CANCIÓN.

Divina Galiana,

es tal tu hermosura,

que iguala con aquella que el Troyano

le diera la manzana,

por quien la guerra dura

le vino al fuerte muro de Dardano.

¡Oh rostro soberano!

pues tienes tal lindeza,

el que podrá gozarte

dirá que nunca Marte

gozó cuando fue preso tal belleza;

ni el que se llevó a Argos

la causa de la guerra de años largos.

Y pues sube de punto

tan alto tu belleza,

que no hay acá tu igual en todo el suelo,

do muestres el asunto,

tan lleno de aspereza,

como Anajarte hizo al sin consuelo

amante, que de vuelo

el cuello puso al lazo,

por salir de tormento,

y quiso que llegase tan mal plazo;

muéstrate piadosa,

pues eres en verdad divina diosa.

Oyendo el bravo Sarracino la enamorada canción, y no pudiendo sufrir

más que el puesto donde había de hablar a su querida dama estuviese

ocupado, se llegó a reconocer quién era el que cantaba. El cual, como

sintió gente, dejó de proseguir su música, y se aprestó de sus armas.

Era el músico el fuerte Abenámar, el cual estaba amartelado de la bella

Galiana, y por ablandar y mover a quien tan exenta vivía de amor, la

cantaba aquella endecha triste.

Llegose Sarracino a él, y le dijo:

--¿Qué gente?

Respondió:

--Un hombre.

Replicó:

--Mucha nota veo en lo que habéis hecho, por dormir la reina y sus

damas en ese cuarto, y podrá el rey sospechar algo, que por ventura no

hay.

--No se os dé nada a vos --dijo Abenámar--, ni os entremetáis en lo que

no os va nada, sino pasad adelante antes que os envíe contra vuestra

voluntad.

--¡Oh villano! Yo veré si vuestras obras son como las palabras --dijo

Sarracino, embrazando su rodela.

Con el alfanje en la mano embistió a Abenámar, que no menos apercibido

estaba que él venía, y se comenzaron a dar muy grandes golpes.

Era tanto el ruido que hacían peleando, que algunos caballeros,

mancebos moros, que buscaban sus pretensiones, acudieron a poner en

paz, y no fue menester, porque como los valientes guerreros sintieron

venir gente, y se apartaron, por no ser conocidos. Abenámar quedó

herido en un muslo de una herida pequeña.

Los caballeros procuraron conocer los que peleaban, y nunca fue

posible, porque huyeron cada uno por su parte.

La hermosa Galiana vio todo cuanto pasó, porque ya estaba puesta en un

balcón, cuando Abenámar comenzó a tañer y cantar; y como vio trabada

la pendencia, se retiró a su aposento, temerosa no sucediese alguna

desgracia a su querido Sarracino.

No fue tan secreto este negocio que no lo supiese el rey, y mandó

que se hiciese información, para que fuese castigado el causador del

escándalo. Procurose hacer, y en ninguna manera se halló quiénes fueron

los de la pendencia.

Pasado todo esto, se dio orden para llevar a Galiana a Almería, y mandó

el rey que se aprestasen cincuenta caballeros, para que fuesen en su

compañía; y estando todo a punto entró en palacio Mahomad Mostafá,

alcaide de Almería, y padre de la hermosa Galiana.

Traía consigo una hija menor que Galiana, y tan hermosa como ella, la

cual se llamaba Celima: el rey se levantó y abrazó al alcaide, diciendo:

--¡Qué buena venida es esta, amigo Mostafá, que con ella me has dado

gran contento! Tu hija Galiana estaba ya aprestada para irte a ver con

el acompañamiento que tú y ella merecéis.

Mostafá le respondió:

--Bien tengo entendido, que de tu larga y magnífica mano he de recibir

mercedes, como siempre me las has hecho: mil años vivas para que en

tranquilidad y sosiego nos gobiernes.

--Yo os agradezco aquesa voluntad --dijo el rey, y fue a abrazar a la

bella Celima, y ella humillada le besó las manos.

La reina y sus damas se levantaron a recibir a Celima, y ella le

besó las manos a la reina, y abrazó a su hermana, y las damas se

maravillaron de la hermosura de Celima, y ella de la de las damas y su

bizarría.

El alcaide Mostafá fue recibido con mucho amor de todos los cortesanos,

y el rey le mandó sentar en un rico cojín cerca de sí, y le dijo:

--Holgádome he de tu venida y de la de tu hija, y querría saber, qué te

ha movido a traerla a Granada.

El alcaide le dijo:

--Poderoso rey y señor mío, después de venir a besar tus reales manos,

traigo a mi hija para que sirva a mi señora la reina, en compañía de

las damas y de su hermana Galiana, porque no se halle en Almería,

especialmente por el temor que tiene a los rebatos que nos dan siempre

los cristianos; y me pareció que estaba mejor en Granada, que en

Almería.

--Bien has hecho, dijo el rey, porque aquí estará en compañía de su

hermana y gozará de las fiestas que cada día se hacen, aunque las

pasadas fueron escandalosas.

A esta sazón entró un moro viejo, y dijo cómo un caballero cristiano

paseaba la Vega bien alistado de armas, en un poderoso caballo que

ponía espanto su brío y fortaleza, y no podía conocer quién fuese de

cierto, por traer puesta la celada. El rey dijo que le procurasen

conocer; y a este tiempo estaba en el Alhambra él, y la reina en la

torre de Comares.

Deseoso el rey de ver al caballero cristiano, subió a la torre de la

Campana, y con él la reina, caballeros y damas. Es la más alta torre

del Alhambra, la cual señorea toda la Vega; y mirando a ella vieron

un caballero armado, de muy lucidas y fuertes armas, en el escudo y

penacho una cruz roja, sobre un hermoso caballo, que se paseaba como si

estuviera en su misma patria. En viendo la cruz roja, dijo el rey:

--No es posible sino que aquel caballero es el maestre de Calatrava,

así por la insignia, como por la osadía que ha tenido de llegar hasta

la ciudad.

Y cuando el maestre vio al rey y a las damas, alzó la celada e hizo

la reverencia debida; y por todos conocido, le fue fecha cortesía, y

en particular por la reina y sus damas. Hecho esto puso el maestre un

pendoncillo rojo en la punta de la lanza, que era señal de batalla.

Mostafá, alcaide de Almería, pidió licencia al rey para salir a

escaramucear con D. Manuel Ponce de León, maestre de Santiago, atento

que en una escaramuza le había muerto a un tío suyo, y quería vengar su

muerte.

--No te metas en eso, le dijo el rey, que caballeros hay en mi corte

que saldrán.

Todos los caballeros le pidieron licencia para irse a ver con el

maestre, y un paje les dijo, que no se cansasen, que ya había salido de

palacio un caballero a escaramucear.

El rey preguntó quién le dio licencia. Respondió el paje:

--Mi señora la reina se la dio, porque él se la pidió.

--¿Y quién es el caballero que salió?

--Malique Alabez --dijo el paje.

--Pues si es así yo me huelgo, porque es buen caballero y hará como

quien es: siendo ambos tan valientes, será de ver la escaramuza.

A muchos caballeros les pesó, porque iba Malique Alabez a la batalla,

y quien más lo sintió fue la hermosa y querida Cobaida, porque le

amaba muy tiernamente, y no quisiera que se pusiera en tanto peligro, y

pidiendo licencia a la reina, se quitó de los miradores, por no ver la

batalla, y estuvo con mucha pena hasta saber el suceso de la escaramuza.

El rey mandó que saliesen cien caballeros armados, que fuesen en

guarda de Malique Alabez, por si estuviese puesta alguna emboscada de

cristianos. Así como el rey lo mandó, se fueron a armar, y vinieron a

la puerta de Elvira a aguardar que el valeroso Alabez viniese para ir

en su guarda.

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 14 / 43 题