Ocho a ocho, diez a diez
Sarracinos y Aliatares,
juegan cañas en Toledo
contra Alarifes y Azarques.
Publicó fiestas el rey
por las ya juradas paces
de Zaide, rey de Belchite,
y del granadino Atarfe.
Otros dicen que estas fiestas
sirvieron al rey de achaque,
y que Zelindaja ordena
sus fiestas y sus pesares.
Entraron los Sarracinos
en caballos alazanes,
de naranjado y de verde
marlotas y capellares.
En las adargas traían
por empresas sus alfanjes
hechos arcos de Cupido,
y por letras fuego y sangre.
Iguales en las parejas
les siguen los Aliatares,
con encarnadas libreas
llenas de blancos follajes.
Llevan por divisa un cielo
sobre los hombros de Atlante,
y un mote que dice así:
_Tendrelo hasta que me canse._
Los Alarifes siguieron
muy costosos y galanes,
de encarnado y amarillo,
y por mangas almaizares.
Era su divisa un mundo
que le deshace un salvaje,
y un mote sobre un bastón
en que dice: _Fuerzas valen._
Los ocho Azarques siguieron,
más que todos arrogantes,
de azul, morado y pajizo,
y unas hojas por plumajes.
Sacaron adargas verdes,
y un cielo azul en que asen
dos manos, y el mote dice:
_En lo verde todo cabe._
No pudo sufrir el rey
que a los ojos le mostrasen
burladas sus diligencias,
y su pensamiento en balde;
Y mirando a la cuadrilla
le dijo a Zelin su alcaide:
«aquel sol yo le pondré,
pues contra mis ojos sale.»
Azarque tira bordones
que se pierden por el aire,
sin que conozca la vista
a do suben ni a do caen.
Si se adarga o se retira,
de mitad del vulgo sale
un gritar: _Alá te guíe_,
y del rey un _muera, dadle_.
Zelindaja sin respeto
al pasar, por rociarle,
un pomo de agua vertía,
y el rey gritó: _paren_, _paren_.
Creyeron todos que el juego
paraba, por ser ya tarde,
y repite el rey celoso:
«prendan el traidor Azarque.»
Las dos primeras cuadrillas,
dejando cañas a parte,
piden lanzas, y ligeros
a prender al moro salen,
que no hay quien baste
contra la voluntad de un rey amante.
Las otras dos resistían,
si no les dijera Azarque:
«Aunque amor no guarda leyes
hoy es justo que las guarde.
Rindan lanzas mis amigos,
mis contrarios lanzas alcen,
y con lástima y victoria
lloren unos, y otros canten;
que no hay quien baste
contra la voluntad de un rey amante.»
Prendieron, en fin, al moro,
y el vulgo para librarle,
en corrillos diferentes
se divide y se reparte;
Mas como falta caudillo
que los incite y los llame,
se deshacen los corrillos
y su motín se deshace:
que no hay quien baste
contra la voluntad de un rey amante.
Sola Zelindaja grita:
«Libradle, moros, libradle;»
y de su balcón quería
arrojarse por librarle.
Su madre se abraza de ella
diciendo: «Loca, ¿qué haces?
muere sin darlo a entender,
pues por tu desdicha sabes,
que no hay quien baste
contra la voluntad de un rey amante.»
Llegó un recado del rey
en que mandó que señale
una casa de sus deudos,
y que la tenga por cárcel.
Dijo Zelindaja: «Digan
al rey que por no trocarme,
escojo para prisión
la memoria de mi Azarque;
y habrá quien baste
contra la voluntad de un rey amante.»
Así estas mismas divisas, motes y cifras sacaron las cuatro cuadrillas
de los caballeros ya nombrados, como quien las había heredado de sus
antepasados, y siempre se preciaron de ellas.
Pues habiendo salido de la plaza con bizarría, y alegres por haber
visto su gala y buen parecer, entró un alcaide de las puertas de Elvira
a gran priesa, y llegando a la presencia del rey hizo el acatamiento
debido y le dijo:
--Un caballero cristiano ha llegado, y pide licencia a vuestra alteza
para entrar a correr tres lanzas con el mantenedor.
--Yo la doy: entre, permitido es.
Luego volvió el alcaide y abrió la puerta.
En entrando por la plaza pusieron al punto los ojos en él y en su buen
talle; y en solo su aspecto le consideraban victorioso y triunfante de
los despojos ganados por Abenámar, y aun del retrato de su dama y de la
estimada cadena. No hubo caballero ni dama a quien su vista no causara
alegría.
En la parte izquierda del capellar traía una cruz colorada, la cual
daba ser y adorno a su persona. El cristiano caballero poniendo los
ojos en todas partes, dio vuelta a la plaza, y llegando a los miradores
reales hizo gran reverencia al rey, a la reina y a las damas: a él le
hicieron mucha cortesía, y las damas se levantaron en pie.
Fue conocido de todos el caballero cristiano, que era el maestre de
Calatrava, de cuya fama y hechos tenía el mundo entera noticia. El rey
se alegró en saber quién era, y que hubiese venido a honrarle su fiesta.
Habiendo, pues, dado vuelta a toda la plaza, llegó al mantenedor y le
dijo:
--En tantos despojos y joyas como veo a los pies de ese hermoso
retrato, cuya hermosura, noble caballero, dicen que defendéis, echo
de ver el valor de vuestra persona; y así sois digno de que todos os
honren y tengan en lo que se debe estimar tal caballero como vos.
¿Seréis servido de correr conmigo un par de lanzas, a ley de buenos
caballeros, sin que haya interés de retrato?
Abenámar miró bien al caballero, y se volvió a Muza y le dijo:
--Este caballero me parece que es el maestre de Calatrava con quien
trabaste tanta amistad; paréceme que en la cruz roja le quiero conocer.
Muza puso los ojos en el maestre, y luego le conoció, y le fue a
abrazar diciendo:
--Seáis bienvenido, flor de toda la cristiandad, y aun también de la
morisma, pues aquí os conocen por las obras contra su voluntad; y en
Castilla y todo el mundo sois conocido solo por oídas.
El maestre le abrazó, agradeciendo lo que en su alabanza había dicho.
Abenámar se llegó a él, y le dijo que él se holgaría de correr dos
o tres lanzas con tal caballero. Y diciendo esto corrió una lanza
extremadamente, pero el maestre corrió la suya con más ventaja.
Finalmente, corrieron tres lanzas y todas las ganó el maestre.
Todos entendieron que trajera retrato, pero no era miliciano de Cupido
sino de Marte; porque en verdad, no puede ningún caudillo que pretende
alcanzar honra por sus hazañas, entretenerse en amores; y si lo
hiciere, su nombre será borrado de las memorias de todos.
Los jueces llamaron al maestre y le dieron por premio la cadena de dos
mil doblas de valor, pues no había traído retrato, que si lo trajera
llevara el retrato y los despojos.
El maestre recibió la cadena, y al son de la música que había en
la plaza, fue dando vuelta a toda ella, acompañado de todos los
caballeros; y en llegando a los miradores de la reina, hizo una muy
grande reverencia, y alzándose en los estribos, besó la cadena, y se la
dio, diciendo:
--Vuestra alteza reciba esa niñería, que no hallo otra persona digna de
ella. No extrañe vuestra alteza mi atrevimiento, que lícito es en tales
actos recibir cualquiera joya.
Levantose la reina y recibiola, y besándola se la puso al cuello, y
haciéndole una mesura se volvió a asentar.
El maestre inclinó la cabeza al rey, y se volvió con Muza y otros
caballeros que le querían bien, por tener tanta fama en todo aquel
reino, por las muchas entradas que hacía entre año, y de todas
conseguía victoria.
A esta sazón el muy valiente y esforzado Albayaldos, que tenía muy
grande deseo de verse en batalla con el maestre para probar sus
fuerzas, y porque el maestre había muerto a un deudo suyo con quien
él tenía mucha amistad, se quitó del lado del rey con disimulación, y
subió sobre una yegua bien aderezada, y acompañado de sus amigos se fue
paseando adonde estaba el maestre y el valiente Muza; y contemplando el
buen talle del maestre y su donaire, le dijo:
--Grande ha sido y es el gozo que todos hemos recibido, esforzado e
invicto maestre, de verte tan galán y de fiesta, y fuera muy mayor mi
contento si te viera con tus fuertes y lucientes armas, como otras
veces te he visto en la Vega, y en ella tuviéramos los dos escaramuza,
que ha días que lo deseo, y son dos causas las que me mueven. La una
por el gran valor que la fama ha derramado por el mundo de tu persona,
y el deseo que tengo de vencerte para ser el interesado en todo. La
otra por vengar la muerte que le diste a mi primo el rey Mahomad.
Aunque te conozco, y sé que se la diste en trabada y muy reñida
escaramuza, con todo eso me llama y provoca a venganza el amor de mi
querido primo: y por tanto tente desde hoy por desafiado, para que
cuando fuere tu voluntad se ponga en ejecución mi deseo; y saldré con
armas y caballo, y conmigo irá Malique Alabez.
Atentamente escuchó el maestre todo lo que le dijo el valeroso
Albayaldos, y con rostro risueño le respondió así:
--Si te ha sido alegría el verme con traje galán, y gustaras más de
verme con armas, yo me holgaría infinito saber que esa era tu voluntad
para venir prevenido, y que en aqueste día pusiéramos por obra lo
que deseas: tu valor publican los cristianos que corren la Vega; y
ahora lo confirmo en que me has desafiado. Dices tener deseo de verte
conmigo por mi valor: otros muchos caballeros cristianos hay que honran
mis hazañas, y con quien ganaras más fama; y si te incita a tener
escaramuza la vertida sangre de tu primo el rey Mahomad, como dices, sé
decirte, que no vi, ni sentí en él punto de cobardía, sino que murió
como caballero peleando; y pues tu gusto es de probar tus fuerzas con
las mías, yo soy contento de ello, y así mañana te aguardo en la fuente
del Pino, donde estaré con solo un cristiano, padrino mío, que se llama
D. Manuel Ponce de León; y para que estés cierto de que no habrá otra
cosa, recibe este guante en señal de la escaramuza aplazada.
Diciendo esto, le dio un guante derecho; y el moro lo recibió, y le dio
al maestre un anillo de oro, que era su sello. Muza y los caballeros
quisieron que no se hiciera la escaramuza, mas no quiso ninguno
desistir de su palabra dada; y así quedó hecho el desafío entre los
dos para el día siguiente.