ROMANCE.

Muy revuelta anda Granada

en armas y fuego ardiendo,

y los ciudadanos de ella

duras muertes padeciendo;

Por tres reyes que hay esquivos,

cada uno pretendiendo

el mando, cetro y corona

de Granada y su gobierno.

El uno es Mulahacén,

que le viene de derecho;

el otro es un hijo suyo,

que le quiere a su despecho.

El otro un gobernador

que Mulahacén había puesto:

Almoradís y Almohades

a este le dan el cetro.

Al rey Chico los Zegríes,

diciendo que es heredero:

Venegas y Abencerrajes

se lo van contradiciendo.

Dicen que no ha de reinar

ninguno, hasta que sea muerto

el viejo Mulahacén,

pues es vivo, y tiene el reino.

Sobre estas guerras civiles

el reino van consumiendo,

hasta que el valiente Muza

en ello puso remedio.

Al fin por Muza, los alfaquíes, y por Reduán, Sarracino y Abenámar se

apaciguaron las guerras, de suerte que con seguridad se podía andar por

la ciudad.

Así parece que será bien tratar de la determinación de los

Abencerrajes; y fue que un día se salieron a pasear, y con ellos los

Alabeces y Aldoradines, y habiéndose consultado entre todos, acordaron

de irse a volver cristianos, y servir al rey D. Fernando en las

guerras que tenía contra Granada; y así para saber el gusto del rey D.

Fernando, le avisaron del suyo por esta carta.

«A ti, invictísimo Fernando, rey de Castilla, ensalzador y observador

de la fe de Jesucristo, salud, para que con ella defiendas y

aumentes tus estados, y tu fe vaya adelante. Nosotros los caballeros

Abencerrajes, Alabeces y Aldoradines, besamos tus reales manos, y

decimos y hacemos saber que, siendo informados de tu gran bondad,

deseamos de irte a servir, pues por tu valor mereces que todos los

hombres te sirvan; y asimismo queremos ser cristianos, y vivir y

morir en la fe católica que tú y los tuyos profesáis y tenéis. Para

esto queremos saber si es tu voluntad de admitirnos debajo de tu

amparo, y que estemos en tu servicio; y haciéndolo así te damos fe y

palabra de servirte bien y lealmente, como fieles vasallos, en esta

guerra que tienes contra Granada y su reinado; y te serviremos de

suerte, que prometemos darte a Granada en tus manos, y la mayor parte

de su reino. En esto haremos dos cosas: la una servirte a ti como a

señor y rey nuestro, y por la otra trataremos de vengar la muerte de

nuestros deudos, degollados tan sin razón por el rey Chico, a quien

profesamos ya y reconocemos por odioso y mortal enemigo, y deseamos

verle debajo de tu obediencia, y verte enseñoreado de este reino,

como afirmamos que lo serás poniéndote a ello. Y con esto cesamos

besando tus reales pies.--_Los Abencerrajes._»

Escrita esta carta se la dieron a un cautivo cristiano, y con ella la

libertad, encargándole el secreto; y una noche salieron de Granada

con él, y le acompañaron hasta ponerle en seguridad, y le enviaron en

paz; el cual con diligencia caminó sin detenerse hasta Talavera, donde

estaba el rey D. Fernando, y en llegando a su real presencia hincó

las rodillas en tierra, y habló, presentes todos los grandes, de esta

manera:

--Muy poderoso y católico rey, columna y defensor de la Religión

cristiana: sabrás, señor, que he estado seis años cautivo en Granada,

donde he padecido muchos trabajos, aunque me los alivió Dios nuestro

Señor por las limosnas que un caballero Abencerraje me ha hecho, por el

cual y la voluntad de Dios, soy vivo y libre: este caballero fue una

noche a la mazmorra donde yo estaba, y me trajo a su casa, y me quitó

las prisiones y vistiome este traje moro. Salimos aquella noche de

Granada él y yo, y otros dos caballeros, y me acompañaron hasta ponerme

en tierra de cristianos, y dándome dineros para el camino, me dieron

esta carta y me encargaron el secreto, y que la pusiese en tus reales

manos. Dios ha sido servido de que llegase a tu real presencia; esta

es, cumplo con mi obligación y promesa.

Y en besándola se la dio al rey D. Fernando, el cual la tomó y leyó

para sí, y la dio después a Hernando del Pulgar, su secretario,

para que la leyese públicamente; y siendo leída todos los grandes

se alegraron grandemente en saber que aquellos caballeros querían

ser cristianos, y servir al rey en las ocasiones de la guerra contra

Granada, porque serían de mucha importancia para la conquista de aquel

reino; y habiendo consultado el rey con los suyos, se acordó que

respondiesen a la carta; y así que la escribió Hernando del Pulgar, se

buscó mensajero conveniente para aquel secreto, y partió de Talavera;

y llegando a la ciudad de Granada dio la carta al Abencerraje que

dio libertad al cautivo, que se llamaba Alí Mahomat Barrax, el cual

recibió la carta, y de secreto hizo juntar a todos los Abencerrajes,

Aldoradines y Alabeces, y siendo juntos abrió la carta que decía así:

«Abencerrajes nobles, famosos Aldoradines, y fuertes Alabeces,

recibimos vuestra carta, con la cual se alegró toda nuestra corte,

entendiendo que de vuestra venida no puede resultar cosa dañosa,

sino mucha virtud, porque sois de calificada sangre; y en particular

nos hemos alegrado y dado infinitas gracias a nuestro Redentor

Jesucristo, porque os ha traído al conocimiento de nuestra Santa Fe

Católica, en la cual seréis del todo mejorados por la virtud de ella.

Decís que nos serviréis en las guerras que tenemos contra infieles

de nuestra religión: por ello os prometo doblados sueldos, y esta

nuestra real casa tendréis por vuestra; porque entendemos que vuestro

proceder lo merece. De Talavera donde al presente quedamos,--_El rey

D. Fernando._»

Grande fue el contento que recibieron todos los caballeros

circunstantes, sabiendo la atención y merced que el rey D. Fernando

se ofrecía a hacerles; y así acordaron de salir de Granada; y para

hacer mejor su negocio, determinaron que luego fuesen los Abencerrajes

a servir a D. Fernando, y que los Alabeces, Aldoradines, Gazules y

Venegas quedasen en Granada dando orden a fin de que se le diese la

ciudad y el reino; para lo cual los Alabeces escribieron a sesenta y

seis alcaides, parientes suyos, que estaban en fuerzas importantes

guardando el reino en el río de Almería y Almanzor, y Sierra de

Filabres, haciéndoles saber lo que tenían acordado, y lo que le

escribieron al rey D. Fernando, y lo que les fue respondido.

Todos los alcaides estuvieron bien en ello, y no hubo ninguno que lo

contradijese, considerando las pesadumbres de Granada, y que en ella

había tres reyes, y que cada uno quería mandar, de donde no podía

resultar bien ninguno.

También escribieron los Almoradís, Venegas, y Gazules a parientes

suyos, que eran alcaides en el reino, todos guardando el secreto, y

alistados para cuando fuese tiempo.

Los Abencerrajes se despidieron de sus amigos y de toda la ciudad, y

salieron de ella a medio día, llevando todo el oro, plata y joyas que

tenían.

¿Quién podrá contar la lástima y el dolor con que todos los de la

ciudad quedaron, viendo salir desterrados sin culpa a más de cien

Abencerrajes? De antes lloraban a los degollados, ahora lloran a

los que desamparan la ciudad; maldecían al rey Chico, y que no se

lograse en el reino, maldiciendo a los Zegríes, causadores de tantas

sediciones, muertes y destierros.

Solo se alegraron de la ausencia y destierro de los Abencerrajes, los

Zegríes, Mazas y Gomeles, y celebraban su contento con el rey Chico,

al cual decían mil lisonjas halagüeñas, dándole las gracias por lo que

había hecho por darles gusto; y no faltó entre ellos quien dijo:

--¿Qué es esto Abdalí? ¿Así dejas salir a la flor de los caballeros

de Granada? ¿No sabes que todo el común, y lo más granado de la

ciudad estaba pendiente de la voluntad de estos nobles caballeros? No

entiendas que a solos ellos pierdes, sino a otros muchos caballeros de

prosapia, nobles y principales, guardadores y defensores de tu reino.

Pues yo te certifico, que te ha de pesar muchas veces de los agravios

que les has hecho, y los has de echar menos antes de mucho tiempo.

Bien conocía el rey ser notable el agravio que había hecho y hacía a

los Abencerrajes; pero teníanle tapados los oídos las sirenas de los

Zegríes, y no le despertaron los gritos, llantos, alaridos y voces

que todos los de la ciudad daban por la ausencia y destierro de este

virtuoso linaje.

Así salieron de Granada los Abencerrajes con gran dolor, por ver el

sentimiento que aquella ciudad hacía de su ida. Salieron con ellos

muchos ciudadanos, diciendo que adonde iban los Abencerrajes habían de

ir ellos.

Quedó la ciudad tan sola, ausentes estos caballeros, que se parecía

muy bien su falta. Echaban menos los caballeros la noble y hermosa

compañía; los galanes el dechado de sus galas, los cautivos pobres su

remedio; los huérfanos y viudas su amparo.

Idos los Abencerrajes tomó el rey posesión de todos sus bienes, y los

mandaba pregonar por traidores, a lo que no dio lugar Muza ni otros

caballeros, so pena de volver a la guerra pasada. Y cesando en el rey

este propósito, cesó el de los caballeros amigos de los Abencerrajes.

Dieron aviso al rey Mulahacén como habían salido los Abencerrajes a

cumplir su destierro; lo cual sintió mucho, y dijo que él los volvería

a Granada a pesar de su hijo y de sus consejeros.

Los Abencerrajes fueron adonde el rey D. Fernando estaba, y en su

compañía iban Sarracino y Galiana, Reduán y Haja, Abenámar y Fátima,

Zulema y Daraja: todos con muy firme propósito de recibir el bautismo,

como lo hicieron.

Y llegados a la real presencia del rey D. Fernando, fueron de él y de

su corte muy bien recibidos, y a otro día fueron bautizados, siendo el

rey padrino y la reina madrina, y los casaron según orden de nuestra

Santa madre Iglesia a los que eran casados cuando moros: a todas las

cuales ceremonias asistió el rey y la reina y todos los grandes,

honrándolos; y fueron hechas fiestas y regocijos por todos, y pasadas

les fueron asentadas plazas de muy ventajosos sueldos.

A las nuevamente bautizadas hizo la reina Doña Isabel damas de su

estrado. Los caballeros fueron sentados en compañía de D. Juan Chacón,

señor de Cartagena, y capitán de caballos.

Hizo teniente a un caballero Abencerraje, llamado cuando moro Alí

Mahomad Barrax, y cristiano, D. Pedro Barrax; Sarracino, Reduán y

Abenámar fueron tenientes de capitanes de caballos, como lo fue de D.

Manuel Ponce de León, Sarracino; de D. Alonso de Aguilar, Abenámar; de

D. Pedro Portocarrero, Reduán.

En las cuales compañías servían con cuidado, y en las ocasiones se

echaba de ver el valor de sus personas; donde los dejaremos por acabar

el pleito de la reina Sultana.

Habiendo pasado treinta días más de los que había el rey concedido a la

reina Sultana para que diese quien la defendiera, como no había dado

caballeros mandó el rey que la sentenciasen a quemar, porque así lo

disponía la ley.

A lo que contradijo el valiente Muza diciendo que no había podido la

reina nombrar caballeros, respecto de las guerras civiles y diferencias

que había habido en Granada, y así no se debía ejecutar la sentencia.

A Muza ayudaron todos los principales caballeros de Granada, salvo

Zegríes, Gomeles y Mazas, por ser de su bando.

Los Zegríes tuvieron con Muza muchas proposiciones y respuestas de si

se había de ejecutar o no la sentencia; y vista por el rey la disputa,

dio quince días más de término a la reina, para que en el espacio de

ellos señalase caballeros defensores; lo cual fue a mostrar Muza a la

reina, por tener él solo licencia de hablar con ella; y entrando halló

a la Sultana triste por ver su plazo ya cumplido, y por la ausencia de

Galiana, aunque tenía consuelo con Celima.

Y sentándose Muza junto a la reina, la contó todo lo que había pasado,

y cómo la habían dado quince días más de término para que nombrase

quien la defendiese; que mirase a quien había de señalar, y lo dijese

con tiempo antes que se pasase el término.

Sus bellas mejillas regadas con la inundación que por los hermosos ojos

brotaba, dijo la reina:

--Nunca entendí que durara la terrible obstinación en el cruel rey, tu

hermano y mi marido, y que tuviera ya entera satisfacción de mi lealtad

e inocencia; y respecto de esto no he hecho ninguna diligencia en

este caso, por saber de cierto que no he cometido el crimen de que me

hace cargo, y por las revueltas y sediciones, bandos y guerras que ha

habido; pero ahora que veo que la maldad pasa adelante contra mi casto

pecho, yo buscaré quien dé entera satisfacción de mi honra, y castigo

ejemplar a los falsarios. Yo determino de favorecerme de piadosos

caballeros cristianos, porque de moros no quiero confiar un caso de

tanta importancia; no por la vida, que no la tengo en nada, sino por no

dejar tan fea mancha en el honor que con tanta integridad he guardado

siempre.

Con estas palabras la reina aumentaba más su dolorosa pasión y llanto;

y era tanto en abundancia, que enternecido el valeroso Muza se le

vinieron las lágrimas a los ojos, y esforzándose dijo a la reina:

--No derrames esas perlas, bella Sultana: cesen vuestros llantos, que

aquí me tenéis a vuestro servicio; yo os defenderé, y no moriréis

aunque sea homicida del rey mi hermano.

Con esto se consoló un poco, y se resolvió de escribir a tierra de

cristianos para que viniesen a defenderla algunos caballeros.

Celima estaba muy triste por la ausencia de su hermana Galiana; y

despidiéndose de la reina se fue y la dejó sola en su retrete; la cual

formando querellas de la variable fortuna, se quejaba diciendo:

Fortuna, que en lo excelso de tu rueda

con ilustrada pompa me pusiste,

¿por qué de tanta gloria me abatiste?

Estable te estuvieras, firme y queda,

y no abatirme así tan al profundo,

adonde fundo

dos mil querellas

a las estrellas,

porque en mi daño

un mal tamaño

con influencia ardiente premio vieron,

y en penas muy extrañas me pusieron.

Oh mil veces bien afortunados

vosotros Bencerrajes, que muriendo

salisteis de trabajos, feneciendo

los males que os estaban conjurados;

y os puso en libertad gloriosa suerte,

aunque era fuerte;

mas yo, cuitada,

aprisionada,

con llanto esquivo,

muriendo vivo:

y no sé el fin que habrá mi triste vida,

ni a tantos males cómo habrá salida.

Naufragios tristes pasa mi ventura;

en lágrimas se anega mi contento;

secose ya mi flor, llevose el viento

mi bien, dejándome en gran desaventura.

¿Adónde está lo excelso de mi pompa?

Bien es que rompa

con llanto eterno

el duro infierno,

y favor pida

como afligida,

diciendo que ya el suelo no me quiere;

que se abra, y que me trague si quisiere.

Si el vulgo no dijera que mi honra

de todo punto estaba ya manchada,

yo diera con aguda y dura espada

el postrimero fin a mi deshonra;

mas si me doy la muerte, dirá luego

el vulgo ciego,

que había gran culpa,

y no disculpa;

pues con mi mano

tomé temprano

la muerte aborrecida y fuerte;

y así no sé si viva o me dé muerte.

Si del horrendo lazo el negro sino

de cárdeno color no se estampase,

de suerte que en el cuello declarase

la causa de furor tan repentino;

yo diera el tierno cuello al lazo estrecho,

y muy de hecho,

la ira temo

en grande extremo;

que de otra suerte

aquella muerte

ya fuera por mi mal bien escogida,

si muriendo quedara yo sin vida.

Dichosa tú, Cleopatra, que tuviste

quien del florido campo te trajera

la causa de tu fin, sin que supiera

ninguno por cual modo feneciste:

apenas se hallaron las señales,

ya funerales,

del ponzoñoso

áspid piadoso,

que con dulzura

en la blancura

de tu hermoso brazo fue obrando

con venenoso diente, tierno y blando.

Y si de cautiverio y servidumbre,

ilustre reina, fuiste libertada,

y a la soberbia Roma no llevada

en triunfo como era de costumbre;

Yo, cuitada, que muero sin remedio,

por no haber medio,

cual tú le hubiste,

gran mal me embiste;

y mi enemigo

hará conmigo

un triunfo desigual a mi limpieza,

pues se le entrega al fuego mi nobleza.

Mas aunque falte el áspid a mi medio,

yo romperé mis venas, y la sangre

haré que en abundancia se desangre,

de suerte que el morir me sea remedio;

Y así el Zegrí sangriento que levanta

con furia tanta

el mal horrible,

y tan terrible

en daño mío;

en Dios confío

que no triunfe de mí en aqueste hecho,

pues no verá partirme el duro pecho.

Estas y otras lastimosas cosas decía la afligida Sultana con intento de

romper sus transparentes venas para desangrarse; y resuelta en darse

este género de muerte, llamó a Celima y a una doncella cristiana,

llamada Esperanza de Hita, que la servía, la cual era natural de

la villa de Mula; y llevándola su padre y cuatro hermanos a Lorca

a desposarla, fueron salteados de moros de Tirieza y Jaquena; y

defendiéndose los cristianos, mataron más de dieciséis moros; y siendo

mortalmente heridos los cristianos, cayeron muertos los caballeros. La

doncella fue cautiva y presentada al rey, y él la dio a la reina por

ser hermosa y discreta.

Venidas Celima y Esperanza al llamado de la reina, les dijo:

--Celima bella, discreta Esperanza, aunque tu buen nombre no me la

da en mi pena, ya sabes la injusta prisión mía, y cómo se ha pasado

el término en que había de dar caballeros que me defendieran; aunque

respecto de estas guerras que ha habido, me ha dado el rey quince días

de término más, cuando entendí que estaba arrepentido en su yerro, y

seguro de mi castidad. El tiempo es breve, y no sé a quien encargue

este negocio. Sabed que tengo acordado de darme yo misma la muerte,

y será abriéndome las venas de los brazos, y que vayan destilando la

sangre que me alimenta. Elijo esta muerte, porque los traidores Zegríes

y Gomeles no me vean morir: solo una cosa os ruego, por ser lo último

y postrero, y es que al punto que acabe de expirar (tú, Celima, sabes

dónde entierran los cuerpos reales), abráis los antiguos sepulcros, y

allí pongáis mi cuerpo, aunque desdichado; y tornando a poner las losas

como de antes estaban, me dejéis, callando el secreto, el cual encargo

a las dos; y a ti, Esperanza, te dejo libre, que eres mía: tomarás mis

joyas para tu casamiento; y cásate con quien te estime, y escarmentad

en esta desdichada reina. Lo que os he rogado, os vuelvo a pedir de

nuevo, y no me faltéis en nada, porque con eso moriré contenta.

Y no cesando de llorar tomó un cuchillo de su estuche, y alzándose

la manga de la camisa se iba a herir; mas Esperanza de Hita la tuvo

el brazo llorando amargamente, y con amorosas y blandas palabras la

consoló con las razones siguientes:

«Hermosísima Sultana, no te aflijas,

ni a las lágrimas des tus lindos ojos,

y pon en Dios inmenso tu esperanza,

y en su bendita Madre, y de esta suerte

saldrás con vida, junto con victoria,

y a tu enemigo acerbo en este instante

verás atropellado duramente.

Y para que esto venga en cumplimiento,

y en tu favor respire el alto cielo,

pon toda tu esperanza con fe viva

en la que por misterio muy divino

fue Madre del que hizo cielo y tierra,

el cual es Dios inmenso y poderoso,

y por misterio alto y sacrosanto

en ella fue encarnado, sin romperse

aquella intacta y virgen carne santa.

Quedó la infanta virgen y doncella

antes del sacro parto, y en el parto,

y también después de él virgen muy pura.

Nació de ella hecho hombre, por reparo

de aquel pecado acerbo, que el primero

padre que tuvimos cometiera;

nació de aquella virgen, como digo;

después en una cruz pagó la ofrenda,

que al más inmenso Padre se debía;

allí en todo rigor la fue ganando,

por darle al pecador eterna gloria.

En esta virgen, pues, reina y señora,

ahora te encomienda en este trance,

y tenla desde hoy por abogada,

y tórnate cristiana; y te prometo,

que si con devoción tú la llamases,

que en limpio sacaría esta tu causa.»

La reina estuvo a todo muy atenta,

y llena de consuelo halló en su alma

con las palabras dulces y discretas

que la Esperanza dice, y consolada,

habiendo en su memoria ya revuelto

aquel alto misterio de la Virgen;

teniendo ya impreso allá en su idea,

que gran bien le sería ser cristiana,

poniendo en las reales y virgíneas

manos sus trabajos, tan inmensos;

y así abrazando a su Esperanza, dijo:

«Han sido, mi Esperanza, tus razones

tan vivas y tan altas, que en un punto

con penetrante fuego han allegado

a lo que muy más íntimo tenía

allá en mi corazón, y más secreto,

y con afecto grande se han impreso;

tanto, que yo querría que ya fuese

llegado el feliz punto, tan dichoso,

en que cristiana fuese; y te prometo

tener por abogada a la que Madre

de Dios inmenso fue por gran misterio.

Y así lo creo yo, como tú dices,

y a ella me encomiendo ya, y ofrezco

en sus benditas manos mis angustias

con esperanza viva de remedio:

la pongo desde hoy, y en Dios confío

por su bondad inmensa, que me saque

de tan terribles males a buen puerto.»

Atenta estuvo a todas estas cosas Celima, y enternecida en lágrimas

viendo así llorar a la reina, y determinada de seguir los mismos

motivos, y de tornarse cristiana, con amorosas palabras dijo a la reina:

--No imagines, hermosa Sultana, que aunque tú te vuelvas cristiana, yo

dejaré de seguir tu compañía, para que de mí sea lo que de ti fuere:

yo también quiero ser cristiana, porque entiendo que la fe de los

cristianos es mucho mejor que la mala secta que hasta ahora hemos

guardado del falso Mahoma. Y pues todas estamos en un mismo parecer, si

se ofreciere, moriremos por Jesucristo y conseguiremos vida eterna.

La reina escuchaba con el entrañable amor que decía aquellas palabras

Celima, y echándola los brazos, la abrazó, y dijo a Esperanza:

--Ya que habemos acordado de ser cristianas, ¿qué haremos para salir

de aquí? Aunque mi salida quisiera que fuera para recibir martirio por

Cristo y ser bautizada con mi misma sangre.

A lo cual respondió Esperanza:

--Visto, señora, tu buen propósito, te daré buen consejo para que

quedes libre de esta falsedad que te levantan. Sabrás, reina y señora,

que sirve al rey D. Fernando un caballero que se llama D. Juan Chacón,

señor de Cartagena, el cual está casado con Doña Luisa Fajardo, hija de

D. Pedro Fajardo, adelantado y capitán general del reino de Murcia: es

muy valiente el D. Juan Chacón, y muy amigo de hacer bien a todos los

que poco pueden. Escríbele, señora, que yo sé que si le pides su favor,

que no te le negará, porque es muy piadoso, y luego buscará amigos

que vengan con él a librarte; y entiendo que cuando ninguno le quiera

acompañar, que él solo vendrá; porque te certifico que es de esfuerzo

extremado, y dará fin a tanta desventura como tienes, y nos aliviará en

nuestra gran pena, causada de la tuya y de tu cruel prisión.

--Pues tan buen consejo me diste --dijo la reina-- para lo más

importante, que no fue de menos que ganar un alma perdida, no dejaré de

tomar tu consejo, que es para lo menos, por ser libertad del cuerpo, y

al momento me pondré a escribir a este caballero.

Y dándole recado escribió una carta a D. Juan Chacón, que decía así:

«La infeliz y desdichada Sultana, reina de Granada, del antiguo

y claro Moraicel hija; a ti, D. Juan Chacón, señor de Cartagena,

salud para que con ella, ayudado de Dios nuestro Señor y de su

santísima Madre, puedas darme el favor que mi gran necesidad te

pide, en la cual muy grandemente estoy puesta por un testimonio

que me han levantado unos traidores caballeros, que son Zegríes y

Gomeles, diciendo que violé con varón ajeno el aposento real de

mi marido, y que delinquí con un noble caballero llamado Albín

Hamete, Abencerraje; lo cual ha sido causa e instrumento para que

los caballeros Abencerrajes fuesen degollados sin tener culpa; y no

obstante esto, haber por ello en aquesta desdichada ciudad guerras

civiles, de las cuales se han seguido muchas muertes de caballeros;

y lo que más siento es que haya puesto dolo en mi honra, tan sin

culpa, y que si en espacio de quince días no doy quien defienda mi

honor, se ha de ejecutar en mí la sentencia en que estoy condenada,

que es a morir quemada; y avisándome una cautiva cristiana de tu

valor, esfuerzo, piedad, virtud y bondad, acordé de favorecerme

de ti, pues eres padre de necesitados, y vengador de agravios. Mi

necesidad es grande, pues soy mujer sola, desconsolada y triste; mi

agravio es el mayor que en el mundo se ha hecho, pues se han atrevido

traidores a poner mácula en mí, y a levantarme tal testimonio; lo

que jamás imaginé. Yo estoy afrentada y en el peligro dicho: si

no me socorréis soy perdida. No me neguéis vuestro favor, pues

encomiendo en vuestras manos mi honra; y si por ser yo infiel no me

queréis favorecer, consideraréis que no lo soy, sino que creo en Dios

todopoderoso, y en la Virgen Santa María, su madre, en quien confío

me alcanzaréis gloriosa victoria de mis enemigos, con la cual quedará

libre mi honra y se sabrá la verdad cierta; y confío que os doleréis

de esta desconsolada reina: no más. De Granada, etc.--_Sultana, reina

de Granada._»

Acabada de escribir la carta, se la leyó la reina a Celima y a

Esperanza, de que se holgaron mucho viendo su buen parecer, y cerrada y

sellada, y puesto el sobrescrito, enviaron a llamar a Muza; y venido,

le rogó la reina y Celima que enviase con un mensajero fiel aquella

carta, y Muza lo prometió así; y aquel día despachó con la carta un

hombre de confianza; y llegando a la corte dio la carta a D. Juan

Chacón, y leída respondió a la reina Sultana, consolándola con palabras

muy eficaces en una carta del tenor siguiente:

«A ti Sultana, reina de Granada, salud para que yo pueda besar tus

reales manos, por la singular merced que me haces en querer servirte

de este tu humilde siervo para un negocio tan arduo y de tanta

gravedad. Muchos y muy principales caballeros hay en esta corte a

quien pudieras mandar lo que a mí; y pues lo mandas, obedezco, y

acepto lo que me pides, confiando en Dios y en su bendita madre, y en

tu inocencia; y así digo que el último día del plazo partiremos a

servirte yo y tres caballeros amigos, y no habrá falta: encomiéndate

a Dios, el cual te guarde y defienda. De Talavera, etc.--_D. Juan

Chacón._»

La carta escrita, la cerró y selló con su sello, lazos, flor de

lis, blasón de sus antepasados; y dándola al mensajero, le envió; y

llegado a Granada le dio la carta a Muza, y él la llevó a la reina; y

habiéndola hablado, y a Celima su señora, se despidió, y en saliendo

Muza, abrió la reina la carta y la leyó, presentes Celima y Esperanza

de Hita; quedando con mucho contento y consuelo, y aguardando el día de

la batalla.

A esta coyuntura se sabía por toda Granada cómo los caballeros

Abencerrajes se habían vuelto cristianos, y Abenámar, Sarracino y

Reduán, de que no poco temor tuvo el rey Chico, y los mandó pregonar

por traidores, insistido de los Zegríes y Gomeles.

A lo cual no quisieron resistir, ni contradecir los linajes de los

Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas, y todos los de su parte,

por no mover nuevos escándalos; y también porque tenían esperanza que

presto volverían a tomar posesión en todos los bienes de que se había

entregado el reyecillo, y porque no les correspondía aquel pregón, por

ser ya cristianos, y porque era notoria la pasión y odio que tenía

a estos virtuosos y nobles caballeros Abencerrajes: en donde los

dejaremos por hablar de D. Juan Chacón, el cual habiendo despachado el

mensajero de la reina, se puso a considerar a qué caballeros hablaría

para llevar a la defensa de la reina, que fuesen de confianza para la

satisfacción de aquel caso; y por otra vía se determinaba a emprender

aquel hecho él solo; y sin duda saliera con su intención, por ser de

corazón animoso, y valiente por extremo. Tenía grandísima fuerza, y

tanta, que de una cuchillada cortaba todo el pescuezo a un toro.

Sucedió, pues, que no apartando de su memoria el cuidado de la

reina y la palabra dada, un día se juntó con otros caballeros muy

principales y muy estimados: el uno era D. Manuel Ponce de León, duque

de Arcos, descendiente de los reyes de Jeriza, y señores de la casa

de Villagracia, salidos de la real casa de los reyes de Francia, y

a quienes por señalados hechos que hicieron les dieron los reyes de

Aragón por armas las barras de Aragón, rojas de color de sangre en

campo de oro, y al lado de ellas un león rapante en campo blanco; armas

muy acostumbradas del famoso Héctor troyano, antecesor suyo, como dicen

las crónicas francesas.

El otro caballero era D. Alonso de Aguilar, gran soldado, belicoso y de

muchas fuerzas, y de animoso corazón, amigo de batallar con los moros;

y de tanta perseverancia que tuvo en esto, vino luego a morir a manos

de los moros, mostrando el valor de su persona, como adelante se dirá.

El tercero era D. Diego de Córdoba, varón de gran fortaleza, amiguísimo

del militar ejercicio; y tanto que decía que estimaba más a un buen

soldado que a todo su estado; y que merecía comer con el rey, y decir

que era tan bueno como él.

Finalmente el alcaide de los Donceles, D. Manuel Ponce de León, D.

Alonso de Aguilar, y D. Juan Chacón estaban en conversación tratando

del reino de Granada y de la muerte de los Abencerrajes tan sin culpa,

y de la injusta prisión de la reina Sultana, y en el estado que la

tenía su marido el rey Chico, porque de todo habían informado los

caballeros nuevamente convertidos.

Y tratando del miserable estado en que la reina estaba por un

testimonio, dijo D. Manuel Ponce:

--Si fuera lícito, de buena gana fuera yo el primero en defender a la

necesitada reina.

--Yo el segundo --dijo D. Alonso de Aguilar--, porque estoy condolido

de su desgraciada suerte, y al fin es agravio feo en mujer noble.

El alcaide de los Donceles dijo:

--Pues yo fuera el tercero, porque considero la aflicción en que

estará puesta; y aunque es mora, debemos los caballeros deshacer

agravios hechos a personas de tal calidad, y nunca los cristianos

perdemos la buena obra que hacemos.

--Sepamos, señores --dijo D. Juan Chacón--, qué cosa incierta halláis

para que la reina no sea favorecida en este caso.

--Dos cosas lo impiden --dijo D. Manuel--: la una, ser mora Sultana,

aunque no hago mucho reparo en esta; la otra, porque no podemos ir sin

licencia del rey nuestro señor.

Dijo el alcaide de los Donceles:

--Eso es lo menos, porque sin ella podemos ir de secreto.

--Pregunto --dijo D. Juan Chacón--: ¿si la reina Sultana escribiera a

uno de los que estamos aquí, pidiendo favor y ayuda en una necesidad

como la que tiene, y que quiere ser cristiana, aunque aventure la vida,

dejaría de ir a la batalla?

Respondieron todos, que mil vidas que cada uno tuviera, las emplearía

en un caso tan honroso.

Muy alegre con la respuesta metió la mano en el pecho D. Juan Chacón, y

sacó la carta diciendo:

--Por esa veréis cómo me hace cargo la reina de la satisfacción de su

honor, y me pesa de que en particular me señale, habiendo en esta corte

tanta flor de caballeros. Avisé de ir con otros tres caballeros si los

hallo, y si no iré solo a tener batalla con los cuatro moros, que yo

confío en Dios y en la inocencia de la reina, que alcanzaré victoria;

y si la fortuna me fuere adversa y muriere en la batalla, yo la tendré

por dichosa muerte.

Habiendo leído la carta de la Sultana los tres caballeros, y viendo

como decía en ella que quería ser cristiana, y de la deliberada

determinación del señor de Cartagena, dijeron que ellos le acompañarían

en aquella ocasión; y así ordenaron de partirse sin licencia del rey, y

sin dar cuenta a nadie.

El andaluz, astuto guerrero, alcaide de los Donceles, dijo que sería

bien que fuesen en traje turquesco, porque en Granada no fuesen

conocidos de algunas personas, especialmente de los cautivos.

Todos dijeron que era acertado aquel parecer; y así aderezaron ricas

libreas a lo turco, y previniéndose de armas y caballos, y de todo lo

necesario para su viaje, partieron de Talavera sin escuderos por ir más

encubiertos; dejaron dicho en sus posadas que iban a montería.

En todo el camino no entraron en poblado: en campaña dormían, y en las

ventas compraban su menester; y así llegaron a la Vega dos días antes

que se cumpliese el plazo, y entraron en el Soto de Roma, donde con

quietud descansaron todo un día, y estuvieron la noche a orilla del

fresco Genil; y la mayor parte de ella trataron del orden que habían de

tener para conseguir el efecto de aquella batalla.

Venida la mañana, alegres se alistaron para ir a Granada, y se pusieron

sobre las fuertes armas las vestiduras turquescas; y subiendo en sus

caballos salieron a lo raso de la Vega, por donde se iban poco a

poco acercando a Granada, mirando a todas partes, y alegrándoles su

muy hermosa vista, y la diversidad de riberas, huertas, cármenes y

jardines, que les parecía un paraíso terrenal.

Y no se admire el lector del encarecimiento, porque puede creer que

no hay maceta de claveles ni de albahaca regalada y cultivada en casa

de los señores, como los moros tenían cada palmo de tierra, aun en los

cerros, como hoy día aparecen muchas ruinas; y así les producía la

tierra que era maravilla; y puede considerarse su mucha fertilidad,

porque un año antes que se ganara Granada, sustentaba ciento y ochenta

mil hombres de pelea, sin viejos, niños y mujeres.

Yendo, pues, los famosos caballeros a Granada, atravesando por la Vega

dieron en el camino de Loja, por el cual vieron venir muy apriesa a un

caballero moro, que parecía ser de valor por su buen talle y librea.

Era la marlota de damasco verde con muchos tejidos de oro, y plumas

verdes, blancas y azules. En medio de la adarga blanca estaba pintada

un ave fénix, puesta sobre unas llamas de fuego, y una letra en círculo

que decía: _Segundo no se halla._ El caballo era bayo, cabos negros, y

en la gruesa lanza puesto un pendoncillo verde y rojo.

Parecía tan bien el moro que dio grandísimo contento su vista a los

caballeros, y le aguardaron a que llegase, y en llegando les saludó en

arábigo, y el alcaide de los Donceles le respondió en el mismo lenguaje.

El moro detuvo su priesa, y mirando la buena postura y talle de los

cuatro caballeros, les dijo así:

--Aunque la priesa que llevo es grande, y la gravedad de mi cuidado no

requiere dilación, el deseo de saber, si gustáis de decir quién sois,

me obliga a detener las riendas, porque caballeros como vosotros son

muy peregrinos en esta tierra, y no solemos ver semejantes galas sino

en caballeros o embajadores que vienen de la parte del mar Líbico a

tratar algo con el rey de Granada, aunque es verdad que no traen el

apercibimiento de armas que parece tenéis debajo de las marlotas, ni

caballos tan ligeros de guerra; y si gustáis de que vamos juntos, seré

contento en llevar tan buena compañía, y no me neguéis quien sois, por

lo que debéis a ley de caballeros.

Don Juan Chacón le respondió en turquesco, que eran de Constantinopla.

Pero el deseoso moro no le entendió, y así dijo:

--No entiendo esa lengua, hablad en arábigo pues sabéis.

Entonces respondió el alcaide de los Donceles en algarabía:

--Nosotros somos de Constantinopla, de nación jenízaros, y tenemos

sueldos del Gran Señor cuatrocientos de nosotros que estamos de

guarnición en Mostagán; y como tenemos noticia de que en estas

fronteras hay muchos cristianos de admirables fuerzas, venimos

con intención de probar las nuestras con las suyas, aunque nos

han certificado de que recibís notables daños cada día de ellos.

Desembarcamos en Adra, y andamos mirando esta vega, que es la mejor que

hay en el mundo, a nuestro parecer; y entendiendo de hallar algunos

cristianos para escaramucear con ellos, no hemos topado ninguno; y

así vamos a ver la nombrada y gran ciudad de Granada, y besaremos las

manos al rey, y luego nos volveremos a embarcar en nuestra fragata, y

nos iremos la vuelta de Mostagán; esta es la verdad de lo que habéis

preguntado. Y pues ya habéis satisfecho vuestro gusto, nos le daréis en

decirnos quien sois, que no menos deseo tenemos de saberlo, que el que

vos manifestasteis tener de saberlo de nosotros.

--A mí me place --dijo el moro-- de daros cuenta de lo que me pedís;

pero caminemos, y en el camino os daré larga cuenta de lo que deseáis

saber.

--Vamos --dijo D. Alonso de Aguilar; y diciendo esto caminaron muy

apriesa, y el enamorado Gazul comenzó a contar su historia en esta

manera:

--Sabed, señores caballeros, que a mí me llaman Mahomad Gazul, que soy

natural de Granada y vengo de Sanlúcar, porque allí está la prenda más

querida y más amada que tengo en esta vida; mi hermosa dama, llamada

Lindaraja, del linaje de los nobles caballeros Abencerrajes. Ausentose

de Granada respecto a que el rey de ella mandó que saliesen desterrados

los Abencerrajes, sin culpa, habiendo ya degollado a treinta y seis

caballeros de ellos, que eran la flor de todo el reino. Esta fue la

causa que movió a mi señora a salir de Granada; y se fue a Sanlúcar en

casa de un tío suyo, y yo la acompañé. Con la vista de mi señora vivía

contento, y ahora no lo estoy. Supe en Sanlúcar como los Abencerrajes

se habían tornado cristianos y servían al rey D. Fernando, y que en

Granada había grandes alborotos y guerras civiles, y la reina Sultana

estaba presa en juicio de batalla; y como soy de su parte y todos los

de mi linaje, vengo para ser uno de los cuatro caballeros que han de

defender a la reina, siendo hoy el postrero día del plazo; y por tanto

demos priesa porque no llegue yo tarde, y con esto he cumplido mi

promesa, y os he dicho el hecho de la verdad.

--Por cierto, señor caballero --dijo D. Manuel Ponce--, que nos habéis

admirado, y a fe de caballeros, que me holgaría que la señora reina

quisiese que nosotros cuatro fuésemos señalados para su defensa, que

por su alteza hiciéramos todo lo posible hasta perder las vidas.

--Pluguiese al santo Alá que en vuestros brazos poderosos pusiera la

restitución de su honra la reina, que bien entiendo que estaba segura

la victoria, y tengo de hacer las diligencias posibles para que os

señalen, aunque he oído que no quiere encomendar la reina su causa a

moros, sino a cristianos.

--Cuando eso sea --dijo D. Manuel Ponce-- no somos moros, sino turcos;

de nación jenízaros, hijos de cristianos.

--No decís mal --respondió Gazul--, que por esta vía sería posible que

la reina os escogiese para su defensa.

--Dejando esto aparte --dijo D. Juan Chacón--, señor Gazul, ¿qué

caballeros cristianos son los de más fama, y que más daño hacen en este

reino?

Respondió Gazul:

--Los que nos corren la Vega muy a menudo, y a quien temen los

fronterizos de esta comarca, son D. Manuel Ponce de León, y a D.

Alonso de Aguilar, y a Gonzalo Fernández de Córdoba, alcaide de los

Donceles, y a Portocarrero, y a D. Juan Chacón, y al gran maestre.

Estos caballeros son asombro de esta tierra, y sin aquestos hay otros

muchos caballeros en la corte del rey D. Fernando, que nos destruyen

por momentos.

--Mucho nos holgáramos de vernos con esos caballeros --dijo D. Alonso

de Aguilar.

--Pues a ley de moro hijodalgo, --respondió Gazul--, que habíais de

hallar un Marte en cada uno de los ya nombrados, y en Granada os

contaré cosas que han hecho, que os pongan espanto.

--Mucho nos alegraremos de oírlas, por tener que contar en nuestra

tierra --dijo D. Manuel, y caminaron apriesa.

Dejarémoslos hasta su tiempo, por tratar lo que pasaba en la ciudad de

Granada a esta sazón.

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 29 / 43 题