--¡Pues ha de sobrarme ó aquí finiquito! Como te decía, Tasia: la moza,

un poco tentada de la cubicia y de la fanfarria, abrió la puerta á un

trampantojo con media levita y muchas esperanzas; y cátate á Macabeo

boca abajo. Pero fuése el fantasmón por esos mundos, porque en su casa

le querían para una principesa, aunque á un pesebre arrimaría mejor,

por lo animal, y cátate á Macabeo boca arriba; que así andan las cosas

en el mundo: según corren los vientos, allá van los pensares. No soy

rencoroso, Tasia; caras buenas se me dieron, y de pascuas fué la mía.

Mucho zapato rompí paseando la calleja; enronquecí cantándola de noche;

y lo que no asomó en paseos y cantares, teníalo ya á la punta de la

lengua para salir de una vez de pesadumbres, y ¡recaráspitis! volvió la

nube á Valdecines de la noche á la mañana.

--¿Y qué?

--Que en aquel punto se acabaron las caras de gloria para Macabeo,

y espenzaron á roerle las entrañas penas y resquemores. ¡Ya se ve!

Macabeo pobre, Macabeo solo, Macabeo venturado, Macabeo á sobras y

desechos toda su vida...

--¿Y qué más?

--Y el sujeto, pudiente y cabezudo... Ella con barruntos de señorío,

porque á naide le amarga un dulce...

--¡Acaba el cantar, hombre!

--¡Caráspitis! ¡pues bien claro está! Macabeo muerto. Pero has de

saber, Tasia, que, como Dios castiga sin palo y sin piedra, al

fantasmón ese le echó el alto quien podía echársele... y puede que

sepas ya lo demás, que harto se ha corrido por el pueblo. Según

lenguas, está abocado á ser el perro del hortelano: privóme de la

fruta; pero él no ha de catarla.

--Y dime, baldragazas, chismosón y cizañero, ¿á qué me echas á mí ese

cantar? ¿Soy yo la cubiciosa, por si acaso?

--¡Vaya, que el demonio que te entienda! Táchasme de collón y de

encogido; dícesme que cante mis sentires, porque el hombre ha de ser

claro; sóilo, y te embocicas. ¿Cómo me quieres, Tasia?

--¡Ni en pintura!

--¿Pues qué mal te hice? ¿Qué teja te rompí?

--¡La de la buena fama, lenguatón! ¡Yo con fanfarria! ¡Yo cambiando las

caras! ¿Cuándo te puse otra que la que tengo? ¿Qué papel firmemos nunca

ni tú ni yo al respetive? ¿Á quién hago yo la rosca por su levita? Si

me quiere pobre quien tiene mucho, ¿he de cerrarle yo la puerta?

--¡Tasia, caráspitis! ¡Sin lengua me vea si con el aquél de ofenderte

la moví! Yo no he mentado siquiera el santo de tu nombre. ¿Por qué te

picastes?

--¿Conque me pones el ajo entre los dientes, y quieres que no me pique?

--Pues mira, Tasia, ya que le cataste, allá te le dejo; pero ¿por qué

te quejas de su picor y no me agradeces la melecina?

--¿Ónde está ella?

--En los pesares que te canté. ¿Por quién los tengo? ¿Por quién

sospiro?... ¡Y mira tú si me arrojo cuando el caso llega! Otra que tú

no me oyó otro tanto.

--¡Vaya una renta la que me ofreces!

--Harto da, Tasia, quien desnudo se queda...

--Para poca salú, morirse es mejor, Macabeo.

--¡Y luégo te quejas, caráspitis, si te llamo cubiciosa!... Pues con el

otro no cuentes.

--¡Porque á tí se te antoje!...

--¡Ay, Tasia, aunque yo no te ganara, más te valiera perderle! ¡Mira

que es muy bruto!

--Tú no le has de desasnar.

--¡Mira que lo de rico está en veremos!

--¡Si la envidia fuera tiña!...

--¡Mira que si le llaman á firmar, ha de verse en apuro con el apellido!

--Falsos testimonios que el malquerer levanta.

--¡Mira que el que vino al mundo por mal camino, en jamás de los

jamases andará derecho!

--Torcidos andan muchos que nacieron como Dios manda.

--Tasia: dos novillas uncideras tengo; veintidós carros labrantíos en

la Llosa; buena pradera en el Hondón...

--¿De tu mesmo peculio?

--Como la lengua con que te lo digo. La casa sin un clavo de empeño,

y el carro en el portal; que en echándole una trenca y dos armones,

cátale nuevo...

--Se corrió que también eso era ya de los señores, Macabeo.

--¡Malos quereres de la envidia, Tasia! Á renta llevo, además, tres

fincas de lo mejor del valle; y, por último, á buenos amos sirvo; ni

fumo ni bebo, y ya sabes lo que te estimo...

Cuando llegó aquí Macabeo, Tasia, con la mano libre, atusaba los

pliegues del refajo, escarbaba el suelo con el blanco pie desnudo, y

parecía que contaba las chinas con los ojos.

Levantólos después, poco á poco, hasta los de Macabeo, y díjole muy

risueña:

--¿Y al auto de qué me lo cuentas?

--Pues, caráspitis --respondió Macabeo hecho unas mieles y asombrado

de su propio atrevimiento--, al auto de que lo rumies y luégo escojas

entre esta pobreza que te pongo en la mano, y la otra fachenda que anda

volando. Las cosas claras.

--De manera es, Macabeo, que en jamás así las pusistes.

--Nunca es tarde si la dicha es buena. ¿Serálo la mía?

--De menos nos hizo Dios.

--Poco ofreces, Tasia.

--¡No tenías tanto enantes, y con ello pasabas!

--Con apuros, hija; y por salir de ellos me arriesgué.

--¡Cubicioso!

--¿Me las güelves ahora? ¡Al río ó á la puente, Tasia! En el burro me

puse, ¡vengan ya los palos!

--Pero ¿qué quieres, bobo?

--El sí ó el no... clarito el juego.

--¡Pues no, que es turbio!... ¡Y me está viendo las cartas!

--Los ojos se engañan las más de las veces. ¡El sí ó el no con la boca,

Tasia!

--¡Vaya que es ahogo! Déjame rumiarlo, que bien vale la pena; y harto

llevas de presente, que no llevas el no que merecías.

--¡Por vida del caráspitis!... ¿Y así te marchas, Tasia?

--¡No que se juega!

--Pero ¿me das cara?

--¡Toda la que tengo, eso sí!

Tasia se alejaba haciendo muecas á Macabeo.

--¿Y me abrirás la puerta? --gritóle éste.

--¡Esa es de mi padre! --respondió la moza.

Macabeo se hinchó como un odre, para desinflarse en seguida con este

grito:

--¿Y echarás al otro cuando yo entre?

Tasia no se veía ya; pero se oyó su voz que cantaba esta copla:

Porque me rondan muchos,

dice mi madre:

«Al sol que más caliente

has de arrimarte.»

Rascóse Macabeo la cabeza, y dijo andando hacia la portalada:

--¡De todas suertes, no me pesa el desfogue, porque, así como así, no

podía ya con la congoja!

[Ilustración]

[Ilustración]

X

LAS UÑAS DEL RAPOSO

Oyéronse á la puerta del gabinete en que Águeda se hallaba, unos

golpecitos muy acompasados y una voz afectadamente tímida que

preguntaba:

--¿Hay permiso?

Águeda se estremeció, como quien despierta de un largo sueño con el

graznido de la corneja, y respondió de muy mala gana:

--Adelante.

Y entró don Sotero, en su actitud habitual en aquella casa: encorvada

la cerviz, el paso lento y las manos cruzadas sobre el vientre. Saludó

á su modo; preguntó á la joven por la salud, por el apetito, por el

sueño, por el dolor de cabeza y por veinte cosas más; oyó lo menos que

podía respondérsele; y dijo restregándose muy suavemente las manos,

después de avanzar dos pasos hacia Águeda, quedándose á pie firme

delante de ella:

--Presupuesto, señora mía, que el bálsamo de la religión, juntamente

con el buen sentido con que el Señor, en su divina munificencia, quiso

dotarla á usted, habrán amortiguado lo más acerbo de sus dolores

morales, en cumplimiento de un sacratísimo deber me tomo la libertad de

pedir á usted unos minutos de audiencia para enterarla...

--Si quiere usted hablarme --interrumpió Águeda con desabrimiento-- de

asuntos en que ha entendido en esta casa, hágame el favor de aplazarlo

por unos días.

--Lo haría con todo mi corazón, señorita --replicó don Sotero, cada vez

más compungido y meloso--, si los asuntos á que me refiero no fueran

otros que esos en que yo _he entendido en esta casa_; pero los hay

mucho más delicados y apremiantes, de los cuales necesito enterarla á

usted, aunque al hacerlo se renueven ciertas heridas que á todos nos

alcanzan en la debida proporción.

--Razón de más --dijo Águeda con aire imperativo--, para que se aplace

la entrevista.

--Es que --insistió el otro hecho unas mieles--, necesitamos

ponernos de acuerdo usted y éste su humilde servidor, sobre ciertos

preliminares, sin lo cual tengo atadas las manos para dar comienzo,

con el auxilio de Dios, á la delicada empresa que se me encomendó en

hora y ocasión bien solemnes.

Más que pueril curiosidad sintió Águeda al oir estas palabras:

sonáronle á cosa muy grave por el recuerdo que evocaban, por la persona

que las decía, y hasta por el acento con que las pronunciaba. No trató

de disimular su alarma, y preguntó en seguida:

--¿Á qué empresa se refiere usted?

Carraspeó don Sotero y respondió así:

--Cuando el Señor, en sus inescrutables designios, dispuso que la nunca

bastante llorada doña Marta, su santa madre de usted (que en gloria se

halle), cayese enferma de algún cuidado, recordará usted que ella misma

pidió los sacramentos.

--No es, en efecto, para olvidado por mí --respondió la joven,

indignada de que tan sagradas memorias anduvieran en semejantes

labios--. Pero ¿y qué?

Don Sotero, imperturbable, continuó:

--Recordará usted, asimismo, que después de orillados de ese modo

edificante los asuntos de la vida perdurable, pensó en los de esta otra

terrenal y perecedera... y mandó llamar á un escribano...

--Recuerdo también esa otra circunstancia --interrumpió Águeda,

aguijoneando al otro con su inquietud--. No hay necesidad de

desmenuzarla tanto para llegar pronto adonde yo deseo.

--Vino el escribano --siguió don Sotero haciendo una reverencia--, y

testó la señora.

--También lo sé.

--¿Y sabe usted en qué términos?

--En los más acertados.

--¿Lo sabe usted ó lo presume?

--En este caso es igual presumirlo que saberlo.

--¡Y no se equivoca usted! El culto, los pobres, sus hijas... para

todos y para todo hay allí algo, y cada cosa en su punto y lugar. En

fin, como que se trata de una superior inteligencia y de una santa de

Dios.

Acabábase la paciencia de Águeda, y la indignación le arrancó estas

palabras:

--¿Y por qué sabe usted esas cosas que yo ignoro todavía?

Don Sotero, como si le mecieran brisas de mayo, respondió sonriente y

melifluo:

--Ahí enlaza precisamente el objeto de la audiencia que he tenido el

honor de pedir á usted, señorita. Es, pues, el caso, que tuve la honra

de ser llamado, en tan solemne ocasión, por su señora madre (que de

Dios goce), y la más alta aún de ser consultado sobre determinadas

cláusulas.

--Naturalmente --dijo Águeda, deseando explicarse la odiosa intrusión

del modo menos irritante.

--Me congratulo de que así juzgue usted del caso.

--Paréceme que, siendo usted su administrador, no estaba de más á su

lado en aquel instante.

--Eso pensé yo también cuando se me llamó; pero su señora madre, cuyas

bondades nunca serán bastante alabadas, tuvo á bien distinguirme con la

investidura de un cargo más elevado.

--¡Á usted! --exclamó Águeda con asombro.

--Á mí --recalcó don Sotero, humillando la cabeza--. En vano protesté;

en vano expuse mi incapacidad y lo espinoso del cometido... No hubo

modo de renunciarle.

--¿Y qué cargo es ese?

--El cargo, señorita, de albacea testamentario, con el item más de

curador de las dos huérfanas y tutor de la más joven; por supuesto, con

relevación de fianza...

--¡No puede ser eso! --dijo Águeda con indignación, levantándose de su

asiento y mirando con ojos de espanto á don Sotero.

Éste, sin inmutarse, llevó su diestra al bolsillo interior de su

anguarina, y sacó un protocolo en papel sellado.

--Aquí está la copia del testamento --dijo mostrándola humildemente--.

Mandé sacarla... por lo que pudiera suceder.

Águeda rechazó los papeles y se dejó caer en el sillón, abrumada por

el peso de muy contrarios sentimientos. Tan contrarios eran, tanto se

repelían entre sí, por hermosos los unos, por repugnantes los otros,

que no quiso detener la consideración sobre ellos. Desprendióse de los

últimos, apartando la vista, como quien se sacude de los opresores

anillos de una serpiente, y replicó al hombre negro:

--¡Pero no será usted el único tutor nombrado!

--Iba á hablar á usted acerca de ese punto --expuso don Sotero con voz

temblona y entrecortada-- cuando fuí interrumpido con una expresión

cuya dureza... ¡créalo usted, por la salvación de mi alma! no

corresponde al desinterés ni á la profundidad de mi cariño...

Hizo aquí unos pucheros; se pasó por los ojos un pañuelo de yerbas, y

continuó:

--Nómbrase también á su señor tío de usted, don Plácido Quincevillas.

Respiró Águeda.

--¡También mi tío don Plácido! --exclamó--. Por supuesto, con las

mismas atribuciones.

--Por supuesto, señorita... Sólo que, si bien hemos de ejercer los

cargos de mancomún, podemos también, y debemos desempeñarlos _in

solidum_, es decir, cualquiera de los dos en enfermedad, etc., etc.,

del otro.

--Bien está; pero como hasta ahora no se ha dado el caso de

enfermedad...

--Pero sí el de ausencia; y, además, ha de saber usted que es voluntad

expresa y terminante de la testadora, de santa memoria, que desde el

instante de su fallecimiento se encargue de la tutela y curatela, y en

adelante la ejerza preferentemente, aquél de nosotros dos que se halle

más cerca de las huérfanas; porque es también su propósito manifiesto,

y aquí consta, que jamás se vean ustedes sin una sombra protectora.

--¿Y usted viene á ofrecerme la suya en este momento?

--Yo vengo, señorita, á notificar á usted humildemente estas

disposiciones, para proceder, con su permiso y acuerdo, á hacer el

inventario de los caudales. Ha de ser largo y penoso, y el tiempo legal

no es mucho. Vea usted la razón única de la entrevista que he tenido el

honor de pedirla...

--Y ¿por qué no ha venido mi tío? --preguntó Águeda secamente.

--Eso me pregunto yo á cada instante --respondió don Sotero con la

mayor naturalidad--; ¿por qué no viene el señor don Plácido?

--¡Es muy raro que ni siquiera conteste á la carta que le dirigí el día

de la desgracia!

--Con esa misma fecha se la notifiqué yo, añadiéndole lo referente á

los cargos que le estaban encomendados por la voluntad de la difunta...

Le he repetido la carta... y el mismo silencio.

--¡Es raro eso también! --replicó Águeda mirando al hombre con gesto

medio burlón y medio iracundo.

--No es tanto, señorita --dijo don Sotero con su habitual sencillez--,

si se considera que su señor tío de usted vive, como quien dice, en el

último rincón del mundo. Las cartas, por las exigencias del servicio

del correo, tardan cinco días desde aquí á Treshigares, cuando menos.

Pueden haber tardado más; pueden haberse extraviado... y hasta pueden

estar intactas sobre la mesa del señor don Plácido... porque ya usted

sabe hasta qué punto le distraen sus especiales ocupaciones y la

originalidad de su carácter.

Águeda, que sin duda sospechaba alguna indignidad en aquel hombre,

le medía con la vista de arriba abajo, y se empeñaba inútilmente en

buscarle los ojos con lo que pudiéramos llamar punta de su mirada.

El santo varón no apartaba la suya del suelo que le sostenía. Duró

esta muda escena breve tiempo, y dijo Águeda, con un desabrimiento

inconcebible en su dulzura habitual:

--Y en suma, ¿qué es lo que usted quiere de mí en este instante?

--Ya he tenido el honor de decirlo, señorita: que hay que hacer el

inventario de los bienes de la testamentaría, y que necesitamos

ponernos de acuerdo, para que yo, con el auxilio de Dios y mi buen

deseo, comience desde luégo...

--No debe darse paso alguno sin la presencia de mi tío.

--Me permito repetir á usted que el tiempo legal es corto en

comparación de la tarea. Además, su señor tío de usted se alegrará

mucho si al llegar se encuentra hecha una buena parte de este mecánico

y engorroso trabajo.

--En hora buena: puede usted comenzarle cuando quiera.

Don Sotero saludó con una cabezada; pero no movió sus anchos pies del

sitio que ocupaban.

--¿Tiene usted más que decirme? --le preguntó la joven.

--Muy poca cosa, señorita --respondió el hombre negro, manoseando el

rollo de papel sellado que no había vuelto á guardar--; muy poca cosa;

y eso, por lo que respecta á la parte de responsabilidad que me alcanza

en la cláusula testamentaria referente al celo con que debo vigilar

las inclinaciones, digámoslo así, afectuosas, de ustedes...

--¡También eso!

--Aquí está escrito... cláusula catorce, si no me equivoco...

Efectivamente: cláusula catorce... Pero de esto, señorita, no quiero ni

debo hablar con personas de tan firmes y puros sentimientos religiosos.

Mi conciencia queda tranquila, por ahora, con advertir á usted la

existencia de la cláusula, á la cual debo...

--¡Basta! --exclamó Águeda, casi trémula de indignación--. Deme usted

esos papeles, y hemos concluído.

Entregóselos don Sotero con una humildísima reverencia, y se retiró

dulce, suave y mansamente.

En cuanto se quedó sola buscó Águeda, revolviendo las hojas de papel

con mano trémula y ansiosa, la cláusula mencionada. Pronto dió con

ella. Decía así:

«Recomiendo á mis hijas muy amadas que, si Dios no las llama por otro

camino aún más santo y ejemplar, en el momento de la elección de esposo

pongan su consideración en las ideas religiosas que han de adornar

al hombre que prefieran; que no olviden jamás que fuera de la Santa

Iglesia Católica, en la cual he vivido y he de morir, con la gracia

divina, no hay salvación para el alma; y encargo á dichos mis albaceas

que si, lo que Dios no permita ni yo espero, las vieren inclinadas á

transigir ó vacilar en tan gravísimo asunto, las adviertan y amonesten

y se valgan de todos los medios lícitos para enderezarlas á mejor fin.

Las amo con todo mi corazón, y quiero el bien de sus almas.»

--Todo esto --se dijo Águeda arrojando los papeles sobre un velador--,

es muy santo y muy bueno, y está muy en su lugar... Sí, señor; pero,

por lo mismo que es tan santo y es tan bueno, ¿por qué ha de entender

en ello un hombre como ese? ¿Por qué puso mi madre en semejantes

manos armas tan peligrosas? ¿Por qué dejó hasta los más delicados

sentimientos de mi alma sujetos y amarrados al capricho de un hombre

grosero y repugnante?... ¿Por qué, Dios mío, la que fué tan sabia y

previsora en todos los asuntos de la vida, fué tan ciega y desacertada

en sus juicios acerca de ese... bribón?... ¡Bribón, sí, bribón!

Porque don Sotero lo es, ó no los hay en el mundo... ¡Y yo estoy

bajo la odiosa tiranía de sus maldades! Y ¿cuándo, Señor; cuando me

veo oprimida entre los hierros de este grillete afrentoso! ¡Cuando

las pocas fuerzas que me quedan las necesito para luchar contra el

enemigo que llevo dentro del corazón! Desde que este hombre ha hablado

conmigo, todas mis penas toman un tinte más negro; envuélveme el ánimo

una nube densa y sofocante, y no hay desdicha que yo no tema. Es

preciso que don Plácido sepa todo esto inmediatamente... ¡si es que no

entra también en los designios de Dios que hasta ese apoyo me falte!

¡Hágase siempre su voluntad!

Después se puso á escribir una carta.

[Ilustración]

[Ilustración]

XI

PASA-CALLE

En cuanto la tuvo escrita y cerrada, mandó llamar á Macabeo. Presentóse

éste con la puntualidad que se le impuso en lo apremiante del recado, y

le dijo Águeda:

--¡Necesito que inmediatamente me hagas el más grande favor que puedes

hacerme en tu vida, por larga que sea!

Macabeo respondió sin titubear:

--La carne soy; usté el cuchillo: corte por donde quiera.

--¿Sabes tú ir á Treshigares?

--Jamás allá estuve; pero quien lengua lleva...

--Pues en Treshigares vive mi tío, don Plácido Quincevillas. Es preciso

que de tu misma mano reciba esta carta.

--La recibirá.

--Y si por cualquier evento se te perdiera, dile que vas de mi parte

á prevenirle que me veo sola y amenazada de grandes peligros... que me

veo sola, porque Dios quiso llevarse del mundo á mi madre... Asómbrate,

Macabeo, ¡todavía no lo sabe!

Asombróse el hombre, en efecto, y hasta respondió, haciéndose cruces:

--¡Pero si yo mismo llevé á la estafeta la carta en que usté se lo

contaba!... Y no me dejará mentir el señor don Sotero que me la cogió

de la mano, al llegar á la puerta, para echarla en el cajón con otras

que él sacó del bolsillo.

--¡Conque fué don Sotero quien recogió la carta de tus manos! --exclamó

Águeda--. Algo por el estilo tenía que ser. ¡Me lo daba el corazón! El

caso es, Macabeo, que mi tío no llega; que urge muchísimo su venida, y

que es preciso que con esta carta ó con tu recado venga sin perder un

instante.

--¡Vendrá, caráspitis! --dijo Macabeo contagiado de la ansiedad en

que se hallaba la joven--. Vendrá conmigo, aunque tenga que traerle á

cuestas. No sé qué males son los que la amenazan á usté; pero sé que

hay males que la amenazan, porque usté me lo asegura; y esto me basta.

--No digas á nadie en el pueblo adónde vas, ni preguntes por el mejor

camino hasta que salgas del valle... Andando, sin detenerte más de lo

preciso para descansar, podéis estar aquí los dos en cinco días... Seis

faltan todavía para San Juan.

--¡Aunque fuera mañana, caráspitis!... Los hombres son para las

ocasiones.

--Lo sé, Macabeo; pero también sé que te costaría una pesadumbre el

hallarte ese día fuera de Valdecines... Á Dios gracias, todo se puede

conciliar esta vez.

--Pues yo digo que no hay que hablar del asunto, sino mover los

_pisantes_... y muy á prisa. Conque venga la carta, que voy de un salto

á ponerme las _atrevidas_[3] y á dejar en orden la poca hacienda.

[3] Alpargatas.

--Yo me encargo de que te la cuiden bien en tu ausencia.

--Dase por hecho, aunque no se merece, señorita.

--Toma la carta...

Recibióla Macabeo, y un momento después un puñado de monedas que Águeda

sacó de un cajón de su escritorio.

--¡Pero si hay aquí para una casa! --dijo Macabeo contemplando el

dinero con asombro.

--Pues á la vuelta --repuso Águeda sonriéndose--, he de darte para el

huerto.

--¡Caráspitis! --dijo el otro--. ¡Siento la oferta porque no se tome á

cubicia el reventón que pienso darme!

Y con esto y una reverencia, salió Macabeo de la estancia, y luégo del

corral.

Por listo y afanoso que anduvo, mientras arregló _la ceba_ de las

novillas para cuando se las recogieran por la noche, y se puso la ropa

nueva, y se calzó las alpargatas, y guardó las escasas provisiones de

boca en el arcón de la harina, y metió _á subio_ la leña que tenía en

el corral, y volvió á dejar la llave de la casa en la de su señora, ya

era por filo más de media tarde.

Al tomar, por delante de la iglesia, el camino del valle, se encontró

con Tasia que pasaba de la heredad que acababa de resallar, á otra que

tenía en la llosa del Cotero. Reanudóse la interrumpida conversación, y

púsose Macabeo hecho un jarabe; pero no hubo modo de que dijera adónde

se encaminaba, y eso que la moza lo intentó con gran empeño.

--De lo mío --dijo él en conclusión--, puedes disponer como de cosa

propia. Pero en este viaje mandado soy y á lejanas tierras me llevan,

sin lengua en la boca, cuidados ajenos... ¡Quítame tú el mayor de los

que tengo encima, y verásme volver en el aire!... ¿Te pido, Tasia?

--¿Ese es el cuidado que te mata, probetón?

--¡Ese mesmo es el que la entraña me consume!

Tasia se royó un poquitín la uña del índice que tenía entre los

dientes, y respondió, sacudiéndose toda, como quien toma una pronta y

decisiva resolución:

--¡Pídeme á la vuelta, Macabeo!

Éste, fuera de sí, echó el sombrero al aire y exclamó:

--Pues pide tú ahora por esa boca de bendiciones... ¡y vengan leguas

por delante, y sálgame el _Ojáncano_ en el monte; que lo mismo será

para mí que si llovieran pajucas!... ¡Tasia, aticuenta que no salgo de

Valdecines, y que ya estoy de vuelta!

Pero Tasia la había dado con el cuerpo hacia la Llosa, y se alejaba de

Macabeo.

Éste enderezó sus pasos al valle; y al entrar en él, los ojos de su

alegría se le pintaron anegado en agua de limón y chocolate, las dos

ambiciones insaciables de su deseo, en lo tocante á regalos del paladar

y del estómago. Tuvo un relincho en el gaznate y un cantar entre los

labios; pero se acordó de que era triste el motivo de su viaje, y

de que se le había encargado la mayor reserva al emprenderle, y se

contentó con hacer dos zapatetas y restregarse las manos, mientras

descendía volteando el garrote que lanzó al espacio.

Aquella misma noche fué Bastián, dando zancadas y recatándose hasta

de su sombra, á casa de Tasia. Esperó en el portal á que ésta, según

costumbre, saliera á la fuente, que estaba muy cerca, y la dijo,

queriendo enfadarse más de lo que podía:

--¡Buen verde te has dado esta tarde!... ¡Dios!

--¿Enónde, animal?

--Yendo á la Llosa, Tasia... ¡Á rejalgar me supo á mí! ¡Cómo se

arrimaba él!... ¡Ah, perro!... ¡Cómo manoteaba!... ¡Dios!... ¡Si llego

á bajar y le echo mano!... Dí que me celaban, ¡que si no!...

--¡Vaya un miedo que tiene el obispo á los curas!...

--¿De cuándo acá te ronda ese pelón, Tasia? ¿Conque era verdá lo que se

me dijo y yo negaba? ¡Así él me zamarreó con tanto rejo cuando me vió

llegar de súpito á Valdecines!... ¡Dios!

--Pero ¿de quién hablas, borrico?

--¡De Macabeo, Tasia!... ¡de ese pelifustrán malenconido!

--¡Pues dígote, con la sartén que injuria al cazo!... No te quieras

hespir tanto, Bastián, que de sandifesio á sandifesio, no va un palmo.

--Saca la cara por él, ¡Dios! ¡Y luégo dime que no le estimas!

De tal palo, tal astilla · 第 7 / 20 段