CAPÍTULO X.

_Que declara el fin que tuvo el juego de la sortija, y el desafío que

hubo entre el moro Albayaldos y el maestre de Calatrava._

Ya se ha dicho como Sarracino salió de la plaza lleno de coraje por

haber tenido tan mal suceso en el juego de la sortija; y lo que más

sentía, era haber perdido el hermoso retrato de su señora.

Entrando en su casa se despidieron de él todos los caballeros que le

habían acompañado, y él muy airoso se despidió de todos, y se apeó

del caballo, se quitó la cimera y plumas, y toda la librea, y con

iracunda cólera dio con todo en el suelo; y se subió a un aposento, y

recostándose en su cama empezó a quejarse de su corta ventura, y contra

sí decía:

--¿Di, bajo caballero, ruin y de poco valor, qué cuenta darás a tu

señora Galiana de su hermoso retrato y rica manga, perdido todo por tu

poco esfuerzo y destreza? ¿Con qué rostro, di, osarás parecer en su

presencia? ¡Oh Mahoma traidor, porfiado y engañador! En el tiempo que

habías de favorecer mis esperanzas me faltaste. Di, enemigo falso, ¿no

te acuerdas que te prometí hacer toda tu efigie de oro, y de quemar en

tu mezquita gran cantidad de incienso si me dabas victoria este día?

¿Pues por qué me la negaste? Pero bien entiendo de cierto que no tienes

ningún poder. Mas, vive Alá, que por vengarme de ti me tengo de tornar

cristiano, y he de seguir aquella santa ley, y dejar tu falsa secta,

que por aquí se salvará mi alma perdida.

Estas y otras muchas cosas decía Sarracino, consolándose con su buen

propósito.

Galiana sintió mucho la desgraciada suerte de su querido amante, y se

le echaba bien de ver, pero con su discreción lo disimulaba, hablando

con la reina y las damas, las cuales la consolaban diciendo que no

porque su amante hubiese perdido su retrato, quedaba cautiva; que se

riese de todo.

--Ninguna pena tengo de eso --dijo Galiana--, porque son aventuras de

caballeros.

Y aunque decía esto, tenía en su alma una mortal envidia, y entre sí

decía: «¡Ay, Abenámar victorioso, y cómo ahora te vengarás a gusto

en mi retrato de la ingratitud que contigo usé, y cuán vana y gozosa

estará tu dama con los vencidos despojos!» Celima la consolaba de

secreto, diciéndola que no diese nota de sí con extremos, porque no

fuese sentida de la reina y de sus damas. Galiana disimuló cuanto pudo

su dolor y pena, y procuró desecharla.

Estando en esto, se oyó un ruido por toda la plaza, y mirándola toda,

vieron que entraba por la calle de Elvira una gran serpiente, echando

de sí mucho fuego; tras ella venían treinta caballeros ricamente

vestidos de una librea blanca y morada, con penachos de la misma color

ellos y sus caballos.

En medio de todos venía un caballo sin jinete, con cubiertas y

guarniciones de brocado morado y blanco; también venía una sonorosa

música de ministriles y dulzainas.

La serpiente dio una vuelta a toda la plaza, y enfrente de los

miradores del rey y de la reina, y de los caballeros y damas, se paró,

echando por la boca y oídos muchísimo fuego.

Era grande el estrépito que hacían los cohetes y ruedas con invenciones

de fuego, que por la boca salían; y con el artificio que tenía la

sierpe mediante el fuego que la quemó toda, se abrió por medio, y

pareció un caballero vestido de brocado morado y blanco, con muchos

recamados de oro; el penacho era de plumas blancas y moradas.

Con él estaban cuatro salvajes muy al natural, los cuales tenían una

rica silla guarnecida de terciopelo morado, y la clavazón de oro, en la

cual estaba el retrato de la hermosa Jarifa, que fue luego conocido, y

el caballero ser Abindarráez.

El retrato estaba vestido de brocado blanco y morado, de luceros de

oro, las orlas bordadas de oro y plata, con un tocado vistoso. Estaba

tan natural el retrato, que era muy semejante al original.

El rey y la reina, y todas las damas miraron a Jarifa, que con una

honesta vergüenza se encendió el rostro, lo que aumentó su hermosura, y

la reina la dijo:

--Llegado ha, Jarifa, la hora en que se ha de ver el esfuerzo de

vuestro amante, y si alcanza victoria del vencedor Abenámar.

--Haga la fortuna lo que quisiere --dijo Jarifa--, que tan buen rostro

haré a lo uno como a lo otro.

Y con esto cesaron, por ver lo que haría el valiente Abencerraje.

El caballero pidió luego su caballo, y traído subió en él, y fue dando

vuelta a la plaza, acompañado de sus caballeros, llevando en medio a

los salvajes que llevaban la silla, y en ella el retrato de la hermosa

Jarifa, que a todos admiraba su hermosura y maravilloso adorno; y en

llegando adonde estaba el invencible Abenámar, se arrimaron los cuatro

salvajes a los dos carros triunfantes que estaban junto al aparador

de las joyas preciosas y ricas, y levantando estos la rica silla en

una parte muy alta, la pusieron sobre sus hombros, porque el hermoso y

bello retrato fuese bien visto de todas.

El valiente y esforzado Abindarráez se llegó al fuerte mantenedor, y le

dijo:

--Vencedor caballero, ¿sois servido que corramos tres lanzas con las

condiciones que están dichas?

El valiente y esforzado Abenámar le dijo:

--Para eso estoy aquí.

Y tomando al instante una lanza, lozaneando su caballo se puso enfrente

de la carrera, y corrió tan bien, que llevó la sortija dentro de la

lanza, y volviéndose, la mandó poner en su mismo lugar.

No se espantó ni admiró Abindarráez de aquello, antes cobró un nuevo

ánimo, y puesto en la carrera, fue tal y tan seguida su lanza, que en

el hierro de ella quedó metida la sortija. La gente toda movió gran

ruido y vocería; mas luego se puso en silencio por ver el fin de las

otras dos lanzas.

El mantenedor muy enojado por el buen suceso de su contrario, tornó

a la carrera, y fue con tal brío y tan buen pulso en la mano, que se

llevó segunda vez la sortija en la lanza. El bravo Abindarráez hizo lo

mismo en la segunda carrera.

Levantose gran gritería, y todos decían:

--No hay ventaja del mantenedor al aventurero; iguales son en todo.

Grandes eran los temores de las hermosas moras Fátima y Jarifa, por no

saber quién había de ser el vencido, estando su buena o mala suerte en

la lanza que faltaba, aunque ambas estaban confiadas en el esfuerzo y

valor de sus amantes.

El animoso Abenámar tomó otra lanza, y con mucho donaire se volvió a

llevar la sortija con no poco contento suyo y de su señora Fátima, la

cual habiendo visto el buen suceso y ventura de su amante, no cabía

de contento; y mirando a Jarifa, la vio robado el color hermoso de su

rostro, y viéndola así, dijo Fátima:

--Hermana Jarifa, mal has cumplido la palabra que dijiste a la reina mi

señora, pues si te acuerdas, diciéndote que era llegado el tiempo en

que se había de ver el esfuerzo de tu caballero en alcanzar victoria,

respondiste que tan buen rostro harías a lo uno, como a lo otro: ¿cómo

tan presto te se mudan los colores? Consuélate, que será posible le

suceda bien en la lanza venidera.

--En duda pongo eso --dijo la reina--, y a maravilla tendré que

Abindarráez lleve la sortija.

Y mirando, vieron cómo partió, y dio al soslayo la lanza en la sortija.

Luego se oyó acordada música del mantenedor en señal del vencimiento.

Llamaron a Abindarráez los jueces, y le dijeron que ya sabía como había

perdido, que entregase el retrato al vencedor. Él dijo:

--Pues si es así, entréguese en él, que bien sé que hoy le favorece la

fortuna y a mí me ha sido adversa; y lo que me consuela es que ha sido

mi pérdida en juego, no en escaramuza ni pelea.

Mas aunque decía esto Abindarráez, le quedaba otra cosa en su pecho,

que no quisiera haber perdido el retrato de Jarifa por cuanto había

en el mundo. Luego se puso el retrato de Jarifa a los pies de Fátima,

sonando la música del mantenedor.

La reina, viendo poner el retrato, dijo a la hermosa Jarifa:

--¿Estás satisfecha que el retrato de Fátima no vendría a tus manos?

¿No te decía yo, que no hablases de confianza? Pues mira tu retrato

a los pies de Fátima. ¿No sabes que Abenámar es uno de los buenos

caballeros de la corte, y que Abindarráez ni algún otro caballero no le

llevarán ventaja? Y si no atiende, y verás cómo no han de ser solos los

retratos que ahora están rendidos.

--Basta --dijo Jarifa--, que la ventura de Abindarráez ha sido corta

en esto, y consuélome con que en otras ocasiones ha sido muchas veces

victorioso.

Abindarráez se salió de la plaza, llevando consigo todos los de su

guarda, y a los cuatro salvajes; y antes que saliese le mandaron llamar

los jueces para darle joya por galán y buena invención, y vuelto, uno

de los jueces, que fue Abencerraje, descolgó dos ajorcas de oro, de

precio de doscientos ducados, y se las dio.

Abindarráez las tomó con mucha alegría, y las puso en la punta de la

lanza al son de sus músicos, y fue bien acompañado a los miradores de

la reina, y haciendo la debida reverencia, rindió la lanza hasta donde

estaba su señora Jarifa, y la dijo:

--Dama hermosa, teniendo presente el original, no me da mucha pena la

ausencia del referido retrato: yo hice lo posible, la fortuna me fue

contraria, y esto no porque en vuestra hermosura haya defecto, sino en

ser juego, no en fuerzas. De invención y de galán se me dio esta joya;

sed servida de recibirla, aunque no sirva sino de memoria de que no os

defendí como debiera.

Jarifa, riéndose, tomó las ajorcas y le dijo:

--Con esto me consuelo, porque lo habéis ganado por galán, y por

invención mejor; y pues se perdió el retrato, me alegro de que cayó en

tales manos, que le tratarán como quien son.

Fátima quisiera responder, y no pudo, porque entró en la plaza una

grande peña, tan natural como si fuera quitada de una sierra, cubierta

de muchas y diversas yerbas y flores, y dentro sonaba gran suavidad de

música.

Al derredor de la peña venían doce caballeros de librea de brocado

pardo, con grandes cuchilladas, y por ellas se aparecía un forro de

brocado verde, que lucía y campeaba mucho por la ropa parda y oscura.

Los extremos de las cuchilladas estaban tomados con lazadas de oro con

unos ramillos a modo de caracol. Las sobreseñales, penachos y testera

eran de plumas verdes y pardas.

Atentos estuvieron todos en la peña, por ver el fin de la aventura,

la cual en confrontando con los miradores del rey y de la reina, se

detuvo, y vieron cómo se apeó del caballo uno de los doce caballeros, y

era el más galán, y más bien dispuesto de todos; y luego fue conocido

que era el valeroso Reduán, y se holgaron mucho los que le miraban,

viendo su buen talle, gracia y disposición; y mirando lo que haría,

vieron que echó mano a un alfanje damasquino, y embistiendo con la

peña, la daba grandes golpes; y en la parte que daba abrió una terrible

y espantosa boca, y por ella salían muchas bombas de fuego, y tanto,

que le convino retirar a su caballo, porque era el incendio mucho.

Y siendo ya consumido el fuego, por la boca donde salía brotó cuatro

demonios muy ferocísimos, cada uno con una honda de fuego en la mano, y

todos con mucho ánimo embistieron con el esforzado Reduán; pero el buen

caballero peleó con ellos con mucho valor, de suerte que los encerró en

la peña.

No bien hubieron entrado, cuando salieron cuatro salvajes con unas

mazas en sus manos, y comenzaron a pelear con Reduán, y él con ellos, y

en un instante fueron vencidos los salvajes, y entrolos por fuerza en

la peña, y Reduán con ellos.

En entrando dentro fue cerrada la boca de la peña; luego se oyó

mucho ruido y estruendo de pelea; y en cesando oyeron una música tan

agradable y suave, que se suspendieron los sentidos de los oyentes a la

dulce armonía.

No tardó mucho en abrirse la boca de la peña, y por ella salió el

vencedor Reduán con los cuatro salvajes, los cuales traían un arco

de oro, tan industrioso, que admiraba, y talladas muchas historias

antiguas y modernas, y debajo del arco puesta una silla de marfil, y

en ella sentado un retrato de una bellísima dama, vestida de brocado

azul, forrado todo de tela naranjada. El tocado era curioso, puesto a

lo greciano.

Fue muy notado el artificio de todos, y más la suma belleza del

retrato; y fue conocido que era Lindaraja, dama Abencerraje, cuya

hermosura pudiera competir con la de las tres diosas de la discordia de

la manzana, y sin duda que Paris sentenciara en su favor.

Tras del retrato venían todos los músicos tañendo y cantando

dulcemente, y luego venían los demonios atados en una cadena. Fue una

cosa que a todos puso grande admiración.

Habiendo salido toda esta compañía de la peña, comenzó a disparar de

sí mucho fuego, con el cual fue toda consumida: luego se le dio un

fuerte caballo a Reduán, y con ligereza subió en él; y dando vuelta a

la plaza, hizo su acatamiento al rey, a la reina y a las damas, y en

llegando a la tienda del mantenedor le dijo:

--Aunque la condición puesta es de correr tres lanzas, si sois servido

corramos solo una, y en esa se concluya el premio de las tres.

--Si es ese vuestro gusto, dijo Abenámar, yo soy contento de dároslo.

Y dicho esto tomó una buena lanza, y paseándose se puso en la carrera,

y partiendo como una saeta, dio un bote de lanza en el extremo de la

sortija, por la parte de arriba en derecho, que aunque no se la llevó,

fue muy buena suerte, y dificultosa de ganar.

Volvió paseándose a su tienda, para desde allí ver la suerte que hacía

su contrario, el cual tenía ya una muy gruesa lanza, y estaba en la

carrera, y diola con gallardo aire y brío, y al dar el golpe fue más

galán que venturoso, porque erró la sortija y fue por alto la lanza; y

pesándole mucho por haberle salido su pensamiento tan incierto, volvió

diciendo:

--Tan desgraciado soy en lo uno como en lo otro.

Los jueces le dijeron:

--Perdido habéis, caballero, mas por vuestra extremada invención y

mucha gala, llevaréis premio.

Fuéronle dadas unas arracadas turquescas de oro de Arabia, de valor de

doscientas doblas por la mucha hechura que tenían.

El arco triunfal de cuatro partes hecho, y la silla con el retrato de

Lindaraja, fue puesto a los pies del triunfante y victorioso retrato

de la hermosa Fátima, que no poco alegre y contenta estaba con la

buena ventura que su caballero había tenido, y muy envidiosas Jarifa y

Galiana en ver tantos trofeos a los pies de la efigie de Fátima.

El gallardo y animoso Reduán tomó las arracadas con disimulación de su

tristeza, y poniéndolas en la punta de la lanza, siendo acompañado de

muchos caballeros y música, las llevaron a los miradores de las damas

donde estaba la hermosa Lindaraja, y alargando la lanza le dijo:

--Servíos, señora, de recibir este pequeño don, aunque me cuesta caro;

pero no mirando mi poca suerte en lo que toca al juego de sortija, sino

al grande deseo que tuve de haceros triunfadora de todos los despojos:

mas la fortuna está hoy de parte de Abenámar, y así no soy culpado.

Recibid, bella señora, las joyas por oprobio mío, para que cada vez que

yo las vea en vuestro poder, traiga a la memoria cuán mal os defendí.

--Uso es de damas --respondió la discreta Lindaraja--por cortesía

recibir lo que se les da, y por ser costumbre por eso las recibo; pero

sabe, caballero, que me ha pesado que sin mi consentimiento hayáis

sacado mi retrato; y pues que no hubo voluntad mía, no tengo por

pérdida la vuestra, ni reconozco ventaja a la Zegrí Fátima, porque soy

Lindaraja Abencerraje.

Y diciendo esto tomó las joyas de la punta de la lanza, haciendo la

debida cortesía a su galán.

Bien quisiera replicar Reduán, y poder responder a su señora; pero

hubo mucho alboroto, porque vieron entrar una galera, que parecía ir

navegando con el trinquete.

La chusma iba bogando, y parecían dividirse en cuatro cuarteles,

vestidos de colores, uno de damasco verde, otro de morado y otro de

azul. La palamenta, árboles y entenas iban doradas, la proa hecha de

plata con sus barandillas torneadas, muy curiosamente obradas.

Traía tres fanales de oro, el espolón era de plata, las velas de

brocado blanco con fleco de oro y seda, y muchos gallardetes, flámulas

y barandillas de diferentes colores. La divisa de la galera era

un salvaje desquijarando un león, divisa antigua de los valientes

Abencerrajes. Los marineros y proeles venían vestidos de rico damasco,

tejidos y guarniciones de finísimo oro. Las jarcias eran de seda

morada.

Traían curiosamente hecho en el espolón un mundo de cristal, y en

círculo una faja de oro y unas letras que decían: _Todo es poco_;

bravo blasón, y solo digno del grande Alejandro o de César, aunque

les vino notable daño al linaje de los Abencerrajes, del cual venían

treinta caballeros mancebos dentro de la galera con libreas de brocado

encarnado y blanco, con recamos y tejidos de oro.

El capitán era un caballero llamado Abin-Hamete, vestido de trajes muy

ricos. Venía arrimado al estanterol, el cual era de oro de martillo.

De esta manera entró la bizarra galera en la plaza, y llegando

enfrente de los miradores reales disparó el cañón de la crujía y todas

las demás piezas con tal violencia que parecía estar batiendo los

miradores. Acabadas de disparar las piezas, comenzaron cien arcabuceros

a escaramucear unos con otros, que parecía ser batalla formal.

Al disparar la galera su artillería, respondió con la suya la Alhambra

y Torres-Bermejas. Era tanta la artillería y arcabucería, que parecía

batirse la ciudad; y admirados todos de la brava y costosa invención,

decían que no se había hecho tal entrada como aquella.

De mortal rabia y envidia ardían los Zegríes y Gomeles en ver que los

Abencerrajes hubiesen hecho semejante grandeza como la de la galera, y

con insaciable envidia dijo un Zegrí al rey:

--No puedo entender donde han de llegar los pensamientos de estos

Abencerrajes y sus pretensiones, que tan encumbradas van, que en

cierta manera oscurecen las obras y hechos de vuestra alteza y de sus

antecesores.

--No tenéis razón --dijo el rey--, que más temido y estimado es un rey

teniendo caballeros de esfuerzo y valor en su corte y en su servicio,

que no teniendo caballeros de poca cuenta. Los caballeros Abencerrajes,

como son descendientes de reyes, son valerosos, y procuran extremarse

en todas las cosas que hacen, y a mí me parece bien.

--Bueno fuera --dijo un caballero de los Gomeles-- si sus cosas fueran

enderezadas a un llano y buen fin, pero pasan por muy alto sus altivos

pensamientos.

--Hasta ahora no han hecho cosa --dijo el rey-- que no corresponda a

nobles, ni de ellos se puede presumir que la harán, porque todos sus

fines se inclinan a virtud.

Con aquesto cesó la plática, porque la galera dio vuelta por toda la

plaza, y fueron conocidos todos los caballeros Abencerrajes, cuyas

proezas y grandes hazañas a todos eran notorias.

Llegada la galera junto al mantenedor, saltaron en tierra todos los

treinta caballeros, y fueron servidos de feroces y briosos caballos,

encobertados del mismo brocado encarnado, y adornados de penachos y

testeras riquísimas.

No hubieron los bizarros Abencerrajes saltado en tierra cuando la

galera volviendo al son de los músicos instrumentos, y disparando toda

la artillería, se salió de la plaza, y a ella respondió el Alhambra.

Ahora será bien volver al falso Reduán y a Abindarráez que todavía

estaban en la plaza por ver lo que pasaría.

Reduán estaba muy triste y muy descontento por lo que Lindaraja le

había dicho, y se llegó a Abindarráez y le dijo:

--Oh mil veces afortunado Abindarráez, cuán contento vives por saber

que tu señora Jarifa te ama, que es la mayor felicidad que puede dar

fortuna. Y yo cien mil veces desdichado, pues que sé claramente que no

me ama aquella mi dulce y bella ingrata, que hoy me ha despedido con

rigor.

--Sepamos --dijo Abindarráez-- quién es esa dama a quien estás tan

rendido, que tan mal te corresponde.

--Es tu prima Lindaraja --respondió Reduán.

--¿Pues no sabes cómo quiere y ama a Hamete Gazul, porque aquese es su

gusto, y lo sé yo mucho ha? Da orden de apartarla de tu imaginación,

porque sé de muy cierto que siembras en tierra estéril, y no has

de sacar de ella nada, dijo Abindarráez, no porque no llevas buena

insignia de tu pasión, y muy bien lo has publicado; mas no hay que

hacer caso de mujeres, porque brevemente se vuelven como la veleta a

todos vientos.

Decía esto Abindarráez sonriéndose, y de verdad, porque Reduán sacó

aquel día una avisada insignia de su pena, que era un mongibelo

ardiendo en vivas llamas, con una letra que decía así: _Más está mi

alma_.

Y viendo Reduán que Abindarráez se sonreía, le dijo:

--Bien parece que vives contento; quédate en paz, que yo ya no puedo

sufrir la pena que atormenta mi corazón afligido.

Y dicho esto picó apriesa, y se salió de la plaza con sus caballeros:

Abindarráez hizo lo mismo despidiéndose de su Jarifa.

Los treinta Abencerrajes de la galera estaban puestos en orden para la

sortija, y el capitán de ellos se llegó al mantenedor diciéndole:

--Caballero, nosotros no tenemos retratos de damas para ponerlos en

competencia; queremos solamente correr cada uno con vos una sortija,

como es fuero entre gente hidalga.

Abenámar respondió que era contento de ello, y empezando a correr su

lanza con cada uno, los Abencerrajes lo hicieron tan bien, que el

mantenedor perdió muchas joyas, las cuales dieron ellos a las damas

a quien servían: comenzaron después una escaramuza muy agradable a

la vista y dando carrera se salieron de la plaza, quedando todos muy

contentos.

En saliendo ellos entró un castillo disparando su artillería, llevando

muchas banderas y pendones, y dejándose de adentro sentir una música

agradable y deleitosa.

En la cumbre de la torre del homenaje estaba el fiero Marte, armado con

preciosas armas, un estoque en la mano derecha, y en la izquierda un

pendón de brocado verde con una inscripción formada de letras muy ricas

de oro, que contenían el elogio más pomposo de la carrera militar.

Los pendoncillos del castillo eran de brocado de diversos colores; los

de una parte verdes con flecos y cordones morados, y todos con una

misma letra, que decía así:

No es muerte la que por ella

se alcanza gloria crecida,

sino vida esclarecida.

Los de otra parte eran de damasco azul con flocaduras y cordones de oro

fino, teniendo una letra que decía de esta manera:

Cante la fama las glorias

de Granada, pues son tales,

que se hacen inmortales.

En el otro lienzo del hermoso castillo había tremolando otros ocho

pendones de brocado encarnado, con cordones y flocaduras de oro.

Eran de muchísimo precio y estima, y muy agradables a la vista, porque

adornaban con su hermosura el castillo, y con una letra todos, que

decía de esta suerte:

La verdadera nobleza

está en seguir la virtud:

si acompaña rectitud,

gana renombre de alteza.

En el cuarto y último lienzo del castillo había otros ocho pendones de

brocado, cordones y flecos de oro, sembrados de medias lunas de plata,

que parecían espejos mirándolas de lejos, según relumbraban, y cada uno

tenía esta letra:

Toque la famosa trompa,

y todo silencio rompa,

publicando la grandeza

de esta nuestra fortaleza,

que sale con tanta pompa.

Si entró la galera suntuosa, no con menos aparato entró el castillo.

Ninguno podía entender de qué fuese fabricado, sino que parecía de

oro, con muchas labores y follajes, y muchas batallas, y con artificio

sonaba dentro mucha música, y muy acordadas dulzainas, ministriles

y trompetas bastardas e italianas, que era cosa de oír. Anduvo el

castillo hasta ponerse enmedio de la plaza, y allí paró.

Venían tras de él muchos caballeros vestidos de libreas costosas, los

cuales traían del diestro treinta y dos caballos, con muy ricos jaeces

y paramentos de brocado de diversos colores, como adelante se dirá.

Pues mirando al castillo, vieron que por la parte de los pendones de

brocado verde se abrió una grande puerta, y sin aquesta había otras

tres ocultas por las partes de los pendones.

Abierta, pues, la primera, salieron por ella ocho caballeros con

libreas de brocado verde, con penachos y plumas verdes. En saliendo,

les dieron ocho poderosos caballos encobertados de brocado verde, los

penachos de la testera eran también verdes; y los caballeros sin poner

pie en los estribos subieron en los caballos, y luego conocieron ser

Zegríes.

Llegáronse al mantenedor, y le dijeron:

--Mantenedor victorioso, aquí venimos ocho caballeros a probar vuestro

valor en el juego de la sortija; ¿sois contento que corramos una lanza

cada uno?

--Si ese es vuestro gusto, también lo es el mío --respondió Abenámar--,

aunque venís contra lo dispuesto por el pregón, por no traer retratos

de vuestras damas.

Y diciendo esto tomó una lanza, y se paseó muy bien; y finalmente

de los ocho Zegríes ganaron los cinco joya, y los tres no; y los

gananciosos sirvieron a sus damas con ellas, al son de diversa y mucha

música.

Luego se fueron a entrar todos ocho Zegríes en el castillo por la

puerta por donde habían salido, siendo recibidos con la música, y

disparando artillería: luego se abrió la puerta de los pendones azules,

y salieron ocho caballeros vestidos de damasco azul, sembrados con

estrellas de oro, y los penachos azules, llenos de argentería de oro

fino. Fueron conocidos estos ocho caballeros, que eran Gomeles.

Diéronseles luego caballos encobertados de librea azul, las telas y

penachos azules con adorno. Fuéronse los ocho Gomeles a la tienda

del mantenedor, y corrieron con él una lanza, como los pasados, y de

los ocho ganaron joya los tres, y dadas a sus damas, se volvieron al

castillo.

Entrados estos, salieron otros ocho caballeros por la puerta de los

pendones de brocado, y ellos vestidos de la misma librea, y con

penachos morados, y les fueron dados caballos, cubiertos de lo mismo,

e igualmente también corrió cada uno su lanza con el mantenedor,

y ganaron los siete joya; y dándolas a sus damas, se volvieron al

castillo con la autoridad que los demás. Eran estos bravos caballeros

Venegas, y muy estimados en Granada.

Por la última puerta de los pendoncillos encarnados, salieron ocho

caballeros con libreas encarnadas del mismo brocado, y con riquísimos

penachos encarnados, cuajados de toda argentería. Los caballos que les

dieron estaban encobertados del mismo brocado. Estos caballeros eran

Mazas, y cada uno de ellos corrió una lanza, y todos ganaron joya:

todos se holgaron de que salieran con ganancia y en particular el rey,

porque estaba muy bien con aquel linaje.

Repartidas las joyas a sus damas con gran contento, y al son de la

música, y recibiéndolos con la artillería, se entraron en el castillo.

Luego se oyó mucho ruido de músicas diferentes y parando todas

sonaron chirimías, trompetas y cajas, que apriesa tocaban un rebato; y

oyéndolo, salieron los treinta y dos caballeros en sus caballos, con

lanzas y adargas, y juntos trabaron una vistosa y agradable escaramuza,

y siendo acabada, tomaron cañas, y repartidos en cuatro cuadrillas

comenzaron a jugar con mucha destreza; el cual juego siendo acabado,

hicieron un caracol extremadamente, y con una carrera en pareja que dio

cada cuadrilla, se salieron de la plaza.

También se salió el castillo disparando mucha artillería, y diferente

música. Y todos decían, que si la galera había entrado vistosa y

costosa, que el castillo no era de menos estima y gusto.

Los que estaban con el rey alababan la galera, y otros el castillo, y

uno de los Zegríes dijo:

--Juro por Mahoma, que tengo gran contento, porque los Zegríes y

Gomeles han sacado tal invención, que puede competir con la de los

Abencerrajes; y a no haber salido tal el castillo, estuvieran muy

desvanecidos: pero bien entenderán que los Zegríes y Gomeles son buenos

caballeros, y tienen partes tan subidas de punto como ellos.

Un caballero de los Abencerrajes, que allí junto del rey estaba,

respondió:

--Por cierto, caballero Zegrí, que en lo que habéis hablado no tenéis

ninguna razón, porque los Abencerrajes son caballeros tan modestos

que, por próspera fortuna que tengan, no alcanzan más ni menos, ni por

adversa que les venga se bajan; continuamente se están en un ser, y

siempre viven en una manera con todos, siendo afables con los pobres,

y socorriéndolos; magnánimos con los ricos, y amigos sin doblez ni maña

ninguna, y así no hallaréis que en Granada ni en todo su reino haya

caballero Abencerraje mal quisto, ni de nadie mal querido, sino es de

vosotros los Zegríes y Gomeles, y sin razón los tenéis odiados.

--¿Sin razón os parece? --dijo el caballero Zegrí--. ¿Luego no es causa

suficiente para aborrecerlos el haber muerto violentamente en el juego

de cañas al Zegrí Mahomad, cabeza de todo nuestro linaje?

--¿Y no os parece --dijo el Abencerraje-- que se movieron los de mi

linaje con suficiente causa, pues todos los Zegríes se juntaron, e

hicieron traición contra los Abencerrajes para matarlos, y fueron

armados con jacos y cotas debajo de las armas, y en lugar de

cañas tiraban lanzas con hierros agudos, lo cual experimentó bien

Malique Alabez, pues le pasó el brazo de una parte a otra? Así que

manifiestamente ha parecido estar en los Zegríes la culpa, y con

saberlo muy de cierto que fuisteis culpados, tenéis un rencor mortal

contra nosotros, y nos buscáis mil calumnias.

--Pues así culpáis a los Zegríes --dijo el Zegrí--, y decís que ellos

fueron agresores y cabeza de bando, ¿por qué causa iba Alabez armado?

--Yo os lo diré --dijo el Abencerraje--. Habéis de saber que uno de

los convocados le dio aviso de la traición, y así se previno él, y por

entender que semejante villanía no harían tales caballeros, no dio

aviso a los Abencerrajes; y creedme, que si lo diera, no había de ser

solo Mahomad, sino que fueron como de juego, y no como de pelea. Pero

con todo eso recibid lo que ganasteis, pues Malique Alabez vengó bien

su herida.

--Si la vengó --dijo el Zegrí--, espero en Alá Santo que lo ha de pagar

algún día.

El rey y muchos caballeros estuvieron escuchando el coloquio que había

pasado entre el Abencerraje y el Zegrí, y quisieron responder algunos

Zegríes; y visto por el rey que se iba encendiendo el fuego, les mandó

callar, pena de la vida, porque no se revolviera alguna pendencia. Oído

el mandato callaron, quedando de nuevo encontrados, y con intento de

vengarse unos de otros.

Estando en esto entró en la plaza un carro triunfante dorado de fino,

en las esquinas y cuadrángulos talladas todas las cosas que habían

sucedido desde la fundación de Granada hasta el día presente, y

dibujados los reyes y califas que la habían gobernado. Oíase dentro del

carro una acordada música de muchos instrumentos.

Encima del carro venía una gran nube, puesta con tanto artificio, que

causaba admiración. Echaba de sí infinidad de truenos y relámpagos, que

su braveza ponía espanto a quien lo miraba. Tras esto llovía una menuda

gragea de anís con tal concierto, que a todos ponía espanto; toda la

plaza anduvo desta manera, y como fue junto de los reales miradores,

con gran sutileza fue abierta en ocho partes, descubriendo dentro

un cielo azul hermosísimo, adornado de muchas estrellas de oro muy

relucientes.

Estaba puesto por su arte un Mahoma de oro, sentado en una silla, y en

las manos una corona de oro, que la ponía sobre la cabeza del retrato

de una mora en extremo hermosa, la cual traía sus cabellos sueltos

como hebras de oro: venía vestida de brocado morado, toda la ropa

acuchillada, y todos los golpes venían tomados con broches de diamantes

y esmeraldas. La dama fue conocida de todos, que era la hermosa Cobaida.

A su lado estaba sentado un caballero, vestido de la misma librea de la

dama, y plumas moradas y blancas, con argentería de oro, y el remate de

ello lo tenía el retrato, que parecía estar preso.

El caballero fue conocido que era Malique Alabez, que habiendo sanado

de las heridas que le había dado el maestre, quiso hallarse en las

fiestas, y por la confianza que tenía de su destreza.

El caballo era del maestre, y salió encobertado del mismo brocado,

testera y penachos de la misma color.

Grande fue el contento que todos recibieron en verle, porque le querían

mucho, y mayor el gozo de su señora Cobaida, por ver el artificio y

autoridad con que venía su retrato.

Todos esperaban que empezase Alabez las suertes, por la satisfacción

que de él tenían, el cual se fue paseando poco a poco delante de su

carro, por ser bien visto de todos; y en llegando adonde estaba la

tienda del mantenedor, se detuvo y le dijo:

--Caballero, conforme a las condiciones, ¿gustáis de que corramos tres

lanzas, que aquí traigo el retrato de mi señora?

--Soy contento --respondió Abenámar, y diciendo esto, tomó una lanza, y

corrió con tan buen aire, que se llevó la sortija dentro de la lanza.

Alabez corrió e hizo lo mismo. En todas las tres lanzas se llevó

siempre la sortija. Levantaron vocería, diciendo:

--Bravo caballero es Alabez, pues no ha perdido lanza; buena joya

merece.

Los jueces habían tratado que pusiesen juntos los retratos de Abenámar

y Alabez, pues ambos eran buenos caballeros, y que por su valor se le

diese a Alabez una buena joya por la sutil y vistosa invención que

trajo.

Llamáronle, y venido luego pidió su retrato, y junto con él le dieron

una navecilla de oro, con todos su aderezos, y él la tomó, y al son de

muchos instrumentos dio la vuelta a la plaza, y en llegando al mirador

de la reina, en cuya compañía estaba la hermosa Cobaida, y poniendo la

navecilla en la punta de la lanza y dándosela, la dijo:

--Servíos, dama hermosa, de esta nave, que va viento en popa, como mi

deseo.

Cobaida la tomó con rostro vergonzoso, que hermoseó más su belleza.

La reina miró la nave, y dijo:

--Por cierto que si navegáis con tan buen piloto, como el que la ganó,

que os podéis tener por dichosa, aunque merecéis un rey.

Cobaida besó las manos a la reina por tanto favor.

Alabez se fue a su carro, y sentado como de antes, le pusieron la

cadena al cuello al son de muchos instrumentos, y puesta se cerró la

nube, comenzando a echar truenos y relámpagos con gran temeridad, que

parecía querer quemar la plaza, y con esto se salió de ella.

El rey dijo a los caballeros:

--Alabez ha llevado el lauro de todas las invenciones, porque la suya

ha sido la mejor que he visto jamás.

Los caballeros respondieron, que no se había visto tal sutileza.

En saliendo la nube, entraron cuatro cuadrillas de caballeros muy

galanes.

La una cuadrilla, que era de seis caballeros, traía libreas de brocado

rosado y amarillo, los caballos encobertados con la misma librea, con

plumas y penachos de la misma color. La otra cuadrilla venía de brocado

verde y rojo con la misma color, y penachos de la librea. La tercera

cuadrilla venía de brocado azul y blanco, recamado de oro y plata,

adornados los caballos con la misma librea. La última cuadrilla venía

de brocado amarillo y naranjado, con lazos y recamos de oro y plata,

cubiertos los caballos de la misma librea.

Entraron estos veinte y cuatro caballeros con adargas y lanzas, y en

ellas pendoncillos de sus libreas, y entre todos hicieron un extremado

caracol.

Acabado, empezaron una brava escaramuza doce a doce, que parecía

batalla entre enemigos; y acabada la escaramuza tomaron cañas, y

divididos en cuatro cuadrillas, jugaron muy bien las cañas, y acabado

el juego, fuéronse gallardeando al mantenedor, y le dijeron si quería

correr una lanza con cada uno de ellos. Abenámar respondió que sí la

correría.

Finalmente con todos veinte y cuatro corrió una lanza, y los quince

ganaron joya, y al son de los instrumentos las dieron a sus damas, y

se salieron de la plaza, dejando a la gente de ella contenta por haber

visto su gentileza y galas.

La una cuadrilla eran Azarques, y en otra Sarracinos, y la tercera

Alarifes, y la cuarta Aliatares, toda gente noble y principal, y

estimada de todos. Los antepasados de estos caballeros fueron vecinos

de Toledo, de los pobladores, gente principal y estimada.

Florecieron estos linajes en tiempo del rey Calafín, que reinó en

Toledo: este tenía un hermano, que era rey en un lugar que se llamaba

Belchiz, en Aragón; se decía Zaide, y tenía grandes competencias y

guerras con un bravo moro llamado Atarfe, deudo muy cercano del rey

de Granada; y habiendo hecho partes con Zaide y el moro Atarfe, el

rey de Toledo, por manifestar la alegría que tenía de que su hermano

y Atarfe fuesen ya amigos, hizo una fiesta solemne, en la cual se

corrieron toros, y hubo un vistoso juego de cañas, y los jugadores de

ellas fueron estos cuatro linajes de caballeros, Sarracinos, Alarifes,

Azarques y Aliatares, abuelos de los caballeros nombrados en el juego

de sortija.

Otros dicen que las fiestas que el rey de Toledo hizo no fueron

sino por dar contento a una dama llamada Zelindaja, a quien el rey

quería mucho, y tomó por achaque las paces de su hermano Zaide con el

granadino Atarfe.

Sea por una de las dos causas, ellas se hicieron, como está dicho; y

estos caballeros eran de aquella prosapia y sangre de aquellos cuatro

linajes.

La causa de vivir en Granada fue, que como se perdió Toledo, se

retiraron a Granada; y de aquellas fiestas ya dichas y del juego de

cañas que se hizo en Toledo, quedó grande memoria, por ser las fiestas

notables de buenas, y por ellas se dijo este

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 18 / 43 题