En las torres del Alhambra
sonaba gran vocería,
y en la ciudad de Granada
grande llanto se hacía;
Porque sin razón el rey
hizo degollar un día
treinta y seis Abencerrajes,
nobles de grande valía,
A quien Zegríes y Gomeles
acusan de alevosía.
Granada los llora más,
con gran dolor que sentía,
Que en perder tales varones
es mucho lo que perdía:
hombres, mujeres y niños
lloran tan grande pérdida.
Lloraban todas las damas,
cuantas en Granada había;
por las calles y ventanas
mucho luto parecía.
No había dama principal
que luto no se ponía,
ni caballero ninguno
que de negro no vestía;
Si no fueron los Gomeles
donde la traición salía,
y con estos los Zegríes
que les hacen compañía.
Y si algún luto llevaban,
es por los que muerto habían
los Gazules y Alabeces
con gran valor y osadía
en el cuarto de los Leones,
por vengar la villanía.
Y si hallaran al rey Chico,
le privaran de la vida,
por consentir la maldad
que allí cometido habían.
Volviendo ahora al sangriento y pertinaz motín de la granadina gente
contra el rey y sus valedores, es de saber, que el valeroso Muza
como vio poner fuego al Alhambra, con gran presteza acudió a aplacar
las furiosas llamas; y sabiendo que el rey Mulahacén su padre había
mandado abrir la puerta falsa del Alhambra, luego se fue hacia ella
acompañado de gran tropa de gente, y en llegando vio al rey Mulahacén
acompañado de más de mil hombres que le guardaban, y a grandes voces
decían:
--Viva el rey Mulahacén, al cual reconocemos por señor, y no al rey
Chico, que a tan gran traición ha muerto la flor de los caballeros de
Granada.
Muza dijo:
--Viva el rey Mulahacén, mi padre, que así lo quiere toda Granada.
Lo mismo dijeron todos los que iban con él; y diciendo esto entraron en
el Alhambra y fueron a la casa real, y andándola toda no toparon al rey.
De aquí fueron al cuarto de los Leones, y vieron el estrago que habían
hecho los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes, Gomeles y
Mazas; y Muza dijo:
--Si traición se hizo a los Abencerrajes, bien se han vengado, aunque
la traición no tiene satisfacción.
Y pesándole de lo que había, salió de allí y se fue a la cámara de la
reina, a la cual vio llorosa, acompañada de sus damas y de la hermosa
Celima a quien Muza amaba tiernamente. La temerosa reina le preguntó a
Muza:
--¿Qué vocería era aquella que sonaba en la ciudad y en el Alhambra?
--Cosas son del rey --dijo Muza--, que sin mirar más de su gusto, dio
lugar y consintió una traición notable, ejecutada en los caballeros
Abencerrajes, de quien siempre ha recibido muy grandes servicios, y en
pago de ellos hoy ha muerto a treinta y seis dentro del cuarto de los
Leones. Esto es lo que el rey mi hermano, vuestro marido, ha hecho,
o permitido que se hiciese; por lo cual el reino tiene perdido, y
él está, si parece, a punto de perderse, porque ya toda la gente de
Granada, así caballeros como todos los demás estados, han recibido a mi
padre el rey Mulahacén por rey y señor, y a esta causa anda el alboroto
y motín que hay.
--Santo Alá --dijo la triste y afligida reina--, ¿que eso pase? ¡Ay de
mí!
Y diciendo esto se cayó amortecida en los brazos de Galiana.
Todas las damas lloraban amargamente el caso doloroso que había
sucedido, y lloraban a su triste reina puesta en tal calamidad.
La linda Haja y la hermosa Celima se hincaron a los pies de Muza, y
como quien tanto le amaba le dijo de esta manera:
--Señor mío, no me levantaré de vuestros pies hasta que me deis palabra
de hacer en este negocio tanto que quede apaciguado, y el rey vuestro
hermano en su posesión como de antes; que aunque ha procurado mi
amistad, no teniendo respeto a la vuestra, no se ha de formar venganza
estando el enemigo caído, ni se ha de dar mal por mal, sino porque de
hoy más tengo cuidado de no ofenderos en esto ni en otra cosa alguna;
en lo que os pido recibiré de vos muy grande merced.
Fátima, que sabía el grande amor que los dos se tenían, le pidió a Muza
que le concediese a Celima lo que le pedía, y que no tuviese a sus pies
a la que merecía la corona del mundo.
Muza que estaba transformado en mirar el adorno y nobleza que
naturaleza dio a Celima, no advirtiendo que la tenía a sus pies con la
hermosa Haja, las levantó del suelo, dándolas palabra de apaciguar el
vulgo, y de poner al rey su hermano en la posesión del reino; con lo
cual obligó a su dama a que le amase con más extremo.
Las damas echaron agua en el rostro de la reina, y de este modo volvió
en sí llorando, y Muza la consoló dándola buenas esperanzas; y se
despidió de ella y sus damas, y fue adonde estaba su padre y le dijo:
--Mande vuestra alteza pena de muerte al que no dejare las armas, y no
se sosegare.
Luego mandó el rey que se pregonase así en el Alhambra y por toda la
ciudad, y Muza mandó a la gente de guerra que se aquietasen, y a todos
los demás se lo rogó.
Mediante esto se apaciguó el pertinaz motín y rebelión, teniendo unos
intento de obedecer a Mulahacén, y otros al rey Chico.
Para esto ayudaban a Muza todos los más principales de Granada, y los
linajes desapasionados, que eran Alabeces, Bencerrajes, Laugetes,
Azarques, Alarifes, Aldoradines, Almoradís, Almohades y otros muchos
caballeros de Granada.
De esta suerte fue todo apaciguado, y Muza rogó a todos que no quitasen
a su hermano la obediencia, sino que Granada volviese al estado en que
antes estaba; que si malos consejos no dieran al rey, nunca él mandara
hacer lo que se hizo.
Todos los caballeros dieron palabra a Muza de no quitar la obediencia
a su hermano el rey; solo los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y
Almoradines, estos cuatro linajes poderosos, no quisieron estar en la
obediencia del rey Chico, por lo que hizo contra los Abencerrajes en
admitir el mal consejo del traidor Zegrí; y era así verdad, que por dar
crédito de ligero el fácil rey aceleró el negocio; y si lo llevara por
justicia, no se le siguiera la perdición que le vino a él y a la ciudad.
Por esta traición se hizo el romance siguiente:
Caballeros granadinos,
aunque moros hijosdalgo,
con envidiosos intentos
al rey Chico van hablando;
gran traición se va ordenando.
Diz que los Abencerrajes,
linaje noble afamado,
pretenden matar al rey,
y quitarle su reinado;
gran traición se va ordenando.
Y para emprender tal hecho,
tienen favor muy sobrado
de hombres, niños y mujeres,
todo el granadino estado;
gran traición se va ordenando.
Y a su reina tan querida
de traición la han acusado,
que en Albín Abencerraje
tienen puesto su cuidado;
gran traición se va ordenando.
De esta suerte va declarando el romance la historia que se ha contado,
y la traición; mas porque me aguardan otras cosas importantes no se
acaba.
Volviendo a Muza, que con gran diligencia procuraba aplacar los
airados pechos de los más principales caballeros y demás gente para
que volviesen a dar la obediencia al rey Chico, como antes estaba,
atrajo muchos a su voluntad, salvo los cuatro linajes que hemos dicho,
y algunos más caballeros que no quisieron estar en la obediencia del
rey Chico, sino a la del rey Mulahacén; y así siempre hubo allí muchas
diferencias entre los dos reyes, padre e hijo, hasta que se perdió
Granada.
Y la causa porque los Gazules, Alabeces, y Aldoradines no quisieron ser
de la parte del rey Chico, aunque Muza hizo las diligencias posibles,
fue el que ya tenían tratado entre ellos de volverse cristianos, y
pasarse con el rey D. Fernando, como adelante se dirá.
Pues como viese Muza la mayor parte de la ciudad reducida a su voluntad
para que volviese su hermano a ser obedecido, y al gobierno de su
reino, procuró saber adónde estaba; y supo cómo se había retirado al
cerro del Sol, que hoy llaman de Santa Elena, en una mezquita que
estaba allí, huyendo de la voz que oyó cuando decían todos: _Muera
el tirano y los traidores_; y visto este estrago, que hacían los
Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes y Gomeles, se salió
por una puerta falsa maldiciendo su ventura y el día de su nacimiento,
quejándose del Zegrí que le había aconsejado cometer tal traición
contra tan leales caballeros.
Los Zegríes y Gomeles le consolaban, diciéndole que no se fatigase,
que mil Zegríes y Gomeles tenía de su parte, los cuales morirían en su
defensa, y que el consejo no había sido malo, sino importante, si no se
descubriera tan presto.
Y en esto vieron venir a Muza en un caballo, y fueron a dar aviso al
rey; el cual temeroso preguntó, si venía de paz, o de guerra.
--De paz viene --respondió un Zegrí-- y solo, y debe de querer hablarte.
--Alá se sirva que sea por bien --dijo el rey--; porque se temía de
Muza, a causa de Celima.
En esto llegó Muza, y preguntando si estaba allí el rey su hermano, le
fue dicho que sí; y apeándose del caballo entró en la mezquita, donde
vio al rey acompañado de Zegríes y Gomeles; y haciéndole el acatamiento
que de antes solía, le dijo así:
--No careces de culpa, permitiendo una maldad y traición tan grande
como la que se ha usado con el más noble y leal linaje de todo el
reino. Y mirad lo que se ha seguido de su muerte; alboroto de toda la
ciudad, muerte de muchos, pérdida de tu reino; y lo fuera de tu vida,
si no te hubieras retirado aquí. Los reyes que han de gobernar en paz,
sosiego y tranquilidad a sus vasallos, ¿son esos los alborotadores, y
privadores de la paz? Merecido y justo castigo es, que sean desposeídos
de sus reinos, y aun de las vidas. Si a caballeros leales que sirven
bien das tal pago, ¿quién esperas que te sirva? Si se te había
ofendido, que no creo tal, siguieras la causa por justicia, y no con
violencia. ¿Qué demonio te insistió a hacer tal matanza? ¿Qué causa te
movió?
--Hermano --dijo el rey--, ya que me has preguntado la causa de mi
determinada ira, yo te la diré en presencia de los oyentes: Sabrás, que
los caballeros Abencerrajes tenían determinado matarme, y alzarse con
el reino; y sin esto Albín Hamete Abencerraje adulteraba con la reina
mi mujer, pues de todo tengo bastante y probada verificación: ¿parécete
que aceleré en el caso?
Admirado Muza, le respondió:
--No tengo yo a la reina en tal opinión, ni lo creo, ni tengo a los
Abencerrajes por caballeros que tal traición ordenaran, porque son
ejemplo de lealtad.
--Pues si no lo crees --dijo el rey--, pregúntalo a Hamete Zegrí, y
a Mahandín y a Mahandón que están presentes, que ellos te dirán como
testigos de vista.
Y los falsos refirieron a Muza lo que al rey habían dicho, lo cual no
creyó, porque conocía que la reina era muy honesta y virtuosa, y así
les dijo:
--Yo no puedo persuadirme a que eso sea así, ni creo que habrá
caballero que lo sustente, porque es cierto que ha de quedar por infame
y fementido.
--Pues nosotros, dijo Mahandón, lo sustentaremos contra cualesquier
caballeros que lo quisieren contradecir.
Y enojado Muza, dijo:
--Pues aunque no sea sino por honra de mi hermano el rey, se ha de
seguir por justicia esta causa y la de los Abencerrajes, pues os
preferís a sustentar con las armas la acusación que ponéis; y mirad
cuán seguro estoy de la casta reina, que sé que habéis de morir, o
quedar desmentidos; y si me fuera lícito, yo solo había de defender
la inocente reina y a los nobles Abencerrajes, porque clara y
manifiestamente se parece ser mentira causada de envidia; pero impídelo
la paz que ando buscando.
Los Zegríes comenzaron a alborotarse, diciendo que ellos eran
caballeros y lo que habían dicho lo sustentarían en campo armados a
los cuatro caballeros.
--Eso se verá presto --dijo Muza; y díjole al rey--: Vamos al Alhambra,
que ya todo está apaciguado: solo quedan cuatro linajes de caballeros
que no os quieren dar obediencia, sino a nuestro padre: pasen algunos
días, que yo los compondré. Y vosotros, Zegríes y Gomeles, advertid,
que si por vuestro consejo murieron degollados treinta y seis
caballeros Abencerrajes, de vuestros linajes hay más de cuatrocientos
caballeros muertos; mirad si ha sido granjería la que habéis hecho. Id
al Alhambra, y mandad que los saquen del cuarto de los Leones, y dadles
sepultura, que así han hecho los Abencerrajes a todos sus deudos,
muertos sin culpa.
Con esto salió Muza de la mezquita, y el rey Chico con él, fiado de su
palabra, y le dijo:
--Muza, ¿quién te dio aviso de que estaba yo aquí?
--Quien te vio venir --dijo Muza.
Diciendo esto, se bajaron todos del cerro, y se entraron en el Alhambra.
Los Zegríes llevaron los cuerpos muertos a sus casas, y los fueron
acompañando, y Muza con ellos, por evitar algún escándalo; y en todo
aquel día no se oía en toda Granada otra cosa sino llantos y gemidos
muy tristes.
El rey se retiró a su cuarto con muy buena guarda, y mandó que no
dejasen entrar a nadie en todo aquel día; lo cual se cumplió todo así,
que ni aun a la misma reina dejaron entrar, y muy confusa se volvió a
su retrete, no sabiendo la causa de tan grande encerramiento, pues le
había enviado a decir Muza que no tuviese pena, que el rey volvería a
su silla.