El más alto heroísmo para un individuo, como para un pueblo, es saber

afrontar el ridículo; es, mejor aún, saber ponerse en ridículo y no

acobardarse en él.

Aquel trágico suicida portugués, Antero de Quental, de cuyos ponderosos

sonetos os he ya dicho, dolorido en su patria a raíz del _ultimatum_

inglés a ella en 1890, escribió:[24] «Dijo un hombre de Estado inglés

del siglo pasado, que era también por cierto un perspicaz observador

y un filósofo, Horacio Walpole, que la vida es una tragedia para

los que sienten y una comedia para los que piensan. Pues bien; si

hemos de acabar trágicamente, nosotros, portugueses, _que sentimos_,

prefiramos con mucho ese destino terrible, pero noble, a aquel que le

está reservado, y tal vez en un futuro no muy remoto, a Inglaterra

que _piensa y calcula_, el cual destino es el de acabar miserable

y cómicamente». Dejemos lo de que Inglaterra piensa y calcula,

como implicando que no siente, en lo que hay una injusticia que se

explica por la ocasión en que fué eso escrito, y dejemos lo de que

los portugueses sienten, implicando que apenas piensan ni calculan;

pues siempre nuestros hermanos atlánticos se distinguieron por cierta

pedantería sentimental, y quedémonos con el fondo de la terrible idea,

y es que unos, los que ponen el pensamiento sobre el sentimiento, yo

diría la razón sobre la fe, mueren cómicamente, y mueren trágicamente

los que ponen la fe sobre la razón. Porque son los burladores los

que mueren cómicamente, y Dios se ríe luego de ellos, y es para los

burlados la tragedia, la parte noble.

Y hay que buscar, tras de las huellas de Don Quijote, la burla.

¿Y volverá a decírsenos que no ha habido filosofía española en el

sentido técnico de esa palabra? Y digo: ¿cuál es ese sentido? ¿qué

quiere decir filosofía? Windelband, historiador de la filosofía, en

su ensayo sobre lo que la filosofía sea (_Was ist Philosophie?_, en

el volumen primero de sus _Präludien_), nos dice que «la historia del

nombre de la filosofía es la historia de la significación cultural

de la ciencia»; añadiendo: «Mientras el pensamiento científico se

independentiza como impulso del conocer por saber, toma el nombre

de filosofía; cuando después la ciencia unitaria se divide en sus

ramas, es la filosofía el conocimiento general del mundo que abarca

a los demás. Tan pronto como el pensamiento científico se rebaja de

nuevo a un medio moral o de la contemplación religiosa, trasfórmase

la filosofía en un arte de la vida o en una formulación de creencias

religiosas. Y así que después se liberta de nuevo la vida científica,

vuelve a encontrar la filosofía el carácter de independiente

conocimiento del mundo, y en cuanto empieza a renunciar a la solución

de este problema, cámbiase en una teoría de la ciencia misma». He

aquí una breve caracterización de la historia de la filosofía desde

Tales hasta Kant pasando por la escolástica medieval en que intentó

fundamentar las creencias religiosas. ¿Pero es que acaso no hay lugar

para otro oficio de la filosofía, y es que sea la reflexión sobre el

sentimiento mismo trágico de la vida tal como lo hemos estudiado, la

formulación de la lucha entre la razón y la fe, entre la ciencia y la

religión, y el mantenimiento reflexivo de ella?

Dice luego Windelband: «Por filosofía en el sentido sistemático, no

en el histórico, no entiendo otra cosa que la ciencia crítica de los

valores de validez universal (_allgemeingiltigen Werten_)». ¿Pero

qué valores de más universal validez que el de la voluntad humana

queriendo ante todo y sobre todo la inmortalidad personal, individual

y concreta del alma, o sea, la finalidad humana del Universo, y el de

la razón humana, negando la racionalidad y hasta la posibilidad de ese

anhelo? ¿Qué valores de más universal validez que el valor racional o

matemático y el valor volitivo o teleológico del Universo en conflicto

uno con otro?

Para Windelband, como para los kantianos y neokantianos en general,

no hay sino tres categorías normativas, tres normas universales, y

son las de lo verdadero o falso, lo bello o lo feo, y lo bueno o lo

malo moral. La filosofía se reduce a lógica, estética y ética, según

estudia la ciencia, el arte o la moral. Queda fuera otra categoría, y

es la de lo grato y lo ingrato --o agradable y desagradable--; esto

es, lo hedónico. Lo hedónico no puede, según ellos, pretender validez

universal, no puede ser normativo. «Quien eche sobre la filosofía

--escribe Windelband-- la carga de decidir en la cuestión del optimismo

y del pesimismo, quien le pida que dé un juicio acerca de si el mundo

es más apropiado a engendrar dolor que placer, o viceversa; el tal, si

se conduce más que diletantescamente, trabaja en el fantasma de hallar

una determinación absoluta en un terreno en que ningún hombre razonable

la ha buscado.» Hay que ver, sin embargo, si esto es tan claro como

parece, en caso de que sea yo un hombre razonable y no me conduzca

nada más que diletantescamente, lo cual sería la abominación de la

desolación.

Con muy hondo sentido, Benedetto Croce, en su filosofía del espíritu

junto a la estética como ciencia de la expresión y a la lógica como

ciencia del concepto puro, dividió la filosofía de la práctica en

dos ramas: económica y ética. Reconoce, en efecto, la existencia de

un grado práctico del espíritu, meramente económico, dirigido a lo

singular, sin preocupación de lo universal. Yago o Napoleón son tipos

de perfección, de genialidad económica, y este grado queda fuera de la

moralidad. Y por él pasa todo hombre, porque ante todo, debe querer ser

él mismo, como individuo, y sin ese grado no se explicaría la moralidad

como sin la estética la lógica carece de sentido. Y el descubrimiento

del valor normativo del grado económico, que busca lo hedónico, tenía

que partir de un italiano, de un discípulo de Maquiavelo, que tan

honradamente especuló sobre la _virtú_, la eficacia práctica, que no es

precisamente la virtud moral.

Pero ese grado económico no es, en el fondo, sino la incoación del

religioso. Lo religioso es lo económico o hedónico trascendental. La

religión es una economía o una hedonística trascendental. Lo que el

hombre busca en la religión, en la fe religiosa, es salvar su propia

individualidad, eternizarla, lo que no se consigue ni con la ciencia,

ni con el arte, ni con la moral. Ni ciencia, ni arte, ni moral nos

exigen a Dios; lo que nos exige Dios es la religión. Y con muy genial

acierto hablan nuestros jesuítas del gran negocio de nuestra salvación.

Negocio, sí, negocio, algo de género económico, hedonístico, aunque

trascendente. Y a Dios no le necesitamos ni para que nos enseñe la

verdad de las cosas, ni su belleza, ni nos asegure la moralidad con

penas y castigos, sino para que nos salve, para que no nos deje morir

del todo. Y este anhelo singular es por ser de todos y de cada uno de

los hombres normales --los anormales por barbarie o por supercultura no

entran en cuenta--, universal y normativo.

Es, pues, la religión una economía trascendente, o si se quiere,

metafísica. El Universo tiene para el hombre, junto a sus valores

lógico, estético y ético, también un valor económico, que hecho así

universal y normativo, es el valor religioso. No se trata sólo para

nosotros de verdad, belleza y bondad; trátase también, y ante todo,

de salvación del individuo, de perpetuación, que aquellas normas no

nos procuran. La economía llamada política nos enseña el modo más

adecuado, más económico, de satisfacer nuestras necesidades, sean o

no racionales, feas o bellas, morales o inmorales --un buen negocio

económico puede ser una estafa, o algo que a la larga nos lleve a la

muerte--, y la suprema _necesidad_ humana es la de no morir, la de

gozar por siempre la plenitud de la propia limitación individual. Que

si la doctrina católica eucarística enseña que la sustancia del cuerpo

de Jesucristo está toda en la hostia consagrada y toda en cada parte

de ésta, eso quiere decir que Dios está todo en todo el Universo y

todo en cada uno de los individuos que le integran. Y éste es, en el

fondo, un principio no lógico, ni estético, ni ético, sino económico

trascendente, o religioso. Y con esa norma puede la filosofía juzgar

del optimismo y del pesimismo. _Si el alma humana es inmortal, el

mundo es económica o hedonísticamente bueno; y si no lo es, es malo._

Y el sentido que a las categorías de bueno y de malo dan el pesimismo

y el optimismo, no es un sentido ético, sino un sentido económico o

hedonístico. Es bueno lo que satisface nuestro anhelo vital y malo

aquello que no lo satisface.

Es, pues, la filosofía también ciencia de la tragedia de la vida,

reflexión del sentimiento trágico de ella. Y un ensayo de esta

filosofía, con sus inevitables contradicciones o antinomias íntimas,

es lo que he pretendido en estos ensayos. Y no ha de pasar por alto

el lector que he estado operando sobre mí mismo; que ha sido éste un

trabajo de auto-cirugía y sin más anestésico que el trabajo mismo. El

goce de operarme ennoblecíame el dolor de ser operado.

Y en cuanto a mi otra pretensión, y es la de que esto sea filosofía

española, tal vez _la_ filosofía española, de que si un italiano

descubre el valor normativo y universal del grado económico sea un

español el que enuncie que ese grado no es sino el principio del

religioso y que la esencia de nuestra religión, de nuestro catolicismo

español, es precisamente el ser no una ciencia, ni un arte, ni una

moral, sino una economía a lo eterno, o sea a lo divino; que esto sea

lo español, digo, dejo para otro trabajo --éste histórico--, el intento

siquiera de justificarlo. Mas por ahora y aun dejando la tradición

expresa y externa, la que se nos muestra en documentos históricos,

¿es que no soy yo un español --y un español que apenas si ha salido

de España--, un producto, por lo tanto, de la tradición española, de

la tradición viva, de la que se trasmite en sentimientos e ideas que

sueñan y no en textos que duermen?

Aparéceseme la filosofía en el alma de mi pueblo como la expresión de

una tragedia íntima análoga a la tragedia del alma de Don Quijote,

como la expresión de una lucha entre lo que el mundo es según la razón

de la ciencia nos lo muestra, y lo que queremos que sea, según la fe

de nuestra religión nos lo dice. Y en esta filosofía está el secreto

de eso que suele decirse de que somos en el fondo irreductibles a la

Kultura, es decir, que no nos resignamos a ella. No, Don Quijote no se

resigna ni al mundo ni a su verdad, ni a la ciencia o lógica, ni al

arte o estética, ni a la moral o ética.

«Es que con todo esto --se me ha dicho más de una vez y más que por

uno-- no conseguirías en todo caso sino empujar a las gentes al más

loco catolicismo.» Y se me ha acusado de reaccionario y hasta de

jesuíta. ¡Sea! ¿Y qué?

Sí, ya lo sé, ya sé que es locura querer volver las aguas del río a su

fuente, y que es el vulgo el que busca la medicina de sus males en el

pasado; pero también sé que todo el que pelea por un ideal cualquiera,

aunque parezca del pasado, empuja el mundo al porvenir, y que los

únicos reaccionarios son los que se encuentran bien en el presente.

Toda supuesta restauración del pasado es hacer porvenir, y si el pasado

ese es un ensueño, algo mal conocido... mejor que mejor. Como siempre,

se marcha al porvenir; el que anda, a él va, aunque marche de espaldas.

¡Y quién sabe si no es esto mejor!...

Siéntome con un alma medieval, y se me antoja que es medieval el alma

de mi patria; que ha atravesado ésta, a la fuerza, por el Renacimiento,

la Reforma y la Revolución, aprendiendo, sí, de ellas, pero sin dejarse

tocar al alma, conservando la herencia espiritual de aquellos tiempos

que llaman caliginosos. Y el quijotismo no es sino lo más desesperado

de la lucha de la Edad Media contra el Renacimiento, que salió de ella.

Y si los unos me acusaren de servir a una obra de reacción católica,

acaso los otros, los católicos oficiales... Pero estos en España

apenas se fijan en cosa alguna ni se entretienen sino en sus propias

disensiones y querellas. ¡Y además, tienen unas entendederas los pobres!

Pero es que mi obra --iba a decir mi misión-- es quebrantar la fe de

unos y de otros y de los terceros, la fe en la afirmación, la fe en

la negación y la fe en la abstención, y esto por fe en la fe misma;

es combatir a todos los que se resignan, sea al catolicismo, sea al

racionalismo, sea al agnosticismo; es hacer que vivan todos inquietos y

anhelantes.

¿Será esto eficaz? ¿Pero es que creía Don Quijote acaso en la eficacia

inmediata aparencial de su obra? Es muy dudoso, y por lo menos no

volvió, por si acaso, a acuchillar segunda vez su celada. Y numerosos

pasajes de su historia delatan que no creía gran cosa conseguir de

momento su propósito de restaurar la caballería andante. ¿Y qué

importaba si así vivía él y se inmortalizaba? Y debió de adivinar, y

adivinó de hecho, otra más alta eficacia de aquella su obra, cual era

la que ejercería en cuantos con piadoso espíritu leyesen sus hazañas.

Don Quijote se puso en ridículo, ¿pero conoció acaso el más trágico

ridículo, el ridículo reflejo, el que uno hace ante sí mismo, a sus

propios ojos del alma? Convertid el campo de batalla de Don Quijote a

su propia alma; ponedle luchando en ella por salvar a la Edad Media

del Renacimiento, por no perder su tesoro de la infancia; haced de él

un Don Quijote interior --con su Sancho, un Sancho también interior y

también heroico, al lado-- y decidme de la tragedia cómica.

¿Y qué ha dejado Don Quijote? diréis. Y os diré que se ha dejado a sí

mismo y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las

teorías y por todas las filosofías. Otros pueblos nos han dejado sobre

todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa

vale por cualquier instituto, por cualquier _Crítica de la razón pura_.

Es que Don Quijote se convirtió. Sí, para morir el pobre. Pero el otro,

el real, el que se quedó y vive entre nosotros alentándonos con su

aliento, ése no se convirtió, ése sigue animándonos a que nos pongamos

en ridículo, ése no debe morir. Y el otro, el que se convirtió para

morir, pudo haberse convertido porque fué loco y fué su locura, y no su

muerte ni su conversión, lo que le inmortalizó, mereciéndole el perdón

del delito de haber nacido. _Felix culpa!_ Y no se curó tampoco, sino

que cambió de locura. Su muerte fué su última aventura caballeresca;

con ella forzó el cielo, que padece fuerza.

Murió aquel Don Quijote y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza

en ristre, y libertó a los condenados todos, como a los galeotes,

y cerró sus puertas, y quitando de ellas el rótulo que allí viera

el Dante, puso uno que decía: ¡viva la esperanza!, y escoltado por

los libertados, que de él se reían, se fué al cielo. Y Dios se rió

paternalmente de él y esta risa divina le llenó de felicidad eterna el

alma.

Y el otro Don Quijote se quedó aquí, entre nosotros, luchando a la

desesperada. ¿Es que su lucha no arranca de desesperación? ¿Por qué

entre las palabras que el inglés ha tomado a nuestra lengua figura

entre _siesta_, _camarilla_, _guerrilla_ y otras, la de _desperado_,

esto es, desesperado? Ese Quijote interior que os decía, consciente de

su propia trágica comicidad, ¿no es un desesperado? Un _desperado_,

sí, como Pizarro y como Loyola. Pero, «es la desesperación dueña de

los imposibles», nos enseña Salazar y Torres (en _Elegir al enemigo_,

act. I), y es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la

esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca. _Spero quia

absurdum_, debía decirse, más bien que _credo_.

Y Don Quijote, que estaba solo, buscaba más soledad aún, buscaba las

soledades de la Peña Pobre para entregarse allí, a solas, sin testigos,

a mayores disparates en que desahogar el alma. Pero no estaba tan solo,

pues le acompañaba Sancho. Sancho el bueno, Sancho el creyente, Sancho

el sencillo. Si, como dicen algunos, Don Quijote murió en España y

queda Sancho, estamos salvados, porque Sancho se hará, muerto su amo,

caballero andante. Y en todo caso, espera otro caballero loco a quien

seguir de nuevo.

Hay también una tragedia de Sancho. Aquél, el otro, el que anduvo con

el Don Quijote que murió no consta que muriese, aunque hay quien cree

que murió loco de remate, pidiendo la lanza y creyendo que había sido

verdad cuanto su amo abominó por mentira en su lecho de muerte y de

conversión. Pero tampoco consta que murieran ni el bachiller Sansón

Carrasco, ni el cura, ni el barbero, ni los duques y canónigos, y con

éstos es con los que tiene que luchar el heroico Sancho.

Solo anduvo Don Quijote, solo con Sancho, solo con su soledad. ¿No

andaremos también solos sus enamorados, forjándonos una España

quijotesca que sólo en nuestro magín existe?

Y volverá a preguntársenos: ¿qué ha dejado a la Kultura Don Quijote?

Y diré: ¡el quijotismo, y no es poco! Todo un método, toda una

epistemología, toda una estética, toda una lógica, toda una ética, toda

una religión sobre todo, es decir, toda una economía a lo eterno y lo

divino, toda una esperanza en lo absurdo racional.

¿Por qué peleó Don Quijote? Por Dulcinea, por la gloria, por vivir, por

sobrevivir. No por Iseo, que es la carne eterna; no por Beatriz, que es

la teología; no por Margarita, que es el pueblo; no por Helena, que es

la cultura. Peleó por Dulcinea, y la logró, pues que vive.

Y lo más grande de él fué haber sido burlado y vencido, porque siendo

vencido es como vencía; dominaba al mundo dándole que reir de él.

¿Y hoy? Hoy siente su propia comicidad y la vanidad de su esfuerzo en

cuanto a lo temporal; se ve desde fuera --la cultura le ha enseñado a

objetivarse, esto es, a enajenarse en vez de ensimismarse--, y al verse

desde fuera, se ríe de sí mismo, pero amargamente. El personaje más

trágico acaso fuese un Margutte íntimo, que, como el de Pulci, muera

reventando de risa, pero de risa de sí mismo. _E riderá in eterno_,

reirá eternamente, dijo de Margutte el ángel Gabriel. ¿No oís la risa

de Dios?

Don Quijote el mortal, al morir, comprendió su propia comicidad y lloró

sus pecados, pero el inmortal, comprendiéndola, se sobrepone a ella y

la vence sin desecharla.

Y Don Quijote no se rinde, porque no es pesimista, y pelea. No es

pesimista porque el pesimismo es hijo de vanidad, es cosa de moda, puro

_snobismo_, y Don Quijote ni es vano ni vanidoso, ni moderno de ninguna

modernidad --menos modernista--, y no entiende qué es eso de _snob_

mientras no se lo digan en cristiano viejo español. No es pesimista Don

Quijote, porque como no entiende qué sea eso de la _joie de vivre_,

no entiende de su contrario. Ni entiende de tonterías futuristas

tampoco. A pesar de Clavileño, no ha llegado al aeroplano, que parece

querer alejar del cielo a no pocos atolondrados. Don Quijote no ha

llegado a la edad del tedio de la vida, que suele traducirse en esa tan

característica topofobia de no pocos espíritus modernos, que se pasan

la vida corriendo a todo correr de un lado para otro, y no por amor a

aquel adonde van, sino por odio a aquel otro de donde vienen, huyendo

de todos. Lo que es una de las formas de la desesperación.

Pero Don Quijote oye ya su propia risa, oye la risa divina, y como

no es pesimista, como cree en la vida eterna, tiene que pelear,

arremetiendo contra la ortodoxia inquisitorial científica moderna por

traer una nueva e imposible Edad Media, dualística, contradictoria,

apasionada. Como un nuevo Savonarola, Quijote italiano de fines del

siglo XV, pelea contra esta Edad Moderna que abrió Maquiavelo y que

acabará cómicamente. Pelea contra el racionalismo heredado del XVIII.

La paz de la conciencia, la conciliación entre la razón y la fe, ya,

gracias a Dios providente, no cabe. El mundo tiene que ser como Don

Quijote quiere y las ventas tienen que ser castillos, y peleará con él

y será, al parecer, vencido, pero vencerá al ponerse en ridículo. Y se

vencerá riéndose de sí mismo y haciéndose reir.

«La razón habla y el sentido muerde», dijo el Petrarca; pero también

la razón muerde, y muerde en el cogollo del corazón. Y no hay más

calor a más luz. «¡Luz, luz, más luz todavía!» dicen que dijo Goethe

moribundo. No, calor, calor, más calor todavía, que nos morimos de frío

y no de oscuridad. La noche no mata; mata el hielo. Y hay que libertar

a la princesa encantada y destruir el retablo de Maese Pedro.

¿Y no habrá también pedantería, Dios mío, en esto de creerse uno

burlado y haciendo el Quijote? Los regenerados (_Opvakte_) desean que

el mundo impío se burle de ellos para estar seguros de ser regenerados,

puesto que son burlados, y gozar la ventaja de poder quejarse de la

impiedad del mundo, dijo Kierkegaard (_Afsluttende uvidenskabelig

Efterskrift_, II Afsnit II, cap. 4, sectio II, B.)

¿Cómo escapar a una u otra pedantería, o una u otra afectación, si el

hombre natural no es sino un mito, y somos artificiales todos?

¡Romanticismo! Sí, acaso sea esa en parte la palabra. Y nos sirve más

y mejor por su imprecisión misma. Contra eso, contra el romanticismo,

se ha desencadenado recientemente, sobre todo en Francia, la pedantería

racionalista y clasicista. ¿Que él, que el romanticismo, es otra

pedantería, la pedantería sentimental? Tal vez. En este mundo un hombre

culto, o es diletante o es pedante: a escoger, pues. Sí, pedantes acaso

René y Adolfo y Obermann y Lara... El caso es buscar consuelo en el

desconsuelo.

A la filosofía de Bergson, que es una restauración espiritualista, en

el fondo mística, medieval, quijotesca, se le ha llamado filosofía

_demi-mondaine_. Quitadle el _demi_; _mondaine_, mundana. Mundana, sí

para el mundo y no para los filósofos, como no debe ser la química

para los químicos solos. El mundo quiere ser engañado --_mundus vult

decipi_--, o con el engaño de antes de la razón, que es la poesía,

o con el engaño de después de ella, que es la religión. Y ya dijo

Maquiavelo que quien quiera engañar encontrará siempre quien deje que

le engañen. ¡Y bienaventurados los que hacen el primo! Un francés,

Jules de Gaultier, dijo que el privilegio de su pueblo era _n’être pas

dupe_, no hacer el primo. ¡Triste privilegio!

La ciencia no le da a Don Quijote lo que éste le pide. «¡Que no le pida

eso --dirán--; que se resigne, que acepte la vida y la verdad como

son!» Pero él no las acepta así, y pide señales, a lo que le mueve

Sancho, que está a su lado. Y no es que Don Quijote no comprenda lo que

comprende quien así le habla, el que procura resignarse y aceptar la

vida y la verdad racionales. No; es que sus necesidades efectivas son

mayores. ¿Pedantería? ¡Quién sabe...!

Y en este siglo crítico, Don Quijote, que se ha contaminado de

criticismo también, tiene que arremeter contra sí mismo, víctima de

intelectualismo y de sentimentalismo, y que cuando quiere ser más

espontáneo, más afectado aparece. Y quiere el pobre racionalizar lo

irracional e irracionalizar lo racional. Y cae en la desesperación

íntima del siglo crítico de que fueron las dos más grandes víctimas

Nietzsche y Tolstoi. Y por desesperación entra en el furor heroico

de que hablaba aquel Quijote del pensamiento que escapó al claustro,

Giordano Bruno, y se hace despertador de las almas que duermen,

_dormitantium animorum excubitor_, como dijo de sí mismo el

exdominicano, el que escribió: «El amor heroico es propio de las

naturalezas superiores llamadas insanas --_insane_--, no porque no

saben --_non sanno_--, sino porque sobresaben --_soprasanno_.»

Pero Bruno creía en el triunfo de sus doctrinas, o por lo menos al

pie de su estatua, en el Campo dei Fiori, frente al Vaticano, han

puesto que se la ofrece el siglo por él adivinado, _il secolo da lui

divinato_. Mas nuestro Don Quijote, el redivivo, el interior, el

consciente de su propia comicidad, no cree que triunfen sus doctrinas

en este mundo porque no son de él. Y es mejor que no triunfen. Y si le

quisieran hacer a Don Quijote rey, se retiraría solo al monte, huyendo

de las turbas regificientes y regicidas, como se retiró solo al monte

el Cristo cuando, después del milagro de los peces y los panes, le

quisieron proclamar rey. Dejó el título de rey para encima de la cruz.

¿Cuál es, pues, la nueva misión de Don Quijote hoy en este mundo?

Clamar, clamar en el desierto. Pero el desierto oye, aunque no oigan

los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz

solitaria que va posando en el desierto como semilla, dará un cedro

gigantesco que con sus cien mil lenguas cantará un hosana eterno al

Señor de la vida y de la muerte.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 22 / 23 段