ROMANCE.

Muy revuelto anda Jaén,

rebato tocan apriesa,

porque moros de Granada

les van corriendo la tierra.

Cuatrocientos hijosdalgo

se salen a la pelea;

otros tantos han salido

de Úbeda y de Baeza.

De Cazorla, y de Quesada,

también salen dos banderas;

todos son hidalgos de honra,

y enamorados de veras.

Todos van juramentados

de manos de sus doncellas,

de no volver a Jaén

sin dar moro por empresa;

Y el que linda dama tiene,

cuatro le promete en cuenta.

A la Guardia han llegado,

adonde el rebato suena,

Y junto del Río frío

gran batalla se comienza;

mas los moros eran muchos,

y hacen grande resistencia,

Porque los Abencerrajes

llevaban la delantera;

con ellos los Alabeces,

gente muy brava y fiera.

Mas los valientes cristianos

furiosamente pelean,

de modo que ya los moros

de la batalla se alejan;

Mas llevaron cabalgada,

que vale mucha moneda.

Con gloria quedó Jaén

de la pasada pelea.

Aqueste romance se compuso en memoria de esta escaramuza, aunque otros

la contaron de otra suerte: de la una o de la otra, la historia es la

que se ha contado.

El otro romance dice así:

Ya repican en Andújar,

en la Guardia dan rebato;

ya se salen de Jaén

cuatrocientos hijosdalgo:

Y de Úbeda y Baeza

se salían otros tantos;

todos son mancebos de honra,

y los más enamorados.

De manos de sus amigas

todos van juramentados

de no volver a Jaén

sin dar moro en aguilando;

y el que linda amiga tiene,

la promete tres, o cuatro.

Por capitán solo llevan

al obispo D. Gonzalo.

D. Pedro de Carvajal

de aquesta manera ha hablado.

«Adelante, caballeros,

que me llevan el ganado;

si de algún villano fuera,

ya le hubiérades quitado.

Alguno va entre nosotros

que se huelga de mi daño;

yo lo digo por aquel,

que lleva el roquete blanco.»

De esta suerte va este romance diciendo; pero este y el pasado

contienen una cosa en sustancia; y aunque son viejos, es bien traerlos

a la memoria, para que quien ignora el fundamento de la historia lo

sepa. Sucedió esta escaramuza en tiempo del rey Chico de Granada, el

año de mil cuatrocientos noventa y uno.

Volvamos al rey Chico de Granada, que estaba holgándose y descansando

en los Alijares, como atrás queda ya dicho, cuando le dijo el

caballero Zegrí, que los caballeros de Jaén eran de más valor que los

Abencerrajes, pues a su pesar los habían hecho retirar.

A lo cual respondió el rey:

--Bien estoy con eso; pero si no fuera por el valor y resistencia de

los valientes Abencerrajes y Alabeces, no tengo duda sino que fuéramos

desbaratados; mas ellos pelearon de tal suerte que salimos a nuestro

salvo, sin que nos quitasen la cabalgada del ganado que trajimos y de

algunos cautivos.

--Oh cuán ciego está vuestra majestad --dijo el Zegrí--, y cómo vuelve

por los que son traidores a la real corona; y es causa la mucha

bondad y confianza que vuestra majestad tiene de este linaje de los

Abencerrajes, sin saber la traición en que andan. Muchos caballeros hay

que la han querido decir, y no se atreven ni han osado respecto del

buen crédito y posesión en que vuestra majestad tiene a este linaje;

mas aunque no quiera yo lastimar vuestro real pecho con tan afrentosa

infamia, no puedo dejar de hacer lo que debo a leal vasallo, y dar

aviso de la traición y alevosía que se comete contra mi rey y señor; y

así digo, que no se fíe vuestra majestad de ningún Abencerraje, si no

quiere verse desposeído del reino, y muerto violentamente.

El rey dijo:

--Di, amigo, lo que sabes; no me tengas confuso ni me lo celes ni

encubras, que tu lealtad será bien pagada.

--No dejaré de obedecer a vuestra majestad, y para que se entienda la

publicidad que hay en el delito, y cuán a rienda suelta se van en él,

y qué poco temor tienen los Abencerrajes de vuestra real persona, y

cuán seguros y de asiento, por el buen predicamento en que los tenéis,

se están en su traición con la demasiada confianza que tienen de las

mercedes que cada día se les hacen, y que en la tierra no ha de haber

justicia contra ellos; asimismo para que se entienda que odio, rencor

ni envidia, no me mueve a revelar a vuestra majestad lo que ignora

para que lo remedie, sino que soy compelido de obligación y celo de la

honra de mi rey, haga vuestra majestad llamar a Mahandín Gomel, y a mis

sobrinos Mahomad y Alhamut, que saben bien la verdad de todo, y otros

cuatro primos de Mahomad Gomel, del mismo linaje, que ellos presentes

contaré el caso.

El rey los mandó llamar, y venidos hizo que saliesen de la sala real

todos los caballeros, salvo el acusador y los testigos falsos.

Y estando todos juntos, empezó el Zegrí, mostrando en lo exterior gran

pena, a decir estas palabras:

--Sabrá vuestra majestad, que todos los Abencerrajes están conjurados

contra vos para quitaros vuestro reino y la vida; y este atrevimiento

ha salido de ellos, porque trata lascivos y adúlteros amores con...

¡oh cielos, quién dirá esto, que el dolor no le acabe!... mi señora la

reina el Abencerraje Albín Hamete, que es el más poderoso y rico de

todos los caballeros de Granada. ¿Qué quiere vuestra majestad que diga,

sino que gastan sus haciendas con todos, por tenerlos propicios para

su intento? Y así generalmente el caballero, el pechero, el rico, el

pobre, quieren bien a este linaje, porque los tienen embaucados. Bien

se acordará vuestra majestad cuando en Generalife se hacía una zambra,

que entró el maestre a pedir desafío, y salió Muza en la suerte; pues

aquel día paseándonos por la huerta, yo y este caballero Gomel vimos en

una calle de arrayanes, debajo de un rosal, en deshonestos deleites a

la reina y al adúltero de Albín Hamete; y estaban tan embebecidos en

sus actos libidinosos, que no nos sintieron con estar tan cerca. Yo se

lo enseñé a Mahandín Gomel, y admirados del atrevimiento nos apartamos

un poco para ver el fin; y a poco espacio salió la reina, y se fue

hacia la fuente de los Laureles, y de allí adonde estaban sus damas.

Pasado gran rato vimos salir al alevoso de Albín Hamete cogiendo rosas

blancas y rojas, y de ellas hizo una guirnalda, y se la puso en la

cabeza: nosotros nos llegamos con disimulación a él, y le preguntamos

en qué se entretenía; a lo cual nos dijo: En ver esta deleitosa huerta,

que tiene en qué se esparza la vista; y dionos dos rosas a cada uno, y

nos venimos todos paseando hasta donde estaba vuestra majestad con los

caballeros. Quisimos avisar entonces, y no osamos, por no alborotar la

corte en caso de tanto peso. Esto pasa, no debo más a ley de caballero

de decir lo que he visto y sabido: lo que siento es que estoy con pena

y recelo, no se vea privar de la vida alevosamente a vuestra majestad.

¿Es posible que no se acuerde de aquel blasón que en el espolón de la

galera traía el bando Abencerraje en el día del juego de sortija? Era

un mundo hecho de cristal, y por letrero: _Todo es poco_; de suerte que

todo el mundo es poco para ellos; y en el alfanje de la popa un salvaje

desquijarando un león: este sois, señor, y ellos quienes os quitan la

vida. Mirad por vuestra persona: muera el adúltero aleve, y con ellos

la deshonesta reina, pues así ha afrentado vuestra real corona.

Sintió tanta pena en oír lo que el falso, aleve y traidor del Zegrí

le decía, que creyéndole, se cayó amortecido en tierra por muy gran

espacio de tiempo; y volviendo en sí, dio un doloroso suspiro diciendo:

--¡Oh Mahoma!, ¿en qué te ofendí? ¿Este es el pago que me das por

los bienes y servicios que te he hecho; por los sacrificios que

te tengo ofrecidos; por las mezquitas que te tengo hechas; por la

copia de incienso que he quemado en tus altares? ¡Oh traidor, cómo

me has engañado! No más traidores, vive Alá, que han de morir los

Abencerrajes, y la adúltera reina ha de morir en el fuego. Vamos a la

ciudad, préndase luego a la reina, que yo haré tal castigo que sea

sabido por todo el mundo.

Uno de los traidores, que era Gomel, dijo:

--No será acertado prender a la reina, mi señora, porque se pone

vuestra real persona en contingencias de perder la vida y alborotar

la ciudad, y que tome las armas Albín Hamete con todos los de su

linaje y bando, so color de defender a la reina; y esto les servirá

de instrumento para conseguir el efecto de su intención, más siendo

parciales de los Abencerrajes los Alabeces, Venegas y Gazules, que son

toda la flor Granada. Pero lo que se puede hacer para ser vengado, sin

alborotar la ciudad, es mandar que vengan a palacio uno a uno, y tener

allí veinte caballeros de confianza que los vayan degollando; y siendo

así hecho uno a uno, cuando el caso se venga a entender, ya no quedará

ninguno de todos ellos; y cuando se venga a saber por todos sus amigos,

y ellos quisieren hacer algo contra vuestra majestad, escarmentarán en

cabeza ajena, siendo en vuestro favor los Zegríes, Gomeles y Mazas, que

no son tan pocos, ni valen tan poco, que no os saquen a paz y a salvo

de todo peligro; y esto hecho, mandar prender a la reina, acusándola de

adúltera, y poner en tela de juicio el caso, siendo cuatro caballeros

los acusadores de vuestra parte, y que la reina señale otros cuatro

caballeros que la defiendan; y si estos por su buena suerte vencieren a

los acusadores, que se libre la reina; y si los defensores de la reina

fueren vencidos, que muera la reina conforme a la ley; y de esta forma

todos los del linaje de la reina, que son los Almoradís, y Almohades

y Marines, no se alterarán, viendo que va por vía de justicia, y sin

altercar. Esto es lo que siento para que sea vuestra majestad vengado,

y no se altere la ciudad.

--Buen consejo es --dijo el rey--, y de tan leales caballeros. Y decid,

¿quiénes serán los cuatro caballeros que pongan la acusación, y la

sustenten en batalla contra los defensores que pusiere la reina?

--No cuide de eso vuestra majestad --dijo el Zegrí--, que yo seré el

uno, y mi primo Mahandón el otro, y Mahandín el tercero, y su hermano

Abenhamete el cuarto.

--Pues vámonos a la ciudad --dijo el fácil rey--, y se dará la orden

que pide mi venganza.

¡Oh desdichada ciudad, y qué revuelta y cisma se te ordena por dar

crédito el mal aconsejado rey a las sirenas que le cantaban al oído!

Con esto se partieron a Granada, y en entrando en el Alhambra se fueron

al palacio real, adonde la reina con sus damas le salieron a recibir;

pero el rey no miró hacia la reina, sino pasó adelante sin detenerse,

de que no poco se espantó la reina; y confusa se retiró a su aposento

con sus damas, sin saber la causa del no usado desdén del rey, el cual

pasó lo que restaba del día con sus caballeros hasta la noche, y luego

cenó, y se fue a recoger, fingiendo estar indispuesto; y así todos los

caballeros se fueron a sus casas.

Toda aquella noche estuvo vacilando en cien mil pensamientos el

desventurado rey, y sin poder reposar, y entre la máquina de

confusiones, decía: «¡Oh sin ventura Abdalí, rey de Granada, cuán

cercana veo tu perdición y la de tu reino! Si matas a estos caballeros,

gran mal se te ordena; y si no castigas estos yerros, quedas

afrentado, y te valdría más la muerte. ¿Matarelos? Sí, que fue grande

su atrevimiento en cometer tal adulterio en ofensa mía, y tratar de

matarme por alzarse con el reino. Pero di, rey mal aconsejado, ¿no

sabes cuán recatada y honesta mujer tienes? ¿No conoces la bondad y

lealtad de los nobles Abencerrajes, y cuán sus mortales enemigos son

los Zegríes, y que puede ser que por esta vía pretendan venganza de

este virtuoso linaje? Verifica mejor la causa, ya que determinas la

venganza; pero ¿qué más verificación que quien lo vio? No se atreverían

a levantar tal testimonio, y más ponerse a sustentar en batalla lo que

dicen: no hay duda, sino que es verdad.»

En estas variedades pasó toda la noche, y venida la mañana se levantó;

y saliendo de su dormitorio, vio en la sala muchos Zegríes, Gomeles y

Mazas.

Y a esta sazón entró un escudero, y le dijo al rey cómo había venido

Muza de pelear con los cristianos, y traía ganadas dos banderas, y más

treinta cabezas, con lo cual se holgó; y apartando al Zegrí le dijo que

tuviese en aquel cuarto de los Leones treinta caballeros armados, y un

verdugo prevenido de lo necesario para lo que estaba tratado.

Luego el traidor del Zegrí salió del real palacio y puso por obra lo

que el rey le había mandado; y estando todos muy a punto, el rey fue

avisado de ello, y se fue al cuarto de los Leones donde estaba el falso

Zegrí con treinta caballeros Zegríes y Gomeles, muy bien aderezados,

y con ellos un verdugo; y al punto mandó llamar al Abencerraje, su

alguacil mayor. Fue un paje, y le dijo que el rey lo llamaba.

El Abencerraje fue a su real llamado; y así como entró en la cuadra de

los Leones, le asieron, y sin que pudiese hacer resistencia, en una

taza de alabastro muy grande en un instante fue degollado.

Asimismo llamaron a Albín Hamete, el cual decían haber adulterado; y de

esta suerte fueron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes de

los más principales de Granada, sin que nadie lo entendiese; y murieran

todos, si Dios nuestro Señor no favoreciese la causa, para que no

murieran tan abatidamente, por dar crédito a un falso traidor, y sin

haber más averiguación; y es muy cierto que sus obras no lo merecían,

porque eran muy caritativos, y amigos de los pobres, y de la verdad,

y de los cristianos; y aun dijeron los que miraban degollar a los

Abencerrajes, que llamaban a Cristo crucificado que les socorriese en

aquel lance, para que no se condenasen, y que morían cristianos.

Pues para que este linaje no pereciese, ordenó Dios que un paje de un

Abencerraje entró con su señor, y vio como le degollaron, y miró a

todos los muertos que él conocía, y luego se retiró hacia la puerta con

mucha disimulación; y al tiempo que abrieron para ir a llamar a otro,

salió el paje muy temeroso, y llorando la muerte de su señor.

Se salió del Alhambra, y junto a la fuente vio a Malique Alabez con

Abenámar y Sarracino, que iban a hablar al rey; y como los vio, se

llegó lloroso, y temblando y encogido, les dijo:

--Ay, señores caballeros, por Alá santo que no paséis más adelante, si

no queréis morir de mala muerte.

Alabez dijo:

--¿Cómo así?

Respondió el paje:

--Sabed, señor, que en el cuarto de los Leones hay muchos caballeros

degollados, y todos de los Abencerrajes, y mi señor con ellos, que le

vi degollar, porque entré con mi señor, que allá no fuéramos, y lo vi

todo, y no repararon en mí, porque así lo permitió el santo Alá, y

cuando tornaron a abrir la puerta falsa, me salí, y vengo sin mi señor,

y aun sin mí, por lo que mis ojos han visto: por Mahoma que pongáis

remedio en aquesto.

Muy admirados quedaron los tres caballeros, y mirándose unos a otros,

no sabían si darían crédito o no a lo que el paje decía, y dijo

Abenámar:

--Gran traición hay, si esto es verdad.

Dijo Sarracino:

--Pues ¿cómo sabremos si es cierto?

--Yo os lo diré --dijo Alabez--: quedaos, señores, aquí, y si viereis

salir algún caballero Abencerraje, o de otro linaje, no le dejéis pasar

adelante, sino entretenedle en tanto que voy a la casa real, y sabré lo

que pasa, y volveré con brevedad.

--Alá os guarde --dijo Abenámar--, aquí aguardaremos.

Malique subió al Alhambra, y al entrar por la puerta vio venir un paje

del rey muy apriesa, y díjole:

--Adónde con tal priesa.

Respondió el paje:

--A buscar un Abencerraje.

--¿Quién le llama? --dijo Malique.

--El rey mi señor --respondió el paje. Y si queréis hacer una buena

obra, bajad a la ciudad, y avisad a todos los Abencerrajes que salgan

de Granada, porque les conviene, si no quieren verse en el trance cruel

que se ejecuta en el cuarto de los Leones, y quedaos en paz.

Estando cierto y satisfecho de lo que deseaba saber, se volvió Malique

adonde había dejado a Sarracino y Abenámar, y les dijo:

--Amigos y señores, verdad es lo que ha dicho el paje; cierta es

la traición y muerte que se ejecuta en los Abencerrajes: todo el

suceso me ha contado un paje del rey, y me dijo que diese aviso a los

Abencerrajes.

--¡Válgame Alá! --dijo Sarracino--: que me maten, si los Zegríes no

andan en esta traición: vamos a la ciudad y demos aviso para que se

ponga algún remedio.

--Vamos --dijo Abenámar--, que en esto no quiere haber descuidos.

Y diciendo así, se bajaron todos tres a la ciudad, y antes de llegar

a la calle de los Gomeles, vieron al capitán Muza, y más de veinte

caballeros Abencerrajes de los que habían ido a la Vega a pelear con

los cristianos, que iban a dar cuenta al rey de aquella jornada.

Y Malique Alabez les dijo:

--Caballeros, poneos en cobro, si no queréis morir por traición: más de

treinta de vuestro linaje ha mandado el rey matar.

Los Abencerrajes espantados no respondieron, pero el valeroso Muza dijo:

--Por la fe de caballero, que si hay traición, que andan en ella los

Zegríes y Gomeles, porque ninguno salió al rebato, ni parecen por

toda la ciudad; y sin duda que están en el Alhambra con el rey, y son

culpantes en las inocentes muertes de estos nobles caballeros: vénganse

todos conmigo, que yo pondré remedio conveniente.

Así se volvieron con el valiente Muza a la ciudad; y en llegando a la

plaza nueva, como era capitán general, llamó a un añafil, le mandó que

tocase a recoger a priesa, y él lo hizo; y oído el añafil, en un punto

se juntaron muchos caballeros y soldados en casa de sus capitanes, y de

allí vinieron a la plaza nueva, y se juntaron mucha gente de a pie, y

también de a caballo; y aunque hubo muchos caballeros principales y de

los mejores de Granada, no habían entrado entre ellos ningunos Zegríes,

Gomeles ni Mazas, por donde se acabaron de satisfacer sobre que los

Zegríes andaban en aquella traición.

Cuando Alabez vio esta gente junta, halló buena ocasión para saber la

traición que se ejecutaba en los inocentes caballeros; y así puesto

enmedio de todos, comenzó a decir en alta voz de aquesta manera:

--Caballeros, señores y amigos míos, y todos los que me oís, sabed

que hay gran traición: el rey Chico ha mandado degollar a muchos de

los caballeros Abencerrajes, y si no fuera la traición descubierta

por orden del santo Alá, ya estuviéramos todos degollados. Alto a la

venganza, no queramos rey tirano, que así mata a los caballeros que

defienden su tierra.

No había acabado Alabez de decir estas palabras, cuando toda la gente

plebeya comenzó a dar grandes voces y alaridos, apellidando toda la

ciudad, y diciendo:

--Traición, traición, que el rey ha muerto a los Abencerrajes: muera el

tirano, muera el tirano: no queremos rey traidor.

Esta voz comenzó a divulgarse por toda la ciudad con un furor

diabólico; todos tomaron armas a muy gran priesa, y comenzaron a

subir al Alhambra, y en breve espacio se juntaron más de catorce mil

hombres de todas suertes y otros muchos caballeros; y más de doscientos

Abencerrajes que habían quedado, y con ellos Gazules, Venegas,

Almoradís, Almohades y Azarques, y todos los demás caballeros de

Granada, los cuales decían a voces:

--Si esto se consiente, otro día matará otro linaje de los que quedan.

Era grande la vocería y rumor que había; gritos de los hombres,

alaridos de las mujeres y llorar de niños.

Finalmente, estaba todo tan alborotado, que parecía quererse asolar la

ciudad con armas, y anegarla en lágrimas, y todo se oía en el Alhambra;

y recelando lo que era, el rey muy temeroso mandó cerrar las puertas,

teniéndose por mal aconsejado en lo que había hecho, y espantado de

que se hubiese descubierto tan presto aquel secreto.

Llegó, pues, el tropel y confusión de gente al Alhambra, dando alaridos

y voces, diciendo:

--Muera el tirano, muera.

Y como vieron cerradas las puertas del Alhambra mandaron traer fuego

para quemarlas, lo cual luego fue hecho, y por cuatro o seis partes fue

puesto fuego con tanto ímpetu, que ya se empezaba a arder.

Y el rey Mulahacén, padre del rey Chico, como sintió tan grandísima

revuelta y ruido, siendo ya bastantemente informado de lo que era, muy

enojado contra el rey su hijo, y deseando le matasen, mandó abrir una

puerta falsa del Alhambra, diciendo que él quería salir a apaciguar

aquel alboroto; pero no bien fue abierta, cuando estaban más de mil

hombres para entrar por ella; y como vieron al rey viejo le alzaron en

peso y dijeron:

--Este es nuestro rey, y no otro: viva el rey Mulahacén.

Y dejándole con buena guardia, entraron por la puerta muchos caballeros

Abencerrajes, Alabeces y Gazules con más de cien peones.

El rey mandó cerrasen la puerta falsa, y que defendiesen la entrada,

porque no hubiese dentro del Alhambra más mal del que se esperaba

ver; pero poco aprovechó esta diligencia, porque la gente que había

entrado era bastante a destruir cien Alhambras, y andaba por las calles

diciendo: «Muera el rey Chico y los demás traidores», y con este

ímpetu entraron en la casa real, donde vieron solo a la reina y a sus

damas casi muertas, no sabiendo la causa de tan grande alboroto; y

preguntando dónde estaba el mal rey, no faltó quien les dijo que en el

cuarto de los Leones.

Luego el tropel de la gente fue allá, y vieron las puertas con fuertes

cerraduras; pero muy poco les sirvió su fortaleza, porque las hicieron

pedazos, y entraron dentro a pesar de los Zegríes que allí había, que

defendían la entrada; y entrando los caballeros Abencerrajes, Gazules

y Alabeces, viendo la mortandad de los Abencerrajes que había en aquel

patio, a quien el rey había mandado degollar, se ensañaron de tal

suerte, que si cogieran al rey y a los traidores, no se satisfacieran

con que murieran degollados, sino que les buscaran mil géneros de

penas para mitigar la mucha que ellos tenían; y acometieron todos a

más de quinientos Zegríes, Gomeles y Mazas que estaban allí en defensa

del rey diciendo: «Mueran los traidores que tal traición han hecho y

aconsejado»; y con ánimo furibundo dieron en ellos a cuchilladas.

Los Zegríes y los de su parte se defendían poderosamente, porque

estaban bien alistados de armas, y apercibidos para aquel caso; mas

poco les valió todo esto, que allí los hacían pedazos, porque en menos

de una hora ya tenían muertos más de doscientos caballeros Zegríes,

Gomeles y Mazas, y siguiendo su porfía iban matando e hiriendo más de

ellos.

Allí era el ruido y vocería, allí acudía toda la gente que subía de

la ciudad, y siempre diciendo: «Muera el tirano y los traidores.» Fue

tal la destrucción que los Abencerrajes, Alabeces y Gazules hicieron,

y tal la venganza, que de todos los Zegríes, Gomeles y Mazas que allí

estaban, no se escapó ninguno con vida. El desdichado rey se escondió,

que no pudo ser descubierto.

Esto hecho, los caballeros muertos los bajaron a la ciudad y los

pusieron sobre paños negros en la plaza Nueva, para que toda la ciudad

los viese, y se moviese a compasión viendo un tan doloroso y triste

espectáculo, y la crueldad que con ellos se usó.

Toda la gente andaba por la Alhambra buscando al rey con tal alboroto,

que parecía hundirse todas las casas y torres; y si tempestad y ruido

había allí, no menos alboroto y llanto había en la ciudad.

Todo el pueblo en común lloraba a los muertos Abencerrajes. En

particulares casas lloraban a los muertos Zegríes, Gomeles y Mazas, y

a otros que murieron en esta refriega. Por este conflicto y alboroto

desventurado se dijo este

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 26 / 43 题