Mira, Zaide, que te aviso,
que no pases por mi calle,
ni hables con mis criadas,
ni con mis cautivos trates.
No preguntes en qué entiendo,
ni quién viene a visitarme,
ni qué fiestas me dan gusto,
ni qué colores me placen.
Basta que son por tu causa
las que en el rostro me salen,
corrida de haber mirado
moro, que tan poco sabe.
Confieso que eres valiente,
que hiendes, rajas y partes,
y que has muerto más cristianos,
que tienes gotas de sangre:
Que eres gallardo jinete,
que danzas, cantas y tañes,
gentilhombre, bien criado
cuanto puede imaginarse:
Blanco, y rubio por extremo,
esclarecido en linaje,
el gallo de las bravatas,
la gala de los donaires:
Que pierdo mucho en perderte,
que gano mucho en ganarte,
y que si nacieras mudo,
fuera posible adorarte:
Y por este inconveniente
determino de dejarte,
que eres pródigo de lengua,
y amargan tus libertades.
Habrá menester ponerte
quien quisiere sustentarte,
un alcázar en el pecho,
y en los labios un alcaide.
Mucho pueden con las damas
los galanes de tus partes,
porque los quieren briosos,
que hiendan, y que desgarren.
Y con esto, Zaide amigo,
si algún banquete las haces,
del plato de tus favores
quieres que coman y callen.
Costoso fue el que me hiciste;
venturoso fueras, Zaide,
si conservarme supieras,
como supiste obligarme.
Pero no saliste apenas
de los jardines de Tarfe,
cuando hiciste de la tuya,
y de mi desdicha alarde.
A un morillo mal nacido,
me dijeron que enseñaste
la trenza de mis cabellos,
que te puse en el turbante.
No pido que me la des,
ni que tampoco la guardes;
mas quiero que entiendas, moro,
que en mi desgracia la traes.
También me certificaron,
como le desafiaste
por las verdades que dijo,
que nunca fueran verdades.
¡De mala gana me río;
qué donoso disparate!
¿no guardas tú tu secreto,
y quieres que otro lo guarde?
No quiero admitir disculpa,
otra vez vuelvo a avisarte,
esta será la postrera
que me veas, y te hable.
Dijo la discreta mora
al altivo Abencerraje,
y al despedirse replica:
_quien tal hace, que tal pague_.
Este romance se hizo por lo que atrás dejamos dicho, y viene a
propósito a la historia.
Y volviendo a ella quedó Zaide tan desesperado viendo el cruel desdén
de su dama y siendo mentira todo aquello que le increpaba, que saliendo
de allí, casi perdió el juicio, y en cólera ardiente fue a buscar a
Tarfe para matarle, y le halló en la plaza de Vivarrambla, dando orden
de algunas cosas para las venideras fiestas. Llamole aparte y díjole:
--¿Por qué me has revuelto con mi señora Zaida, no guardando la ley de
mi amistad?
Tarfe le respondió:
--Yo no te he revuelto con tu dama, y estoy inocente de lo que dices, y
de mí no debes presumir tal.
Zaide se afirmaba en lo dicho; Tarfe lo negaba, y se dijeron palabras
muy ofensivas. Cesaron las lenguas, y echando mano a sus alfanjes,
pelearon muy bien, y Zaide dio a Tarfe una herida mortal, de la cual
murió dentro de tres días.
Los Zegríes quisieron matar a Zaide, por ser amigos de Tarfe; acudieron
los Abencerrajes presto, y si no viniera el rey, aquel día se perdiera
Granada, porque Mazas, Gomeles, Zegríes y los de su bando se armaron
para herir a los Abencerrajes, Gazules, Venegas y Alabeces; mas el
rey Chico acompañado de muy principales caballeros de otros linajes,
hicieron tanto, que los apaciguaron, y a Zaide le llevaron preso a la
Alhambra.
Hecha la averiguación del caso, se halló que Tarfe era culpado; y
porque el honor de la bella Zaida no fuese manchado, hizo el rey que
Zaide se casase con ella, y le perdonó la muerte de Tarfe. Por esto
quedaron los Zegríes enojados; pero no por eso cesaron las fiestas
concertadas, porque el rey mandó que se hiciesen. No faltando quien a
Zaida respondiera a su mandato de esta suerte:
Di, Zaida, ¿de qué me avisas?
¿quieres que mire, y que calle?
no des crédito a mujeres,
ni a mal fundadas verdades.
Que si pregunto en qué entiendes,
o quién viene a visitarte,
fiestas son de mi contento
las colores que te salen.
Si dices son por mi causa,
consuélate con mis males,
que mil veces con mis ojos
tengo regadas tus calles.
Si dices que estás corrida,
de que Zaide poco sabe,
no supe poco, pues supe
conocerte y adorarte.
Conoces que soy valiente,
y tengo otras muchas partes;
no las tengo, pues no puedo
de una mentira vengarme.
Mas si ha querido mi suerte
que ya en quererme te canses,
no pongas inconvenientes
más de que quieres dejarme.
No entendí que eras mujer
a quien novedad aplace,
mas son tales mis descuidos
que aun en lo imposible hacen.
Yo soy quien pierdo en perderte,
y gano mucho en amarte;
y aunque hables en mi ofensa,
no dejaré de adorarte.
Dices que si fuera mudo
fuera posible adorarme;
si en mi daño no lo he sido,
enmudezco en disculparme.
¿Hate ofendido mi vida?
¿quieres, señora, matarme?
que no te hable me mandas,
para que el pesar me acabe.
Es mi pecho calabozo
de tormentos inmortales,
mi boca la del silencio,
que no ha menester alcaide.
El hacer plato y banquete
es de hombres principales;
mas el hacer disfavores
solo pertenece a infames.
Zaida cruel, hasme dicho
que no supe conservarte;
mejor supe yo quererte,
que tú supiste obligarme.
Mienten los moros y moras,
y miente el villano Tarfe,
que si yo le amenazara,
bastara para matarle.
Ese perro mal nacido,
a quien yo mostré el turbante,
no le fío yo secretos,
que en bajo pecho no caben.
Yo he de quitarle la vida,
y he de escribir con su sangre
lo que tú, Zaida, replicas,
_quien tal hace, que tal pague_.
Esta es la historia del valeroso moro Zaide Abencerraje, por la cual se
han hecho dos romances, a mi parecer buenos, donde nos dan a entender
cómo no es bueno revolver a nadie, porque de ello no se espera sino
el galardón de Tarfe, que murió a manos de su buen amigo Zaide. Y si
acaso es mentira que Tarfe no lo había dicho, tomaremos ejemplo en la
liviandad de Zaida, que por creerse de ligero, fue causa de la muerte
de Tarfe.
Finalmente, por esto, y por las palabras que el Malique Alabez
había hablado en el sarao, y Zulema Abencerraje, todos los Zegríes,
Gomeles, Mazas y los de su bando quedaron muy enojados, y con malos
propósitos y deseos de vengarse del agravio recibido en presencia
del rey y de los caballeros y las damas; pues estaba en el sarao y
en aquella fiesta toda la flor y nobleza de Granada, y aun del reino
todo; porque fue mucha desenvoltura la de Malique Alabez, y se alargó
mucho el Abencerraje también: mas como se habían hecho las amistades,
no trataban de ello ni lo daban a entender; pero el rencor estaba
arraigado en sus corazones y por no mostrar el odio mortal en que
ardían, se comunicaban con los Abencerrajes y Alabeces, disimulando en
todo lo que podían, puesto que eficaz y grande deseo tenían de vengarse
todos los del linaje Zegrí, como pareció después.
Estando un día todos los Zegríes en el castillo de Bibatambién, morada
de Mahomad Zegrí, cabo y cabeza de los Zegríes, tratando de las cosas
pasadas, trayendo a la memoria las palabras de Alabez, y de las fiestas
que esperaban de torneo y juego de cañas, Mahomad Zegrí habló a todos
los presentes de esta manera:
--Bien sabéis, ilustres caballeros Zegríes, como nuestro real y antiguo
linaje ha sido tenido en tanto en España y en África; y como han sido
nuestros antecesores reyes de Córdoba, y como ahora ha sido vituperado
y ofendido nuestro honor por los Abencerrajes; y los Almoradís son
nuestros enemigos, porque se han vuelto contra nosotros; con lo cual
estoy tan rabioso que muero de pesar, y lo que me alivia y entretiene
es la confianza que tengo de verme vengado. El agravio es de todos, y
todos nos hemos de satisfacer; ahora nos ofrece muy buena ocasión la
fortuna; aprovechémonos de ella, y es procurar matar en el torneo o
en las cañas a Malique Alabez, y al soberbio Abencerraje; que muertos
estos, iremos dando traza como se acabe de todo punto este pérfido
linaje de los Abencerrajes, que tan estimados y queridos son de
todos; y para esto el día del juego de cañas hemos de ir bien armados
con jacos fuertes debajo de las libreas. Y pues el rey me ha hecho
cuadrillero, saldremos treinta Zegríes, y llevaremos libreas rojas
y encarnadas con los penachos de plumas azules, antigua divisa de
los Abencerrajes, para que sea por esto instrumento de que se enojen
con nosotros y se revuelva cuestión, y venidos a batalla, cada uno
haga como quien es, y pues llevaremos armas, no hay duda sino que los
maltrataremos: no hay que temer, pues tenemos de nuestra parte Mazas y
Gomeles; y si no les diere nada a los Abencerrajes de la divisa azul,
en el juego de cañas les tiraremos agudas lanzas en el lugar de cañas.
Este es mi parecer, decidme ahora el vuestro.
Así como acabó Mahomad de decir su razonamiento, respondieron todos
que era justo lo que decía, y que era buena la traza, que cada uno
haría lo posible por vengarse; y concertado esto, fue cada uno a su
casa.
A esta sazón ordenaban su cuadrilla Muza y los Abencerrajes, siendo
cuadrillero el valiente Muza por mandado del rey, en la cual cuadrilla
habían de ir Malique Alabez y los Abencerrajes; y de común acuerdo
sacaron las libreas de damasco azul, forradas en tela de plata fina,
con penachos azules, blancos y pajizos, conformes a las libreas; los
pendoncillos de las lanzas blancos y azules, recamados con mucho oro:
en las adargas llevaban por divisas unos salvajes; solo Malique llevaba
su misma divisa, que era el listón morado, que atraviesa la adarga una
corona de oro con su letra, que decía: _De mi sangre_.
Muza llevaba la misma divisa que sacó el día que escaramuzó con el
maestre, que era un corazón en la mano de una doncella, apretando el
puño, destilando el corazón gotas de sangre, y la letra decía: _Por la
gloria tengo mi pena_.
Todos los demás caballeros Abencerrajes sacaron listones y cifras a su
gusto, puestas de suerte que no quitaban la vista de los salvajes.
Concertada esta cuadrilla del gallardo Muza, acordaron de llevar yeguas
blancas, enlazadas las colas con cintas azules de seda y oro muy fino.
Llegado ya el celebrado día de la grandiosa fiesta, mandó el rey
traer veinte y cuatro toros de los mejores que había en la sierra de
Ronda, que eran allí muy bravos; y puesta la plaza de Vivarrambla
como verdaderamente convenía para la tal fiesta, el rey acompañado de
muchos caballeros ocupó los miradores reales, que para aquellas fiestas
estaban diputados. La reina con muchas damas se puso en otros miradores
con la misma orden que el rey. Todos los ventanajes de las casas de
Vivarrambla estaban ocupados de bellísimas damas.
Acudió tanta gente, que no había sitio donde estuviesen, y vinieron
muchos de fuera del reino, como fue de Toledo y de Sevilla, y la flor
de los caballeros de esta ciudad se hallaron en Granada a la fama de
tan grandes fiestas.
Los caballeros Abencerrajes andaban corriendo los toros con tanta
gallardía y brío que daban a todos mucho contento en mirarlos,
y en verlos hacer aquellas gentilezas les daban mil alabanzas; y
particularmente se llevaban tras de sí los ojos de todas las damas,
porque eran tan favorecidos de ellas que no se tenía por dama quien no
amaba Abencerraje; y donde quiera que había caballeros de este linaje,
eran tan tenidos, estimados y queridos de todos que causaban envidia a
los otros caballeros.
Y con mucha razón eran queridos de las damas, porque todos ellos eran
galanes y gentiles hombres, hermosos y dotados de discreción, y muy
bien criados y de buenos respetos.
Ninguno llegaba a cualquiera de ellos con necesidad, que no se la
remediase, aunque fuese muy a su costa. Eran deshacedores de agravios,
aquietadores de la república, padres de huérfanos, amigos por extremo
de la conservación y obediencia a sus reyes debida.
Eran muy amigos de cristianos, porque ellos mismos iban a las mazmorras
a visitar a los cautivos, y los consolaban, daban limosnas y les
enviaban de comer; y por estas y otras muchas causas eran tan queridos
de todo el reino.
Jamás en ellos se halló temor, aunque se les ofreciesen casos muy
arduos. Daban tanto contento con su bizarría y nobleza, que las damas y
toda la gente no apartaban su vista de ellos.
No menos galas llevaban los gallardos Alabeces.
Procuraron mostrar su valor los Zegríes, porque alancearon ocho toros
muy bien, sin recibir daño ningún Zegrí, ni los caballos.
A la una de la tarde ya estaban corridos doce toros, y el rey mandó
tocar los clarines y dulzainas, que era señal para que todos los
caballeros que habían de jugar, se juntasen en el mirador, y juntos,
muy gozoso el rey les hizo dar colación.
Lo mismo hizo la reina a sus damas, las cuales tenían galas y trajes
nunca vistos, a que daba más ser la hermosura de quien los tenía
puestos.
Llevó la reina una rica marlota de brocado, con muy ricas labores de
oro y pedrería fina. Tenían un tocado muy costoso, y encima de la
frente una rosa encarnada, y enmedio de ella un carbunclo precioso. En
volviendo el rostro la reina, era tanto el resplandor y claridad que
echaba de sí el carbunclo, que quitaba la vista a quien lo miraba.
La bella Daraja salió de azul, la marlota de damasco picada, forrada
de tela de plata, que descubría por las picaduras la fineza de la
tela. En el tocado dos plumas, una azul, y otra blanca, divisa de los
Abencerrajes; estábale muy bien la gala, por ser hermosa, que ninguna
dama podía competir con ella.
Galiana de Almería salió con un vestido de damasco blanco con una labor
peregrina; la marlota forrada en brocado morado, con unas cuchilladas
grandes; su tocado era de artificio. Entendíase bien de esta dama, en
su traje, cuán libre vivía de amor, aunque sabía que Abenámar la amaba
mucho, y deseaba servir.
Fátima salió de morado (no imitando a Muza en la librea, porque estaba
desengañada de que Muza amaba a Daraja, y se empleaba en servirla):
la ropa era costosa, por ser de terciopelo, forrada en tela blanca de
brocado; el tocado era muy de ver, puesta en él una garzota verde.
Finalmente Cobaida, Sarracina, Alboraida, Jarifa, y todas las demás
damas que estaban con la reina, salieron con tanta bizarría, que era
cosa notable.
En otro balcón estaban todas las damas del linaje Abencerraje, que no
había más que ver en el mundo.
Llevaba la ventaja en todo a las damas, Lindaraja, hija de Mahomet
Abencerraje. A esta hermosa dama servía un galán y bizarro moro,
llamado Gazul, y en su servicio, y por darla gusto, hizo muchas fiestas
en Sanlúcar.
Volviendo, pues, a nuestro propósito, serían las dos de la tarde,
cuando los caballeros y damas acabaron de comer las colaciones, y
soltaron un toro de los más bravos que había entre todos, que no seguía
hombre a quien no volteaba, ni la ligereza de los caballos ni de las
yeguas bastaba a escaparse de sus veloces cornadas. Era tanta su
braveza y ligereza que en breve espacio le desocuparon la plaza todos
los de a pie, aunque contra su voluntad.
Como vio su braveza el rey, dijo a los caballeros:
--Bien será lancear ese toro.
Malique Alabez pidió licencia para hacer algún lance, y el rey se la
dio. Muza venía a pedirla para lancearle, y como se la había dado a
Alabez no la pidió.
Bajó de los miradores Alabez, y subió en un caballo, el cual le había
enviado el alcaide de Vélez el Rubio y el Blanco, que era primo-hermano
suyo, hijo de un hermano de su padre, al cual mataron a traición unos
caballeros llamados los alfaquíes, por envidia que le tenían, por ser
tan querido del rey; pero no compraron muy barata la muerte del noble
alcaide, que el rey la vengó bien. Siete hermanos eran estos alfaquíes,
y a todos juntos los mandó degollar por la traición que hicieron en
matar sin ocasión ni culpa a quien no lo merecía. Sus bienes fueron
confiscados por la corona real.
Dio, pues, vuelta Alabez a toda la plaza, y llegando al balcón donde
estaba su señora Cobaida, hizo que se arrodillase el caballo, y él
humilló la cabeza, haciendo cortesía a su dama, y a todas las demás que
estaban allí. La dama enamorada de su Alabez, se levantó y le hizo el
acatamiento.
Él, muy gozoso de haber visto a su querida señora, y tan favorecido,
espoleó al caballo, y partió más veloz que un rayo; tanta era la
ligereza del caballo, que apenas se le veía en la carrera. El rey y los
caballeros se holgaron de verle; a los Zegríes les pesó, porque era
mortal la envidia.
Era tanta la gritería de la gente que ponía grima; y era causa que el
toro había dado vuelta por toda la plaza, habiendo volteado y derribado
mucha gente, y muerto cinco o seis personas, y venía como el viento
adonde estaba Alabez, y como le vio venir, quiso hacer una gentileza,
y fue, que saltó del caballo, y aguardó al toro con ánimo osado, el
albornoz en la mano izquierda, y cuando bajó el toro la cabeza para
hacer su golpe y darle un bote, le echó tan bien el albornoz delante de
los ojos, que dio gran contento a todos; y asiéndole de ambos cuernos,
le hizo estar quedo a su pesar, porque era grande la fuerza que tenía.
El toro procuraba desasirse para matarle, y Alabez se defendía con el
valor de su persona, aunque con mucho peligro.
Y pareciéndole al valiente moro que duraba mucho aquella pelea,
enojado, y con cólera que tenía, le torció el pescuezo, y con fuerza
increíble le derribó en tierra como si fuera muy débil oveja; y como
lo vio en el suelo, se fue poco a poco, con semblante apacible, y sin
poner el pie en el estribo saltó en su caballo, dejando al toro molido,
y tal, que no se pudo levantar de allí, quedando todos muy admirados de
su esfuerzo, valor y fortaleza invencible, dándole mil loores.
El rey llamó a Alabez, y fue como si no hubiera hecho cosa alguna; y en
llegando le dijo el rey:
--Mucho contento me habéis dado, y no se esperaba menos de vuestro
valor y nobleza: yo os hago merced de la alcaidía de la fuerza de
Cantoria, y de que seáis capitán de cien caballeros.
Alabez le besó las manos por las nuevas mercedes que le hacía.
Serían a la sazón las cuatro de la tarde, y mandó el rey que se tocase
a cabalgar. Oída la señal, todos los caballeros que eran de juego se
adelantaron para hacer la entrada, y entre tanto comenzaron una muy
acordada música, con diversidad de instrumentos.
Luego vino entrando por la boca del Zacatín el gallardo Muza con su
cuadrilla Abencerraje. Entrando de cuatro en cuatro, y dando vuelta
por la plaza, haciendo el debido acatamiento al rey, a la reina y a
las damas, dieron algunas carreras con muy grande brío y donaire.
Eran Muza, Malique Alabez, y treinta Abencerrajes en la cuadrilla, y
parecían muy bien las plumas azules y telas de plata sobre nevadas
yeguas, que hermoseaban toda la plaza y amartelaban las damas con su
bizarría.
No con menos gala y brío entraron los Zegríes por otra puerta, todos de
encarnado y verde, con plumas y penachos azules, yeguas bayas, y en
las adargas una misma divisa puesta en listones azules, que era unos
leones encadenados por mano de una dama. Decía la letra: _Más fuerza
tiene el amor_.
De esta manera entraron en la plaza de cuatro en cuatro, y juntos
hicieron un caracol y escaramuza con mucho concierto, que no menos
contento dieron que los Abencerrajes.
Y tomando las dos cuadrillas sus puestos, y apercibidas las cañas,
habiendo dejado sus lanzas, al son de las trompetas y dulzainas se
comenzó a trabar el juego con mucha gallardía, donaire y brío, de ocho
en ocho.
Los Abencerrajes, que habían reparado en las plumas azules que los
Zegríes traían, antigua divisa suya, muy enojados les tiraban a los
turbantes, por derribárselos, muy valerosamente; mas no pudieron los
Abencerrajes salir con su intento, y así andaban jugando con muy gran
concierto, que era mucho de ver, y daban grande contento a todos los
que les miraban.
Mahomad Zegrí, como tenía tratado con todos los de su linaje, de dar
la muerte a Malique Alabez, o a alguno de los Abencerrajes por las
palabras dichas; dio orden que Malique Alabez saliese de la parte
contraria, y cayese en su cuadrilla, teniendo inteligencia para que él
y los ocho revolviesen sobre Alabez y los suyos. Y habiendo corrido
seis veces dijo el Zegrí a los de su cuadrilla:
--Ahora es tiempo, que está el juego encendido; venguémonos, pues se
nos ofrece buena ocasión.
Y tomando una lanza con un muy agudo hierro, aguardó que Malique Alabez
viniese con los ocho caballeros de su cuadrilla, revolviendo sobre los
de la contraria parte, como es uso y costumbre en semejantes juegos, y
al tiempo que Malique Alabez volvía cubierto con su adarga contra él
y los suyos, salió el Zegrí, y llevando puestos los ojos en Malique
Alabez, mirando por donde mejor le pudiese herir, le arrojó la lanza
con tanta fuerza, que pasó la adarga de una parte a otra, y el agudo
hierro entró en el brazo derecho, que se lo pasó con mucha brevedad.
Muy grande fue el dolor que el valeroso Malique Alabez sintió de
aqueste golpe, porque le atormentó todo el brazo, y aun todo el cuerpo,
sin entender que estaba herido; y en habiendo llegado a su puesto puso
la mano en la parte que le dolía, y ensangrentósela; y mirando al
brazo, viendo la herida, dijo en alta voz a Muza y a los Abencerrajes:
--Caballeros, grande traición nos han armado los Zegríes: lanzas con
hierros agudos tiran por cañas; veisme aquí herido.
Los valientes Abencerrajes al punto tomaron sus lanzas para estar
prevenidos a lo que se les ofreciese.
A esta sazón volvía el Zegrí con su cuadrilla para irse a su puesto,
cuando Malique Alabez con gran furia se atravesó de por medio viéndose
herido, y le tiró la lanza diciéndole:
--Traidor, no es de caballero lo que has hecho, sino de villano.
No fue en balde el tiro, pues le pasó el adarga y cota, y le entró en
el cuerpo un palmo y más de lanza, y luego cayó el Zegrí de la yegua
casi muerto.
De ambas partes había apercibimiento para lo que se ofreciera, y
empezaron una escaramuza brava y sangrienta; y como los Zegríes iban
bien armados, llevaron lo mejor de la batalla; pero como era tanto
el valor de Muza y del valiente Alabez, y el de los Abencerrajes, no
dejaban de maltratar a los Zegríes, y hacerles daño notable.
La vocería y algazara era mucha, y cuando vio el rey encendido el
juego, bajó a la plaza, y subió en una yegua y entró entre los
lidiadores con un bastón diciendo:
--Afuera, afuera.
Asimismo todos los caballeros desinteresados ayudaron a poner en paz.
Estuvo este día en peligro de perderse Granada; porque de la parte
de los Zegríes fueron Gomeles y Mazas, y de la de los Abencerrajes,
Almoradís y Venegas.
Como los bandos y cismas son tan peligrosos entre los príncipes
y magnates, lo temió el rey, y así hizo todo lo posible para
apaciguarlos; quietos y apartados cada uno en su cuadrilla, el valiente
Muza y los de la suya se subieron al Alhambra, llevando consigo a
los Almoradís y Venegas. Los Zegríes se retiraron al castillo de
Bibatambién, llevando muerto a Mahomad Zegrí.
La reina y las damas se quitaron de los miradores, dando gritos cuando
vieron las veras del juego, porque en los de la lid había maridos,
hermanos, parientes y amantes de las damas, y sus lastimas y lloros
movían a compasión a todos los que las oían, y en particular las
lamentaciones de la hermosa Fátima, llorando su muerto padre; que
eran muchos los extremos que hacía, bastantes a enternecer un corazón
diamantino.
Este desdichado fin tuvieron las fiestas, quedando muy revuelta
Granada, y por eso se hizo este romance:
Afuera, afuera, afuera,
aparta, aparta, aparta,
que entra el valeroso Muza,
cuadrillero de unas cañas.
Treinta lleva en su cuadrilla
Abencerrajes de fama,
conformes en las libreas
de azul y tela de plata.
De listones y de cifras
travesadas las adargas:
yeguas de color de cisne,
con las colas encintadas,
Atraviesan cual el viento
la plaza de Vivarrambla,
dejando en cada balcón
mil damas amarteladas.
Los caballeros Zegríes
también entran en la plaza:
sus libreas eran verdes,
y las medias encarnadas.
Al son de los añafiles
traban el juego de cañas,
el cual anda muy revuelto,
parece una gran batalla.
No hay amigo para amigo,
las cañas se vuelven lanzas,
mal herido fue Alabez,
y un Zegrí muerto quedaba.
El rey Chico reconoce
la ciudad alborotada;
con un bastón en la mano
va diciendo: Aparta, aparta.
Muza reconoce al rey,
por el Zacatín se escapa,
con él toda su cuadrilla
no paran hasta el Alhambra.
A Bibatambién Zegríes
tomaron por su posada;
Granada quedó revuelta
por esta cuestión trabada.
Quedó la ciudad de Granada tan llena de escándalo y revuelta, porque la
flor de los caballeros estaban metidos en estos bandos.
El rey Chico andaba suspenso, y admirado de ver las novedades que cada
día había en la corte, y con todas veras procuró hacer las amistades,
porque no viniese a más daño del sucedido: mandó que se hiciese
información del caso para castigar a los culpados; y con esto paró la
traición, concierto y junta que se hizo en el castillo de Bibatambién
contra Alabez y los Abencerrajes.
El rey quiso proceder contra los Zegríes, mas todos los caballeros le
suplicaron los perdonase, y considerase que era ya muerto el caudillo
del bando. El rey los perdonó e hizo las amistades, y así se aquietó la
ciudad, como de antes lo estaba, que no fue poco.