Este de la propia vocación, es acaso el más grave y más hondo problema

social, el que está en la base de todos ellos. La llamada por

antonomasia cuestión social, es acaso más que un problema de reparto

de riquezas, de productos del trabajo, un problema de reparto de

vocaciones, de modos de producir. No por la aptitud --casi imposible

de averiguar sin ponerla antes a prueba y no bien especificada en cada

hombre, ya que para la mayoría de los oficios el hombre no nace, sino

que se hace--, no por la aptitud especial, sino por razones sociales,

políticas, rituales, se ha venido determinando el oficio de cada uno.

En unos tiempos y países las castas religiosas y la herencia; en otros,

las gildas y gremios; luego, la máquina, la necesidad casi siempre,

la libertad casi nunca. Y llega lo trágico de ello a esos oficios de

lenocinio en que se gana la vida vendiendo el alma, en que el obrero

trabaja a conciencia no ya de la inutilidad, sino de la perversidad

social de su trabajo, fabricando el veneno que ha de ir matándole, el

arma acaso con que asesinarán a sus hijos. Éste, y no el del salario,

es el problema más grave.

En mi vida olvidaré un espectáculo que pude presenciar en la ría de

Bilbao, mi pueblo natal. Martillaba a sus orillas no sé qué cosa, en

un astillero, un obrero, y hacíalo a desgana, como quien no tiene

fuerzas o no va sino a pretextar su salario, cuando de pronto se oye

un grito de una mujer: «¡Socorro!» Y era que un niño cayó a la ría. Y

aquel hombre se trasformó en un momento, y con una energía, presteza y

sangre fría admirables, se aligeró de ropa y se echó al agua a salvar

al pequeñuelo.

Lo que da acaso su menor ferocidad al movimiento socialista agrario es

que el gañán del campo, aunque no gane más ni viva mejor que el obrero

industrial o minero, tiene una más clara conciencia del valor social

de su trabajo. No es lo mismo sembrar trigo que sacar diamantes de la

tierra.

Y acaso el mayor progreso social consiste en una cierta

indiferenciación del trabajo, en la facilidad de dejar uno para tomar

otro, no ya acaso más lucrativo, sino más noble --porque hay trabajos

más y menos nobles--. Mas suele suceder con triste frecuencia, que ni

el que ocupa una profesión y no la abandona suele preocuparse de hacer

vocación religiosa de ella, ni el que la abandona y va en busca de otra

lo hace con religiosidad de propósito.

Y, ¿no conocéis, acaso, casos en que uno, fundado en que el organismo

profesional a que pertenece y en que trabaja está mal organizado y no

funciona como debiera, se hurta al cumplimiento estricto de su deber,

a pretexto de otro deber más alto? ¿No llaman a este cumplimiento

ordenancismo y no hablan de burocracia y de fariseísmo de funcionarios?

Y ello suele ser a las veces como si un militar inteligente y muy

estudioso, que se ha dado cuenta de las deficiencias de la organización

bélica de su patria, y se las ha denunciado a sus superiores y tal vez

al público --cumpliendo en ello su deber--, se negara a ejecutar en

campaña una operación que se le ordenase, por estimarla de escasísima

probabilidad de buen éxito, o tal vez de seguro fracaso mientras no se

corrigiesen aquellas deficiencias. Merecía ser fusilado. Y en cuanto a

lo de fariseísmo...

Y queda siempre un modo de obedecer mandando, un modo de llevar a cabo

la operación que se estima absurda, corrigiendo su absurdidad, aunque

sólo sea con la propia muerte. Cuando en mi función burocrática me he

encontrado alguna vez con alguna disposición legislativa que por su

evidente absurdidad estaba en desuso, he procurado siempre aplicarla.

Nada hay peor que una pistola cargada en un rincón, y de la que no se

usa; llega un niño, se pone a jugar con ella y mata a su padre. Las

leyes en desuso son las más terribles de las leyes, cuando el desuso

viene de lo malo de la ley.

Y esto no son vaguedades, y menos en nuestra tierra. Porque mientras

andan algunos por acá buscando yo no sé qué deberes y responsabilidades

ideales, esto es, ficticios, ellos mismos no ponen su alma toda en

aquel menester inmediato y concreto de que viven, y los demás, la

inmensa mayoría, no cumplen con su oficio sino para eso que se llama

vulgarmente cumplir --_para cumplir_, frase terriblemente inmoral--,

para salir del paso, para hacer que se hace, para dar pretexto y no

justicia al emolumento, sea de dinero o de otra cosa.

Aquí tenéis un zapatero que vive de hacer zapatos, y que los hace con

el esmero preciso para conservar su clientela y no perderla. Ese otro

zapatero vive en un plano espiritual algo más elevado, pues que tiene

el amor propio del oficio, y por pique o pundonor se esfuerza en pasar

por el mejor zapatero de la ciudad o del reino, aunque esto no le dé

ni más clientela ni más ganancia, y sí solo más renombre y prestigio.

Pero hay otro grado aún mayor de perfeccionamiento moral en el oficio

de la zapatería, y es tender a hacerse para con sus parroquianos el

zapatero único e insustituíble, el que de tal modo les haga el calzado

que tengan que echarle de menos cuando se les muera --«se _les_ muera»,

y no sólo «se muera»--, y piensen ellos, sus parroquianos, que no

debía haberse muerto, y esto así porque les hizo calzado pensando en

ahorrarles toda molestia y que no fuese el cuidado de los pies lo que

les impidiera vagar a la contemplación de las más altas verdades; les

hizo el calzado por amor a ellos y por amor a Dios en ellos, se lo hizo

por religiosidad.

Adrede he escogido este ejemplo, que acaso os parezca pedestre. Y

es porque el sentimiento, no ya ético, sino religioso, de nuestras

respectivas zapaterías, anda muy bajo.

Los obreros se asocian, forman sociedades cooperativas y de

resistencia, pelean muy justa y noblemente por el mejoramiento de su

clase; pero no se ve que esas asociaciones influyan gran cosa en la

moral del oficio. Han llegado a imponer a los patronos el que éstos

tengan que recibir al trabajo a aquellos que la sociedad obrera

respectiva designe en cada caso, y no a otros; pero de la selección

técnica de los designados se cuidan bien poco. Ocasiones hay en que

apenas si le cabe al patrono rechazar al inepto por su ineptitud, pues

defienden ésta sus compañeros. Y cuando trabajan, lo hacen a menudo, no

más que por cumplir, por pretextar el salario, cuando no lo hacen mal

aposta para perjudicar al amo, que se dan casos de ello.

En aparente justificación de todo lo cual cabe decir que los patronos

por su parte, cien veces más culpables que sus obreros, maldito si

se cuidan ni de pagar mejor al que mejor trabaja, ni de fomentar la

educación general y técnica del obrero, ni mucho menos de la bondad

intrínseca del producto. La mejora de este producto que debía ser en

sí, aparte de razones de concurrencia industrial y mercantil, en bien

de los consumidores, por caridad, lo capital, no lo es ni para patronos

ni para obreros, y es que ni aquéllos ni éstos sienten religiosamente

su oficio social. Ni unos ni otros quieren ser instituíbles. Mal que se

agrava con esa desdichada forma de sociedades y empresas industriales

anónimas, donde con la firma personal, se pierde hasta aquella

vanidad de acreditarla que sustituye al anhelo de eternizarse. Con

la individualidad concreta, cimiento de toda religión, desaparece la

religiosidad del oficio.

Y lo que se dice de patronos y obreros, se dice mejor de cuantos a

profesiones liberales se dedican y de los funcionarios públicos. Apenas

si hay servidor del Estado que sienta la religiosidad de su menester

oficial y público. Nada más turbio, nada más confuso entre nosotros

que el sentimiento de los deberes para con el Estado, sentimiento

que oblitera aún más la Iglesia católica, que por lo que al Estado

hace, es en rigor de verdad, anarquista. Entre sus ministros no es

raro hallar quienes defiendan la licitud moral del matute y del

contrabando, como si el que matuteando o contrabandeando desobedece a

la autoridad legalmente constituída que lo prohibe, no pecara contra

el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que al mandar honrar padre y

madre, manda obedecer a esa autoridad legal en cuanto ordene que no sea

contrario, como no lo es el imponer esos tributos, a la ley de Dios.

Son muchos los que, considerando el trabajo como un castigo, por

aquello de «comerás el pan con el sudor de tu frente», no estiman el

trabajo del oficio civil sino bajo su aspecto económico político y a

lo sumo bajo su aspecto estético. Para estos tales --entre los que se

encuentran principalmente los jesuítas-- hay dos negocios: el negocio

inferior y pasajero de ganarnos la vida, de ganar el pan para nosotros

y nuestros hijos de una manera honrada --y sabida es la elasticidad de

la honradez--, y el gran negocio de nuestra salvación, de ganarnos la

gloria eterna. Aquel trabajo inferior o mundano no es menester llevarlo

sino en cuanto sin engaño ni grave detrimento de nuestros prójimos, nos

permita vivir decorosamente a la medida de nuestro rango social, pero

de modo que nos vaque el mayor tiempo posible para atender al otro gran

negocio. Y hay quienes elevándose un poco sobre esa concepción, más que

ética, económica, del trabajo de nuestro oficio civil, llegan hasta una

concepción y un sentimiento estéticos de él, que se cifran en adquirir

lustre y renombre en nuestro oficio, y hasta en hacer de él arte por

el arte mismo, por la belleza. Pero hay que elevarse aún más, a un

sentimiento ético de nuestro oficio civil que deriva y desciende de

nuestro sentimiento religioso, de nuestra hambre de eternización. El

trabajar cada uno en su propio oficio civil, puesta la vista en Dios,

por amor a Dios, lo que vale decir por amor a nuestra eternización, es

hacer de ese trabajo una obra religiosa.

El texto aquel de «comerás el pan con el sudor de tu frente», no quiere

decir que condenase Dios al hombre al trabajo, sino a la penosidad de

él. Al trabajo mismo no pudo condenarle, porque es el trabajo el único

consuelo práctico de haber nacido. Y la prueba de que no le condenó al

trabajo mismo está, para un cristiano, en que al ponerle en el Paraíso,

antes de la caída, cuando se hallaba aún en su estado de inocencia,

dice la Escritura que le puso en él para que lo guardase y lo labrase

(Génesis, II, 15). Y de hecho, ¿en qué iba a pasar el tiempo en el

Paraíso si no lo trabajaba? ¿Y es que acaso la visión beatífica misma

no es una especie de trabajo?

Y aun cuando el trabajo fuese nuestro castigo, deberíamos tender a

hacer de él, del castigo mismo, nuestro consuelo y nuestra redención,

y de abrazarnos a alguna cruz, no hay para cada uno otra mejor que la

cruz del trabajo de su propio oficio civil. Que no nos dijo el Cristo

«toma mi cruz y sígueme», sino «toma tu cruz y sígueme»; cada uno la

suya, que la del Salvador él solo la lleva. Y no consiste, por lo

tanto, la imitación de Cristo en aquel ideal monástico que resplandece

en el libro que lleva el nombre vulgar del Kempis, ideal sólo aplicable

a un muy limitado número de personas, y, por lo tanto, anticristiano,

sino que imitar a Cristo es tomar cada uno su cruz, la cruz de su

propio oficio civil, como Cristo tomó la suya, la de su oficio, civil

también a la par que religioso, y abrazarse a ella y llevarla puesta

la vista en Dios y tendiendo a hace una verdadera oración de los actos

propios de ese oficio. Haciendo zapatos y por hacerlos, se puede ganar

la gloria si se esfuerza el zapatero en ser como zapatero perfecto

como es perfecto nuestro Padre celestial.

Ya Fourier, el soñador socialista, soñaba con hacer el trabajo

atrayente en sus falansterios por la libre elección de las vocaciones

y por otros medios. El único es la libertad. El encanto del juego

de azar, que es trabajo, ¿de qué depende sino de que se somete uno

libremente a la libertad de la Naturaleza, esto es, al azar? Y no nos

perdamos en un cotejo entre el trabajo y el deporte.

Y el sentimiento de hacernos insustituíbles, de no merecer la muerte,

de hacer que nuestra aniquilación, si es que nos está reservada, sea

una injusticia, no sólo debe llevarnos a cumplir religiosamente, por

amor a Dios y a nuestra eternidad y eternización, nuestro propio

oficio, sino a cumplirlo apasionadamente, trágicamente si se quiere.

Debe llevarnos a esforzarnos por sellar a los demás con nuestro sello,

por perpetuarnos en ellos y en sus hijos, dominándolos, por dejar en

todo imperecedera nuestra cifra. La más fecunda moral es la moral de la

imposición mutua.

Ante todo, cambiar en positivos los mandamientos que en forma

negativa nos legó la Ley Antigua. Y así donde se nos dijo: ¡no

mentirás!, entender que nos dice: ¡dirás siempre la verdad, oportuna

o inoportunamente! aunque sea cada uno de nosotros, y no los demás,

quien juzgue en cada caso de esa oportunidad. Y donde se nos dijo:

¡no matarás!, entender: ¡darás vida y la acrecentarás! Y donde: ¡no

hurtarás!, que dice: ¡acrecentarás la riqueza pública! Y donde: ¡no

cometerás adulterio!, esto: ¡darás a tu tierra y al cielo hijos sanos,

fuertes y buenos! Y así todo lo demás.

El que no pierda su vida, no la logrará. Entrégate, pues, a los demás,

pero para entregarte a ellos domínalos primero. Pues no cabe dominar

sin ser dominado. Cada uno se alimenta de la carne de aquel a quien

devora. Para dominar al prójimo, hay que conocerlo y quererlo. Tratando

de imponerle mis ideas, es como recibo las suyas. Amar al prójimo, es

querer que sea como yo, que sea otro yo, es decir, es querer yo ser

él; es querer borrar la divisoria entre él y yo, suprimir el mal. Mi

esfuerzo por imponerme a otro, por ser y vivir yo en él y de él, por

hacerle mío --que es lo mismo que hacerme suyo--, es lo que da sentido

religioso a la colectividad, a la solidaridad humana.

El sentimiento de solidaridad parte de mí mismo; como soy sociedad,

necesito adueñarme de la sociedad humana; como soy un producto social,

tengo que socializarme y de mí voy a Dios --que soy yo proyectado al

Todo-- y de Dios a cada uno de mis prójimos.

De primera intención protesto contra el inquisidor y a él prefiero el

comerciante que viene a colocarme sus mercancías; pero si recogido en

mí mismo lo pienso mejor, veré que aquél, el inquisidor, cuando es de

buena intención, me trata como a un hombre, como a un fin en sí, pues

si me molesta es por el caritativo deseo de salvar mi alma, mientras

que el otro no me considera sino como a un cliente, como a un medio,

y su indulgencia y tolerancia no es en el fondo sino la más absoluta

indiferencia respecto a mi destino. Hay mucha más humanidad en el

inquisidor.

Como suele haber mucha más humanidad en la guerra que no en la paz. La

no resistencia al mal implica resistencia al bien, y aun fuera de la

defensiva, la ofensiva misma es lo más divino acaso de lo humano. La

guerra es escuela de fraternidad y lazo de amor; es la guerra la que,

por el choque y la agresión mutua, ha puesto en contacto a los pueblos,

y les ha hecho conocerse y quererse. El más puro y más fecundo abrazo

de amor que se den entre sí los hombres, es el que sobre el campo

de batalla se dan el vencedor y el vencido. Y aun el odio depurado

que surge de la guerra es fecundo. La guerra es, en su más estricto

sentido, la santificación del homicidio; Caín se redime como general de

ejércitos. Y si Caín no hubiese matado a su hermano Abel, habría acaso

muerto a manos de éste. Dios se reveló sobre todo en la guerra; empezó

siendo el Dios de los ejércitos, y uno de los mayores servicios de la

cruz es el de defender en la espada la mano que esgrime ésta.

Fué Caín el fratricida, el fundador del Estado, dicen los enemigos de

éste. Y hay que aceptarlo y volverlo en gloria del Estado, hijo de

la guerra. La civilización empezó el día en que un hombre, sujetando

a otro y obligándole a trabajar para los dos, pudo vagar a la

contemplación del mundo y obligar a su sometido a trabajos de lujo. Fué

la esclavitud lo que permitió a Platón especular sobre la república

ideal, y fué la guerra la que trajo la esclavitud. No en vano es Atena

la diosa de la guerra y de la ciencia. Pero, ¿será menester repetir una

vez más estas verdades tan obvias, mil veces desatendidas y que otras

mil vuelven a renacer?

El precepto supremo que surge del amor a Dios y la base de toda moral

es éste: entrégate por entero: da tu espíritu para salvarlo, para

eternizarlo. Tal es el sacrificio de vida.

Y el entregarse supone, lo he de repetir, imponerse. La verdadera moral

religiosa es en el fondo agresiva, invasora.

El individuo en cuanto individuo, el miserable individuo que vive

preso del instinto de conservación y de los sentidos, no quiere sino

conservarse, y todo su hipo es que no penetren los demás en su esfera,

que no le inquieten, que no le rompan la pereza, a cambio de lo cual,

o para dar ejemplo y norma, renuncia a penetrar él en los otros, a

romperles la pereza, a inquietarles, a apoderarse de ellos. El «no

hagas a otro lo que para ti no quieras», lo traduce él así: yo no me

meto con los demás; que no se metan los demás conmigo. Y se achica

y se engurruña y perece en esta avaricia espiritual y en esta moral

repulsiva del individualismo anárquico: cada uno para sí. Y como cada

uno no es él mismo, mal puede ser para sí.

Mas así que el individuo se siente en la sociedad, se siente en Dios,

y el instinto de perpetuación le enciende en amor a Dios y en caridad

dominadora, busca perpetuarse en los demás, perennizar su espíritu,

eternizarlo, desclavar a Dios, y sólo anhela sellar su espíritu en los

demás espíritus y recibir el sello de éstos. Es que se sacudió de la

pereza y de la avaricia espirituales.

La pereza, se dice, es la madre de todos los vicios, y la pereza, en

efecto, engendra los dos vicios, la avaricia y la envidia, que son a su

vez fuente de todos los demás. La pereza es el peso de la materia, de

suyo inerte, en nosotros, y esa pereza, mientras nos dice que trata de

conservarnos por el ahorro, en realidad no trata sino de amenguarnos,

de anonadarnos.

Al hombre o le sobra materia o le sobra espíritu, o mejor dicho, o

siente hambre de espíritu, esto es, de eternidad, o hambre de materia,

resignación a anonadarse. Cuando le sobra espíritu y siente hambre de

más de él, lo vierte y derrama fuera, y al derramarlo, se le acrecienta

con lo de los demás; y, por el contrario, cuando, avaro de sí mismo,

se recoge en sí pensando mejor conservarse, acaba por perderlo todo,

y le ocurre lo que al que recibió un solo talento: lo enterró para no

perderlo, y se quedó sin él. Porque al que tiene, se le dará; pero al

que no tiene sino poco, hasta eso poco le será quitado.

Sed perfectos como vuestro Padre celestial lo es, se nos dijo, y este

terrible precepto --terrible porque la perfección infinita del Padre

nos es inasequible-- debe ser nuestra suprema norma de conducta. El

que no aspire a lo imposible, apenas hará nada hacedero que valga

la pena. Debemos aspirar a lo imposible, a la perfección absoluta e

infinita, y decir al Padre: ¡Padre, no puedo: ayuda a mi impotencia! Y

él lo hará en nosotros.

Y ser perfecto es serlo todo, es ser yo y ser todos los demás, es ser

humanidad, es ser universo. Y no hay otro camino para ser todo lo demás

sino darse a todo, y cuando todo sea en todo, todo será en cada uno de

nosotros. La apocatástasis es más que un ensueño místico, es una norma

de acción, es un faro de altas hazañas.

De donde la moral invasora, dominadora, agresiva, inquisidora, si

queréis. Porque la caridad verdadera es invasora, y consiste en meter

mi espíritu en los demás espíritus, en darles mi dolor como pábulo y

consuelo a sus dolores, en despertar con mi inquietud sus inquietudes,

en aguzar su hambre de Dios con mi hambre de Él. La caridad no es

brezar y adormecer a nuestros hermanos en la inercia y modorra de la

materia, sino despertarles en la zozobra y el tormento del espíritu.

A las catorce obras de misericordia que se nos enseñó en el Catecismo

de la doctrina cristiana, habría que añadir a las veces una más, y es

la de despertar al dormido. A las veces por lo menos, y desde luego

cuando el dormido duerme al borde de una sima, el despertarle es mucho

más misericordioso que enterrarle después de muerto, pues dejemos que

los muertos entierren a sus muertos. Bien se dijo aquello de «quien

bien te quiera, te hará llorar», y la caridad suele hacer llorar. «El

amor que no mortifica, no merece tan divino nombre», decía el encendido

apóstol portugués Fr. Thomé de Jesus (_Trabalhos de Jesus_, parte

primera); el de esta jaculatoria: «¡Oh fuego infinito, oh amor eterno,

que si no tienes donde abraces y te alargues y muchos corazones a

que quemes lloras!» El que ama al prójimo, le quema el corazón, y el

corazón, como la leña fresca, cuando se quema, gime y destila lágrimas.

Y el hacer eso es generosidad, una de las dos virtudes madres que

surgen cuando se vence a la inercia, a la pereza. Las más de nuestras

miserias vienen de avaricia espiritual.

El remedio al dolor, que es, dijimos, el choque de la conciencia en la

inconsciencia no es hundirse en ésta, sino elevarse a aquélla y sufrir

más. Lo malo del dolor se cura con más dolor, con más alto dolor. No

hay que darse opio, sino poner vinagre y sal en la herida del alma,

porque cuando te duermas y no sientas ya el dolor, es que no eres. Y

hay que ser. No cerréis, pues, los ojos a la Esfinge acongojadora, sino

miradla cara a cara, y dejad que os coja y os masque en su boca de cien

mil dientes venenosos y os trague. Veréis qué dulzura cuando os haya

tragado, qué dolor más sabroso.

Y a esto se va prácticamente por la moral de la imposición mutua.

Los hombres deben tratar de imponerse los unos a los otros, de darse

mutuamente sus espíritus, de sellarse mutuamente las almas.

Es cosa que da en qué pensar eso de que hayan llamado a la moral

cristiana moral de esclavos, ¿quiénes? ¡Los anarquistas! El anarquismo

sí que es moral de esclavos, pues sólo el esclavo canta a la libertad

anárquica. ¡Anarquismo, no!, sino _panarquismo_; no aquello de ni

Dios ni amo, sino todos dioses y amos todos, todos esforzándose por

divinizarse, por inmortalizarse. Y para ello dominando a los demás.

¡Y hay tantos modos de dominar! A las veces, hasta pasivamente, al

parecer al menos, se cumple con esta ley de vida. El acomodarse al

ámbito, el imitar, el ponerse uno en lugar de otro, la simpatía, en

fin, además de ser una manifestación de la unidad de la especie, es

un modo de expansionarse, de ser otro. Ser vencido, o por lo menos

aparecer vencido, es muchas veces vencer; tomar lo de otro, es un modo

de vivir en él.

Y es que al decir dominar, no quiero decir como el tigre. También

domina el zorro por la astucia, y la liebre huyendo, y la víbora por su

veneno, y el mosquito por su pequeñez, y el calamar por su tinta con

que oscurece el ámbito y huye. Y nadie se escandalice de esto, pues

el mismo Padre de todos, que dió fiereza, garras y fauces al tigre,

dió astucia al zorro, patas veloces a la liebre, veneno a la víbora,

pequeñez al mosquito y tinta al calamar. Y no consiste la nobleza o

innobleza en las armas de que se use, pues cada especie, y hasta cada

individuo, tiene las suyas, sino en cómo se las use, y, sobre todo, en

el fin para que uno las esgrima.

Y entre las armas de vencer hay también la de la paciencia y la

resignación apasionadas, llenas de actividad y de anhelos anteriores.

Recordad aquel estupendo soneto del gran luchador, del gran inquietador

puritano Juan Milton, el secuaz de Cromwell y cantor de Satanás, el

que al verse ciego y considerar su luz apagada e inútil en él aquel

talento cuya ocultación es muerte, oye que la Paciencia le dice: «Dios

no necesita ni de obra de hombre ni de sus dones; quienes mejor llevan

su blando yugo, le sirven mejor; su estado es regio; miles hay que se

lanzan a su señal y corren sin descanso tierras y mares, pero también

le sirven los que no hacen sino estarse y aguardar».

_They also serve who only stand and wait._ Sí, también le sirven

los que sólo se están aguardándole, pero es cuando le aguardan

apasionadamente, hambrientamente, llenos de anhelo de inmortalidad en

Él.

Y hay que imponerse, aunque sólo sea por la paciencia. «Mi vaso es

pequeño, pero bebo en mi vaso» --decía un poeta egoísta y de un pueblo

de avaros--. No, en mi vaso beben todos, quiero que todos beban de él;

se lo doy, y mi vaso crece, según el número de los que en él beben, y

todos, al poner en él sus labios, dejan allí algo de su espíritu. Y

bebo también de los vasos de los demás, mientras ellos beben del mío.

Porque cuanto más soy de mí mismo, y cuanto soy más yo mismo, más soy

de los demás; de la plenitud de mí mismo me vierto a mis hermanos, y al

verterme a ellos, ellos entran en mí.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 19 / 23 段