_En que se da cuenta de la batalla que se hizo entre los cuatro
caballeros cristianos y los cuatro moros sobre la libertad de la reina,
y cómo vencieron los cristianos y mataron a los moros, y cómo la reina
fue libre; y de otras cosas más._
Con grande tristeza estaba la noble ciudadana gente de Granada, porque
se había cumplido el término a la reina Sultana; y sentían más la
pena, porque no había señalado quien hiciese la batalla contra los
acusadores; y así muchos caballeros fueron a suplicar al rey que
la volviese en su gracia, pues estaba sin culpa, y se echaba de ver
su inocencia en que en los términos que se le habían dado no había
señalado caballeros que volviesen por ella, y que no diese crédito a
los Zegríes, pero no aprovechaban sus ruegos, porque estaba pertinaz,
inducido de los falsos acusadores Zegríes para que su mentira fuese
adelante; y así daba por respuesta que de no dar defensores aquel día,
que al siguiente se ejecutaría la sentencia de la reina; y mandó que se
hiciese en la plaza de Vivarrambla un teatro donde estuviese la reina,
y los jueces que habían de determinar su causa: los cuales fueron Muza,
y un Azarque, y otro Almoradí; y deseaban buen suceso en aquel caso, y
tenían presupuesto de hacer por la reina todo lo que pudieran.
El tablado fue todo enlutado, y los jueces subieron al Alhambra para
traer a la reina a la plaza, al sitio de la lid, y con ellos fueron
muchos caballeros para venir acompañando a la reina.
Los Almoradís, Almohades, Aldoradines, Gazules, Venegas, Alabeces
y Marines querían quitar a la reina, y darle de puñaladas al rey
y quemarle la casa; pero fueron aconsejados que no hiciesen tal,
porque aunque salvasen la vida a la reina, su honra quedaba manchada
y oscurecida, y era argumento de verificación; porque diría el vulgo
loco que porque estaba culpada, y saber de cierto que la habían de
condenar a muerte, no consintieron que se hiciese batalla, y era en
favor de los acusadores haciendo su mentira verdad.
Fue muy eficaz esta razón para que desistiesen de su propósito,
confiando en que la bondad y sencillez de la reina la habían de librar.
Pues entrando los jueces en el Alhambra no los dejaba pasar adelante el
rey Mulahacén diciendo que no habían de llevar a la reina para ponerla
en acusación.
Muza y los demás caballeros le dijeron que era conveniente al honor de
la reina poner su causa en juicio, porque por aquella vía quedaba su
honor limpio; y de no dar licencia que la llevasen, quedaría probada la
causa, y los Zegríes con su intención.
El rey preguntó si tenía la reina caballeros que la defendiesen; Muza
dijo que sí, y que cuando no los hubiera, él mismo en persona haría la
injusta batalla.
Con esto dio licencia para que entrasen; y así Muza y los dos jueces
entraron, quedando todos los demás fuera del Alhambra: y llegando Muza
a donde estaba la reina, la halló hablando con Celima sin ninguna pena
de lo que aguardaba, que bien sabía que no tenía más de aquel día de
plazo; pero confiada en D. Juan Chacón, estaba sin ninguna congoja, y
también porque si no venía D. Juan Chacón, y ella fuese sentenciada
a muerte, en morir cristiana llevaría mucho gozo, porque empezaría a
vivir para siempre, y con esto estaba la más alegre y contenta que se
podía imaginar.
Mas así como vio a Muza acompañado de aquellos caballeros que con él
venían, luego presumió a qué era su venida, con la cual sintió alguna
turbación y pesadumbre, y con ánimo varonil hizo en esto la resistencia
que pudo, porque no se entendiera su flaqueza.
Muza y los caballeros, así como vieron a la reina y a Celima, hicieron
el debido acatamiento, y dijo Muza:
--Grande ha sido el descuido que vuestra alteza ha tenido en nombrar
caballeros, siendo hoy el último día que tenéis de plazo: ¿qué
determináis?
--No tengáis pena --dijo la reina-- que yo confío en Dios que hoy se
ha de saber la verdad de mi sincero pecho, y que no han de salir con
su mala intención los falsos acusadores, y que tengo de triunfar de
ellos; y cuando Dios se sirva que por mis pecados sean vencidos mis
defensores, y en mí sea ejecutada la sentencia que contra mí se ha
pronunciado, yo partiré contenta de esta vida mortal para gozar de la
eterna.
Muza no entendió el secreto de las palabras, y así dijo:
--Yo he querido que siga aqueste juicio de vuestra alteza por
justicia, por causa de algunas presunciones de gente ignorante y de
poca experiencia, aunque debéis mucho a todos, porque cada uno siente
vuestra pena como si fuera suya propia; y porque se acrisole y apure
más el oro de vuestra castidad, y porque sean castigados los traidores
que la han deslustrado. Así, señora, sabed que venimos por vuestra
alteza estos caballeros y yo, que somos jueces de vuestra causa, y
todos siervos vuestros, y haremos lo que debemos. Podréis luego señalar
caballeros, que cien mil hay que os desean servir en esta ocasión tan
honrosa. Vuestra alteza venga a la plaza y Celima también, porque haya
buen suceso.
--Vamos --dijo la reina--, y venga conmigo Esperanza, que es mucho el
amor que la tengo, y ha sentido mucho mi afrentosa prisión y tristeza,
y será bien goce del contento, como confío en el poderoso Dios que nos
le ha de dar con el triunfo de la victoria.
Y diciendo esto se entraron todas en el retrete y se vistieron de
negro, y en saliendo del aposento dijo la angustiada reina al valeroso
Muza:
--Mucho contento recibiré en que si mi desdicha fuere tanta que mis
valedores sean vencidos, que todo lo que hay mío en este aposento se le
dé a Esperanza, y libertad, porque esta es mi última voluntad por lo
bien que me ha servido.
No pudo sufrir la reina las lágrimas, diciendo estas palabras; y
lloraba con tanta tristeza y dolor de su afecto, que movió los
varoniles pechos a acompañar su llanto; y dándole Muza la mano salieron
fuera del Alhambra adonde estaba una litera, y entraron dentro de ella
la reina, Celima y Esperanza.
Allí estaban para irla acompañando, vestidos de luto, muchos caballeros
de los Alabeces, Gazules, Aldoradines, Venegas, Almohades, Marines,
y otros muchos linajes, y debajo de las marlotas y albornoces negros
llevaban muy fuertes armas, con intento de romper aquel día con los
Zegríes, Gomeles y Mazas, por si fuese necesario; y si no fuera por la
honra de la reina, sin duda aquel día se perdiera Granada.
Y así recelosos los Zegríes, Gomeles, Mazas, y los de su bando llevaban
armas fuertes debajo de sus marlotas y alquifaes por si sus contrarios
les quisiesen acometer.
No se vio jamás Granada en sus guerras y trabajos tan a pique de
perderse como aqueste día; pero quiso Dios que sin escándalos ni
guerras se acabase aquel negocio.
En llegando a la calle de los Gomeles salían a los balcones y ventanas
dueñas y doncellas llorando amargamente a la desventurada reina; de
suerte que a sus llantos y gritos se movió toda la ciudad a compasión,
y maldecían al rey y a los Zegríes a grandes voces. De esta manera
entró la litera en la calle del Zacatín, donde más se aumentaron los
sollozos, suspiros y vocería.
Llegada la caballería y la reina a la plaza, fue puesta la litera junto
al tablado. Muza y los otros dos jueces sacaron a la desconsolada reina
Sultana, a Celima y a Esperanza de Hita, y las subieron al enlutado
tablado por unas ventanas de una casa, y en el tablado había un estrado
de paños negros y bastos.
Allí se sentó la reina muy afligida y llorosa, por ver que en pública
plaza había de ser juzgada, y junto a ella sentó a Celima, y a sus pies
a Esperanza de Hita; allí fueron los llantos, allí fueron los gritos de
hombres, niños, damas y doncellas, que no pudieran ser mayores los de
Roma y de Troya cuando se veían quemar sin tener remedio.
Todas las ventanas, balcones y azoteas estaban llenas de gente, y en
la plaza había grandísima multitud, y todos no cesaban de llorar y de
hacer gran sentimiento viendo las lágrimas que derramaba la reina, su
doncella y su esclava.
A un lado del tablado en otro estrado se sentaron los jueces para
juzgar la causa, y de allí a poco espacio se oyeron veinte trompetas
de guerra, y mirando lo que era vieron venir a los cuatro acusadores
de la reina que venían armados y puestos a punto de batalla, y en muy
poderosos caballos.
Traían sobre las armas marlotas verdes y moradas, pendoncillos y
plumas del mismo color. Traían en las adargas unos sangrientos
alfanjes con una letra en torno, que decía: _Por la verdad se derrama._
De aquesta forma llegaron los cuatro mantenedores de la maldad,
acompañados de los Zegríes, Gomeles y Mazas, y de todos los demás de la
parcialidad, hasta llegar a un grande y espacioso palenque que estaba
hecho junto al tablado.
Era tan grande como una carrera de caballo, y muy ancho; y abierta una
puerta del palenque entraron los cuatro caballeros acusadores, que eran
Mahomad Zegrí, el caudillo de la traición, Hamete Zegrí, Mahandón Gomel
y Mahandín. Así como entraron tocaron de su parte muchos instrumentos.
Todos los de este bando se pusieron al lado izquierdo del tablado,
porque al derecho estaban los caballeros deudos de la reina.
Estaban todos aguardando a ver a quién había de nombrar la afligida
reina; y visto que desde las ocho de la mañana estaban allí, y que
eran ya las dos de la tarde y no había señalado defensores, ni parecía
ninguno, estaban todos con grande pena, y no sabían cuál era el
pensamiento de la reina, pues tan descuidada estaba en un negocio que
no le importaba menos que honra y vida; y no menos pena tenía la reina
viendo que era tan tarde y no había venido D. Juan Chacón, en quien,
después de Dios, tenía esperanza de su libertad, y no entendía qué
causa le hacía faltar a la palabra dada.
Malique Alabez y un Aldoradín, y otros dos caballeros se llegaron al
tablado, y dijeron en alta voz:
--Si gusta la reina de que la sirvamos en esta ocasión, dé licencia
que la defendamos y lo pondremos por obra.
A lo cual respondió la reina, que ella lo agradecía, y que quería
esperar otras dos horas; y que si no viniesen ciertos caballeros que
tenía prevenidos, que ella aceptaba la oferta; y así se retiraron a sus
puestos.
Pero no pasó media hora cuando se oyó un gran ruido y alboroto, al
cual mirando toda la gente vieron entrar por la plaza cinco caballeros
muy galanes, los cuatro vestidos a lo turquesco y el otro a lo moro,
el cual fue conocido de todos que era Gazul: a los demás tuvieron por
extranjeros, y así concurría toda la gente a ver los forasteros.
Los parientes de la reina y los demás caballeros le daban la bienvenida
a Gazul, y en particular sus deudos, y le preguntaban todos si conocía
aquellos caballeros que con él venían. Y él respondió que no, sino que
en la Vega se habían juntado.
Y con aquesto llegaron al cadalso donde estaba la reina Sultana y los
jueces, los cuales deseaban saber la causa de su venida; y llegados
miraron a la triste reina, y les quebró el corazón verla en tan
miserable estado; y mirando toda la plaza vieron el gran palenque, y
dentro de él a los acusadores de la reina; y espantados de la mucha
gente que había, dijo D. Juan Chacón en turquesco a los jueces si podía
hablar a la reina dos palabras. Los jueces dijeron que no le entendían,
que hablase en arábigo, y él lo dijo en algarabía; y Muza respondió que
sí, que subiesen.
D. Juan subió al tablado, y haciendo su acatamiento a los jueces se
fue a la reina, y hecha la reverencia, habló alto que los jueces lo
entendieron, diciendo:
--Con la procela del océano, reina y señora, fuimos arribados al mar de
España, y desembarcamos en Adra, y venimos con intento de escaramucear
con algunos cristianos, y buscándolos en la Vega no encontramos
ninguno; y viniendo a ver esta ciudad nos alcanzó en el camino un
caballero moro, y nos dio cuenta del desastrado estado de vuestra
alteza, y cómo no teníais caballeros nombrados para vuestra defensa,
y que no queréis que vuestra causa defiendan moros, sino cristianos.
Yo y mis compañeros somos turcos jenízaros, hijos de cristianos, y
doliéndonos de vuestra contraria y adversa fortuna, movidos de piedad
de vuestra inocencia, venimos a ofrecernos para hacer esta batalla;
y si vuestra alteza nos quiere admitir, yo os prometo a ley de
caballeros, por mí y en nombre de mis compañeros, que haremos en este
negocio todo lo que pudiéremos.
Cuando decía esto D. Juan Chacón, tenía en la mano la carta de la
reina, y al descuido la dejó caer en sus faldas, sin que se reparase en
ello por los jueces, y cayó el sobrescrito hacia arriba.
La reina pidió a Celima que con recato le diese aquel papel: ella le
alzó y se lo dio, y luego conoció su letra y advirtió el secreto, y con
disimulación miró a Esperanza de Hita, que estaba divertida mirando
a D. Juan Chacón; y volviendo la cabeza a mirar a la reina, ambas se
entendieron mirándose la una a la otra, y maravillada la reina de su
traje y disfraz, respondió a D. Juan Chacón:
--Yo he estado aguardando hasta ahora a cierto caballero que me dio
palabra por letra suya, de estar hoy aquí con otros tres caballeros; y
pues ya es tarde, y vos, noble caballero, queréis tomar este cuidado a
vuestro cargo y de vuestros compañeros, yo lo agradezco mucho.