_De lo que pasó en Granada, y cómo se volvieron a refrescar los bandos
de ella, y la prisión del rey Mulahacén en Murcia, y la del rey Chico
en Andalucía, y de otras cosas._
Grande fue la tristeza y desconsuelo que la reina Sultana sentía por la
ausencia de sus defensores caballeros, y de buena voluntad fuera en su
compañía, que temía el alboroto de la ciudad; y si su dolor y tristeza
fue grande, más excesivo fue el de los Zegríes y Gomeles y los demás de
su bando por causa de los caballeros que en la cruel batalla murieron,
y porque los agresores se fueron sin que de ellos se tomase venganza,
y porque se sentían muy afrentados y corridos por las cosas pasadas;
pero con disimulación aguardaban ocasión para ejecutar su deseo.
Digamos ahora del rey Chico, el cual como supo la muerte de los
acusadores de su mujer la reina, y la confesión que había hecho el
malvado Zegrí en su disculpa, descubriendo la pésima y horrible maldad;
enojado de sí mismo, no sabía qué hacerse.
Poníasele delante la culpa de su ceguedad, y la muerte tan sin culpa
de los nobles Abencerrajes; la grande deshonra en que había puesto a
la reina, el destierro injusto que hizo cumplir a los Abencerrajes, y
cómo por su causa se habían tornado cristianos y a él le aborrecía toda
Granada, y cómo estaban amotinados y conjurados contra él, y hasta su
padre le procuraba quitar el reino, y aun la vida. Imaginando en estas
cosas y otras muchas venía a perder el juicio.
Maldecía a los Zegríes y Gomeles, porque le habían dado tan malos
consejos, y a él porque los había recibido.
Llorando todas estas desventuras se tenía por el rey más desdichado de
todo el mundo, y no osaba parecer de vergüenza o de temor; por lo cual
no le visitaban los Zegríes y Gomeles.
Bien se holgara el reyecillo de que su amada Sultana quisiera volver a
su amistad; mas era imaginación y trabajo muy en vano, porque aunque
ella quisiera, cuanto más que no estaba de ese parecer, sus deudos
no lo consintieran; y con todo esto pidió a Muza que desenojase a la
reina, y alcanzase de ella el perdón, y la dijese cuán arrepentido
estaba, y que viniese a hacer vida con él.
Muza pidió a la reina y a sus parientes todo lo que el rey Chico le
había pedido, y no fue posible alcanzar alguna cosa de lo que pedía; y
así volvió, y dio al rey la respuesta que había dado la reina.
Con esto el rey se deshacía en pena; mas consolábase con que había de
procurar traer a su amistad a todos los caballeros que pudiese, y a los
ciudadanos y gente plebeya, para irse apoderando de toda la ciudad;
y así iba adquiriendo amigos, y a todos les pedía perdón diciéndoles
que él había sido mal aconsejado, y aunque habían pagado su delito
los promovedores y consejeros, que ellos verían la enmienda que tenía
de allí adelante, y que lo sucedido le había de ser escarmiento para
mientras viviera, como lo verían, y el tratamiento que haría a sus
vasallos; y como era heredero forzoso del reino, muchos grandes le
obedecían con toda la más gente común.
Nunca pudo reducir a su obediencia a ninguno de los Almoradís, Marines,
Alabeces, Gazules, Venegas ni Aldoradines, que estos seis linajes
seguían la parte del rey viejo, y la de su hermano el infante Abdalí.
En este tiempo el rey Mulahacén, como hombre valeroso, no habiendo
perdido sus bríos y braveza de corazón, ordenó de hacer una entrada
en el reino de Murcia, y así juntando mucha y muy lucida gente,
prometiendo buenos sueldos a los de a caballo y de a pie, salió de
Granada llevando consigo dos mil hombres de a pie y de a caballo, y se
fue a la ciudad de Vera, y tomando el camino de la costa, por dejar a
Lorca, salió a los Almazarrones, y de allí fue a Murcia, y recorrió
todo el campo de Sangonera, cautivando mucha gente.
D. Pedro Fajardo, adelantado del reino de Murcia, salió con la más
lucida gente que pudo a resistir al moro, que andaba corriendo el
campo con gran pujanza; y encima de las lomas del Azul, día de San
Francisco, se rompió la batalla entre moros y cristianos, la cual fue
muy sangrienta y reñida; mas fue Dios servido, por intercesión del
bienaventurado Santo, que D. Pedro Fajardo con la gente de Murcia,
mostrando grandísimo valor, venció a los moros, y desbarató y prendió
al rey.
Viéndose desbaratados los moros, huyendo volvieron a Granada, donde
se supo la prisión del rey Mulahacén y pérdida de todo su campo, lo
cual se sintió en toda la ciudad, si no fue el infante Abdalí que se
holgó mucho de la prisión del rey su hermano, porque por allí entendió
alzarse con todo el reino, y así escribió al adelantado D. Pedro que le
hiciese merced de tenerle al rey su hermano preso hasta que muriese, y
que por ello le daría las villas de Vélez el Blanco y el Rubio, Xiquena
y Tirieza.
Mas el adelantado, considerando la traición que el infante quería
hacer, no quiso aceptar su oferta, antes dejó ir libremente al rey y
a los que con él fueron cautivos; el cual como llegó a Granada halló
a Abdalí apoderado del Alhambra, diciendo que su hermano se la había
dejado en guarda.
Mulahacén muy enojado de esto, y más por la traición que le quiso
hacer, se retiró en el Albaicín, adonde él y su mujer estuvieron muchos
días.
La madre de Mulahacén, vieja de ochenta años, habiendo visto la
liberalidad del adelantado, le envió diez mil doblas, el cual no las
quiso recibir; y le envió a decir que se las diese a su hijo para que
hiciese guerra a su hermano.
Visto que no había querido recibir los dineros, le envió ciertas joyas
muy ricas y doce poderosos caballos enjaezados, todo lo cual recibió
D. Pedro Fajardo.
A pocos días se volvieron al Alhambra, porque su hermano se la dejó
libre, entendiendo que el rey no sabía nada de las cartas que le había
enviado a D. Pedro Fajardo.
Mulahacén disimuló aquel negocio, y lo guardó para su tiempo, mas
indignado contra su hermano y contra los que le fueron favorables, y
todavía le dejó la administración del gobierno.
A este Mulahacén le llamaron el Zagal, y Gadabli; mas su nombre propio
y más usado era el de Mulahacén.
Esta batalla y prisión de este Mulahacén escribió el moro cronista
de este libro, y yo doy fe que en la iglesia mayor de Murcia, en
la capilla de los marqueses de los Vélez, hay una tabla encima del
sepulcro de D. Pedro Fajardo, en la cual se cuenta el suceso de aquesta
batalla.
Volviendo a nuestro propósito, el rey Mulahacén muy enojado por lo
que el gobernador su hermano había hecho, hizo un día su testamento
diciendo: «Que en fin de sus días fuese su hijo heredero del reino, y
que echase de él al infante su hermano, y a todos los de su bando.»
Esto decía, porque seguían al infante Abdalí muchos caballeros
Almoradís y Marines, los cuales sustentaban la parte del infante.
Por este testamento hubo después en Granada muchos alborotos, y entre
los ciudadanos guerras civiles, como después de esto sucedieron; pues
estando el rey Mulahacén en el Alhambra, y Granada, como de antes
solía, debajo de la gobernación de dos reyes y un gobernador, no por
eso dejaron los Almoradís de buscar modos y maneras para que totalmente
el rey Chico fuese privado del reino; mas no podían hallar ninguna
comodidad que buena fuese, respecto que los Zegríes y Gomeles estaban
de su parte con otros muchos caballeros que reconocían que aquel era
finalmente el heredero del reino; pero no por esto dejaban de buscar
asechanzas y mil ocasiones tío contra sobrino, y sobrino contra tío;
pero como el rey Chico estaba odiado de los más principales caballeros,
no pudo salir por entonces con su intención en nada, ni pudo expeler
a su tío del cargo que tenía, y así aguardaba tiempo para ejecutar su
intención; y por alegrarse un día se paseaba por la ciudad con otros
principales caballeros, por dar alivio a sus penas, rodeado de sus
Zegríes y Gomeles, y le vino una muy triste nueva: cómo los cristianos
habían ganado la ciudad de Alhama; con la cual embajada hubiera el rey
de perder el sentido, así por perder aquella ciudad como por el peligro
que tenía Granada de ser cada día corrida de cristianos.
Tanto fue su sentimiento que al mensajero que trajo la nueva le mandó
matar; y subiéndose al Alhambra lloró la pérdida de su ciudad, y mandó
tocar añafiles y trompetas de guerra para que con muy gran presteza se
juntase toda la gente, y fuera al socorro de la ciudad de Alhama.
La gente de guerra se juntó toda al belicoso son de las trompetas, y
preguntándole al rey que para qué los mandaba juntar, respondió que
para socorrer a Alhama, que la habían ganado los cristianos.
Entonces un alfaquí viejo le dijo:
--Por cierto que se emplea muy bien tu desventura en haber perdido a
Alhama; y merecías perder todo el reino, pues mataste a los nobles
caballeros Abencerrajes, y a los que quedaban mandaste desterrar del
reino; por lo cual se tornaron cristianos, y ellos propios son los que
te hacen la guerra. Acogiste a los Zegríes que eran de Córdoba, y te
has fiado de ellos; pues ahora irás al socorro de Alhama, y di a los
Zegríes que te favorezcan en semejante desventura como esta.
Por esta embajada que al rey Chico le vino de la pérdida de Alhama,
y por lo que este moro alfaquí le dijo, y por la muerte de los
Abencerrajes, se dijo aquel romance antiguo tan doloroso para el rey,
que dice en arábigo, traducido al castellano, de esta manera:
Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarrambla.
Cartas le fueron venidas
que Alhama era ganada:
las cartas echó en el fuego,
y al mensajero maltrata.
Descabalga de una mula
y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba
subido se ha al Alhambra.
Cuando en el Alhambra estuvo,
al mismo tiempo mandaba
que le toquen sus trompetas,
los añafiles de plata,
Y que las cajas de guerra
apriesa toquen al arma,
porque la oigan sus moros,
los de la Vega y Granada.
Los moros que el son oyeron,
y al sangriento Marte llama,
de uno a uno, y dos a dos,
juntádose ha gran batalla.
Allí salió un moro viejo
y desta manera hablara:
«¿Para qué nos llamas, rey;
para qué es esta llamada?»
«Habéis de saber, amigos,
una nueva desdichada,
que cristianos de braveza
ya nos han ganado a Alhama.»
Allí habló un alfaquí
de barba crecida y cana:
«Bien se te emplea, buen rey;
buen rey, bien se te empleaba;
Mataste los Bencerrajes
que eran la flor de Granada,
acogiste advenedizos
de Córdoba la nombrada.
Pos eso mereces, rey,
una pena bien doblada,
que te pierdas tú y tu reino,
y que se pierda Granada.»
Este romance se hizo en arábigo en aquella ocasión de la pérdida de
Alhama, el cual era muy doloroso, y tanto que vino a vedarse en Granada
que no le cantasen, porque cada vez que le cantaban en cualquiera parte
provocaba a llanto y dolor: después se cantó en lengua castellana de la
misma manera, que decía:
Por la ciudad de Granada
el rey moro se pasea;
desde la calle de Elvira
llegaba a la plaza Nueva.
Cartas le fueron venidas,
que le dan muy mala nueva,
que habían ganado a Alhama
con batalla y gran pelea.
El rey con aquestas cartas
grande enojo recibiera,
al moro que se las trajo
mandó cortar la cabeza.
Las cartas hizo pedazos
con la saña que le ciega,
descabalga de una mula
y cabalga en una yegua.
Por la calle el Zacatín
al Alhambra se subiera;
trompetas mandó tocar
y las cajas de pelea,
Porque lo oyeran los moros
de Granada y de la Vega,
uno a uno, dos a dos,
grande escuadrón se hiciera.
Cuando los tuviera juntos
un moro allí le dijera:
«¿Para qué nos llamas, rey,
con trompa y cajas de guerra?»
«Habéis de saber, amigos,
que tengo una mala nueva,
que la mi ciudad de Alhama
ya del rey Fernando era.
Los cristianos la ganaron
con muy crecida pelea.»
Allí habló un alfaquí,
desta manera dijera.
«Bien se te emplea, buen rey;
buen rey, muy bien se te emplea,
mataste los Bencerrajes
que eran la flor desta tierra;
Acogiste a advenedizos
que de Córdoba vinieran;
y así mereces, buen rey,
que todo el reino se pierda.»
Pues volviendo al caso, así como el rey juntó gran copia de gente, al
punto sin poner en ello dilación, salió de Granada para ir al socorro
de Alhama, imaginando que la había de remediar; mas su cuidado y
trabajo fue en vano, porque cuando llegó a Alhama ya los cristianos
estaban apoderados de la ciudad y del castillo, y de todas sus torres
y fortalezas; pero con todo eso hubo una muy grande escaramuza entre
moros y cristianos: allí murieron más de treinta Zegríes a manos de los
cristianos Abencerrajes, que allí había más de cincuenta que estaban a
la orden del marqués de Cádiz.
Finalmente, por el gran valor y esfuerzo de los caballeros cristianos
fueron desbaratados los moros: lo cual visto por el rey de Granada, se
volvió sin hacer en aquella ocasión cosa de provecho.
Así como llegó a Granada volvió a hacer más gente y en más cantidad,
y volvió sobre Alhama, y una noche secretamente la hizo echar
escalas y entraron dentro algunos moros; y así como fueron sentidos
de cristianos, tocaron al arma y pelearon con los moros que habían
entrado, y los mataron y se pusieron a la defensa.
Y viendo el rey que trabajaba en vano, se volvió muy triste, y envió
por el alcaide de Alhama para degollarle, que se había retirado a Loja
a su fortaleza.
Los mensajeros del rey, presentando los recados que llevaban para
prenderle, le prendieron y le dijeron como le mandaba cortar la cabeza
y llevarla a Granada, y ponerla encima de las puertas del Alhambra,
porque fuese a él castigo y a otros temor, pues había perdido una
fuerza tan importante.
Y siendo preso, dijo el alcaide que él no tenía culpa de aquella
pérdida, que el rey le había dado licencia para ir a Antequera a bodas
de una hermana suya, que el alcaide Rodrigo de Narváez la casaba con
un caballero, y que ocho días le habían dado de término más que los
que había pedido, y que a él le pesaba mucho de la pérdida de Alhama,
porque si el rey la perdía, él había perdido sus hijos, mujer y
hacienda.
No bastó esta disculpa que dio el alcaide, y así le llevaron a Granada
y le cortaron la cabeza; y por esto se hizo el siguiente