Estando toda la corte
de Abdalí, rey de Granada,
haciendo una rica fiesta,
habiendo hecho la zambra,
Por respeto de unas bodas
de gran nombradía y fama,
por las cuales corren toros
en la plaza Vivarrambla.
Estando corriendo un toro,
que su braveza espantaba,
se presentó un caballero
sobre un caballo en la plaza,
Con una marlota verde,
de damasco bandeada,
y el capellar de lo mismo,
muestra color de esperanza.
Plumas verdes, y el bonete
parece de una esmeralda;
seis criados van con él,
que le sirven y acompañan,
Vestidos también de verde,
porque su señor lo manda,
como aquel que en sus amores
esperanza lleva larga.
Un rejón fuerte y agudo
cada criado llevaba;
de color negro eran todos,
y bandeados de plata.
Conocen al caballero
por su presencia bizarra,
que era el muy fuerte Gazul,
caballero de gran fama,
El cual con gentil donaire
se puso enmedio la plaza
con un rejón en la mano,
que al gran Marte semejaba,
Y con ánimo invencible
al fuerte toro aguardaba.
El toro cuando le vio,
al cielo tierra arrojaba
Con las manos y los pies,
cosa que gran temor daba;
y después con gran furor
hacia el caballo arrancaba
Por herirle con sus cuernos,
que como alesnas llevaba;
mas el valiente Gazul
su caballo bien guardaba,
porque con el rejón duro
con presteza no pensada
Al bravo toro hiriera
por entre espalda y espalda:
el toro muy mal herido
con sangre la tierra baña,
Quedando en ella tendido
su braveza aniquilada.
La corte toda se admira
en ver aquella hazaña,
Y dicen que el caballero
es de fuerza aventajada;
el cual corridos los toros,
el Coso desembaraza.
Haciendo mesura al rey,
y a Lindaraja su dama;
lo mismo hizo a la reina,
y a las damas que allí estaban.
Volviendo al propósito, el fuerte Gazul corrió los demás toros que
quedaban, en compañía de otros caballeros que los corrían; y no
quedando ya ningún toro, hecho el acatamiento debido al rey y a la
reina, y a las damas, y en particular a Lindaraja, se salió de la
plaza, quedando todos muy contentos en haber visto su hazaña. Luego se
tornó a montar para que entrase el juego de cañas.
Los caballeros del juego se fueron a aderezar, y no tardó mucho que al
son de militares trompetas entró el valeroso Muza con su cuadrilla, con
tanta bizarría, gala y gentileza, que no había más que ver.
Toda la librea era blanca y azul con griones y bandas pajizas, plumas
encarnadas y blancas, con mucha argentería de oro; por divisa en las
adargas un salvaje, que con un bastón deshacía un mundo. Esta divisa
era de los bravos Abencerrajes muy usada, con una letra a los pies del
salvaje, que decía así:
Abencerrajes levanten
hoy sus plumas hasta el cielo,
pues las famas en el suelo
con la fortuna combaten.
De esta forma entró el granadino Muza muy gallardo y bizarro con toda
su cuadrilla, que eran treinta Abencerrajes, todos caballeros de mucho
valor. En entrando hicieron todos un concertado caracol, escaramuceando
unos con otros, y al cabo se pusieron cada uno en su puesto.
Luego el bando de los Zegríes entró muy gallardo, y no menos vistoso
que los Abencerrajes: su librea era verde y morada, cuarteada de color
de hojaldre muy vistosa.
Venían en yeguas bayas muy ligeras: los pendones de las lanzas eran
verdes y morados; y si los Abencerrajes hicieron buena entrada y
caracol vistoso, no la hicieron menos los bravos Zegríes. Traían por
divisa en las adargas unos alfanjes sangrientos con una letra que decía
así:
Alá no quiere que al cielo
hoy suba ninguna pluma,
sino que se hunda y suma
con el acero en el suelo.
Habiendo hecho su caracol muy gallardamente, tomaron su puesto, y al
punto los dos bandos se apercibieron de cañas para el juego.
El rey, que ya tenía vistas las letras y divisas de los caballeros,
entendió por ellas el rencor que tenían; y porque no resultase algún
escándalo en tiempo de tantos regocijos y fiestas, luego se quitó de
los miradores, y acompañado de todos los grandes de su corte bajó a la
plaza antes que se comenzasen las cañas, que no fue poco importante su
asistencia.
Puesto a un lado mandó que jugasen, y al son de los añafiles y
chirimías se comenzaron a jugar las cañas, hechas cuatro cuadrillas.
Las cañas se jugaron sin haber desconcierto alguno, aunque lo
hubiera muy grande, si el rey no descendiera a la plaza, porque los
Zegríes venían de mano armada contra los Abencerrajes, los cuales,
escarmentados de la pasada, estaban apercibidos para lo que se
ofreciera; pero con la presencia del rey que estaba con ellos, no
ejecutaron su intento los Zegríes.
Habiendo visto los moros de los bandos contrarios al rey, estuvieron
con mucha concordia, y se acabaron las fiestas de aquel día sin
pesadumbre y con mucho gusto, que no fue pequeño misterio.