_En que se da cuenta de una pendencia que los Zegríes tuvieron con los
Abencerrajes, y cómo estuvo Granada a punto de perderse._
Puestos los caballeros en cura partió Muza a Granada, llevando el
caballo de Albayaldos consigo, y puesto el sol llegó a la ciudad;
y entrando por ella se rebozó con el cabo del capellar por no ser
conocido, y así llegó al Alhambra a hora que el rey su hermano se
sentaba a cenar; y apeándose, dio los caballos a uno de la guardia, y
se entró en el real aposento. El rey se maravilló de verle venir de
camino, y le preguntó dónde había estado aquel día. Muza le dijo:
--Señor, cenemos, y después os diré cosas de que os admiréis.
Cenaron, que bien lo había menester Muza, y acabada la cena contó por
extenso la muerte de Albayaldos, las heridas de Alabez, y la escaramuza
de Gazul y Reduán, con lo cual fue el rey muy suspenso, y sintió la
muerte de Albayaldos; y el día siguiente se publicó por la ciudad, y
todos hicieron mucho sentimiento, y en particular su primo Aliatar, que
juró de vengar su muerte, aunque le costase la vida.
Todos los caballeros fueron a darle el pésame a Aliatar; los primeros
fueron los Zegríes, Gomeles, Venegas, Mazas, Gazules, y Bencerrajes,
y otros muy principales caballeros de la corte, y a la postre fueron
Alabeces y Abencerrajes; y puestos todos en sus asientos, como en casa
de un principal caballero, después de haberle dado el pésame, se trató
si sería bueno hacer por él el debido sentimiento, como por semejantes
hombres se suele hacer.
Para esto hubo grandes pareceres, porque unos decían que no, por cuanto
siendo Albayaldos moro, al tiempo de su muerte se volvió cristiano.
Los Venegas decían que no importaba eso; que sería bien que sus deudos
y amigos hiciesen sentimiento, así por los unos, como por los otros.
Los Zegríes decían que pues Albayaldos se había vuelto cristiano, que
no se holgaría Mahoma de que ellos hiciesen sentimiento, porque se
había apartado de su secta, y esto era guardar derechamente el rito del
Alcorán.
Los Abencerrajes decían que el bien que se había de hacer fuera por
amor de Alá, y que si Albayaldos se había vuelto cristiano a la hora de
su muerte, que aquel secreto solo Dios lo sabía, y que no por esa causa
se dejase de hacer el debido sentimiento.
Un Zegrí llamado Abenámar dijo:
--O el moro moro, o el cristiano cristiano: dígolo, porque en esta
ciudad hay caballeros que cada día envían limosnas a los cautivos
cristianos que están en las mazmorras del Alhambra, y les dan de comer,
y son los caballeros que digo los Abencerrajes.
--Decís verdad --dijo Abinhamad, Abencerraje--, que todos nos preciamos
de hacer bien a los cristianos y a cualquier necesitado, porque los
bienes los da el santo Alá para hacer bien por su amor; pues los
cristianos dan limosnas a los moros en nombre de Dios, y por su amor lo
hacen, y yo que he estado cautivo lo sé, porque las he visto dar, y a
mí me han hecho bien; y en reconocimiento de esto yo y mis parientes
hacemos la limosna que podemos a los cautivos cristianos, que por
ventura lo estaremos nosotros algún día. Y a cualquier caballero que le
pareciere mal, es muy ruin, y siente poco de caridad; y tóquele a quien
le tocare: cualquiera que dijere que hacer limosna a quien la pide no
es bueno, miente, y lo sustentaré.
El valeroso Zegrí, ardiendo en saña, por verse desmentido, sin
responder alzó la mano para herirle en el rostro al Abencerraje, el
cual reparó el golpe en el brazo izquierdo; pero no fue tan bueno el
reparo, que por eso dejase el Zegrí de alcanzarle en el rostro con las
yemas de los dedos, de lo cual se sintió el Abencerraje, y rabioso
como un león hircano, en viva cólera ardiendo, puso mano a la daga,
y antes que se moviera un paso el Zegrí, le dio dos puñaladas, ambas
penetrantes: al momento cayó muerto a los pies del Abencerraje.
Otro caballero Zegrí embistió al Abencerraje para herirle con un puñal;
pero no pudo, porque con gran presteza le asió del brazo derecho el
Abencerraje, de modo que el Zegrí no pudo hacer lo que pretendía, y el
animoso y esforzado Abencerraje le dio una herida en el estómago, con
la cual cayó muerto.
Los Zegríes que allí había, que eran más de veinte, pusieron mano a las
armas, diciendo:
--Mueran los traidores Abencerrajes.
Los Abencerrajes se pusieron en defensa. Los Gomeles fueron en favor de
los Zegríes, y serían más de veinte, y con ellos otros tantos Mazas.
Lo cual visto por los Alabeces y Venegas, fueron en favor de los
Abencerrajes, y entre estos seis linajes de caballeros se comenzó una
revuelta brava y reñida, que en muy poco tiempo fueron otros cinco
Zegríes muertos y tres Gomeles, y dos de los Mazas, y en estos tres
linajes hubo catorce heridos. De los Abencerrajes no hubo muerto, mas
hubo diez y siete heridos: a uno le cortaron un brazo a cercén. De los
Alabeces murieron tres, y hubo ocho muy mal heridos. Algunos Venegas
salieron heridos, y dos muertos. Mucho mayor fuera la desgracia, si
Aliatar y otros caballeros no se pusieran enmedio; y algunos de los que
ponían paz salieron heridos.
Con esta riña, que parecía hundirse Granada, salieron todos a la calle
continuando su pendencia; pero como los moros que ponían paz eran
muchos, y de mucho valor, que eran Sarracinos, Bencerrajes, Gazules,
Almohades y Almoradís, tanto hicieron que los pusieron en paz, aunque
con dificultad, porque los de la pendencia eran muchos, y había muertos
de por medio.
El rey Chico fue avisado de lo que pasaba, y salió del Alhambra, y
fue adonde era la cuestión, y aún no estaba de todo punto el negocio
acabado. Los caballeros de la pendencia, así como reconocieron al rey,
se apartaron, y se fue cada uno por su parte.
Hecha la averiguación del caso, mandó prender a los caballeros
Abencerrajes, les dio por cárcel la Torre de Comares, y a los Zegríes
mandó poner en las Torres-Bermejas, a los Gomeles en la Alcazaba, a
los Mazas en el castillo de Bibatambién, a los Alabeces en la casa
y palacio de Generalife, y los Venegas en una torre fuerte de los
Alijares; y el rey muy enojado se subió al Alhambra, diciendo:
--Por Mahoma juro, y por mi corona, que he de apaciguar estos bandos,
con quitar seis cabezas a cada linaje.
Los caballeros que le iban acompañando le suplicaron que no hiciese
tal, porque eran la mapa de la ciudad, y todos bien emparentados; y si
hacía cualquier castigo, se alborotaría la ciudad, y aun todo el reino,
y habría un escándalo, que quisiese luego remediarlo, y no pudiese;
que lo mejor sería hacerlos amigos, a cuyo trabajo y cuidado ellos se
obligaban.
Finalmente, aplacado algún tanto el rey con lo que dijeron los
caballeros, les encargó que hiciesen con brevedad las amistades.
Hicieron tanta diligencia los Aliatares, Bencerrajes y Almoradís, que
en espacio de cuatro días todos los caballeros que riñeron, fueron
amigos, y las muertes perdonadas, llevando las justicias gran cantidad
de dinero para la Cámara real.
Esto pasado soltaron a los presos, cuando los Zegríes muy lastimados
apellidaron entre ellos venganza de tanto daño y deshonra, y para
contrastarla, se juntaron un día todos los Zegríes y Gomeles en un
jardín muy deleitoso de una huerta junto a Darro, y después de haber
comido todos a una mesa, estando sentados por su orden, un caballero
Zegrí, a quien los demás respetaban por mayor y cabeza de ellos,
hermano de aquel Zegrí que mató Alabez en el juego de cañas, comenzó a
hablar, mostrando grande tristeza, y a decir así:
--Valerosos caballeros Zegríes, deudos y amigos míos, y vosotros los
Gomeles, advertid lo que quiero deciros con lágrimas de sangre. Ya
sabéis en cuánto se debe estimar la honra; cuánto cuesta conservarla,
y que en un instante se pierde; y una vez perdida, no se cobra jamás:
dígolo, porque en Granada nosotros los Zegríes, y vosotros los
Gomeles, estamos puestos en el trono y alteza que podemos desear: el
rey nos estima, la ciudad nos ama, riquezas tenemos abundantemente,
y estos caballeros mestizos Abencerrajes procuran quitarnos el honor
y abatirnos, y nos han muerto a mi hermano, y otros tres o cuatro
deudos, y asimismo de los caballeros Gomeles, haciendo de nosotros
infame menosprecio. Todo esto pide entera venganza; porque si no la
procuramos presto, harán los Abencerrajes que no seamos nada, y que
nadie nos estime; y para el reparo es menester, por todas las vías y
modos que se pudiere, que busquemos cómo seamos vengados, y nuestros
enemigos aniquilados y destruidos, porque nos quedemos en nuestra honra
permanecientes. No se puede hacer por fuerza de armas, respecto que el
rey puede proceder contra nosotros; pero tengo imaginado un buen medio,
aunque no es a ley de caballeros, sino para vengarnos de nuestros
enemigos.
Un caballero de los Gomeles respondió:
--Señor Zegrí Mahomad, ordenad lo que conviene, que aquí os seguiremos.
--Pues sabed --dijo el Zegrí-- que he determinado poner mal a los
Abencerrajes con el rey, de modo que ninguno viva, diciendo que
Albid Hamete, cabeza de ellos, cometió adulterio con la reina; y he
de atestiguar con vosotros, y habéis de decir que es verdad lo que yo
digo, y que a quien nos contradijere, se lo daremos a entender; y que
los Abencerrajes le pretenden matar y quitar el reino, y con esto sin
duda que el rey los mandará degollar a todos; y dejadme el cargo, que
yo daré la orden para ello. Este es mi pensamiento, amigos y parientes,
ahora dadme vuestro parecer, y sea con secreto, porque ya veis lo que
importa.
Acabando el Zegrí su diabólica y mal pensada razón, todos dijeron a una
que estaba bien acordado, y que se hiciese así, que todos favorecerían
su intención. Luego fueron señalados dos caballeros de los Gomeles para
que el Zegrí y ellos propusiesen el caso delante del rey.
Acabada de tratar esta tan insolente traición, fueron a la ciudad,
donde estuvieron con su dañado pensamiento aguardando tiempo y lugar
para ponerlo en ejecución; y así los dejaremos a ellos, y volveremos al
moro Aliatar, que estaba enojado por lo que en su casa había sucedido,
y triste por la muerte de su primo Albayaldos, y juró de vengar su
muerte, y propuso de ir a buscar al maestre para matarle; si pudiese;
y para esto no quiso dilatar más su deseo, sino luego se puso un jaco
acerado sobre un estofado jubón, y una marlota leonada sin guarnición,
y púsose un acerado casco, sobre él un bonete leonado, y en él un
penacho negro.
Trajéronle un caballo enjaezado de negro, lanza y adarga negra,
sin otra señal ni divisa; salió tan gallardo y brioso, que pocos le
igualaron en la ciudad, y llegando a la plaza nueva, vino bajando el
camino de Antequera para buscar al maestre, o a otros cristianos en
quien vengar la muerte de su primo Albayaldos.
Habiendo pasado de Loja vio un escuadrón de cristianos, que venía para
entrar en la Vega, los cuales traían un pendón blanco y una señal roja,
la cual era la cruz de Santiago, y por capitán de esta gente venía el
maestre de Calatrava, que ya estaba sano de sus heridas por haberlas
curado con precioso bálsamo.
Aliatar conoció ser aquesta señal del maestre, porque él le había visto
muchas veces en la Vega; y arrimándose al escuadrón, dijo en voz alta:
--¿Por ventura viene aquí el maestre de Calatrava?
El maestre que esto oyó, se adelantó de su gente, y le dijo al moro:
--¿Para qué preguntas por él?
--Quería hablarle --dijo el moro.
--Si no es para más, yo soy, decid lo que queréis.
Aliatar mirando al maestre le conoció luego en la cruz, y arrimándose a
él sin ningún temor y sin saludarle, le dijo:
--Maestre esforzado, con razón os podéis llamar el caballero más
dichoso del mundo, pues habéis alcanzado victoria de tantos y
tan buenos caballeros, y más con la que alcanzasteis de mi primo
Albayaldos, gloria y espejo de todos los caballeros de Granada, que es
tanto el sentimiento mío, que muero en pensarlo. Mi venida es en busca
vuestra para vengar la muerte de mi primo, acudiendo a la obligación
que tengo; y pues os he topado, holgaré cumpláis mi deseo; y si
muriere en la escaramuza, partiré consolado, por morir a manos de tan
principal caballero, y por hacer compañía a mi amado primo.
A lo cual respondió el maestre:
--Holgárame, Aliatar, que ya que me habéis topado habiéndome buscado,
que fuera para cosa que yo os pudiera servir, que juro como caballero,
que en mí tendréis eterna amistad, y me holgaría que no hiciésemos
escaramuza, porque vuestro primo hizo el deber como caballero; quiso
Dios llevárselo al cielo, porque al tiempo de su muerte le conoció, y
pidió el agua del bautismo, y se volvió cristiano: ¡Dichoso él, pues
goza de Dios! Por eso no querría que tuviésemos escaramuza sin haber
para qué, sino ved si os puedo servir en algo, que lo haré por vos.
--En mucho estimo la merced que me hacéis, señor maestre --respondió
Aliatar--: por ahora no se me ofrece cosa en que me la hagáis, sino que
me clama la sangre de mi primo Albayaldos, y querría que no dilatásemos
la escaramuza; asimismo quisiera me aseguréis que de los vuestros no
seré ofendido, sino que solo con vos he de lidiar.
--Mucho me holgara --dijo el maestre-- que no pasarais adelante con
vuestro intento; pero pues esta es vuestra voluntad, hágase lo que
queréis. En lo que pedís, que no seáis ofendido de los míos, yo os doy
seguro de ello.
Diciendo esto alzó las manos a su gente, haciendo señal que se
retirasen de allí, y esta era bastante señal de seguro.
La gente luego se retiró; lo cual visto por el moro, dijo al maestre:
--Ea, caballero, ya es tiempo de comenzar nuestra escaramuza, y
diciendo esto movió su caballo a media rienda, escaramuceando con
gracia.
El maestre, hecha la señal de la cruz, alzó los ojos al cielo diciendo:
--Por vuestra Santísima Pasión, Señor mío Jesucristo, que me deis
victoria contra este pagano.
Y diciendo esto, con bravo ánimo arremetió su caballo por el campo,
escaramuceando contra el moro; y aunque no estaba sano de las heridas
que le dio Albayaldos, y le impedían para pelear, su gallardo ánimo
suplía los defectos de sus heridas, y notando la braveza de Aliatar,
su denuedo y ligereza de escaramucear, dijo entre sí: «Conviene andar
cuidadoso porque este moro no alcance victoria, lo cual no permita
Dios»; y diciendo esto sosegó su caballo, viniéndose despacio, y los
ojos puestos siempre en su enemigo para ver lo que haría.
El moro que vio andar así al maestre, no sabiendo la causa, se le fue
acercando para hacerle algún daño; y estando cerca de él, confiado
en el valor de su brazo, enderezó para dar el golpe, entendiendo que
el maestre no estaría en el caso advertido; y levantándose sobre
los estribos le arrojó la lanza con tanto ímpetu, que el hierro y
banderilla iban rechinando por el aire.
El maestre que vio desembrazar la lanza con tan gran violencia, y que
el asta venía crujiendo por el aire, con gran presteza arremetió su
caballo y se apartó hacia un lado, hurtándole el cuerpo, de modo que
pasó por delante, y se clavó en la tierra sin hacer efecto.
Habiéndose el maestre apartado con tal presteza, y cual halcón suele
asaltar a los astutos gorriones, arremetió al moro para herirle; el
cual no osó aguardar, porque le vio venir con violencia, y revolviendo
el caballo fue adonde estaba clavada la lanza; y llegando tiró de ella
y la sacó del suelo con una presteza admirable; y revolviendo para
herir al maestre, le vio tan cerca de sí, que le venía a los alcances,
que no se pudo hacer otra cosa sino embestirse el uno al otro, y
diéronse dos grandes encuentros.
El moro dio a su contrario en el escudo y se lo falseó, y le hirió en
el pecho de una mala herida. El golpe que el maestre dio fue muy bravo,
porque rompió la adarga del moro, aunque era muy fuerte, y el jaco
acerado, y le hizo una mala herida por la cual salía mucha sangre.
Bien sintió el moro que estaba mal herido, pero no por eso mostró punto
de desmayo, antes con más ánimo arremetió al maestre, blandeando la
lanza como si fuera un junco.
El maestre usó de maña con él, que al tiempo que se hubieron de
encontrar los dos, ladeó un poco su caballo, de suerte que le dio
Aliatar en la adarga al soslayo, y aunque la rompió no entró el hierro
en la carne. El maestre le dio de través en lo descubierto, y le hizo
una mala herida.
El moro, encendido en ira rabiosa, casi desesperado, arremetió al
maestre para herirle, pero guardábase de los golpes con gran ligereza.
Y visto por el moro la grande destreza del maestre, maravillado detuvo
su caballo y le dijo:
--Cristiano caballero, si queréis, y es vuestro gusto, fenezcamos
nuestra escaramuza a pie pues ha gran tiempo que combatimos a caballo.
El maestre dijo que le placía, y se alegró, porque era grande la
destreza que tenía a pie; y así se apearon los dos fuertes guerreros, y
embrazando sus escudos, con las armas en las manos se acometieron con
tanta fortaleza, como dos bravos leones; pero poco le valió al moro su
braveza, que tenía poderoso enemigo.
Heríanse por todas partes, procurando cada uno dar la muerte a su
contrario, y así andaban los dos muy encarnizados: llevaba el moro
lo peor, aunque no lo sentía, porque de dos heridas destilaba mucha
sangre, y tanta, que donde Aliatar ponía los pies quedaba rastro; mas
como era el moro valiente, y de tan animoso corazón, no lo sentía, y
así se mantenía en su escaramuza.
A esta sazón tiró el maestre un revés a su enemigo, y le cortó la
adarga como si fuera de seda; lo cual visto por el moro lo sintió, y
muy sañudo dio un golpe al maestre por encima de su escudo, que parte
de él vino al suelo; y como el maestre lo alzó por defender la cabeza,
la punta del alfanje alcanzó con tal valor, que el acerado casco del
maestre fue roto, y quedó herido en la cabeza: la herida no fue grande,
respecto que el alfanje le tocó por los extremos, pero salíale tanta
sangre que le bañaba los ojos, de modo que le turbaba; y si a la sazón
el moro no anduviera tan debilitado por la falta de sangre, el maestre
corría peligro, porque como el moro vio tanta sangre por el rostro del
maestre, cobró ánimo, y comenzó a herirle bravamente; mas como estaba
desangrado, no pudo acometer al maestre como quisiera ni mostrar su
valor: con todo eso ponía en aprieto al maestre, el cual como se vio
tan perseguido del moro, y que tanta sangre le salía de la herida de
la cabeza, de todo punto enojado, poniendo la vida en mucho riesgo,
cubierto lo mejor que pudo con la parte de escudo que le quedaba,
acometió a Aliatar, llevando su espada de punta.
El moro que le vio venir no le rehusó que también le embistió, pensando
con aquel golpe fenecer la escaramuza. El maestre le hirió de punta
al moro con gran furia, de suerte que la espada entró hasta lo más
escondido de sus entrañas; mas no pudo hacer tan a su salvo el maestre
esta herida, que él no quedase mal herido de otra en la cabeza; de tal
suerte, que aturdido vino al suelo, derramando mucha sangre.
El moro que vio al maestre en tierra y cubierto de sangre, entendió que
era muerto, y fue para cortarle la cabeza; pero cuando se movió para
ello cayó en tierra muerto, a causa de haberle pasado las entrañas.
A esta sazón el maestre volvió en sí, y viéndose puesto en tal estado,
receloso que el moro viniese sobre él, con presteza se levantó, y
mirando a Aliatar le vio tendido en el suelo que no se movía: entonces
se hincó de rodillas, y dio muchas gracias a Dios por la victoria, y
levantándose se fue al moro y le cortó la cabeza y la arrojó en el
campo.
Luego tocó la corneta, y al sonido vino su gente, y vista la victoria
se holgaron; y como le hallaron tan mal herido les pesó mucho, y
cogiendo los caballos le dieron el suyo al maestre, y el del moro
cogieron de la rienda, y la cabeza de Aliatar puesta en el pretal,
despojado el cuerpo de ropas y armas, se fueron para curar al maestre,
el cual quedó de esta escaramuza con mucha honra; y por ella se hizo
aquel antiguo romance que dice así:
De Granada sale el moro
que Aliatar era llamado,
primo hermano del valiente
y esforzado Albayaldos;
Aquel que mató el maestre
en el campo peleando.
Sale a caballo este moro
de finas armas armado,
Sobre ellas una marlota
de damasco leonado;
leonado era el bonete,
negro el plumaje azulado.
La lanza también es negra,
adarga negra ha tomado;
también el caballo es negro,
de valor muy estimado.
No es potro de pocos días,
de diez años ha pasado;
tres cristianos se lo cuidan,
y él mismo les da recado.
Sobre tal caballo el moro
se sale muy enojado;
llegando a la plaza nueva
hacia Darro no ha mirado,
Aunque pasó por la puerta,
según va encolerizado;
sale por la puerta Elvira
y por la Vega se ha entrado.
Camino va de Antequera
en Albayaldos pensando,
topar desea al maestre
para vengarse a su salvo;
Y en llegando junto a Loja
un escuadrón ha encontrado;
todo es de lucida gente,
por señas un pendón blanco,
En medio una cruz roja
del Apóstol Santiago.
Llegándose al escuadrón
sin temor ha preguntado,
«Si venía allí el maestre
que D. Rodrigo es llamado.»
El maestre allí venía,
de su gente se ha apartado,
Y dijo: «¿Qué buscas, moro?
Yo soy el que has demandado.»
Conócele luego el moro
por la cruz que trae al lado,
Y también en el escudo
que lo tiene acostumbrado:
«Dios te guarde, buen maestre,
buen caballero estimado:
Sabrás que soy Aliatar,
de Albayaldos primo hermano,
a quien tú diste la muerte,
y le volviste cristiano;
Y ahora soy yo venido
solamente por vengarlo:
apercíbete a batalla,
que aquí te aguardo en el campo.»
El maestre que esto oyó,
no quiso más dilatarlo:
vase el uno para el otro,
muy grande esfuerzo mostrando.
Dábanse grandes heridas
reciamente peleando:
el maestre es valeroso,
el moro no le ha durado.
Finalmente le mató
como varón esforzado;
cortárale la cabeza,
y en el pretal la ha colgado.
Volviose para su gente
muy malamente llagado,
y su gente le llevó
donde fue muy bien curado.
A cuatro días que pasó esta escaramuza, se supo en Granada como Aliatar
murió a manos del maestre, lo cual sintió mucho el rey, viendo que en
tan poco tiempo le había muerto dos tan buenos caballeros, como eran
Aliatar y Albayaldos.
También lo sentían todos los caballeros, y la alegría de los días
pasados se volvió en tristeza y pesar por la muerte de estos dos tan
principales; lo cual visto por el rey, acordó con su consejo, que se
volviesen a alegrar, y ordenose que todos los caballeros que jugaron
en la sortija pasada, se casasen con las damas; que se hiciese sarao
público, y se cantase y danzase la zambra, que es fiesta entre moros
muy estimada, y que se corriesen toros, y hubiese juego de cañas. Y
para esto dio el rey orden al valeroso y valiente Muza, el cual se
encargó de hacer las cuadrillas del juego, y de hacer traer los toros.
Grande contento sintieron los caballeros mancebos que tenían damas; y
así toda la ciudad tuvo tanta alegría como de antes, y aun más, porque
luego los caballeros comenzaron a ordenar juegos y máscaras de noche
por las calles, mandando poner grandes hogueras y luminarias por toda
la ciudad, de suerte que la noche parecía día.
Será bueno decir quiénes fueron los caballeros y damas que se casaron.
El fuerte Sarracino con la linda Galiana; Abindarráez con la hermosa
Jarifa; Abenámar con Fátima; Malique Alabez con la linda Cobaida, que
ya le habían traído de Arbolote, y estaba de todo punto sano de sus
penetrantes heridas; Azarque con Arbolaya; un caballero Almoradí con
la bella Sarracina; un caballero Abencerraje con Celima: todos estos
caballeros y damas nombradas fueron casados en la misma sala real, en
la cual hubo dos meses de fiesta y zambra.
Como los caballeros y damas ya nombradas era toda gente principal, y
la flor de la ciudad de Granada, se hicieron grandísimos gastos, así
en comidas, como en ricas ropas, oros y sedas; de manera que la ciudad
estaba en esta sazón la más rica y opulenta, y más alegre y regocijada
que había estado en ningún tiempo.
Fuera gran bien para los moradores de la ciudad y para todo el reino,
que siempre estuvieran en tranquilidad y concordia; pero como la rueda
de la fortuna es mudable, presto volvió lo de arriba abajo, y dio con
todo en el suelo, convirtiendo tantos placeres y regocijos en tristes
llantos, como adelante diremos.
Muza, como hombre a quien habían hecho cargo de las fiestas, presto
concertó las cuadrillas del juego, tomándose él un puesto con treinta
caballeros Abencerrajes, y dando el otro puesto a un caballero Zegrí,
hermano de Fátima, mancebo de valor; y este señaló otros treinta
Zegríes, deudos suyos, para el juego, el cual había de ser en la plaza
de Vivarrambla, donde se habían de correr los toros; y traídos un
día señalado, los corrieron con mucha alegría de toda la ciudad, en
presencia del rey y la reina, y de toda la corte. Congregáronse de la
ciudad y forasteros mucha gente a la fama de las fiestas reales.
Ya se habían corrido cuatro toros muy bravos, y el quinto estaba en
la plaza, cuando entró por ella un caballero en un lucido caballo; la
marlota y capellar eran verdes, como quien vivía con esperanza, las
plumas verdes con argentería de oro. Con él salieron seis con la misma
divisa de su librea, y cada uno con un rejón negro en la mano, y unas
listas de plata.
Grande contento dio el caballero a todos los que estaban mirando las
fiestas, y más a la hermosa Lindaraja, porque luego conoció a Gazul,
que ya estaba sano de las heridas que le dio Reduán en la escaramuza
que tuvieron los dos.
Reduán no quiso estar en las fiestas aquel día, por los desdenes que
le hacía Lindaraja; y por no verla, y por no traer a la memoria sus
penas, se salió aquel día armado, por si encontraba algún cristiano con
quien pelear.
Pues como Gazul entró tan gallardo, y vio que todo el vulgo le miraba,
se puso enmedio de la plaza, y aguardó que el toro viniese por aquella
parte; el cual no tardó mucho, que habiendo muerto cinco hombres,
y atropellado más de cincuenta, llegó, y así como vio el caballo,
arremetió para herirle.
Gazul le aguardó, y al tiempo que el toro quiso dar su golpe, le clavó
un rejonazo tan cruel por medio de los hombros, que contra su gusto
cayó en tierra, y no hirió al caballo. Sentía tanto dolor el lastimado
toro, que puestos los pies y manos hacia arriba, se revolcaba en su
sangre, dando unos bramidos espantables.
Admirado quedó el rey y toda la corte de ver la venturosa suerte de
Gazul, y qué brevemente había quitado la fuerza y brío a un animal tan
feroz.
Con mucho contento estaba Gazul, lidiando los toros que se corrían,
aguardándolos hasta llegar muy cerca, y después los lastimaba con el
rejón de tal suerte, que no volvían más a él; y porque aquel día lo
hizo tan bien el invencible Gazul, se dijo este