En el cuarto de Comares
está la hermosa Galiana,
con estudio y gran destreza,
labrando una rica manga
Para el fuerte Sarracino,
que por ella juega cañas:
la manga es de gran valor,
que precio no se le halla.
De alfójar y perlas finas
la manga iba esmaltada,
con muchos recamos de oro,
y lazos finos de plata;
De esmeraldas, y rubíes
por todas partes sembrada.
Muy contento vive el moro,
con el favor de tal dama;
La tiene en el corazón,
y la adora con el alma:
si el moro mucho la quiere,
ella mucho más le ama;
Pues si el moro es de tal suerte,
bien merece Galiana,
que era la mora más bella,
que en muchas partes se hallaba.
Muchos moros la sirvieron,
nadie pudo conquistarla,
sino el fuerte Sarracino,
que ella de él se enamoraba,
Y por sus tiernos amores
dejara los de Abenámar:
contentos viven los dos
con colmadas esperanzas,
Que se casarán muy presto
con regocijo y con zambra;
porque entiende el rey en ello;
y tiene ya la palabra
Del alcaide de Almería,
que es padre de Galiana;
y así en Granada se dice,
que se casarán sin falta.
Finalmente, la manga no tenía precio su valor, y el fuerte Sarracino
confiado en su gallardía y destreza, quiso poner la manga en ventura de
perderla, no considerando el bravo competidor que tenía delante.
El cual, así como oyó hablar a Sarracino, dijo que aquel era el premio
del vencedor, corriendo tres lanzas mejores que el contrario; y si lo
vencían perdía su fama y joyas.
Y diciendo esto, pidió que le diesen un caballo de ocho que tenía
enjaezados, como se ha dicho, y tomando una gruesa lanza de sortija,
se fue paseando por la carrera con tal donaire y brío, que a todos los
que le miraban les daba gran contento.
Y viendo la bizarría que tenía, dijo el rey a los caballeros:
--No se niegue el buen parecer y postura que tiene Abenámar a caballo:
Sarracino también es buen caballero, y hoy veremos quién lleva la palma
del vencimiento.
A la sazón llegó al cabo de la carrera Abenámar, y haciéndole dar a su
caballo una vuelta en el aire, dio un brinco muy alto, y luego salió
como un rayo, y en medio de la carrera tendió su lanza con un donaire
gracioso, y llegando a la sortija, dio por el extremo de arriba, y por
muy poco no se llevó la sortija en la punta de la lanza; y no valía
nada la que no se llevaba la sortija dentro del hierro, ni se podía
ganar el premio si no era de esta manera.
Y deteniéndose miró a ver la suerte que haría el venturoso Sarracino,
el cual estaba muy confuso y descontento, habiendo visto el golpe que
había hecho el valeroso Abenámar, y mostrando buen ánimo, confiado en
su mucha destreza, tomó una lanza, y poniéndose en la carrera arrancó
con tanta velocidad, como si fuera una bala despedida de una culebrina
por la gran violencia de la encendida pólvora, y tendiendo la lanza la
llevó tan seguida, que la metió por medio de la sortija, y se la llevó
dentro de la lanza.
Toda la gente que estaba mirando la justa dieron muy grandes voces,
diciendo:
--Abenámar ha perdido; su retrato y cadena la ha ganado el vencedor
Sarracino, porque la fortuna le ha sido muy favorable, y está de su
parte la victoria.
Cuán ufano quedó Sarracino con la algazara que levantaron todos, no se
puede encarecer, porque ya se consideraba poseedor de los premios del
vencido; y así dijo, que le entregara el retrato y la cadena, pues la
había ganado.
Mas el valeroso Muza, que era padrino del mantenedor Abenámar, replicó
que no había ganado, porque eran tres lanzas las que habían de correr,
y faltaban las dos. El padrino de Sarracino, que era un caballero
Azarque, dijo que era ganado el premio con aquella lanza; y todos
daban voces, cada uno alegando su derecho.
Los jueces mandaron que callasen, que ellos lo determinarían, y fue
determinado que no había ganado Sarracino, atento que le faltaban dos
lanzas que correr.
Sarracino estaba ardiendo en viva cólera, porque no le daban los
premios ya ganados por la voz del pueblo, y más se encolerizó cuando
sentenciaron que aún no había ganado. No estaba con menos cólera
Abenámar que Sarracino, por haber perdido la primera lanza, y porque el
vulgo le había dado el lauro a Sarracino.
Quien en estos debates mirara a Galiana, viera en su rostro una mudanza
extrañísima de alegría que tenía por la desgraciada suerte que había
tenido en la primera lanza el valiente Abenámar; y lo contrario se
viera en Fátima por la buena suerte de Sarracino, aunque con discreción
disimulaba su pena, pero no tanto que no se sintiese.
Y Jarifa, como dama en quien había tanta discreción, le dijo a Fátima:
--Amiga, mal le va a vuestro caballero y galán Abenámar: si así es
hasta el fin, no le arriendo la ganancia.
--No tengo cuenta con eso --respondió Fátima--; pero si ahora le ha ido
mal, podrá ser que le vaya bien después, y tanto que te pese, lo cual
veremos al fin.
--Bien dices --dijo la hermosa Jarifa--, y eso aguardo; pero cree que
los buenos principios siempre traen buenos fines.
--Eso niego --dijo Fátima--, y espero que me dirás que tengo razón,
por este símil. Bien has visto y oído que un enamorado galán, en las
primicias de sus amores, sirve a su dama con gran cuidado, siendo
puntual en darla gusto, en regalarla, en darla músicas, en rondarle
la casa, y en idolatrarla. Hácele mil promesas, que mientras más
fuere, más la servirá y querrá, y que tan imposible será el dejar de
quererla, como dejar el sol de calentar en el estío, y querer arrebatar
con la mano la luciente luna de su lugar, y otros muchos imposibles
que dicen, y sobre todo, el casarse con ella, todo con motivo y
fundamento de gozar la dama a quien desea. La inocente, obligada con
obras y promesas, entrégale su libertad, y viene en su deseo y gózala.
¿Aquestos son buenos principios, Jarifa?
Ella respondió:
--Sí.
Dijo Fátima:
--Pues apenas ha gozado la rendida dama el fraudulento amante, cuando,
porque pasando un caballero por su casa le quitó el bonete por
cortesía, dicen luego que es su galán, y que no se admiran, que quién
entregó su honor a él, lo entregará a muchos; no queriendo admitir el
perverso y fementido amante, que debajo de sus promesas y juramentos
se le rindió la desdichada dama. Mira, Jarifa, cuánta es la malicia de
los que esto usan, y traen por flor, que por solo que le dio algún rayo
del sol en su balcón, desisten de la amistad de la recogida dama, y
la dejan burlada, presa de amor, y deshonrada, por cuya causa viene a
tener desastrado fin. ¿Son estos buenos fines?
--No por cierto --dijo Jarifa--, y confieso ser así lo que dices, y
así pasa hoy en el mundo, y yo conozco algunas señoras pobres, cuya
hermosura han gozado algunos caballeros, y solo por ser pobres las
han dejado, y están arrinconadas y perdidas para siempre; por lo que
debemos las doncellas escarmentar en cabeza ajena, y no creer a nadie
de ligero, sino ir con el gusto de nuestros padres. Y si te parece
miremos a los competidores.
Y mirándolos, vieron como Abenámar tomó otro caballo y lanza, y aunque
disimuló, ardiendo en cólera por la mala suerte pasada, arrancó a toda
furia, y tendiendo la lanza la llevó derecha como una bala, y pasando
por la sortija como un pensamiento, se la llevó dentro de la lanza.
La gente dio gran gritería diciendo:
--El mantenedor va victorioso.
Sarracino dio la carrera con muy gran desenfado y gallardía, y
enristrando su lanza con cuidado, tocó un lado de la sortija, y no hizo
efecto ninguno.
Abenámar dijo a Sarracino:
--Caballero, otra carrera nos queda para que concluyamos nuestro
pleito; concluyámoslo luego.
Y diciendo esto pidió una lanza, y en dándosela se fue poco a poco,
y puesto en la carrera, la dio con la lanza tan bien puesta, que
embocándola por la sortija, se la llevó dentro.
Entonces fueron las voces de toda la gente más levantadas de punto,
diciendo:
--Ganado ha el mantenedor sin duda; suyo es el retrato hermoso de
Galiana y la rica manga.
Bien se aparecía en Galiana el sentimiento que en su alma había, por la
poca esperanza que tenía de que su enamorado Sarracino ganase. El cual
se puso en la carrera, y al llegar a la sortija dio con la punta de la
lanza en un extremo, que con el gran movimiento cayó en el suelo.
En parando el caballo del animoso Sarracino, fue llamado por los
jueces, y le dijeron que había perdido el retrato de su dama y la rica
manga. El moro respondió:
--Si ahora en juego he perdido, en escaramuzas sangrientas ganaré.
Abenámar, que con él estaba picado por lo que ya hemos dicho, respondió
que si por vía de escaramuza entendía cobrar algo de lo perdido, que le
avisase si quería luego cobrarlo, o que se quedase para cuando hubiese
ocasión, que él le cumpliría de justicia a medida de su deseo.
Los jueces y padrinos los apaciguaron, y no consintieron que se tratase
más en aquel caso. Sarracino salió de la plaza junto con los caballeros
que le acompañaron. Abenámar mandó poner los ricos despojos a los pies
de Fátima, su señora, sonando al ponerlos muchos instrumentos músicos.
El gozo y alegría que sintió la discreta y hermosa Fátima fue grande,
por la alcanzada victoria; y más cuando vio a los pies de su retrato
trofeos tan ricos y estimados.
Mas todo este regocijo lo celebraba entre sí, por disimular el mucho
amor que tenía a su querido Abenámar, porque ella no quería que con
demasiada certidumbre supiesen lo que sospechaban; en lo cual era muy
diferente en el gusto que las otras damas de palacio, que se holgaban
siempre de que sus negocios se supieran.