«Sed perfectos como vuestro Padre», se nos dijo, y nuestro Padre es

perfecto porque es Él, y es cada uno de sus hijos que en él viven, son

y se mueven. Y el fin de la perfección, es que seamos todos una sola

cosa (Juan, XVII, 21), todos un cuerpo en Cristo (Rom., XII, 5), y que,

al cabo, sujetas todas las cosas al Hijo, el Hijo mismo se sujete a su

vez a quien le sujetó todo para que Dios sea todo en todos. Y esto es

hacer que el Universo sea conciencia; hacer de la Naturaleza sociedad,

y sociedad humana. Y entonces se le podrá a Dios llamar Padre a boca

llena.

Ya sé que los que dicen que la ética es ciencia, dirán que todo esto

que vengo exponiendo no es más que retórica; pero cada cual tiene su

lenguaje y su pasión. Es decir, el que la tiene, y el que no tiene

pasión, de nada le sirve tener ciencia.

Y a la pasión que se expresa por esta retórica, le llaman egotismo los

de la ciencia ética, y el tal egotismo es el único verdadero remedio

del egoísmo, de la avaricia espiritual, del vicio de conservarse y

ahorrarse, y no de tratar de perennizarse dándose.

«No seas, y podrás más que todo lo que es», decía nuestro Fr. Juan de

los Ángeles en uno de sus _Diálogos de la conquista del reino de Dios_

(Dial., III, 8); pero ¿qué quiere decir eso de no seas? ¿No querrá

acaso decir paradójicamente, como a menudo en los místicos sucede, lo

contrario de lo que tomado a la letra y a primera lección dice? ¿No es

una inmensa paradoja, un gran contrasentido trágico, más bien, la moral

toda de la sumisión y del quietismo? La moral monástica, la puramente

monástica, ¿no es un absurdo? Y llamo aquí moral monástica a la del

cartujo solitario, a la del eremita, que huye del mundo --llevándolo

acaso consigo-- para vivir sólo y a solas con un Dios sólo también y

solitario; no a la del dominico inquisidor, que recorre la Provenza a

quemar corazones de albigenses.

«¡Que lo haga todo Dios!» --dirá alguien--; pero es que si el hombre se

cruza de brazos, Dios se echa a dormir.

Esa moral cartujana y la otra moral científica, la que sacan de la

ciencia ética --¡oh, la ética como ciencia! ¡la ética racional y

racionalista! ¡pedantería de pedanterías y todo pedantería!--, eso sí

que puede ser egoísmo y frialdad de corazón.

Hay quien dice aislarse con Dios para mejor salvarse, para mejor

redimirse; pero es que la redención tiene que ser colectiva, pues que

la culpa lo es. «Lo religioso es la determinación de totalidad, y todo

lo que está fuera de esto es engaño de los sentidos, por lo cual el

mayor criminal es, en el fondo, inocente y un hombre bondadoso, un

santo.» Así Kierkegaard (_Afsluttende_, etc., II, II, cap IV, sect. II,

A.)

¿Y se comprende, por otra parte, que se quiera ganar la otra vida, la

eterna, renunciando a ésta, a la temporal? Si algo es la otra vida,

ha de ser continuación de ésta, y sólo como continuación, más o menos

depurada, de ella la imagina nuestro anhelo, y si así es, cual sea esta

vida del tiempo será la de la eternidad.

«Este mundo y el otro son como dos mujeres de un solo marido, que si

agradas a la una, mueves a la otra a envidia» --dice un pensador árabe;

citado por Windelband (_Das Heilige_, en el vol. II de _Präludien_)--;

mas tal pensamiento no ha podido brotar sino de quien no ha sabido

resolver en una lucha fecunda, en una contradicción práctica, el

conflicto trágico entre su espíritu y el mundo. «Venga a nos el tu

reino», nos enseñó el Cristo a pedir a su Padre, y no «vayamos al tu

reino», y según las primitivas creencias cristianas, la vida eterna

había de cumplirse sobre esta misma tierra, y como continuación de

la de ella. Hombres y no ángeles se nos hizo, para que buscásemos

nuestra dicha a través de la vida, y el Cristo de la fe cristiana no

se angelizó, sino que se humanó, tomando cuerpo real y efectivo, y no

apariencia de él para redimirnos. Y según esa misma fe, los ángeles,

hasta los más encumbrados, adoran a la Virgen, símbolo supremo de la

Humanidad terrena. No es, pues, el ideal angélico un ideal cristiano, y

desde luego no lo es humano, ni puede serlo. Es, además, un ángel algo

neutro, sin sexo y sin patria.

No nos cabe sentir la otra vida, la vida eterna, lo he repetido ya

varias veces, como una vida de contemplación angélica; ha de ser vida

de acción. Decía Goethe que «el hombre debe creer en la inmortalidad;

tiene para ello un derecho conforme a su naturaleza». Y añadía así:

«La convicción de nuestra perduración me brota del concepto de la

actividad. Si obro sin tregua hasta mi fin, la Naturaleza está obligada

--_so ist die Natur verpflichtet_-- a proporcionarme otra forma de

existencia, ya que mi actual espíritu no puede soportar más». Cambiad

lo de Naturaleza por Dios, y tendréis un pensamiento que no deja de ser

cristiano, pues los primeros padres de la Iglesia no creyeron que la

inmortalidad del alma fuera un don natural --es decir, algo racional--,

sino un don divino de gracia. Y lo que es de gracia suele ser, en

el fondo, de justicia, ya que la justicia es divina y gratuita, no

natural. Y agregaba Goethe: «No sabría empezar nada con una felicidad

eterna; si no me ofreciera nuevas tareas y nuevas dificultades a que

vencer». Y así es, la ociosidad contemplativa no es dicha.

Mas, ¿no tendrá alguna justificación la moral eremítica, cartujana, la

de la Tebaida? ¿No se podrá, acaso, decir que es menester se conserven

esos tipos de excepción para que sirvan de eterno modelo a los otros?

¿No crían los hombres caballos de carrera, inútiles para todo otro

menester utilitario, pero que mantienen la pureza de la sangre y son

padres de excelentes caballos de tiro y de silla? ¿No hay, acaso, un

lujo ético, no menos justificable que el otro? Pero, por otra parte,

¿no es esto, en el fondo, estética y no moral, y mucho menos religión?

¿No es que será estético y no religioso, ni siquiera ético, el ideal

monástico contemplativo medieval? Y al fin los de entre aquellos

solitarios que nos han contado sus coloquios a solas con Dios, han

hecho una obra eternizadora, se han metido en las almas de los demás. Y

ya sólo con eso, con que el claustro haya podido darnos un Eckart, un

Suso, un Taulero, un Ruisbroquio, un Juan de la Cruz, una Catalina de

Siena, una Ángela de Foligno, una Teresa de Jesús, está justificado el

claustro.

Pero nuestras Órdenes españolas son, sobre todo, la de Predicadores,

que Domingo de Guzmán instituyó para la obra agresiva de estirpar la

herejía, la Compañía de Jesús, una milicia en medio del mundo, y con

ello está dicho todo, la de las Escuelas Pías, para la obra también

invasora de la enseñanza... Cierto es que se me dirá que también la

reforma del Carmelo, Orden contemplativa que emprendió Teresa de Jesús,

fué obra española. Sí, española fué, y en ella se buscaba libertad.

Era el ansia de libertad, de libertad interior, en efecto, lo que

en aquellos revueltos tiempos de Inquisición llevaba a las almas

escogidas al claustro. Encarcelábanse para ser mejor libres. «¿No es

linda cosa que una pobre monja de San José pueda llegar a enseñorear

toda la tierra y elementos?» decía en su _Vida_ Santa Teresa. Era el

ansia pauliniana de libertad, de sacudirse de la ley externa, que era

bien dura, y, como decía el Maestro Fray Luis de León, bien cabezuda

entonces.

¿Pero lograron libertad así? Es muy dudoso que la lograran, y hoy

imposible. Porque la verdadera libertad no es esa de sacudirse de la

ley externa; la libertad es la conciencia de la ley. Es libre no el que

se sacude de la ley, sino el que se adueña de ella. La libertad hay

que buscarla en medio del mundo que es donde vive la ley, y con la ley

la culpa, su hija. De lo que hay que libertarse es de la culpa, que es

colectiva.

En vez de renunciar al mundo para dominarlo --¿quién no conoce el

instinto colectivo de dominación de las órdenes religiosas cuyos

individuos renuncian al mundo?-- lo que habría que hacer es dominar al

mundo para poder renunciar a él. No buscar la pobreza y la sumisión,

sino buscar la riqueza para emplearla en acrecentar la conciencia

humana, y buscar el poder para servirse de él con el mismo fin.

Es cosa curiosa que frailes y anarquistas se combatan entre sí, cuando

en el fondo profesan la misma moral y tienen un tan íntimo parentesco

unos con otros. Como que el anarquismo viene a ser una especie de

monacato ateo, y más una doctrina religiosa que ética o económico

social. Los unos parten de que el hombre nace malo, en pecado original,

y la gracia le hace luego bueno, si es que le hace tal, y los otros de

que nace bueno y la sociedad le pervierte luego. Y en resolución, lo

mismo da una cosa que otra, pues en ambas se opone el individuo a la

sociedad, y como si precediera, y, por lo tanto, hubiese de sobrevivir,

a ella. Y las dos morales son morales de claustro.

Y el que la culpa es colectiva no ha de servir para sacudirme de ella

sobre los demás, sino para cargar sobre mí las culpas de los otros, las

de todos; no para difundir mi culpa y anegarla en la culpa total, sino

para hacer la culpa total mía; no para enajenar mi culpa, sino para

ensimismarme y apropiarme, adentrándomela, la de todos. Y cada uno debe

contribuir a curarla, por lo que otros no hacen. El que la sociedad

sea culpable, agrava la culpa de cada uno. «Alguien tiene que hacerlo,

¿pero por qué he de ser yo?; es la frase que repiten los débiles bien

intencionados. Alguien tiene que hacerlo, ¿por qué no yo?, es el grito

de un serio servidor del hombre que afronta cara a cara un serio

peligro. Entre estas dos sentencias median siglos enteros de evolución

moral.» Así dijo Mrs. Annie Besant, en su autobiografía. Así dijo la

teósofa.

El que la sociedad sea culpable agrava la culpa de cada uno, y es

más culpable el que más siente la culpa. Cristo, el inocente, como

conocía mejor que nadie la intensidad de la culpa, era en un cierto

sentido el más culpable. En él llegó a conciencia la divinidad de la

humanidad y con ella su culpabilidad. Suele dar que reir a no pocos el

leer de grandísimos santos que por pequeñísimas faltas, por faltas que

hacen sonreirse a un hombre de mundo, se tuvieron por los más grandes

pecadores. Pero la intensidad de la culpa no se mide por el acto

externo, sino por la conciencia de ella, y a uno le causa agudísimo

dolor lo que a otro apenas si un ligero cosquilleo. Y en un santo

puede llegar la conciencia moral a tal plenitud y agudeza, que el más

leve pecado le remuerda más que al mayor criminal su crimen. Y la

culpa estriba en tener conciencia de ella, está en el que juzga y en

cuanto juzga. Cuando uno comete un acto pernicioso creyendo de buena fe

hacer una acción virtuosa, no podemos tenerle por moralmente culpable,

y cuando otro cree que es mala una acción indiferente o acaso

beneficiosa, y la lleva a cabo, es culpable. El acto pasa, la intención

queda, y lo malo del mal acto es que malea la intención, que haciendo

mal a sabiendas se predispone uno a seguir haciéndolo, se oscurece la

conciencia. Y no es lo mismo hacer el mal que ser malo. El mal oscurece

la conciencia, y no sólo la conciencia moral, sino la conciencia

general, la psíquica. Y es que es bueno cuanto exalta y ensancha la

conciencia, y malo lo que la deprime y amengua.

Y aquí acaso cabría aquello que ya Sócrates, según Platón, se proponía,

y es si la virtud es ciencia. Lo que equivale a decir si la virtud es

racional.

Los eticistas, los de que la moral es ciencia, los que al leer todas

estas divagaciones dirán: ¡retórica, retórica, retórica!, creerán, me

parece, que la virtud se adquiere por ciencia, por estudio racional,

y hasta que las matemáticas nos ayudan a ser mejores. No lo sé, pero

yo siento que la virtud, como la religiosidad, como el anhelo de no

morirse nunca --y todo ello es la misma cosa en el fondo--, se adquiere

más bien por pasión.

Pero y la pasión ¿qué es? se me dirá. No lo sé; o, mejor dicho, lo sé

muy bien, porque la siento, y, sintiéndola no necesito definírmela.

Es más aún: temo que si llego a definirla, dejaré de sentirla y de

tenerla. La pasión es como el dolor, y como el dolor, crea su objeto.

Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego.

Vaciedad y sofistería habrá de parecer esto, bien lo sé. Y se me dirá

también que hay la ciencia de la pasión, y que hay la pasión de la

ciencia, y que es en la esfera moral donde la razón y la vida se aunan.

No lo sé, no lo sé, no lo sé... Y acaso esté yo diciendo en el fondo,

aunque más turbiamente lo mismo que esos, los adversarios que me finjo

para tener a quien combatir, dicen, sólo que más claro, más definida y

más racionalmente. No lo sé, no lo sé... Pero sus cosas me hielan y me

suenan a vaciedad afectiva.

Y volviendo a lo mismo, ¿es la virtud ciencia? ¿Es la ciencia virtud?

Porque son dos cosas distintas. Puede ser ciencia la virtud, ciencia de

saber conducirse bien, sin que por eso toda otra ciencia sea virtud.

Ciencia es la de Maquiavelo; y no puede decirse que su _virtú_ sea

virtud moral siempre. Sabido es, además, que no son mejores ni los más

inteligentes, ni los más instruidos.

No, no, no; ni la fisiología enseña a digerir, ni la lógica a

discurrir, ni la estética a sentir la belleza o a expresarla, ni la

ética a ser bueno. Y menos mal si no enseña a ser hipócrita; porque la

pedantería, sea de lógica, sea de estética, sea de ética, no es en el

fondo sino hipocresía.

Acaso la razón enseña ciertas virtudes burguesas, pero no hace ni

héroes ni santos. Porque santo es el que hace el bien no por el bien

mismo, sino por Dios, por la eternización.

Acaso, por otra parte, la cultura, es decir, la Cultura --¡oh, la

cultura!--, obra sobre todo de filósofos y de hombres de ciencia, no la

han hecho ni los héroes ni los santos. Porque los santos se han cuidado

muy poco del progreso de la cultura humana; se cuidaron más bien de la

salvación de las almas individuales de aquellos con quienes convivían.

¿Qué significa, por ejemplo, en la historia de la cultura humana

nuestro San Juan de la Cruz, aquel frailecito incandescente, como se le

ha llamado culturalmente --y no sé si cultamente--, junto a Descartes?

Todos esos santos, encendidos de religiosa caridad hacia sus prójimos,

hambrientos de eternización propia y ajena, que iban a quemar corazones

ajenos, inquisidores acaso, todos esos santos, ¿qué han hecho por el

progreso de la ciencia de la ética? ¿Inventó acaso alguno de ellos el

imperativo categórico, como lo inventó el solterón de Koenigsberg, que

si no fué santo mereció serlo?

Quejábaseme un día el hijo de un gran profesor de ética, de uno a

quien apenas si se le caía de la boca el imperativo ese, que vivía en

una desoladora sequedad de espíritu, en un vacío interior. Y hube de

decirle: --Es que su padre de usted, amigo mío, tenía un río soterraño

en el espíritu, una fresca corriente de antiguas creencias infantiles,

de esperanzas de ultratumba; y cuando creía alimentar su alma con el

imperativo ese o con algo parecido, lo estaba en realidad alimentando

con aquellas aguas de la niñez. Y a usted le ha dado la flor acaso de

su espíritu, sus doctrinas racionales de moral, pero no la raíz, no lo

soterraño, no lo irracional.

¿Por qué prendió aquí, en España, el krausismo y no el hegelianismo

o el kantismo, siendo estos sistemas mucho más profundos, racional y

filosóficamente, que aquél? Porque el uno nos le trajeron con raíces.

El pensamiento filosófico de un pueblo o de una época es como su flor,

es aquello que está fuera y está encima; pero esa flor, o si se quiere

fruto, toma sus jugos de las raíces de la planta, y las raíces, que

están dentro y están debajo de tierra, son el sentimiento religioso.

El pensamiento filosófico de Kant, suprema flor de la evolución mental

del pueblo germánico, tiene sus raíces en el sentimiento religioso

de Lutero, y no es posible que el kantismo, sobre todo en su parte

práctica, prendiese y diese flores y frutos en pueblos que ni habían

pasado por la Reforma ni acaso podían pasar por ella. El kantismo

es protestante, y nosotros, los españoles, somos fundamentalmente

católicos. Y si Krause echó aquí algunas raíces --más que se cree,

y no tan pasajeras como se supone--, es porque Krause tenía raíces

pietistas, y el pietismo, como lo demostró Ritschl en la historia de él

(_Geschichte der Pietismus_), tiene raíces específicamente católicas,

y significa en gran parte la invasión, o más bien la persistencia del

misticismo católico en el seno del racionalismo protestante. Y así se

explica que se krausizaran aquí hasta no pocos pensadores católicos.

Y puesto que los españoles somos católicos, sepámoslo o no lo sepamos,

queriéndolo o sin quererlo, y aunque alguno de nosotros presuma de

racionalista o de ateo, acaso nuestra más honda labor de cultura y lo

que vale más que de cultura, de religiosidad --si es que no son lo

mismo--, es tratar de darnos clara cuenta de ese nuestro catolicismo

subconsciente, social o popular. Y esto es lo que he tratado de hacer

en esta obra.

Lo que llamo el sentimiento trágico de la vida en los hombres y en

los pueblos es por lo menos nuestro sentimiento trágico de la vida,

el de los españoles y el pueblo español, tal y como se refleja en

mi conciencia, que es una conciencia española, hecha en España. Y

este sentimiento trágico de la vida es el sentimiento mismo católico

de ella, pues el catolicismo y mucho más el popular, es trágico. El

pueblo aborrece la comedia. El pueblo, cuando Pilato, el señorito, el

distinguido, el esteta, racionalista si queréis, quiere darle comedia y

le presenta al Cristo en irrisión diciéndole: ¡He aquí el hombre!, se

amotina y grita: ¡crucifícale! ¡crucifícale! No quiere comedia, sino

tragedia. Y lo que el Dante, el gran católico, llamó comedia divina, es

la más trágica tragedia que se haya escrito.

Y como he querido en estos ensayos mostrar el alma de un español y en

ella el alma española, he escatimado las citas de escritores españoles

prodigando, acaso en exceso, las de los de otros países. Y es que todas

las almas humanas son hermanas.

Y hay una figura, una figura cómicamente trágica, una figura en que

se ve todo lo profundamente trágico de la comedia humana, la figura

de Nuestro Señor Don Quijote, el Cristo español, en que se cifra y

encierra el alma inmortal de este mi pueblo. Acaso la pasión y muerte

del Caballero de la Triste Figura es la pasión y muerte del pueblo

español. Su muerte y su resurrección. Y hay una filosofía, y hasta una

metafísica quijotesca, y una lógica y una ética quijotescas también,

y una religiosidad --religiosidad católica española-- quijotesca. Es

la filosofía, es la lógica, es la ética, es la religiosidad que he

tratado de esbozar y más de sugerir que de desarrollar en esta obra.

Desarrollarlas racionalmente no; la locura quijotesca no consiente la

lógica científica.

Y ahora, antes de concluir, y despedirme de mis lectores, quédame

hablar del papel que le está reservado a Don Quijote en la

tragi-comedia europea moderna.

Vamos a verlo en un último ensayo de éstos.

CONCLUSIÓN

DON QUIJOTE EN LA TRAGI-COMEDIA EUROPEA CONTEMPORÁNEA

¡Voz que clama en el desierto!

ISAÍAS, XL. 3.

Fuerza me es ya concluir, por ahora al menos, estos ensayos que

amenazan convertírseme en el cuento de nunca acabar. Han ido saliendo

de mis manos a la imprenta en una casi improvisación sobre notas

recogidas durante años, sin haber tenido presentes al escribir cada

ensayo los que le precedieron. Y así irán llenos de contradicciones

íntimas --al menos aparentes-- como la vida y como yo mismo.

Mi pecado ha sido, si alguno, el haberlos exornado en exceso con citas

ajenas, muchas de las cuales parecerán traídas con cierta violencia.

Mas ya lo explicaré otra vez.

Muy pocos años después de haber andado Nuestro Señor Don Quijote por

España, decíanos Jacobo Boehme (_Aurora_, capítulo XI, § 75), que no

escribía una historia que le hubiesen contado otros, sino que tenía

que estar él mismo en la batalla, y en ella en gran pelea, donde a

menudo tenía que ser vencido como todos los hombres, y más adelante (§

83) añade que aunque tenga que hacerse espectáculo del mundo y del

demonio, le queda la esperanza en Dios sobre la vida futura, en quien

quiere arriesgarla y no resistir al Espíritu. Amén. Y tampoco yo, como

este Quijote del pensamiento alemán, quiero resistir al Espíritu.

Y por esto lanzo mi voz que clamará en el desierto, y la lanzo desde

esta Universidad de Salamanca, que se llamó a sí misma arrogantemente

_omnium scientiarum princeps_, y a la que Carlyle llamó fortaleza de

la ignorancia, y un literato francés, hace poco, Universidad fantasma;

desde esta España, «tierra de los ensueños que se hacen realidades,

defensora de Europa, hogar del ideal caballeresco», así me decía en

carta no ha mucho Mr. Archer M. Huntington, poeta; desde esta España,

cabeza de la Contra-Reforma en el siglo XVI. ¡Y bien se lo guardan!

En el cuarto de estos ensayos os hablé de la esencia del catolicismo. Y

a _desesenciarlo_, esto es, a descatolizar a Europa, han contribuído el

Renacimiento, la Reforma y la Revolución, sustituyendo aquel ideal de

una vida eterna ultraterrena por el ideal del progreso, de la razón, de

la ciencia. O mejor de la Ciencia, con letra mayúscula. Y lo último, lo

que hoy más se lleva, es la Cultura.

Y en la segunda mitad del pasado siglo XIX, época infilosófica y

tecnicista, dominada por especialismo miope y por el materialismo

histórico, ese ideal se tradujo en una obra no ya de vulgarización,

sino de avulgaramiento científico --o más bien pseudocientífico-- que

se desahogaba en democráticas bibliotecas baratas y sectarias. Quería

así popularizarse la ciencia como si hubiere de ser ésta la que haya de

bajar al pueblo y servir sus pasiones, y no el pueblo el que debe subir

a ella y por ella más arriba aún, a nuevos y más profundos anhelos.

Todo esto llevó a Brunetière a proclamar la bancarrota de la ciencia,

y esa ciencia o lo que fuere, bancarroteó en efecto. Y como ella no

satisfacía, no dejaba de buscarse la felicidad; sin encontrarla ni en

la riqueza, ni en el saber, ni en el poderío, ni en el goce, ni en la

resignación, ni en la buena conciencia moral, ni en la cultura. Y vino

el pesimismo.

El progresismo no satisfacía tampoco. Progresar, ¿para qué? El hombre

no se conformaba con lo racional, el _Kulturkampf_ no le bastaba;

quería dar finalidad final a la vida, que esta que llamo la finalidad

final es el verdadero ὄντως ὄν. Y la famosa _maladie du siècle_, que

se anuncia en Rousseau y acusa más claramente que nadie el _Obermann_

de Sénancour, no era ni es otra cosa que la pérdida de la fe en la

inmortalidad del alma, en la finalidad humana del Universo.

Su símbolo, su verdadero símbolo es un ente de ficción, el Dr. Fausto.

Este inmortal Dr. Fausto que se nos aparece ya a principios del

siglo XVII, en 1604, por obra del Renacimiento y de la Reforma y por

ministerio de Cristóbal Marlowe, es ya el mismo que volverá a descubrir

Goethe, aunque en ciertos respectos más espontáneo y más fresco. Y

junto a él aparece Mefistófeles, a quien pregunta Fausto aquello de

«¿qué bien hará mi alma a tu señor»? Y le contesta: «Ensanchar su

reino.» «¿Y es esa la razón por la que nos tienta así?» vuelve a

preguntar el Doctor, y el espíritu maligno responde: «_solamen miseris

socios habuisse doloris_», que es lo que mal traducido en romance,

decimos: mal de muchos, consuelo de tontos. «Donde estamos, allí está

el infierno, y donde está el infierno, allí tenemos que estar siempre»

--añade Mefistófeles-- a lo que Fausto agrega que cree ser una fábula

tal infierno, y le pregunta quién hizo el mundo. Y este trágico Doctor,

torturado por nuestra tortura, acaba encontrando a Helena, que no es

otra, aunque Marlowe acaso no lo sospechase, que la Cultura renaciente.

Y hay aquí en este _Faust_ de Marlowe una escena que vale por toda la

segunda parte del _Faust_ de Goethe. Le dice a Helena Fausto: «Dulce

Helena, hazme inmortal con un beso --y le besa--. Sus labios me chupan

el alma; ¡mira cómo huye! ¡Ven, Helena, ven; devuélveme el alma! Aquí

quiero quedarme, porque el cielo está en estos labios, y todo lo que no

es Helena, escoria es.»

Del sentimiento trágico de la vida · 第 20 / 23 段