_Del triste llanto que hizo la hermosa Fátima por la muerte de su
padre, y cómo se iba a Almería la bella Galiana, si su padre no
viniera, la cual estaba muy vencida de amores de Sarracino; y de lo
que entre él y Abenámar pasó una noche debajo de las ventanas del real
palacio._
Muy gran llanto era el que hacía la bella Fátima por la muerte de
Mahomad Zegrí, su padre, y era en tanto modo su sentimiento y dolor,
que se temía no perdiese el juicio o la vida, porque no bastaba la
reina, ni alguna otra dama a consolarla: era tan grande el dolor que
tenía en su afligido corazón, que del sentimiento, llanto y desconsuelo
enfermó, y enflaqueció de tal suerte que parecía otra de la que ser
solía.
Visto que no admitía consuelo ninguno, y que las medicinas no la daban
mejoría, acordaron enviarla a Almería a casa del alcaide de ella, que
era su pariente, el cual tenía una hija muy hermosa y discreta, que
sería posible aliviarse allí, y quitarse la tristeza que tenía; y allí
la llevaron, donde fue bien recibida y regalada.
La hermosa Galiana vivía libre de amor, y fue herida de amores de
Hamete Sarracino, y con grande exceso; y como se acababa la licencia
que de su padre tenía para estar en Granada, envió a llamar al valiente
Sarracino con mucho secreto.
Dado el recado vino al punto a palacio, y entrando en el aposento de
la bella mora, vio que estaba sola, y ella se levantó a recibirle,
mudadas las colores. El bizarro moro la dijo, que le mandase lo que
quería que en su servicio hiciese.
Galiana le mandó sentar cerca de sí, tratando largamente de las fiestas
pasadas, y la muerte del Zegrí, y de los bandos movidos para tan
pequeña ocasión, y de otras cosas, con las cuales palabras se enlazaban
las almas, y se aficionaban los ojos.
Y satisfaciendo el enamorado moro a la dama, no menos aficionada que
él, la dijo y propuso lo siguiente:
--Grande ha sido, señora, la batalla de los Abencerrajes y Zegríes, y
desdichada la muerte de Mahomad Zegrí; pero yo os certifico, señora de
mi libertad, que es más la guerra que en mi alma y pensamiento hacen
vuestra beldad y hermosura: muerto me han vuestros ojos de amor, mi
pecho se abrasa, y arde en amorosa llama; si no acudís al remedio, sin
duda moriré: recibidme en vuestro servicio, señora, y no seáis ingrata
a mi amorosa voluntad.
Galiana estuvo atenta a las discretas razones del aficionado y
gallardo moro, y en extremo holgó de ver tantas muestras en su querido
Sarracino, porque ya labraba amor dentro de su pecho, y le estimaba y
quería tiernamente, y así con alegría le respondió:
--No es de nuevo, galán Sarracino, en los hombres aficionarse a las
damas a primeras vistas y de ligero, y los primeros días tienen
algún fervor y fe, y algún cuidado de visitar sus damas, y pasearles
las calles. Aquesto hacen por obligar a las damas, y dura en ellos
entretanto que ellas se rinden, y se manifiestan por suyas; y en
siendo señores de su libertad, en ese punto cesa el cuidado y la
solicitud, y aun vienen a olvidar y aborrecer sin causa; y así las
damas que vivimos libres, no habíamos de dar crédito a vuestras
palabras y promesas.
Sarracino respondió:
--Juro por Mahoma, y él me falte, si yo faltare jamás en serviros,
quereros y adoraros, y a fe de caballero de ser muy fiel y leal
mientras viviere.
--Bien entendido --dijo Galiana-- que un caballero tan principal como
vos cumpliréis vuestra palabra, como quien sois, sabed, que me he de
ir a Almería, porque se me acaba la licencia que me dio mi padre, y
así habré de partirme de Granada; y antes de irme, holgaré de hablaros
más despacio, y sea esta noche a hora conveniente, y con mucho secreto
os poned debajo de este balcón, y podremos hablar con más quietud que
ahora; y con esto os id con Alá, antes que el rey lo entienda.
El favorecido moro se ausentó de los ojos que daban vista a los suyos,
y muy ufano y contento, por verse tan favorecido y regalado de la dama
más hermosa y libre de amor que se conocía. Cien mil siglos le parecía
cada hora de las que faltaban hasta la dichosa hora que esperaba.
Habiendo acabado Febo su curso, y empezado Tetis a tender la tiniebla
oscura, que no lo era para el enamorado moro, se fue a palacio,
prevenido de armas defensivas y ofensivas para lo que se ofreciera; y
a la una, cuando todos de ordinario reposan, se acercó al balcón de
su señora Galiana, y escuchando, oyó tocar un laúd muy acordado, y
una tierna y delicada voz, que al son del instrumento cantaba con gran
suavidad, y mostraba en sus acentos estar herida y lastimada de amor,
según las pausas que hacía, y suspiros que daba.
El gallardo moro estuvo atento a la dulce música y suave voz, y al
sentido de la dolorosa canción, que dice así: