--Y á tí ¿qué te importa, al fin y á la postre? ¿Por qué me he de

guardar para tí cuando en tu casa me tienen en poco? ¿Piensas que no

sé que desde que viniste te tienen á llave y cadena para que no se te

manche la casaca en el banco de la mi cocina? Pues el que en él se

asiente ha de tenerlo á mucha honra; que la mía está más limpia que los

mismos soles.

--Quiérate yo, Tasia, y lo demás es chanfaina.

--Es que yo no puedo querer á quien se recata para quererme; que han de

decírmelo á la luz del mediodía, y no por las bardas y á media noche...

Y como que á fiel no me ganas tú, sábete ahora que si hablé con Macabeo

fué porque se despedía de mí.

--¿De veras, Tasia?... Pues ¿tan lejos iba?

--Muy lejos, Bastián, y no por su culpa.

--Pero volverá.

--En su día, es claro, si allá no fenece.

--¡Dios! ¡Mira que si me engañas!...

--¡Dame á mí el cantazo y ponte tú la venda!...

--¡Tasia... suelto ó á pesebre, tuyo he de ser!

Aquí llegaba Bastián, cuando un estacazo que cayó sobre él, como

llovido del cielo, le cuarteó de la derecha, y casi le dejó sin aliento.

--¡Diossssss!... ¡Qué barbaridáaaa! --exclamó entre quejidos,

llevándose ambas manos á los lomos.

Tasia huyó hacia la fuente, y se perdió en la obscuridad de la calleja.

--¡Anda, zopenco! --rugió una voz detrás de Bastián, mientras un nuevo

estacazo le torcía hacia la izquierda--. ¡Yo te daré el remosco entre

las nalgas!

La voz y la estaca y los estacazos, eran del piadosísimo don Sotero que

salía de la iglesia de rezar el _cuarto de oración_. Tío y sobrino,

éste delante y renqueando, y el otro aguijoneándole con la voz y

midiéndole, á trechos, las costillas con la estaca, tomaron el rumbo

del viejo caserón, y llegaron á la corralada sin otra novedad que digna

de mencionarse sea en este imparcial y verídico relato.

[Ilustración]

[Ilustración]

XII

MÁS NOTAS PARA UN RETRATO

Trasponía en aquel instante la luna, oronda y mofletuda, las cumbres

más lejanas, y derramaba su luz pálida y confusa por todos los ámbitos

de Valdecines. Alcanzábale su gratuita ración correspondiente á la

casa de don Sotero, que, á tener que pagarla, sin ella se pasara tan

guapamente; y he aquí que, de pronto, se detienen tío y sobrino, viendo

que en el portal había un caballo amarrado al poste, y una persona que

entretenía la impaciencia paseando de un lado á otro, entre el caballo

y la pared del fondo.

Como en los ojos de don Sotero había algo de la virtud de los del

tigre, no tardó en conocer al paseante.

--Sube --dijo á Bastián muy callandito--, y dí que enciendan la vela de

mi cuarto.

Llegó Bastián al portal; saludó de mala gana con una sombrerada y un

gruñido al caballero, y entró en la casa.

En tanto, acercóse don Sotero á éste, y díjole muy afable:

--¡Usted á estas horas por aquí, señor don Fernando!

--Yo por aquí á estas horas--, respondió secamente nuestro conocido

personaje.

--Pues ¿cómo no me hizo la visita esta mañana, y se hubiera ahorrado un

viaje molesto?

--Porque á cada cosa hay que darle la luz que le conviene. El sol

radiante para los ángeles; las tinieblas...

--Para el demonio --concluyó don Sotero con una risotada--. ¿No iba

usted á decir esto, señor don Fernando?

--Ó una cosa muy parecida.

--Alabo la franqueza, y le aconsejo que nunca prescinda de ella cuando

hable conmigo... Yo soy así, don Fernando: nada me asusta ni me

sorprende. Espinas, bofetadas y cruz sufrió el Señor por nosotros: ¿qué

mucho que un pecador como yo padezca injusticias de los hombres?... Por

lo demás, repito que me extraña la hora de su visita.

--No fueron á mejor luz las otras dos que le he hecho en toda mi vida.

Nada tiene, pues, de raro el presente caso.

--Sea como usted quiera, amiguito; y, si le parece, subamos y honrará

mi casa.

--Subamos --dijo Fernando--, que aquí no estamos bien.

Echó por delante don Sotero, y desde el estragal llamó á Celsa, que no

tardó en asomar en lo alto de la escalera, con un candil en la mano. Á

su luz mortecina y pestilente, atravesaron el desnivelado corredor, y

luégo la desmantelada sala, y entraron en la alcoba que ya conocemos,

sobre cuya mesa ardía media vela de sebo en la ya inventariada

palmatoria de hoja de lata.

No quiso Fernando sentarse en la única silla que había allí, por más

que le instó don Sotero, después de cerrar la puerta de la sala y la de

la alcoba.

--Estoy de prisa --dijo mirando con repugnancia cuanto le rodeaba--, y

mi visita ha de ser breve. El motivo de ella demostrará á usted que aun

sin su advertencia de esta mañana, se la hubiera hecho.

--¿Quiere decir que viene usted ahora á mi casa _motu proprio_, no

porque yo se lo exigiera?

--Cabalmente.

--Sea en buen hora; que yo no he de pararme en cosas de tan poco

momento.

--Ante todo --prosiguió Fernando-- quiero saber qué tiene usted que

decirme.

--Poca cosa, caballerito --respondió don Sotero rascándose la punta

de la nariz--; poca cosa... y eso poco, por lo que afecta á la

tranquilidad de mi conciencia; pues de otro modo, me guardaría yo muy

bien de inmiscuirme en negocio semejante. ¡Harto le desvelan á uno los

propios, para que desee enderezar graciosamente los ajenos!

Diciendo así, acercóse más el pío varón á Fernando; y después de tomar

la actitud humilde y resobona que le era peculiar en los trances

graves, prosiguió:

--No ignoro, señor de Peñarrubia, que en vida de la señora doña Marta

Rubárcena de Quincevillas (que en santa gloria esté) hubo entre usted y

ella algunas discordancias, que dieron por resultado el quebrantamiento

de la amistad que hasta entonces había hallado usted en aquella honrada

y opulenta casa.

Fernando frunció las cejas y miró con gesto de ira y despecho á don

Sotero. Éste continuó imperturbable:

--El motivo de las discordancias... ya usted le sabe; los principales

móviles que arrastraban á usted á aquella casa, ¿á qué puntualizarlos

aquí?... en cuanto á lo cuerdo y transcendental de la medida tomada por

la previsora, sabia y santa madre, ¿qué he de decir yo que usted no

sepa?

Fernando estuvo á pique de arrancar del gaznate lengua que así

profanaba lo que él ponía sobre su corazón, como sagrada reliquia.

Tampoco pareció notarlo don Sotero, y siguió hablando así:

--Mantener en todo su vigor el acuerdo tomado, fué su pensamiento hasta

el último instante de su vida; y para que, más allá del sepulcro, la

humana debilidad no hiciera inútiles sus previsiones, dejó el encargo

de que la secundaran en sus santos propósitos á dos personas que la

merecieron en vida completa y omnímoda confianza. Yo, aunque indigno,

soy una de esas personas; y en este momento, por ausencia de la otra,

el único encargado en la tierra de hacer que se cumpla la última

voluntad de aquella santa mujer.

La noticia dejó yerto á Fernando. ¿Qué iba á ser de Águeda en manos

tales? Conste, en honra del enamorado joven, que no pensó en otra cosa

en aquel instante. Y á lo dicho, añadió don Sotero todavía:

--No me negará usted, amiguito, que las prescripciones de la difunta

doña Marta, en lo relativo al asunto de que voy hablando, han sido

quebrantadas por _ustedes_ mucho antes de lo que yo esperaba, aun

teniendo en cuenta los naturales ímpetus de la juventud; y no

extrañará, por consiguiente, que le amoneste y excite, á fin de que

retroceda en el camino que parece haberse trazado; ni que le prevenga

que estoy resuelto á hacer que prevalezcan vigentes los acuerdos

tomados con usted en vida de la susodicha y precitada señora, por

todos los medios que estén á mi alcance. Es caso, como usted ve, de

conciencia; y yo con la conciencia soy muy rígido.

Qué tumultos de ira, de asco, de indignación, de lástima, y de todo

cuanto punza, oprime y subleva el alma, sintió Fernando en aquel

instante, imagíneselo el lector.

--Renunciando --dijo, dominándose cuanto pudo-- al intento de buscar

los verdaderos móviles de esas advertencias, porque los fondos

cenagosos é infectos no son para todos los estómagos, he de advertirle

que si, en lo tocante á los medios de que piensa valerse, confunde los

de su cargo con algún otro que ha puesto en sus manos... el oficio, no

ha de lograr muy fácilmente el intento que le guía. De todo me creo

capaz, menos de pactar con usted, en bien ni en mal, cosa que á ese

asunto se refiera.

--Sea todo por el amor de Dios --dijo don Sotero hecho una malva--.

Pero conste que está usted advertido... por lo que pueda suceder... Y

ahora --continuó, restregándose las manos--, dígame á qué debo la honra

de su visita, puesto que no ha sido causa de ella mi indicación de

esta mañana.

Fernando, por toda respuesta, arrojó sobre la mesa un cartuchito de

monedas, y dijo al mismo tiempo con seca voz y muy mal gesto:

--Cuente usted.

Volvióse lentamente don Sotero; cogió el cartucho, le abrió, examinó

las monedas, que eran de oro, en la palma de la mano, y las contó una á

una.

--Cuarenta centenes --murmuró--. Poca cosa. Cuatro mil reales justos.

--Esas son --dijo Fernando--, mis economías de todo el año; las guardé

como un tesoro para aliviar, con el propósito que representan donde

ahora están, parte del peso de una deuda que me oprime el alma, como la

mayor de las ignominias.

--Hombre --dijo aquí don Sotero con burlona sonrisa--, ¡tiene usted

una moral muy chusca!... porque supongo que esa andanada de palabrotas

y actitudes terribles, no la ha soltado usted contra sí propio, sino

contra mí que le saqué del apuro.

--Anote usted esa cantidad en mi recibo --repuso imperiosa y secamente

el joven, poco dispuesto, por las trazas, á entrar con don Sotero en

disputas sobre moral.

Sacó éste, con mucha flema, un legajo del arcón, y del legajo un papel;

y después de leerle entre dientes de modo que Fernando le entendiera,

sentóse, humedeció la pluma en los no muy empapados cendales del

tintero, y escribió, cerca de la firma que en el papel había, lo que el

joven deseaba.

--Está usted servido, caballerito.

Se acercó Fernando á la mesa, y leyó lo escrito en el papel que el otro

no soltó de las manos.

--Y ahora --añadió don Sotero, mientras volvía á meter el papel en

el legajo, y el legajo y las monedas en el arcón--, hágame usted el

obsequio de oirme unas cuantas palabras muy al caso; que también á mí

me gusta dar á cada cosa la luz que le corresponde.

Cargóse Fernando, siempre ceñudo y avinagrado, sobre una pierna,

mientras se daba golpecitos en la otra con su látigo de montar; y

acercándosele don Sotero, le habló así, guardando al mismo tiempo los

anteojos en un estuche de hoja de lata, forrado por dentro de bayeta

verde:

--No hace todavía un año, se me presentó usted en este mismo sitio,

pálido y desconcertado. Jamás había cruzado yo una palabra con usted;

pero le conocía de verle entrar, muy pocas veces, por cierto, en casa

de la nunca bastante llorada doña Marta Rubárcena de Quincevillas (que

santa paz disfrute). Díjome usted, sobre poco más ó menos: «Abusando

de mi inexperiencia en las intrigas del mundo, logró un malvado la

garantía de mis reiteradas é insistentes recomendaciones, para cometer

una estafa en un centro donde el nombre de mi padre goza de grande

y merecido prestigio. Acabo de saberlo, y quiero pagar el valor de

lo estafado, sin pérdida de un solo momento; antes de que la idea de

mi complicidad en tan infame delito pueda cruzar por la mente de la

víctima, ó de que mi nombre corra el riesgo de figurar junto al del

ladrón en un proceso. ¿Puede usted y quiere librarme de estas horribles

contingencias, y del bochorno de hacérselas conocer á mi padre para

obtener su auxilio, que no me faltaría, proporcionándome la cantidad

que necesito, con las condiciones que usted quiera?...» La cantidad,

señor don Fernando, ascendía á la friolera de dos mil duros redondos.

Púselos á su disposición; y aun, de mutuo acuerdo, yo mismo se los

situé en Madrid, sin pérdida de correo. Y pregunto yo ahora: ¿haría un

padre por su hijo más que lo que yo hice por usted?

Fernando miró al prestamista con gesto de amarga ironía, y le preguntó

muy sosegadamente:

--¿De qué suma aparezco yo deudor en el recibo que le dejé en prenda?

--De la que procede por ley inexorable de la aritmética: de seis mil

duros justos.

--Ya es algo eso, aunque no todo... Y ¿qué le parece á usted de la

garantía... que usted se tomó?

--Que es la única que usted tenía y debía ofrecerme. Pagarme, cuando

usted herede, con lo primero y más seguro que aparezca en el cuerpo

de bienes hereditarios, si antes, ó por otros conceptos, ó después, á

falta de aquéllos, no adquiere usted...

--¡Pues esa es la infamia! --dijo Fernando exaltándose--: ¡hacerme á mí

capaz de ofrecer la muerte de mi padre por garantía de un préstamo!

--Y ¿por qué lo firmó usted?

--Porque explotando usted maravillosamente la ansiedad en que yo me

hallaba entonces, se guardó muy bien de leerme lo que escribió á su

gusto en el documento. Cabía en mí la sospecha de que el favor me

saliera caro en dinero, aunque no tanto como me ha salido; pero lo

inicuo de este contrato no se lo imagina fácilmente quien no es capaz

de cometer tal iniquidad. Cuando pasó el peligro que temía, y con

él la fiebre que me devoraba, me acerqué á usted para tener exacto

conocimiento del compromiso que había contraído. Entonces fué cuando

supe que por huir de dar un pasajero disgusto á mi padre, me había

puesto en peligro de matarle con la pena de saber que tiene un hijo

capaz de firmar lo que yo he firmado.

--Vamos á cuentas --repuso don Sotero muy sosegadamente--, y á cuentas

muy claras; y veremos al fin de ellas qué queda de justicia en los

cargos que usted me hace. Empecemos por el precio que he puesto, y

que tan alto le parece, al préstamo que le hice. El veinte por ciento

sobre cuarenta mil reales, importa ocho mil cada un año. Suponiendo

que le queden diez de vida (Dios se la dé muy larga y colmada de

bienes) al doctor Peñarrubia, se habrán acumulado ochenta mil reales

de intereses. Ochenta, y cuarenta mil de préstamo, hacen justamente

ciento veinte mil... ¡y todavía renuncio al interés correspondiente á

la acumulación! Verdad que puede usted decirme: ¿y por qué me cobras

un rédito tan crecido?... Por los riesgos, señor don Fernando, por los

riesgos... que no son pocos. Puede su padre de usted vivir muchos años

todavía; puede comerse en vida todo lo que tiene; puede usted morir

antes de heredar... ¡qué sé yo cuánto puede ocurrir en tan largo plazo!

Y todas estas contingencias se tienen en cuenta en los usos ordinarios

del comercio... En cuanto á las garantías que usted me ofrece en el

recibo, ¿tiene usted otra mejor, por ventura? ¿Tanto abundan en el

mundo los pródigos que prestan dinero bajo la fe de la palabra, ó con

la hipoteca sola del entendimiento ó de la gallardía de la persona?

--¿Y por qué no dijo usted eso mismo antes de hacerme el préstamo?

--Hablemos claros, señor don Fernando: lo que á usted le inquieta es el

temor de que yo pueda esgrimir contra usted ese arma que ha puesto en

mis manos una casualidad.

--Y ¿por qué no he de temerlo?

--En ese caso, habrá motivos, en opinión de usted, que lo justifiquen.

--Que le justifiquen, no; que lo hagan posible, sí: ¡de todo creo capaz

á quien de tal modo sorprendió mi buena fe!

--Muchas gracias, caballerito, por el juicio que le merezco --respondió

don Sotero, risueño y dulce como nunca--. No obstante, y en testimonio

de lo acertado que anda en él, quiero declararle que según sea la

conducta de usted en lo referente al asunto que tanto se roza con el

cargo que pesa sobre mi conciencia, y del cual hablé á usted antes, así

será el uso que yo haga de este documento.

--Pues claridad por claridad --replicó Fernando--: no firmo pactos con

usted, ni acepto condiciones en nada que se relacione con el asunto á

que alude; y ni aun por hallarse investido del cargo á que se ampara,

consentiré que se me atraviese usted en el camino. ¡Juzgue, por esto

que digo, de lo que seré capaz de hacer si sus inclinaciones, ó sus

conveniencias, le arrastran á cometer una nueva felonía conmigo!

Con esto abandonó el joven la estancia, bajó á tientas la escalera,

desató el caballo, montó en él y salió del pueblo hacia la sierra por

caminos desusados; pues no quería ser visto en aquella ocasión, y la

luna alumbraba con exceso las callejas frecuentadas.

Don Sotero no se enderezó hasta que oyó sus pasos en el portal;

entonces dijo, con sonrisa burlona, hasta enseñar todos los dientes:

--¡Mentecato! ¡Pues no se ha figurado que al herirle con ese arma voy á

descubrir el cuerpo?

Después llamó á Celsa, y la mandó preparar la cena.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIII

LO QUE SE DECÍA

Ya que en Valdecines estamos, y de noche y con luna, hemos de dar un

vistazo á la botica. Porque en Valdecines había, á la sazón, y habrá

hoy probablemente, su poco de botica, de la cual se surtían, en los

trances muy apurados de la vida, hasta siete pueblos de tres leguas

en contorno. «Su poco de botica» dije, porque, en rigor de verdad, la

de Valdecines no era botica por entero. Por de pronto, el boticario,

hombre que ya pasaba de los sesenta, así manejaba la espátula en su

laboratorio, como el zarcillo en la huerta, ó el hacha en el monte

cuando le pedían muy caro por bajarle un carro de leña; pues, como

él decía al tachársele estas inconveniencias profesionales, los

tiempos corrían apurados, _el arte_ no lucía, y la familia, femenina

sin una sola excepción, abundante y desacomodada, á eso y á mucho

más le obligaba... por ejemplo, á ser industrial con matrícula, sin

dejar de ser científico con real diploma; razón por la que, en el no

muy holgado local de la botica, lo mismo se despachaban píldoras y

vomitivos, que sogas de esparto, clavos de ripia y jabón de Málaga; de

donde resultaba, á creer á los marchantes, que las medicinas de aquella

botica supiesen á especias y bacalao, y á cerato y á valeriana los

comestibles de aquella tienda. Y como entre la mesa de la oficina y el

mostrador no había solución de continuidad, en ausencia del boticario

despachaba las recetas aquélla de sus hijas que estaba de turno en el

mostrador; y, por el contrario, en ausencias de la hija, servía el

farmacéutico á los parroquianos de la tienda.

No faltaba quien, en el pueblo y fuera del pueblo, murmurase de estas

informalidades en el transcendentalísimo manipuleo de los jaropes; pero

á esas murmuraciones respondía el farmacéutico, con muchísima razón,

que la culpa estaba en los mismos murmuradores que se resistían á

pagar, por todo un año de _asalareo_, más de dos celemines de maíz, ó

de veinte reales en dinero. ¡Vaya usted por todo ese tiempo y esa cuota

á surtir de medicamentos á una familia entera, y oblíguese, con las

ganancias, á tener mancebo que le supla en ausencias y enfermedades!

¡Gracias si de sus preparados contra lombrices y _jaldía_, en los

cuales achaques era el tal farmacéutico un especialista de cierta fama,

sacaba un adarme de jugo para endulzar los amargores de su penuria! ¡Y

gracias también á que, con el sistema de don Lesmes, apenas despachaba

en el pueblo más que recetas de zaragatona! Lo cual no le impedía

acribillar al pobre cirujano con zumbas y dicterios muy á menudo.

Solía ayudarle en la empresa, aunque recargando el auxilio con

durezas y groserías jamás merecidas de un hombre tan inofensivo en

su conversación como don Lesmes, la tercera capacidad del pueblo,

ya que no lo fuera por el entendimiento, por la profesión que en él

ejercía, aunque también á medias, como el boticario la suya. Refiérome

al maestro de escuela, hombre de tanta edad como el cirujano y el

farmacéutico, y lo mismo que ellos, forrado en antiguallas y rutinas,

con un geniazo bestial, apegado á la _pauta_ y al _puntero_, y, sobre

todo, á la palmeta, sin que leyes, ni métodos, ni tratados, lograran

hacerle cambiar de sistema, ni tampoco obligarle á dejar la plaza en

beneficio de profesor más apto y competente, según rezaba y lo exigía

la ley imperante. Pero, sin duda alguna, las cosas de Valdecines se

imponían por su propia virtud al Estado mismo; ó, al contrario, tan

poco realce tenía el pueblo en el mapa general, que nadie se acordaba

de él sino para sacarle las contribuciones y los quintos; por lo que,

en punto á médico, botica y escuela, atrasaba dos siglos muy cumplidos

en el reló de los tiempos.

Volviendo al maestro, digo que cobraba mal los cincuenta celemines

de maíz que le pagaba el pueblo, amén de veinte ducados para camisa

y hogar; y que parecía empeñado en indemnizarse de estos daños y

perjuicios con el pellejo de los muchachos, á quienes desollaba vivos

cuatro veces á la semana, que eran los días, mal contados, que en ella

daba escuela.

Por lo demás, alardeaba de docto y de consagrar lo mejor de su vida

al perfeccionamiento de la enseñanza elemental, y aun de la misma

lengua patria, contra cuyos perfiles y sutilezas bramaba como una

bestia. Déjase comprender por esto que también era hombre de sistema.

No había leído á _Fray Gerundio de Campazas_, y, sin embargo, en punto

á ortografía y otros requilorios gramaticales, se parecía al Cojo de

Villaornate como un barbarismo á otro barbarismo. No he de exponer

yo aquí sus luminosas teorías, porque, sobre no venir al caso, nos

ocuparía mucho terreno.

Esperaba que la Academia, aplaudiéndolas, se las recomendaría al

Gobierno para la procedente recompensa; y en eso andaba desde años

atrás, faltándole siempre dar _la última mano_ á la _Memoria razonada_

que tenía escrita.

Estos proyectos y el mucho pan que le comían, sin ganarle para un par

de zapatos, los cinco hijos que sumaba, entre hembras y varones, le

absorbían la mejor parte del poco entendimiento que le cupo en suerte.

El resto le consagraba á hacer almadreñas y colodras, que se vendían,

aquéllas en invierno y éstas en todas las estaciones del año, en la

tienda del boticario.

Pues digo ahora que estos tres sujetos, el cirujano, el boticario y

el maestro, cada vez que se hallaban juntos reñían indefectiblemente;

siendo de advertir que se juntaban todas las noches en la botica;

y, asimismo, que desde su consulta con el doctor Peñarrubia, el

bendito don Lesmes estaba inaguantable de vano y satisfecho, lo cual

exasperaba al pedagogo y sacaba de quicio al farmacéutico. De modo que,

desde aquella fecha memorable, la discordia aparecía entre las tres

susodichas capacidades de Valdecines, anticipándose á los trámites

acostumbrados.

En la ocasión en que se las he presentado al lector, el boticario hacía

píldoras sobre la mesa, y sus dos amigos departían con él desde la

pared de enfrente, acomodados en sendos taburetes de pino, aunque muy

separados entre sí.

Apenas comenzada la sesión, ya chisporroteaba; y eso que don Lesmes,

con su comedimiento habitual, había expuesto técnicamente á sus

contertulios el estado de cada uno de los enfermos existentes en el

pueblo, cosa que hacía todas las noches, y no había citado más que

tres veces á su «íntimo amigo» el doctor Peñarrubia; pero cabalmente

había visto el maestro á Fernando salir de _la casa_; y con el último

sahumerio al padre, asaltó al pedagogo este recuerdo del hijo. Habló

del caso con su habitual aspereza, y concluyó diciendo:

--¡Se necesita tener muy poca vergüenza para hacer lo que ha hecho hoy

ese mequetrefe!

--Pues ¿qué ha hecho? --preguntó don Lesmes en tono de negar

importancia al suceso.

--¡Saltar, como quien dice, sobre el cadáver de quien le echó de casa,

para volver á entrar en ella!

--Creo yo --repuso el cirujano-- que para hablar de ese modo de una

persona, se necesita conocer muy á fondo los motivos.

--¡Pamplinas llamo yo á esos reparos! --dijo el maestro dando un

garrotazo en el suelo y echando lumbre por los ojos.

--Pues yo le digo á usted --respondió el cirujano contoneándose en su

taburete-- que estoy muy al tanto de lo que pasa en la familia de mi

querido amigo y compañero el doctor, y que conozco los secretos más

íntimos de esas señoras (como que entro y he entrado en su casa con la

misma franqueza que en la mía); y puedo asegurar que, en la ocasión

presente, se equivoca usted en cuanto asegura.

Bufó el maestro, entre burlón y furioso, y replicó á estas palabras de

don Lesmes:

--¡Chanfaina, y rechanfaina, y requetechanfaina! «¡Mi amigo el

doctor!...» ¡puá!... «¡Mi compañero el doctor!...» ¡buf! ¿De cuándo

acá, zurriascas, le vienen á usted esas herencias? Ayer era para usted,

como para toda la comarca, _Pateta_ el herejote. Habló con él una vez,

y eso para matar entre los dos á la pobre señora, y ya es un santo y un

caballero y un amigo íntimo suyo. ¡Zurriascas! ¡Yo llamo al pan pan, y

al vino vino, y no cato ogaño lo que antaño me amargó!

Don Lesmes sufrió impávido esta descarga, y respondió á ella con muy

acentuada solemnidad:

De tal palo, tal astilla · 第 8 / 20 段