CAPÍTULO XI.

_De la batalla que Albayaldos tuvo con el maestre de Calatrava, y cómo

el maestre le venció y dio muerte._

El desafío de los dos valerosos caballeros aceptado, por ser ya tarde

se fue el maestre, habiéndose despedido de todos: dejémosle ir y

volvamos al fin del juego de sortija.

Pues como ya se había puesto el sol y no venía ningún caballero, los

jueces mandaron a Abenámar, que dejase la tienda, pues no venía ningún

caballero; que él lo había hecho, como todos tenían la confianza, y que

había ganado mucho nombre, y ricos despojos y retratos muy hermosos;

pero que al fin el de su Fátima excedía a todos.

El vencedor Abenámar mandó quitar el aparador de las joyas, que aún

quedaban muchas y muy ricas.

Los jueces se bajaron del tablado y subieron a caballo, y pusieron

enmedio al fuerte Abenámar y su padrino Muza, y con toda la caballería

en su compañía, y al son de música dieron vuelta a la plaza, dándole

mil parabienes de su victoria; y en llegando a los miradores reales

de la reina, tocaron chirimías, dulzainas y atabales, y otros

instrumentos, y dio a Fátima todos los despojos ganados en la sortija,

diciendo:

--Toma, señora, lo que de derecho te toca, porque tu hermosura lo ha

conquistado; y así es bien que lo goces y dispongas de ello a tu gusto

como tuyo.

Fátima lo recibió todo sin responder; porque la vergüenza la ocupó;

aunque con los ojos le dio mil gracias, cifra con que en tal caso los

amantes se entienden.

No fue poca la envidia que causaron a Galiana y a Jarifa ver los

ricos trofeos en poder de Fátima, y más les causó ver entre ellos sus

retratos.

Estaba Galiana muy triste y imaginando cien mil cosas: consideraba que

Abenámar había ordenado aquellas fiestas por vengarse de su ingratitud;

y más lo sentía por ver ausente a Sarracino, que no volvió más a la

plaza.

El rey, visto era tarde, se quitó de los miradores, y la reina, y se

fueron al Alhambra.

Aquella noche cenaron con el rey todos los del juego de sortija, menos

Sarracino que fingió estar indispuesto.

Con la reina cenaron las más principales damas de la corte, en la cual

cena hubo muy alegres fiestas y un sarao público.

Danzaron todas las damas y caballeros con las libreas que habían jugado

la sortija. Sola Galiana no danzó, porque estaba triste por la ausencia

de su moro, aunque fingió estar indispuesta. Bien conoció la reina su

pena, aunque lo disimulaba. Celima su hermana la consolaba lo posible,

pero no admitía ningún consuelo, porque tenía el corazón muy lastimado.

El que se aventajó a todos fue el fuerte Gazul con la hermosa

Lindaraja, a quien él tanto amaba, y ella a él; lo cual sintió mucho el

fuerte Reduán de verse aborrecido de quien él tanto amaba; y ardiendo

en rabiosos celos, propuso en su corazón el matar a Gazul; pero no le

sucedió como pensó, según adelante diremos, en una escaramuza que

ambos tuvieron sobre la hermosa dama Abencerraje.

De esta dama se hace mención en otras partes, y más en una recopilación

del Bachiller Pedro de Moncayo, adonde la llama Celima. Llamáronla así

por su lindeza, y porque era extremada en hermosura; pero su propio

nombre era Lindaraja, por ser Abencerraje. Adelante se tratará de ella,

y de Gazul después de la violenta y cruda muerte que se dio a los

Abencerrajes por la traición que les levantaron.

Y tornando a la historia, siendo la mayor parte de la noche pasada en

danzas, bailes y otros regocijos, y habiéndoles hecho el rey mucha

honra a Abenámar y a los justadores, les mandó ir a reposar.

La noble y hermosa Fátima dio todos los retratos a las damas cuyos

eran, pasando entre ellas muchos donaires y gracias, quedando muy

obligadas a la triunfadora por la magnificencia que con ellas había

usado.

Despedidos del rey los caballeros, se fue cada uno a su casa, y

asimismo las damas que no eran de palacio.

Albayaldos no pudo reposar el resto de la noche, y tomando la mañana

salió del Alhambra a aguardar a Malique Alabez, y en llegando le dijo:

--Tarde habemos salido de la fiesta.

--Así me parece --dijo Alabez--, pero hoy podremos reposar del trabajo

pasado.

--Antes será al revés --dijo Albayaldos--, porque ayer vestisteis gala

de brocado y seda, y hoy conviene vestiros de pelea con las duras armas.

--¿Pues por qué causa? --dijo Alabez.

--Porque tengo desafiado para hoy al maestre de Calatrava, y hemos de

escaramucear en la Vega, y os he señalado por mi padrino.

--Pues con tal caballero tenéis aplazada escaramuza, plegue al santo

Alá que os vaya bien con él, aunque yo lo pongo en duda, porque es

muy diestro y experimentado en las armas; y puesto que me habéis

recibido por padrino, vamos en buen hora, y por la real corona de mis

antepasados que me holgaría que viniésemos con victoria del desafío. ¿Y

el rey sabe esto?

--Yo entiendo que no --respondió Albayaldos--, si no es que se lo haya

dicho Muza, porque estuvo presente en nuestro desafío.

--Sea como fuere, sépalo o no, vamos temprano --dijo Alabez-- y sin que

el rey ni nadie lo entienda, salgamos a la Vega a vernos con el maestre.

¿Y el maestre señaló padrino?

--Sí --dijo Albayaldos--, a D. Manuel Ponce de León.

--Si así es, vive Alá que no podremos dejar de venir él y yo a las

manos, porque ya sabéis la escaramuza que tuvimos, dijo Alabez, y

él tiene mi caballo y yo el suyo, y quedó concertado que cuando nos

viéramos otra vez daríamos fin a la escaramuza.

--No os dé pena eso --dijo Albayaldos--, que confianza tengo de que

vengamos victoriosos.

Alabez dijo:

--Vamos a alistar nuestras armas, y a ponernos como conviene, que

importa partirnos luego.

Con esto se partieron los dos valientes guerreros y aderezaron lo que

les convenía para la pelea, y una hora antes del día se partieron de

la ciudad muy secretamente, por no ser de nadie conocidos, y se fueron

por el campo de Arbolote, lugar que es dos leguas de Granada, para de

allí ir a la fuente del Pino, donde quedó tratado entre el maestre y

Albayaldos que se habían de juntar.

El sol empezaba ya a alumbrar el mundo, y con la hermosura de sus rayos

a dar ser a las inclinadas rosas y yerbas con el peso del rocío de la

noche, cuando los dos valerosos moros llegaron a la villa de Arbolote,

y pasando sin parar, se fueron a la fuente del Pino, tan nombrada y

celebrada de todos los moros de Granada y su tierra; y sería una hora

salido el sol, cuando llegaron a la fresca fuente, la cual cubre una

hermosa sombra de un pino, que por eso tenía la fuente aquel nombre.

Llegados allí, no vieron a nadie, y apeándose de los caballos colgaron

las adargas en los arzones, y arrimaron sus lanzas, y sentándose junto

a la fuente se refrescaron en la cristalina agua, y empezaron a tratar

de cómo no venía el maestre, y por qué sería su tardanza.

Dijo Albayaldos:

--¿Mas si nos hiciese burla el maestre y no viniese?

--No digáis eso --dijo Alabez--, que el maestre es buen caballero y no

dejará de venir, que aún es muy de mañana.

Y diciendo esto vieron venir dos cristianos, muy bien puestos, con

lanzas y adargas, en dos feroces caballos, y ambos de pardo y verde, y

plumas de dos colores; conociéronlos luego en que se divisaba en medio

de la adarga una cruz roja que campeaba en blanco. El otro caballero

también tenía en su adarga otra cruz diferente, porque era de Santiago.

--¿No os decía yo --dijo Alabez-- que el maestre no tardaría? Mirad si

es cierto.

Estando en esto llegaron los dos valerosos guerreros, flor de la

cristiandad, y saludaron a los moros, y dijo el maestre:

--A lo menos hasta ahora somos perdidosos, pues no habemos venido

primero.

--Poco importa --respondió Albayaldos--, que no consiste en eso la

victoria.

Estando en esto relinchó el caballo del maestre, y mirando los cuatro

caballeros al camino de Granada, vieron venir por él un moro a todo

correr de su caballo: venía vestido de marlota y capellar naranjado,

y en una adarga azul un sol en negras nubes que parecía oscurecerlo,

y en torno de la adarga unas letras rojas que decían: _Dame luz, o

escóndete_.

Atentamente fue de todos mirado, y de Albayaldos y Alabez conocido, que

era el valeroso Muza; el cual como supo que Alabez y Albayaldos habían

salido de Granada al cumplimiento del desafío, partió a la costa de la

ciudad por si pudiera evitar la escaramuza, o cuando no hallarse en

ella.

Y en llegando les dijo:

--Bien entendíades, caballeros, que habíais de hacer aquesta escaramuza

solos, pues por Alá santo que le he dado la priesa posible a mi

caballo por hallarme en ella, y mi principal intento ha sido venir a

suplicaros, caballeros esforzados y valientes, que os sirváis de no ir

en la prosecución del desafío, por hacerme merced, pues no hay urgente

causa. ¿Qué provecho sacaréis en matar uno al otro, o por desgracia que

mueran ambos? Ea, caballeros, no permitáis que falte del mundo ninguno

de vosotros. Ambos sois mis amigos, y cualquiera desgracia que suceda

a uno de vosotros o a los dos, me lastimará en el alma. No consintáis

que mi venida y ruego sea en vano. Esto pido muy encarecidamente a los

dos, y en particular al maestre.

Y dando fin a sus razones Muza, le respondió el maestre:

--Por cierto, noble Muza, que por daros gusto y pedírmelo con tanto

encarecimiento, y por la mucha amistad que os tengo, haré de mi parte

todo lo que me pedís, y yo alzo la palabra puesta del desafío, y no

trataré más de él, como quiera Albayaldos y sea su gusto, porque a no

serlo, no soy el todo, sino parte, y esa rindo a vuestra voluntad.

--A gran merced tengo la que me hacéis, y no esperaba yo menos de un

caballero tan principal como vos sois, señor maestre. ¿Y vos, señor

Albayaldos, no me haréis merced que cese ese rencor?

Albayaldos respondió:

--Señor Muza, tengo tan presente la sangre vertida de mi primo hermano,

por la violencia del penetrante hierro de la lanza del maestre, que

no me da lugar a que haga lo que me mandáis, aunque de cierto supiera

morir a sus manos. Y si muriere yo en esta escaramuza será honrosa mi

muerte; y si yo venciere y matare al maestre, todas sus glorias serán

mías, y en lo que he dicho estoy resuelto.

El fuerte D. Manuel Ponce de León no gustaba de tantas arengas, y así

dijo:

--Caballeros, gusto es del señor Albayaldos vengar la muerte de su

primo: no es menester sino que se ponga en ejecución. El señor Alabez

y yo quedamos concertados de dar fin a una escaramuza que tenemos

empezada, y pues hoy viene a coyuntura pelearemos todos, y Muza será

padrino de los cuatro.

Alabez dijo:

--Bien concertado está; no aguardemos a más conversación, no se nos

vaya el tiempo en balde, y sean las obras más que las palabras; junto,

si hay lugar, y gustáis de ello, señor D. Manuel, querría que me

dieseis mi caballo y recibieseis el vuestro, y empecemos la escaramuza.

--No quede por eso, dijo D. Manuel, dadme ese, y aquí tenéis el

vuestro, que bien os sé decir que antes de mucho serán ambos de uno de

los dos.

Y diciendo esto destrocaron los caballos, y cada uno quedó contento con

su prenda. El bravo Muza, visto que no había podido alcanzar lo que

pretendía, se previno para el oficio que le habían señalado.

El maestre llevaba en torno de su adarga unas letras rojas, así como la

cruz, que decían: _Por esta morir pretendo_. D. Manuel llevaba por la

orla de su adarga otra letra que decía: _Por esta y por la fe_.

Malique Alabez y Albayaldos iban de una librea de damasco azul, marlota

y capellar con muchos frisos de oro. Alabez llevaba en su adarga su

acostumbrado blasón y divisa, en campo rojo una banda morada, y en ella

una media luna, las puntas arriba, y encima de ellas una hermosa corona

de oro con una letra que decía: _De mi sangre_. Albayaldos llevaba por

divisa en su adarga, en campo verde un dragón de oro con una letra que

decía en arábigo: _Nadie me toque_. Estaban tan galanes con sus libreas

y divisas, que parecían no ir a pelear, y debajo de ellas llevaban

fuertes armas.

Albayaldos encolerizado y muy brioso empezó a menear su caballo, y

aprestarse para la escaramuza, y a llamar al maestre que viniera; el

cual haciendo primero la señal de la cruz, movió su caballo a media

rienda, poniendo los ojos en su enemigo con gran diligencia.

Alabez como se vio con su estimado caballo, como si fuera un Marte

arremetió por el campo, y lo mismo hizo D. Manuel con el suyo, que

en bondad ninguno le excedía: así se trabó entre todos cuatro una

escaramuza de las más bravas y sangrientas que hasta entonces se habían

visto.

Y no hay que espantarse de la exageración, pues eran los dos cristianos

la mapa de la corte del rey de Castilla, y los dos moros del de Granada.

Albayaldos viendo muy cerca de sí al maestre, arremetió a él

abalanzándose con intento de herirle, de suerte que feneciera presto la

escaramuza; pero fue diferente de lo imaginado, porque así como le vio

venir tan de rebato, reconoció su intento: hizo que le aguardaba, pero

al tiempo de embestir, con mucha destreza picó al caballo haciéndole

dar un gran salto en el aire, y retirose poco trecho por un lado; de

modo que el encuentro del moro no hizo efecto, y el maestre revolvió

como un pensamiento, y en lo descubierto de la adarga le dio un bote de

lanza tan duro, que la fuerte cota que el moro llevaba fue rompida, y

la carne abierta con el duro hierro.

No hubo áspid ni víbora pisada al descuido del rústico villano, que tan

presto fuese a la venganza de su daño, ni embravecido león con onza

que le hubiese herido, como el bravo Albayaldos revolvió a herir al

maestre, bramando como un toro, lleno de ponzoñosa cólera; y como le

vio tan cerca de sí, arremetió con tanta presteza, que el maestre no

tuvo tiempo de usar la primera maña ni destreza; y así el moro le hirió

tan poderosamente, que le atropelló la adarga, rompió el fuerte escudo,

e hirió mal al maestre.

El moro rompió la lanza del golpe, y arrojando el trozo revolvió su

caballo para tener lugar de echar mano al alfanje; mas no pudo revolver

tan presto como lo imaginó, de manera que el maestre tuvo lugar de

arrojarle la lanza porque no se fuese.

La lanza fue arrojada antes de tiempo, porque pasó por delante de los

pechos del caballo de Albayaldos con tanta furia, como si fuera una

saeta despedida del corvo arco; de modo que gran parte de la dura asta

fue clavada en tierra, y eso a tiempo que el caballo del moro llegaba,

el cual andando tropezó en el asta que quedaba retemblando, de suerte

que sin poderse valer dio en el suelo.

El bravo moro como vio en tal aprieto su vida, le espoleó para que de

todo punto cayese; mas no lo pudo hacer el moro tan presto, que el

valiente D. Rodrigo no fuese a él con la espada desnuda, y antes que se

levantase el caballo le dio de punta una brava herida.

Malique Alabez volvió el rostro hacia donde lidiaban el maestre y

Albayaldos, y como le vio en tan notorio peligro, volvió las riendas

a su caballo por favorecerle, y dejó a D. Manuel, que muy trabada

escaramuza tenía con él, y como un águila llegó adonde estaba el

maestre, a tiempo que traía el brazo levantado para tornar a herir

a Albayaldos, y de través le hirió de un bote de lanza, tan a sobre

seguro y a su salvo, que no embargante ser muy mal herido, si no se

asiera a las crines del caballo, cayera en tierra sin duda.

El moro rompió su lanza con aquella herida que dio, y había puesto

mano a su cimitarra para volver al maestre, cuando D. Manuel llegó a

todo correr de su caballo por socorrer al maestre que estaba en mucho

peligro, y sin duda que allí acabara su vida, y con una emponzoñosa

cólera le dio a Alabez un golpe con la espada, que le quitó el sentido;

y aunque fue la herida pequeña, porque le dio casi de llano, con todo

eso fue dado con tanta fuerza, que le aturdió, y sin ningún remedio

cayó del caballo, y con la caída casi volvió en sí, y reconociendo su

peligro, como era de animoso corazón, se quiso levantar; mas D. Manuel

no le dio lugar, porque habiendo saltado de su caballo, fue a él, y con

gran furia le dio otro golpe por encima de un hombro, que le hizo una

mala herida.

De aquel golpe tornó Alabez a caer en el suelo, y D. Manuel fue a

cortarle la cabeza; pero como Alabez se vio en tal extremo, habiendo

recobrado todo su natural acuerdo, puso mano a un puñal que tenía, y

con la mayor fuerza que pudo le dio a D. Manuel dos grandes heridas,

una en pos de otra.

D. Manuel, viéndose tan mal herido, puso mano a una daga que tenía,

y levantando el invencible brazo, le fue a cortar la garganta para

dividirle la cabeza del pescuezo; mas impidiolo el bravo Muza, que

había estado mirando la escaramuza; y como vio a Alabez en tal aprieto,

fue corriendo, y arrojándose de su caballo, detuvo el invicto y fuerte

brazo a D. Manuel, diciendo:

--Señor D. Manuel, suplícoos me hagáis merced de la vida de este

vencido caballero.

D. Manuel, que hasta entonces no le había visto ni sentido, volvió la

cabeza, por ver quién se lo pedía; y conociendo ser Muza, hombre de

tanto valor, y viéndose tan mal herido, y recelándose si no otorgaba la

vida de tener escaramuza con él en tan mala ocasión, dijo que le placía

de hacer lo que le pedía; y levantándose de encima de Malique, aunque

con trabajo por estar desangrado, y tener penetrantes heridas, le dejó

libre.

Malique estaba muy de peligro, y sin fuerza para levantarse del suelo,

porque se desangraba muy apriesa.

Muza condolido de él, le alzó de la tierra, y le llevó a la fuente,

dando muchas gracias a D. Manuel; el cual mirando el estado de la

escaramuza del maestre y de Albayaldos, vio como el moro andaba

desmayado y para caer, porque tenía tres heridas mortales, una de

lanza, y dos de espada.

El maestre, viendo que D. Manuel había quedado vencedor de un tan

buen caballero como Alabez, cobró ánimo de nuevo, y con una honrosa

vergüenza, porque tanto se dilataba su victoria, arremetió con toda

furia para Albayaldos, y dándole un golpe muy pesado sobre la cabeza,

no pudiéndose ya el moro apartar, malamente herido, dio con él en el

suelo sin ningún sentido, quedando el maestre con tres heridas.

El fuerte Muza que vio caído a Albayaldos, fue al maestre, y le pidió

de merced que no pasase más adelante la escaramuza, pues Albayaldos más

estaba muerto que vivo.

El maestre se lo concedió, y asignando la mano para levantarle, no se

la dio, porque estaba casi privado de su sentido; y llamándole por su

nombre, Albayaldos abrió los ojos, y con voz débil y flaca, como quien

iba rindiendo el alma, le dijo que quería ser cristiano.

Mucho fue el gozo de los dos cristianos; y cogiéndole entre ambos, le

llevaron a la fuente, y el maestre le bautizó en nombre de la Santísima

Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y le puso por nombre D. Juan, y

muy tiernamente se despidieron de los dos moros, y le encargaron a Muza

cuidase de aquel caballero, porque ellos se iban a curar, que estaban

muy mal heridos.

--Alá santo os guarde --dijo el afligido Muza--, y él querrá que algún

día os pague las mercedes que me habéis hecho.

Los fuertes cristianos se fueron adonde su gente los aguardaba, que

era en el Soto de Roma que dicen, por donde pasa el río Genil, y allí

fueron con toda diligencia curados.

Volvamos al fuerte Muza, que había quedado en la fuente del Pino con

los dos moros heridos. Malique Alabez ya puesto en todo su acuerdo,

y no tan mal herido como se entendía, le dijo a Muza, qué era lo que

había de hacer.

Muza respondió, que quería aguardar a ver en qué paraba el buen

Albayaldos que estaba acabando, y que si él traía ungüento, que le

curaría de modo que fuese a Arbolote, y que allí se podría curar

despacio.

Alabez dijo que mirase en su mochila, que allí había lo necesario.

Muza fue al caballo de Alabez, y trajo paños y ciertos ungüentos para

curar heridas, y poniéndole sobre ellas de los ungüentos, se las

apretó con unos paños; y curado Malique subió en su caballo, y se fue

a Granada, yendo considerando el valor de D. Manuel y del maestre; y

tenía pensamiento de ser cristiano, entendiendo que la fe de Jesucristo

era mejor y de más excelencias, y por gozar de la amistad de tan

valerosos caballeros como aquellos, y de otros de cuya fama estaba el

mundo lleno.

Con estos pensamientos llegó a Arbolote, y en casa de un amigo suyo se

apeó, donde fue curado de manos de un cirujano experimentado, donde

lo dejaremos por volver a Muza, que quedó con Albayaldos, al cual

aunque se volvió cristiano no le desamparó, antes procuró de curarle; y

desnudándole le halló tres heridas penetrantes, sin otra que tenía en

la cabeza, y viendo que eran de muerte, no quiso curarlo, por no darle

pena, y le dijo:

--¡Cuánto me pesa de verte así! Si admitieras mi consejo, no vinieras a

este estado.

El nuevo cristiano D. Juan abrió los ojos, y mirando al cielo, con las

ansias de la muerte decía:

--¡Oh, buen Jesús! ten misericordia de mí, y no mires que siendo

moro te ofendí, persiguiendo tus cristianos. Mira tu grandísima

misericordia, que es mayor que mis pecados; y mira, Señor, que tú

dijiste por tu boca, que en cualquier tiempo que el pecador se volviese

a ti, sería perdonado.

Adelante quería pasar D. Juan, mas no pudo, porque se le trabó la

lengua, y comenzó a revolcarse a un lado y a otro por un lago de sangre

que de sus heridas salía, y de la cual estaba todo bañado, que era

compasión; y por esto se hizo este romance, que dice así:

De tres heridas mortales,

de que mucha sangre vierte,

el valeroso Albayaldos

herido estaba de muerte:

El maestre le hiriera

en batalla dura y fuerte.

Revolcándose en su sangre

con el dolor que se advierte,

Los ojos mirando al cielo,

decía de aquesta suerte:

«Sírvete, dulce Jesús,

que en este tránsito acierte

a acusarme de mis culpas

para que yo pueda verte.

Y tu Madre piadosa

mi lengua rija y gobierne,

porque Satanás maldito

mi alma no desconcierte.

¡Oh, hado duro y acerbo,

si yo quisiera creerte,

no viniera a tal estado,

ni viniera así a perderme!

El cuerpo doy por perdido,

que el alma no se me pierde,

porque confío en las manos

de aquel que pudo hacerme.

Lo que te ruego, buen Muza,

si en algo has de socorrerme,

que aquí me des sepultura

debajo del pino verde;

Y encima pon un letrero,

que declare esta mi muerte;

y le dirás al rey Chico

como yo quise volverme

Cristiano en aqueste trance,

porque no pueda ofenderme

el fementido Alcorán,

que pretende oscurecerme.»

Muy atento había estado el fuerte Muza a las razones del nuevo

cristiano, y tanto sentía su mal, que no podía dejar con lágrimas en

sus ojos de hacer un tierno sentimiento, considerando el estado en que

estaba tan bravo caballero, y las grandes victorias por él alcanzadas

contra los cristianos; las riquezas que dejaba, el brío, la valentía y

fortaleza de su persona, y la grande estima y reputación en que estaba

puesto; y verle tendido en el duro suelo, revolcándose en su sangre,

y sin poder restañar la poca que le quedaba; y acercándose a él para

consolarle, viendo cómo el nuevo convertido hizo señal de la Santa Cruz

y la besó, y diciendo JESÚS rindió el alma a su Criador.

Lastimose tanto de ver al nuevo cristiano muerto, que derramó muchas

lágrimas sobre el difunto con el dolor que tenía de la muerte de su

amigo; mas visto que el llorar y hacer sentimiento doloroso no hacía

al caso, se consoló dejando el llanto, y procuró cómo le podría dar

sepultura en aquel lugar tan desierto; y estando así con este cuidado,

Dios le socorrió en tal necesidad, para que el cristiano fuese

enterrado, y no quedase su cuerpo a las aves en aquel campo; y fue,

que cuatro rústicos iban por leña a la sierra Elvira con todo recado y

azadones para sacar las cepas.

Muza se alegró cuando los vio y los llamó; los cuales vinieron, y Muza

les dijo:

--Amigos, por amor de mí, que me ayudéis a enterrar el cuerpo de este

caballero que está aquí, que Alá os lo pagará.

Los leñadores respondieron que de buena gana lo harían; y habiendo

señalado Muza el lugar de la sepultura, la abrieron con diligencia al

mismo pie del pino; y alzando el cuerpo del caballero le quitaron la

marlota y capellar, y desarmándole de las armas que tenía, de tan poco

provecho a los agudos filos y temples de la espada y lanza del maestre,

y tornándole a poner su marlota y capellar, le enterraron con hartas

lágrimas, que derramó Muza; y habiéndole enterrado, los leñadores se

despidieron, espantados de las mortales heridas del difunto.

Muza escribió en el mismo tronco del pino un epitafio con letra que de

todos fuese bien entendida, que decía de esta manera:

_Epitafio de la sepultura de Albayaldos._

Aquí yace Albayaldos,

de cuya fama el suelo estaba lleno,

más fuerte que Reynaldos,

ni el Conde Palatino, aunque fue bueno.

Matole el hado ajeno

de su famosa vida,

envidia conocida

de aquel famoso Marte,

que pudo tan sin arte

ponerle el hierro duro,

por vivir en su cielo más seguro.

Este epitafio puso Muza en el pino sobre la sepultura del convertido

Albayaldos, y derramando lágrimas tomó la fuerte jacerina, casco,

bonete y plumas, todas llenas de argentería, y la fina adarga hecha

en Fez, y haciendo en todo con el alfanje y trozo de lanza enmedio un

trofeo, le colgó en una rama del pino, y encima este letrero:

Es el trofeo pendiente

del ramo de aqueste pino,

de Albayaldos Sarracino,

de moros el más valiente

del estado granadino.

Si aquí Alejandro llegara

a este sepulcro, llorara

con más envidia y más fuego,

que lloró en aquel del griego,

que el gran Homero cantara.

Así como Muza acabó de poner el trofeo con las letras que tengo dichas,

y viendo que no había más que hacer, subió en su caballo y asió de la

rienda al de Albayaldos maldiciéndole muchas veces, porque por la gran

caída que dio, fue herido tan mal Albayaldos; aunque después dijo, que

bien sabía que aquella causa, ni otra alguna no fueran bastante, sino

que estaba ya ordenado del cielo que pasara así, y no podía dejar de

suceder.

Yendo diciendo estas cosas y otras, aún no había andado tres millas

cuando vio venir dos caballeros de buen talle: el uno venía vestido

con marlota amarilla, capellar, bonete y plumas de la misma color; la

adarga era la mitad amarilla y la otra azul, y en el lado azul pintado

un sol metido entre nubes negras, y debajo del sol una luna que le

eclipsaba, con una letra que decía de esta suerte:

Ya se eclipsó mi esperanza,

y se aclaró mi tormento:

ajeno soy de contento,

pues no hay rastro de mudanza.

La lanza de este caballero era toda amarilla, el jaez y adorno del

caballo, amarillo, y la banderilla de la lanza amarilla. Bien mostraba

este caballero vivir desesperado. La letra decía: _Sin remedio de

esperanza._

El otro caballero venía con una marlota, la mitad roja y la otra mitad

verde, capellar, bonete y plumas de lo mismo, la lanza y la banderilla

verde y roja, la adarga, la mitad roja y la otra mitad verde, y en la

parte roja unas letras de oro, cortadas con mucho artificio, porque

campearan desde lejos, que decían así:

Mi luz no se oscurece,

antes esclarece el día,

y este me causa alegría,

porque mi gloria más crece.

Debajo de estas letras había un gran lucero también de oro, con los

rayos muy grandes; y cuando le daba el sol resplandecía de manera, que

privaba de la vista a quien lo miraba.

Muy bien mostraba este caballero vivir contento y alegre, según lo

daban a entender las colores de su librea y blasón, y señal de su

adarga.

Venían ambos platicando, y caminando de priesa. Muza los estuvo mirando

por si acaso los pudiera conocer; mas no pudo conocerlos hasta que

estuvieron cerca: entonces fueron conocidos, que el de color amarillo

era Reduán, y vestía de aquesta suerte, porque Lindaraja, Abencerraje,

le desamaba: el otro caballero de lo rojo y verde era el animoso Gazul,

y vestía de aquesta manera, porque Lindaraja le amaba; y los dos venían

desafiados sobre quién había de quedar con la hermosa dama.

Maravillose Muza de verlos, y ellos de ver a él con aquel caballo de

las riendas y sin ningún escudero que le acompañase; y en llegando los

unos a los otros se saludaron, según su costumbre, y después el que

primero habló fue Muza, diciendo:

--Por Mahoma juro, que me espanto en veros ir a los dos por este

apartado camino, y sospecho que vuestra venida no es sin causa, y

recibiré gran placer si me dais cuenta de ella.

Reduán respondió:

--Más razón hay de admirarnos nosotros en veros venir así solo, y con

ese caballo del diestro; y debe de ser la causa que habéis tenido

escaramuza con algún caballero cristiano y le habéis muerto, y le

quitasteis el caballo.

--Yo me holgara que fuera así --respondió el afligido Muza--; mas

decidme, señor Reduán, ¿es posible que no conocéis este caballo?

Reduán mirándole dijo:

--Si no me engaño es de Albayaldos: suyo es de cierto. Su señor ¿dónde

queda?

--Pues lo preguntáis --respondió Muza--, yo os lo diré. Sabed que ayer

en el juego de sortija, habiendo corrido el maestre de Calatrava sus

tres lanzas, y ganado al mantenedor, Albayaldos entró en la plaza, y

porque el maestre mató al rey Mahomad, primo de Albayaldos, desafió

al maestre estando yo presente, y quedó que se habían de ver hoy en

la fuente del Pino, llevando Albayaldos por su padrino a Alabez, y el

maestre por el suyo a D. Manuel Ponce de León; y esta mañana fui a

palacio y no vi a Albayaldos ni a Alabez, y acordándome del desafío,

sin dar cuenta a nadie fui por la posta a la fuente del Pino, y allí vi

a los cuatro caballeros; hice todo lo posible porque no pasase adelante

el desafío, y ya lo había alcanzado del maestre; pero Albayaldos estaba

tan pertinaz, que no quiso sino proseguir la escaramuza. Alabez y D.

Manuel tenían antes de ahora comenzada una escaramuza, y por cierta

ocasión no fue fenecida, y hoy la quisieron fenecer, de suerte, que

padrinos y ahijados riñeron cruelmente, y al fin por caer de su caballo

fue muy mal herido Albayaldos, el cual vencido, al punto de su muerte

dijo que quería ser cristiano. Alabez también fue muy mal herido

y vencido por D. Manuel Ponce de León; y si no fuera por mí, allí

muriera. Pedile de merced otorgase la vida a Alabez, y fue tan noble

que dejó de matarle y me lo entregó. Yo le apreté las heridas y se

vino, y entiendo que está curándose en Arbolote. El maestre bautizó a

Albayaldos, y le puso por nombre D. Juan, y a poco rato murió llamando

a Jesucristo: antes que muriera me rogó muy encarecidamente que le

diese sepultura debajo de aquel pino, y así lo hice, y de sus armas

hice un honroso trofeo, y lo colgué encima de su sepultura. Todo esto

pasa como lo he contado: ahora hacedme placer de decirme adónde vais,

por si os puedo servir en algo.

--Obligación hay --dijo Gazul-- de daros cuenta de nuestra venida, pues

nos la habéis dado de este suceso, y respondiendo a estas cosas, digo

que siento en el alma la muerte de Albayaldos y las heridas de Alabez,

por ser dos caballeros en quien el rey tenía puestos los ojos por su

valor. La causa de nuestra venida es, que el señor Reduán me trae

desafiado, solo porque Lindaraja me ama y a él le aborrece, y para esto

vamos a la fuente del Pino por ser lugar apartado.

Admirose el fuerte Muza del caso, miró a Reduán y le dijo:

--¿Pues es posible que queráis que os ame por fuerza la dama? Nunca

forzoso amor es perfecto. De suerte que si ella quiere a otro, ¿queréis

tener escaramuza con quien no os debe nada, y dejáis la culpa sin

castigo, y ponéis la vida en contingencia de perderla? Si ella no os

quiere, buscad otra, que abundancia hay de damas, siendo vos como sois

un caballero tan estimado en el reino, así en valor de la persona,

como en bienes y linaje. Por cierto bien parecería que saliesen a

reñir cada día los caballeros más estimados por esos negocios, y se

matasen; y al tiempo de la necesidad, como cada día vemos que la hay,

por tener los cristianos a la puerta, ¿quién saldría a los rebatos y

escaramuzas? Mirad en que paró Albayaldos por no tomar mi consejo. No

paséis adelante, sino volvamos a Granada. Bien sabéis, señor Reduán,

que yo amaba a Daraja, y a los principios me hizo favores, cuantos a

hombre se le podían hacer; y sin causa, solo por su gusto me aborreció,

y puso los ojos en Zulema Abencerraje. Cuando vi de cierto que no me

quería, aunque luego lo sentí mucho, procuré olvidarla, y me consolé

considerando que no hay veletas de torres tan mudables como ellas.

¿Fuera bueno que la ingratitud que Daraja usó conmigo me lo pagara

Zulema y le matara, no teniendo culpa? Disparate fuera muy grande. En

lo que me vengo de Daraja es en no mirarla, y en hacer a mi dama mil

ofrendas en presencia de ella, y esta es mucho mayor venganza que si

la matara. Por vuestra vida, muy esforzado Reduán, que cesen todos

vuestros rencores, y nos volvamos a Granada.

Con esto cesó el valiente Muza, y Reduán respondió diciendo:

--Es tan grave mi tormento, y tan grande el infierno que arde en mis

entrañas, que no me deja reposar porque de noche arde en mi pecho un

mongibelo, y de día me enciende un volcán, sin cesar de abrasarme, de

modo que para mitigar el fuego en que me abraso, no aguardo sino la

acerba y cruda muerte.

--Quiero preguntar, señor Reduán --dijo Muza--, qué remedio pensáis

sacar después de muerto de todos vuestros males.

--Descanso --respondió Reduán.

--Y sepamos --dijo Muza-- si acaso en la escaramuza que pretendéis

hacer, matáis a Gazul, y averiguadamente la dama os aborrece más; y si

por haberla privado de su gusto, y por vengarse de vos, pone los ojos

en otro, ¿le habéis de matar también?

--Ahora querría acabar esta escaramuza --respondió--, que después el

tiempo me dará orden a lo demás.

Visto Muza que se iban, y que no había podido reducir a la razón a

Reduán, se fue con ambos, con esperanza de aplacar la escaramuza; y

tan buena priesa se dieron a caminar que en breve tiempo llegaron

a la fuente del Pino; y en parando, Muza ató al pino el caballo de

Albayaldos, y les enseñó el sepulcro, y de nuevo volvió a rogar a

Reduán que no prosiguiese en su intento, y que dejase aquella empresa

que no importaba.

Reduán sin responder palabra dijo a Gazul:

--Ea, robador de mi gloria, ahora estamos en parte donde se ha de

acabar de perder mi esperanza.

En diciendo esto empezó a escaramucear por lo llano, y a llamar a Gazul

que viniera a la escaramuza.

Gazul enfadado del arrogante contrario, como quien pretendía privarle

de todo punto de su bien, y frustrarle la esperanza que tenía de gozar

a Lindaraja, sin hacer flores de escaramucear, en un momento se juntó

con Reduán con una ardiente cólera, y se comenzaron a dar tan terribles

golpes de lanza, que era admiración. Reduán rompió a su contrario la

adarga y jaco, y le dio una pequeña herida, de la cual salía mucha

sangre.

Gazul viéndose así herido a los primeros golpes, para vengarse aguardó

que Reduán se ladease con el caballo para herirle en el descubierto; y

sucedió como lo imaginó, porque Reduán quiso volver con otro golpe, y

fue rodeando para ejecutarle, y se le acercó cuanto pudo.

Luego que Gazul le vio tan cerca arremetió su caballo con tanta

presteza, que cuando Reduán entendió escaparse del encuentro, ya lo

tenía recibido, y no tuvo lugar sino de adargarse por reparar el golpe;

pero no le valió ser fina la adarga ni la jacerina, que el hierro de

la lanza lo falseó todo, y quedó Reduán mal herido, y retirándose

Gazul volvió a herir a Reduán: y él venía con su lanza enristrada, y

se encontraron tan fuertemente, que se quebraron las lanzas, y ambos

se hirieron en los pechos; y como se vieron tan cerca uno de otro,

se abrazaron, haciendo mucha fuerza para sacarse de la silla, y así

pelearon gran rato sin poder efectuar su pretensión.

Los caballos, como se vieron tan juntos, alborotándose y dando

relinchos, empezaron a morderse, y empinándose, a pesar de sus señores,

volvieron de ancas para hacerse mal con las herraduras; y al tiempo de

revolverse, como estaban apretados los caballeros el uno con el otro,

de necesidad hubieron de venir ambos al suelo; pero Reduán como más

fuerte se trajo tras sí a Gazul y quedó debajo.

Reduán que se vio en tanto peligro, hizo mucha fuerza con los brazos

y pechos, y afirmando los pies en el suelo, dio tales enviones, que

desechó a Gazul de encima, y se levantó luego en pie, y lo mismo hizo

Gazul, y muy presto se adargaron; y poniendo mano a sus alfanjes se

comenzaron a herir terriblemente dándose recios golpes, de suerte que

las adargas se hicieron pedazos, y quedaron muy mal heridos.

El que estaba más herido era Reduán, porque tenía dos heridas de lanza.

Ambos andaban mal heridos, sin reconocerse ventaja en ninguno. Las

libreas estaban rotas por el suelo y las armas descubiertas, de suerte

que cada uno procuraba herir en las partes más flacas de las armas,

para que el golpe no fuese en balde.

Los alfanjes eran damasquinos y de muy finos temples, y no tiraban

golpe que las armas no fuesen rotas y ellos heridos, y así en dos horas

que había que lidiaban, estaban tales, que no se podía esperar sino la

muerte de ambos.

Reduán llevaba lo peor de la escaramuza porque, aunque es verdad que

era de más fuerza que Gazul, era más seguro, y entraba y saltaba más a

su salvo, y hería como quería Gazul, lo cual no hacía Reduán, a cuya

causa andaba tan mal herido: mas los golpes que Reduán acertaba, eran

muy desaforados.

Muy mal heridos andaban los dos, y mucha sangre vertían; lo cual visto

por Muza, atendiendo que si la escaramuza pasase adelante, aquellos dos

tan buenos caballeros habían de morir, de compasión que de ellos tuvo,

se apeó de su caballo, y se fue a poner enmedio de ambos, diciendo:

--Señores caballeros, hacedme merced que no pase adelante la

escaramuza, porque si proseguís, me parece que ambos moriréis.

Gazul se apartó luego, y el valeroso Reduán, aunque contra su

voluntad se hubo de apartar, considerando que Muza era hermano del

rey; y apartados los curó Muza, y apretó las heridas, y subiendo en

sus caballos, tomó Muza del diestro el de Albayaldos, y se fueron a

Arbolote; y serían las cinco de la tarde cuando llegaron, y preguntando

por Alabez, le hallaron mal herido en una cama, curado con gran

diligencia por un buen maestro que allí estaba.

Luego los dos caballeros Reduán y Gazul también fueron puestos cada uno

en su cama, y curados por aquel cirujano, y los regalaron y proveyeron

de todo lo necesario. Mucho se admiró Malique Alabez viendo a Gazul y a

Reduán tan mal heridos, porque ambos eran muy grandes amigos suyos.

Ahora los dejaremos curando, y ya hechos amigos, y volveremos a contar

de Granada, y de algunas cosas que en ella sucedieron el día siguiente

que pasaron estas dos escaramuzas.

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 20 / 43 题