--Yo, señora, me prefiero a hacer lo que ese caballero, y no le
reconozco ventaja, ni es mejor que yo; ni los tres caballeros que había
de traer no excederán en cosa alguna a los que vienen conmigo: sed
cierta de esto, señora, y dadnos licencia.
--Yo la doy --dijo la reina--, y creedme, virtuoso caballero, que no
debo cosa ninguna en obra ni en pensamiento de lo que se me imputa, y
así pelearéis seguros.
D. Juan dijo a los jueces que advirtiesen lo que la reina decía. Lo
cual oído por los jueces mandaron que se escribiese aquel auto y lo
firmase la reina: firmó, y haciendo el acatamiento debido a la reina,
se bajó del tablado D. Juan Chacón, y subiendo en su caballo dijo a sus
compañeros:
--Señores, nuestra es la batalla, empecémosla antes que sea más tarde.
Los caballeros de la parte de la reina rogaron a los defensores que
hiciesen todos sus poderíos, como de tan buenos caballeros se esperaba;
lo cual ellos prometieron, y así con toda la caballería los llevaron
enmedio, paseándolos y dando vuelta por toda la plaza al son de muchas
chirimías, añafiles y dulzainas.
Entraron en el palenque los caballeros cristianos, y recibiéndoles
pleito homenaje de que en aquel caso harían el deber, cerraron la
puerta.
En todo este tiempo no quitaba la vista Malique Alabez de D. Manuel
Ponce de León, porque le parecía haberle visto, y no se acordaba dónde,
y decía entre sí:
--Válgame Alá, y qué traslado es aquel caballero turco de D. Manuel
Ponce de León; pero no es él, porque es turco, y él es cristiano.
Miraba el caballo, y conocíale por haberle tenido en su poder. Así
andaba confuso, si era o no, y llegándose a un caballero Almoradí, tío
de la reina, le dijo:
--Si el caballero del caballo negro es el que imagino, cierta está la
libertad de la reina.
El caballero Almoradí dijo:
--¿Quién es? ¿Conoceisle por ventura?
--Yo os lo diré después, veamos ahora cómo le va en la batalla.
Diciendo esto, miraron a los caballeros, los cuales descubrían los
escudos que eran muy fuertes y relucientes.
Ahora, pues, será bien tratar de qué colores eran las ropas turquescas.
Eran todas de paño fino de color celeste, guarnecidas con franjones de
oro y plata: los albornoces eran de seda azul. Llevaba cada caballero
un turbante de toca de seda, listada de oro, y hecho de unas lazadas
curiosas. En la parte de arriba del bonete en la punta, puesta una
media luna de oro.
Los pendoncillos de las lanzas eran azules, y en ellos las armas de
sus escudos, porque D. Juan Chacón llevaba en su pendoncillo una flor
de lis de oro, y en el escudo en un cuartel de sus armas un lobo en
campo verde, el cual parecía despedazar un moro. Encima del lobo había
un campo azul, y en él una flor de lis de oro, y una letra que decía:
_Por su mal se devora_, significando que aquel lobo se comía aquel moro
por el testimonio que a la reina había levantado.
D. Manuel Ponce llevaba en su escudo el león de sus armas en campo
blanco, y león dorado: no quiso aquel día poner las barras de Aragón.
El león tenía entre las uñas un moro que estaba despedazando, y una
letra que decía de esta suerte:
_Merece más dura muerte_
_quien va contra la verdad,_
_y aun es poca crueldad_
_que un león le dé la muerte._
El pendoncillo, que era azul, llevaba un león de oro.
D. Alonso de Aguilar no quiso aquel día poner ningún cuartel de sus
armas, por ser muy conocidas: puso en su escudo un águila dorada en
campo rojo, las alas abiertas como que volaba al cielo, y en las
fuertes uñas llevaba una cabeza de un moro bañada en sangre, que de las
heridas de las uñas le salía. Esta divisa del águila puso D. Alonso a
memoria de su nombre. Llevaba una letra, que decía de esta suerte:
_La subiré hasta el cielo,_
_porque dé mayor caída,_
_por la maldad conocida_
_que cometió sin recelo._
Asimismo llevaba en el pendón de la lanza este bravo caballero el
águila dorada, como en el escudo.
El alcaide de los Donceles llevaba por divisa en su escudo en campo
blanco un estoque, los filos sangrientos, la cruz de la guarnición era
dorada, en la punta del estoque tenía clavada una cabeza de un moro
goteando sangre, con una letra en arábigo que decía de esta suerte:
_Por los filos de la espada_
_quedará con claridad_
_el hecho de la verdad,_
_y la reina libertada._
Muy maravillados quedaron todos los caballeros circunstantes, así
los de la una parte, como los de la otra, en ver la braveza de los
cuatro caballeros, y más en ver las divisas de sus escudos, por las
cuales conocieron claramente que aquellos caballeros venían al caso
determinadamente y con acuerdo; pues las divisas y letras de sus
escudos lo manifestaban, y que la reina los tenía apercibidos para su
defensa; y se admiraban grandemente de que en tan pocos días vinieran
de tan lejas tierras; pero considerando que por la mar pudieran haber
venido en aquel tiempo, con esto no curaron más de inquirir ni saber el
cómo y cuándo, sino ver el fin de la batalla.
El valeroso Muza y los otros jueces se admiraron de ver aquellas
divisas; y para gozar mejor de verlas pidió Muza un caballo, y subiendo
en él se entró en el palenque, y mandó a un criado que le tuviese allí
una lanza y una adarga, por si fuera menester.
Los dos jueces se estuvieron con la reina, la cual decía:
--Esperanza, dime, ¿conociste a aquel caballero que subió a hablarme?
--Sí, señora, aquel es D. Juan Chacón, que aunque viniera más
disfrazado, no dejara de conocerle.
--Ahora digo --dijo la reina-- que es cierta mi libertad, y el
vengarme de mis enemigos.
Malique Alabez y el animoso Gazul, y otros muchos caballeros, parientes
y amigos de la reina, se pusieron alrededor del tablado, y por lo que
se ofreciese.
A este tiempo el alcaide de los Donceles empezó a picar a su caballo, y
lozaneando se fue adonde estaban los caballeros acusadores, y llegando
a ellos, les dijo en alta voz:
--Decid, caballeros, ¿por qué tan sin razón habéis acusado a vuestra
reina y señora, y habéis puesto dolo en su honra?
Mahomad Zegrí le respondió:
--Acusámosla por ver con nuestros ojos cometer el delito de adulterio,
y volviendo por la honra de nuestro rey, lo manifestamos.
El valeroso alcaide, lleno de cólera, le respondió:
--Cualquiera que lo dijere, miente como villano, y no es caballero;
y pues estamos en parte donde se ha de saber la verdad, apercibíos
al momento todos los traidores a la batalla, que hoy habéis de morir
confesando lo contrario de lo que tenéis dicho.
Y diciendo esto D. Diego Fernández de Córdoba, terció con presteza su
lanza, y con el encuentro de ella le dio al Zegrí tan terrible golpe en
los pechos, que sintió bien la fuerza de su brazo, y quedó lastimado; y
si fuera el golpe con el hierro, no hay duda sino que de él muriera.
El Zegrí afrentado por ver que estaba desmentido y ofendido con el
golpe, revolvió su caballo, y fue a herir al alcaide, el cual como
hombre experimentado en la guerra y en escaramuzas, se retiró a un
lado, y revolviendo sobre el moro que a él venía, comenzaron una
trabada escaramuza.
Y visto esto, los trompeteros tocaron los instrumentos, haciendo señal
de batalla, a la cual se movieron los demás caballeros, los unos contra
los otros con gran furia.
A D. Manuel le cayó en suerte Alí Hamete, a D. Alonso, Mahandón; y a D.
Juan Chacón le tocó el fuerte Mahandín.
Reconociendo cada uno su contrario, comenzaron una muy sangrienta
batalla, mostrando cada uno su gran valor.
Los moros eran muy valientes; pero poco les aprovechaba su valor,
porque lidiaban con lo mejor de Castilla; y así andando escaramuceando
con admirable braveza, y dándose lanzadas por las partes que podían,
D. Juan Chacón fue herido en un muslo, de donde le salía abundancia de
sangre; el cual como se sintió herido en los primeros encuentros, y que
su contrario salió libre sin que llevase otra herida en recompensa,
encendido en cólera y saña furibunda aguardó a que volviese a
segundarle otro golpe, que entonces le embestiría con toda su furia, y
sucedió de la misma manera que lo imaginó, porque el moro muy ufano y
gozoso, como sintió que le había herido, volvió al cebo para tornar a
picar en él, diciendo con grande algazara:
--Ahora sabréis, turcos, si hay moros granadinos que puedan pelear y
resistir a todos los caballeros del mundo.
Y diciendo esto se venía a D. Juan, el cual estaba sobre el aviso;
y viéndole venir derecho y con tanta fuerza, apretó las piernas al
caballo, y con valor y furia extraña embistió al esforzado moro, y se
encontraron los dos caballeros tan fuertemente, que parecía haberse
juntado dos montes, según la braveza y furia con que se acometieron.
El caballo de D. Juan Chacón era más fuerte y furioso que el del
contrario; y así se paró después de haberle encontrado, y el del moro
no se pudo tener, y se cayó de ancas.
El moro fue herido muy malamente del bote de la lanza que le dio el
valiente D. Juan; mas no tan a su salvo, que no quedase con una pequeña
herida, y que si entrara más el hierro, tuviera mucho peligro, por ser
en el hueco del costado; pero no fue casi nada, porque no encarnó el
agudo hierro.
El bravo moro se puso en pie con muy grande presteza, y echando mano
a su alfanje se vino derecho a desjarretar el caballo de D. Juan para
que le derribase, y él tuviese lugar de herir a su salvo a D. Juan; y
aunque pudiera el noble cristiano alancear al moro, por tenerle tanta
ventaja de estar a caballo y tener enristrada la lanza, no quiso dar
nota de sí, que se pudiera decir que peleaba con tantas ventajas; y
así no le esperó a caballo, sino saltó de él con grande ligereza, y
desechando la lanza, puso mano a su espada; y embrazando el escudo se
estuvo afirmado, aguardando a su enemigo, el cual llegó, y entre los
dos valerosos guerreros comenzaron de nuevo una batalla tan reñida, que
causaba grima ver las centellas que saltaban de los escudos; de la cual
refriega sacó el moro dos pequeñas heridas; y apartándose un poco para
cobrar aliento, volvió a embestir.
D. Juan Chacón como se vio acometer de aquella suerte, confiado en
su fuerza, y viendo tan cerca al moro, le tiró un golpe de revés,
que le cortó el adarga y le hirió mortalmente en el hombro; y por muy
poco cayera, porque le quitó el sentido: lo cual visto por el valiente
D. Juan, arremetió a él, y le dio un encuentro con el escudo, que
desapoderado de sus fuerzas cayó en tierra el moro; y luego le dio una
cuchillada que le dividió una pierna de su lugar; y viendo que había
alcanzado victoria de su enemigo, alzó los ojos al cielo, y dio gracias
a nuestro Señor Jesucristo; y tomando un trozo de lanza, se afirmó a
él, porque le daba gran dolor la herida del muslo; y arrimándose a una
parte del palenque, se puso a mirar la batalla.
Luego tocaron los músicos instrumentos de la reina, en reconocimiento
del vencido moro, lo cual puso grande ánimo a los tres cristianos, y
cobardía a los moros, y perdieron la esperanza de la victoria con tan
mal presagio; y más cuando vieron dar en una ventana muy grandes gritos
y hacer tristes llantos, y quien los daba era la mujer y hermanas de
Mahandín viendo que con angustias mortales se revolcaba en su sangre.
Los Zegríes mandaron que se quitasen de allí aquellas mujeres, porque
no fuesen sus llantos causa de desmayo en los tres mantenedores del
testimonio.
Los seis caballeros se combatían con tanta ferocidad, que parecía
que en aquel instante empezaba la batalla, haciendo tanto ruido y
estrépito, que parecía que peleaban cincuenta caballeros.
D. Juan Chacón sentía mucho dolor de sus heridas, en particular del
muslo, como ya se había enfriado; y subiendo en su caballo se puso
a considerar si iría a ayudar a sus compañeros, o a curarse, y no se
determinó a ninguna de las dos cosas por no ser notado; y así acordó de
esperar el fin de la batalla, porque bien sabía que no duraría mucho,
por dos razones; la una por la satisfacción que tenía en el valor y
fortaleza de sus compañeros; la otra, porque peleaban con justicia y
razón, y defendían la verdad; y así de necesidad los había de favorecer
la fortuna.
Peleando, pues, los caballeros con un ánimo admirable, el enojado
Mahandón, como vio a su querido hermano Mahandín tendido en el suelo,
lleno de sangre, y hecho pedazos, con el dolor tan grande que sentía,
dijo a D. Alonso de Aguilar.
--Permitid, señor caballero, que vaya a tomar venganza de aquel que
ha muerto a mi amado hermano, y luego concluiremos vos y yo nuestra
batalla.
--No trabajes en vano, dijo D. Alonso; fenece conmigo la batalla,
pues tu hermano, como buen caballero, hizo lo que pudo; y no dudes de
verte en el mismo estado que tu hermano está, porque la sangre de los
nobles Abencerrajes vertida sin culpa, y la inocencia de la reina están
pidiendo justa venganza contra los que quedáis.
Y diciendo esto le acometió con furia, y le hirió con la lanza en el
costado, aunque no fue grande la llaga. Lo cual visto por el moro,
revolvió contra D. Alonso, y colérico le arrojó la lanza.
D. Alonso que la vio venir con tal presteza, por hurtar el cuerpo al
furioso golpe, revolvió su caballo con ligereza; pero no tan a tiempo,
que no llegase primero la lanza, y entrándole por la una ijada del
caballo, le salió a la otra más de media vara.
El caballo sintiéndose mal herido con la lanza atravesada, empezó a dar
bufidos, brincos y corcovos, que no era bastante la dureza del freno
para que se sujetase y estuviese sosegado; y visto que no aprovechaba
su diligencia, y que por su desgracia se le podía seguir algún daño
irreparable, determinó de arrojarse en el suelo, aunque se ponía en
mucho peligro, por estar su competidor a caballo; y confiando en Dios
nuestro Señor, se arrojó de la silla quedándose en pie con su espada en
la mano aguardando a su enemigo.
Grande contento y alegría sintió el bando de los Zegríes y Gomeles
en ver el estrecho en que había puesto su pariente al caballero
extranjero, y en verle a pie le consideraban ya vencido; y como vio
Mahandón a su contrario a pie, recibió mucho contento; y yéndose a él
le dijo:
--Ahora me pagaréis la muerte de mi hermano; pues me evitasteis de
darla a quien se la dio a él.
Y arremetió con el caballo para atropellarle, y el alfanje en la mano
para herirle.
D. Alonso de Aguilar era muy ligero, y se estuvo quedo, como que le
quería aguardar; mas al tiempo que llegó dio un salto, y se apartó,
y Mahandón pasó de largo sin hacer efecto; y revolviendo otras tres
veces, tampoco hizo nada.