--En la vida profesional ocurren á menudo estos lances. En una persona

aborrecida por antojo, se halla á lo mejor un caballero perfecto y un

amado condiscípulo, como á mí me ha sucedido esta vez con el doctor

Peñarrubia.

--¡Zurriascas!... ¿Lo oye usted, don Casiano?

Don Casiano era el farmacéutico, que, á la sazón, tenía los brazos

levantados y se ocupaba en redondear una píldora con cada mano, entre

el pulgar y los dos primeros dedos. En esta postura siguió, con cara

de pesadumbre, los primeros lances de la porfía; pero al llegar el

cirujano á decir las últimas palabras, cargó el ceño de tempestades.

Así es que á la pregunta del maestro, respondió, aplastando las

píldoras entre las antes suavísimas yemas de sus dedos:

--¿De manera que andará usted á dos palmos de salir de angustias? Amigo

y condiscípulo de doctor tan resonado y pudiente, cátate la zaragatona

en triunfo; porque el tal leerá la disertación, la mandará arriba... y

se declarará de texto en San Carlos. _¡Miserímini mundanorum!_

--Pues, hombre --replicó don Lesmes con mucha calma--, de menos nos

hizo Dios. Por de pronto, sépase usted que se enteró de mi sistema,

y le tuvo en mucho; que quedó en enterarse más á fondo de él; que

me ofreció todo su valimiento para hacerle triunfar, y que si á la

presente no está la memoria en Madrid aprobada á claustro pleno, culpa

mía es por no haberme llegado un día á Perojales... ¡Y á fe que buen

empeño tuvo en ello!

--¡Zurriascas! --dijo á esto el intemperante pedagogo--. ¡Si eso fuera

verdad, diría yo que era Pateta tan simple como usted!

Tampoco esta vez se descompuso el cirujano; antes bien, echó á broma

los dicterios y respondió al pedagogo con estas palabras solas, aunque

envueltas en una sonrisilla irónica:

--¡Qué más apeteciera usted que un padrino así para sacar á flote sus

luminosos reparos á la gramática castellana! ¿Quiere usted que le hable

del caso?... Porque la obra lo merece, ó yo no entiendo jota de esos

achaques.

--¡Como de los que salen al pulso: ni más ni menos! --dijo el maestro,

apoyando las dos manazas sobre el garrote y mirando, rojo de ira y

enseñando los dientes, al cirujano--. ¡Y ahora entienda usted, y

entienda ese fantasmón del otro mundo, que de los dejados de la mano de

Dios no quiero yo ni el aire para respirar!... ¡Zurriascas!

--¡Bien dicho! --exclamó al oir esto don Casiano, arrojando las dos

píldoras que tenía entre los dedos, sobre un montoncillo de polvos de

regaliz.

--Bien dicho estará --replicó don Lesmes comenzando á enardecerse con

la exclamación del farmacéutico, que le dejaba solo en la contienda--;

pero ni con ello ni con los específicos de usted contra lombrices y

jaldía, se me prueba á mí que el señor tenía razón cuando dijo lo que

dijo de mi joven é ilustrado compañero, el hijo de mi muy querido amigo

y condiscípulo, el egregio doctor Peñarrubia.

--¡Echa lustre... zurriascas! --gritó aquí el maestro--. ¡Date vientos,

farolete!

--_¡Miserímini mundanorum!_ --refunfuñó don Casiano, volviendo á su

postura, digámoslo así, chinesca.

--_Símiles congregantur_... latinajos corrompidos --dijo don Lesmes en

tono de zumba--. Lo que aquí hace falta es probar en romance corriente

lo que el señor asegura.

--No hay que probar --replicó el aludido-- lo que todo el mundo sabe;

y todo el mundo sabe que ese mequetrefe fué arrojado de la casa por

la hoy difunta señora, por sus ideas diabólicas, por sus herejías

escandalosas y por hijo de su padre... ¡ese amigote y condiscípulo tan

querido de usted... zurriascas! Ésta es la fija; y por ello da en cara

á todo Valdecines la sinvergüencería con que ahora vuelve á llamar á

las mismas puertas, y la... no sé qué diga, de la... qué sé yo qué, que

se las abre.

--Pues yo, que estoy al tanto de los secretos de esa ilustre casa,

donde entro con igual franqueza que en la mía --exclamó don Lesmes,

no poco exaltado--, digo que todo eso que se cuenta son supuestos de

gentes envidiosas... cuando no sea obra de algún pícaro á quien, por

más señas, hace usted mucho la rosca.

--¡Zurriascas!... ¡Yo no hago la rosca á nadie; que eso se queda para

usted y otros matasanos como usted! Y si lo dice por quien yo barrunto,

sépase que él me buscó á mí, porque me necesitaba.

--¡Por cierto que supo usted corresponder al consonante de los

propósitos de ese fariseo! ¡Vaya una cría que le sacó usted, lucida y

despierta!

--Si el discípulo es alcornoque de por sí, ¿cómo ha de hacerle el

maestro madera fina y de lustre?... Pero, ¡zurriascas! cuando menos, lo

que cae por mi banda, no lo mato, como usted.

--¡Dígalo Polduco, mi chico menor! Si no se le quito á usted de entre

las uñas, en ellas queda, como gorrión entre las del milano.

--¡Polduco es una cabra montuna, zurriascas! Me hizo muchas de las

suyas, y al cabo le casqué las liendres; que de mí no se ríe él, ni la

perra que ha de volver á parirle.

--¡Si usted supiera darse á respetar!...

--¡Si ustedes pagaran como deben!... ¡zurriascas!

--No cobro yo tanto, y trabajo más... y me conformo.

--¡Ya! ¡Pero como usted tiene el amparo de su amigo y condiscípulo el

señor doctor!... ¡Puaaa!

--Y usted la mina de sus colodras y almadreñas. ¡Digo!

--¡Vaya un par de capas para un invierno crudo! --expuso á esto don

Casiano, comenzando á redondear otras dos píldoras--. ¡Como don Lesmes

no saque á la zaragatona más jugo que al doctor!...

--De modo --replicó el cirujano-- que como no está al alcance de todos

la virtud de matar las lombrices con polvos de salvadera...

--¡Eso va con usted, don Casiano! --gritó el feroz pedagogo--. ¡Y que

la cosa no lleva malicia, zurriascas!

--¿Por qué no le ha vuelto usted antes al cuerpo lo de las colodras,

que no iba conmigo? --díjole el farmacéutico, muy picado.

--Porque las verdades no ofenden; y es verdad, y á mucha honra, que,

para ganarme el pan, hago colodras y almadreñas.

--Y yo, con el mismo honrado fin, remedios contra lombrices.

--Pero dice este licenciado zaragata, que son de polvos de salvadera.

--_Miserímini mundanorum_, digo yo á eso, y que cada cual mire por su

honra, que la mía bien guardada está.

--¡La mía está más alta que la chimenea!...

--Pues la mía levanta un codo sobre el campanario, ¡zurriascas!

--Todos son honrados, y la capa no parece...

--Á ver, á ver, zurriascas, ¿qué capa es esa, por lo tocante á mí?

--¡Lo mismo digo por lo que me alcanza en la alusión!

--El que se pica, ajo come.

--¡Me pico, porque debo!

--¡Mucho que sí, zurriascas!

--¡Pues mucho que no!...

Yo no sé adónde hubiera ido á parar la disputa, sin la repentina

aparición de una muchacha que preguntaba ansiosa por don Lesmes.

--¿Qué hay? --dijo éste, mirándola con mal gesto.

--Que venga á visitar á mi padre.

--¿Quién es tu padre?

--Tío Luco Burciles.

--¿Perrenques?

--Así le llaman por mote.

--¿Qué tiene?

--Á modo de un lubieso junto á la nuez, en salva la parte, que no le

deja resollar.

--¿Qué le habéis puesto?

--Ajo rustrío le puso mi madre, con unto de lumiaco y ujanas fritas.

--¡Qué barbaridad!

--¡Zurriascas! --dijo aquí el maestro--. ¡Vaya usted á ver á ese pobre

hombre, y sabrá lo que pasa... y cumplirá con su deber!

Don Lesmes, que ya se había levantado para seguir á la muchacha, se

volvió un instante para decir al pedagogo por despedida:

--Los deberes de un profesor como yo, están muy altos para que los

conozca un remendón de gramáticas y un desbastador de colodras como

usted.

--_¡Miserímini mundanorum!_ --exclamó con expresión de burla el

boticario, envolviendo hasta dos docenas de píldoras en un cucurucho de

papel, mientras el maestro se revolvía en su taburete, echando llamas

por los ojos, y ternos secos por la boca, contra el mísero cirujano.

Y por _fas_ ó por _nefas_, así cada noche, y todas las del año.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIV

EL FONDO DEL ABISMO

Ya he dicho que Fernando fiaba mucho en la fuerza de sus convicciones

filosóficas para desvanecer los reparos de Águeda. Que le dejaran

hablar, discutirlos, y el triunfo era infalible. Porque, en su

concepto, las ideas religiosas de aquélla no tenían base ni arraigo;

eran, más bien, reflejo de las ideas de su madre, que quizá tampoco

las tuvo propias acerca de ese punto. Faltaba ya la madre, y, por

consiguiente, no existía el doble influjo de su autoridad y de su

talento; y Águeda le tenía extraordinario, y además le amaba como

nunca; porque el mismo obstáculo que entorpece los proyectos, hace que

se acrecienten los deseos... De todas maneras, no podía resignarse á

perderla, y no la perdería.

«¡Si parece --pensaba-- que el mundo está lleno de ella! ¡La siento,

la veo, en el aire que respiro, en el agua que corre, en la hoja que

se mueve, en la nube que cruza el espacio, en el viento que la empuja,

en la luz que ilumina y fecunda la tierra; en mi pensamiento, en mi

voluntad y en todas las aspiraciones de mi alma! Unidos están nuestros

corazones, acordes nuestros deseos, una misma fuerza nos da vida...

¡Sólo nos separa una palabra, expresión confusa de una idea más vaga

todavía!... ¿Cómo es posible que este grano de arena obstruya tan ancho

camino!»

Y, á pesar de lo pequeño que, á sus ojos, era el obstáculo, cuando la

serenidad le enfriaba un poco el entusiasmo, dudaba y temía; y el pan

le amargaba, y el sueño le encarecía con exceso sus halagos.

Águeda, por su parte, también meditaba y discurría, de día y de

noche, despierta y soñando; y la quinta esencia de sus meditaciones y

discursos, podía reducirse á estos sencillos términos:

--«¡Por qué diversos modos y caminos vienen aparejadas las grandes

desventuras de la vida!... La sed ardiente, el agua junto á los labios,

y luégo el conocimiento de que en sus transparentes cristales hay

ponzoña que mata. ¡La muerte bebiendo; la muerte resistiendo la sed!

En la edad de los sueños floridos; cuando nacen las esperanzas, y los

horizontes del deseo no tienen límites, y la imaginación es cuadro

maravilloso en que se pinta el mundo poblado de armonías y fragancia,

para mí sólo hubo penas y tristezas. Dios quiso que en medio de ellas

brotara en mi pecho el amor, que es fuente de consuelo y de fortaleza.

Dios quiso también que aquello mismo que yo había recibido como

prenda segura de mi felicidad, se trocara súbitamente en instrumento

de martirio... ¡Y qué martirio!... Las deslealtades se olvidan, las

tibiezas se perdonan, porque el amor lo suple y lo engrandece todo;

pero la causa de esta tribulación, ni admite indulgencia por su índole,

ni por su arraigo deja esperar que algún día se desvanezca. Le pierdo y

se pierde. ¡Con estos dos filos me hiere el puñal de mi pena, dándome

con un solo golpe dos muertes!»

Hacíansele á Fernando siglos las horas que pasaban sin realizarse la

acordada entrevista, porque todo lo esperaba de ella; al revés que

Águeda: alas veía ésta en el tiempo, porque todo lo temía de la misma

ocasión. Llegó al cabo, mucho antes de lo que la infeliz quisiera, y

mucho después de lo que convenía á las impaciencias del otro.

Lanzó Fernando á la conversación el punto dificultoso. Pero ¡con qué

remilgos, miramientos, tanteos y perífrasis! Como el hambriento

que adquiere inesperado manjar, y, con el temor de que se le

concluya pronto, más bien le aspira que le muerde, economizaba el

enamorado joven la materia de la porfía para conseguir dos fines á

la vez: prolongar todo lo posible la entrevista, y no agravar las

dificultades con locas intemperancias. Así es que á la historia

detalladísima del mutuo amor, que salió de nuevo á relucir, siguió

un discurso melancólico sobre las contrariedades en general; á éste,

un razonamiento dividiéndolas en especies y clasificándolas por

transcendencias; al razonamiento, una disertación sobre cada una

de las clases establecidas; á la disertación, una memoria bastante

minuciosa acerca de la diversidad de cultos y creencias del género

humano... hasta que no hubo más remedio que pisar el dedo malo de la

cuestión. Pero allí esperaba Águeda abroquelada con su fe inconmovible.

Ni asaltos, ni ardides, ni sorpresas lograron hacerla retroceder un

paso. La punta de su espada aparecía junto á los labios de su enemigo

cada vez que éste se disponía á herir con sutilezas y comentarios lo

que para ella era sagrado é indiscutible, como la palabra de Dios.

En lo demás, dejaba á Fernando despacharse á su gusto, y rara vez le

contradecía. Al cabo, perdió éste la serenidad, porque iban faltándole

las esperanzas de la victoria.

--Y después de todo --exclamó enardecido, al intentar el asedio por

otro flanco, único recurso que le quedaba--, y aun concediéndote que la

religión que profesas sea la mejor de todas las conocidas, la verdadera

y única, como tú dices, ¿qué tiene que ver el amor con eso?

--¿Á qué llamas «eso»?

--Á tu religión, con su carácter divino y sus dogmas indiscutibles.

--¡Qué tiene que ver el amor con esa religión! Y ¿qué es un hombre sin

ella? ¿Qué es un hogar sin esa luz y sin ese calor? ¡Cielo santo! Yo me

imagino una familia que jamás invoca el nombre de Dios. ¡Qué cárcel!...

¡qué lobreguez! Aquellos dolores sin consuelo; aquellas contrariedades

sin la resignación cristiana; aquellos hijos creciendo sin mirar jamás

hacia arriba; aquellos niños sin el culto á la Virgen; aquellos labios

de rosa mudos para la oración al Ángel de la Guarda... ¿en qué se

emplean? porque ¿qué puede enseñar una madre á sus hijos en esa edad,

si no les enseña á rezar?

--Todo eso es muy bello, Águeda; pero, como cosa de niños, al fin no

pasa de una bella puerilidad.

--¡Puerilidad! Y mañana esos niños crecen; y como en su corazón

no había semilla alguna, nada fructifica en ellos; y vienen las

pasiones y las luchas; y la razón sola no alcanza á sobreponerse

á los conflictos. Después llega el desaliento, y el temor á los

respetos humanos, que cada uno entiende á su manera, y, por último, la

desesperación. ¿Te parece el cuadro más serio así?... Pues con amores

sin religión se forman las familias de esa especie.

--No extrememos el asunto, Águeda. Al decirte que le juzgo sin conexión

alguna con la religión, no pretendo que arrojes la tuya de casa al

entrar yo en ella, sino que des culto á tus creencias sin reparar en

las mías. Déjame como soy, y sé tú como eres: yo no me meteré en tu

conciencia; respeta en cambio la mía.

--Aunque eso fuera posible, que no lo es, pues creo que con una

obcecación como la tuya no hay salvación para el alma fuera de la fe

que profeso, y con esta creencia no cabe acuerdo, en negocio tan grave,

con hombre de tus ideas, ¿qué sería mañana... de tus hijos?

--Como yo no me opondría á que su madre los educara á su modo...

--¿Y el ejemplo de su padre? Entre mis enseñanzas y tus impiedades,

¿qué pensarían cuando la razón se sazonara en ellos?

--Elegirían lo que mejor les pareciese.

--Y yo tendría que decirles, para que no se fueran contigo: «Vuestro

padre es aquí piedra de escándalo: huid de su ejemplo.» ¡Hermoso cuadro

de familia!

--¿Por qué habías de decirles eso?

--Porque así cumpliría con un deber de conciencia y con un mandato de

mi corazón; porque creo que con mis enseñanzas estarían dentro de la

ley de Dios, y que con las tuyas se perderían irremisiblemente. Ya ves

cómo es imposible toda avenencia entre nosotros en ese punto.

--No hay imposibles, Águeda, cuando hay amor: el amor es la ley suprema

en el mundo; todo lo allana y lo purifica. Eso que tú llamas imposible,

es el fanatismo que te ciega.

--Hacíaseme que tardaba en llegar esa palabra; y ya que vino, veamos

quién de los dos la merece más. ¿Robarías tú por transigir con quien no

viera en el robo cosa censurable?

--No es el caso enteramente igual.

--No lo es, en efecto: en tu ley, todo es convencional y mudable,

porque es humano; y no hay razón para que el robo no llegue, con el

tiempo, á ser, para alguna secta, ó para todas ellas, una virtud. En

mi fe todo es permanente y eterno. Ésta es la gran diferencia que hay

entre ambos casos. Sin embargo, no hay que pensar en que tú puedas

transigir robando; y pretendes que yo, faltando en ello á un precepto

divino, viva en perfecta tranquilidad con un hombre rebelde á la ley de

Dios. ¿Quién de nosotros es el verdadero fanático?

--Tú, Águeda, aunque creas lo contrario, fascinada por el brillo de un

sofisma corriente; causa inverosímil de que aún subsista en todo su

vigor el conflicto en que tú y yo nos vemos ahora, conflicto que es el

oprobio de la sociedad que le respeta.

--También es del oficio esa palabra, Fernando, y tampoco resuelve la

dificultad. Ese conflicto no es más ni menos inevitable que otros

muchos que existen, han existido y existirán mientras exista el género

humano. Lo absurdo, lo insensato está en el empeño de pedirle cuenta

de él á la sociedad, que, en todo caso, dispondría de su propia

conciencia, pero no de la mía.

--No hay otro que se le parezca.

--Todos son menos respetables que él. Un hombre, ayer rico y poderoso,

en los azares de la guerra padece hambre, frío y desnudez, y hasta la

muerte, por ser fiel á su bandera. Éste es un conflicto, y no raro.

¿Es, en tu concepto, imputable como una afrenta á la sociedad que no

le evita y le consiente y hasta le aplaude, so pretexto de que es una

virtud sacrificarse al honor y al patriotismo?

--No hay paridad, Águeda, entre ese caso y el nuestro.

--Puedo citarte mil. Si en tus propósitos entrara el de asociarte á

otra persona para llevar á cabo una empresa de gran importancia para

tí, y, cuando más te halagaran las esperanzas del lucro, averiguaras

que aquella persona no era honrada, ¿qué harías en tal conflicto?

¿Retroceder inmediatamente, renunciando sin vacilar al lucro prometido

antes de exponerte á manchar tu honra en semejante compañía, ó volverte

airado á la sociedad que te lo aconsejara, para reprenderla porque no

enseña á los hombres á transigir en tales _pequeñeces_? No necesitas

decirme cuál de los dos partidos adoptarías; pero yo te pregunto ahora:

en la necesidad de que haya conflictos, porque es imposible que los

negocios del mundo vengan ordenados á los humanos deseos, ¿por qué han

de ser dignos de respeto los que proceden de los azares comunes de la

vida, y no los que son hijos de un mandato de Dios?

--Fatigas en vano tu hermosa inteligencia, Águeda... Tus razonamientos

son lógicos y concluyentes; pero son castillos en el aire, puesto

que proceden de un principio falso á mis ojos. ¿Dónde está escrito y

comprobado ese mandato de Dios? ¿Cómo se creen esas cosas que tú tienes

por verdades indiscutibles?

--Con la razón natural.

--Con ella me he hecho incrédulo buscando la verdad.

--¿Dónde la has buscado?

--En el único sitio en que puede hallarse: en el examen.

--La has buscado entre los hombres que no creen, y en los libros que

empiezan por negarla, no en los que enseñan á creer; has mirado al

cielo para estudiar la ley por que se rigen sus maravillas, no para

conocer al Legislador.

--No te he dicho jamás que yo le desconozca.

--Ni quiero que me lo digas: harto sé con saber que no crees en un Dios

justiciero y misericordioso, que tomó carne humana para morir por los

hombres en un madero afrentoso.

--Distingos sutiles que á nada conducen.

--Esos distingos lo son todo, sin embargo: empezando por desdeñarlos,

se acaba por negar á Dios... Y dejemos aquí este punto que yo, pobre

mujer, no debo ni puedo dilucidar... ni á tí te conviene tampoco que se

dilucide.

--¿Por qué?

--Porque á cada paso que damos en él, descubro mayores profundidades en

la sima de tus errores, y no quiero, al perderte para siempre, perder

contigo la esperanza de tu salvación.

--¡Luego te resignas á perderme?... --preguntó aquí Fernando, con la

angustia pintada en sus ojos.

--¿Y qué otro recurso me queda? --respondió Águeda en el mayor

desconsuelo--. Si al verte tan apartado de la verdad, hasta dudo de la

honradez de tus propósitos.

--¡Águeda!

--Yo creyente y tú descreído, empezarías engañándome al unir tu mano á

la mía.

--¡Engañarte yo!...

--Sí, Fernando; y si no, dime, ¿crees en la necesidad del Sacramento

para formalizar el matrimonio?

--No.

--Luego ¿qué papel sería el tuyo delante del sacerdote que uniera

nuestras manos? ¿Qué pensar del sí que pronunciaras, invocando á la

fuerza un Dios á quien desconoces? Y el que en tan solemnes momentos es

desleal á su conciencia, ¿por qué no ha de serlo á sus deberes en el

curso de la vida?

--¡Si me amaras como te amo, Águeda, no clavaras en mi alma el puñal de

esa sospecha!

--¡Y qué amor es el tuyo, al fin y al cabo, si le falta la abnegación,

que es la virtud que le engrandece!

--Tú, que crees poseer esa virtud, dime qué debo pensar de quien con

ella quita á una pasión generosa el más bello de sus ideales. Á menudo,

Águeda, se confunde la obcecación con el deber.

--En tí se está viendo ahora palpablemente. Hallas un obstáculo en tu

camino; parécete mucho trabajo destruirle, y te empeñas en saltar

sobre él á todo trance, para que tus propósitos no se malogren ni se

detengan un momento. Nada te supone que ese proceder sea incompatible

con mis deseos. Con tal de que los tuyos se cumplan, ¿qué importa el

sacrificio de mi conciencia?

--En situaciones como la nuestra en este instante, las reflexiones

de una dialéctica fría como la tuya, sólo sirven para acrecentar el

martirio. ¡No te complazcas, Águeda, en escarbar la herida que me mata,

y dime, si puedes, qué amor es el tuyo que así razona y escrupuliza,

cuando el mío es incendio que me devora!

--No lo sé... Pero sé que daría mi vida por que creyeras.

--Entonces ¿qué fuerza misteriosa es esa que te da alientos para

sacrificarte por aquello mismo que, hallado por mí, haría inútil el

sacrificio?

--¡Cómo has de verla, ciego!... Tu alma está á obscuras... ¡Cree!

--¡No puedo, Águeda: mi razón se resiste á ello!

--La razón va por donde se la conduce.

--Y si el destino quiere que yo no llegue á creer, aunque lo intente,

¿por qué me ha de costar, eso que tú llamas desventura, la más

irremediable de perderte?

--Porque así debe ser.

--¿Y mi corazón, Águeda?... ¿Y este amor que me enloquece?

--¡Tu corazón!... ¡Si pudieras ver el mío!...

--¡Esta pasión es mi vida; ahogarla es matarme!...

--He ahí la mejor prueba de lo que vale esa razón que es tu orgullo.

Atrévese altanera con el mismo Dios, y la abate, y la humilla, y la

vence una simple contrariedad.

--¡Á este conflicto llamas simple contrariedad!

--Sí, Fernando; porque no la hay tan grande en la vida humana, que no

pueda ser vencida por la reflexión, cuando ésta se inspira en la fe que

te falta.

--¡Otra vez la fe!...

--¡Otra vez, y siempre! Un mismo sol alumbra todos los rincones del

mundo. ¿Adónde irás con los ojos abiertos sin que los hiera su luz?

--Resueltamente, Águeda, no cabe inteligencia entre nosotros, si no

desciendes de esas alturas ideales.

--Ó si tú no subes á ellas.

--Yo no hago imposibles.

--Pero los exiges.

--¿Es imposible lo que te propongo?

--¿Aún no te convences de ello?

--¡No, y mil veces no!

--Hemos llegado al fin que yo temía. Caminamos ya en un círculo de

hierro, y nos fatigamos ociosamente.

--¡Dogal es que oprime mi garganta!

--Te dije que sería inútil esta entrevista. ¡Mira cómo no me equivoqué!

No sueñes siquiera en otra: hablamos por última vez.

--¡Por última vez, Águeda! ¡Y eso te dicta la caridad! ¿Por qué, puesto

que conoces mi mal, no intentas su curación antes de abandonarme

inclemente? ¿Ó temes el contagio?

--No le temo; pero sé que mis fuerzas no bastan para tan grande

empresa, y que cuanto más avanza la gangrena, más dolorosa es la

operación de cortar por lo sano. Eso es lo que vamos á hacer, por mutua

conveniencia, ahora mismo, dando por terminada esta ociosa contienda

que me mata.

--Con mi despedida. ¿No es eso lo que quieres?

--Eso mismo.

--¡Puede ser eterna, Águeda!

--¿Quién sabe!... --dijo ésta sonriendo amargamente.

--¡Pero es muy cruel --exclamó Fernando exaltado-- esa conformidad con

que me condenas á no verte más!

--Ya sabes cuál es el camino por donde se llega hasta mí, y no ignoras

con qué llave se abren estas puertas.

--¡Si no la poseo, Águeda!

--¡Intenta siquiera buscarla, obcecado; y eso tendré que agradecerte!

Fernando, febril, pálido y desalentado, no quiso insistir en su

lucha contra aquella roca inconmovible. Levantóse trémulo, y dijo,

acercándose más á la joven:

--Estoy al borde del abismo que nos separa; te opones á que pase sobre

él, y no puedo retroceder, porque no quiero ni sé volver á lo que fuí.

Tengo que hundir en el negro fondo mis ojos y mi pensamiento... Si el

vértigo me arrastra, no olvides que tú dictaste la sentencia.

Después salió, como debe de salir de la capilla el reo que ha perdido

la última esperanza de perdón.

De tal palo, tal astilla · 第 9 / 20 段