social, el que está en la base de todos ellos. La llamada por
antonomasia cuestión social, es acaso más que un problema de reparto
de riquezas, de productos del trabajo, un problema de reparto de
vocaciones, de modos de producir. No por la aptitud --casi imposible
de averiguar sin ponerla antes a prueba y no bien especificada en cada
hombre, ya que para la mayoría de los oficios el hombre no nace, sino
que se hace--, no por la aptitud especial, sino por razones sociales,
políticas, rituales, se ha venido determinando el oficio de cada uno.
En unos tiempos y países las castas religiosas y la herencia; en otros,
las gildas y gremios; luego, la máquina, la necesidad casi siempre,
la libertad casi nunca. Y llega lo trágico de ello a esos oficios de
lenocinio en que se gana la vida vendiendo el alma, en que el obrero
trabaja a conciencia no ya de la inutilidad, sino de la perversidad
social de su trabajo, fabricando el veneno que ha de ir matándole, el
arma acaso con que asesinarán a sus hijos. Éste, y no el del salario,
es el problema más grave.
En mi vida olvidaré un espectáculo que pude presenciar en la ría de
Bilbao, mi pueblo natal. Martillaba a sus orillas no sé qué cosa, en
un astillero, un obrero, y hacíalo a desgana, como quien no tiene
fuerzas o no va sino a pretextar su salario, cuando de pronto se oye
un grito de una mujer: «¡Socorro!» Y era que un niño cayó a la ría. Y
aquel hombre se trasformó en un momento, y con una energía, presteza y
sangre fría admirables, se aligeró de ropa y se echó al agua a salvar
al pequeñuelo.
Lo que da acaso su menor ferocidad al movimiento socialista agrario es
que el gañán del campo, aunque no gane más ni viva mejor que el obrero
industrial o minero, tiene una más clara conciencia del valor social
de su trabajo. No es lo mismo sembrar trigo que sacar diamantes de la
tierra.
Y acaso el mayor progreso social consiste en una cierta
indiferenciación del trabajo, en la facilidad de dejar uno para tomar
otro, no ya acaso más lucrativo, sino más noble --porque hay trabajos
más y menos nobles--. Mas suele suceder con triste frecuencia, que ni
el que ocupa una profesión y no la abandona suele preocuparse de hacer
vocación religiosa de ella, ni el que la abandona y va en busca de otra
lo hace con religiosidad de propósito.
Y, ¿no conocéis, acaso, casos en que uno, fundado en que el organismo
profesional a que pertenece y en que trabaja está mal organizado y no
funciona como debiera, se hurta al cumplimiento estricto de su deber,
a pretexto de otro deber más alto? ¿No llaman a este cumplimiento
ordenancismo y no hablan de burocracia y de fariseísmo de funcionarios?
Y ello suele ser a las veces como si un militar inteligente y muy
estudioso, que se ha dado cuenta de las deficiencias de la organización
bélica de su patria, y se las ha denunciado a sus superiores y tal vez
al público --cumpliendo en ello su deber--, se negara a ejecutar en
campaña una operación que se le ordenase, por estimarla de escasísima
probabilidad de buen éxito, o tal vez de seguro fracaso mientras no se
corrigiesen aquellas deficiencias. Merecía ser fusilado. Y en cuanto a
lo de fariseísmo...
Y queda siempre un modo de obedecer mandando, un modo de llevar a cabo
la operación que se estima absurda, corrigiendo su absurdidad, aunque
sólo sea con la propia muerte. Cuando en mi función burocrática me he
encontrado alguna vez con alguna disposición legislativa que por su
evidente absurdidad estaba en desuso, he procurado siempre aplicarla.
Nada hay peor que una pistola cargada en un rincón, y de la que no se
usa; llega un niño, se pone a jugar con ella y mata a su padre. Las
leyes en desuso son las más terribles de las leyes, cuando el desuso
viene de lo malo de la ley.
Y esto no son vaguedades, y menos en nuestra tierra. Porque mientras
andan algunos por acá buscando yo no sé qué deberes y responsabilidades
ideales, esto es, ficticios, ellos mismos no ponen su alma toda en
aquel menester inmediato y concreto de que viven, y los demás, la
inmensa mayoría, no cumplen con su oficio sino para eso que se llama
vulgarmente cumplir --_para cumplir_, frase terriblemente inmoral--,
para salir del paso, para hacer que se hace, para dar pretexto y no
justicia al emolumento, sea de dinero o de otra cosa.
Aquí tenéis un zapatero que vive de hacer zapatos, y que los hace con
el esmero preciso para conservar su clientela y no perderla. Ese otro
zapatero vive en un plano espiritual algo más elevado, pues que tiene
el amor propio del oficio, y por pique o pundonor se esfuerza en pasar
por el mejor zapatero de la ciudad o del reino, aunque esto no le dé
ni más clientela ni más ganancia, y sí solo más renombre y prestigio.
Pero hay otro grado aún mayor de perfeccionamiento moral en el oficio
de la zapatería, y es tender a hacerse para con sus parroquianos el
zapatero único e insustituíble, el que de tal modo les haga el calzado
que tengan que echarle de menos cuando se les muera --«se _les_ muera»,
y no sólo «se muera»--, y piensen ellos, sus parroquianos, que no
debía haberse muerto, y esto así porque les hizo calzado pensando en
ahorrarles toda molestia y que no fuese el cuidado de los pies lo que
les impidiera vagar a la contemplación de las más altas verdades; les
hizo el calzado por amor a ellos y por amor a Dios en ellos, se lo hizo
por religiosidad.
Adrede he escogido este ejemplo, que acaso os parezca pedestre. Y
es porque el sentimiento, no ya ético, sino religioso, de nuestras
respectivas zapaterías, anda muy bajo.
Los obreros se asocian, forman sociedades cooperativas y de
resistencia, pelean muy justa y noblemente por el mejoramiento de su
clase; pero no se ve que esas asociaciones influyan gran cosa en la
moral del oficio. Han llegado a imponer a los patronos el que éstos
tengan que recibir al trabajo a aquellos que la sociedad obrera
respectiva designe en cada caso, y no a otros; pero de la selección
técnica de los designados se cuidan bien poco. Ocasiones hay en que
apenas si le cabe al patrono rechazar al inepto por su ineptitud, pues
defienden ésta sus compañeros. Y cuando trabajan, lo hacen a menudo, no
más que por cumplir, por pretextar el salario, cuando no lo hacen mal
aposta para perjudicar al amo, que se dan casos de ello.
En aparente justificación de todo lo cual cabe decir que los patronos
por su parte, cien veces más culpables que sus obreros, maldito si
se cuidan ni de pagar mejor al que mejor trabaja, ni de fomentar la
educación general y técnica del obrero, ni mucho menos de la bondad
intrínseca del producto. La mejora de este producto que debía ser en
sí, aparte de razones de concurrencia industrial y mercantil, en bien
de los consumidores, por caridad, lo capital, no lo es ni para patronos
ni para obreros, y es que ni aquéllos ni éstos sienten religiosamente
su oficio social. Ni unos ni otros quieren ser instituíbles. Mal que se
agrava con esa desdichada forma de sociedades y empresas industriales
anónimas, donde con la firma personal, se pierde hasta aquella
vanidad de acreditarla que sustituye al anhelo de eternizarse. Con
la individualidad concreta, cimiento de toda religión, desaparece la
religiosidad del oficio.
Y lo que se dice de patronos y obreros, se dice mejor de cuantos a
profesiones liberales se dedican y de los funcionarios públicos. Apenas
si hay servidor del Estado que sienta la religiosidad de su menester
oficial y público. Nada más turbio, nada más confuso entre nosotros
que el sentimiento de los deberes para con el Estado, sentimiento
que oblitera aún más la Iglesia católica, que por lo que al Estado
hace, es en rigor de verdad, anarquista. Entre sus ministros no es
raro hallar quienes defiendan la licitud moral del matute y del
contrabando, como si el que matuteando o contrabandeando desobedece a
la autoridad legalmente constituída que lo prohibe, no pecara contra
el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que al mandar honrar padre y
madre, manda obedecer a esa autoridad legal en cuanto ordene que no sea
contrario, como no lo es el imponer esos tributos, a la ley de Dios.
Son muchos los que, considerando el trabajo como un castigo, por
aquello de «comerás el pan con el sudor de tu frente», no estiman el
trabajo del oficio civil sino bajo su aspecto económico político y a
lo sumo bajo su aspecto estético. Para estos tales --entre los que se
encuentran principalmente los jesuítas-- hay dos negocios: el negocio
inferior y pasajero de ganarnos la vida, de ganar el pan para nosotros
y nuestros hijos de una manera honrada --y sabida es la elasticidad de
la honradez--, y el gran negocio de nuestra salvación, de ganarnos la
gloria eterna. Aquel trabajo inferior o mundano no es menester llevarlo
sino en cuanto sin engaño ni grave detrimento de nuestros prójimos, nos
permita vivir decorosamente a la medida de nuestro rango social, pero
de modo que nos vaque el mayor tiempo posible para atender al otro gran
negocio. Y hay quienes elevándose un poco sobre esa concepción, más que
ética, económica, del trabajo de nuestro oficio civil, llegan hasta una
concepción y un sentimiento estéticos de él, que se cifran en adquirir
lustre y renombre en nuestro oficio, y hasta en hacer de él arte por
el arte mismo, por la belleza. Pero hay que elevarse aún más, a un
sentimiento ético de nuestro oficio civil que deriva y desciende de
nuestro sentimiento religioso, de nuestra hambre de eternización. El
trabajar cada uno en su propio oficio civil, puesta la vista en Dios,
por amor a Dios, lo que vale decir por amor a nuestra eternización, es
hacer de ese trabajo una obra religiosa.
El texto aquel de «comerás el pan con el sudor de tu frente», no quiere
decir que condenase Dios al hombre al trabajo, sino a la penosidad de
él. Al trabajo mismo no pudo condenarle, porque es el trabajo el único
consuelo práctico de haber nacido. Y la prueba de que no le condenó al
trabajo mismo está, para un cristiano, en que al ponerle en el Paraíso,
antes de la caída, cuando se hallaba aún en su estado de inocencia,
dice la Escritura que le puso en él para que lo guardase y lo labrase
(Génesis, II, 15). Y de hecho, ¿en qué iba a pasar el tiempo en el
Paraíso si no lo trabajaba? ¿Y es que acaso la visión beatífica misma
no es una especie de trabajo?
Y aun cuando el trabajo fuese nuestro castigo, deberíamos tender a
hacer de él, del castigo mismo, nuestro consuelo y nuestra redención,
y de abrazarnos a alguna cruz, no hay para cada uno otra mejor que la
cruz del trabajo de su propio oficio civil. Que no nos dijo el Cristo
«toma mi cruz y sígueme», sino «toma tu cruz y sígueme»; cada uno la
suya, que la del Salvador él solo la lleva. Y no consiste, por lo
tanto, la imitación de Cristo en aquel ideal monástico que resplandece
en el libro que lleva el nombre vulgar del Kempis, ideal sólo aplicable
a un muy limitado número de personas, y, por lo tanto, anticristiano,
sino que imitar a Cristo es tomar cada uno su cruz, la cruz de su
propio oficio civil, como Cristo tomó la suya, la de su oficio, civil
también a la par que religioso, y abrazarse a ella y llevarla puesta
la vista en Dios y tendiendo a hace una verdadera oración de los actos
propios de ese oficio. Haciendo zapatos y por hacerlos, se puede ganar
la gloria si se esfuerza el zapatero en ser como zapatero perfecto
como es perfecto nuestro Padre celestial.
Ya Fourier, el soñador socialista, soñaba con hacer el trabajo
atrayente en sus falansterios por la libre elección de las vocaciones
y por otros medios. El único es la libertad. El encanto del juego
de azar, que es trabajo, ¿de qué depende sino de que se somete uno
libremente a la libertad de la Naturaleza, esto es, al azar? Y no nos
perdamos en un cotejo entre el trabajo y el deporte.
Y el sentimiento de hacernos insustituíbles, de no merecer la muerte,
de hacer que nuestra aniquilación, si es que nos está reservada, sea
una injusticia, no sólo debe llevarnos a cumplir religiosamente, por
amor a Dios y a nuestra eternidad y eternización, nuestro propio
oficio, sino a cumplirlo apasionadamente, trágicamente si se quiere.
Debe llevarnos a esforzarnos por sellar a los demás con nuestro sello,
por perpetuarnos en ellos y en sus hijos, dominándolos, por dejar en
todo imperecedera nuestra cifra. La más fecunda moral es la moral de la
imposición mutua.
Ante todo, cambiar en positivos los mandamientos que en forma
negativa nos legó la Ley Antigua. Y así donde se nos dijo: ¡no
mentirás!, entender que nos dice: ¡dirás siempre la verdad, oportuna
o inoportunamente! aunque sea cada uno de nosotros, y no los demás,
quien juzgue en cada caso de esa oportunidad. Y donde se nos dijo:
¡no matarás!, entender: ¡darás vida y la acrecentarás! Y donde: ¡no
hurtarás!, que dice: ¡acrecentarás la riqueza pública! Y donde: ¡no
cometerás adulterio!, esto: ¡darás a tu tierra y al cielo hijos sanos,
fuertes y buenos! Y así todo lo demás.
El que no pierda su vida, no la logrará. Entrégate, pues, a los demás,
pero para entregarte a ellos domínalos primero. Pues no cabe dominar
sin ser dominado. Cada uno se alimenta de la carne de aquel a quien
devora. Para dominar al prójimo, hay que conocerlo y quererlo. Tratando
de imponerle mis ideas, es como recibo las suyas. Amar al prójimo, es
querer que sea como yo, que sea otro yo, es decir, es querer yo ser
él; es querer borrar la divisoria entre él y yo, suprimir el mal. Mi
esfuerzo por imponerme a otro, por ser y vivir yo en él y de él, por
hacerle mío --que es lo mismo que hacerme suyo--, es lo que da sentido
religioso a la colectividad, a la solidaridad humana.
El sentimiento de solidaridad parte de mí mismo; como soy sociedad,
necesito adueñarme de la sociedad humana; como soy un producto social,
tengo que socializarme y de mí voy a Dios --que soy yo proyectado al
Todo-- y de Dios a cada uno de mis prójimos.
De primera intención protesto contra el inquisidor y a él prefiero el
comerciante que viene a colocarme sus mercancías; pero si recogido en
mí mismo lo pienso mejor, veré que aquél, el inquisidor, cuando es de
buena intención, me trata como a un hombre, como a un fin en sí, pues
si me molesta es por el caritativo deseo de salvar mi alma, mientras
que el otro no me considera sino como a un cliente, como a un medio,
y su indulgencia y tolerancia no es en el fondo sino la más absoluta
indiferencia respecto a mi destino. Hay mucha más humanidad en el
inquisidor.
Como suele haber mucha más humanidad en la guerra que no en la paz. La
no resistencia al mal implica resistencia al bien, y aun fuera de la
defensiva, la ofensiva misma es lo más divino acaso de lo humano. La
guerra es escuela de fraternidad y lazo de amor; es la guerra la que,
por el choque y la agresión mutua, ha puesto en contacto a los pueblos,
y les ha hecho conocerse y quererse. El más puro y más fecundo abrazo
de amor que se den entre sí los hombres, es el que sobre el campo
de batalla se dan el vencedor y el vencido. Y aun el odio depurado
que surge de la guerra es fecundo. La guerra es, en su más estricto
sentido, la santificación del homicidio; Caín se redime como general de
ejércitos. Y si Caín no hubiese matado a su hermano Abel, habría acaso
muerto a manos de éste. Dios se reveló sobre todo en la guerra; empezó
siendo el Dios de los ejércitos, y uno de los mayores servicios de la
cruz es el de defender en la espada la mano que esgrime ésta.
Fué Caín el fratricida, el fundador del Estado, dicen los enemigos de
éste. Y hay que aceptarlo y volverlo en gloria del Estado, hijo de
la guerra. La civilización empezó el día en que un hombre, sujetando
a otro y obligándole a trabajar para los dos, pudo vagar a la
contemplación del mundo y obligar a su sometido a trabajos de lujo. Fué
la esclavitud lo que permitió a Platón especular sobre la república
ideal, y fué la guerra la que trajo la esclavitud. No en vano es Atena
la diosa de la guerra y de la ciencia. Pero, ¿será menester repetir una
vez más estas verdades tan obvias, mil veces desatendidas y que otras
mil vuelven a renacer?
El precepto supremo que surge del amor a Dios y la base de toda moral
es éste: entrégate por entero: da tu espíritu para salvarlo, para
eternizarlo. Tal es el sacrificio de vida.
Y el entregarse supone, lo he de repetir, imponerse. La verdadera moral
religiosa es en el fondo agresiva, invasora.
El individuo en cuanto individuo, el miserable individuo que vive
preso del instinto de conservación y de los sentidos, no quiere sino
conservarse, y todo su hipo es que no penetren los demás en su esfera,
que no le inquieten, que no le rompan la pereza, a cambio de lo cual,
o para dar ejemplo y norma, renuncia a penetrar él en los otros, a
romperles la pereza, a inquietarles, a apoderarse de ellos. El «no
hagas a otro lo que para ti no quieras», lo traduce él así: yo no me
meto con los demás; que no se metan los demás conmigo. Y se achica
y se engurruña y perece en esta avaricia espiritual y en esta moral
repulsiva del individualismo anárquico: cada uno para sí. Y como cada
uno no es él mismo, mal puede ser para sí.
Mas así que el individuo se siente en la sociedad, se siente en Dios,
y el instinto de perpetuación le enciende en amor a Dios y en caridad
dominadora, busca perpetuarse en los demás, perennizar su espíritu,
eternizarlo, desclavar a Dios, y sólo anhela sellar su espíritu en los
demás espíritus y recibir el sello de éstos. Es que se sacudió de la
pereza y de la avaricia espirituales.
La pereza, se dice, es la madre de todos los vicios, y la pereza, en
efecto, engendra los dos vicios, la avaricia y la envidia, que son a su
vez fuente de todos los demás. La pereza es el peso de la materia, de
suyo inerte, en nosotros, y esa pereza, mientras nos dice que trata de
conservarnos por el ahorro, en realidad no trata sino de amenguarnos,
de anonadarnos.
Al hombre o le sobra materia o le sobra espíritu, o mejor dicho, o
siente hambre de espíritu, esto es, de eternidad, o hambre de materia,
resignación a anonadarse. Cuando le sobra espíritu y siente hambre de
más de él, lo vierte y derrama fuera, y al derramarlo, se le acrecienta
con lo de los demás; y, por el contrario, cuando, avaro de sí mismo,
se recoge en sí pensando mejor conservarse, acaba por perderlo todo,
y le ocurre lo que al que recibió un solo talento: lo enterró para no
perderlo, y se quedó sin él. Porque al que tiene, se le dará; pero al
que no tiene sino poco, hasta eso poco le será quitado.
Sed perfectos como vuestro Padre celestial lo es, se nos dijo, y este
terrible precepto --terrible porque la perfección infinita del Padre
nos es inasequible-- debe ser nuestra suprema norma de conducta. El
que no aspire a lo imposible, apenas hará nada hacedero que valga
la pena. Debemos aspirar a lo imposible, a la perfección absoluta e
infinita, y decir al Padre: ¡Padre, no puedo: ayuda a mi impotencia! Y
él lo hará en nosotros.
Y ser perfecto es serlo todo, es ser yo y ser todos los demás, es ser
humanidad, es ser universo. Y no hay otro camino para ser todo lo demás
sino darse a todo, y cuando todo sea en todo, todo será en cada uno de
nosotros. La apocatástasis es más que un ensueño místico, es una norma
de acción, es un faro de altas hazañas.
De donde la moral invasora, dominadora, agresiva, inquisidora, si
queréis. Porque la caridad verdadera es invasora, y consiste en meter
mi espíritu en los demás espíritus, en darles mi dolor como pábulo y
consuelo a sus dolores, en despertar con mi inquietud sus inquietudes,
en aguzar su hambre de Dios con mi hambre de Él. La caridad no es
brezar y adormecer a nuestros hermanos en la inercia y modorra de la
materia, sino despertarles en la zozobra y el tormento del espíritu.
A las catorce obras de misericordia que se nos enseñó en el Catecismo
de la doctrina cristiana, habría que añadir a las veces una más, y es
la de despertar al dormido. A las veces por lo menos, y desde luego
cuando el dormido duerme al borde de una sima, el despertarle es mucho
más misericordioso que enterrarle después de muerto, pues dejemos que
los muertos entierren a sus muertos. Bien se dijo aquello de «quien
bien te quiera, te hará llorar», y la caridad suele hacer llorar. «El
amor que no mortifica, no merece tan divino nombre», decía el encendido
apóstol portugués Fr. Thomé de Jesus (_Trabalhos de Jesus_, parte
primera); el de esta jaculatoria: «¡Oh fuego infinito, oh amor eterno,
que si no tienes donde abraces y te alargues y muchos corazones a
que quemes lloras!» El que ama al prójimo, le quema el corazón, y el
corazón, como la leña fresca, cuando se quema, gime y destila lágrimas.
Y el hacer eso es generosidad, una de las dos virtudes madres que
surgen cuando se vence a la inercia, a la pereza. Las más de nuestras
miserias vienen de avaricia espiritual.
El remedio al dolor, que es, dijimos, el choque de la conciencia en la
inconsciencia no es hundirse en ésta, sino elevarse a aquélla y sufrir
más. Lo malo del dolor se cura con más dolor, con más alto dolor. No
hay que darse opio, sino poner vinagre y sal en la herida del alma,
porque cuando te duermas y no sientas ya el dolor, es que no eres. Y
hay que ser. No cerréis, pues, los ojos a la Esfinge acongojadora, sino
miradla cara a cara, y dejad que os coja y os masque en su boca de cien
mil dientes venenosos y os trague. Veréis qué dulzura cuando os haya
tragado, qué dolor más sabroso.
Y a esto se va prácticamente por la moral de la imposición mutua.
Los hombres deben tratar de imponerse los unos a los otros, de darse
mutuamente sus espíritus, de sellarse mutuamente las almas.
Es cosa que da en qué pensar eso de que hayan llamado a la moral
cristiana moral de esclavos, ¿quiénes? ¡Los anarquistas! El anarquismo
sí que es moral de esclavos, pues sólo el esclavo canta a la libertad
anárquica. ¡Anarquismo, no!, sino _panarquismo_; no aquello de ni
Dios ni amo, sino todos dioses y amos todos, todos esforzándose por
divinizarse, por inmortalizarse. Y para ello dominando a los demás.
¡Y hay tantos modos de dominar! A las veces, hasta pasivamente, al
parecer al menos, se cumple con esta ley de vida. El acomodarse al
ámbito, el imitar, el ponerse uno en lugar de otro, la simpatía, en
fin, además de ser una manifestación de la unidad de la especie, es
un modo de expansionarse, de ser otro. Ser vencido, o por lo menos
aparecer vencido, es muchas veces vencer; tomar lo de otro, es un modo
de vivir en él.
Y es que al decir dominar, no quiero decir como el tigre. También
domina el zorro por la astucia, y la liebre huyendo, y la víbora por su
veneno, y el mosquito por su pequeñez, y el calamar por su tinta con
que oscurece el ámbito y huye. Y nadie se escandalice de esto, pues
el mismo Padre de todos, que dió fiereza, garras y fauces al tigre,
dió astucia al zorro, patas veloces a la liebre, veneno a la víbora,
pequeñez al mosquito y tinta al calamar. Y no consiste la nobleza o
innobleza en las armas de que se use, pues cada especie, y hasta cada
individuo, tiene las suyas, sino en cómo se las use, y, sobre todo, en
el fin para que uno las esgrima.
Y entre las armas de vencer hay también la de la paciencia y la
resignación apasionadas, llenas de actividad y de anhelos anteriores.
Recordad aquel estupendo soneto del gran luchador, del gran inquietador
puritano Juan Milton, el secuaz de Cromwell y cantor de Satanás, el
que al verse ciego y considerar su luz apagada e inútil en él aquel
talento cuya ocultación es muerte, oye que la Paciencia le dice: «Dios
no necesita ni de obra de hombre ni de sus dones; quienes mejor llevan
su blando yugo, le sirven mejor; su estado es regio; miles hay que se
lanzan a su señal y corren sin descanso tierras y mares, pero también
le sirven los que no hacen sino estarse y aguardar».
_They also serve who only stand and wait._ Sí, también le sirven
los que sólo se están aguardándole, pero es cuando le aguardan
apasionadamente, hambrientamente, llenos de anhelo de inmortalidad en
Él.
Y hay que imponerse, aunque sólo sea por la paciencia. «Mi vaso es
pequeño, pero bebo en mi vaso» --decía un poeta egoísta y de un pueblo
de avaros--. No, en mi vaso beben todos, quiero que todos beban de él;
se lo doy, y mi vaso crece, según el número de los que en él beben, y
todos, al poner en él sus labios, dejan allí algo de su espíritu. Y
bebo también de los vasos de los demás, mientras ellos beben del mío.
Porque cuanto más soy de mí mismo, y cuanto soy más yo mismo, más soy
de los demás; de la plenitud de mí mismo me vierto a mis hermanos, y al
verterme a ellos, ellos entran en mí.