En honor de la verdad, debo decir que no era Peñarrubia de los más

llevados del aura popular _á todo trance_. Gustábale como á cualquiera;

pero la quería merecida; y por merecerla, recorría y arañaba hasta los

sótanos de la ciencia heterodoxa, por cuyas lobregueces y obscuridades

llegó al extremo de sostener, á las barbas del Claustro, congregado

para ceñirle la amarilla borla, que «_el pensamiento y la voluntad son

funciones cerebrales_;» tesis que, impresa y repartida con profusión,

dió mucho que hablar á las _Revistas_ científicas, á los papeles

diarios, y algo que escribir á los tribunales de justicia; pues, por

entonces, aunque esto sucedió ayer, como quien dice, el Código penal lo

hilaba muy delgado en esas materias.

Que todo este ruido se resolvió en chaparrones de gloria para el

atrevido sustentante, no hay que decirlo. La _Escuela_ le otorgó el

diploma de sabio, y nadie se atrevió á dudar que lo fuese; nadie sino

el mismo glorificado. Porque es de saberse que un hombre que tantas

dificultades había vencido con una dialéctica bien manejada, en sus

reposadas y tranquilas meditaciones no desconocía que había algo que no

se dejaba vencer de sus armas, ni pactaba alianzas con lo fundamental

de sus teorías; algo cuya vulgaridad misma hacía más irritante la

resistencia. Este algo era el _buen sentido_, que no contento con

reprobar las conclusiones del filósofo, complacíase en hacerle

carantoñas y en remedar la voz de su conciencia para decirle, como ella

diría si Peñarrubia se hubiera decidido alguna vez á llamar las cosas

por sus nombres:

--«Hay fenómenos palpables, cuyas causas, por muy elevadas, no

penetrará jamás la razón humana. El conocimiento de esta verdad deja

al hombre subordinado á una fuerza superior é inteligente, de la cual

es hechura. Pero como el hombre debe campar por sus respetos y vivir

sin cortapisas, unos cuantos sabios y yo hemos convenido en dar por no

hecho ó no existente, cuanto no explique la razón humana, ó se oculte

á la investigación científica. No toco, no veo el alma, aunque la

siento en mí; pues la niego. No concibo al Autor de las maravillas del

universo, aunque las palpo y soy yo mismo una de ellas; pues le niego.

Me repugna declarar que existe un Creador con poder tan asombroso;

pues otorgo ese poder y esa sabiduría á la materia vil, al átomo

imponderable; es decir, á algo que yo domine y esté bajo mis plantas,

y no pueda meterse en mi conciencia para pedirme cuentas del uso que

hago de una vida perecedera y de un espíritu inmortal que he recibido,

sin saber de quién, pero que indudablemente yo no he creado.

»¡He aquí, ilustre sabio, toda tu ciencia, desbrozada del fárrago

sectario! Ahora, pavonéate con la borla, y embriágate con el incienso

de los aplausos.»

Á las cuales voces cerraba Peñarrubia los oídos, y saltaba por encima

del obstáculo, no pudiendo separarle, y continuaba caminando sin volver

los ojos atrás, para forjarse la ilusión de que no había en toda la

senda un solo guijarro en qué tropezar.

Libre, pues, de lo que llamaba el flamante doctor la _tiranía del

dogma_, y con una naturaleza agradecida y saludable, «Veamos --se dijo

un día-- lo que dura un cuerpo bien tratado».

Y con estos propósitos, esas ideas y aquellos laureles, comenzó

Peñarrubia á ejercer su profesión.

En breve le sobraron los quehaceres que ésta le daba; pues á lo popular

de su nombre, por los citados motivos, uníase la circunstancia, y no

fuera justo callarla, de que en el arte de curar pocos le igualaban y

no le aventajaba ninguno. Pudo elegir, entre lo mucho, lo mejor, y se

hizo médico de ricos. Pocas visitas y bien retribuídas; y como tenía

_cosas_ también, porque su carácter era abierto, desengañado y hasta

zumbón, logró en muy pocos años que los enfermos le visitaran á él,

siempre que les fuera posible, y, por de contado, no pasar una mala

noche, aunque le llamaran para asistir al Preste Juan de las Indias.

Los periódicos celebraban á menudo sus milagros; las Academias

científicas le abrían sus puertas de par en par; en los procesos de

ruido jamás faltaba su dictamen inapelable; y, por último, usaba

carruajes de su invención con caballos de fantasía y cocheros de Guinea.

Ya para entonces era huérfano; y del caudal de sus padres sólo llegaron

á él las rebañaduras de lo de Méjico y el solar de la Montaña;

contratiempo que no le afligió gran cosa, porque con lo del oficio

le sobraba para darse buena vida y acopiar para el invierno. No era

tentado de la codicia, ni siquiera de la vanidad. Su complexión robusta

y su carácter campechano le tenían á cubierto de todo género de

tiranías, incluso la del amor.

La única mujer que le esclavizó un tantico fué una viuda joven, á quien

asistió durante una larga, aunque no grave enfermedad. Era afable,

ingeniosa y muy linda; dejóse arrastrar dulcemente hacia ella; y

sin que pueda decirse quién amansó á quién, la viuda reclamó un día

al doctor un nombre para el primer fruto, ya en flor, de sus mutuas

simpatías. Peñarrubia no pensó llegar tan lejos en sus debilidades de

puro entretenimiento; pero no era hombre de malas entrañas, y, en buena

justicia, la reclamación de la viuda era pertinentísima. Declarólo así,

y amparó á la querellante con su nombre, llevándosela á su casa después

de formalizado el matrimonio.

No fué la cruz de éste muy pesada para el doctor; pues, con toda su

ciencia, no logró averiguar si fué viudo antes que padre: ¡tan unidos

anduvieron el suceso feliz y el desgraciado!

Lo que vino al mundo al salir de él la infortunada compañera de

Peñarrubia, fué un niño, á quien se puso el nombre de Fernando. Una

alcarreña le amamantó; luego le zagaleó un muchacho, y un mozo de pelo

en pecho le acompañó después en sus juegos y travesuras. Su padre le

curaba las indigestiones y le prescribía el régimen que más le convenía

para ser robusto y fuerte; y como á la edad en que á otros niños se

les enseña el «¿quién es Dios?» ya estaba él cansado de _saber_ que

no existía, no tuvo que preocuparse lo más mínimo con _esas cosas_

que cuentan á los rapaces las dueñas _impertinentes_ y las madres

_aprensivas_.

El ejemplo del padre forma el modo de ser de los hijos: lo que éstos

ven, siendo niños, en el hogar, eso hacen en el mundo cuando hombres;

porque lo que piensa, lo que dice y lo que hace un padre, siempre es

lo mejor en concepto del hijo que á su lado crece, mayormente si lo

que piensa, lo que dice y lo que hace el uno, halaga los instintos

irreflexivos del otro.

Quiero decir que al modelo de su padre se ajustó Fernando cuando llegó

la hora de dejar de ser niño y comenzar á ser hombre, con la ventaja

de haber pasado éste como una seda por angosturas en que aquél se vió

á punto de salir desollado. Y así tenía que suceder por la lógica

irresistible de los hechos. En el doctor germinaban de vez en cuando,

entre los recuerdos de su infancia, las enseñanzas de su madre; en

la memoria de Fernando no había semillas de esa especie: nada podía

brotar allí en daño de otro cultivo; lo que en el padre fueron dudas,

en el hijo negaciones terminantes. Éste tomó las cosas donde y como el

otro las dejó hechas, no sin fatigas y desvelos. El padre construyó la

senda; el hijo no tuvo más que caminar sobre ella. Hallábase en aquel

terreno como el pez en el agua, convencido de que en otro elemento

no se podía vivir. Como no tuvo dudas, no estudió las cuestiones más

que por una cara: la de sus simpatías; y así, sin obstáculos ni

contradicciones que le detuvieran, antes bien, aguijoneado por el

estímulo de los aplausos que nunca faltan á los atrevidos, si por

contera son _brillantes_, como Fernando, llegó éste á ser en Madrid una

de las glorias militantes de la secta que preparó en España el actual

desbarajustado filosofismo que tanta saliva ha costado, y ha de costar,

sin que sus propios adeptos se convenzan de que bien pudiera estudiarse

á fondo lo de casa antes de proclamar como inconcuso lo de fuera. Pero

es achaque muy viejo en el libre examen el empeño de contradecirse, no

examinando sino lo de su gusto.

Una cuestión de etiqueta separó al doctor Peñarrubia del cuerpo

profesional á que pertenecía en la Escuela; otro asunto de parecido

género, relacionado con ella, fué causa de que se decidiera á ahorcar

los libros y retirarse á vivir tranquilamente á expensas de lo

ahorrado. La prensa, metiéndose, como siempre, en todo lo que no le

importa, empezando por lamentarse del suceso, en nombre de la doliente

humanidad y de la gloria de la ciencia, concluyó por llamarle ingrato,

y hasta por poner en duda el derecho con que un hombre semejante hacía

lo que le daba la gana. Pero el doctor supo reirse grandemente, así de

los sahumerios como de las reconvenciones de esa oficiosa intercesora;

y aprovechó los días en que el debate se hallaba en su grado máximo,

para hacer un viaje á la Montaña y visitar su casa solariega. Le

encantó el país, no le disgustó el solar, vió que podía realizarse allí

el proyecto que tenía meditado, y se volvió á Madrid para liquidar sus

cuentas con el mundo á que hasta entonces había pertenecido.

Pocos meses después, y bien pertrechado de cuanto un hombre de sus

necesidades podía apetecer en la soledad, se estableció en la Montaña

con el firme propósito de no salir de ella jamás.

Desde aquel rincón del mundo fué siguiendo paso á paso los de su hijo

en la carrera que éste emprendió al dar él por terminada la suya. ¡Con

qué ansia aguardaba en cada año el verano para abrazar al estudiante

y tenerle algunos meses á su lado! Desde que había arrojado de sí el

amor á la gloria, todo su corazón le ocupaba Fernando. ¡Con qué avidez

observó las primeras evoluciones de su talento en el espacio de las

ideas! ¡Con qué orgullo le veía más tarde batir las alas y cernerse

descuidado en la región de las tempestades! Lo que no aseguraré es

si al doctor le entusiasmaban, á la sazón, lo mismo la fuerza y el

valor de su hijo, que el rumbo que llevaba; sólo Dios y él saben si

alguna vez se estremeció viéndole tan atrevido; porque también en los

sabios cabe el absurdo de romper los diques por sistema, y asustarse

luégo al contemplar los estragos de las aguas desbordadas. Pudiera ser

Peñarrubia uno de estos sabios imprudentes. Si lo fué, no lo confesó

entonces; dato que nada resuelve tampoco; pues de sabios es también

soplar en el fuego de una consecuencia que les horroriza, por respeto á

los principios que proclaman.

Vivía, entre tanto, en su casa solar, sin trato alguno con las gentes

del país. Si paseaba, á pie ó á caballo, hacíalo por montes y campos

solitarios, ó dentro de sus propios dominios, en los cuales se

entretenía mucho cultivando el arbolado y las flores. En su cuarto de

estudio pasaba largas horas, ya con sus libros y papeles, ya haciendo

experimentos de física ó de química, ya _in ánima vili_, para todo lo

cual contaba con una hermosa colección de aparatos en su gabinete, y

con un corral bien provisto de víctimas de pluma y de pelo.

Sabían algo de estas matanzas y de aquellas brujerías los vecinos de

Perojales; y como se trataba de un Peñarrubia que, como todos los de

su casta, nunca iba á misa, ni quería tratos con ningún cristiano,

y además se veían por las vidrieras de sus balcones, en ciertas

noches, luces muy raras, algunas de las cuales se escapaban en un rayo

verdoso, largo, largo, largo, que llegaba hasta el campanario, á cuyo

resplandor salían bufando todas las lechuzas de la iglesia, como si el

diablo las llamara á capítulo; y otras veces se oían en el palacio,

entre el cacareo de las gallinas ó el aullido lastimero de algún can

sacrificado, inexplicables estampidos, no quedó la menor duda de que

el último de la raza de aquellos señores misteriosos y abominados, era

el mismísimo demonio. Pusiéronle por nombre _Pateta_[1], y aunque eran

bien corridas sus habilidades de médico, ninguno de sus convecinos las

solicitó jamás, teniéndolas por cosa reprobada por la ley de Dios. De

otros pueblos más lejanos, donde la fama del doctor no olía tan mal

como en Perojales, acudieron muchas veces en busca de su ciencia; pero

siempre se resistió á prestarla. Tengo para mí que su mayor pesadumbre

consistió en no poder extender por toda la provincia la fama que tenía

en Perojales. Así hubiera vivido completamente aislado y á su gusto.

[1] _Pateta_ es, entre el vulgo de la Montaña, el prototipo de lo

feo y de lo maléfico; peor que el mismo demonio.

Diez años iban corridos de esta suerte, cuando nosotros le vimos en la

hoz, acompañado de Macabeo.

Y ahora que conocemos á los pájaros, digamos cuatro palabras del nido.

Era éste, y debe ser aún si no se ha desplomado en pocos años, un

edificio cuadrado, más alto que ancho, con un torreón agregado en el

ángulo del norte, y de mayor altura que la casa. Álzase este conjunto

pesado y ennegrecido por el tiempo, en el centro de una meseta de

suave acceso por todas partes, y á un cuarto de legua del caserío más

próximo. Una viejísima y sólida muralla, coronada de cortos pilares,

circunda el edificio. Entre éste y aquélla, á la parte de atrás, están

las cuadras, la leñera y el gallinero. Sobre los pilares de la cerca

tiéndese el rugoso tronco de una parra que dirige sus vástagos hacia

adentro, donde son sostenidos por una armazón de hierro y madera,

sostenida á su vez por altos postes paralelos al muro en todo su

perímetro. Fuera de él corre una ancha faja de terreno destinado á

huerta y jardín. La parte correspondiente á éste se enlaza, por el

norte, con un bosque bravío que ocupa toda la vertiente del mismo

lado, y algo de las dos contiguas. Lo restante de éstas, así como

el espacio de la llanura, no cultivado, es una pradera natural, acá

verde y lozana, allá áspera y pedregosa, con grupos de castaños á

trechos, árgomas y bardales, tal cual álamo disperso y algún roble

solitario; todo ello en caprichoso y artístico desorden, como obra de

la naturaleza.

Exornan la fachada principal del palacio un balcón de _púlpito_ sobre

el claro ojival de la puerta de ingreso; dos ventanas no grandes, y

las armas de la familia debajo de la imposta del desván. Otra fachada

es por el estilo; las dos restantes sólo tienen algunos ventanillos en

desorden y menguados por respeto á las celliscas del invierno.

De la puerta que abre al patio en la muralla, sale un camino que en el

mismo llano de la meseta se divide repentinamente en dos, echando el

uno hacia la hoz, y el otro en dirección contraria; caminos que parecen

los brazos de aquel gigante, extendidos para cerrar, por los términos

de sus dominios, toda salida á la aldea, que le contempla desde allá

abajo, á la sombra de la montaña, sobre rústico y fragante tapiz de

flores y entre verdes maizales, con el oído atento á las murmuraciones

del río que por detrás de ella se desliza alejándose, como si huyera de

manchar sus aguas con las tierras de aquel abominable señorío.

[Ilustración]

[Ilustración]

V

LA FAMILIA

Mientras el doctor se acercaba á su casa por el camino de la hoz, por

el opuesto subía, con igual rumbo, otro viajero, también á caballo.

Hubiéranse hallado frente á frente en lo alto de la meseta, pues

casi á igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido

un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el

recuesto que iba subiendo poco á poco. Así es que cuando apareció en lo

despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del

caserón, ó, como si dijéramos, dentro del rastrillo de la fortaleza.

Era el tal viajero gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el

pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes

blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, de árabe de teatro,

hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje

de camino, y á la legua se echaba de ver que no eran las rústicas

asperezas de Perojales las que producían tanto refinamiento y gallardía

en una sola pieza.

Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció, arrojóse del caballo

que montaba, no sin que el joven le viera y se lanzara á su encuentro.

Abrazáronse estrechamente.

--Pero ¿qué milagro es éste? --dijo al punto el mozo--. ¡Tú

viajando!... ¡y á estas horas!

--De vuelta ya... ¿Qué te parece, Fernando? --respondió el doctor sin

acabar de desprenderse de los brazos de su hijo, pues no era otro el

recién llegado. Luégo continuó--: ¿Y qué me dirás cuando sepas que

anoche no he dormido en casa?

--¡Eso más, calaverón?

--¡Resabios, hijo, de la mala vida pasada!... Pero ya trataremos de

esto. Por de pronto, subamos y hablemos, si es que acierto; pues te

aseguro que desde que te marchaste, siete meses há, no he cambiado

hasta anoche diez palabras con el género humano, en el supuesto de que

no pertenece á él mi epicena servidumbre.

Subieron asidos del brazo padre é hijo, como dos alegres camaradas;

entraron en la sala de estudio del doctor, único punto de la casa en

que éste se hallaba completamente á gusto, por lo cual había reunido en

él lo mejor y más útil de las cosas de abolengo, y mucho procedente

de su casa de Madrid. Quiero decir que abundaban allí los tallados

sillones de vaqueta, en estrecha amistad con las muelles butacas de

tapicería; los cuadros vetustos de familia, interpolados con las

flamantes acuarelas; las cornucopias tradicionales, reflejando mal en

las empañadas lunas los _étagères_ de caoba y las ménsulas pulidas

sosteniendo bustos de sabios de ogaño; y así lo demás. Ocupaba la bien

provista librería uno de los lienzos de la sala, que era muy espaciosa;

y en el centro de ésta había una ancha mesa sobrecargada de libros,

periódicos, revistas y papeles de todas clases. En medio de aquel

desorden estudiaba y escribía el doctor, y en otra mesita contigua se

desayunaba cada día, y muy de continuo comía y cenaba. En invierno,

porque la habitación, cuyo suelo cubría una alfombra, estaba muy

abrigada; en verano, porque desde sus balcones se descubría un hermoso

panorama, y porque era muy fresca con las puertas abiertas á los dos

vientos á que correspondían sus fachadas.

Antes de sentarse, dijo á Fernando su padre:

--Supongo que no te habrás desayunado.

--Muy bien supuesto --contestó Fernando--, porque reservaba el hambre

para quitarla en tu compañía.

--Delicada fineza, á la cual correspondo almorzando hoy dos veces.

Arrostro una indigestión por tí. ¡Mira si te quiero!

Llamó el doctor, y pidió el almuerzo de costumbre para los dos.

Sentáronse padre é hijo, y éste dijo al primero:

--Á lo que parece, te han tratado bien anoche.

--Á cuerpo de rey, hijo. ¡No lo hubiera creído á no verlo!

--¿Por qué?

--Por la fama que tengo en el país... digo, que tenemos. En virtud de

esa fama, lo procedente era darme solimán, y servido con pala, desde

lejos.

--¡Qué exageración!

--¿Lo crees así?

--Y lo pruebo con tu mismo testimonio: te han tratado á cuerpo de rey.

--Es que me necesitaban; y además, hay criterios y criterios...

--¿Sabes que estás excitando en alto grado mi curiosidad?

--¿Sí? Pues castigo tu pecado reservando la historia para después.

Ahora, hijo mío, hablemos de tí... y de mí... de nosotros, ¿entiendes?

de nosotros, ¡de lo único que me interesa en el mundo! Quédense sus

miserias y sus pompas para las almas piadosas y las cabezas vacías...

y, por de pronto, señor doctor, venga esa mano á estrechar la que te

ofrece este viejo colega jubilado.

--La mano es poco --dijo Fernando levantándose y siguiendo el humor de

su padre--; los brazos quiero, no del colega, sino del sabio maestro á

quien respeto y admiro.

--¡Adulador! --respondió Peñarrubia, estrechando contra su pecho al

joven--. Esa lisonja te honra; pero, al cabo, no pasa de lisonja.

--¡Remilgos, y á tus años! ¿Ahora te da por hacerte el pequeñito?

--Ó por no consentir en que te desprendas de lo que en justicia te

pertenece.

--Ahora me adulas tú.

--Nada de eso. Estoy contentísimo de tí, y éste es el momento más

oportuno para decírtelo. Lo mismo le aprovechara para reprenderte,

si, en mi concepto, lo merecieras... ¡Por remate de tu carrera, dos

campañas gloriosísimas!... ¡Napoleón sin Waterloo! Fué un hermoso

atrevimiento tu tesis doctoral; pero la proeza del Ateneo, por más

ruidosa, fué más radiante. ¡Y qué asunto para un orador de tus bríos,

en los días que corremos! «_La conciencia es una serie de fenómenos en

el tiempo... los hechos materiales y espirituales son producto de una

fuerza única; todo se reduce á sensaciones: el milagro es imposible._»

¡Magnífico! Te admiré y te aplaudí, dudando si excedió á la magnitud de

la causa la valentía de la defensa. ¡Dígote que honrarás el nombre que

llevas, ó no habrá justicia en el mundo!

--¿Olvidas, lisonjero, lo que pesa ese nombre en la profesión que voy á

ejercer?

--¡Vamos, señor modesto, que buenas espaldas tienes para pasearle en

triunfo por la faz de la anchurosa tierra!... Te advierto, para tu

tranquilidad, que no soy celoso.

--¡Gran virtud!

--¿Te burlas de ella? Pues no abunda.

--Conoces lo que vales, y te juzgas invencible.

--Respeta mi fuero interno, muchacho; que no es oro todo lo que reluce.

Siguió el diálogo todavía un buen rato sin elevarse á cosa de más

importancia, hasta que entró en la sala un mocetón, exótico, por la

traza, con el desayuno pedido, en amplia bandeja de latón que al oro

remedaba por el color y lo reluciente. Sirviéronse mutuamente padre é

hijo, en sendos tazones de porcelana, café y leche á la medida de los

respectivos gustos; y mientras revocaban ambos con la dorada manteca

del país las tibias rebanadas de pan, habló así el viejo doctor:

--Puesto que hemos convenido en que sea hoy para nosotros el día de las

grandes claridades, dígote, hijo, que no fuí exacto al declarar hace

un momento que estaba contentísimo de tí.

--¿Esas tenemos ahora, padre cruel?

--Sí, hijo descaminado, esas tenemos.

--Y ¿cuál es mi pecado?

--Tus cartas.

--¡Mis cartas! ¿Á quién?

--Á mí.

--¿Y qué hubo en ellas que te desagradase?

--En las mías te lo dije: demasiada formalidad; algo como propensión

á la melancolía; síntoma de un cambio de carácter, que no me agrada.

Prefiero el desenfado y la despreocupación que te han acompañado hasta

ahora. Esto revela equilibrio en los humores; lo otro acusa un malestar

peligroso... Entiende que te quiero despierto y profundo; pero no sabio

y quejumbroso.

Fernando se echó á reir, y luégo dijo:

--¿Todavía insistes en ese tema?

--Todavía.

--Pues yo insisto en que te vas haciendo viejo.

--¿Porque me juzgas aprensivo?

--Y hasta visionario.

--¿Quieres que leamos algunas, y las cotejemos con las de tiempos atrás?

--¡Vea usted lo que son estas eminencias fuera de su especialidad!

Mortales de tres al cuarto. ¿Olvidas, doctor ilustre, lo que tantas

veces has alegado á la cabecera de tus enfermos, por causa mediata de

determinados padecimientos? ¿Olvidas, en fin, que los años no pasan en

balde?

--¡Los años... y acabas de cumplir veinticinco!

--Por eso no juego al trompo como cuando tenía diez.

--Pero podías pensar como pensabas hace ocho meses. Y por cierto que

entonces, y en este mismo sitio, te pregunté en vano por la causa

del primer síntoma que en tí noté de esa real ó supuesta enfermedad.

Atribuíla á meditaciones propias de las tareas á que te dedicabas

en aquellos días, ó á la nostalgia de la corte; y no dí importancia

al fenómeno. Pero fuiste á Madrid, saliste airoso del empeño del

doctorado, y más tarde adquiriste un ruidoso triunfo en el Ateneo;

y, sin embargo, la tinta de melancolía que dió en empañar aquí tu

regocijado semblante, continuó velando las forzadas bizarrías de tus

cartas.

De buena ó de mala gana, Fernando soltó una ruidosa carcajada al oir

esto. Su padre, después de contemplarle unos instantes, le dijo:

--¿Olvidas que soy médico viejo?

--¿Por qué me lo preguntas?

--Porque no me equivoco jamás en achaques de carcajadas.

--¿No acabas de reprenderme por serio y meditabundo? Pues ¿cómo me

quieres?

--Franco y desengañado.

--¿Volvemos á la manía? ¡Á que acabas por ponerte serio, tú que te ríes

hasta de la muerte!

--¿Quieres que te diga la verdad, Fernando?

--¿No es hoy el día de decirlas? ¿Por qué me pides permiso?

--Pues óyeme ésta más: desde que te has reído de mis reparos á tus

cartas, tengo el convencimiento de que no soy visionario.

--¡Verás, doctor obcecado, cómo al fin me haces cojear, empeñándote en

que cojeo!

De tal palo, tal astilla · 第 3 / 20 段