¡Devuélveme el alma! He aquí el grito de Fausto, el Doctor, cuando

después de haber besado a Helena va a perderse para siempre. Porque al

Fausto primitivo no hay ingenua Margarita alguna que le salve. Esto de

la salvación fué invención de Goethe. ¿Y quién no conoce a su Fausto,

nuestro Fausto, que estudió Filosofía, Jurisprudencia, Medicina, hasta

Teología, y sólo vió que no podemos saber nada, y quiso huir al campo

libre --_hinaus ins weite Land!_-- y topó con Mefistófeles, parte de

aquella fuerza que siempre quiere el mal haciendo siempre el bien, y

éste le llevó a los brazos de Margarita, del pueblo sencillo, a la que

aquél, el sabio perdió; pero merced a la cual, que por él se entregó,

se salva, redimido por el pueblo creyente con fe sencilla? Pero tuvo

esa segunda parte, porque aquel otro Fausto era el Fausto anecdótico

y no el categórico de Goethe, y volvió a entregarse a la Cultura, a

Helena, y a engendrar en ella a Euforión, acabando todo con aquello del

eterno femenino entre coros místicos. ¡Pobre Euforión!

Y esta Helena, ¿es la esposa del rubio Menelao, la que robó Paris y

causó la guerra de Troya, y de quien los ancianos troyanos decían

que no debía indignar el que se pelease por mujer que por su rostro

se parecía tan terriblemente a las diosas inmortales? Creo más bien

que esa Helena de Fausto era otra, la que acompañaba a Simón Mago, y

que éste decía ser la inteligencia divina. Y Fausto puede decirle:

¡devuélveme el alma!

Porque Helena con sus besos nos saca el alma. Y lo que queremos y

necesitamos es alma, y alma de bulto y de sustancia.

Pero vinieron el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, trayéndonos

a Helena, o más bien empujados por ella, y ahora nos hablan de Cultura

y de Europa.

¡Europa! Esta noción primitiva e inmediatamente geográfica nos la han

convertido por arte mágica en una categoría casi metafísica. ¿Quién

sabe hoy ya, en España por lo menos, lo que es Europa? Yo sólo sé

que es un _chibolete_ (v. mis _Tres Ensayos_). Y cuando me pongo a

escudriñar lo que llaman Europa nuestros europeizantes, paréceme a las

veces que queda fuera de ella mucho de lo periférico --España desde

luego, Inglaterra, Italia, Escandinavia, Rusia...-- y que se reduce a

lo central, a Franco-Alemania, con sus anejos y dependencias.

Todo esto nos lo han traído, digo, el Renacimiento y la Reforma,

hermanos mellizos que vivieron en aparente guerra intestina. Los

renacientes italianos, socinianos todos ellos; los humanistas, con

Erasmo a la cabeza, tuvieron por un bárbaro a aquel fraile Lutero,

que del claustro sacó su ímpetu, como de él lo sacaron Bruno y

Campanella. Pero aquel bárbaro era su hermano mellizo; combatiéndolos,

combatía a su lado contra el enemigo común. Todo eso nos han traído el

Renacimiento y la Reforma, y luego la Revolución, su hija, y nos han

traído también una nueva Inquisición: la de la ciencia o la cultura,

que usa por armas el ridículo y el desprecio para los que no se rinden

a su ortodoxia.

Al enviar Galileo al Gran Duque de Toscana su escrito sobre la

movilidad de la Tierra, le decía que conviene obedecer y creer a las

determinaciones de los superiores, y que reputaba aquel escrito «como

una poesía o bien un ensueño, y por tal recíbalo Vuestra Alteza». Y

otras veces le llama «quimera» y «capricho matemático». Y así yo en

estos ensayos, por temor también --¿por qué no confesarlo?-- a la

Inquisición, pero a la de hoy, a la científica, presento como poesía,

ensueño, quimera o capricho místico lo que más de dentro me brota.

Y digo con Galileo: _Eppur si muove!_ Mas ¿es sólo por ese temor?

¡Ah, no! que hay otra más trágica Inquisición, y es la que un hombre

moderno, culto, europeo --como lo soy yo, quiéralo o no--, lleva dentro

de sí. Hay un más terrible ridículo, y es el ridículo de uno ante sí

mismo y para consigo. Es mi razón que se burla de mi fe y la desprecia.

Y aquí es donde tengo que acogerme a mi Señor Don Quijote para aprender

a afrontar el ridículo y vencerlo, y un ridículo que acaso --¿quién

sabe?-- él no conoció.

Sí, sí, ¿cómo no ha de sonreir mi razón de estas construcciones

pseudo-filosóficas, pretendidas místicas, diletantescas, en que hay de

todo menos paciente estudio, objetividad y método... científicos? ¡Y,

sin embargo... _Eppur si muove!_

_Eppur si muove_, sí! Y me acojo al diletantismo, a lo que un pedante

llamaría filosofía _demi-mondaine_, contra la pedantería especialista,

contra la filosofía de los filósofos profesionales. Y quién sabe...

Los progresos suelen venir del bárbaro, y nada más estancado que la

filosofía de los filósofos y la teología de los teólogos.

¡Y que nos hablen de Europa! La civilización del Tibet es paralela

a la nuestra, y ha hecho y hace vivir a hombres que desaparecen

como nosotros. Y queda flotando sobre las civilizaciones todas el

Eclesiastés, y aquello de «así muere el sabio como el necio» (II, 3).

Corre entre las gentes de nuestro pueblo una respuesta admirable a

la ordinaria pregunta de «¿qué tal?» o «¿cómo va?», y es aquella que

responde: «¡se vive!...» Y de hecho es así; se vive, vivimos tanto

como los demás. ¿Y qué más puede pedirse? ¿Y quién no recuerda lo de la

copla? «Cada vez que considero -- que me tengo de morir, -- tiendo la

capa en el suelo -- y no me harto de dormir.» Pero no dormir, no, sino

soñar; soñar la vida, ya que la vida es sueño.

Proverbial se ha hecho también en muy poco tiempo entre nosotros, los

españoles, la frase de que la cuestión es pasar el rato, o sea matar el

tiempo. Y de hecho hacemos tiempo para matarlo. Pero hay algo que nos

ha preocupado siempre tanto o más que pasar el rato --fórmula que marca

una posición estética-- y es ganar la eternidad; fórmula de la posición

religiosa. Y es que saltamos de lo estético y lo económico a lo

religioso, por encima de lo lógico y lo ético; del arte a la religión.

Un joven novelista nuestro, Ramón Pérez de Ayala, en su reciente

novela _La pata de la raposa_, nos dice que la idea de la muerte es

el cepo; el espíritu, la raposa, o sea virtud astuta con que burlar

las celadas de la fatalidad, y añade: «Cogidos en el cepo, hombres

débiles y pueblos débiles yacen por tierra...; los espíritus recios

y los pueblos fuertes reciben en el peligro clarividente estupor,

desentrañan de pronto la desmesurada belleza de la vida y, renunciando

para siempre a la agilidad y locura primeras, salen del cepo con los

músculos tensos para la acción y con las fuerzas del alma centuplicadas

en ímpetu, potencia y eficacia.» Pero veamos; hombres débiles...,

pueblos débiles..., espíritus recios..., pueblos fuertes..., ¿qué es

eso? Yo no lo sé. Lo que creo saber es que unos individuos y pueblos

no han pensado aún de veras en la muerte y la inmortalidad; no las han

sentido, y otros han dejado de pensar en ellas, o más bien han dejado

de sentirlas. Y no es, creo, cosa de que se engrían los hombres y los

pueblos que no han pasado por la edad religiosa.

Lo de la desmesurada belleza de la vida está bien para escrito, y

hay, en efecto, quienes se resignan y la aceptan tal cual es, y hasta

quienes nos quieren persuadir que el del cepo no es problema. Pero ya

dijo Calderón (_Gustos y disgustos no son más que imaginación_, act. I,

esc. 4.ª) que «No es consuelo de desdichas, -- es otra desdicha aparte,

-- querer a quien las padece -- persuadir que no son tales.» Y además,

«a un corazón no habla sino otro corazón», según fray Diego de Estella

(_Vanidad del mundo_, cap. XXI).

No ha mucho hubo quien hizo como que se escandalizaba de que,

respondiendo yo a los que nos reprochaban a los españoles nuestra

incapacidad científica, dijese, después de hacer observar que la luz

eléctrica luce aquí, y corre aquí la locomotora tan bien como donde

se inventaron, y nos servimos de los logaritmos como en el país donde

fueron ideados, aquello de: «¡que inventen ellos!» Expresión paradójica

a que no renuncio. Los españoles deberíamos apropiarnos no poco de

aquellos sabios consejos que a los rusos, nuestros semejantes, dirigía

el conde José de Maistre en aquellas sus admirables cartas al conde

Rasoumowski, sobre la educación pública en Rusia, cuando le decía que

no por no estar hecha para la ciencia debe una nación estimarse menos;

que los romanos no entendieron de artes ni tuvieron un matemático,

lo que no les impidió hacer su papel, y todo lo que añadía sobre esa

muchedumbre de semisabios falsos y orgullosos, idólatras de los gustos,

las modas y las lenguas extranjeras, y siempre prontos a derribar

cuanto desprecian, que es todo.

¿Que no tenemos espíritu científico? ¿Y qué, si tenemos algún espíritu?

¿Y se sabe si el que tenemos es o no compatible con ese otro?

Mas al decir ¡que inventen ellos!, no quise decir que hayamos de

contentarnos con un papel pasivo, no. Ellos a la ciencia de que nos

aprovecharemos; nosotros, a lo nuestro. No basta defenderse, hay que

atacar.

Pero atacar con tino y cautela. La razón ha de ser nuestra arma. Lo

es hasta del loco. Nuestro loco sublime, nuestro modelo, Don Quijote,

después que destrozó de dos cuchilladas aquella a modo de media celada

que encajó con el morrión, «la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas

barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho

de su fortaleza, y sin querer hacer nueva experiencia della la diputó

y tuvo por celada finísima de encaje». Y con ella en la cabeza se

inmortalizó. Es decir, se puso en ridículo. Pues fué poniéndose en

ridículo como alcanzó su inmortalidad Don Quijote.

¡Y hay tantos modos de ponerse en ridículo...! Cournot (_Traité de

l’enchaînement des idées fondamentales_, etc., § 510) dijo: «No hay

que hablar ni a los príncipes ni a los pueblos de sus probabilidades

de muerte: los príncipes castigan esta temeridad con la desgracia; el

público se venga de ella por el ridículo». Así es, y por eso dicen que

hay que vivir con el siglo. _Corrumpere et corrumpi saeculum vocatur_

(Tácito, _Germania_, 19).

Hay que saber ponerse en ridículo, y no sólo ante los demás, sino ante

nosotros mismos. Y más ahora, en que tanto se charla de la conciencia

de nuestro atraso respecto a los demás pueblos cultos; ahora, en que

unos cuantos atolondrados que no conocen nuestra propia historia --que

está por hacer, deshaciendo antes lo que la calumnia protestante ha

tejido en torno de ella-- dicen que no hemos tenido ni ciencia, ni

arte, ni filosofía, ni Renacimiento (éste acaso nos sobraba), ni nada.

Carducci, el que habló de los _contorcimenti dell’ affannosa

grandiosità spagnola_, dejó escrito (en _Mosche cocchiere_) que «hasta

España que jamás tuvo hegemonía de pensamiento, tuvo su Cervantes».

¿Pero es que Cervantes se dió aquí solo, aislado, sin raíces, sin

tronco, sin apoyo? Mas se comprende que diga que España _non ebbe

egemonia mai di pensiero_ un racionalista italiano que recuerda que

fué España la que reaccionó contra el Renacimiento en su patria. Y

qué ¿acaso no fué algo, y algo hegemónico en el orden cultural, la

Contra-Reforma, que acaudilló España y que empezó de hecho con el

saco de Roma, providencial castigo contra la ciudad de los paganos

Papas del Renacimiento pagano? Dejemos ahora si fué mala o buena la

Contra-Reforma, pero ¿es que no fueron algo hegemónico Loyola y el

Concilio de Trento? Antes de éste dábanse en Italia cristianismo y

paganismo, o mejor, inmortalismo y mortalismo en nefando abrazo y

contubernio, hasta en las almas de algunos Papas, y era verdad en

filosofía lo que en teología no lo era, y todo se arreglaba con la

fórmula de _salva la fe_. Después ya no, después vino la lucha franca

y abierta entre la razón y la fe, la ciencia y la religión. Y el haber

traído esto, gracias sobre todo a la testarudez española, ¿no fué

hegemónico?

Sin la Contra-Reforma, no habría la Reforma seguido el curso que

siguió; sin aquélla, acaso ésta, falta del sostén del pietismo,

habría perecido en la ramplona racionalidad de la _Aufklärung_, de la

ilustración. Sin Carlos I, sin Felipe II, nuestro gran Felipe, ¿habría

sido todo igual?

Labor negativa, dirá alguien. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo negativo? ¿qué lo

positivo? ¿En el tiempo, línea que va siempre en la misma dirección,

del pasado al porvenir, dónde está el cero que marca el límite entre lo

positivo y lo negativo? España, esta tierra que dicen de caballeros y

pícaros --y todos pícaros--, ha sido la gran calumniada de la Historia

precisamente por haber acaudillado la Contra-Reforma. Y porque su

arrogancia le ha impedido salir a la plaza pública, a la feria de las

vanidades, a justificarse.

Dejemos su lucha de ocho siglos con la morisma, defendiendo a Europa

del mahometismo, su labor de unificación interna, su descubrimiento de

América y las Indias --que lo hicieron España y Portugal, y no Colón

y Gama--; dejemos eso y más, y no es dejar poco. ¿No es nada cultural

crear veinte naciones sin reservarse nada y engendrar, como engendró el

conquistador, en pobres indias siervas hombres libres? Fuera de esto,

en el orden del pensamiento, ¿no es nada nuestra mística? Acaso un

día tengan que volver a ella, a buscar su alma, los pueblos a quienes

Helena se la arrebatara con sus besos.

Pero ya se sabe, la Cultura se compone de ideas y sólo de ideas y el

hombre no es sino un instrumento de ella. El hombre para la idea, y no

la idea para el hombre; el cuerpo para la sombra. El fin del hombre es

hacer ciencia, catalogar el Universo para devolvérselo a Dios en orden,

como escribí hace unos años en mi novela _Amor y Pedagogía_. El hombre

no es, al parecer, ni siquiera una idea. Y al cabo el género humano

sucumbirá al pie de las bibliotecas --talados bosques enteros para

hacer el papel que en ellas se almacena--, museos, máquinas, fábricas,

laboratorios... para legarlos... ¿a quién? Porque Dios no los recibirá.

Aquella hórrida literatura regeneracionista, casi toda ella embuste,

que provocó la pérdida de nuestras últimas colonias americanas, trajo

la pedantería de hablar del trabajo perseverante y callado --eso

sí, voceándolo mucho, voceando el silencio--, de la prudencia, la

exactitud, la moderación, la fortaleza espiritual, la sindéresis, la

ecuanimidad, las virtudes sociales, sobre todo los que más carecemos

de ellas. En esa ridícula literatura caímos casi todos los españoles,

unos más y otros menos, y se dió el caso de aquel archi-español Joaquín

Costa, uno de los espíritus menos europeos que hemos tenido, sacando

lo de europeizarnos y poniéndose a _cidear_ mientras proclamaba que

había que cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid y... conquistar

África. Y yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería

decir todo lo contrario que decía --así estábamos entonces--, brotó mi

_Vida de Don Quijote y Sancho_ y mi culto al quijotismo como religión

nacional.

Escribí aquel libro para repensar el _Quijote_ contra cervantistas y

eruditos, para hacer obra de vida de lo que era y sigue siendo para

los más letra muerta. ¿Que me importa lo que Cervantes quiso o no

quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí

descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo y sobrepongo

y sotopongo, y lo que ponemos allí todos. Quise allí rastrear nuestra

filosofía.

Pues abrigo cada vez más la convicción de que nuestra filosofía, la

filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en

nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y

no en sistemas filosóficos. Es concreta. ¿Y es que acaso no hay en

Goethe, v. gr., tanta o más filosofía que en Hegel? Las coplas de Jorge

Manrique, el Romancero, el _Quijote_, _La vida es sueño_, la _Subida

al Monte Carmelo_, implican una intuición del mundo y un concepto de

la vida, _Weltanschauung und Lebensansicht_. Filosofía esta nuestra

que era difícil se formulase en esa segunda mitad del siglo XIX, época

afilosófica, positivista, tecnicista, de pura historia y de ciencias

naturales, época en el fondo materialista y pesimista.

Nuestra lengua misma, como toda lengua culta, lleva implícita una

filosofía.

Una lengua, en efecto, es una filosofía potencial. El platonismo es

la lengua griega que discurre en Platón, desarrollando sus metáforas

seculares: la escolástica es la filosofía del latín muerto de la Edad

Media en lucha con las lenguas vulgares; en Descartes discurre la

lengua francesa, la alemana en Kant y en Hegel y el inglés en Hume y en

Stuart Mill. Y es que el punto de partida lógico de toda especulación

filosófica no es el yo, ni es la representación --_Vorstellung_-- o

el mundo tal como se nos presenta inmediatamente a los sentidos, sino

que es la representación mediata o histórica, humanamente elaborada

y tal como se nos da principalmente en el lenguaje por medio del

cual conocemos el mundo; no es la representación psíquica sino la

pneumática. Cada uno de nosotros parte para pensar, sabiéndolo o no

y quiéralo o no lo quiera, de lo que han pensado los demás que le

precedieron y le rodean. El pensamiento es una herencia. Kant pensaba

en alemán, y al alemán tradujo a Hume y a Rousseau, que pensaban

en inglés y en francés respectivamente. Y Spinoza, ¿no pensaba en

judeo-portugués, bloqueado por el holandés y en lucha con él?

El pensamiento reposa en prejuicios y los prejuicios van en la lengua.

Con razón adscribía Bacon al lenguaje no pocos errores de los _idola

fori_. Pero, ¿cabe filosofar en pura álgebra o siquiera en esperanto?

No hay sino leer el libro de Avenarius de crítica de la experiencia

pura --_reine Erfahrung_-- de esta experiencia prehumana, o sea

inhumana, para ver adónde puede llevar eso. Y Avenarius mismo, que ha

tenido que inventarse un lenguaje, lo ha inventado sobre tradición

latina, con raíces que llevan en su fuerza metafórica todo un contenido

de impura experiencia, de experiencia social humana.

Toda filosofía es, pues, en el fondo, filología. Y la filología, con

su grande y fecunda ley de las formaciones analógicas, da su parte al

azar, a lo irracional, a lo absolutamente inconmensurable. La historia

no es matemática ni la filosofía tampoco. ¡Y cuántas ideas filosóficas

no se debe en rigor a algo así como rima, a la necesidad de colocar

un consonante! En Kant mismo abunda no poco de esto, de simetría

estética; de rima.

La representación es, pues, como el lenguaje, como la razón misma --que

no es sino el lenguaje interior--, un producto social y racial, y la

raza, la sangre del espíritu es la lengua, como ya lo dejó dicho, y yo

muy repetido, Oliver Wendell Holmes, el yanqui.

Nuestra filosofía occidental entró en madurez, llegó a conciencia de

sí, en Atenas, con Sócrates, y llegó a esta conciencia mediante el

diálogo, la conversación social. Y es hondamente significativo que

la doctrina de las ideas innatas, del valor objetivo y normativo de

las ideas, de lo que luego, en la Escolástica, se llamó realismo, se

formulase en diálogos. Y esas ideas, que son la realidad, son nombres,

como el nominalismo enseñaba. No que no sean más que nombres, _flatus

vocis_, sino que son nada menos que nombres. El lenguaje es el que

nos da la realidad, y no como un mero vehículo de ella, sino como

su verdadera carne, de que todo lo otro, la representación muda o

inarticulada, no es sino esqueleto. Y así la lógica opera sobre la

estética; el concepto sobre la expresión, sobre la palabra, y no sobre

la percepción bruta.

Y esto hasta tratándose del amor. El amor no se descubre a sí mismo

hasta que no habla, hasta que no dice: ¡Yo te amo! Con muy profunda

intuición, Stendhal, en su novela _La Chartreuse de Parme_, hace que

el conde Mosca, furioso de celos y pensando en el amor que cree une a

la duquesa de Sanseverina con su sobrino Fabricio, se diga: «Hay que

calmarse; si empleo maneras rudas, la duquesa es capaz, por simple

pique de vanidad, de seguirle a Belgirate, y allí, durante el viaje, el

azar puede traer una palabra que dará nombre a lo que sienten uno por

otro, y después, en un instante, todas las consecuencias».

Así es, todo lo hecho se hizo por la palabra, y la palabra fué en un

principio.

El pensamiento, la razón, esto es, el lenguaje vivo, es una herencia,

y el solitario de Aben Tofail, el filósofo arábigo guadijeño, tan

absurdo como el yo de Descartes. La verdad concreta y real, no metódica

e ideal, es: _homo sum, ergo cogito_. Sentirse hombre es más inmediato

que pensar. Mas, por otra parte, la Historia, el proceso de la cultura,

no halla su perfección y efectividad plena sino en el individuo; el

fin de la Historia y de la Humanidad somos los sendos hombres, cada

hombre, cada individuo. _Homo sum, ergo cogito; cogito ut sim Michael

de Unamuno._ El individuo es el fin del Universo.

Y esto de que el individuo sea el fin del Universo, lo sentimos muy

bien nosotros, los españoles. ¿No dijo Martin A. J. Hume (_The spanish

people_) aquello de la individualidad introspectiva del español,

y lo comenté yo en un ensayo publicado en la revista _La España

Moderna_?[22]

Y es acaso este individualismo mismo introspectivo el que no ha

permitido que brotaran aquí sistemas estrictamente filosóficos, o más

bien metafísicos. Y ello, a pesar de Suárez, cuyas sutilezas formales

no merecen tal nombre.

Nuestra metafísica, si algo, ha sido metantrópica, y los nuestros,

filólogos, o más bien humanistas en el más comprensivo sentido.

Menéndez y Pelayo, de quien con exactitud dijo Benedetto Croce

(_Estética_, apéndice bibliográfico) que se inclinaba al idealismo

metafísico; pero parecía querer acoger algo de los otros sistemas,

hasta de las teorías empíricas; por lo cual su obra sufría, al parecer

de Croce --que se refería a su _Historia de las ideas estéticas de

España_--, de cierta incerteza, desde el punto de vista teórico del

autor, Menéndez y Pelayo, en su exaltación de humanista español, que no

quería renegar del Renacimiento, inventó lo del vivismo, la filosofía

de Luis Vives, y acaso, no por otra cosa que por ser, como él, este

otro, español renaciente y ecléctico. Y es que Menéndez y Pelayo, cuya

filosofía era, ciertamente, todo incerteza, educado en Barcelona, en

las timideces del escocesismo traducido al espíritu catalán, en aquella

filosofía rastrera del _common sense_ que no quería comprometerse, y

era toda de compromiso, y que tan bien representó Balmes, huyó siempre

de toda robusta lucha interior y fraguó con compromisos su conciencia.

Más acertado anduvo, a mi entender, Ángel Ganivet, todo adivinación e

instinto, cuando pregonó como nuestro el senequismo, la filosofía, sin

originalidad de pensamiento, pero grandísima de acento y tono, de aquel

estoico cordobés pagano, a quien por suyo tuvieron no pocos cristianos.

Su acento fué un acento español, latino-africano, no helénico, y ecos

de él se oyen en aquel --también tan nuestro-- Tertuliano, que creyó

corporales de bulto a Dios y al alma, y que fué algo así como un

Quijote del pensamiento cristiano de la segunda centuria.

Mas donde acaso hemos de ir a buscar el héroe de nuestro pensamiento,

no es a ningún filósofo que viviera en carne y hueso, sino a un ente

de ficción y de acción, más real que los filósofos todos; es a Don

Quijote. Porque hay un quijotismo filosófico, sin duda, pero también

una filosofía quijotesca. ¿Es acaso otra en el fondo la de los

conquistadores, la de los contrarreformadores, la de Loyola, y, sobre

todo, ya en el orden del pensamiento abstracto, pero sentido, la de

nuestros místicos? ¿Qué era la mística de San Juan de la Cruz sino una

caballería andante del sentimiento a lo divino?

Y el de Don Quijote no puede decirse que fuera en rigor idealismo; no

peleaba por ideas. Era espiritualismo; peleaba por espíritu.

Convertid a Don Quijote a la especulación religiosa, como ya él soñó

una vez en hacerlo cuando encontró aquellas imágenes de relieve

y entalladura que llevaban unos labradores para el retablo de su

aldea,[23] y a la meditación de las verdades eternas, y vedle subir al

Monte Carmelo por medio de la noche oscura del alma, a ver desde allí

arriba, desde la cima, salir el sol que no se pone, y como el águila

que acompaña a San Juan en Patmos, mirarle cara a cara y escudriñar sus

manchas, dejando a la lechuza que acompaña en el Olimpo a Atena --la de

ojos glaucos, esto es, lechucinos, la que ve en las sombras, pero a la

que la luz del mediodía deslumbra-- buscar entre sombras con sus ojos

la presa para sus crías.

Y el quijotismo especulativo o meditativo es, como el práctico, locura;

locura hija de la locura de la cruz. Y por eso es despreciado por la

razón. La filosofía en el fondo, aborrece al cristianismo, y bien lo

probó el manso Marco Aurelio.

La tragedia de Cristo, la tragedia divina, es la de la cruz. Pilato,

el escéptico, el cultural, quiso convertirla por la burla en sainete,

e ideó aquella farsa del rey de cetro de caña y corona de espinas,

diciendo: ¡He aquí el hombre!; pero el pueblo, más humano que él, el

pueblo que busca tragedia gritó: ¡Crucifícale, crucifícale! Y la otra

tragedia, la tragedia humana, intra-humana, es la de Don Quijote con la

cara enjabonada para que se riera de él la servidumbre de los Duques,

y los Duques mismos, tan siervos como ellos. «¡He aquí el loco!» --se

dirían--. Y la tragedia cómica, irracional, es la pasión por la burla

y el desprecio.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 21 / 23 段