--Desciende de aquese caballo, si no quieres que te le mate, y te podrá
suceder peor.
Al moro le pareció buen consejo, y así se apeó; y embrazando su adarga
vino a D. Alonso, diciendo:
--Por ventura me disteis el consejo por vuestro mal.
--Ahora lo verás --dijo D. Alonso--, si te di el consejo fue solo
para darte cruel muerte, justamente merecida por el daño que de tu
testimonio se ha seguido; y conviene que los traidores salgan del mundo.
Diciendo esto arremetió a Mahandón, y así entre los dos se comenzó una
brava y dudosa batalla, porque ambos eran muy valientes y animosos
caballeros.
Anduvieron más de media hora hiriéndose por las partes que podían, y
cada uno muy deseoso de vencer a su contrario.
D. Alonso muy enojado, y cuasi corrido en ver que le duraba tanto su
contrario, se acercó a él todo lo más que pudo, y alzando el brazo hizo
señal de quererle herir en la cabeza: el moro acudió al reparo para
recibir el golpe con la adarga; pero saliole incierto su reparo, porque
no ejecutó el golpe en la cabeza, sino que rebatiendo la mano le hirió
en el muslo izquierdo de una mala herida, que le cortó gran parte del
hueso.
El valiente moro que se halló burlado y tan malamente herido, descargó
un tan desapoderado golpe encima del bonete de D. Alonso, que el águila
fue partida por medio; y rompiendo bonete y casco fue herido de una
pequeña herida, aunque sintió mucho tormento en la cabeza, porque quedó
como sin sentido y aturdido del fiero golpe; y si no fuera de tan
animoso corazón, no hay duda sino que cayera en tierra sin dificultad
ninguna, y consiguiera su enemigo la deseada victoria: mas como era de
corazón fuerte, y nunca se dejó rendir de los trabajos, cobrando el
cuerpo aquel ánimo de su corazón bizarro, y considerándose en cierta
manera afrentado por ver que un golpe le había descompuesto su sentido;
y encolerizado por verse herido y su rostro ensangrentado, con una
cruel furia incomparable le tiró una estocada tan recia, que la adarga
ni jaco fuerte no podían resistir la grande violencia de la espada,
sino que fue todo rompido, y le metió cuatro dedos dentro del pecho al
soberbio Mahandón; y como le cogió ya desangrado de la que le salía por
la herida del muslo, no tuvo fuerzas para poder pelear más, y así cayó
de espaldas.
Así como D. Alonso vio caído a su contrario, arremetió con él para
cortarle la cabeza, y poniéndole la rodilla en los pechos vio que
estaba expirando; por lo cual no le quiso herir más, y levantándose dio
en su corazón infinitas gracias a Dios por la merced tan grande que le
había hecho; y apretándose la herida de la cabeza con el turbante, se
atajó la sangre; y mirando por su caballo le vio muerto, y fue a coger
el de Mahandón, y subiendo en él se fue adonde estaba D. Juan Chacón,
el cual le abrazó, dándole el parabién del vencimiento.
A este punto los añafiles y dulzainas de parte de la reina tocaron con
grande alegría, lo cual causaba tristeza y melancolía a los Zegríes.
Cesando la música miraron la batalla que los cuatro caballeros hacían,
que era muy sangrienta.
D. Manuel Ponce de León, y Alí Hamete Zegrí hacían su batalla a
pie, respecto a que los caballos se les habían cansado y no podían
concluirla como querían, y andaban muy listos procurando cada uno herir
al otro por donde mejor podía: despedazábanse las armas y la carne con
los duros filos de la espada y cimitarra, de lo que su sangre daba
verdadero testimonio.
D. Manuel tenía dos heridas y el moro cinco; pero no por eso se vio en
él falta de ánimo ni fuerzas, y andaba con tanto ardid intentando por
donde podría herir a su enemigo y quedarse él reservado, haciéndole
muchos acometimientos.
D. Manuel le iba contra todas sus malicias, porque ya le conocía el
modo de pelear; y así como vio que D. Juan y D. Alonso habían ya
vencido a sus contrarios, y el alcaide de los Donceles andaba con el
suyo muy revuelto y en punto de traerle a aquel extremo, cobró grande
ira porque no concluía con su enemigo, y llegándose cerca de él le dio
un golpe tan terrible en la cabeza, que, aunque acudió a repararle con
la adarga, no soportó el todo sino alguna parte, y así fue rota con el
fino casco, y herido en la cabeza muy mal, y aun le quitó el sentido
y dio de manos en tierra sin poderse valer; mas volviendo en sí,
temiéndose de su contrario, y de que no fuese causa aquella flaqueza
para que su competidor se gloriase de conseguir la victoria, sacando
fuerzas de pusilanimidad se levantó, procurando la venganza de la
ofensa recibida, y levantando su cimitarra dio un desatinado y fuerte
golpe en un hombro de D. Manuel y no hizo herida; pero la vida le costó
el golpe al moro, porque D. Manuel le dio otra junto a la que tenía
en la cabeza, que desatinado cayó en tierra derramando mucha sangre, y
luego murió.
Los añafiles de parte de la reina tocaron con mucha alegría por el buen
suceso.
D. Manuel subió en su caballo, y se fue adonde estaban D. Alonso y D.
Juan, los cuales le recibieron muy alegremente diciendo:
--Gloria a Dios, que os ha escapado de las manos de aquel pagano.
Quien en esta ocasión mirara a la hermosa reina Sultana, conociera
muy claramente en su bello rostro la grande alegría que en su corazón
tenía, viendo que se iban aniquilando sus enemigos, de lo cual a ella
se le había de seguir su libertad, y díjoles a Celima y a Esperanza de
Hita:
--Sabéis lo que veo, que si D. Juan Chacón tiene fama de valiente
caballero y lo es, que sus tres compañeros no lo son menos que él,
pues con tan sobrado valor han vencido a los mejores y más valientes
caballeros del reino de Granada.
Esperanza la respondió:
--¿No dije a vuestra alteza que D. Juan tenía muy principales amigos?
Mirad si ha salido verdad lo que dije.
--Dejemos estar eso --dijo Celima--, no lo entiendan los jueces, y
veamos el fin del caballero que queda, que yo entiendo que no tendrá
menos poder que los tres vencedores.
Y mirando la batalla vieron cómo andaba muy revuelto y encendido en la
pelea, y aunque herido y cansado, no se vio en él punto de cobardía ni
aun imaginación.
El valeroso moro proseguía la batalla con grande dolor y rabia, viendo
muerto a su primo hermano y a los dos Gomeles, y él puesto en el mismo
peligro, y así peleaba como hombre desesperado, considerando la infamia
en que había incurrido, y mayor por no haber salido con su intento;
y con la furia de un loco frenético daba tajos y reveses a diestro y
a siniestro, y fuera de orden por si acertara a darle alguna herida
penetrante, de la cual muriera el contrario; porque ya que él fuera
vencido, como los otros tres de su parte, no quedaran tan triunfantes
matando a alguno de ellos; y aunque peleaba con tan grande furia y
braveza, no era menos la del valiente alcaide de los Donceles, porque
estaba muy airado con su enemigo; y aun porque todos sus compañeros
habían alcanzado el lauro y gloria del vencimiento, y estaban ya
descansando, le parecía que empezaba de nuevo la batalla, siendo su
enemigo de muy grandes fuerzas y astucias para pelear; y considerando
que le miraban y que le debían de juzgar por menos que sus compañeros,
pues no daba fin a la batalla, poniendo los ojos ensañados en su
contrario, apretó con toda fuerza las espuelas al caballo, arremetió
al Zegrí, y lo mismo hizo él; y así se embistieron con ánimo y furia
increíble; y fue tan recio el encuentro de los caballeros, que sin
remedio hubieron de venir al suelo los dos sin poderse herir el uno
al otro; pero apenas fueron en tierra cuando estuvieron en pie, y se
acercaron hiriéndose cruelmente, y experimentando cada uno las fuerzas
del contrario, porque eran furiosos y desatentados los golpes que se
daban, mostrando cada uno la fortaleza de su brazo y el ánimo del
corazón.
Verdad es que el moro andaba más orgulloso y ligero, y las heridas que
daba casi no ofendían, por tener muy buenas armas el valiente alcaide;
pero el golpe que el valeroso alcaide alcanzaba, rompía, cortaba y
destrozaba tan fuertemente con la fortaleza de su brazo, que no daba
golpe con la espada que no hiciese herida grande o pequeña.
Lo cual visto por el valiente Zegrí, con una rabia crecida, confiando
en sus grandes fuerzas, arremetió al alcaide por venir con él a los
brazos, el cual se alegró mucho, y así abrazados comenzaron a luchar
dando muchas vueltas, y haciendo cada uno lo que podía por derribar a
su contrario; pero cada cual echaba de ver el resto de sus fuerzas, y
así ambos trabajaban muy en balde, porque no había robles tan firmes
como ellos.
El Zegrí era de muy gran cuerpo y fuerzas, que parecía un jayán, y
procuraba levantar de tierra a su enemigo para dar de golpe con él
en el suelo, y por muchas veces que lo intentó, ninguna salió con su
pretensión, porque parecía que tenía echadas raíces, y que era ponerse
a arrancar un nogal de cuajo; de suerte que por mucha diligencia que
hacía el Zegrí, era molerse en vano.
Reconocido por el alcaide el mal pensamiento de su contrario, echó mano
a un puñal buido, y diole tres golpes por debajo del brazo izquierdo, y
tales, que el moro dio grandes gritos sintiéndose mal herido de muerte,
y sacando una daga le dio al alcaide otras tres heridas; mas como era
ancha la daga no pudo falsear las armas mucho, y así fueron pequeñas.
El valeroso alcaide le dio otra muy mala herida en la ijada izquierda,
con la cual se acabó de rematar la sangrienta batalla, porque así como
le dio la última, sin poderse menear cayó en el suelo desangrándose
por las penetrantes heridas; y al tiempo que el alcaide vio en tierra
al contrario, fue de presto y le puso una rodilla en los pechos, y
enarbolando el invicto brazo le dijo:
--Date por vencido, y confiesa la verdad luego, y así no te acabaré de
matar.
El malvado Zegrí viéndose tan mal herido y a voluntad de su competidor,
le respondió diciendo:
--Ya no es menester darme más heridas que las que tengo, porque esta
postrera bastaba para echar del mundo a un tan gran traidor alevoso
como yo; y pues me pedís, vencedor caballero, que declare la verdad, yo
la diré: Sabrás que habiendo muerto algunos de mi linaje los del bando
Abencerraje, y a otros afrentado, y que tanto valían con los reyes que
no nos podíamos vengar de ellos, ordené yo mismo que fuesen perseguidos
todos los caballeros Abencerrajes, y por mi traición fueron muertos sin
culpa; y la reina no debe cosa ninguna de lo que yo la levanté acerca
del adulterio de que fue acusada: esta es la verdad; llegado he a punto
de decirla, y no hay otra cosa sino lo que he dicho: de todo lo cual
estoy muy arrepentido, por haber visto las desgracias y muertes que en
este tiempo han sucedido, y por la afrenta grande en que se ha visto la
reina no siendo culpada en ninguna cosa.
Todo lo que el traidor Zegrí decía estaban oyéndolo muchos caballeros,
así del bando de la reina, como de los Zegríes; y para más justificar
la causa de la reina llamaron a los jueces para que oyesen todo lo que
el Zegrí decía.
Luego llegó el valeroso Muza, y los dos jueces que estaban en el
cadalso bajaron, y entrando en el palenque tornó a referir el Zegrí lo
dicho, y luego expiró.
Al momento tocaron con grande alegría muchas chirimías y dulzainas con
otros instrumentos músicos por victoria tan importante, que habían
conseguido aquellos caballeros extranjeros de los naturales traidores;
y cómo por ella se había sabido la verdad, y le era vuelta y restituida
su honra a la casta e inocente reina.
A una parte se oían las músicas y grande alegría, y a otra lloros,
tristeza y gritos que daban las mujeres y deudos de los Zegríes muertos.
Los caballeros vencedores fueron sacados del campo con muy grande
honra, hecha por la mayor parte de los caballeros que eran del bando de
la reina.
Y de esta suerte los victoriosos caballeros llegaron a la reina que ya
estaba dentro de la litera en que había venido, y la preguntaron si
había otra cosa que hacer en aquel caso, o en otro cualquiera que fuese
de su gusto o de necesidad.
La reina dijo que para la satisfacción entera de su honra bastaba lo
que habían hecho, y que recibiría mucho contento en que se quisiesen ir
con ella para ser curados de sus heridas.
Los caballeros aceptaron el ruego de la reina, y así salieron de la
plaza llevando la música de añafiles delante, con mucho contento y
alegría.
Todo lo cual era al contrario en los mal intencionados Zegríes
y Gomeles, porque con tristes llantos sacaron del palenque los
destrozados cuerpos de sus parientes, y estuvieron determinados de
romper con su contrario bando, y procurar dar muerte a los extranjeros
vencedores; y no se determinaron, por entonces, porque de allí adelante
hubo entre ellos bandos y pasiones mayores que hasta entonces habían
tenido, como adelante lo diremos.
Los caballeros cristianos llegaron a la posada de la reina, y todos los
demás caballeros; y los vencedores fueron curados con gran diligencia
de cirujanos, y ellos pusieron sus armas junto a sí, por si algo
sucediera.
Y aquella noche después de haber cenado, la reina, Celima y Esperanza
fueron a visitar a los cuatro caballeros cristianos; y después de haber
hablado de los trabajos en que se había visto aquella ciudad, y de la
muerte injusta de los Abencerrajes, la reina se llegó un poco más al
lecho de D. Juan Chacón, y sentándose le dijo:
--El alto y poderoso Jesucristo, y su bendita Madre que le parió sin
dolor, quedando Virgen por divino misterio, os den salud entera y vida
larga, y os paguen la buena obra, que a esta triste y desconsolada
reina habéis hecho habiéndome librado de una muerte tan infame y
afrentosa; mas fue la voluntad de Dios de librarme, y que vos fueseis
el instrumento de mi libertad; y así os quedo obligada mientras la
vida me durare, la cual gastaré en vuestro servicio. Deseo ya verme
cristiana para servir a Dios y a su Santísima Madre y a vos, y creedme
que la mayor parte de los caballeros de esta ciudad están deseosos de
verse ya cristianos, y no aguardan sino que el rey D. Fernando comience
la guerra, y está así concertado desde que se fueron los caballeros
Abencerrajes; por tanto así como lleguéis, dad orden a vuestro rey para
que ponga en ejecución la guerra contra este reino, y os ruego que me
digáis quién son esos tres caballeros a quien soy obligada, porque sepa
a quién he de servir.
--Excelente señora --dijo D. Juan--, los caballeros que a mí me han
hecho merced y a vos servido, son D. Alonso de Aguilar, el gran
D. Manuel Ponce de León, y el otro D. Diego Fernández de Córdoba,
caballeros de grande estima, que ya tendréis noticia de ellos.
--Sí tengo --respondió la reina--, que muchas veces han entrado en
la Vega, y han hecho cabalgadas de ganados y buenas presas, y son
conocidos por sus hechos y nombres, aunque ahora no han sido conocidos
por el disimulo del traje turquesco, y ha sido buen pensamiento; y pues
son de tan gran valor, será justo que les hable y dé las gracias del
bien que por su causa me ha redundado.
Diciendo esto la reina Sultana fue donde estaban los tres caballeros, y
a todos, y a cada uno de por sí les dio muchas gracias por el favor que
le tenían hecho, y que confiaba en Dios que algún día les serviría en
algo.
El alcaide de los Donceles respondió en nombre de todos:
--Vuestra alteza le dé esas gracias y mercedes al señor D. Juan, que
nosotros poco es lo que hemos hecho, según lo mucho que os deseamos y
debemos servir.
--Muchas mercedes, señores caballeros, por el nuevo ofrecimiento, que
es para más obligarme a serviros, y reagravar la deuda tan grande que
os tengo. Dios os pague lo que habéis hecho por mí, y dé vida para que
pueda pagar alguna cosa de lo mucho que os debo; y porque parece que es
hora de reposar y descansar, yo me quiero ir a recoger para dar orden a
lo que conviene para vuestro regalo.
Con aquesto se fue la reina, y habló con su tío Moraicel, y le dijo que
estaba recelosa de que viniesen a tomar venganza los Zegríes y Gomeles
en los cuatro caballeros, por la muerte de los cuatro traidores; que
pusiesen algún remedio.
Y pareciéndole buen consejo, fue a dar parte de ello a Muza, el cual
puso cien caballeros de guarda en la casa, los cuales estuvieron toda
la noche con gran cuidado.
Fue muy acertado el parecer de la reina, porque los Zegríes y Gomeles
tenían concertado de cercar la casa, y dar muerte violenta a los
caballeros vencedores; y como vieron tanta guarda, y conociendo que
no podrían salir con su intento, desistieron de su propósito; y más
cuando supieron que el valeroso Muza había puesto aquellos caballeros,
lo sintieron de manera que se les comía el corazón de envidia, por
ver con las veras que acudía Muza a los cuidados de la reina, y no se
atrevieron a irle a la mano porque le temían.
Venida la mañana se fue la gente de guardia, y los cuatro caballeros
determinaron de irse, porque no los echase menos el rey D. Fernando; y
así pidieron licencia a la reina para partirse a la corte de su rey,
porque les importaba que no supiese la ausencia que habían hecho.
--¿Pues cómo, señores, dijo la reina, estando tan lastimados, cansados
y heridos os queréis poner en camino tal? No lo tengo de consentir:
¿por ventura os falta cosa alguna, o la deseáis?
--No uno ni otro --respondió D. Juan Chacón--, porque donde está
vuestra alteza no hay que desear nada; pero importa irnos por lo que he
dicho.
--Pues que así es --dijo la reina--, tornaos a curar, e id vuestro
viaje con la bendición de Dios; y por él os ruego no me olvidéis, y
suplicad a vuestro rey que comience la guerra contra Granada, porque a
todos los que tienen deseo firme de ser cristianos, se les cumpla.
Los caballeros se lo prometieron así. La reina mandó llamar a los
cirujanos; y curados, se armaron, y despidiéndose de la reina y Celima,
Esperanza y de Moraicel, se partieron quedando llorando la reina la
ausencia de tan buenos caballeros.
Muza, Malique Alabez y Gazul, que supieron que los caballeros
extranjeros se iban de Granada, les salieron a prevenir un grande
acompañamiento con más de doscientos moros, a más de media legua la
vuelta de Málaga.
Pero así como los moros se despidieron de ellos, tomaron la vía
de Castilla, y caminaron a grande priesa; y entrando en tierra de
cristianos, supieron cómo los Reyes Católicos estaban en Écija: ellos
fueron a Talavera, y hallaron a sus criados que los esperaban para que
siguiesen la corte.
Allí estuvieron ocho días curándose muy secretamente, y estando ya
mejores se partieron para Écija; y en llegando, pidiendo licencia al
rey D. Fernando para irse a sus tierras, se la dio; y llegados a sus
patrias, ellos y otros caballeros dieron orden de ganar a la ciudad de
Alhama, llevando para ello la prevención conveniente, porque era muy
fuerte; y siendo juntos muchos y principales caballeros la cercaron y
combatieron por todas partes.
Donde los dejaremos combatiendo, por decir lo que pasó en la ciudad de
Granada en este medio y sazón, y también porque a mí no toca escribir
lo que pasó en aquesta guerra de Alhama, que no hace al intento, ni
propósito mío.