Águeda no podía más. Había gastado todas las fuerzas de su espíritu la

terrible lucha sostenida entre su corazón y su conciencia. Lloró y oró

mucho. Para saber qué súplicas elevó al cielo, sería preciso conocer

la magnitud de la tribulación en que estaba sumida aquella alma pura,

recta... y enamorada.

[Ilustración]

[Ilustración]

XV

LA ASTILLA Y EL PALO

¡Qué vuelta la de Fernando á su casa! Llevaba una tempestad dentro de

la cabeza; y parecíale que aquella tempestad le arrastraba por sendas

y parajes desconocidos. El sol esplendoroso derramaba sobre el paisaje

torrentes de colores y de vida; y él, sin embargo, veíase envuelto en

una nube negra, preñada de horrores y tristezas; el campo no tenía

matices ni aromas; los árboles no mecían su follaje ostentoso al

blando soplo de la brisa; más bien gemían desnudos, como si los fuera

deshojando el cierzo de sus pesadumbres. Llegó á la hoz, y féretro se

le antojó á su fantasía; canto funerario el lento murmurar del río, y

eco de los suspiros de sus marchitas esperanzas el triste quejido del

pájaro solitario; y como su imaginación era reflejo de las impresiones

de su alma, hasta las peñas, entre arbustos y zarzales, le remedaban

con insultante propiedad las hinchadas narices, los punzantes ojos

y la infernal sonrisa de don Sotero, que se gozaba en su agonía; y

¡cosa más extraña aún! por una caprichosa combinación de sentimientos

y de ideas, todo este conjunto de objetos, de sonidos, de formas y

de colores, venía á delinear la imagen fiel de Águeda inexorable,

desoyendo los gritos de su corazón y lanzándole, solo y desarmado,

á luchar contra el imposible de su conflicto. Recordaba todas las

palabras que oyó de sus labios, como si estuviera oyéndolas todavía; y

al pretender despojarlas, con el examen, de la aspereza de su rigor,

los negros crespones de su espíritu les daban el color de la muerte y

el amargor de la ruda.

No supo cuándo, ni cómo, ni por dónde llegó á casa, ni por qué se fué

derecho al cuarto de estudio del doctor, ni cuánto tiempo estuvo dando

vueltas allí, sin advertir que éste le contemplaba y le seguía con

anhelante mirada, en la cual se pintaban á la vez la curiosidad del

médico y las angustias del padre.

--¡Fernando! --le dijo éste al fin--. ¡No es vida la que traes, ni la

que me haces pasar á mí, viendo cómo tus preocupaciones crecen de día

en día, y hasta dónde te llevan hoy!

Detúvose Fernando; y sin tratar de disimular el desasosiego que le

dominaba, ni mostrarse sorprendido con la presencia de su padre,

respondióle, como si continuara en voz alta un diálogo comenzado

mentalmente:

--El día en que llegué á esta casa, y en este mismo sitio, te prometí

descubrirte el fondo de mi corazón cuando fuera hora de hacerlo. Esa

hora ha llegado, y voy á cumplir mi promesa en este instante.

--¡Acabaras, hijo mío! --exclamó el viejo doctor, viéndose en el acento

de sus palabras y en la expresión de su fisonomía, el ansia en que

estaba viviendo.

Fernando se sentó á su lado, y dijo así:

--Cuando me referiste el triste suceso de Valdecines, unas palabras

mías te hicieron sospechar que podía ser causa de mis preocupaciones la

joven que hallaste á la cabecera de aquel lecho.

--Y he seguido sospechándolo.

--No necesito decirte cómo ni por qué empezamos á querernos. Bástete

saber que cuando tratamos de medir la profundidad de aquel amor, que

naciente y manso arroyo parecía, era ya inundación que nos arrastraba.

Una vez, y porque el rumbo de la conversación así lo quiso, la

malhadada cuestión religiosa surgió entre nosotros. Descubrirse mi

incredulidad y cerrárseme las puertas de aquella casa, fué obra de un

solo día. Al siguiente, y en este mismo sitio, me preguntaste por la

causa del disgusto que yo no podía ocultar. Pensaba entonces, y seguí

pensando mucho después, que el obstáculo se destruiría con la reflexión

y el tiempo; y he aquí cómo, hijo de estas esperanzas y de los temores

que son inseparables compañeros de ellas, nació aquella melancolía

que tu ojo certero descubrió en mi rostro y en mis cartas. Pero pasó

el tiempo, y hasta pasó con él lo que yo creía causa principal, si no

única, de la rigorosa medida tomada conmigo; y volví á acercarme á

Águeda, que, por desdicha mía, no me esperaba. Ni razones la convencen,

ni súplicas la ablandan. Por incrédulo me cerró sus puertas, y sólo

creyente puedo entrar por ellas. Entre tanto, la pasión que yo creía

llegada á su colmo, crece sin cesar, y á mi mente no baja un rayo de

esa luz misteriosa que ha de iluminarla. Éste es mi conflicto.

Oyó el doctor á Fernando con viva curiosidad; y cuando éste acabó su

brevísimo relato, díjole en su tono habitual de zumba:

--¡Conque ese es el conflicto! ¿Ni más ni menos?

--Te he trazado las cuatro líneas confusas del mapa de mi desdicha. La

extensión real que representan, su realce y sus colores, no puedo yo

describirlos: tú debes suponerlos.

--¿Y es ésta la primera vez que te ves en apuros tales?

--La primera... y la última.

--Pues hay muchachos que á tu edad los cuentan por docenas, y no se

ahogan así... ¡Mire usted qué talento... y qué motivo para tener á su

padre tanto tiempo en una angustia mortal!

--Deja tus burlas inclementes, y no me midas por la talla común. En

esos ejemplares que citas, el amor es una necesidad de lujo, y un

atractivo más el obstáculo. Nunca fuí vencido de esa debilidad; no por

virtud, sino por naturaleza, y tú no lo ignoras. No busqué el amor, él

brotó en mi pecho aprisionándome. Decreto del destino ó ley de la vida,

su esclavo soy, y no puedo ni quiero pensar en romper la cadena.

--Pues, hijo mío, arrástrala en buen hora; pero no te quejes.

--No me quejo de ella; antes bien, de flores me parecía. Quéjome del

obstáculo que me detiene en el camino que esa misma cadena me hacía

risueño y placentero.

--Pero ven acá, melenudo, llorón y mal poeta, ¿no habla nada á tu razón

la misma naturaleza del obstáculo? ¿No se te ocurre que mujer que por

tales pequeñeces te despide, no es digna de que por ella pase un mal

rato un hombre como tú?

--No se me ocurre tal cosa; y á tí debiera ocurrírsete, en cambio, que

de una mujer frívola y vana no me hubiera enamorado yo.

--Todos los Quijotes dicen lo mismo de sus Dulcineas.

--Un momento te bastó á tí para ver en Águeda cualidades muy superiores.

--Cierto... pero hay gazmoñas que tienen mucho talento, y, sin embargo,

son gazmoñas y fanáticas. Bien puede ser esa joven una de ellas.

--No hay tal fanatismo ni tal gazmoñería. El fanatismo está en tí y en

mí, que no queremos ver nada serio ni concertado, fuera de nuestras

ideas.

--¿En qué quedamos entonces?... Porque de eso que dices se desprende

que te ha convencido.

--¡Ojalá! El convencimiento que adquirí oyéndola, es harto más triste.

Me he convencido de que son irrefutables sus razones para rechazarme

por incrédulo.

--Luego estáis conformes.

--Ni podemos estarlo.

--¡El demonio que te entienda!

--Todas sus deducciones son rigorosamente lógicas. Lo falso á mis ojos;

lo santo, lo indiscutible para ella, es el principio en que se apoya, y

de donde parten todos los radios de sus ideas: los dogmas de su fe; lo

que yo necesito creer si he de volver á cruzar las puertas de aquella

casa.

--Pues insisto en lo dicho: esa tenacidad es lo que se llama

vulgarmente fanatismo.

--No: el fanatismo es ciego, irreflexivo, inconsciente; esta

resistencia es razonada, persuasiva y heróica, porque en la lucha

arriesga Águeda lo mismo que yo, y no la arredra el peligro ni la

detienen humanas contemplaciones.

--Fanatismo... ilustrado, si quieres; debilidad siempre.

--¡Extraña debilidad la que da tales alientos para luchar y vencer en

las mayores tormentas del corazón; y extraña fuerza la mía, que me

abate y enerva cuando necesito ser valiente! Si por los efectos hemos

de juzgar de las cosas, entre mi fuerza y su debilidad, cualquiera,

en mi caso, optaría por el fanatismo de Águeda. ¡Cuando menos, tiene

grandeza!

--Pues hazte fanático. ¿Quién te lo impide?... ¡Y á fe que sería,

como ahora se dice, noticia _de sensación_ para tus conmilitones del

racionalismo!

--Ni lo grave de mi situación se presta á tus bromas, ni con ellas

has de conseguir tu propósito de disfrazar más hondos sentimientos.

Déjalas, pues, á un lado, y dime, si lo sabes, cómo se vence en esta

batalla, perdida hoy para tu hijo, ó cómo, en el desastre, se salva...

siquiera la vida.

--¡Niño, niño! --exclamó aquí el doctor, hundiendo su mirada hasta

lo más escondido de la mente de Fernando--. ¡Eso no se dice, ni en

chanza!... ¡La vida vale mucho á tu edad para arriesgarla en juegos de

esa especie!

--¿Juego llamas á esto?

--¡Juego lo llamo, y juego es todo aquello en que toma cartas esa

víscera tan traída y tan llevada en las comedias del mundo! Y ahora

añado que por serio y complicado que el juego llegue á ser, debe ganar

siempre la cabeza, aunque sea con trampas de mala ley... ¡Muérase el

demonio!... ¡Pero tú, hijo mío!... Vamos á ver, ¿qué proyectos son los

tuyos para salir del negro trance?... Descúbrelos y examinémoslos con

calma.

--Estoy resuelto á estudiar hasta el fondo de esa cuestión pavorosa;

quiero descomponerla fibra á fibra y saborearla gota á gota, sin odios

ni prevenciones de escuela.

--¿Quieres hallar así la fe que te falta para llegar hasta Águeda?

--Ó el convencimiento pleno de que no me queda la más remota esperanza

de vencer en esta lucha terrible.

--¡Empresa es!

--Pero me hallo en este instante como el que abre los ojos en medio de

un desierto sin orillas: no sé hacia dónde dar el primer paso.

--Lo comprendo.

--Pero tú conociste á tu madre. Era piadosa, según mis noticias. Debió

enseñarte á rezar; hablarte de Dios... á su modo.

--Hablábame, en efecto, muy á menudo, de esas cosas.

--Dicen que «esas cosas» y otras semejantes, son á manera de semilla

que, aunque olvidada en esa edad, fructifica profusamente en cualquiera

otra de la vida, si se la busca y se la cuida con esmero.

--Eso dicen también.

--¡Pues ni esa olvidada semilla encuentro yo entre los escombros de

mis recuerdos! No hubo una mano benéfica y previsora que la arrojara

sobre la aridez de mi infancia. ¡Mira si es grande mi desdicha en este

momento!

El doctor frunció el entrecejo, se pasó la mano por la barba, y

preguntó secamente á su hijo:

--¿Me lo dices para reconvenirme con ello?

--Quiero que te vayas penetrando poco á poco de la gravedad del trance

en que me veo. Sabes cómo pasó mi niñez; cómo entré en la juventud; qué

vientos me empujaron; en qué moldes se fundieron mis ideas, y cuáles

son éstas.

--Enemigos irreconciliables de las que vas buscando ahora.

--Pero con la desdichada circunstancia de que mientras yo me hallo á

ciegas y atado de pies y manos, ese enemigo me asedia y me acomete, y

no puedo retroceder ni defenderme.

--¿Y qué deseas por de pronto?

--Que me guíes y me ayudes.

--¡Guiarte yo!... Hijo de mi alma, ¡á buena parte vienes! _Dum cæcus

cæcum ducit_... ya lo sabes: al hoyo los dos.

--Si no puedes darme luz, dame aliento siquiera.

--Te daré, hijo, hasta la vida, si te hace al caso... Pero dime en qué

forma he de alentarte. Explícate.

--Respóndeme con la franqueza y lealtad con que yo te hablo. ¿Sientes

el mismo entusiasmo que sentías en otro tiempo por el triunfo de tus

ideas?

--Pues con franqueza y con lealtad, Fernando: hace mucho que esas ideas

y las otras ideas me tienen completamente sin cuidado.

--¿Y consiste esa indiferencia en que se hayan modificado tus opiniones

con la edad, ó en el apartamiento en que vives de las luchas?

--En un poco de cada causa... y en otras más... Lo que me sucede en

mi soledad, cuando vuelvo los ojos al agitado campo de las ideas, es

que algunas veces me parecen locos los sabios militantes... lo mismo

que los actores de una comedia vista de lejos: no percibo más que

los manoteos, las zancadas y las contorsiones... ¡ni un escrúpulo de

substancia!

--¿Cómo se explica entonces el calor con que aplaudiste mis dos últimas

campañas?

--De un modo muy sencillo: teniendo presente que mi indiferencia por

las ideas no me quita el entusiasmo que siempre he tenido por todo

lo que sobresale de la talla vulgar. Te ví sobresaliente, y eres mi

hijo... ¡figúrate si te aplaudiría con todo mi corazón!

--¿De manera que lo mismo me hubieras aplaudido en el campo contrario?

--Probablemente. La tolerancia es mi bandera.

--No le has guardado siempre la mayor fidelidad.

--Se la guardo desde que la plegué.

--¡Eso sí que es raro!

--No podía guardársela cuando peleaba por ella.

--Más raro todavía, y absurdo.

--El absurdo está, Fernando, en escribir la palabra _tolerancia_ en una

bandera de combate, como se había escrito en la que yo elegí, no por

el lema, sino por los soldados que peleaban debajo de ella. Tolerancia

y lucha son dos ideas incompatibles. He aquí por qué no he sido yo

tolerante hasta que he dejado de ser batallador; es decir, hasta que he

cesado en mi empeño de _imponer_ mis ideas de _tolerancia_ á los demás.

--¿Y por qué invocaron ese lema los que alzaron la bandera antes que tú?

--Por contraposición á la _intolerancia_ del enemigo.

--Siquiera, ese es franco.

--Ya se ve que sí.

--En substancia: tú nunca has tenido gran fe en los principios

filosóficos que has proclamado.

--Hombre... puede que no.

--¡Me asombra la serenidad con que lo declaras!

--Sin embargo, no hay pizca de cinismo en ello; y te lo voy á

demostrar. Dos hombres riñen en una calle, por una futesa... por una

palabra anfibológica, hinchada y sesquipedal. Pasa un tercero, oye la

disputa, se acerca y se para; y desde luégo se pone con sus simpatías

de parte de uno de los contendientes: tal vez porque grita más, y

porque es bello y elegante, al paso que el otro tiene la ropa mal

hecha, es feo y nada agradable de voz. No le importa un rábano lo que

allí sucede; mas el contagio de la ira le arrastra, y la pasión le

inclina hacia el contendiente preferido; pónese á su lado, y ayúdale

contra el otro; pero con tal decisión y entusiasmo, que arriesgara en

el trance hasta la vida, si fuera preciso. Acábase la contienda...

por supuesto, por cansancio, no porque la verdad haya brotado del

choque de los argumentos; sigue el intruso su camino; vásele pasando

la sobrexcitación poco á poco; vuélvese á casa; y cuando se halla

completamente tranquilo y en reposo, medita en lo que ha hecho, y se

asombra de los gritos que dió, de los improperios que lanzó sobre el

contrario, y de la desazón que le costó una contienda á la que no fué

llamado, por una palabra que ninguno de los tres entendía, y que, aun

cuando hubieran llegado á interpretarla en su verdadero sentido, ni la

humanidad, ni el pueblo, ni el barrio en que pasó la escena, ni los

tres personajes de ella, hubieran ganado con el triunfo el canto de

un maravedí. Pues bien, Fernando: yo he sido ese tercero en todas las

disputas filosóficas en que me has visto. Después me he asombrado del

calor con que tomaba cuestiones de pura fantasmagoría.

--Y ese después ¿se remonta muy allá?

--Quizás penetra un tantico en el campo mismo de mis batallas.

--Pues esa declaración, que yo iba buscando, envuelve un gravísimo

cargo contra tí.

--¡Un cargo contra mí!... Y ¿quién puede hacérmele?

--Yo.

--Á ver...

--Cuando entré á luchar en el campo de tus proezas, ya andabas tú

riéndote de ellas.

--Poco menos.

--Sin embargo, no me lo advertiste.

--¿Por qué y para qué? ¿No eras libre? ¿No elegiste el terreno más de

tu agrado?

--Le elegí porque era el tuyo; porque te tomé por modelo. Te ví colmado

de aplausos y de coronas; creí en la sinceridad de tu entusiasmo, y

en él me inspiré. Pero tú, por la educación que recibiste de niño,

acaso comenzaste la lucha con dudas y remordimientos; yo tomé el punto

donde tú le dejaste; y con fe en la solidez del cimiento, levantéme

hasta donde ahora me hallo, como pájaro con sus alas, sin vértigos ni

vacilaciones. Tal cual me ves, obra tuya soy. Ya que no me des la luz

que busco, préstame siquiera tus desencantos para que yo socave con

ellos la fortaleza de este exclusivismo filosófico que absorbe toda mi

inteligencia.

--Me harías reir, Fernando, si no me diera compasión el estado en

que se halla tu espíritu. Te elevas, según me dices, en alas de mis

laureles al punto que ambicionabas, y me lo imputas como grave delito;

consideras inexpugnable el castillo de tus ideas, y al mismo tiempo

pretendes que se rinda á los alfilerazos de una dama, con el auxilio

de cuatro burlas mías, más ó menos sazonadas. ¿En qué quedamos? Ó te

crees invencible, ó no, en tus posiciones. Si lo primero, ¿qué puedes

reprocharme, en buena justicia, á mí que te dí esa fuerza? Si lo

segundo, pásate desde luégo al enemigo, y buen provecho te haga.

--Pudiera reprocharte el descuido de no haberme enseñado ciertas

cuestiones más que por una cara.

--Y ¿qué ha hecho tu razón libérrima que no les ha buscado la otra?

--La razón se apasiona, como tú has demostrado muy bien en el ejemplo

que citaste; y en fuerza de andar siempre en un carril, á él se

acomoda, y con dificultad se aviene á otro sendero. El espíritu de

bandera propende á mirar al enemigo por el lado más desfavorable ó

más débil. ¿No puede haberme sucedido á mí algo de esto en la doble

ceguedad de mi entusiasmo y de mi educación irreligiosa y descuidada?

Esto es lo que quiero ver; y para lograrlo, estoy resuelto á quemar

hasta el último cartucho.

--Quema, hijo mío, hasta la cartuchera cuando llegue el caso, si con

ese recurso sales de apuros; pero, por de pronto, desciende del volcán

de tu fantasía al frío de la realidad, y empecemos por llamar las cosas

por sus nombres. Lo que aquí sucede es que te enamoraste de una dama;

que esta dama se enamoró de tí; que, á pesar de ello, te rechazó en

cuanto supo que eras un hereje, digno de tu casta; que te impone su

ortodoxia como condición de avenencia, y que tú no puedes creer esas

cosas, ni fingir que las crees, ni renunciar á la dama... ¿No es esto?

--Precisamente.

--Ocurre también que tú eres vehemente y testarudo, y estás poco

avezado á contrariedades; por lo cual quieres poseer inmediatamente

el poderoso talismán que ha de abrirte las encantadas puertas, y que

ya andas en su busca con el mismo afán con que estarías arrimando las

espaldas á los Picos de Europa para derrumbar la gigante cordillera, si

tal hubiera sido la condición impuesta.

--Supongamos que no te equivocas... ¿Y qué?

--Que tu empresa es superior á las fuerzas humanas, y que no tengo

noticia de que en estas regiones habiten hadas benéficas, como aquéllas

que sacaban de apuros idénticos á los honradotes orientales de las _Mil

y una noches_.

--¿Es decir, que me niegas tu auxilio?

--Te le daría, por ahora, en un consejo; en el único que aquí cuadra,

si fueras capaz de recibirle en lo que vale. Te diría: reserva las

fuerzas que has de malgastar luchando contra un imposible, para vencer

con ellas esa pasión insensata. Éste es tu negocio... y también tu

deber.

--¡Consejo digno de quien no ve en el corazón humano más que una

víscera con determinadas funciones mecánicas!

Esto dijo Fernando levantándose desesperado y saliendo de la estancia.

Y no tuvo la entrevista otro resultado, si no se cuenta como tal la

puñalada que sintió en la consabida víscera el doctor con las últimas

palabras de su hijo, cuyos dolores estaban quitándole á él la vida.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

RAYAR EN EL AGUA

No daba el doctor Peñarrubia dos adarmes de peso á los motivos de la

angustia de Fernando; pero no desconocía que el grano de pólvora que

inflamado al aire libre no mueve una paja, oprimido entre obstáculos

levanta una roca. Aun suponiendo en Águeda todos los atractivos

imaginables, su amor, con obstáculos y todo, no podía causar estragos

en un pecho avezado á esa clase de impresiones y abierto al aire

libre de las vulgares y corrientes peripecias de la vida galante.

Pero en Fernando, el mismo caso ofrecía muy graves peligros. Era,

por naturaleza, lo que comúnmente se llama _juicioso_; es decir,

reflexivo, incapaz de encariñarse, y mucho menos de entusiasmarse, con

aficiones pasajeras ni con frivolidades pueriles. Podía equivocarse

en la elección de una senda; pero se equivocaba en buena ley, es

decir, poniendo en sus meditaciones, antes de decidirse, cuanto cabía

en su discurso. Así era entusiasta sin dejar de ser frío. El caudal

de sus ideas, buenas ó malas, le formaba adquiriéndolas poco á poco y

saboreándolas; y una vez pertrechado de esta suerte, iba hasta el fin

de sus proyectos sin arredrarle los peligros, que antes le enardecían

cuanto más inesperados eran y mayores.

Tenía su padre bien conocidas y comprobadas éstas y otras análogas

condiciones de carácter; y he aquí por qué, no obstante la pequeñez

real del motivo, en opinión del doctor, andaba éste sin hora de

sosiego, aunque cosa muy distinta aparentaban sus zumbas de dientes

afuera.

Muchas veces intentó reanudar la conversación tan bruscamente

interrumpida por Fernando, á quien no perdía de vista un momento. No

lo pudo lograr. Desde que el mozo se convenció de que en su padre no

había lo que él necesitaba para salir del ahogo, todo lo esperaba del

aislamiento y de la meditación. Pero tardó dos días en recobrar el

equilibrio de sus ideas, y cerca de tres en ser dueño de toda la fuerza

de su discurso. Probóla en la contemplación de sí mismo, y vió que la

borrasca había pasado; pero que quedaban los estragos de ella. Los

examinó con serenidad, y le parecieron enormes. Había que proceder

inmediatamente á su remedio; es decir, á ver qué podía alcanzarse del

único conocido.

Entre tanto, andaba el doctor esparciendo las nieblas de su ánimo con

las brisas, el silencio y la fragancia de sus arboledas.

Fernando extendió, como si dijéramos, sobre la mesa junto á la cual

se sentaba en su habitación, todo el caudal de sus recursos para la

empresa que iba á acometer.

La fe católica, según él la había estudiado y combatido, le ofrecía el

siguiente cuadro: Una nube de curas ignorantes y egoístas, socavando

la sociedad por el agujero del confesonario y con la fábula del

purgatorio. Otra nube de frailes groseros, holgazanes, comilones y

lascivos, saqueando los hogares, perturbando la paz y mancillando el

honor de las familias. Otra nube de jesuitas ambiciosos, intrigantes

y envenenadores, corruptores de las conciencias y opresores de los

Estados; una gusanera de monjas rebelándose contra las leyes de la

naturaleza, y cantando con voz gangosa salmos en latín contrahecho;

un tropel de beatas chismosas, haraganas y soberbias; otro rebaño

de creyentes invadiendo los templos para dar culto á su fanatismo,

y poblando á otras horas las casas de juego, los salones de baile,

la plaza de toros, los lupanares... y la Inclusa; muchos Obispos

disipando, entre los relumbrones ostentosos del cargo, parte del botín

de las rapiñas de curas y frailes; y un Papa en Roma, tres veces

coronado, sobre esplendente solio, cobrando en oro de buena ley el

perdón de todas esas iniquidades, y derrochándolo en orgías y bacanales

con la turba corrompida de los purpurados personajes de su corte. Como

ornamentos, y para la debida entonación de estas figuras palpables y de

todos los días, una mina de horrores históricos de multitud de calibres

y de otras tantas cataduras, en la cual mina entraban, por supuesto,

Juana la Papisa, Alejandro VI, la matanza de los Hugonotes, Felipe II,

María Tudor, todas las chamusquinas de la Inquisición, el Arzobispo

Carranza, Fr. Froilán Díaz, los _quemaderos_ de aquí y de allí... hasta

el «secuestro» del niño Mortara y el suplicio de Monti y Tognetti, y

cuanto sabe de carretilla el pío lector, mucho mejor que yo, y tan

bien como Fernando, que además sabía, como resumen concluyente y

arpegio arrebatador, que el «catolicismo, conjunto de estas repugnantes

indignidades, había sido negra mazmorra del entendimiento humano en

los tres últimos siglos, y aún trataba en el presente de ser rémora á

todo progreso legítimo, desvirtuando así los generosos alientos del

espíritu democrático del «Filósofo de Judea.»

Que la cosa iba bien pintada de este modo, jamás lo dudó el fogoso

sustentador de la idea nueva, puesto que salvas de aplausos y bosques

de laureles fueron, de continuo, el premio de esta lucubración y de

aquellas pinceladas.

De tal palo, tal astilla · 第 10 / 20 段