comodidad, abundancia, buen gusto y primores de limpieza, eso sí.
Durante el feliz matrimonio de la última de los Rubárcenas con el señor
de Quincevillas, se hicieron en ella notables reformas, procurándose
hermanar en lo posible las reliquias de antaño y las exigencias de las
necesidades modernas. Son muy venerables los techos de madera, las
camas de alto testero y los bancos de encina con tallado espaldar;
pero son mucho más cómodos los cielos rasos, las camas metálicas con
jergón de muelles y los sillones tapizados, siempre que se trata de
dormir y de sentarse. Cuando se fundó aquella casa, todo el lujo _de
clase_ consistía, después de los indispensables blasones esculpidos en
piedra sobre el centro de la _solana_, en una portalada de sillería
con adornos y remates de escultura, costoso marco en que encajaban
dos portones macizos atestados de clavos de altísima cabeza, para dar
ingreso á un corral, obstruído ordinariamente por el acopio de leña
para largos meses, un carro de labranza, un horno de pan, el brocal de
un pozo con su correspondiente pila, y á menudo un montón de estiércol,
amén del perro y las gallinas, cuando no los conejos. Esto al mediodía,
en lugar preferente. El huerto, pequeño y asombrado por elevadas
tapias, como cosa indigna de verse, estaba relegado á la fachada del
norte; es decir, al frío y á la obscuridad. Sin embargo, era otro
detalle _de clase_; por lo cual se cargaba el despilfarro y la fachenda
en las tapias que se veían, importando dos cominos que la fruta y las
legumbres fueran pocas y malas.
Así estaba aún la casa de los Rubárcenas cuando unió sus blasones á
los de los Quincevillas. El avisado matrimonio comprendió que se podía
mejorar aquello sin ofensa de la tradición; y fué su primer acuerdo
dejar la portalada como la hallaron, por lo que tenía de vieja y,
sobre todo, de monumental; pero quitaron el horno y trasladaron los
demás estorbos del corral á una casita de labranza, construída á este
propósito en terreno que abundaba al otro lado de la casa solariega.
El tal terreno fué creciendo en extensión en virtud de compras y
cambios hechos por don Dámaso, muy aficionado á estas cosas, que son
la salsa de la vida campestre. _Redondeada_ la finca, comenzaron las
roturaciones, los plantíos y las siembras, y, por último, se cercó á
cal y canto, en la cual tarea, como nos dijo don Lesmes, sorprendió la
muerte al señor de Quincevillas. El jardín fué proyecto de su mujer, y
en su ejecución no intervino poco el buen gusto de Águeda, aunque era á
la sazón una niña.
Así andaba en aquella casa, por fuera y por dentro, mezclada la
tradición venerable con los estilos del día, como anda en todas las
solariegas de la Montaña, que no han acabado _en punta_, ó no se han
visto abandonadas por sus señores, más acomodados al bullicio de la
ciudad que al silencioso apartamiento de la aldea.
Cuentan los viejos de Valdecines que, por aquel entonces, la señora
de Quincevillas tenía que ver. Á creerlos, reinas la vestían y
emperatrices la peinaban; no por el lujo, que nunca fué tentada de él,
sino por el modo; el sol y la luna llevaba pintados en sus ojos negros;
y no parecía sino que los mismos ángeles le plegaban los labios cuando
sonreía. Su pelo era más fino y más negro que la seda; el cutis, como
nieve entre rosas, y torneros de la gloria debieron de hacer aquel
cuerpo gallardo que, al andar, se mecía como el dorado mimbre al blando
soplo del terral de la aurora.
Y no digo lo que se refiere de su caridad sin límites, de su amor
á los pobres y de su despego de las pompas mundanas, porque sería
el cuento de nunca acabar; y callo lo que se ensalza la especie de
veneración que sentía por su marido, tan digno de semejante mujer, por
sus altas prendas y señaladísimas virtudes; y lo que se pondera su
piedad edificante sin extremos ni gazmoñería; y, por último, lo que se
regocijaba su alma en la contemplación de la hija con que Dios había
querido estrechar más los lazos de aquel venturoso matrimonio, porque
lo uno se adivina fácilmente, y de lo otro voy á hablar yo por mi
propia cuenta.
Cierto, ciertísimo, que la última de los Rubárcenas tenía mucho
talento, y evidente y comprobado que no le mostró jamás elevándose á
las cumbres de la filosofía, ni á otras alturas en que las mujeres se
hacen ridículas, y se marean muy á menudo los hombres, sino bajándose
á los prosáicos pormenores de la vida doméstica. Tengo para mí que es
más difícil dirigir una familia sin que ninguno de sus miembros se
extravíe, ó la discordia arroje de vez en cuando en medio del grupo
su manzana, que gobernar un Estado. La señora de Quincevillas fué un
modelo admirable en aquel empeño. Ayudáronla en él su fe cristiana,
ante todo; es decir, la luz y la fuerza para conocer y cumplir sin
desmayo los altísimos deberes de su cargo, como esposa y como madre; y,
en segundo término, el rico caudal de conocimientos, á cual más útil en
los ordinarios sucesos de la vida íntima, adquirido en germen durante
su estancia en el colegio y profusamente desarrollado más tarde por la
virtud de su rara inteligencia.
La educación de Águeda, la formación de aquel hermoso carácter de que
ya hemos oído hablar, fué la grande obra de su vida, tarea en que, de
ordinario, tantos desvelos se malogran por falta de tacto. Cera es la
infancia que así se deshace con el calor excesivo, como se endurece con
el frío extremado. Conservarla en el grado preciso para que pueda tomar
la forma deseada, sin que se quiebre ó se deshaga entre las manos,
es el misterio del arte de la educación. Con ese tino consiguió la
discreta señora dirigir á su gusto el corazón y la inteligencia de su
hija hasta formarla por completo á su semejanza. Verdad que se prestaba
á ello la dócil masa de la despierta niña; pero en esa misma docilidad
estaba el riesgo cabalmente.
Que esta educación se fundó sobre los cimientos de la ley de Dios,
sin salvedades acomodaticias ni comentarios sutiles, se deduce de lo
que sabemos de la maestra, aunque está de más afirmarlo tratándose de
una ilustre casa de la Montaña, todas ellas, como las más humildes,
regidas por la misma ley inalterada é inalterable. En lo que se
distinguió esta madre de otras muchas madres en casos idénticos, fué
en su empeño resuelto de explicar á su hija la razón de las cosas para
acostumbrarla, en lo de tejas arriba, á considerar las prácticas, no
como deberes penosos y maquinales, sino como lazos de unión entre Dios
y sus criaturas; á tomarlas como una grata necesidad del espíritu, no
siempre y á todas horas como una mortificación de la carne rebelde. De
este modo, es decir, con la fuerza del convencimiento racional, arraigó
sus creencias en el corazón. Así es la fe de los mártires: heróica,
invencible; pero risueña y atractiva: ciega, en cuanto á sus misterios,
no en cuanto á la razón de que éstos sean impenetrables y creíbles.
Es de gran monta esta distinción que no quiere profundizar la malicia
heterodoxa, y de que tampoco sabe darse clara cuenta la ortodoxia _á
puño cerrado_.
Por un procedimiento análogo, es decir, estimulando la natural
curiosidad de los niños, consiguió doña Marta inclinar la de su hija,
en lo de puro adorno y cultura mundana, al lado conveniente á sus
propósitos; y una vez en aquel terreno, la condujo con suma facilidad
desde el esbozo de las ideas al conocimiento de las cosas. Libros bien
escogidos y muy adecuados, la ayudaban en tan delicada tarea; al cabo
de la cual, Águeda halló su corazón y su inteligencia dispuestos al
sentimiento y á la percepción, único propósito de su madre; pues no
quería ésta á su hija erudita, sino discreta; no espigaba la mies,
preparaba el terreno y le ponía en condiciones de producir copiosos
frutos, sanos y nutritivos, depositando en él buena semilla.
Algunos viajes hechos por Águeda, oportunamente dispuestos por su
madre, la permitieron comparar, á su modo, la idea que tenía formada
del mundo con la realidad de él; y como ya para entonces la previsora
maestra la había enseñado á leer en las extensas páginas del hermoso
suelo patrio, convencióse la perspicaz educanda de que _dice_ mucho
menos la ciudad con sus estruendos, que la agreste naturaleza con su
meditabunda tranquilidad. No exageraba su madre cuando la aseguraba,
con un famoso novelista, que en todo paisaje hay ideas. ¡Cuántas
encontraba Águeda entre los horizontes de su lindo valle!
Y he aquí de qué manera consiguió doña Marta arraigar en su hija el
amor al suelo nativo, otro de sus intentos más meditados, por juzgar el
caso de suma transcendencia.
Concluída la educación de Águeda, comenzó su madre la de su otra hija,
venida al mundo diez años después que aquélla; y en los tanteos andaba,
no más, de la candorosa y rudimentaria inteligencia de la niña, cuando
la muerte asaltó la risueña morada de aquel venturoso grupo, hiriendo á
la figura que más descollaba en él y mayor espacio ocupaba en el hogar.
Todo parecía haberlo previsto la noble dama, menos este insuperable
infortunio. Como decreto de Dios, le aceptó con la frente humillada;
pero la naturaleza reclamó su tributo de lágrimas y dolores, y la
viuda se le pagó al cabo con exceso. Tantos años de no interrumpida
felicidad, dejan fuertes raíces en el corazón y en la memoria; hiérelos
el mismo golpe que detiene el curso del tiempo venturoso, que no ha de
volver jamás; y en la amarga sima que abre, el alma de mejor temple cae
y se contrista. Así cayó abatido el espíritu de mujer tan animosa.
Águeda sepultó en su pecho el dolor propio para mitigar, en lo posible,
el que, de hora en hora, se imponía con creciente fuerza á la virtud de
su madre. Reemplazóla en las más indispensables atenciones domésticas,
por de pronto. Animóse con el ensayo; en otra tentativa echó sobre sí
el peso de mayores cuidados; y cuando se cargó con todos ellos, la
atribulada madre, como si hubiera estado esperando aquel resultado de
una prueba intentada, se abandonó por completo á sus meditaciones y
tristezas. Pronto se reflejaron en su cuerpo los dolores de su alma;
y de aquella matrona gentil y apuesta, en que todo era escultural y
hermoso, fueron desapareciendo la tersura y la redondez de las formas,
como si el luto que vestía fuera una cruz de hierro con espinas;
comenzaron á encanecer sus cabellos, y estampó en su rostro todas sus
huellas tristes la negra melancolía. Acrecentóse en ella el fervor
religioso, y se entregó á la vida mística y de mortificaciones.
Águeda contaba entonces diez y ocho años, y puede decirse que se
hallaba ya en la plenitud de su desarrollo y de su hermosura. Tenía
de su madre, en los buenos tiempos de ésta, los contornos artísticos
y graciosos, la corrección de facciones y la arrogancia del conjunto;
pero era rubia con ojos azules muy obscuros, con larguísimas pestañas,
casi negras, detalle que daba á su mirada dulce una extraordinaria
intensidad.
De su natural gracejo y de las penas sentidas por el estado de su
madre, se había formado un carácter entre abierto y reflexivo, que era
su mayor encanto; mezcla peregrina de candor y de madurez, ostentaba
todo el brillo de la mujer discreta, sin la insufrible impertinencia de
la joven resabida. Naturaleza exuberante y poderosa, había resistido el
influjo de las tristezas del hogar en una época de la vida en que ésta
es el reflejo de cuanto la rodea; y consiguió tal victoria buscando
fuerzas en la misma necesidad que la obligaba á trabajar sin descanso
como madre afanosa, sin dejar de ser niña. Esta práctica admirable fué
la mejor piedra de toque de las enseñanzas de su madre. Creo que ha
dicho alguien (y si no lo ha dicho lo digo yo ahora) que la experiencia
del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino
en el número de cosas sobre que se ha reflexionado; y Águeda había
reflexionado mucho: primero, por obra de las recibidas enseñanzas, y
después, por el rigor de los acontecimientos. En esto estribaba el
secreto de aquel juicio precoz que tanto asombraba á don Lesmes.
Acostumbrada á pensar y á sentir por todos en el hogar, su
entendimiento y su corazón habían formado una alianza admirable; nada
aceptaba el uno sin la aquiescencia del otro; allí no cabían pasiones
irreflexivas y tumultuosas; pero, en cambio, lo que una vez entraba,
era para no salir jamás.
Á pesar de la abdicación que parecía haber hecho de todas las
facultades, doña Marta, en los pocos asuntos que pudiéramos llamar
de pura diplomacia, en los cuales, por su posición y conexiones, se
veía precisada á entender, era siempre la mujer de talento superior
y de amenísimo trato. El dolor que la producían estas violencias del
espíritu, sólo ella podía pintarle.
Tan insufrible debía parecerle, que habiéndosele prescrito los baños de
mar como de necesidad inexcusable, al volver con su hija de tomarlos
por segunda vez,
--¡No más! --dijo al entrar en su casa--. ¡La muerte antes que esta
violencia!
Y la violencia consistía en tener que frecuentar el trato de amigos y
parientes, durante su permanencia en la ciudad, y corresponder á las
molestas atenciones que siempre se consagran en el mundo á las madres
ricas de las hijas solteras, aunque no sean tan hermosas y atractivas
como Águeda.
Sepultóse al fin en Valdecines, llena de pesadumbres y de achaques; y
un año después acabáronse las unas y los otros, de la triste manera
que ha visto el lector algunos capítulos más atrás.
Ofensa grave hiciera yo al piadoso corazón de ese caballero, si me
entretuviera, después de todo lo dicho, en pintarle los grados del
dolor sentido por la hermosa doncella al ver morir á su madre; pero ha
de saber que, para aumentar este dolor, que tan fácilmente se concibe,
hubo un manojito de espinas con que no contaba la huérfana. Pensó la
desventurada que después de amortajar á su madre, cerrarle los ojos,
poner entre sus manos yertas la bula y la cruz del rosario, y estampar
un beso de despedida sobre su frente marmórea, podría desahogar el
acongojado pecho rompiendo el dique á las lágrimas. Pues no, señor.
De aquellos lances se daban pocos en Valdecines, y Águeda era el jefe
de la casa. Tuvo, por consiguiente, que proveer á un sinnúmero de
necesidades del momento, y responder á otras tantas preguntas crueles
sobre el pormenor de los funerales, el número de curas, la calidad y
la cantidad de los invitados forasteros... ¡hasta sobre el forro y
las tachuelas del ataúd! Y pasó aquello, y vino el día del entierro;
y cuando el corazón se le partía en el pecho al ver que se llevaban á
su madre entre cuatro tablas para dar pasto á los gusanos con aquellos
míseros restos de la vida, comenzaron los saludos estúpidos, las
caras grotescamente tristes, las falsas protestas de sentimiento... y
como los visitantes eran forasteros y habían asistido al funeral, que
se acabó al mediodía, hubo que servirles copioso agasajo, y hasta que
presidir la mesa ¡ella, que no se alimentaba sino de lágrimas!
Yo no sé cuándo la sociedad ha de convencerse de que esas atenciones
que consagra á los que lloran en casos tales, son impertinencias que
producen el efecto contrario; y es un dolor que ya que la sociedad
sea incorregible en ese pecado, no se resuelva el afligido á decirla,
atravesado á la puerta de su hogar:
--¡Vaya usted muy enhoramala! ¡No puedo con lo que tengo encima, y
viene usted ahora á echarme todo el peso de sus sandeces!
Pero ¿quieren ustedes apostar una cosa buena á que si la sociedad
llegara á dar, en esos trances, una prueba de buen sentido, habían de
poner los dolientes el grito en el cielo? «¿Adónde vamos á parar? ¡Qué
es esto! ¿Dónde están esos amigos de ayer que no vienen á consolarme
hoy?»
Somos así. No obstante, por lo que á Águeda respecta, me atrevo á
asegurar que no hubiera exhalado quejas tales al verse aislada en
trance tan amargo.
Pero, al fin, pasaron los días de prueba... porque (eso es lo bueno
que tiene este pícaro mundo) todo pasa en él como por la posta; y
logró quedarse sola con su dolor y sus recuerdos. Lloró muchas,
¡muchas lágrimas! Después, como tenía que pensar en todo, secas ya
las fuentes de sus ojos, quiso orientarse en la apurada situación en
que la voluntad de Dios la había colocado; quiso saber qué le quedaba
en el mundo como abrigo y amparo; qué debía temer, qué debía esperar.
Y miró en su derredor, y se vió sola y cargada de deberes, cuyo peso
le parecía superior á sus fuerzas. Atrevióse á mirar al fondo de su
corazón, y apartó de él la vista con espanto. Allí había algo como una
espina, que la punzaba, y no podía arrancarlo por más esfuerzos que
hacía; trataba de mitigar el dolor amparándose con el recuerdo de su
madre, y más le exacerbaba así. Las dos imágenes no cabían en paz en su
corazón, ¡y la desventurada no podía pensar en la una sin consagrar la
mitad del pensamiento á la otra! Volvió á verter mares de lágrimas, y
llorando seguía cuando una voz infantil dijo á su lado:
--¡Águeda!
Ésta levantó la cabeza que hundía entre sus manos, y vió á su hermanita
que de pie, enfrente de ella, la contemplaba con el hermoso rostro
contristado. También era rubia y blanca, y profusas madejas de rizos
envolvían su cuello y descansaban trémulos y brillantes sobre los
hombros cubiertos con las negras y ásperas lanas del luto riguroso que
vestía.
--¡Pobrecilla! --murmuró Águeda, atrayéndose á la niña y dándola un
beso--; me olvidaba de tí.
--También te olvidas de lo que me prometiste --dijo Pilar, enredando
con las puntas del ceñidor de la negra bata de su hermana.
--Pues ¿qué te he prometido, ángel de Dios?
--No llorar más... ¡y siempre estás llorando!
--Es verdad... Pero no volveré á hacerlo, para no afligirte.
--Eso dices siempre... y, con todo, lloras... También me prometiste
otra cosa.
--¿Qué cosa, hija mía?
--Despachar á don Sotero... ¡Ay, Águeda! ¡qué miedo me da ese hombre!
Desde que se murió mamá, parece que tiene los ojos más verdes, y la voz
más agria, y la boca más honda, y los dientes más afilados. ¡Algunas
veces me manda las cosas con un aire!... Antes no hacía eso... ¡Échale,
Águeda!
--Pero, niña, ¿cómo quieres que yo despida de repente á un hombre
que en vida de nuestra madre ocupó tan señalado lugar en esta casa?
Parecería eso muy mal. Ya te he dicho que cuando venga nuestro tío
Plácido, que no puede tardar, iremos poco á poco separándole del cargo
que ahora tiene...
--¡Mira que es muy malo, Águeda!
--Aprensiones tuyas, hija mía.
--Y tuyas también, ¡ea! que por la cara que le pones, y alguna palabra
suelta, conozco yo que no le puedes ver.
--Las niñas discretas no deben meterse con sus juicios en tales
honduras.
--Eso es, ¡ríñeme ahora!
--No te riño, hija mía, sino que deseo que dejes á mi cargo ese asunto
que me interesa mucho más que á tí.
--¿Y si me trata mal ese hombre?
--¡Se guardará muy bien de hacerlo!
--¿Y si no se guarda?
--Si no se guarda, no esperaremos á que venga nuestro tío para hacer
lo que debamos... Y ahora vete á correr por el jardín, y entiende que
desde mañana vas á comenzar tus lecciones interrumpidas.
--¡Tan pronto!
--Más de dos semanas has tenido de vacaciones.
--¡Y bien tristes!
--Por lo mismo nos conviene á las dos volver cuanto antes á esas
tareas. Así nos distraeremos.
--Adiós --dijo Pilar besando á su hermana en la tersa mejilla.
--Adiós, hija mía --contestó Águeda estrechando á la niña contra su
pecho y dándola un beso en los rizos de la frente.
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
LA ESPINA DE ÁGUEDA
Mientras esto pasaba arriba, abajo, cerca de la portalada, se apeaba
un personaje, no desconocido para el lector, y entregaba el caballo á
Macabeo, que le había visto llegar y tenido el estribo.
Y decía Macabeo:
--Ya extrañaba yo que, hallándose usted en la tierruca, no se diera
una vuelta por acá á rendir su homenaje correspondiente á la pobre
señorita... Porque, hablando en punto de verdad, ¡qué caráspitis! si en
vida de la señora, que en paz descanse, hubo entre ustedes sus dares y
tomares, nunca mejor ocasión que ésta para echar pelillos á la mar; y
nada tiene que ver el que las gentes no congenien, con venir á limpiar
las lágrimas de los que lloran por los muertos: la caridad de Dios lo
manda y el mesmo corazón lo pide. ¿No es verdad, don Fernando?
Y respondía Fernando, no muy entonado ni seguro de voz, algo receloso
de mirada y bastante desconcertado de ademanes, como quien va á
acometer una empresa muy arriesgada:
--¿Y qué motivos tienes tú, buen Macabeo, para asegurar que entre esta
familia y yo hubo alguna vez esos dares y tomares de que hablas?
--Motivos, por decir motivos, señor don Fernando, no los tengo
mayormente; pero ya sabe usted lo que es la gente: cuando ve que uno
menudea el trato con otro, y luégo se entera de que el trato no sigue,
se vuelve tarumba buscando el por qué de la cosa; y muy á menudo da
lo que presume por lo que no encuentra. Bien pudiera suceder en lo
presente algo de esto; y si sucede, que no valga lo dicho, y salud nos
dé Dios. Díjelo al auto de ensalzar el caso de la bienvenida, que,
por lo demás, yo no entro ni salgo... Y á lo que le voy: creo que no
miento, caráspitis, si le aseguro á usted que no ha quedado señor de
copete en el redondel de la provincia, sin venir á dar su sombrerada
á la señorita... ¡Ay, qué días, señor don Fernando; qué laberintos
y trajines!... ¡Ya se ve! de los pudientes, todos resultan amigos y
parientes... No juraré yo que muchos de ellos no hayan venido por
bambolla, y tal cual por lo que se pesca en el regodeo del bizcocho
remojado, cuando no en el ollón del mediodía; que de unos y otros hubo.
Á todo se hace en la vida, créalo usted; y Dios me perdone si en el
supuesto levanto algún falso testimonio... Por eso no llamo á nadie por
su nombre, aunque bien pudiera. ¡Y qué decirle á usted del entierro
de la señora, que en gloria esté á la presente! ¡Caráspitis! Bien
que algo ya sabrá usted, porque en él hubo mucha gente de Perojales.
Aquello, señor don Fernando, no se ve más que una vez en la vida; y en
esa, cuente que los ojos de la cara no alcanzan á ver la mitad. Aquí
fué día de fiesta, por lo tocante á no trabajar nadie; la iglesia se
llenó con unos y con otros á lo mejor del caso, y en la brañuca de
afuera no cabía un mosquito. ¡Pero adentro!... ¡uf! el señorío más
pudiente de la provincia en cuatro ringleras, de arriba abajo; más de
cincuenta curas cantando las vigilias en el coro. ¡Qué voces! Cuando
el de Piongo echó el _Desila_ (_dies illa_), la gente lloraba. ¡Cuento
parece que con los años que tiene entone de aquella manera!... Después
la misa. ¡Caráspitis! ¡qué jumera se armó con aquellos incensarios!
¡Qué ruido con aquellos cánticos tan tristes! ¡Qué malenconía daban
aquellas casullas tan negras y aquellas luces tan altas al reguedor
del _tomulto_ que se perdía de vista allá arriba! ¡Y todavía había
cirios encima de él, y cirios en el suelo, y cirios en todas partes!...
¡Aquello ardía, señor don Fernando, y partía el alma! ¡Y más la partió
el rodear después todos los curas el tomulto; y responso va, y jisopada
viene, incensada por acá, _requiem_ por allí, _amén_ por el otro lado!
¡Corazón de peña había que tener para no llorar con aquellos clamores,
que no paecía sino que subían con el incienso, techo arriba, hasta
el mesmo cielo!... ¡Vaya si subirían! Así subiera yo el día de mi
muerte... Pues ¿y de limosnas?... Los pobres se aviaron para mucho
tiempo... ¡No digamos cosa del sustipendio á los señores curas! un
ochentín á cada forastero... ¡Un ochentín! Onde más se da por lo mismo,
no llega á treinta reales. Dicen que á don Sotero se le iba el corazón
detrás de cada moneda que daba, aunque lo hacía por cuenta ajena; pero
al que lo tiene de suyo, á la cara le sale, aunque se rasque el vecino.
Como á Fernando le devoraba la inquietud, cortó aquí la narración de
Macabeo.
--Muy bien está --le dijo-- todo eso que me refieres; pero advierte que
deseo saludar cuanto antes á la señora, y dime si podré hacerlo.
--¡Eso no se pregunta, señor don Fernando!... digo, paréceme á mí,
salvo tropiezo que no barrunto á la presente...
--Pues recoge mi caballo... y hasta luégo.
Hízolo así Macabeo; y mientras le llevaba de las riendas á la cuadra,
Fernando abrió la portalada y entró en el corral.
Águeda se hallaba sola. Anunciáronle una visita; y sin dársele tiempo
para preguntar de quién era, ya apareció Fernando en la estancia,
pálido y torpe, como colegial delante de su maestro. Águeda, al verle,
se puso no pálida, sino lívida.
--¡Virgen santa! --murmuró apartando los ojos de Fernando.