--No es ese mi propósito, sino otro muy distinto... Y, sobre todo, hijo

mío, entiende que si muestro tanto empeño en revolver los fondos de tu

corazón, no es á título de juez severo, sino de amigo cariñoso. ¡Jamás

te perdonaría que me hicieras el agravio de olvidarte de mí en las

grandes crisis de la vida!

Como al hablar así se conmoviera un tanto el doctor, Fernando se

levantó presuroso y le dió un estrecho abrazo.

--Bien está eso --le dijo su padre dejándose abrazar--; pero no

basta... Toma un cigarro de éstos, ¡cosa buena! Los he reservado para

tí.

--¡Hola! --exclamó Fernando después de recibir el cigarro--. ¿Apelas al

soborno también? Á fe que el cebo es tentador.

--Ahora lo veremos... Conque, un poco de resolución, y venga tu

conciencia al anfiteatro para que la hagamos la autopsia... ¡y digo!

entre dos doctores. ¿Qué más honra puede apetecer la muy pícara?...

¡Ah! no olvides que soy confesor de ancha manga; ni tampoco que,

según oí decir á mi madre (y aún creo que anda en vigor la ley entre

la _gente negra_), es un pecado enorme el ocultar el más leve en el

tribunal de la penitencia.

--¿Á que eres capaz de negarme la absolución sin haberme arrodillado á

tus pies, confesor sin entrañas?

--Verás qué chasco te llevas si te arrodillas.

--¡Ea! pues por arrodillado.

--Perfectamente. Y dime ahora: ¿qué demonios te sucede; qué te pasa?

¿Tienes, como dicen los inocentes trovadores, el corazón cautivo?

¿Existe por allá alguna mujer que te haya hecho pensar que vale el

sexo para otra cosa que estudiar en él un ramo de las bellas artes, ó

la anatomía?... ¿Amas con la pulcra é inmaculada pasión de los Lenios

y Ricardos?... No cuadra eso mucho que digamos con tu profesión;

pero es de la edad, y transigiré... ¿Devórate el impuro fuego de la

codicia de la mujer ajena? ¿Es libre, y soltaste por armas de ataque

promesas que deseas recoger después de la victoria?... ¡Qué diablo! no

te apures en ninguno de los casos: lances son, hijos legítimos de la

pícara condición humana. Su ley y la de las conveniencias sociales,

son incompatibles; á una de ellas hemos de faltar necesariamente. En

la duda, opta siempre, hijo mío, por lo más cómodo, y ríete de los

caballeros andantes que te motejen; pues todos son locos en este siglo

que corre... ¿No va por ahí el conflicto?... ¿Es de otro género?...

¿Deudas, quizás, por el empeño de brillar un poco más de lo que se

puede?... Más debe el Gobierno, y es un caballero muy respetable...

¡y eso que no paga! ¿Has jugado? Pasión es que envilece, siempre que

se juega por el ansia de ganar; pero, en fin, no deshonra cuando se

juega con lealtad. Lo que deshonra es la estafa; y de este caso de

presidio no hay para qué hablar entre caballeros... Sigo investigando

con otro rumbo. ¿Sientes eso que llamamos alma, soledosa y acongojada?

¿Alcanzóla alguna chispa del fuego divino? ¿Abrúmala el peso de las

herejías de toda tu casta? ¿Te sientes llamado hacia la buena senda,

por la gracia teológica? Carne flaca somos tú y yo, Fernando, como

el más estúpido, y de todo se ha visto... ¡Ja, ja, ja! ¡qué cara de

penitente se te ha puesto!... Una de dos: ó me oyes como quien oye

llover, ó te ha dado el tiro en medio de la conciencia.

--Ni lo uno, ni lo otro --respondió Fernando saliendo de la

preocupación, ó del aburrimiento, en que le habían hecho caer las

palabras de su padre--. Te oigo, como debo oirte esa sarta de

conjeturas enteramente caprichosas, que, por convenir á muchos, no

pueden interesar á nadie.

--Eso se llama huir del enemigo.

--No, pero capitulo si quieres; y eso, por terminar cuanto antes este

ocioso altercado que nos roba un tiempo precioso.

--No es mucho conceder, pero es algo... ¿Condiciones?

--Que me refieras tu aventura de anoche... se entiende, _si licet_...

--¡Oro molido que fuera, ángel de Dios! Y ¿qué ofreces tú?

--Ponerte la conciencia en la palma de la mano, á su tiempo y sazón.

--No se hable más del caso, y firmemos la paz.

--Con un abrazo --dijo Fernando levantándose.

--Y será el cuarto --concluyó el doctor abrazando á su hijo.

Vueltos á sentar, se expresó de este modo el susodicho Peñarrubia:

--Sábete que ayer, no bien anocheció, recibí con un propio una

carta llena de lágrimas. Firmábala una hija, cuya madre se hallaba

en peligro de muerte, é imploraba el auxilio de mi ciencia y de mi

experiencia para salvarla. La sencillez del lenguaje, la profundidad

del sentimiento en él reflejado, la hora, el estado de mi ánimo, ó

todo esto junto, ó una veleidad de mi naturaleza, en ocasiones mal

avenida con el rígido aislamiento á que la tengo sometida diez años há,

inclináronme á responder afirmativamente. Mandé ensillar un caballo,

y púseme en seguimiento del hombre que me había traído la carta... ¡y

cuidado que la noche estaba poco seductora! Llovía á mares, y comenzaba

á tronar. Cuando llegamos á la hoz, ¡qué espectáculo, Fernando! Aquello

parecía el fin del mundo. Hora y media tardamos en atravesarla. Por

fin, llegamos á Valdecines...

--¿Á Valdecines?

--Á Valdecines. Cierta señora, de apellido Rubárcena, estaba agonizando.

--¿Doña Marta?

--Ese era su nombre. Moríase, por de pronto, de una pleuro-neumonía

agudísima; y digo «por de pronto,» porque sospecho que también la

mató la asistencia de cierto romancista que pretende curarlo todo con

zaragatona.

--¡Es decir, que se ha muerto esa señora? --exclamó Fernando.

--Á las dos de la madrugada.

--¿Y quien á tí te llamó para asistirla fué su hija?

--Ya te lo he dicho... Por cierto que es una rubia preciosa.

--¡Transcendental suceso! --murmuró Fernando, como si respondiera á sus

propios pensamientos.

--¿Y qué sabes tú de eso? --le preguntó su padre con acento de

extrañeza--. Pero ahora noto que te llega muy á lo vivo el cuento...

¿Por qué?

--Porque conocía y trataba á esa señora.

--¡Hombre, si dicen que era una beata de todos los demonios!

--¿Y eso qué?

--Que no cabían alianzas entre sus ideas y las tuyas.

--No obstante, la traté mucho y tuve ocasión de apreciar su buen

talento, muy de continuo turbado por hondas cavilaciones.

--¿Y dónde la conociste y la trataste?

--En Santander, adonde la llevó la necesidad de los baños de mar, como

á mí.

--¿Y también á su hija?

--Su hija la acompañaba: cosa muy natural.

--¡Demonio! ¿Si irán por ahí las corrientes que yo busco?

--¿Otra vez la manía? --dijo Fernando ocultando mal la preocupación en

que había caído--. ¿Acabamos de firmar la paz, y ya quieres romper los

tratados?

--Tienes razón --respondió su padre, nada resignado.

--Pues mira --añadió aquél levantándose--, para que no vuelvas á

caer en semejante tentación, voy á dejarte solo por un rato. ¿Lo

permites?... Considera, implacable doctor, que necesito también

descansar un poco de las fatigas del viaje que acabo de hacer.

--Es muy justo. Pero antes de marcharte, y sin que esto transcienda

siquiera á intento de revisión de tratados, declárame que en lo de

marras no he sido un visionario.

--¿Y eso te satisface, viejo fisgón?

--Por ahora.

--Pues declarado... y lo firmo con otro abrazo, con el cual serán...

--Cinco, si no erré la cuenta --concluyó el doctor abrazando otra vez

al gallardo mozo.

--¡Hasta luégo, padre tirano! --díjole éste por despedida, desde la

puerta, volviendo el rostro bañado en una sonrisa.

--¡Hasta siempre, hijo mío! --respondió el padre, contemplándole

embelesado.

[Ilustración]

[Ilustración]

VI

DON SOTERO

De las pocas casas que en Valdecines tenían balcón, una era la de don

Sotero; pero entre las de esta categoría, era la más vieja, sucia y

destartalada. Á un lado se le arrimaba una huertecilla mal cercada, y

al opuesto una casuca baja, á la cual se adhería otra por el estilo

y más baja aún; tanto, que las primeras ramas de un breval que la

amparaba por el costado descubierto, cuando se zarandeaban sobre las

tejas al menor soplo del viento, no las tocaban. Las tres casas tenían

una misma corralada, abierta.

En las dos pequeñas todo era ruido, luz y movimiento, como que en

ellas hacían vida común los hombres y las bestias; hasta el punto de

que por el mismo _sarzo_ pasaban, para salir por entre las tejas, á

falta de mejor chimenea, el humo de la cocina y el tufillo del establo,

el mugido de las vacas y las voces de la familia. Las puertas sólo

se entornaban, y eso á las horas de dormir. Abiertas de par en par

durante el día, cuanto en los pobres hogares se encerraba, lo ponía de

manifiesto el primer rayo de sol que llegaba al pueblo. ¡Tan sencillo

y tan escaso era, y tan á la vista estaba! Lo propio sucedía con los

pensamientos de las honradas gentes que allí moraban: siempre andaban á

gritos en el portal, á merced del primer oído que quisiera apoderarse

de ellos.

En la casa de don Sotero todo era silencio, obscuridad y misterio.

Su puerta no se abría sino para dar paso, muy rara vez en el día, á

alguna persona; y en cuanto á sus ventanas, de higos á brevas dejaban

un resquicio entre las dos hojas para que entrara el aire ó saliera

el polvo de la escoba, si es que allí se barría alguna vez. Cito este

contraste como disculpa de que la pública curiosidad no apartase nunca

los ojos ni el pensamiento de aquella casa.

Habíala comprado don Sotero, ya muy desvencijada, á la testamentaría

de un mayorazgo pobre, y nunca quiso gastar un ochavo en repararla.

¡Así estaba ella! Una cuadra, á la sazón destinada á leñera, tres

cuartos sin luz ni ventilación, el estragal y un gallinero debajo de

la escalera, componían la planta baja, con suelo de tierra, húmedo y

desigual. Una sala con dos alcobas, piezas á las que correspondían la

puerta y las ventanas abiertas en la fachada principal sobre el balcón

que la ocupaba de extremo á extremo, se zampaban los dos tercios del

piso. El resto se le repartían una mala cocina y dos ó tres alcobas

obscuras. Las puertas eran macizas y _acuarteronadas_, con bisagras de

perno, desclavadas y herrumbrosas; los tillos, de castaño apolillado y

con enormes rendijas; las paredes dobles, mugrientas y jibosas.

Don Sotero ocupaba una de las alcobas de la sala; y sólo había en ella

una cama miserable; una mesita de pino con tapete de bayeta descolorida

por el tiempo; sobre el tapete un tintero de estaño con plumas de ave;

una _Semanilla_ en pasta resobada y pringosa; un Código penal forrado

en papel de planas; un cartapacio hecho de periódicos viejos, y un cabo

de vela en palmatoria de hoja de lata. Contra la pared, un armario

cerrado; y detrás de la cama, un arcón viejísimo con esquineros y

cerradura de hierro oxidado; una silla de paja arrimada á la mesa, y á

la cabecera de la cama una pililla de agua bendita entre las cuentas de

un rosario, colgado en el mismo clavo que ella.

En esta habitación, y como dos horas después de lo que se refiere en

el capítulo tercero, vuelvo á presentársele al lector, que apenas le

ha visto la cara todavía. Sentado estaba en la única silla que había

allí, exprimiendo con la pluma los cendales del tintero, dispuesto á

hacer números con ella en el sobre de una carta, en el que se leía

en letra fina, pero como de mano insegura y trémula: _Al señor don

Plácido Quincevillas.--Treshigares_, cuando oyó fuertes pisadas hacia

la escalera. Guardó precipitadamente la carta en el pecho; y como perro

que olfateaba un peligro, alzó la cabeza; dirigió la vista dura y

ponzoñosa hacia la sala, y así se quedó, con los anteojos en la frente

descansando sobre el fruncido entrecejo. Ésta fué una de las pocas

ocasiones de su vida en que don Sotero dió la cara. Natural es que la

aproveche yo para copiarla.

Aunque grande, muy grande, parecía que estaba llena de narices y de

labios: tan inflada, verrugosa y prominente era la una; tan gruesos,

separados y corridos eran los otros. Los ojos y la frente, por pequeños

y angosta, ocupaban poquísimo terreno allí; y en cuanto á los dientes,

si bien eran largos, muy largos, también eran negros, muy negros, y

pocos y mal distribuídos; por lo cual se desvanecían en la obscuridad

del antro, á cuyos bordes asomaban como las piedras mohosas en las

cuevas del zorro. La piel, áspera y verdosa: nada más en su lugar:

terreno seco, agrietado é infecundo, entre peñas y bardales.

Entre este hombre, tal cual ahora le contemplamos, y el que hemos visto

en casa de los Rubárcenas, no cabe comparación, si es cierto que en la

cara y en las actitudes del cuerpo se revelan las condiciones del alma.

¿Cuál era la suya, no pudiendo tener dos? Don Lesmes, eco del vulgo

de Valdecines, nos ha dicho que la más mala; el interesado trataba de

probar lo contrario con su conducta ostensible. Desde que residía en

Valdecines no había atravesado otros umbrales ajenos que los de la casa

de Dios y los de la otra en que le conocimos. En la calle no saludaba

á nadie. No podía darse hombre más indiferente á cuanto le rodeaba.

Decíase, sin embargo, que no se movía una mosca en el pueblo sin que

lo supiera él. Cuando entraba en el templo, caía de rodillas junto al

presbiterio; y allí, doblado el espinazo y humillada la cabeza, turbaba

el silencio de los fieles con el plañidero murmurio de sus rezos, y el

estampido frecuente de los puñetazos que se pegaba sobre el esternón.

Solemnidad religiosa sin que él comulgase _coram pópulo_, no se

concebía. En ausencias ó enfermedad del párroco, él rezaba el rosario

en la iglesia, y dirigía el Calvario que _andaban_ las mujerucas, y

cantaba las vigilias y las misas de encargo, y ayudaba otras, y pedía

para las Ánimas, cepillo en mano, al salir la gente de la iglesia.

Pues á pesar de todo esto y de mucho más, la voz pública le ponía de

hipócrita y de bribón, que no había por dónde cogerle. La misma fama

aseguraba que no había rastro en el pueblo de un acto de caridad de don

Sotero. Éste mostraba una pobreza extremada en los menores detalles de

su vida; lo que, según las murmuraciones, se compadecía muy mal con la

vida regalona y descuidada que llevaba su «sobrino;» el cual «sobrino»

decía, á cada paso, que gastaba de lo suyo, heredado de su madre. Según

las gentes, don Sotero era muy rico y tenía el dinero enterrado en la

huerta, ó en la cuadra, ó quizá escondido entre las latas del tejado.

Cómo había adquirido tanto caudal un pobre procurador de aldea, nunca

pudo averiguarse en Valdecines; y á ese punto obscuro se enderezaban

las historias tremebundas que relataban las gentes, siempre dispuestas

á ver detrás de personajes como don Sotero, huérfanas esquilmadas,

testamentos falsificados, depósitos desconocidos, y hasta poderdantes

emparedados.

Yo, por ahora, lector, ni entro ni salgo. Más adelante, veremos.

Entre tanto, vuelvo á tomar el asunto donde quedó pendiente, y digo

que los pasos aquéllos se fueron acercando á la sala; y que, por

último, apareció Bastián á la puerta de la alcoba, no tan retozón ni

estrepitoso como cuando se acercó á Macabeo. Verdad que don Sotero

estaba terrible en la actitud en que le hemos visto. Detúvose Bastián á

respetuosa distancia, y aún continuó aquél un breve rato con la mirada

punzante, fija en los desmayados ojos del muchachón.

Cansábase éste de dar vueltas al hongo entre sus manos y de atusarse el

pelo, cuando el otro, soltando la pluma, después de limpiarla sobre la

haldilla de su chaquetón, le dijo con voz preñada de iras y menosprecio:

--Tan bruto eres, que una sola cosa medio acertada que has hecho en tu

vida, la has hecho por casualidad.

Asombrado quedó el gaznápiro al ver el poco ruido en que paraba nublado

tan imponente. Llenósele de júbilo la caraza, y dijo, mientras avanzaba

hacia la mesa enseñando todos los dientes:

--¡Tenga usté buenos días, señor tío muy amado!

--¿Oyes lo que te he dicho? --añadió don Sotero, parando á su sobrino

con el lanzón de su mirada.

--¡Dios!... ¡ni aunque fuera sordo! --respondió Bastián volviendo á

manosear el chambergo. Luégo preguntó:

--¿Y se puede saber cuál es la cosa buena que yo he hecho por

casualidad?

--Precisamente la que más miedo te daba al ponerte enfrente de mí: el

haber venido á Valdecines sin mi permiso.

--Verdad es, tío muy amado, que el venir sin su licencia de usté,

dábame acá adentro muchos resquemores; pero de su buen corazón esperaba

que tan aína como yo estipulara los motivos...

--Los motivos esos los barrunto y no los trago, por falsos; y en cuanto

á los verdaderos, te han de costar á tí disgustos muy gordos, ó yo no

he de ser quien soy... Digo que sin querer has acertado viniéndote á

Valdecines, porque cabalmente estaba pensando yo en mandarte venir.

--Y ¿por qué, tío muy amado?

--¡Menos jarabe, animal, que no cae bien en tu boca! --dijo don Sotero

echando por la suya las palabras como latigazos--. Me consta lo que

me amas, y mejor te está callarlo, si tienes chispa de vergüenza...

Digo que pensaba mandarte venir, porque me convenzo de que es echar

margaritas á puercos gastar un ochavo en pulirte esa naturaleza

brutal... Á ver, date dos paseos por la sala... Párate ahora. Figúrate

que pasa á tu lado una persona decente y le haces un saludo... Es una

señorita, y te sonríes al mismo tiempo... ¡Cierra esa boca, pedazo de

bestia!

Bastián iba ejecutando, como un recluta, las órdenes de su tío; tan

desatinadamente, que éste se tapó los ojos por no verle al decir las

últimas palabras que hemos transcrito.

--¡Basta, basta! --añadió.

Su sobrino, encogiéndose de hombros y con las manos en los bolsillos

del pantalón y el sombrero encasquetado, volvió á la puerta de la

alcoba y allí se plantó.

--No sirves, Bastián... ¡no sirves! --exclamó don Sotero cuando se

descubrió los ojos y volvió á mirar á su sobrino.

Éste, asombrado del dicho, replicó en el acto:

--¿Que no sirvo? ¡Dios! Y ¿para qué no sirvo, si se puede saber?

--Para tu felicidad, para la mía... para realizar los propósitos que me

han costado tantos desvelos y tanto dinero... ¡y tanta comedia!

--En lo de la comedia y los desvelos, usté se entenderá, si á mano

viene; respetive al dinero, de lo mío gasto.

--¡De lo tuyo... de lo tuyo, zanguango! --dijo don Sotero con la misma

cara que pondría si le sacaran una tira del pellejo--. ¡De lo tuyo!

¿Dónde lo ganaste? ¿De dónde te vino?

--De la herencia. ¿No me lo ha dicho usté cien veces?

--Para que lo divulgues, animal; no para que me lo cuentes á mí. Tú no

tienes un ochavo, sábelo bien; ni yo tampoco le tendré si no te corto

las alas que en mal hora te dí.

--¿Y por qué me las dió usté?

--Porque esperaba que sabrías volar con ellas; porque pensé que la

garlopa de la educación llegaría á pulimentar tu madera, por ingrata

y dura que fuese. Por eso te envié dos años hace á la ciudad; por eso

te tuve allí hecho un paseante en corte, y recibiendo al mismo tiempo

enseñanzas que no te han cabido en la cabeza.

--¿Y para qué se empeñaba usté en esos imposibles?

--Ya te lo he dicho, bárbaro: para hacer de tí un hombre capaz de

llevar á cabo mis proyectos.

--Pues si se han de lograr dándome á mí tormento en la ciudad, téngalos

por finiquitos.

--¡Nunca!

--¿Quiere decir que he de volver allá?

--¡Jamás!

--Pues no lo entiendo.

--Ni lo necesitas. Lo que has de saber es que, desde anoche acá, las

cosas han cambiado, y que, tal como eres, haces aquí mucha falta...

Por eso acertaste en venir hoy, aunque, viniendo, creyeras que obrabas

mal... ¿Dónde has estado desde que llegaste?... porque tú llegaste hace

dos horas.

Atarugóse aquí Bastián, y respondió balbuciente:

--Esperando á que usté saliera de casa de la difunta.

--¿En dónde?

--Por ahí.

--¡Mentira!

--¡Dios!

--¡Es preciso que renuncies para siempre á esa inclinación maldita, ó

te ha de quedar memoria de mí! Desde hoy no darás un paso en el pueblo

sin que yo te lo aconseje.

--¡Pues me voy á divertir!

--Es que no trato yo de que tú te diviertas, sino de sacar el jugo, _á

todo trance_, al caudal que me has derrochado embruteciéndote, y á los

desvelos que me cuestan estas cosas.

--¡Estas cosas!... siempre está usté con «estas cosas» al retortero;

y el demonio que le entienda. ¡Dios! hable claro de una vez, aunque

reviente, y medraremos.

Miró don Sotero de alto á bajo á Bastián, con un gesto que se resiste á

toda pintura, por lo mezclado que anduvo en él lo feo con lo duro, lo

irónico, lo amenazador y lo depresivo, y díjole al fin:

--No olvides lo que te he encargado: desde este momento ¡ni un paso

tuyo en Valdecines sin que yo le conozca y le autorice! Hay que

aprovechar ¡hasta los minutos! Esto es todo lo que te importa saber. Y

ahora, pedazo de bruto, lárgate de ahí á mudarte esa ropa.

Bastián se dió media vuelta; atravesó la sala de dos zancadas, y entró

en la alcoba frontera á la de don Sotero, exclamando al cerrar con ira

la desvencijada puerta:

--¡Dios!... ¡qué hombre!

El tal, cuando se vió solo, sacó del bolsillo la carta que había

guardado al acercarse Bastián; tornó á humedecer la pluma en los

cendales del tintero; hizo algunos números en la parte no escrita

del sobre; luégo se entretuvo en despegar el sello, que guardó

cuidadosamente entre otros que tenía envueltos en un papel dentro del

armario; y, por último, rompió la carta en pedacitos muy pequeños, que

aún subdividió en otros casi microscópicos.

--¡Que aguarde la respuesta! --murmuró sonriéndose.

Volvió á sentarse, y del cajón de la mesa sacó un libro que, según

rezaba el tejuelo de la tapa, era de cuentas de su «_Administración de

las rentas y aparcerías de doña Marta Rubárcena de Quincevillas_;» y

antes de abrirle, llamó muy recio desde la puerta de la alcoba:

--¡Celsa!

Y al punto apareció en la sala, arrastrando las chancletas, una mujer,

ya de años, con no pocos remedos, si es que no era fiel trasunto, de

aquella piadosísima _Pipota_, consejera y buscona del archicélebre

_Monipodio_. Y díjola don Sotero en cuanto la vió:

--Avísame cuando oigas tocar á misa, que hoy no es día de perderla.

Con lo cual, la vieja se volvió á su escondrijo y el hombre á sus

papeles.

[Ilustración]

[Ilustración]

VII

ÁGUEDA

Si la superficie de un dormido lago se transformara súbitamente en

pradera verde y lozana, y á un extremo de ella brotaran un bardal

espeso aquí; un grupo de castaños allá; dos higueras enfrente; un

robledal más lejos; una fila de cerezos delante de un barullo de

manzanos y _cerojales_; una mimbrera junto á una charca festoneada

de juncos, _menta de perro_ y _uvas de culebra_; un alisal hacia

el monte... y otros cien adornos semejantes, que el buen gusto del

lector puede ir imaginando sin temor de alejarse de la verdad; y luégo

colocáramos una casita, agazapada debajo de su ancho alero, como

tortuga en su concha, al socaire del bardal; otras dos parecidas, á

la sombra de las higueras; cuatro ó cinco, no mayores, detrás de los

castaños; algunas, con balcón de madera, aquí y allí, compartiendo

amistosamente con las más humildes el amparo del robledal ó los

sabrosos dones de los frutales; otras muchas, y cada una de por sí,

arrimadas á la setura de un _solar_, ó á la pared de un huerto; y en

el centro de este _ordenado_ y pintoresco _desorden_, una iglesia

modestísima alzando su aguda espadaña, como pastor vigilante la cabeza

para cuidar de su disperso rebaño; y, por último, subiéramos al monte

frontero, y en una de sus cañadas tomáramos la linfa de un manantial,

y la dejáramos descender á su libertad, y arrastrarse á las puertas de

este caserío, y murmurar entre las lindes de dos huertos de la mala

acogida que se le hiciera en las abiertas corraladas, hasta que después

de refrescar las raíces de los álamos cercanos á la iglesia y hacer á

ésta una humildísima reverencia que le costara un nuevo rodeo en su

camino, se largara mies abajo, entre berros y espadañas, tendríamos,

lector discreto, pintiparado á Valdecines. Así está tendido al comienzo

de un angosto y no muy largo valle, llano como la palma de la mano; así

están distribuídos, como en dibujo de hábil artista, sus caseríos, sus

huertos, sus arboledas y sus aguas. Montes de poca altura, pero bien

vestidos, y la sierra que conocemos, amparan el valle por todas partes;

y se une á otro más extenso por el angosto boquete que da salida al

riachuelo que, paso á paso y con la ayuda de otros vagabundos como él,

va tomando humos de río.

La casa en que han ocurrido los sucesos de que dimos noticia al lector

en el capítulo II, es de las más próximas á la sierra. Como la mayor

parte de las solariegas de la Montaña, sólo en dos fachadas tiene

balcones: al oriente y al mediodía. La corralada, de que también hemos

hablado, está delante de esta fachada; la del oriente cae sobre un

jardín separado de la vía pública por un enverjado que arranca de la

pared del corral y se une por el otro extremo á un muro que, después

de describir una curva extensísima, va á soldarse con el otro costado

de la portalada, dejando encerrado un vasto parque en que abunda, con

inteligente distribución, lo útil y lo agradable.

De tal palo, tal astilla · 第 4 / 20 段