dejan adivinar fácilmente. ¡Donoso estaba á la sazón el impávido adalid
de la nueva ciencia! ¡Temblar delante de una _señorita de aldea_, el
que erguido sobre la tribuna ponía en efervescencia á la muchedumbre
con el vigor de su palabra!
Precisamente á estos recuerdos se agarró Fernando para adquirir la
serenidad que le faltaba en aquel trance, que no dejaba de ser espinoso
para él, como se verá por lo que sigue.
Encauzada, al fin, la conversación, gracias al esfuerzo de voluntad del
joven, llegó á decir Águeda:
--Veía la muerte junto al lecho de mi madre; juzgué que el doctor
Peñarrubia era el único recurso humano que podía salvarla, y le busqué.
--Eso es decirme, Águeda --replicó Fernando--, que yo he creído que
en la carta escrita á mi padre iba la llave para que yo abriera estas
puertas que se habían cerrado.
--Esto es dar á un hecho la única explicación que tiene.
--Y por ventura ¿le he dado yo otra distinta?
--Expongo la razón de mi conducta.
--¿Á quién? ¿Á mí? ¡Ay, Águeda! ¡desgraciadamente no puedo invocar ese
derecho!
--Pero yo le reconozco en quien acaso me escucha en este instante: su
memoria es mi juez, y ha de serlo.
--No olvido que ese juez me cerró estas puertas.
Águeda calló.
--Ni que tú echaste la llave --añadió Fernando--. Ya ves que es ocioso
recordármelo.
--Entonces ¿por qué has venido?
--Porque no pensé que en estas horas supremas en que la costumbre
obliga á ser paciente con tantas protestas falsas de cariño, fueras
desdeñosa con el único corazón que mide y siente la magnitud de tu pena.
Águeda oyó el eco de estas palabras en lo más hondo de su pecho, y se
abandonó al dulce sentimiento que las inspiró.
--¡Si vieras, Fernando --dijo, con los hermosos ojos arrasados en
lágrimas--, qué triste es la soledad en que me hallo! ¡Si vieras qué
grande, qué obscura y qué fría me parece esta casa desde que se fué
para siempre quien la llenaba toda!
--¡Te crees sola, Águeda --repuso el joven, reanimado con esta sencilla
denuncia de un afecto aún palpitante--, te crees sola, y te complaces
en alejar de tu lado á los que te aman!
Como si estas palabras hubieran vuelto á Águeda á la línea de un
deber olvidado, preguntó con firme entonación, mirando con valentía á
Fernando:
--¿Hubieras venido hoy á esta casa hallándose mi madre viva en ella?
--¡Te juro que sin ese propósito no hubiera vuelto á la Montaña!...
Y ¿cómo renunciar á él? Se desecha un antojo pueril; se arroja á los
vientos del olvido la ilusión de un día; pero no se arranca del pecho
jamás lo que ha arraigado allí con la fuerza y la voluntad del destino.
Esto lo sabes tú muy bien, Águeda, ó no me decías la verdad cuando el
abismo no se había abierto aún entre nosotros. Pues bien: los abismos,
ó se llenan ó se salvan, según sea su profundidad. Yo no conozco
todavía la del nuestro; para conocerla hubiera vuelto aquí.
--Te dije que este abismo no es de los que se salvan con puentes, y
que es muy profundo para colmado.
--Ese dictamen tuyo pudiera no ser el mío. Lo cierto es que me hablaste
del conflicto, que me indicaste algo sobre su naturaleza; pero nadie
accedió entonces á mis deseos de examinarle con serenidad. Una voluntad
de hierro se opuso siempre...
--Pues esa voluntad, Fernando, es la que sigue mandando en esta casa;
y entiende que, sin ella, la mía hubiera bastado para cerrarte estas
puertas.
--¿Y piensas, Águeda, que eso es obrar con justicia?
--Sé que obro con la ley de Dios; y esto me basta.
--¿Y es ley de Dios negar la luz al que perece en la obscuridad;
arrojar en la sima de todos los tormentos al que camina por una senda
despejada en busca del bien que ya tocan sus manos?
Águeda miró á Fernando con fijeza, y le dijo:
--Cuanto más grande es el bien que se busca, más heróica es la
abnegación que se necesita para renunciar á él.
--Y si el bien es lícito, ¿por qué no hemos de alcanzarle?
--Recuerda, Fernando, en el caso presente, el abismo de que hablabas.
No es necesario que yo te diga su profundidad; tú la conoces. Llénale
si puedes, ó retrocede. Salvándole á la carrera, no esperes hallarme á
la otra parte... Y mira ahora lo que me rodea; ve la ocasión en que me
arguyes; vuelve los ojos atrás... ¡y ten compasión de mí!
El llanto ahogó la voz de Águeda. Fernando sintió en su corazón un
dolor agudo, como si aquellas lágrimas se le abrasaran, y replicó
conmovido:
--Perdona, mi bien, las penas que te causan estos quejidos en que
rebosa mi pecho. No vine hoy á tu casa á hacerte llorar, sino á llorar
contigo; estábanme cerradas sus puertas, y he tenido que asaltarlas
para entrar; podías creerte ofendida, podías despedirme sin oir la
razón de mi venida, y este temor de un suceso que habría de causarme
tantas, tan diversas y tan hondas heridas á la vez, privóme de la
serenidad para hablarte como un amigo que deplora tus penas. Lo demás,
Águeda, ha venido ello solo; porque de la abundancia del corazón habla
la boca. Dícesme que vuelva atrás la vista... Un año há que no sé mirar
á otra parte; porque vivo de los recuerdos desde que se cerró el camino
de mis esperanzas... ¡Déjame evocarlos, Águeda!
--¡Apartarlos de tu memoria fuera mejor para entrambos! --dijo Águeda
con angustia.
--¡Tanto valiera --repuso Fernando con vehemencia-- quitar la luz á mis
ojos! No tengo fuerzas, Águeda, para arrancarte de mi pensamiento, ni
al precio de ese sacrificio quiero la vida.
--Esa vida no es tuya, y has de aceptarla por triste que sea.
--No es mía, es verdad, pues te la consagré al conocerte.
--¡Tu vida es de Dios, Fernando: no lo olvides!
--Yo no sé más sino que es muy amarga sin tí, y que no puedo con ella.
--Arrástrala como cruz, que Calvario es el mundo.
--¡Ayúdame al menos á llevarla!
--Y ¿á quién encomendaré la mía, Fernando? ¡Si vieras lo que pesa!
--¡No lo parece, Águeda!
--¿Porque no me quejo como tú? ¿Porque no me rebelo?
--Porque si esa cruz que arrastras es como la mía, en tu voluntad está
librarte pronto de ella... abreviando el camino.
--El que yo sigo no tiene atajos: con cruz ó sin ella, he de seguirle
hasta el fin. Tocóme la cruz, y la llevo. Ese es mi deber.
--¡Dichosa tú si á tanto te atreves! Yo no tengo esa virtud.
--Porque te falta la fe.
--En tí puse la mía, y en tí la tengo.
--Ponla en cosa más alta, si no quieres perderla.
--No podemos entendernos así, Águeda: yo mido un hecho con el criterio
humano, y tú le contemplas desde los ideales de tu fantasía religiosa.
Desciende por un instante al mundo de la realidad, y júzgame entre los
hombres y con la razón de los hombres. El destino quiso que tú y yo nos
halláramos, porque nos había arrojado á la vida para eso. No recuerdo
cómo te lo dije, ó si te lo dije con palabras; pero sé que cuando
sentí que te amaba, ya lo sabías tú, como yo supe que era dueño de tu
corazón sin que me lo confesaras. Desde entonces, nuestros pensamientos
fueron limpio cristal para los ojos del alma; y mientras la tuya se
recreaba en contemplar la pureza de los míos, comprendí que había en el
mundo algo más grande y más hermoso que el amor á los aplausos y á la
gloria; y era la gloria de ser amado por tí. Ni inquietudes, ni dudas,
ni recelos, ni vacilaciones nos atormentaron jamás: como si fuéramos
los únicos moradores de la tierra, el afecto que nos unió no podía
tener otros partícipes que nosotros mismos. No fueron muchas ni largas
nuestras entrevistas, ni el misterio ni el vano alarde las acompañaron;
brotaba el amor de nuestros pechos sin esfuerzo ni violencia: una
palabra sola bastaba para traer á los labios todo el corazón, como del
grano depositado en la tierra brota la flor fragante al dulce calor
de la primavera. Al alejarme de tí por largo tiempo, parecíame que no
nos separábamos; pues si perdía de vista al sol, acompañábame su luz
iluminando todos los horizontes de mi vida... ¿Cabe amor más puro ni
más intenso, Águeda?
Ésta, invencible y severa, no dijo una palabra. El otro continuó:
--Hasta aquí, lo llano y placentero; las auras perfumadas y el ritmo
sublime de todos los cánticos de la naturaleza. Desde aquí, las
sombras de la noche, el frío y la soledad. Un día, por virtud de
extrañas sugestiones, ó por los recelos que produce en el país el
nombre que llevo, ó porque el destino así lo decretó, tus creencias
ortodoxas quisieron registrar el fondo de mi conciencia. Obra son del
convencimiento y de la reflexión las ideas que tengo y profeso acerca
de ese punto de eterna controversia; y como no sé mentir, no os oculté
que había grandes y radicales discordancias entre tu modo y mi modo de
ver esas cosas.
--¡Y se abrió el abismo entre nosotros! --dijo Águeda.
--¡Le abrísteis! --replicó Fernando--. Tu madre creyó ver en el suceso
una providencial advertencia, y discretamente nos trazó el camino que
en adelante debíamos seguir... Sin embargo, no fué su boca, sino la
tuya, la que me hizo conocer su acuerdo inclemente.
--Si con esa advertencia quieres ponderar mi dureza contigo, recuerda
lo que ya te dije otra vez, y verás que no me remuerde la conciencia:
yo sola hubiera tomado esa misma determinación, á no tomarla mi madre.
--¡Tan grave te parece aún mi delito!
--¡Enorme, Fernando!
--Y no obstante, jamás quisiste someterme á un juicio desapasionado y
sereno.
--En delitos de esa naturaleza, no hay grados. Ó se delinque, ó no se
delinque. El más ó el menos importa muy poco. Desconociendo mi fe, lo
mismo nos separa un punto que la inmensidad.
--Eso me dijiste también entonces con harto asombro mío. ¡Qué mal se
compadecía, Águeda, el rigor de esas palabras que me mataban, con la
dulzura de tantas otras con que me diste la vida!
--No está la muerte en la sentencia, sino en el reo que la merece.
--¿Y por ventura sé yo todavía lo que soy en este proceso extraño?
Reo me llamas, y sin oirme me condenas; busco en mi corazón y en mi
conciencia el delito de que me acusas, y no hallo sino amor y adoración
por tí; y tú, en pago, me matas.
--¡Yo!
--¡Sí, Águeda, tú! Mi vida, desde que nos hallamos, está en el ansia de
llegar á tí, para no separarnos jamás. En la senda me encontraba ya. Tú
me cerraste el paso.
--Sé más justo: te señalé el obstáculo que te le cerraba.
--Abismo le llamaste.
--Y lo es por lo que nos separa. También te dije: «cólmale y pasa, si
quieres acercarte á mí.» ¿Lo has intentado siquiera, Fernando? ¿Qué
esfuerzos puedes invocar que abonen la razón con que me llamas cruel é
injusta?
--¿Y qué esfuerzos cabían en mí? ¿Por ventura se cambian cada día las
convicciones? ¿Podía yo dejar de pensar como pienso por el solo hecho
de saber que no pensaba como tú?
--Podías, cuando menos, no haber ahondado la sima.
--¿Luego, la he ahondado?
--¡Cosa extraña! antes de surgir el conflicto, la misma prudencia
era tu boca en asunto tan grave; desde que la fatal discordancia nos
separó, tus actos públicos han sido una incesante batalla contra los
dogmas augustos de la fe. ¿Qué juicio debo formar de tus propósitos?
--Ninguno que no me favorezca, Águeda. La casualidad ordena á menudo
las cosas de ese modo.
--Y la casualidad fué, si no la Providencia, la que puso en mis manos
los impresos relatos de esas tus proezas.
--Lejos de tí, nimio y pueril consideré el motivo de nuestra
desavenencia, é indigno le juzgué de someterle al temple de mis
arraigadas convicciones; escrúpulo me pareció de los que se desvanecen
con el soplo de la reflexión, y dejéle intacto en espera de las que
pensaba hacerte.
En esto, arrastráronme las circunstancias á una de las batallas que tú
lamentas, y entré á pelear con todas mis armas, sin pensar que pudiera
herirte con ellas; antes bien, como los paladines legendarios, invoqué
tu nombre en demanda de valor y de fuerzas; y cuando los aplausos
(perdona esta candorosa declaración) me anunciaron la victoria, sentí
no tenerte á mi lado para depositar los ganados laureles á tus pies.
En cuanto á mi tesis doctoral, otra de las nefandas batallas, á lo que
presumo, con decirte que la escribí antes del fatal suceso, quito toda
la maldad á tu sospecha. ¡Ahí tienes lo que queda de mis supuestos
propósitos de hostilidad y rebeldía!
--No te creí movido de los de tal índole; pues para admirar tu
talento, no he necesitado verle brillar entre los aplausos del mundo.
Tú me has dicho que de la abundancia del corazón habla la boca. De la
abundancia del tuyo brotaron aquellas herejías cuando yo te soñaba
meditando sobre las que me declaraste aquí. Esa abundancia, y la
ocasión en que la conocí, son lo que deploro: con ello ensanchaste la
sima que nos separaba.
--Águeda --dijo aquí Fernando con acento conmovido, después de meditar
un rato con la frente entre las manos--, me persuado de que nuestros
criterios son incompatibles para juzgar de este conflicto; sin embargo,
el trance es para mí, entiéndelo bien, de vida ó muerte. No te pido
que, en virtud de estas declaraciones, me abras las puertas de tu casa
y vuelvan las cosas al estado en que se hallaban hace un año; pero
te suplico, de rodillas si es necesario, por el amor que inunda mi
alma, por el que aún late en tu pecho, que me oigas una vez siquiera
con oídos humanos; que me juzgues con la razón fría y desapasionada.
¿Quién sabe, Águeda, si la mujer que supo hacer vibrar en mi pecho
desconocidas cuerdas, logrará con la luz de su talento y de su fe
iluminar eso que tú crees antros de podredumbre y de maldad!... Ya
ves si quiero transigir... Además, á mí nunca se me dijo que esas
diferencias pudieran ser obstáculo á ninguno de los fines honrados
de la vida... Con la buena fe de esta ignorancia te conocí y te amé.
Acéptala en descargo de mi culpa, y óyeme... no ahora, sino cuando
pasen algunos días, y con ellos lo más amargo del dolor que te
aqueja... En suma, Águeda, ¡que no sea ésta la última vez que yo hable
contigo con el derecho de decirte que te adoro!
Águeda oyó estas súplicas con el alma acongojada, pero con heróica
resolución. El trance en que se hallaba la infeliz, era por todo
extremo complicado.
--La extensión de tus errores --respondió-- me deja sin la menor
esperanza de que algún día se acorten las distancias que nos separan.
¿Á qué tu empeño en estrechar esos vínculos, que al fin han de
romperse? Y cuenta que temo por tí, Fernando; porque te veo sin armas
para luchar contra los obstáculos; sin fuerzas para resistir el peso de
tu desdicha. No obstante, si tan extrema es la necesidad que sientes
de que te oiga una vez más; si complaciéndote en ese deseo te pongo
en ocasión de que tus ideas puedan tomar otro rumbo, satisfáganse tus
ansias. Pero entiende que no se quebranta mi fe con argumentos sutiles.
Guárdate de hacerlos, y no olvides que sólo con la ley de Dios, no en
los labios, sino en el corazón, has de reinar en el mío.
Fernando, educado en la lucha de las ideas, tenía tal confianza en el
poder de las suyas, que se atrevió á considerar como señal de victoria
la concesión que Águeda le hacía. Despidióse de ella todo lo animoso
que podía estar en aquel paréntesis de desesperación, y salió. Cuando
el rumor de sus pasos dejó de oirse, Águeda cayó de rodillas ante un
hermoso crucifijo que había en la estancia, y exclamó desde lo más
hondo de su pecho:
--¡Señor y Redentor mío, inspírale! ¡Envía á su corazón una chispa de
tu gracia! ¡Que crea y se salve, aunque yo le pierda; y si el peso de
sus errores ha de vencerle, que no me falten las fuerzas para llevar
con resignación la cruz de mi desventura!
[Ilustración]
[Ilustración]
IX
LOS TRAPILLOS DE MACABEO
Al mismo tiempo que Fernando abría el postigo de la portalada para
salir del corral, iba á entrar en él don Sotero. Halláronse, pues,
frente á frente y á media vara de distancia, los dos personajes.
Fernando retrocedió como si hubiera pisado una culebra. Don Sotero,
con la cabeza gacha, según su costumbre, después de detenerse un rato
como para ceder el paso al joven, díjole, mirándole al mismo tiempo por
debajo de la espesura de sus cejas:
--No me pesa verle á usted bueno, caballerito.
--Me explico sin esfuerzo esa satisfacción --respondió Fernando
apretando los puños.
--¡Es tan natural! --replicó don Sotero, dando á lo que se veía de su
cara toda la expresión de bondad que cabía en ello.
--¡Como todo lo que usted hace y cavila! --dijo el otro mirándole
iracundo y no disimulando la impaciencia que le consumía.
--¿Parece que andamos muy de prisa?
--¡Mucho!
--Pues no se detenga por mi causa, señor de Peñarrubia... Verdad que
hubiera tenido grandísimo placer en hablar un ratito con usted...
--¡Conmigo! --exclamó Fernando entre azorado y desdeñoso--. ¿Aún tiene
usted algo que exigirme?
--¡Exigir, señor don Fernando! --repuso don Sotero con asombro--.
Pues ¿acaso he exigido yo á usted cosa alguna en todos los días de mi
vida?... No, caballerito, no: harto más desinteresadas y piadosas son
mis intenciones, como tendrá ocasión de verlo... porque supongo que
usted ha de menudear sus visitas á esta casa...
--¡Todo cuanto me sea posible! --respondió Fernando en un arrebato de
ira.
--Perfectamente --añadió don Sotero imperturbable--. Pues en una de
esas ocasiones, verbigracia, en la primera, se llega usted en dos
saltitos á mi casa, que siempre está á su disposición, y allí... ó
en esta misma, si usted lo prefiere, echamos un párrafo, como dos
buenos amigos... Conque, señor don Fernando, tengo muchísimo que hacer
adentro... y hasta la vista, si Dios quiere.
Con estas palabras, un gesto muy risueño y un saludito con la mano, se
despidió don Sotero y dejó la puerta libre, por la que salió Fernando
sin mirarle, pero royéndose los labios de ira.
Al poner los pies en la calle, se le acercó Macabeo con el caballo
embridado.
--Á tiempo llego, por lo que se ve --dijo el buen hombre sin poder
corregirse de aquella locuacidad que le consumía--. ¡Pues dígote que la
visita no ha sido floja, caráspitis!... Me alegraré que sea para bien,
señor don Fernando.
--Gracias --respondió éste maquinalmente, mientras ponía el pie en el
estribo.
--No hay por qué darlas --añadió Macabeo tirando del otro hacia
abajo con todas las fuerzas de su mano izquierda, y sujetando con la
derecha el caballo por el freno--. Si el dinero abundara en mí como
los deseos... ¡madre de Dios! ¡Buenas piernas le llevan, señor don
Fernando!... Á pique estuvieron de cansar á las mías aquella noche...
¡Caráspitis! más valiera no acordarme de ella... Quiero decir que
conozco el animal como si le hubiera parido. Conque vea usted en qué
otra cosa puedo servirle, y buen viaje.
--Gracias, buen Macabeo... y hasta la vista --dijo Fernando, dejando
caer una moneda de plata en el sombrero que aquél tenía entre sus
manos. Luégo arrimó las espuelas al caballo, y partió.
--¡Que se deja usté aquí esto! --gritóle Macabeo alzando la moneda.
--¡Guárdatela! --respondió sin volver la cara el que se iba.
--¡No la he ganado! --volvió á gritar Macabeo.
--¡Bébela á mi salud! --le respondieron.
--¡Si no lo cato, hombre de Dios! --gritó más recio el otro.
--¡Pues échala al pozo! --se oyó decir confusamente á Fernando, al
doblar el ángulo de la calleja que conducía al camino de la sierra.
--¡Caráspitis! ¡eso sí que no! --murmuró Macabeo, guardando la moneda
en el bolsillo después de darla unas vueltas en la mano.
Luégo se quedó pensativo, mirando en la dirección que había llevado el
joven.
--¡Y es galán de veras, y vistoso como una romería! La entraña, no
puede ser mejor... el ojo, noble como el de un rey... Lo que le pierde
es la casta... Relative á la casta... la casta es mala, ¡mala si las
hay! ¡Caráspitis! ¡Vaya una pareja que haría con la señorita!... ¡Ni
pintados en un papel!... ¡Á que no han dado en ello las almas de
Dios?...
En esto, cruzó por delante de él una moza bien metida en carnes, no muy
fresca de cutis, abierta y desengañada de fisonomía. Iba en mangas de
camisa, con refajo corto y en pernetas, y llevaba un sombrero de paja
en la cabeza y una azada al hombro. Al cruzarse con Macabeo, cantó con
toda la fuerza de sus pulmones:
Todas las gentes me dicen
¿cómo no te casas, Juan?
Las que me dan no las quiero;
las que quiero no me dan.
Escuchó Macabeo el cantar, y dijo á la cantadora:
--¡Angunos conozco yo, Tasia, que si se visten la seguerilla les
asienta como el pellejo!
--No la eché yo porque arrimara al tuyo --respondió Tasia.
--Ni yo te lo dije porque me resquemara.
--Pues, hijo, lo parecía por lo súpito que la agarrastes.
--Al que más y al que menos, pudo sucederle otro tanto, que limpio no
anda naide de esa calentura... y bien lo sabes tú.
--No lo dirás por los memoriales que te he echado.
--¡Ay, Tasia! ¡con el primero te sobraba!... Dígotelo porque no me come
la fantesía... ¡Más me comen otros resquemores!
--La que te parió que te entienda, Macabeo.
--Me paece que bien claro lo pongo, caráspitis... ¿Vas al resallo,
Tasia?
--¡No, que iré á rozar!
--Sin sallar tengo yo la heredá del Regato entoavía, y alguna más que
no digo.
--¡Y luégo saltarás si te ponen el ramo, como antaño!
--Enquina fué, y no otra cosa, Tasia, y maldá sería en el presente si
tal pasara. Soledá y desavíos me atrasaron la labor entonces, y penas y
laberientos de esta casa me traen ahora como estorneja días y semanas.
¿Y qué hacer? El pan comido tira siempre hacia quien lo dió; y, por
otra parte, aquí están los míos, aunque ellos estén altos y yo en el
estragal... ¡Ay, Tasia, qué solo me veo!
--En llorar esa pena se te va pasando la vida. No hubo moza soltera en
Valdecines, de veinte años acá, que no te haya oído la mesma sinjundia.
--¿Y qué?
--Que ni el Señor pasó de la cruz ni tú de ese jito.
--¿Y qué, Tasia?
--Que eres un baldragas, Macabeo.
--¡Caráspitis!
--Que te sobra lengua y te falta arrojo.
--Téngole como el que más, Tasia.
--Nunca dijiste á una moza: «por ahí te pudras,» y te bailan los ojos
hasta delante de la más fea. ¿Qué quieres, hijo? ¿que ellas te ronden?
¡Pues Luca bien te quiso!
--¡Y se pregonó de la noche á la mañana con Chiscón el de la Rispiona!
--Cansóse, la infeliz, de esperar á que la pidieras. Á Toña pudistes
arrimarte, que ley te tuvo.
--Pues bien claro se lo dije, Tasia, y me cerró la puerta.
--Porque hablaste cuando ya Selmo estaba adentro.
--¡Qué quieres, Tasia, no sé llegar á punto y sazón!
--¡Y así te has de morir, meleno! ¡Bien te lo dijo Nisca!
--¡Otra que tal! Buscábame la poca hacienda que tengo.
--¡Y se arrimó á un venturado sin camisa!
--Es que cuando no hay lomo, piltrafas como.
--¿Hiciste tú más que suspirar delante de ella?
--Al buen entendedor...
--Dí que tantas veo, tantas quiero... y ná en junto.
--¡Eso sí que no, Tasia!... Á fiel no me gana un perro.
--Si no lo das á ver, trabajo perdido... ¡Y luégo te quejas!
--Porque se ríen de mí, ¡caráspitis!
--Y han de reirse hasta los cantos, y bien harán... Pues ¿cómo lo
quieres, rapacín de la casa? ¿Dulce y con jisopo? ¡Ángel de Dios!...
cuando ya los colmillos se te caen de viejos... ¡baldragonas!
--¡Tasia, no me provoques!... ¡Y mire usté cuándo!
--¿Cuando qué?
--Cuando tengo el corazón lo mesmo que una zambomba, reventando por
cantar.
--¿No lo dije yo? ¡Otra tenemos! Pues canta, _serrano_[2].
[2] Pájaro feo, chiquitín y de voz desagradable.
--¡Pues canto, caráspitis, aunque las hieles mismas me salgan por
la boca! Tasia, bien sabes tú que en la vida no más que una vez se
quiere... aunque otra cosa se diga... ¡Á mí me llegó la hora!
--¡Ajá! Pues ya tardaba, Macabeo. Á bien que no has dejado de
entretener la espera.
--Tasia, con agua pasada no muele el molino; y, por otra parte,
aquellos quibis-cuobis de que hablabas, nunca tuvieron arte ni
concierto. Cosas de los años. Pero á fuerza de ellos maduran los
pensamientos; y están los míos á la presente, que se caen del árbol.
Auto al consonante, has de saber, Tasia, que es mucho lo que pudiera
cantar al respetive. Ternezas me desvelan y malenconías me consumen de
un tiempo acá. ¿Digo algo?
--Allá veremos, Macabeo. Á la presente, no va mal el son.
--Ella me dió cara, ó no hay ojos en la mía. Maja es la suya... delante
paece que la tengo, ¡y qué personal de cuerpo, Tasia!...
--No te pares, hombre... ¡Vaya que á lo mejor te falta el resuello!