían misa

todos los días de precepto; dos distinguidas marquesas, protectoras de

quince cofradías, rezadoras infatigables, caritativas á voces; pero

que lo mismo pedían para los gastos de una novena, que para regalar

un estoque cincelado al torero de moda, y con igual empuje hendían la

masa de fieles para oir de cerca en el templo á un orador de fama,

que el tropel de locos ó borrachos en un baile de máscaras, para

dar un bromazo á _Pepe Canija_ ó á _Ñico Pulgares_, calaveras de la

aristocracia, muy dados al merodeo llano; un «honrado obrero» que tuvo

la dignidad de separarse de la «Iglesia romana,» porque el cura de su

parroquia no le admitió por padrino en un bautizo, por el único delito

de haber declarado el disidente que tenía á mucha honra no saber jota

de la doctrina cristiana, y estar á la sazón «un poco bebido;» tres

seminaristas resellados de demagogos; una dama virtuosísima que se

veía en la dura necesidad de no volver al confesonario desde que una

vez la negaron la absolución... y un sinnúmero de ejemplares por el

estilo, á cual más católico, unos con elogios, otros con declaraciones,

y todos con su conducta, demostraron á Fernando que el fustigador de

la vieja fe estaba en lo firme, y que los aplausos y los laureles

consabidos eran fiel expresión de la justicia; la voz del mundo entero

que protestaba contra la tiranía de esa _secta_, escándalo de la

civilización y oprobio de la humanidad.

Todo esto estaba bien; pero ¿en qué se parecía á Águeda ni á lo que

Águeda decía, ni al modo de conducirse de Águeda, ni á lo que en casa

de Águeda pasaba? ¿Qué datos eran los que él poseía para buscar el

primer eslabón de esa cadena infinita de testimonios, entre un cúmulo

de siglos y generaciones, enlazando, en sus múltiples rumbos, mártires

y profetas, pueblos y civilizaciones, ciencias y poesía, artes é

historia, y cuyo otro extremo, término y origen á la vez, se elevaba

hasta la mente sublime de Dios? ¿Qué libros, si es que existían dignos

de crédito, trataban de esas cosas, y dónde se hallaban?

Y nada sacaba en limpio de estas cavilaciones; y no sacándolo, ni su

incipiente escepticismo filosófico, ni el recuerdo del muy viejo de su

padre, ni sus propias impresiones adquiridas delante de la causa de sus

desvelos, eran parte á evitar que el orgullo sectario se le rebelase

y le indujese á creer que la culpa de la obscuridad no estaba en su

ceguera, sino en Águeda, que, á pesar de su talento, creía en brujas

todavía.

Con lo cual, si su razón ganaba un punto, perdían la partida sus

deseos. ¡Y vuelta á empezar, y vuelta á no salir del atolladero!

Una idea le asaltó de pronto la mente. La acogió con afán, y se

lanzó como un cohete al cuarto de estudio de su padre. Se acercó á

la librería, como el sediento á la fuente; clavó los ojos anhelantes

en aquellas apretadas filas de volúmenes de todos tamaños y colores,

y fué leyendo, uno á uno, todos los rótulos de sus tejuelos. ¡Nada

faltaba allí! Á los tratados heréticos de Arnaldo de Vilanova y Miguel

Servet, médicos entrambos, seguían los materialistas del siglo pasado,

Dupuis, Holbach, La Mettrie y Cabanis, y á éstos y á otros tales, los

positivistas contemporáneos, Comte, Littré, Stuart Mill, Bain, Herbert

Spencer y algunos más _ejusdem fúrfuris_; y en lugar preferente y más

al alcance de la mano, ostentábanse la _Antropogenia_, de Haeckel; la

_Historia del desarrollo intelectual_ y los _Conflictos_, de Draper;

_Fuerza y materia_, de Büchner; _Pensamientos sobre la muerte_, de

Feuerbach, y _La Razón pura_, de Kant, con otras _razones_ no menos al

caso, de otros tales filósofos críticos.

¡Hermoso acopio de viento para las llamas que estaban devorando al

pobre chico! ¡Ni por curiosidad había allí un libro medio ortodoxo!

Maldijo la ocurrencia de su padre, y renegó de las herejías de toda su

casta.

--¡Eso --dijo, pensando en lo grave de su empeño-- es tan imposible

como hacer una raya en el agua!

Y como, al revés de lo que dice el proverbio, por Roma iba á todas

partes, fuése con el pensamiento á Valdecines, de donde rara vez

le separaba, y con el cuerpo insensible y perezoso al retiro de su

habitación.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVII

MAR SIN RIBERAS

Amaneció el día encapotado y brumoso. Las nubes acumuladas sobre los

más altos picos, descendían lentamente, como si las montañas tiraran de

ellas para cubrirse los pies; y así fueron arrebujándose poco á poco

en la densa envoltura, hasta desaparecer por completo debajo de ella.

Luégo comenzó á caer sobre el valle una llovizna tenue y sosegada, como

espeso rocío. Recibiéronla los prados, sedientos con el calor de la

víspera, con la fruición voluptuosa del chino que fuma su pipa cargada

de opio; hasta que, saturados de ella, como verdaderos borrachos

inclinaron la cabeza soñolientos, y fueron acostándose las verbenas

sobre el llantén, el trébol sobre las verbenas, y las centauras sobre

el trébol. Una hora después apareció, sin saberse por dónde, un

remusguillo juguetón que la emprendió con las nieblas del valle; y

soplando aquí y allá, hízolas refugiarse en la montaña; abrió por las

cimas más altas algunas rendijas en las densas veladuras; introdujo

por ellas sus rayos el sol; y, á su contacto, los dispersos jirones

blanquecinos reuniéronse en fantásticas moles, y fueron rodando monte

arriba, sobre brañas y barrancos, hasta desvanecerse detrás de las

cordilleras en el azul intenso del espacio. Entonces aparecieron los

campos como desperezándose bajo un pesado velo de perlas y diamantes;

y á medida que el sol iba bebiéndole, levantaban las flores la cabeza

y abrían el rico broche de sus perfumes, que el blando terral esparcía

por todos los ámbitos del valle, en cuyas arboledas entonaban sus

mejores cánticos los ruiseñores y los jilgueros, y brillaban aún las

trémulas cristalinas gotas de la pasada llovizna.

En tal hora dejó Fernando los blandos colchones de su lecho, y se

vistió con la pulcritud que en él era una necesidad, si bien con la

holgura propia del lugar en que se encontraba. Desayunóse apenas,

y salió al campo á disipar la lobreguez de sus pensamientos con la

fragancia y el esplendor de un día tan hermoso.

Ya sabemos que para él no había más que un camino en aquella porción

del mundo: el camino de Valdecines. Ese camino tomó, no con ánimo de

llegar al pueblo, sino porque sentía la necesidad de moverse y de

respirar aire libre y oxígeno puro.

Desde la altura del parque de su casa, le pareció que estaría á sus

anchas en las sombrías arboledas de la embocadura de la hoz. Abrió la

sombrilla, porque el sol calentaba ya, y enderezó lentamente sus pasos

hacia aquel sitio. Cuando llegó á él, se encontró demasiado á solas con

sus negras cavilaciones. Las tintas de su melancolía tomaban allí unos

matices que rayaban en desconsuelo. Luz y calor le pedía el alma, presa

en la negra cárcel de sus dolores. Pero no se le ocurrió volver atrás

para buscarlo, sino meterse en la hoz y llegar por ella á la sierra

del otro lado, donde los horizontes se ensanchaban y la naturaleza se

sonreía.

Durante su tránsito por aquella enorme rendija de la tierra, ¡qué

pensamientos tan extraños le asaltaron! ¡Qué ideas le conmovieron!

¡Qué fuerzas tan misteriosas é incontrastables dirigían sus pasos y

dominaban su voluntad! ¡Cuántas veces, sin darse clara cuenta de ello,

se detuvo al borde del precipicio! ¡Con qué avidez contemplaban sus

ojos el fondo donde el río era más negro y las peñas del cauce más

ásperas y sombrías! En el rumor de aquellas aguas, enroscándose, como

rabiosas serpientes fugitivas, á los obstáculos que hallaban en su

tortuoso camino, oía él gritos y lamentos, súplicas, protestas de

amor, repulsas inexorables... y hasta sentencias de muerte; y siempre

era su voz la que se lamentaba, y la de Águeda la que le repelía.

La vista sufría allí también fascinación, como el oído. Un tronco seco

y desnudo, tendido junto al cauce del río, parecíale la palpable y fiel

representación de una idea que ya germinaba en su agitada mente. Cuerpo

sin vida, quizá fué desgajado de lo alto por la furia del huracán;

y antes fué verde y lozano, y se meció al blando soplo de las auras

de abril. Cuando la tempestad le eligió por víctima, gemirían sus

ramas azotadas por el viento, y crujirían sus raíces al desprenderse

de la tierra; pero cayó, al fin, y rodó hasta el fondo, que era su

sepulcro, su paz y su descanso. ¡Tras los furores de la naturaleza

y las tempestades del corazón, la muerte siempre! Y la muerte veía

hasta en las piedras medio ocultas entre juncos y ortigales, porque le

remedaban osamentas descarnadas por los cuervos y emblanquecidas por

la intemperie. Después medía con los ojos la altura desde el río á la

angosta cornisa en que asentaba los pies. ¡Ni un solo obstáculo en todo

el horrible camino!...

¿Por qué le dominaban tan extrañas preocupaciones? ¿Por qué hallaba

deleite en entregarse á ellas?

De pronto se estremeció con espanto, y apartó sus ojos del precipicio.

Después huyó, casi á la carrera, de aquel lugar que le fascinaba y le

atraía. Cuando llegó á la sierra, se encontró fatigado y jadeante; no

por lo largo de la jornada, que era una parte de su ordinario paseo,

sino por lo rudo de la batalla que había sostenido con sus pensamientos.

Éstos, sin dejar de ser tristes, fueron más apacibles y sosegados en

cuanto su vista se extendió por el hermoso panorama que se descubría

desde aquel paraje.

Bañaban los rayos del sol en torrentes de luz los montes y la

llanura; y al soplo continuo y halagüeño de una brisa refrigerante

y embalsamada, undulaban las praderas del valle y se mecían entre

cambiantes peregrinos, como las aguas de un lago. El pueblo, con sus

casitas dispersas, pero orientadas todas ellas al mediodía, abría sus

puertas y ventanas, y hasta por huecos y rendijas parecían sonreirse y

aspirar la vida y el regocijo que pródiga derramaba en aquel instante

la naturaleza. Allí se alzaba, descollando sobre las demás, la casa

de los Rubárcenas, y en ella clavaba su vista Fernando, y en ella

tenía sus pensamientos, porque allí estaba el norte del imán de sus

aspiraciones. ¿Qué enamorado no taladra los muros más espesos con los

ojos del corazón, y no oye á largas distancias los rumores más leves

cuando piensa en la mujer amada!

En Fernando se producía este fenómeno como en ningún otro enamorado,

por la misma singularidad de sus contrariedades. Creía ver el esbelto

talle de Águeda discurrir por salas y pasillos, y su blanca y delicada

mano en cada puerta que se movía; llegaba claro á sus oídos el rumor

del breve pie al hollar el limpio y bruñido suelo; y cuando consideraba

que podía estar contemplando el camino de la sierra detrás de las

vidrieras entreabiertas, veía sus ojos azules y rasgados, y jurara

que de ellos, y no del sol, nacía la luz esplendorosa que inundaba el

pueblo y el valle y las montañas. ¡Y aquella mujer le amaba, y por

él padecía dolores sin consuelo... y, sin embargo, le cerraba las

puertas de su casa!... ¡á él, que la adoraba y que sólo vivía por ella

y para ella! ¿Y por qué este terrible contrasentido; por qué! Jamás

le parecieron tan pequeñas las causas de su desdicha... Hasta llegó á

creer que Águeda había ido en sus rigores más allá de sus propósitos,

ó trataba de someterle á una prueba decisiva. ¡Si la casualidad

volviera á reunirlos!... ¿Cómo era posible que mujer tan buena y tan

enamorada le condenara á horrible muerte por el delito de adorarla!

¡Si llegara á hablar otra vez con ella!... Pero ¿en dónde y cuándo?

Le había prohibido volver á su casa, y él no se expondría á sufrir una

nueva puñalada con otra nueva negativa. La insinuación debía partir de

ella... y partiría. ¿Cómo dudarlo!

Así pensaba Fernando, mientras lentamente iba bajando á Valdecines...

por supuesto, con la protesta de que lo hacía por alargar un poco más

el paseo que tanto necesitaba.

Y ya en el pueblo, hallóse, sin saber cómo ni por qué, delante de la

portalada de los Rubárcenas. Estaba abierta. ¿Por qué estaba así?

Lo que él creía curiosidad le acercó todavía más á ella; y algo que

no tenía forma ni color, pero sí mucha fuerza, le hizo entrar en la

corralada.

La última entrevista que con Fernando tuvo Águeda, causó en el alma y

en el cuerpo de ésta profundísimos estragos. Hasta entonces no había

perdido la esperanza de que aquél llegara á colocarse en la única

senda en que podrían encontrarse los dos. Cuando el deber la obligó á

cerrarle por última vez las puertas de su casa, y se vió abandonada

de aquel débil amparo, tuvo miedo de su propio valor. Los quehaceres

domésticos, las obras de caridad, el recuerdo de su madre, su fe

inquebrantable, la oración fervorosa... todo era poco para fortalecerla

y alentarla en la tremenda lucha en que la empeñaba la rigidez de su

conciencia. Hasta entonces no había logrado medir la intensidad del

amor que sentía por aquel mancebo con quien la naturaleza había sido

tan pródiga en dones, y á quien el cielo mismo no había querido negar

una de sus más ricas dádivas: el talento. Águeda, aunque mujer fuerte,

era al cabo tierra miserable que se conmovía al calor de una pasión

humana. ¡Qué días y qué noches! ¡Qué batallas entre su corazón y su

conciencia! Saliéronle al rostro las huellas de estos combates, y

publicaron los cárdenos cercos de sus ojos las negras tempestades de su

alma.

Pisando andaría Fernando las primeras callejas de Valdecines, cuando

Águeda, no pudiendo con el peso de sus angustias aquel día, dió por

terminada la lección de su hermana; y mientras ésta corría á solazarse

entre la fragante espesura del jardín, ella acudió en vano al auxilio

de otros cuidados para luchar contra el enemigo que la asaltaba con

furia desconocida. Representábase á Fernando poseído de una exaltación

febril, buscando á tientas y al borde de un precipicio los fantasmas de

su locura sin consuelo.

--«¿Adónde --pensaba la infeliz--, adónde le conducirá la

desesperación, si su buen sentido no la vence? Le falta la fe, que es

la fortaleza. ¡Y yo que le atribulo, le dejo solo y abandonado! Si el

dolor le mata, yo seré la causa de su muerte... ¡yo que le amo y acepté

su amor como un don del cielo!... Pero su falta es enorme, y Dios no me

perdonaría si viéndole aún esclavo de ella, alentara sus esperanzas...

¡Por qué nos conocimos!... ¡Por qué nos amamos!... ¿Decretaríalo Dios

para someter mi fe á esta prueba espantosa? ¡Oh, sí!... ¡veo el cáliz

lleno de amargura junto á mis labios; y el deber me exige apurar hasta

la última gota!»

Entonces la carne, la pícara carne, el corazón, golpeaba sin descanso

en su pecho, y la decía á gritos:

--«¡Levántate, Águeda, y aparta de tus labios esas hieles, que Dios

no quiere imposibles! Llámale á tu lado, aliéntale, fortalécele,

perdónale, que también la caridad es virtud de los cielos. Si nieblas y

tempestades le arrojaron en el escollo en que ahora se agita y perece,

la luz de tu fe, iluminándole, le conducirá á puerto seguro. Su vida es

tu vida... ¡No le pongas en riesgo de perderla!»

Después se alzaba la losa de un sepulcro, y del fondo de él, entre los

pliegues de un sudario, aún no roído por los gusanos, le decía una voz

que la hacía estremecer:

--«¡Acuérdate, Águeda, de que por impío le arrojé yo de casa! Si impío

vuelves á admitirle en ella, la maldición de tu madre pesará sobre tí

por todos los días de tu vida, y no te abandonará ni á las puertas de

la eternidad.»

La voz de la fe tampoco callaba.

--«No es lícito --decía-- trato alguno de esa especie con gentes

contaminadas del error; pero es obra de caridad, y hasta deber

cristiano, poner los medios para conducir al redil la descarriada

oveja. ¿Puedes hacerlo tú sin graves riesgos para tu alma? ¿Estás

segura de triunfar en la empresa? Si se malogra, ¿serás capaz de

retroceder en ella sin extraviarte tú misma, ó sin dejar en las espinas

del camino jirones del cendal de tu buena fama?»

Y Águeda, como en respuesta á todas estas voces y mandatos, sólo sabía

exclamar, atribulada y desfallecida:

--«Sí, sí... os siento, os oigo... ¡pero le amo, le adoro con todo mi

corazón! ¡Dios mío! ¡que no vuelva, que no me hable, porque si le veo

y le escucho, me faltará valor para arrojarle otra vez de mi lado!

¡Señor... tengo fe; pero en este trance amarguísimo, vacilo en la senda

de mis deberes, porque soy mujer y tengo amor!... ¡Fuerzas, Dios mío,

fuerzas te pido para no caer!»

En este instante anunciaron á Águeda la llegada de Fernando, y su deseo

de hablar con ella.

--¡Jesús! --clamó la desdichada--. ¡Si esto no es ordenado por el

cielo, yo no sé qué es la evidencia! ¿Cabe prueba más terrible? ¿Habrá

suplicio más espantoso?

Quiso responder al recado, y no halló movimiento en su lengua, ni

voz en su garganta. Padeció, luchando un solo momento, más que había

padecido en tantos días de incesantes batallas. El corazón le puso

un _sí_ entre los labios; pero al primer grito de su conciencia, le

devoró con vergüenza de su debilidad; acogióse al recuerdo de su madre

y á las advertencias de su fe, y con un esfuerzo sobrehumano, y entre

los gritos de su amor despedazado, negóse resueltamente al deseo del

infeliz amante. Pero en aquellas pocas palabras creyó haber dictado una

sentencia de muerte.

Aún esperó algunos instantes, inmóvil y anhelosa, porque cabía en lo

posible que Fernando replicara que venía convertido, ó siquiera en

camino de estarlo; pero el recado no llegó. Ni ¡cómo llegar! ¡Cómo

obrarse en tan pocas horas tan grande transformación! Comprendiólo así;

y consternada y trémula de dolor y de espanto, se halló sin fuerzas

para tenerse de pie.

Si con sus palabras creyó haber dictado una sentencia de muerte,

no en otro sentido las recibió Fernando de la persona que se las

transmitió. Un frío glacial recorrió todo su cuerpo, y llegó á creer el

desventurado que el luminar del día se había cubierto con una nube de

sangre y de negros crespones. Retrocedió desalentado y desfallecido, y,

en su aturdimiento, extravióse en el camino; y cuando creyó salir al

encachado portal, encontróse en el jardín del otro lado. Pilar corría

allí detrás de las mariposas, sin dejar por eso de leer de cuando en

cuando en un librejo que tenía en la mano.

Detúvose sobresaltada cuando vió á Fernando, y éste la dijo, después de

besarla y de acariciar sus rizos suaves y desordenados:

--Me extravié en el corredor. ¿Quieres abrirme la puerta del jardín?

--¿Viene usted de arriba? --le preguntó la niña escondiendo el libro

con una mano, y separando con la otra una madeja de rizos que le caía

sobre los ojos--. ¿Á que estaba llorando Águeda?... ¡Es más llorona!...

Sonrióse tristemente Fernando, y preguntó á Pilar:

--Y ¿por qué llora tanto?

--Eso no me lo dice á mí... Y cuando no llora, está muy triste... Yo

creo que es porque se murió mamá y nos quedamos las dos solitas en el

mundo.

Como al decir esto se enterneciera la niña, Fernando volvió á besarla

en la frente, y la preguntó, por distraerla y por distraerse:

--¿Qué libro es ese que leías?

--El de confesión.

--¿Luego ya te confiesas?

--Dos veces cada año desde que cumplí siete. Y como me toca hacerlo

mañana... También comulgo ya, no crea usted.

--¡Hola!... ¡Grandes pecados tendrás!

--Muy grandes, muy grandes, no, señor; pero si no me confesara, puede

que los tuviera.

--Así y todo, buen miedo pasarás cuando te confiesas.

--Ni siquiera una pizca... Por ésta que es cruz de Dios. ¡Si es más

bueno el señor cura!... Viejecín, viejecín... Lo mismo que un santito

del altar. ¡Dice unas cosas tan bien dichas y con un cariño!... Yo

creo que, si no fuera por él, se había muerto Águeda de pena. Y luégo,

sabe... ¡madre de Dios! Una vez pasó por aquí un francés que era muy

malo... ¡con una mujerona!... Engañó á medio pueblo y robó á la otra

mitad... Eran herejes de los peores. El alcalde quería ahorcarlos; pero

el señor cura dijo que no... Y va, y se los lleva á su misma casa.

¡Qué le parece á usted? Y teniéndolos en su casa á qué quieres boca,

les enseñó la doctrina, y les predicó tanto, que devolvieron todo lo

robado... y luégo iban á misa de por sí solos, y se confesaban. Ahora

están en unas minas ganando buenos dineros.

--¿Conque tan sabio es el cura? --preguntó á la niña Fernando,

repentinamente asaltado de una idea que, aunque le hizo sonreir, pensó

poner en ejecución sin tardanza.

--¡Muy sabio! --respondió Pilar dando al superlativo toda la

exageración posible con la boca, los ojos y los ademanes.

Tornó á acariciarla Fernando, y momentos después salió del jardín, cuya

puerta le abrió la misma niña, poniéndose de puntillas para alcanzar,

con su mano blanca y diminuta, la palanquilla del picaporte.

Al tomar el joven el rumbo de la iglesia, después de permanecer

indeciso unos instantes junto á la verja, exclamó para sí, triste y

desalentado:

--¡El último esfuerzo!

[Ilustración]

[Ilustración]

XVIII

EL ÚLTIMO ESFUERZO

La casita del cura de Valdecines, próxima á la iglesia, no se cerraba

en todo el día; y como la escalera arrancaba de la misma puerta que

daba á la calle, Fernando subió sus peldaños sin necesidad de preguntar

á nadie por el camino que buscaba. En aquella pequeñez no había ni

cabía más que uno, y no era posible el extravío. Cuando llegó al

piso, llamó á la puerta entreabierta con el regatón de la sombrilla;

contestáronle «adelante,» y se halló á los pocos pasos en una salita

que se llenaba con una mesa de nogal, con las alas caídas, y cuatro

sillas de paja, y se decoraba con las estampas de un _Via-Crucis_ de

papel, pegadas con obleas en las paredes, en el orden conveniente.

Esta pieza lindaba por un extremo con otra más pequeña, que pudiéramos

llamar gabinete, en el cual había una mesita con tapete verde,

arrimada á un viejo sillón de roble; sobre el tapete, un crucifijo

y avíos de escribir; á un lado, una cama de haya torneada, con un

jergón sostenido por sogas entrelazadas y cubierto con una colcha de

indiana; en el otro lienzo de pared, tres estantes de libros en latín,

y el _Añalejo_ colgado de un clavo y abierto; en el tercer lienzo,

frontero á la sala, una ventana, cuyo alféizar arañaban las ramas de un

manzano movidas por el viento, que penetraba suave y cariñoso por los

abiertos postigos, trayendo, para distribuirlos por toda la casa, los

aromas recogidos en la campiña, que desde allí parecía un ascua de oro,

iluminada por el sol canicular.

Hallábase el cura, envuelto en un raído balandrán y cubierta la cabeza

con el solideo, acomodado en el sillón de roble. Pasaba, por las

señales, de los setenta, y era pequeñito y endeble, de cara afilada y

muy pálida, ojos vivos y cejas canas, como el poco pelo que le quedaba

hacia las sienes. Tenía abierto sobre la mesa el _Flos Sanctorum_, y

leía en él la vida del santo del día.

Fernando se detuvo delante de aquella reducidísima estancia que le

infundía cierta veneración, si no por la investidura del que la

ocupaba, cuando menos por la humildad y el aseo que se respiraba en

ella. Hizo notar su presencia con algunas palabras de cortesía; y al

oirle, levantó el cura los ojos del libro y los fijó en él con señales

de sorpresa y de curiosidad. Después enderezó el cuerpecillo poco á

poco, sin dejar de mirar á Fernando, y, por último, le invitó á que

pasara adelante. Al mismo tiempo salió á la sala, tan apresuradamente

como se lo permitieron sus débiles fuerzas; cogió una silla, la acercó

á la mesa del cuartito, y brindó con ella al joven. Éste la aceptó, y

entonces se sentó el cura en su viejo sillón.

--Sírvase usted indicarme --dijo á Fernando con afable sonrisa-- en qué

puedo complacerle.

--Por de pronto --respondió el preguntado--, en escucharme. Después...

después... ¿quién sabe?

Y como al decir esto se oyera rumor de pasos hacia la sala, volvió á

levantarse el cura y cerró ambas puertas.

De tal palo, tal astilla · 第 11 / 20 段