_En que se da cuenta cómo los traidores pusieron acusación a la reina y
a los Abencerrajes, y cómo la reina fue presa por ellos, y dio cuatro
caballeros que la defendiesen, y de lo demás que sucedió._
Los muertos ya enterrados de la una parte y de la otra, y habiendo
cesado los llantos por ellos hechos, y reducida la parte mayor de
los caballeros de Granada a la obediencia del rey Chico, por orden
del valeroso capitán Muza, habiéndose pasado aquel día tan memorable
para Granada, luego el día siguiente dio orden que fuesen a hablar al
rey; y así se juntaron todos los más principales, y le fueron a ver,
aunque contra su voluntad, solo por hacer placer al valiente Muza; y en
entrando en su real sala, se fueron sentando por su orden, como antes
solían, aguardando que el rey saliese de su aposento: el cual como supo
que estaba allí Muza y los demás caballeros, salió vestido de negro
mostrando tristeza en el rostro, y sentado en la silla real, mirando a
todos, les dijo:
--Muy leales y verdaderos vasallos, amigos míos, bien sé que habéis
estado muy enojados conmigo, y con deliberación de quitarme el reino
y la vida por lo que hubo en el cuarto de los Leones, no sabiendo
vosotros el fundamento y justa causa que a ello me movía, y sin
escandalizaros; pero a veces la cólera ciega la razón de modo, que
no da lugar a la consideración con el deseo de la venganza. Alá os
guarde de rey injuriado, que no aguarda dilación su agravio. Y para
satisfacción de mi poca culpa, y muy sobrada justicia, pedida y
demandada de mi crecido agravio, habéis de saber, oh nobles granadinos,
que los famosos Abencerrajes, de cuya fama el mundo está lleno, habían
conspirado y hecho conjuración para privarme del reino y de la vida,
y de todo esto tengo fulminado proceso con información bastante, por
donde son dignos de muerte, y más. Albín Hamete, Abencerraje, violó mi
honra con mancha de adúltero, tratando con la reina Sultana, mi mujer,
de deshonestos y secretos amores, aunque no lo fueron tanto, que con
facilidad fueron descubiertos; y en esta sala hay caballeros testigos
de vista que lo dirán y sustentarán, y a esta causa se ejecutó ayer lo
que visteis, queriendo por mi mano tomar venganza de tan enorme injuria
y deshonra; y si no se descubriera tan presto mi intento, no hay duda,
sino que no fuera ya vivo ningún Abencerraje; mas mi mala suerte ordenó
que se descubriera. De lo pasado me pesa solo por el alboroto de la
ciudad, y por haber muertes de nobles y leales caballeros a manos de
los Abencerrajes vivos y de los Gazules, y la sangre de los Zegríes y
Gomeles vertida por mi causa pide justísima venganza, la cual prometo
hacer por Mahoma. Y ahora doy por sentencia que los Abencerrajes que
son culpados en esto, por tener atrevimiento de entrar con mano armada
en mi casa real, sean desterrados de Granada, y dados por traidores,
y sus bienes confiscados a mi real Cámara, para que de ellos haga mi
voluntad; y los que no son tan culpados y los ausentes, así alcaides,
como los que no lo son, que se queden en Granada privados de mi real
servicio. Y si tuvieren hijos varones, los envíen a criar fuera de
la ciudad; y si fueren hijas, que las casen fuera del reino; y esto
mando que se publique por toda Granada. Y en lo que toca a la reina
Sultana, mi mujer, mando que los caballeros que han de poner la
acusación la pongan luego; y puesta, sea presa, hasta que se vea su
justicia conforme a derecho, que no es justo que un rey como yo viva
afrentado. Estas dos cosas fueron la causa, buenos caballeros y leales
vasallos, del alboroto de ayer: ahora considere cada uno la causa por
suya, y juzgue lo que haría, y verá cómo no se satisface mi agravio, y
respóndame.
Dichas estas palabras por el rey todos los caballeros que estaban allí
juntos se miraban los unos a los otros, y admirados de todo aquello que
el rey les había dicho, no sabían qué responderle, porque ninguno de
los que vinieron con Muza a dar la obediencia al rey, no dio crédito
a cosa ni parte de lo que tocaba a los Abencerrajes, como ni a lo
de la reina, y luego entendieron ser traición; y así los caballeros
Almoradís, Almohades, y otros que eran parientes de la reina Sultana,
hicieron entre ellos gran movimiento y comunicación, y al cabo de
una pieza que el rey aguardaba respuesta, se levantó un caballero
Almoradí, tío de la reina, y respondió, diciendo:
--Atentos hemos estado, rey Abdalí, a tus razones, con las cuales no
menos pesadumbre y alboroto que ayer se espera; porque en lo que has
hablado manifiestamente parece ser averiguada traición, así en lo que
toca a los caballeros Abencerrajes, como en lo de la reina; porque los
Abencerrajes son nobles, y en ellos no puede caber traición, ni tal de
ellos se puede presumir; porque de su bondad y nobleza siempre han dado
verdadero testimonio sus obras, por las cuales tú y tu reino habéis
resplandecido; y si ahora los mandas desterrar, tu reino de hoy en más
lo puedes dar por ninguno, y al tiempo pongo por testigo; cuanto y más,
que aunque tú los destierres, si ellos con su gusto y voluntad no se
quieren salir de Granada, no los puedes tú hacer fuerza, atento que no
eres rey supremo por ser vivo tu padre, el cual estima mucho a este
linaje. Si no me crees, mira tu palacio, y verás como en faltando todos
los Alabeces, Gazules, Aldoradines y Venegas, parece estar solo y sin
acompañamiento ninguno, y te has de ver sin todos estos y otros muchos,
por ser amigos de los Abencerrajes, pues la plebe ya bien sabes el
amor que les tiene; y sé de cierto, que si el amor de ellos levantara
bandera contra ti, te echaran del reino en que estás; pero son leales,
y antes morirán que tal hagan. Repórtate, rey mal aconsejado, y no te
ciegue la cólera; y en lo que dices de la reina que ha sido adúltera,
es falso; es matrona ilustre y honesta, y se debe tener y estimar en
mucho; y si contra ella te mueves o alteras, los Almoradís, Almohades
y sus parciales te hemos de quitar la obediencia, y hemos de darla a
tu padre; y cualquiera que pusiere falta o dolo en la reina Sultana,
miente y es un villano, y yo lo probaré donde quisiere.
El traidor Zegrí, Mahandín Gomel, Mahandón y Abenhamete con saña se
levantaron y dijeron que lo que ellos decían era verdad, y quien lo
contradecía, mentiría.
Los Almoradís se alzaron poniendo mano a las armas; todos los Zegríes
y Gomeles hicieron lo mismo, y con gran enojo se fueron los unos a los
otros, moviendo mucho escándalo y alboroto en el palacio real; mas los
caballeros Azarques y Alarifes, Muza, Sarracino, Reduán y el mismo
rey, obraron tanto, que no los dejaron juntar, antes los aquietaron e
hicieron sentar; y estando sosegados dijo estas razones Muza:
--Señores caballeros, yo querría que se pusiese la acusación a la
reina, y que por ella sea presa, pues confío en Alá que su inocencia ha
de ser verdugo de los acusadores falsos, y han de morir o retractarse
de lo dicho, de donde se seguirá mayor lauro y corona de honor a la
inocente reina y a todos los de su linaje; para lo cual salga aquí la
reina, responda por sí, y dé y señale caballeros que la defiendan.
A todos pareció bien lo que Muza dijo, y así fue llamada la reina
Sultana, la cual fue acompañada de sus damas, y los caballeros se
levantaron y la hicieron grande acatamiento, salvo los traidores; y
antes que la reina se sentase en su estrado le dijo Muza:
--Hermosa Sultana, hija del famoso Moraicel, y de nación Almoradí por
descendencia del padre, y Almohades por la madre, descendientes de los
reyes de Marruecos: sabrás, reina de Granada, por tu daño, como en
esta sala hay caballeros que pongan dolo en tu castidad, diciendo que
no has guardado las leyes conyugales, como era razón, a tu marido el
rey; antes dicen que has adulterado y hecho traición con Albín Hamete,
Abencerraje; por lo cual ayer fue degollado con los demás Abencerrajes
que murieron. Si esto es así, lo cual todos nosotros no creemos,
porque tenemos entera satisfacción de tu bondad, virtud y castidad,
has incurrido en pena de muerte de fuego; por tanto da razón de ti,
para que no haya más escándalo del que por tu causa ha habido; y si
no le das cual conviene a tu honor y al de tu marido, morirás quemada
conforme a nuestras leyes: yo te lo he dicho, no por ofenderte, sino
para que repares con tiempo la defensa y lo que te conviene, que por mi
parte seré en tu favor y en todo lo que pudiere, como lo verás.
Con esto calló Muza, y se sentó, aguardando que la reina respondiese.
La cual como oyó lo que Muza le había dicho, miró a todos los
caballeros de la sala; y como los vio callar, tuvo por verdad lo que
al pronto había escuchado por donaire y juego; y reparándose un poco,
sin mudarse la color de su hermoso rostro, ni hacer mudanza mujeril,
respondió de esta suerte:
--Cualquiera que en mi honestidad pura, limpia y casta pusiere alguna
falta, miente, y no es caballero, sino villano, vil y de bajos
pensamientos, mestizo, infame y mal nacido, indigno de entrar en el
real palacio; y sea quien fuere, póngase aquí en mi misma presencia la
acusación que contra mí se ha hecho, que no temo pena ninguna, porque
mi inocencia me asegura, y mi castidad y limpieza me hacen libre: jamás
con pensamiento ni obra hice ofensa al rey mi marido, ni la pienso
hacer en tanto que mi marido fuere, ni después; ora sea por separación
de muerte, o por repudiación de su parte hecha. Mas estas cosas y otras
tales no pueden salir sino de moros, de quien no salen sino maldades
y novedades, como de hombres de poca fe y mal inclinados. Benditos
sean los cristianos reyes y quien los sirve, que nunca entre ellos hay
semejantes maldades, y la causa es estar fundados en buena ley. Pero
una cosa sé decir, que confío en el santísimo Alá que ha de volver por
mi casta limpieza, y descubrir la verdad; y hago promesa de que si Alá
se sirve de dar victoria a mis defensores, como lo espero en él que se
la dará, viéndome libre de este testimonio, de no volverme a juntar con
el rey en poblado ni fuera.
Diciendo esto comenzó a llorar, y con ella todas sus damas; de tal
manera, que a todos los caballeros que la oían movía a muy grande
compasión y lástima.
Lindaraja se hincó de rodillas delante de la reina, y pidió licencia
para partirse a Sanlúcar a casa de un hermano de su padre, pues por
mandado del rey habían muerto sin culpa a su querido padre, y pues
desterraron a los Abencerrajes, que ella se quería desterrar, por
no ver las tiranías y crueldades que cada día se hacían, y más el
testimonio que a su alteza se levantaba; que no diese lugar que ella
presenciara a aquellos dolores tan acerbos; y que cuando la honra de la
reina padecía, no estaba segura la de sus damas, dueñas y doncellas.
La reina la abrazó llorando, y quitándose del cuello la cadena que el
maestre la dio el día de la sortija, dijo:
--Toma, amiga, yo quisiera galardonar tus servicios fieles y leales,
pero ya, por mi desdicha, no soy señora de bienes, sino de males:
dichosa tú, y yo sin ventura. Vete en paz, y vive en ella, que ausente
de la corte yo sé que la tendrás.
Y diciendo esto la apretó entre sus brazos, regándola su hermoso rostro
con lágrimas, las cuales Lindaraja derramaba de sus ojos en abundancia.
Aquí se aumentó el llanto de todas las damas, porque las iba abrazando
y despidiéndose de todas.
Estaban los circunstantes tan lastimados de la dolorosa despedida de
la reina y de Lindaraja, que no dejaban de ayudar con lágrimas; y no
pudiendo sufrir aquel dolor, todos los Almoradís y Almohades, y otros
de su parcialidad, se salieron llorando de la sala diciendo:
--Abdalí rey, abre los ojos y mira lo que haces, y tennos por tus
enemigos de aquí adelante.
Lindaraja despidiéndose del rey se salió de palacio, y acompañada de
su madre y de algunos caballeros se bajó a la ciudad, y al otro día se
partió para Sanlúcar, y Gazul en su compañía, que era el que la servía,
como ya se ha dicho, y adelante se tratará de ellos más largamente.
Ahora vayan su camino, y volvamos a tratar del rey, y de la acusación
de la triste reina Sultana, la cual lloraba muy dolorosamente su
deshonra, y con ella sus doncellas.
El rey mandó al traidor Zegrí que pusiese la acusación, y él se levantó
y dijo:
--Por la honra de mi rey, y volviendo por ella, como debo, digo
que la reina Sultana es adúltera, y que yo y Mahandín la vimos en
Generalife, debajo de un rosal, que está junto a la fuente grande,
estar en lascivas concupiscencias con Albín Hamete, Abencerraje; lo
cual sustentaremos los cuatro a otros cuatro que señale la reina en su
defensa.
A esto respondió la reina:
--Mientes, como traidor infame, falso, tú y todos vosotros; yo fío en
el poderoso Alá que ha de descubrir la verdad, y os ha de costar muy
caro.
El rey dijo:
--Sultana, dentro de treinta días habéis de dar caballeros que os
defiendan; donde no, se procederá contra vos conforme a la ley.
Sarracino no pudiendo sufrir más aquella lástima, dijo:
--Yo me ofrezco a la defensa de la reina, aunque no haya más caballeros
que quieran volver por su honor.
Reduán dijo:
--Yo seré el segundo, y serviré de tercero y cuarto.
Muza dijo:
--Pues yo ayudaré también, y no faltará otro caballero que ayude,
porque se haga la batalla cuatro a cuatro; y mire la reina si nos
quiere admitir, que como caballeros juramos de hacer el deber.
La reina respondió:
--Muchas mercedes, señores caballeros, por la que me hacéis tan
señalada; yo veré lo que me importa, pues tengo término suficiente,
aunque sé que en hacer tales caballeros la batalla, mis enemigos serían
vencidos, y mi honra satisfecha.
El rey mandó que estuviese presa en la torre de Comares, y en su
compañía Galiana y Celima para que la sirviesen. Luego Muza y otros
caballeros llevaron a la desdichada e infeliz reina presa, y la
pusieron en un aposento, y a la puerta doce caballeros de guarda, con
orden que si no es a Muza, otro no pudiese entrar a hablar con ella.
Esto hecho se despidieron del rey todos los caballeros, por lo que
había pasado.
Las damas de la reina se fueron todas: las doncellas en casa de sus
padres, y las casadas a sus casas con sus maridos. Reduán se llevó a
su querida Haja; Abenámar a Fátima, que estaba muy triste por lo que
sus parientes habían hecho. Todas las demás damas se fueron, quedando
desierto el cuarto de la reina.
Quedaron con el rey Zegríes, Gomeles y Mazas, por acompañarle, y a
muchos pesaba de lo que habían empezado a hacer, porque imaginaban que
no podían tener buen fin todas aquellas traiciones.
Luego se pregonó que dentro de tres días saliesen los Abencerrajes
desterrados, so pena de las vidas.
Los Abencerrajes pidieron dos meses de término, porque querían salir
del reino; y fueles concedido a instancias de Muza, porque entre él y
ellos se trató lo que adelante se dirá.
Este pregón se divulgó por toda la ciudad, y sintieron tanto los
moradores de ella el agravio que a los Abencerrajes se hacía, que si
quisieran ellos levantar bandera contra el rey Chico, los ayudaran
con sus personas y haciendas, porque en extremo eran amados de toda la
ciudad, y tenidos en lugar de padres y amparadores de todos.
Este pregón lo oyó una hermana del rey Chico, llamada Moraina, la cual
era mujer de Albín Hamete, Abencerraje; y llena de enojo por haberle
muerto a su marido sin culpa, y de temor por haberle quedado dos
niños, uno de cinco años y otro de tres, vestidos ambos de luto y ella
también, fueron al Alhambra y en su compañía cuatro caballeros Venegas,
y entraron en la sala del rey para hablarle.
Los guardas conociendo a Moraina, la dejaron entrar en el aposento del
rey, su hermano, al cual halló solo; y haciéndole mesura, le dijo:
--¿Qué es esto, rey? Rey te digo, y no hermano, aunque es nombre de
más piedad; mas porque no entiendas que soy de los conjurados contra
ti, como tú mismo dices, te llamo rey. Pues dime, ¿qué clima es este
que nos sigue tan cruel? ¿Qué hado tan rigoroso y sangriento es este?
¿Qué estrella tan caliginosa y mortífera corre predominando y causando
tantas desventuras? ¿Qué cometa llena de fuego es este, que así abrasa
y eclipsa el claro linaje de los Abencerrajes? ¿En qué te han ofendido,
que así totalmente los quieres destruir? ¿No te ha mitigado haber
degollado la mitad del linaje, sino que ahora mandes desterrar a los
que han quedado? Y ya que así es, ¿qué razón hay para que los hijos
inocentes de los padres se hayan de dar a criar fuera de la ciudad, y
a las hijas casarlas fuera del reino? ¡Pregón duro! ¡Sentencia cruel!
¡Mandato acerbo! ¿Dime de qué sirven estas tiranías, rey inclemente? Y
yo triste, desconsolada y viuda, hermana tuya por mi mal, ¿qué haré con
estos dos niños, retrato de aquel caballero Albín Hamete, mandado por
ti degollar sin culpa? ¿No bastó la muerte inocente de su inculpable
padre, sino desterrar los huérfanos hijos? ¿A quién los encomendaré
fuera del reino que los críe? Si a ellos destierras, yo he de ir
también por su madre. ¡A tu sangre maltratas! Por Alá santo te ruego,
que te reportes; mira que estás mal aconsejado; no pase adelante tu
crueldad injusta, que es en los reyes grande imperfección ser crueles,
y más donde no hay culpa, sino interés y envidia.
Con esto cesó la bella Moraina, no dejando de llorar, y dando dolorosos
suspiros de lo más íntimo de su alma.
Todo lo cual no fue bastante a ablandar el diamantino corazón del rey,
antes encendido en infernal cólera, los ojos encarnizados contra su
hermana, la dijo:
--Di, Moraina infame, sin conocimiento de la real sangre, ¿tan poco
valor en ti se encierra? ¿Eso me dices? ¿Di, no consideras la mancha
que puso en mi honra tu desleal marido? Si tú tuvieras una gota de mi
real sangre, sintieras mi agravio, y esa gota dando el pecho a tus
hijos, les fuera veneno mortífero; y si este efecto hiciera, diría
que eras mi hermana; pero no creo que lo eres, pues no sientes lo que
yo. Mejor hubieras hecho en haber quemado esas dos ramas infames,
salidas de aquel aleve tronco, causador de mi afrenta; y pues tan poco
miramiento has tenido, y no has hecho oficio de hermana, yo haré lo que
tú no hiciste.
Y diciendo esto asió al niño mayor, y alzándole en peso, le puso
debajo del brazo izquierdo, y echando mano a la daga se la metió por
la garganta, que no pudo defenderle la desdichada madre; y dejando
muerto al inocente niño, a pesar de su triste madre, tomó al otro, y
le degolló, dejando segadas las manos a la sin ventura Moraina por
quitarle a su tierno niño.
Y habiéndolos muerto, dijo el sanguinolento rey:
--Acábese de raíz esta traidora casta de Albín Hamete.
Vista la crueldad del tirano rey, la lastimada madre, bramando como
leona, acometió a su hermano por quitarle la daga para matarle; pero
el rey se defendió, y visto que no podía defenderse de ella, porque
le pedía sus hijos, con diabólica furia la dio dos puñaladas en el
delicado pecho, de las cuales cayó muerta con sus hijos; y dijo el rey:
--Allá irás con tu marido, pues tanto le amas, que tan traidora eres
como él.
Y luego mandó que enterrasen aquellos cuerpos en la sepultura de los
reyes, lo cual se hizo admirándose de aquel acaecimiento.
Los caballeros Venegas, sabiendo el caso atroz que el rey había
cometido, salieron del Alhambra, y se fueron a la ciudad, y contaron el
caso a otros caballeros; y así se supo por toda Granada aquella gran
crueldad del rey.
Muchos determinaron de matarle, y más sabiendo la injusta prisión de
la reina; mas vivía el rey con tal cuidado y guarda, que no tuvieron
lugar de ejecutar su deseo; porque la puerta del Alhambra la guardaban
mil caballeros, y de noche se cerraba bien, y por los muros y baluartes
había puestas muchas postas y centinelas, guardando todas las entradas.
La gente del rey Mulahacén guardaba lo que le tocaba, que era la plaza
de los Aljibes y la torre de la Campana, y las torres cercanas a ella,
y sus baluartes y barbacanas.
Finalmente, lo mejor del Alhambra tenía Mulahacén: el rey Chico tenía
la casa real antigua, y cuarto de los Leones y Torres de Comares, y
miradores del bosque a la parte del Darro y Albaicín.
Aunque las guardas y gente de ambas partes estaban separadas y
apartadas, y cada cual seguía la parte de su rey, jamás entre ellos
había discordias por mandado de los reyes y ruegos de Muza.
Y aunque había dos reyes, la gente más principal seguía al rey viejo,
como eran Alabeces, Abencerrajes, Gazules, Almoradís, Langetes,
Atarfes, Azarques, Alarifes y todo el común ciudadano, respecto de
estar bien con los caballeros Abencerrajes y sus valedores.
Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Alabeces, Bencerrajes,
Almoradís, Almohades, y otros muchos linajes y caballeros de Granada,
aunque después de la prisión de la reina se habían pasado al rey viejo
los Almoradís, Almohades y Venegas.
Estaba Granada divisa y llena de bandos y escándalos cada día, y
más se acrecentaron cuando los caballeros Venegas dieron noticia de
la crueldad que el rey Chico había usado con su hermana y con sus
sobrinos; la cual fue de todo punto causa de que los Almoradís,
Almohades, y Marines, y otros muchos caballeros de gran valor le
desampararon; de tal manera, que casi toda Granada estaba apercibida en
su daño.
Solo tenía de su parte a los Zegríes, Gomeles y Mazas; y como estos
tres linajes eran tan poderosos, le sustentaron en su estado hasta que
se perdió, como adelante se dirá.
Volviendo a la muerte de los hijos de Moraina y de la suya, hubo en
Granada grande sentimiento del doloroso caso. Todos decían que era el
rey muy cruel, tirano, enemigo de su sangre, e indigno del reino y de
la vida.
Quien más sintió esta muerte fue el capitán Muza, hermano de Moraina,
y firmó con juramento, que había de ser vengada aquella traición antes
de muchos días; y si Muza sintió el desaforado caso, cruel y grave, no
menos lo sintió el rey Mulahacén, que al fin era su padre.
Y después de haber hecho gran llanto por su amada hija y por los nietos
tan queridos, con ferviente enojo se fue a armar, y se puso un fino
jaco y un acerado casco, y sobre el jaco una aljuba de escarlata, y
tomó una tablachina en el brazo izquierdo; y llamando a su alcaide, le
dijo, que muy presto juntase la gente de su guardia, que eran más de
cuatrocientos caballeros.
El alcaide los juntó, y les dijo que el rey Mulahacén los mandaba
juntar; que estuviesen apercibidos para lo que les mandase.
Ellos dijeron, que allí estaban a su mandado.
Y visto por el rey que los de su guardia estaban juntos y alistados,
salió a la plaza de su palacio, donde estaba toda la gente, y les dijo
así:
--Valerosos vasallos y amigos míos, grande deshonra es que mi hijo me
usurpe cetro y corona contra toda mi voluntad, y que siendo yo vivo
haya otro rey; y bien sabéis cómo se hizo llamar rey por el favor y
ayuda que le dieron los Zegríes, Gomeles y Mazas, diciendo que yo era
viejo y sin provecho para la guerra y gobierno del reino; y por este
engaño y color de ambición muchos caballeros le han seguido, y me han
dejado contra toda razón. Que bien se sabe que ningún hijo puede ser
heredero del reino, ni de hacienda hasta la muerte de su padre; y así
lo mandan expresamente las leyes, las cuales ha quebrantado mi hijo, me
ha usurpado el reino, y procede mal en la gobernación; pues en lugar
de conservar la paz y sosiego en que yo tenía el reino, es perturbador
e inquietador de ella, y alborotador del pueblo; y en lugar de guardar
a todos recta justicia, hace los mayores absurdos que en el mundo se
pueden imaginar. Mirad cómo mandó degollar a los nobles Abencerrajes
sin culpa suya, y cómo sin ella tiene presa a su mujer, imputándola de
adúltera; y lo que más me lastima es, que haya muerto a mis nietos y a
mi hija. Pues si siendo vivo yo hace esto, ¿qué hará en viéndose solo?
Bien podéis desamparar vuestra patria y tierra, y buscar la ajena. Ya
no quiere Alá que tal tirano viva en el mundo, y así estoy dispuesto y
determinado a la venganza de mi amada hija y de mis queridos nietos,
dando muerte acerba a este enemigo de su sangre y reino: por tanto,
amigos y leales vasallos, vuestra ayuda pido para tal venganza, que
más vale perder un vil príncipe, que no que se pierda por sus tiranías
un reino como el de Granada. Seguidme todos luego, y mostrad vuestro
valor acostumbrado.
Diciendo esto, mandó a su alcaide que guardase muy bien su fortaleza, y
se partió para la casa real donde estaba el rey Chico su hijo, diciendo
él y todos los suyos:
--_Libertad, libertad: mueran los traidores tiranos, y quien los sirve:
no quede ninguno._
Y con esta voz dieron tan de improviso en la guardia del rey Chico, que
casi no la dieron lugar a tomar las armas, y entre ellos se movió una
batalla muy cruel y sangrienta, cayendo muchos muertos de ambas partes.
¿Quién viera al buen rey Mulahacén dar golpes con su cimitarra a un
cabo y a otro, que no daba golpe que no derribase caballero muerto o
mal herido? Porque Mulahacén siempre fue hombre de mucha fuerza en su
mocedad, y de grande ánimo; y no era tan viejo que no pudiese pelear,
pues aún no tenía sesenta años.
Finalmente andaba entre sus enemigos como león carnicero, y sus
soldados hicieron lo mismo, matando a sus contrarios.
Aunque eran doblados los del rey Chico, perdieron la plaza, y a su
pesar se retiraron a la casa real, adonde era tanta la gritería y
voces, que no se oían los unos a los otros, salvo la voz de la libertad.
El rey Chico, que oyó el tropel y ruido, muy espantado y atemorizado
salió a ver lo que era, y vio a su padre entre la gente de su guardia
con un rigor extraño: sospechando lo que podía ser, entró a armarse, y
salió afuera para que los suyos cobrasen ánimo con su vista.
A esta sazón llegó muy mal herido el capitán de su guardia, diciéndole:
--Señor, ve a favorecer tu gente, que es grande el estrago que en ellos
hacen tu padre y los suyos.
El rey Chico salió dando voces, diciendo:
--A ellos, amigos, a ellos, que aquí está vuestro rey; mueran todos.
Y diciendo esto, comenzó a herir en la gente del rey su padre con tanto
ánimo, que puso en los suyos tal brío, que hicieron retirar gran trecho
a la gente de Mulahacén; lo cual visto por el viejo, dando voces, decía:
--No os retiréis de esta vil y traidora canalla.
Con el ánimo que les daba cada rey a los suyos peleaban todos con
mucho esfuerzo y valor; pero poco les aprovechó a los del rey Chico su
ardimiento, porque eran más valerosos los del rey viejo; y perdida la
esperanza de cobrar lo perdido, se retiraron hasta los mismos aposentos
del rey Chico, y allí comenzaron a pelear los unos con los otros
cruelmente; de suerte que todo el palacio estaba poblado de cuerpos
muertos, y bañado en sangre de los heridos.
En esta refriega se encontraron padre e hijo; y viendo el viejo el
estrago tan grande que en su gente hacía su hijo, sin mirar el paternal
amor que debía tenerle, acometió a él con una furia de hircana sierpe,
diciendo:
--Aquí pagarás, aleve, la muerte de mi hija y nietos.
Y diciendo esto, le dio un tan gran golpe con la cimitarra en la
rodela, con que le reparó, que se la hendió en dos partes, y el
reyecillo fue herido en el brazo; y si no se reparara bien, allí
acabara la vida; y fuera gran bien para Granada, porque se evitaran
tantos males como por su causa hubo.
Pues como el rey Chico se vio herido, y sin rodela, con indecible
coraje, no respetando las canas de su padre, ni teniéndole aquella
reverencia y obediencia que los buenos hijos deben tener a sus padres,
alzó el brazo para herirle con el alfanje; mas no tuvo efecto su mal
propósito, porque a la sazón acudieron muchos caballeros así de una
parte como de otra, cada uno por favorecer a su rey.
Aquí se aumentó la gritería y se renovó la civil y sangrienta batalla;
de manera que era gran compasión ver la mortandad de aquella mal
considerada gente. Tan sin piedad se mataban y herían, como si en ellos
de antigüedad viniera algún mortal odio y civil guerra.
Allí eran hermanos contra hermanos, padres contra hijos, parientes
contra parientes, sin guardar el decoro al parentesco y amistad, no más
guiados que por pasión y afición de sus reyes; cada uno favoreciendo
donde más afición tenía, y así con estos motivos de cada parte andaba
tan sangrienta la refriega, como si fuera batalla hecha entre dos
enemigos ejércitos.
Mas como la gente y guardia del rey Chico eran más que los de
Mulahacén, sacaban ventaja; lo cual conocido por un moro de la parte de
Mulahacén, hombre de ardid y buen soldado, por salir con la victoria
que pretendían, comenzó a decir en altas voces que todos lo oían:
--_A ellos_, _a ellos_, rey Mulahacén, que en tu socorro vienen los
caballeros Alabeces, Gazules y Abencerrajes: mueran los traidores,
pues de nuestra parte está la victoria.
Oída esta voz por el rey Chico y por los suyos, desmayaron de suerte
que parecía verse en manos de la muerte, y por evitar el notorio
peligro que les amenazaba determinaron desamparar la casa real para
no verse despedazados a manos de los caballeros Alabeces, Gazules y
Abencerrajes; y con un esfuerzo muy crecido acometió al rey Chico
con una tropa de ellos por no dejarle en poder de sus enemigos, y se
salieron del real palacio, dejando a sus espaldas otra gran parte de
caballeros que le defendían de sus contrarios.
Los del rey Mulahacén los seguían con grande osadía, entendiendo que
así era verdad, que tenían socorro.
De manera que los unos retirándose y los otros siguiéndolos, unos
defendiendo, otros ofendiendo, llegaron a las puertas del Alhambra, las
cuales hallaron abiertas, porque las guardias las desampararon visto
el alboroto y bajaron a la ciudad a dar aviso a los Zegríes y Gomeles
de lo que pasaba, y en la plaza Nueva hallaron algunos de ellos, y les
dieron relación de todo lo que pasaba en el Alhambra.
Y como supieron el caso, a gran priesa subieron a ella; pero llegaron
tarde, porque ya estaba el rey fuera de las puertas y toda su gente, y
estas muy bien cerradas y puestas las guardias necesarias.
Los Zegríes, Gomeles, Mazas y otros caballeros de su parcialidad, como
vieron al rey Chico herido en el brazo, y la mayor parte de su guardia
destruida, muerta y herida, se escandalizaron y se llevaron al rey
Chico al Alcazaba, antigua casa de los reyes, la cual era muy fuerte, y
tenía su alcaide y gente de guardia.
En esta se aposentó el rey, donde fue curado con gran diligencia, y con
la guardia necesaria para su seguridad.
Estaba con mucha pena porque había perdido el Alhambra, y con no menos
saña procuraba la venganza de ella contra el rey Mulahacén, el cual
estaba muy alegre por ver su Alhambra libre de sus enemigos; y por
limpiarla de todo punto, mandó que a todos los cuerpos muertos de los
contrarios los echasen por las murallas abajo, y a los de su bando
les diesen honrosas sepulturas. En las torres pusieron banderas y
estandartes, mostrando mucho contento y alegría, y tocando añafiles y
dulzainas.
En toda la ciudad se supo cómo el rey Mulahacén quedaba señor del
Alhambra, y había desbaratado y herido al rey Chico; con lo cual todos
fueron muy regocijados, porque le aborrecían como a la muerte.
Quien más celebró el contento fueron los Abencerrajes, Alabeces,
Gazules, Venegas y Aldoradines, y fueron muchos de ellos con el
valiente Muza a darle el parabién de la victoria, y le ofrecieron de
nuevo su ayuda, lo cual les agradeció el rey Mulahacén.
Muza procuró paces entre su padre y su hermano, y no era posible,
porque era tan grande el odio del rey viejo contra su hijo, que no
quiso hacer lo que le pidió Muza, antes dijo que no había de tener
contento hasta verle destruido. No quiso porfiar Muza a su padre, por
conocer en él que tenía muy presente la muerte de Moraina su hija.
Dejemos a Mulahacén en su Alhambra, y al rey Chico en su Alcazaba
siguiendo sus intereses, y tratemos de los Almoradís, Almohades y
Marines, linajes muy poderosos y ricos, parientes de la reina Sultana,
tan sin culpa presa.
Ya se acordará el lector que estos caballeros Almoradís y Almohades
se salieron de palacio amenazando al rey Chico por lo que hacía con
su mujer la reina. Pues así como salieron del real palacio, todos se
conjuraron contra el rey Chico para matarle, o a lo menos privarle
del reino, porque tan sin causa tenía presa a su mujer. Y asimismo se
juntaron contra los Zegríes por el testimonio que habían levantado a la
reina.
Para conseguir mejor su fin, acordaron de trabar estrecha amistad con
los Abencerrajes y sus parciales, sabiendo que por esta vía tenían a
toda Granada de su bando.
Con esta resolución se fueron a casa de un hermano del rey Mulahacén,
llamado Abdalí, y le hallaron en un aposento, solo, y muy triste en
ver que no podía remediar aquellas maldades y traiciones que se habían
hecho contra los Abencerrajes, y prisión de la reina, y la muerte de
Moraina y sus niños; y como entraron en su aposento aquellos caballeros
Almoradís, que eran doce, y llevaban comisión de todos, se maravilló
Abdalí y les preguntó qué buscaban.
Los caballeros le dijeron que no se recelase, que más venían en su
provecho que no en su daño, que le querían hablar despacio.
Abdalí los mandó sentar en un estrado muy rico, a su usanza; y estando
sentados, uno de los Almoradís le dijo:
--Bien sabes, príncipe valeroso, las grandes insolencias que se hacen
en Granada, y las civiles y sangrientas guerras, como aquellas tan
memorables de Sila y Mario; y si has mirado, no hay calle que no brote
sangre de nobles caballeros; de todo lo cual es la causa tu sobrino
el rey Chico, por admitir los malos consejos, pues sin culpa mandó
degollar a los Abencerrajes, y por esta causa murieron muchos Zegríes,
Mazas y Gomeles; y no contento con esto mató a su hermana Moraina y a
sus tiernos hijos: que estas cosas no son de rey sino de un bárbaro,
cruel y tirano, sediento de sangre humana, y derramador de ella. Ahora
ha tenido una refriega y trabada pelea con su padre, que ya la sabrás,
en la cual han muerto muchos caballeros, y al fin Mahoma fue de la
parte de tu hermano; de suerte que ya tu sobrino está desterrado del
Alhambra, y se ha apoderado del Alcazaba con favor y calor de los
Zegríes, Mazas y Gomeles; y nosotros los Almoradís y Almohades le
hemos quitado la obediencia, porque sin culpa tiene presa a su mujer
la reina Sultana, dejando su honra puesta en manos de la fortuna;
mira si no lo hemos de sentir, siendo tan cercana parienta nuestra, y
más viendo cuán tiranamente procede él en la gobernación del reino, y
las extorsiones que cada día nos hace a todos; y visto esto nos hemos
apartado de su obediencia junto con Marines, Abencerrajes, Gazules,
Aldoradines, Venegas y todos los ciudadanos, que morirán porque vivan
los Abencerrajes, y pase su valor adelante; y considerando que tu
hermano es ya viejo, y cansado de las guerras que contra los cristianos
ha tenido, no puede gobernar como conviene, y que según su naturaleza
vivirá poco, y ha de quedar por rey Abdalí, nuestro capital enemigo,
el cual no hay duda sino que perseverará en lo que ha comenzado, y con
mayor violencia por verse solo en el reino, todos hemos determinado que
tú seas rey de Granada, pues tu valor lo merece, para que gobiernes el
reino en la paz y quietud que todos deseamos, y seamos los caballeros
tratados con amigable benevolencia, como de tu bondad se espera. A esto
solo habemos venido los doce Almoradís que ves, por comisión dada de
todos los caballeros que os hemos referido. Danos respuesta luego, y
de no querer admitir el reino lo daremos a Muza, que aunque es hijo de
cristiana, lo es de tu hermano, y merece por su valor y esfuerzo ser
príncipe del mundo.
Con esto dio fin el Almoradí a sus razones, aguardando que Abdalí
respondiese, el cual parando un poco en el caso les dijo:
--Mucho agradezco, señores caballeros, la voluntad y la oferta que me
hacéis: la carga que un rey se echa sobre sus hombros es muy grande,
las obligaciones son muchas y mis fuerzas son pocas: mi hermano está
vivo y con dos hijos; yo no hallo razón concluyente por donde pueda
aceptar el favor que me prometéis; además de que cuando no mirase a
las circunstancias dichas, será mover nuevas disensiones, guerras
civiles y alboroto. Los más principales caballeros y toda la ciudad
son de parte de mi hermano: no alborotemos más la tierra; pero sea de
esta manera: yo sé que mi hermano está mal con su hijo, y al fin de sus
días no le dejará el reino, sino a mí o a uno de mis hijos: hablémosle
mañana, diciéndole que ya es viejo, y que me dé la gobernación del
estado, para que le alivie de tanta carga; y si me da este oficio,
con facilidad se podrá hacer lo que me pedís, y al fin dirán que por
consentimiento de mi hermano habrá sido.
A todos les pareció muy bien lo que Abdalí respondió, y tuvieron por
buen consejo aquel; y así quedó determinado, que el siguiente día se
tratase aquel caso con el rey Mulahacén; lo cual se trató con él, yendo
para ello muchos caballeros Abencerrajes, Alabeces, Venegas y Gazules;
y estando todos con el rey, un caballero de los Venegas le habló,
diciendo:
--Noticia tenemos, rey Mulahacén, de todos nuestros pasados, de que
los reyes de Granada han sido para con los vasallos benévolos y
apacibles, y siempre les han tenido muy crecido amor; lo cual ahora es
al contrario, pues tu hijo en vez de hacer mercedes a sus súbditos,
sin ocasión les quita las vidas. Ya sabrás lo que ha pasado estos
días, y el escándalo y alboroto de la ciudad por la muerte de los
nobles Abencerrajes, de lo cual han redundado aquestas guerras civiles,
muertes, y desastrados fines entre los ciudadanos; y sé cierto, que si
no se pone remedio, en poco verás tu ciudad despoblada, porque todos
irán a buscar la paz a las ajenas tierras, pues en la suya no la
tienen: nadie se queja de ti, ni hay por qué; pero nos recelamos de tu
hijo, que tan mal procede en el gobierno de tu estado; que si ahora
que eres viejo nos faltas, y por tu edad la muerte llama, y tu hijo
queda por ley, será gran daño de todos; y así querríamos que pusieses
un gobernador para que te aliviase la carga de la gobernación, y que en
faltando tú, diesen el reino al gobernador, siendo cual conviene. Por
tal elegimos a tu hermano Abdalí, y será posible que tuviese enmienda
tu hijo, visto que has puesto gobernador; y puesta su enmienda,
merecerá tener el reino. A esto solo hemos venido a darte cuenta de
nuestra pretensión, lo cual te suplicamos nos otorgues, y en cambio de
esta merced que te pedimos, si nos lo concedes, te damos palabra, a fe
de caballeros hijosdalgo, de quererte servir, y obedecer en todo y por
todo mientras vivieres.
Atento estuvo el rey Mulahacén a las palabras del caballero Venega; y
reparando en que las leyes disponen que herede el hijo al padre, en
particular siendo reino; y cuando se acordó de la gran desobediencia
que su hijo había tenido con él, y los grandes daños que por su causa
habían sucedido, y recelándose de otros mayores, acordó de dar contento
a estos caballeros, viendo ser justa la petición, y que era en provecho
de todos, y así dijo que era contento en que su hermano gobernase el
reino junto con él; y después de muerto, su hijo Abdalí fuera rey,
porque debía dársele el reino.
Los caballeros le dieron las gracias por la merced que les había
concedido, y dieron a Abdalí el parabién de gobernador; y habiendo
jurado de hacer lo que se debía en el oficio de la gobernación, y de
guardar la lealtad debida a su hermano, al son de muchos instrumentos
se le dio el cargo.
Con esto se despidieron del rey todos los caballeros, y acompañaron al
gobernador hasta su casa: y luego aquel día mandó pregonar por toda la
ciudad, que cualquiera que recibiese algún agravio de otro, que fuese a
su casa, y que él satisfaría a cada uno conforme a derecho, guardando
a todos justicia. Toda la ciudad se holgó mucho por la elección hecha,
porque mediante esto iban quitando las fuerzas al rey Chico.
Así se entendió apaciguar la ciudad, y fue echar leña al fuego y
alquitrán a la pólvora; porque luego que el rey Chico llegó a saber lo
que su padre había hecho, en lugar de enmendarse, hacía mil agravios y
desafueros, y cosas indecentes, todo confiado en los Zegríes, Gomeles
y Mazas; y estos linajes se comunicaron acerca de lo que harían, pues
había creado Mulahacén coadjutor para el gobierno.
Resolviéronse en que siguiesen al rey Chico y persiguiesen a los
Abencerrajes, pues tenía poder para uno y otro; y que no desamparasen
al rey hasta la muerte; y así le dijeron al rey, que él solo lo sería,
o morirían en la demanda; y entendida por el rey Chico esta voluntad de
sus valederos, les mandó que cualquiera persona noble o plebeya que
fuese de la parte del rey su padre o del gobernador se la llevara
allí, y al momento fuera degollada; y si se defendiese por no ser
presa, que la matasen al punto.
Por esta causa fueron degollados y presos muchos que hacían la parte
del rey Mulahacén; y sabido por él, y por Abdalí, gobernador, mandaron
lo mismo a todos los de su parte.
De aquesta suerte había más matanza cada día, que en Roma en tiempo de
las guerras civiles.
La ciudad se dividió en tres opiniones y partes: la una seguía a
Mulahacén, y eran los Abencerrajes, Gazules, Alabeces, Aldoradines,
Venegas, Azarques, Alarifes, y la mayor parte del común, por el amor
que a los Abencerrajes tenían.
Al rey Chico seguían Zegríes, Gomeles, Mazas, Laugetes, Bencerrajes,
Alabeces y otros caballeros.
Al gobernador Abdalí seguían Almoradís, Almohades, Marines, y otros
muchos caballeros, por ser estos dos linajes de los reyes de Granada.
De esta suerte estaba la desventurada ciudad repartida, y cada día
había mil escándalos y muertes.
La gente ciudadana, mercaderes, oficiales, ni labradores, no se
atrevían a salir de sus casas. Los caballeros y gente principal
no salían menos de veinte juntos, porque si les acometiesen sus
contrarios, pudiesen resistirlos; y si salían seis, o diez, luego los
acometían, prendían y degollaban; y si se defendían, los mataban allí.
Con estas violencias y crueldades había cada día llantos, tristeza y
pesadumbres.
Había tres mezquitas en Granada, y a cada una acudía su bando.
En lo llano de la ciudad había una, donde ahora es el Sagrario, a la
cual acudían el rey Chico y sus apasionados.
Otra había en el Albaicín, que ahora se llama S. Salvador, y a esta
acudía el gobernador y su gente.
En el Alhambra había otra, que ahora se dice Santa María, donde estaba
Mulahacén y los de su bando.
Cada uno conocía su distrito y jurisdicción.
¡Oh Granada, qué desventura fue esta que vino sobre ti! ¿Qué se hizo tu
nobleza? ¿Dónde está tu riqueza? ¿Qué se hicieron tus pasatiempos, tus
galas, justas y torneos, juegos de sortija, fiestas de S. Juan, músicas
adornadas y zambras? ¿Adónde están tus admirables juegos de cañas? ¿Qué
se hicieron las vistosas libreas de los gallardos Abencerrajes; las
delicadas invenciones de los Gazules; las altas pruebas y ligerezas
de los Alabeces; los costosos trajes de los Zegríes, Mazas y Gomeles?
¿Dónde está todo tu bien y contento? Paréceme que se ha convertido en
lágrimas, tristezas, traiciones, muertes, lagos de sangre vertida con
crueldad y tiranía.
Muchos caballeros ciudadanos desamparaban la ciudad, temerosos de lo
que veían. Otros caballeros se iban a sus cármenes y heredades, y de
allí los traían a degollar, cosa no vista sino en Roma.
Muza estaba muy enojado viendo aquellas maldades que se hacían por
momentos, y procuraba medios para quitar y atajar tal daño; y así él
y un linaje de caballeros llamados los alfaquíes, y Sarracino, Reduán
y Abenámar andaban de un rey en otro, suplicándoles que viniesen en
concierto las enemistades; y como estos caballeros alfaquíes eran
muchos, muy ricos y de esclarecida sangre, y no estaban sujetos
a ninguna parte apasionadamente, siempre a la obediencia del rey
Mulahacén, cada uno de los otros dos bandos deseaba tenerlos por
amigos; y así les quisieron dar gusto en dar asiento en aquellos
bandos, viendo cada día se menoscababan los caballeros y moradores
de la ciudad, así en muertes como en ausencias; y porque Muza había
jurado que había de dar muerte a quien no dejase las comunidades, tanto
hizo con ayuda de los alfaquíes, Sarracino, Reduán y Abenámar, que
vinieron a poner paces entre los caballeros de los bandos, prometiendo
que no habría más crueldades ni muertes, sino que hasta la muerte de
Mulahacén cada uno siguiese a su rey sin ser forzado, sino que a su
gusto siguiesen al que quisiesen de los dos, y que cada rey conociese y
determinase las causas de su jurisdicción, sin entrometerse el un rey
con lo que al otro tocase.
El rey Chico pidió que los Abencerrajes cumpliesen el tenor de su
sentencia, cumplidos los dos meses que les dio de término. Mulahacén
decía que no habían de salir los Abencerrajes de Granada hasta que él
fuese muerto. En esto estuvieron discordes algunos días, y era la causa
que los Zegríes se lo pedían al rey Chico, y todos los demás caballeros
contrarios lo defendían.
Finalmente, quedó asentado que habían de salir del reino, pues que
así lo pidieron los Abencerrajes al rey Mulahacén, porque querían ser
cristianos y servir al rey D. Fernando, que si no fuera por esta causa,
jamás salieran de Granada, porque tenían de su parte al rey viejo y a
los más principales caballeros, y a todo el común de la ciudad.
Mediante las diligencias dichas quedó la ciudad en paz, aunque duró
poco, como adelante se dirá. Por estas diferencias se hizo este