CAPÍTULO XV.

_En que se da cuenta de la batalla que se hizo entre los cuatro

caballeros cristianos y los cuatro moros sobre la libertad de la reina,

y cómo vencieron los cristianos y mataron a los moros, y cómo la reina

fue libre; y de otras cosas más._

Con grande tristeza estaba la noble ciudadana gente de Granada, porque

se había cumplido el término a la reina Sultana; y sentían más la

pena, porque no había señalado quien hiciese la batalla contra los

acusadores; y así muchos caballeros fueron a suplicar al rey que

la volviese en su gracia, pues estaba sin culpa, y se echaba de ver

su inocencia en que en los términos que se le habían dado no había

señalado caballeros que volviesen por ella, y que no diese crédito a

los Zegríes, pero no aprovechaban sus ruegos, porque estaba pertinaz,

inducido de los falsos acusadores Zegríes para que su mentira fuese

adelante; y así daba por respuesta que de no dar defensores aquel día,

que al siguiente se ejecutaría la sentencia de la reina; y mandó que se

hiciese en la plaza de Vivarrambla un teatro donde estuviese la reina,

y los jueces que habían de determinar su causa: los cuales fueron Muza,

y un Azarque, y otro Almoradí; y deseaban buen suceso en aquel caso, y

tenían presupuesto de hacer por la reina todo lo que pudieran.

El tablado fue todo enlutado, y los jueces subieron al Alhambra para

traer a la reina a la plaza, al sitio de la lid, y con ellos fueron

muchos caballeros para venir acompañando a la reina.

Los Almoradís, Almohades, Aldoradines, Gazules, Venegas, Alabeces

y Marines querían quitar a la reina, y darle de puñaladas al rey

y quemarle la casa; pero fueron aconsejados que no hiciesen tal,

porque aunque salvasen la vida a la reina, su honra quedaba manchada

y oscurecida, y era argumento de verificación; porque diría el vulgo

loco que porque estaba culpada, y saber de cierto que la habían de

condenar a muerte, no consintieron que se hiciese batalla, y era en

favor de los acusadores haciendo su mentira verdad.

Fue muy eficaz esta razón para que desistiesen de su propósito,

confiando en que la bondad y sencillez de la reina la habían de librar.

Pues entrando los jueces en el Alhambra no los dejaba pasar adelante el

rey Mulahacén diciendo que no habían de llevar a la reina para ponerla

en acusación.

Muza y los demás caballeros le dijeron que era conveniente al honor de

la reina poner su causa en juicio, porque por aquella vía quedaba su

honor limpio; y de no dar licencia que la llevasen, quedaría probada la

causa, y los Zegríes con su intención.

El rey preguntó si tenía la reina caballeros que la defendiesen; Muza

dijo que sí, y que cuando no los hubiera, él mismo en persona haría la

injusta batalla.

Con esto dio licencia para que entrasen; y así Muza y los dos jueces

entraron, quedando todos los demás fuera del Alhambra: y llegando Muza

a donde estaba la reina, la halló hablando con Celima sin ninguna pena

de lo que aguardaba, que bien sabía que no tenía más de aquel día de

plazo; pero confiada en D. Juan Chacón, estaba sin ninguna congoja, y

también porque si no venía D. Juan Chacón, y ella fuese sentenciada

a muerte, en morir cristiana llevaría mucho gozo, porque empezaría a

vivir para siempre, y con esto estaba la más alegre y contenta que se

podía imaginar.

Mas así como vio a Muza acompañado de aquellos caballeros que con él

venían, luego presumió a qué era su venida, con la cual sintió alguna

turbación y pesadumbre, y con ánimo varonil hizo en esto la resistencia

que pudo, porque no se entendiera su flaqueza.

Muza y los caballeros, así como vieron a la reina y a Celima, hicieron

el debido acatamiento, y dijo Muza:

--Grande ha sido el descuido que vuestra alteza ha tenido en nombrar

caballeros, siendo hoy el último día que tenéis de plazo: ¿qué

determináis?

--No tengáis pena --dijo la reina-- que yo confío en Dios que hoy se

ha de saber la verdad de mi sincero pecho, y que no han de salir con

su mala intención los falsos acusadores, y que tengo de triunfar de

ellos; y cuando Dios se sirva que por mis pecados sean vencidos mis

defensores, y en mí sea ejecutada la sentencia que contra mí se ha

pronunciado, yo partiré contenta de esta vida mortal para gozar de la

eterna.

Muza no entendió el secreto de las palabras, y así dijo:

--Yo he querido que siga aqueste juicio de vuestra alteza por

justicia, por causa de algunas presunciones de gente ignorante y de

poca experiencia, aunque debéis mucho a todos, porque cada uno siente

vuestra pena como si fuera suya propia; y porque se acrisole y apure

más el oro de vuestra castidad, y porque sean castigados los traidores

que la han deslustrado. Así, señora, sabed que venimos por vuestra

alteza estos caballeros y yo, que somos jueces de vuestra causa, y

todos siervos vuestros, y haremos lo que debemos. Podréis luego señalar

caballeros, que cien mil hay que os desean servir en esta ocasión tan

honrosa. Vuestra alteza venga a la plaza y Celima también, porque haya

buen suceso.

--Vamos --dijo la reina--, y venga conmigo Esperanza, que es mucho el

amor que la tengo, y ha sentido mucho mi afrentosa prisión y tristeza,

y será bien goce del contento, como confío en el poderoso Dios que nos

le ha de dar con el triunfo de la victoria.

Y diciendo esto se entraron todas en el retrete y se vistieron de

negro, y en saliendo del aposento dijo la angustiada reina al valeroso

Muza:

--Mucho contento recibiré en que si mi desdicha fuere tanta que mis

valedores sean vencidos, que todo lo que hay mío en este aposento se le

dé a Esperanza, y libertad, porque esta es mi última voluntad por lo

bien que me ha servido.

No pudo sufrir la reina las lágrimas, diciendo estas palabras; y

lloraba con tanta tristeza y dolor de su afecto, que movió los

varoniles pechos a acompañar su llanto; y dándole Muza la mano salieron

fuera del Alhambra adonde estaba una litera, y entraron dentro de ella

la reina, Celima y Esperanza.

Allí estaban para irla acompañando, vestidos de luto, muchos caballeros

de los Alabeces, Gazules, Aldoradines, Venegas, Almohades, Marines,

y otros muchos linajes, y debajo de las marlotas y albornoces negros

llevaban muy fuertes armas, con intento de romper aquel día con los

Zegríes, Gomeles y Mazas, por si fuese necesario; y si no fuera por la

honra de la reina, sin duda aquel día se perdiera Granada.

Y así recelosos los Zegríes, Gomeles, Mazas, y los de su bando llevaban

armas fuertes debajo de sus marlotas y alquifaes por si sus contrarios

les quisiesen acometer.

No se vio jamás Granada en sus guerras y trabajos tan a pique de

perderse como aqueste día; pero quiso Dios que sin escándalos ni

guerras se acabase aquel negocio.

En llegando a la calle de los Gomeles salían a los balcones y ventanas

dueñas y doncellas llorando amargamente a la desventurada reina; de

suerte que a sus llantos y gritos se movió toda la ciudad a compasión,

y maldecían al rey y a los Zegríes a grandes voces. De esta manera

entró la litera en la calle del Zacatín, donde más se aumentaron los

sollozos, suspiros y vocería.

Llegada la caballería y la reina a la plaza, fue puesta la litera junto

al tablado. Muza y los otros dos jueces sacaron a la desconsolada reina

Sultana, a Celima y a Esperanza de Hita, y las subieron al enlutado

tablado por unas ventanas de una casa, y en el tablado había un estrado

de paños negros y bastos.

Allí se sentó la reina muy afligida y llorosa, por ver que en pública

plaza había de ser juzgada, y junto a ella sentó a Celima, y a sus pies

a Esperanza de Hita; allí fueron los llantos, allí fueron los gritos de

hombres, niños, damas y doncellas, que no pudieran ser mayores los de

Roma y de Troya cuando se veían quemar sin tener remedio.

Todas las ventanas, balcones y azoteas estaban llenas de gente, y en

la plaza había grandísima multitud, y todos no cesaban de llorar y de

hacer gran sentimiento viendo las lágrimas que derramaba la reina, su

doncella y su esclava.

A un lado del tablado en otro estrado se sentaron los jueces para

juzgar la causa, y de allí a poco espacio se oyeron veinte trompetas

de guerra, y mirando lo que era vieron venir a los cuatro acusadores

de la reina que venían armados y puestos a punto de batalla, y en muy

poderosos caballos.

Traían sobre las armas marlotas verdes y moradas, pendoncillos y

plumas del mismo color. Traían en las adargas unos sangrientos

alfanjes con una letra en torno, que decía: _Por la verdad se derrama._

De aquesta forma llegaron los cuatro mantenedores de la maldad,

acompañados de los Zegríes, Gomeles y Mazas, y de todos los demás de la

parcialidad, hasta llegar a un grande y espacioso palenque que estaba

hecho junto al tablado.

Era tan grande como una carrera de caballo, y muy ancho; y abierta una

puerta del palenque entraron los cuatro caballeros acusadores, que eran

Mahomad Zegrí, el caudillo de la traición, Hamete Zegrí, Mahandón Gomel

y Mahandín. Así como entraron tocaron de su parte muchos instrumentos.

Todos los de este bando se pusieron al lado izquierdo del tablado,

porque al derecho estaban los caballeros deudos de la reina.

Estaban todos aguardando a ver a quién había de nombrar la afligida

reina; y visto que desde las ocho de la mañana estaban allí, y que

eran ya las dos de la tarde y no había señalado defensores, ni parecía

ninguno, estaban todos con grande pena, y no sabían cuál era el

pensamiento de la reina, pues tan descuidada estaba en un negocio que

no le importaba menos que honra y vida; y no menos pena tenía la reina

viendo que era tan tarde y no había venido D. Juan Chacón, en quien,

después de Dios, tenía esperanza de su libertad, y no entendía qué

causa le hacía faltar a la palabra dada.

Malique Alabez y un Aldoradín, y otros dos caballeros se llegaron al

tablado, y dijeron en alta voz:

--Si gusta la reina de que la sirvamos en esta ocasión, dé licencia

que la defendamos y lo pondremos por obra.

A lo cual respondió la reina, que ella lo agradecía, y que quería

esperar otras dos horas; y que si no viniesen ciertos caballeros que

tenía prevenidos, que ella aceptaba la oferta; y así se retiraron a sus

puestos.

Pero no pasó media hora cuando se oyó un gran ruido y alboroto, al

cual mirando toda la gente vieron entrar por la plaza cinco caballeros

muy galanes, los cuatro vestidos a lo turquesco y el otro a lo moro,

el cual fue conocido de todos que era Gazul: a los demás tuvieron por

extranjeros, y así concurría toda la gente a ver los forasteros.

Los parientes de la reina y los demás caballeros le daban la bienvenida

a Gazul, y en particular sus deudos, y le preguntaban todos si conocía

aquellos caballeros que con él venían. Y él respondió que no, sino que

en la Vega se habían juntado.

Y con aquesto llegaron al cadalso donde estaba la reina Sultana y los

jueces, los cuales deseaban saber la causa de su venida; y llegados

miraron a la triste reina, y les quebró el corazón verla en tan

miserable estado; y mirando toda la plaza vieron el gran palenque, y

dentro de él a los acusadores de la reina; y espantados de la mucha

gente que había, dijo D. Juan Chacón en turquesco a los jueces si podía

hablar a la reina dos palabras. Los jueces dijeron que no le entendían,

que hablase en arábigo, y él lo dijo en algarabía; y Muza respondió que

sí, que subiesen.

D. Juan subió al tablado, y haciendo su acatamiento a los jueces se

fue a la reina, y hecha la reverencia, habló alto que los jueces lo

entendieron, diciendo:

--Con la procela del océano, reina y señora, fuimos arribados al mar de

España, y desembarcamos en Adra, y venimos con intento de escaramucear

con algunos cristianos, y buscándolos en la Vega no encontramos

ninguno; y viniendo a ver esta ciudad nos alcanzó en el camino un

caballero moro, y nos dio cuenta del desastrado estado de vuestra

alteza, y cómo no teníais caballeros nombrados para vuestra defensa,

y que no queréis que vuestra causa defiendan moros, sino cristianos.

Yo y mis compañeros somos turcos jenízaros, hijos de cristianos, y

doliéndonos de vuestra contraria y adversa fortuna, movidos de piedad

de vuestra inocencia, venimos a ofrecernos para hacer esta batalla;

y si vuestra alteza nos quiere admitir, yo os prometo a ley de

caballeros, por mí y en nombre de mis compañeros, que haremos en este

negocio todo lo que pudiéremos.

Cuando decía esto D. Juan Chacón, tenía en la mano la carta de la

reina, y al descuido la dejó caer en sus faldas, sin que se reparase en

ello por los jueces, y cayó el sobrescrito hacia arriba.

La reina pidió a Celima que con recato le diese aquel papel: ella le

alzó y se lo dio, y luego conoció su letra y advirtió el secreto, y con

disimulación miró a Esperanza de Hita, que estaba divertida mirando

a D. Juan Chacón; y volviendo la cabeza a mirar a la reina, ambas se

entendieron mirándose la una a la otra, y maravillada la reina de su

traje y disfraz, respondió a D. Juan Chacón:

--Yo he estado aguardando hasta ahora a cierto caballero que me dio

palabra por letra suya, de estar hoy aquí con otros tres caballeros; y

pues ya es tarde, y vos, noble caballero, queréis tomar este cuidado a

vuestro cargo y de vuestros compañeros, yo lo agradezco mucho.

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 30 / 43 题