quietud, no paz, no apagamiento, sino eterno acercarse sin llegar
nunca, inacabable anhelo, eterna esperanza que eternamente se renueva
sin acabarse del todo nunca. Y con ello un eterno carecer de algo y un
dolor eterno. Un dolor, una pena, gracias a la cual se crece sin cesar
en conciencia y en anhelo. No pongáis a la puerta de la Gloria como a
la del Infierno puso el Dante el: _Lasciate ogni speranza!_ ¡No matéis
el tiempo! Es nuestra vida una esperanza que se está convirtiendo sin
cesar en recuerdo, que engendra a su vez a la esperanza. ¡Dejadnos
vivir! La eternidad, como un eterno presente, sin recuerdo y sin
esperanza, es la muerte. Así son las ideas, pero así no viven los
hombres. Así son las ideas en el Dios-Idea; pero no pueden vivir así
los hombres en el Dios vivo, en el Dios-Hombre.
Un eterno Purgatorio, pues, más que una Gloria; una ascensión eterna.
Si desaparece todo dolor, por puro y espiritualizado que lo supongamos,
toda ansia, ¿qué hace vivir a los bienaventurados? Si no sufren allí
por Dios, ¿cómo le aman? Y si aun allí, en la Gloria, viendo a Dios
poco a poco y cada vez de más cerca sin llegar a Él del todo nunca, no
les queda siempre algo por conocer y anhelar, no les queda siempre un
poso de incertidumbre, ¿cómo no se aduermen?
O en resolución, si allí no queda algo de la tragedia íntima del alma,
¿qué vida es esa? ¿Hay acaso goce mayor que acordarse de la miseria --y
acordarse de ella es sentirla-- en el tiempo de la felicidad? ¿No añora
la cárcel quien se libertó de ella? ¿No echa de menos aquellos sus
anhelos de libertad?
* * * * *
¡Ensueños mitológicos!, se dirá. Ni como otra cosa los hemos
presentado. Pero, ¿es que el ensueño mitológico no contiene su
verdad? ¿Es que el ensueño y el mito no son acaso revelaciones de una
verdad inefable, de una verdad irracional, de una verdad que no puede
probarse?
¡Mitología! Acaso; pero hay que mitologizar respecto a la otra vida
como en tiempo de Platón. Acabamos de ver que cuando tratamos de dar
forma concreta, concebible, es decir, racional, a nuestro anhelo
primario, primordial y fundamental de vida eterna consciente de sí
y de su individualidad personal, los absurdos estéticos, lógicos y
éticos se multiplican y no hay modo de concebir sin contradicciones y
despropósitos la visión beatífica y la apocatástasis.
¡Y sin embargo!...
Sin embargo, sí, hay que anhelarla, por absurda que nos parezca, es
más, hay que creer en ella, de una manera o de otra, para vivir. Para
vivir, ¿eh?, no para comprender el Universo. Hay que creer en ella, y
creer en ella es ser religioso. El cristianismo, la única religión que
nosotros, los europeos del siglo XX, podemos de veras sentir, es, como
decía Kierkegaard, una salida desesperada (_Afsluttende uvidenskabelig
Efterskrift_, II, I, cap. I), salida que sólo se logra mediante el
martirio de la fe, que es la crucifixión de la razón, según el mismo
trágico pensador.
No sin razón quedó dicho por quien pudo decirlo aquello de la locura de
la cruz. Locura, sin duda, locura. Y no andaba del todo descaminado el
humorista yanqui --Oliver Wendell Holmes-- al hacer decir a uno de los
personajes de sus ingeniosas conversaciones que se formaba mejor idea
de los que estaban encerrados en un manicomio por monomanía religiosa
que no de los que, profesando los mismos principios religiosos andaban
sueltos y sin enloquecer. Pero ¿es que realmente no viven éstos
también, gracias a Dios, enloquecidos? ¿Es que no hay locuras mansas,
que no sólo nos permiten convivir con nuestros prójimos sin detrimento
de la sociedad, sino que más bien nos ayudan a ello, dándonos como nos
dan sentido y finalidad a la vida y a la sociedad mismas?
Y después de todo, ¿qué es la locura y cómo distinguirla de la razón no
poniéndose fuera de una y de otra, lo cual nos es imposible?
Locura tal vez, y locura grande, querer penetrar en el misterio de
ultratumba; locura querer sobreponer nuestras imaginaciones, preñadas
de contradicción íntima, por encima de lo que una sana razón nos dicta.
Y una sana razón nos dice que no se debe fundar nada sin cimientos, y
que es labor, más que ociosa, destructiva, la de llenar con fantasías
el hueco de lo desconocido. Y sin embargo...
Hay que creer en la otra vida, en la vida eterna de más allá de la
tumba, y en una vida individual y personal, en una vida en que cada uno
de nosotros sienta su conciencia y la sienta unirse, sin confundirse,
con las demás conciencias todas en la Conciencia Suprema, en Dios;
hay que creer en esa otra vida para poder vivir ésta y soportarla y
darle sentido y finalidad. Y hay que creer acaso en esa otra vida para
merecerla, para conseguirla, o tal vez ni la merece ni la consigue el
que no la anhela sobre la razón y, si fuere menester, hasta contra ella.
Y hay, sobre todo, que sentir y conducirse como si nos estuviese
reservada una continuación sin fin de nuestra vida terrenal después de
la muerte; y si es la nada lo que nos está reservado, no hacer que esto
sea una justicia, según la frase de _Obermann_.
Lo que nos trae como de la mano a examinar el aspecto práctico o ético
de nuestro único problema.
XI
EL PROBLEMA PRÁCTICO
L’homme est périssable.--Il se peut; mais périssons en résistant,
et, si le néant nous est reservé, ne faisons pas que ce soit une
justice.
SÉNANCOUR: _Obermann_, lettre XC.
Varias veces, en el errabundo curso de estos ensayos, he definido, a
pesar de mi horror a las definiciones, mi propia posición frente al
problema que vengo examinando; pero sé que no faltará nunca el lector
insatisfecho, educado en un dogmatismo cualquiera, que se dirá: «Este
hombre no se decide, vacila; ahora parece afirmar una cosa, y luego la
contraria, está lleno de contradicciones; no le puedo encasillar; ¿qué
es?» Pues eso, uno que afirma contrarios, un hombre de contradicción
y de pelea, como de sí mismo decía Job: uno que dice una cosa con el
corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida.
Más claro, ni el agua que sale de la nieve de las cumbres.
Se me dirá que esta es una posición insostenible, que hace falta
un cimiento en que cimentar nuestra acción y nuestras obras, que
no cabe vivir de contradicciones, que la unidad y la claridad son
condiciones esenciales de la vida y del pensamiento, y que se hace
preciso unificar éste. Y seguimos siempre en lo mismo. Porque es la
contradicción íntima precisamente lo que unifica mi vida y le da razón
práctica de ser.
O más bien es el conflicto mismo, es la misma apasionada incertidumbre
lo que unifica mi acción y me hace vivir y obrar.
Pensamos para vivir, he dicho; pero acaso fuera más acertado decir
que pensamos porque vivimos, y que la forma de nuestro pensamiento
responde a la de nuestra vida. Una vez más tengo que repetir que
nuestras doctrinas éticas y filosóficas en general no suelen ser sino
la justificación _a posteriori_ de nuestra conducta, de nuestros actos.
Nuestras doctrinas suelen ser el medio que buscamos para explicar y
justificar a los demás y a nosotros mismos nuestro propio modo de
obrar. Y nótese que no sólo a los demás, sino a nosotros mismos.
El hombre, que no sabe en rigor por qué hace lo que hace y no otra
cosa, siente la necesidad de darse cuenta de su razón de obrar, y la
forja. Los que creemos móviles de nuestra conducta no suelen ser sino
pretextos. La misma razón que uno cree que le impulsa a cuidarse para
prolongar su vida, es la que en la creencia de otro le lleva a éste a
pegarse un tiro.
No puede, sin embargo, negarse que los razonamientos, las ideas, no
influyan en los actos humanos, y aun a las veces los determinen por
un proceso análogo al de la sugestión en un hipnotizado, y es por la
tendencia que toda idea --que no es sino un acto incoado o abortado--
tiene a resolverse en acción. Esta noción es la que llevó a Fouillée a
lo de las ideas-fuerzas. Pero son de ordinario fuerzas que acomodamos a
otras más íntimas y mucho menos conscientes.
Mas dejando por ahora todo esto, quiero establecer que la
incertidumbre, la duda, el perpetuo combate con el misterio de nuestro
final destino, la desesperación mental y la falta de sólido y estable
fundamento dogmático, pueden ser base de moral.
El que basa o cree basar su conducta --interna o externa, de
sentimiento o de acción-- en un dogma o principio teórico que estima
incontrovertible, corre riesgo de hacerse un fanático, y, además, el
día en que se le quebrante o afloje ese dogma, su moral se relaja. Si
la tierra que cree firme vacila, él, ante el terremoto, tiembla, porque
no todos somos el estoico ideal a quien le hieren impávido las ruinas
del orbe hecho pedazos. Afortunadamente, le salvará lo que hay debajo
de sus ideas. Pues al que os diga que si no estafa y pone cuernos a su
más íntimo amigo, es porque teme al infierno, podéis asegurar que, si
dejase de creer en éste, tampoco lo haría, inventando entonces otra
explicación cualquiera. Y esto en honra del género humano.
Pero al que cree que navega, tal vez sin rumbo, en balsa movible y
anegable, no ha de inmutarle el que la balsa se le mueva bajo los pies
y amenace hundirse. Este tal cree obrar, no porque estime su principio
de acción verdadero, sino para hacerlo tal, para probarse su verdad,
para crearse su mundo espiritual.
Mi conducta ha de ser la mejor prueba, la prueba moral de mi anhelo
supremo; y si no acabo de convencerme, dentro de la última e
irremediable incertidumbre, de la verdad de lo que espero, es que mi
conducta no es bastante pura. No se basa, pues, la virtud en el dogma,
sino éste en aquélla, y es el mártir el que hace la fe más que la fe
el mártir. No hay seguridad y descanso --los que se pueden lograr en
esta vida, esencialmente insegura y fatigosa-- sino en una conducta
apasionadamente buena.
Es la conducta, la práctica, la que sirve de prueba a la doctrina, a la
teoría. «El que quiera hacer la voluntad de Él --de Aquel que me envió,
dice Jesús-- conocerá si es la doctrina de Dios o si hablo por mí
mismo» (Juan, VII, 17); y es conocido aquello de Pascal de: empieza por
tomar agua bendita, y acabarás creyendo. En esta misma línea pensaba
Juan Jacobo Moser, el pietista, que ningún ateo o naturalista tiene
derecho a considerar infundada la religión cristiana mientras no haya
hecho la prueba de cumplir con sus prescripciones y mandamientos (v.
Ritschl, _Geschichte des Pietismus_, lib. VII, 43).
¿Cuál es nuestra verdad cordial y antirracional? La inmortalidad del
alma humana, la de la persistencia sin término alguno de nuestra
conciencia, la de la finalidad humana del Universo. ¿Y cuál su
prueba moral? Podemos formularla así: obra de modo que merezcas a
tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas
insustituíble, que no merezcas morir. O tal vez así: obra como si
hubieses de morirte mañana, pero para sobrevivir y eternizarte. El fin
de la moral es dar finalidad humana, personal, al Universo; descubrir
la que tenga --si es que la tiene-- y descubrirla obrando.
Hace ya más de un siglo, en 1804, el más hondo y más intenso de los
hijos espirituales del patriarca Rousseau, el más trágico de los
sentidores franceses, sin excluir a Pascal, Sénancour, en la carta
XC de las que constituyen aquella inmensa monodia de su _Obermann_
escribió las palabras que van como lema a la cabeza de este capítulo:
«El hombre es perecedero. Puede ser, mas perezcamos resistiendo, y
si es la nada lo que nos está reservado, no hagamos que sea esto
justicia». Cambiad esta sentencia de su forma negativa en la positiva
diciendo: «Y si es la nada lo que nos está reservado, hagamos que sea
una injusticia esto», y tendréis la más firme base de acción para quien
no pueda o no quiera ser un dogmático.
Lo irreligioso, lo demoniaco, lo que incapacita para la acción o
nos deja sin defensa ideal contra nuestras malas tendencias, es el
pesimismo aquel que pone Goethe en boca de Mefistófeles cuando le hace
decir: «Todo lo que nace merece hundirse» (_denn alles was entsteht
ist wert dass es zugrunde geht_). Este es el pesimismo que los hombres
llamamos malo, y no aquel otro que ante el temor de que todo al cabo
se aniquile, consiste en deplorarlo y en luchar contra ese temor.
Mefistófeles afirma que todo lo que nace merece hundirse, aniquilarse,
pero no que se hunda o se aniquile, y nosotros afirmamos que todo
cuanto nace merece elevarse, eternizarse, aunque nada de ello lo
consiga. La posición moral es la contraria.
Sí, merece eternizarse todo, absolutamente todo, hasta lo malo mismo,
pues lo que llamamos malo, al eternizarse perdería su maleza, perdiendo
su temporalidad. Que la esencia del mal está en su temporalidad, en que
no se enderece a fin último y permanente.
Y no estaría acaso de más decir aquí algo de esa distinción, una de
las más confusas que hay, entre lo que suele llamarse pesimismo y
el optimismo, confusión no menor que la que reina al distinguir el
individualismo del socialismo. Apenas cabe ya darse cuenta de qué sea
eso del pesimismo.
Hoy precisamente acabo de leer en _The Nation_ (número de Julio 6,
1912) un editorial titulado _Un infierno dramático_ (_A dramatic
Inferno_), referente a una traducción inglesa de obras de Strindberg,
y en él se empieza con estas juiciosas observaciones: «Si hubiera en
el mundo un pesimismo sincero y total, sería por necesidad silencioso.
La desesperación que encuentra voz es un modo social, es el grito de
angustia que un hermano lanza a otro cuando van ambos tropezando por
un valle de sombras que está poblado de camaradas. En su angustia
atestigua que hay algo bueno en la vida, porque presupone simpatía...
La congoja real, la desesperación sincera, es muda y ciega; no escribe
libros ni siente impulso alguno a cargar a un universo intolerable
con un monumento más duradero que el bronce». En este juicio hay, sin
duda, un sofisma, porque el hombre a quien de veras le duele, llora y
hasta grita, aunque esté solo y nadie le oiga, para desahogarse, si
bien esto acaso provenga de hábitos sociales. Pero el león aislado en
el desierto, ¿no ruge si le duele una muela? Mas aparte esto, no cabe
negar el fondo de verdad de esas reflexiones. El pesimismo que protesta
y se defiende, no puede decirse que sea tal pesimismo. Y desde luego no
lo es, en rigor, el que reconoce que nada debe hundirse aunque se hunda
todo, y lo es el que declara que se debe hundir todo aunque no se hunda
nada.
El pesimismo, además, adquiere varios valores. Hay un pesimismo
eudemonístico o económico, y es el que niega la dicha; le hay ético, y
es el que niega el triunfo del bien moral; y le hay religioso, que es
el que desespera de la finalidad humana del Universo, de que el alma
individual se salve para la eternidad.
Todos merecen salvarse, pero merece ante todo y sobre todo la
inmortalidad, como en mi anterior capítulo dejé dicho, el que
apasionadamente y hasta contra razón la desea. Un escritor inglés que
se dedica a profeta --lo que no es raro en su tierra--, Wells, en su
libro _Anticipations_, nos dice que «los hombres activos y capaces,
de toda clase de confesiones religiosas de hoy en día, tienden en la
práctica a no tener para nada en cuenta (_to disregard... altogether_)
la cuestión de la inmortalidad». Y es por lo que las confesiones
religiosas de esos hombres activos y capaces a que Wells se refiere,
no suelen pasar de ser una mentira, y una mentira sus vidas si quieren
basarlas sobre religión. Mas acaso en el fondo no sea eso que afirma
Wells tan verdadero como él y otros se figuran. Esos hombres activos
y capaces viven en el seno de una sociedad empapada en principios
cristianos, bajo unas instituciones y unos sentimientos sociales que
el cristianismo fraguó y la fe en la inmortalidad del alma es en sus
almas como un río soterraño, al que ni se ve ni se oye, pero cuyas
aguas riegan las raíces de las acciones y de los propósitos de esos
hombres.
Hay que confesar que no hay, en rigor, fundamento más sólido para la
moralidad que el fundamento de la moral católica. El fin del hombre
es la felicidad eterna, que consiste en la visión y goce de Dios por
los siglos de los siglos. Ahora, en lo que marra es en la busca de los
medios conducentes a ese fin; porque hacer depender la consecución de
la felicidad eterna de que se crea o no que el Espíritu Santo procede
del Padre y del Hijo, y no sólo de Aquél, o de que Jesús fué Dios y
todo lo de la unión hipostática, o hasta siquiera de que haya Dios,
resulta, a poco que se piense en ello, una monstruosidad. Un Dios
humano --el único que podemos concebir-- no rechazaría nunca al que
no pudiese creer en Él con la cabeza, y no en su cabeza, sino en su
corazón, dice el impío que no hay Dios, es decir, que no quiere que le
haya. Si a alguna creencia pudiera estar ligada la consecución de la
felicidad eterna, sería a la creencia en esa misma felicidad y en que
sea posible.
¿Y qué diremos de aquello otro del emperador de los pedantes, de
aquello de que no hemos venido al mundo a ser felices, sino a cumplir
nuestro deber? (_Wir sind nicht auf der Welt, um glücklich zu sein,
sondern um unsere Schuldigkeit zu tun._) Si estamos en el mundo
_para_ algo --_um etwas_--, ¿de dónde puede sacarse ese _para_, sino
del fondo mismo de nuestra voluntad, que pide felicidad y no deber
como fin último? Y si a ese _para_ se le quiere dar otro valor, un
valor objetivo que diría cualquier pedante saduceo, entonces hay
que reconocer que la realidad objetiva, la que quedaría aunque la
humanidad desapareciese, es tan indiferente a nuestro deber como a
nuestra dicha, se le da tan poco de nuestra moralidad como de nuestra
felicidad. No sé que Júpiter, Urano o Sirio se dejen alterar en su
curso, porque cumplamos o no con nuestro deber, más que por que seamos
o no felices.
Consideraciones éstas que habrán de parecer de una ridícula vulgaridad
y superficialidad de _dilettante_, a los pedantes esos. (El mundo
intelectual se divide en dos clases: _dilettantes_ de un lado y
pedantes de otro.) ¡Qué le hemos de hacer! El hombre moderno es el que
se resigna a la verdad y a ignorar el conjunto de la cultura, y si no,
véase lo que al respecto dice Windelband en su estudio sobre el sino de
Hölderlin (_Praeludien_, I). Sí, esos hombres culturales se resignan,
pero quedamos unos cuantos pobrecitos salvajes que no nos podemos
resignar. No nos resignamos a la idea de haber de desaparecer un día, y
la crítica del gran Pedante no nos consuela.
Lo sensato, a lo sumo, es aquello de Galileo Galilei, cuando decía:
«Dirá alguien acaso que es acerbísimo el dolor de la pérdida de la
vida, más yo diré que es menor que los otros; pues quien se despoja de
la vida, prívase al mismo tiempo de poder quejarse no ya de esa, mas de
cualquier otra pérdida». Sentencia de un humorismo, no sé si consciente
o inconsciente en Galileo, pero trágico.
Y volviendo atrás, digo que si a alguna creencia pudiera estar ligada
la consecución de la felicidad eterna, sería a la creencia en la
posibilidad de su realización. Mas en rigor, ni aun esto. El hombre
razonable dice en su cabeza: «No hay otra vida después de ésta», pero
sólo el impío lo dice en su corazón. Mas aun a este mismo impío, que no
es acaso sino un desesperado, ¿va un Dios humano a condenarle por su
desesperación? Harta desgracia tiene con ella.
Pero de todos modos, tomemos el lema calderoniano en su _La vida es
sueño_:
que estoy soñando y que quiero
obrar bien, pues no se pierde
el hacer bien aun en sueños.
¿De veras no se pierde? ¿Lo sabía Calderón?
Y añadía:
Acudamos a lo eterno
que es la fama vividora
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan.
¿De veras? ¿Lo sabía Calderón?
Calderón tenía fe, robusta fe católica; pero al que no puede tenerla,
al que no puede creer en lo que D. Pedro Calderón de la Barca creía, le
queda siempre lo de Obermann.
Hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia;
peleemos contra el destino, y aun sin esperanza de victoria; peleemos
contra él quijotescamente.
Y no sólo se pelea contra él anhelando lo irracional, sino obrando de
modo que nos hagamos insustituíbles, acuñando en los demás nuestra
marca y cifra, obrando sobre nuestros prójimos para dominarlos;
dándonos a ellos, para eternizarnos en lo posible.
Ha de ser nuestro mayor esfuerzo el de hacernos insustituíbles, el de
hacer una verdad práctica el hecho teórico --si es que esto de hecho
teórico no envuelve una contradicción _in adiecto_-- de que es cada
uno de nosotros único e irreemplazable, de que no pueda llenar otro el
hueco que dejemos al morirnos.
Cada hombre es, en efecto, único e insustituíble; otro yo no puede
darse; cada uno de nosotros --nuestra alma, no nuestra vida-- vale
por el Universo todo. Y digo el espíritu y no la vida, porque el
valor, ridículamente excesivo, que conceden a la vida humana los que
no creyendo en realidad en el espíritu, es decir, en su inmortalidad
personal, peroran contra la guerra y contra la pena de muerte, v. gr.,
es un valor que se lo conceden precisamente por no creer de veras en el
espíritu, a cuyo servicio está la vida. Porque sólo sirve la vida en
cuanto a su dueño y señor, el espíritu, sirve, y si el dueño perece con
la sierva, ni uno ni otra valen gran cosa.
Y el obrar de modo que sea nuestra aniquilación una injusticia, que
nuestros hermanos, hijos y los hijos de nuestros hermanos y sus hijos,
reconozcan que no debimos haber muerto, es algo que está al alcance de
todos.
El fondo de la doctrina de la redención cristiana, es que sufrió pasión
y muerte el único hombre, esto es, el Hombre, el Hijo del Hombre, o
sea el Hijo de Dios, que no mereció por su inocencia haberse muerto,
y que esta divina víctima propiciatoria se murió para resucitar y
resucitarnos, para librarnos de la muerte aplicándonos sus méritos y
enseñándonos el camino de la vida. Y el Cristo que se dió todo a sus
hermanos en humanidad sin reservarse nada, es el modelo de acción.
Todos, es decir, cada uno puede y debe proponerse dar de sí todo
cuanto puede dar, más aún de lo que puede dar, excederse, superarse
a sí mismo, hacerse insustituíble, darse a los demás para recogerse
de ellos. Y cada cual en su oficio, en su vocación civil. La palabra
oficio, _officium_, significa obligación, deber, pero en concreto, y
eso debe significar siempre en la práctica. Sin que se deba tratar
acaso tanto de buscar aquella vocación que más crea uno que se le
acomoda y cuadra, cuanto de hacer vocación del menester en que la
suerte o la Providencia o nuestra voluntad nos han puesto.
El más grande servicio acaso que Lutero ha rendido a la civilización
cristiana, es el de haber establecido el valor religioso de la
propia profesión civil, quebrantando la noción monástica y medieval
de la vocación religiosa, noción envuelta en nieblas pasionales e
imaginativas y engendradora de terribles tragedias de vida. Si se
entrara por los claustros a inquirir qué sea eso de la vocación de
pobres hombres a quienes el egoísmo de sus padres les encerró de
pequeñitos en la celda de un noviciado, y de repente despiertan a la
vida del mundo, ¡si es que despiertan alguna vez! O los que en un
trabajo de propia sugestión se engañaron. Y Lutero, que lo vió de cerca
y lo sufrió, pudo entender y sentir el valor religioso de la profesión
civil que a nadie liga por votos perpetuos.
Cuanto respecto a las vocaciones de los cristianos nos dice el Apóstol
en el capítulo IV de su Epístola a los Efesios, hay que trasladarlo
a la vida civil, ya que hoy entre nosotros el cristiano --sépalo o
no y quiéralo o no-- es el ciudadano, y en el caso en que él, el
Apóstol exclamó: «¡soy ciudadano romano!» exclamaríamos cada uno de
nosotros, aun los ateos: ¡soy cristiano! Y ello exige _civilizar_ el
cristianismo, esto es, hacerlo civil deseclesiastizándolo, que fué la
labor de Lutero, aunque luego él, por su parte, hiciese iglesia.
_The right man in the right place_, dice una sentencia inglesa: el
hombre que conviene en el puesto que le conviene. A lo que cabe
replicar: ¡zapatero, a tus zapatos! ¿Quién sabe el puesto que mejor
conviene a uno y para el que está más apto? ¿Lo sabe él mejor que los
demás? ¿Lo saben los demás mejor que él? ¿Quién mide capacidades y
aptitudes? Lo religioso es, sin duda, tratar de hacer que sea nuestra
vocación el puesto en que nos encontramos, y, en último caso, cambiarlo
por otro.