El que ve a Dios se muere, dice la Escritura (Jueces, XIII, 22),

y la visión eterna de Dios, ¿no es acaso una eterna muerte, un

desfallecimiento de la personalidad? Pero Santa Teresa, en el capítulo

XX de su _Vida_, al describirnos el último grado de oración, el

arrobamiento, arrebatamiento, vuelo o éxtasis del alma nos dice que

es ésta levantada como por una nube o águila caudalosa, pero «veisos

llevar y no sabéis dónde», y es «con deleite», y «si no se resiste,

no se pierde el sentido, al menos estaba de manera en mí que podía

entender era llevada», es decir, sin pérdida de conciencia. Y Dios

«no parece se contenta con llevar tan de veras el alma a sí, sino que

quiere el cuerpo aun siendo tan mortal y de tierra tan sucia». «Muchas

veces se engolfa el alma, o la engolfa el Señor en sí, por mejor

decir, y teniéndola en sí un poco, quédase con sola la voluntad», no

con sola la inteligencia. No es, pues, como se ve, visión, sino unión

volitiva, y entretanto, «el entendimiento y memoria divertidos... como

una persona que ha mucho dormido y soñado y aun no acaba de despertar.»

Es «vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido». Y es vuelo

deleitoso, es con conciencia de sí, sabiéndose distinto de Dios con

quien se une uno. Y a este arrobamiento se sube, según la mística

doctora española, por la contemplación de la Humanidad de Cristo, es

decir, de algo concreto y humano; es la visión del Dios vivo, no de la

idea de Dios. Y en el capítulo XXVIII nos dice que «cuando otra cosa

no hubiere para deleitar la vista en el cielo, sino la gran hermosura

de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver

la Humanidad de Jesucristo Señor nuestro...» «Esta visión --añade--,

aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales, ni ninguna,

sino con los ojos del alma.» Y resulta que en el cielo no se ve sólo a

Dios, sino todo en Dios; mejor dicho, se ve todo Dios, pues que Él lo

abarca todo. Y esta idea la recalca más Jacobo Boehme. La santa por su

parte nos dice en las _Moradas sétimas_, capítulo II, que «pasa esta

secreta unión en el centro muy interior del alma, que debe ser adonde

está el mismo Dios». Y luego que «queda el alma, digo el espíritu de

esta alma, hecho una cosa con Dios...»; y es «como si dos velas de cera

se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una o que el pábilo y

la luz y la cera es todo uno; mas después bien se puede apartar la una

vela de la otra, y quedar en dos velas o el pábilo de la cera». Pero

hay otra más íntima unión, que es «como si cayendo agua del cielo en un

río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni

apartar cuál es el agua del río o la que cayó del cielo; o como si un

arroyico pequeño entra en la mar, que no habrá remedio de apartarse;

o como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran

luz, aunque entra dividida, se hace todo una luz». ¿Y qué diferencia va

de esto a aquel silencio interno y místico de Miguel de Molinos, cuyo

tercer grado y perfectísimo es el silencio de pensamiento? (_Guía_,

cap. XVII, § 129). ¿No estamos cerca de aquello de que es la nada el

camino para llegar a aquel alto estado del ánimo reformado? (cap.

XX, § 186). ¿Y qué extraño es que Amiel usara hasta por dos veces de

la palabra española _nada_ en su _Diario íntimo_, sin duda por no

encontrar en otra lengua alguna otra más expresiva? Y, sin embargo, si

se lee con cuidado a nuestra mística doctora, se verá que nunca queda

fuera el elemento sensitivo, el del deleite, es decir, el de la propia

conciencia. Se deja el alma absorber de Dios para absorberlo, para

cobrar conciencia de su propia divinidad.

Una visión beatífica, una contemplación amorosa en que esté el alma

absorta en Dios y como perdida en Él aparece, o como un aniquilamiento

propio o como un tedio prolongado a nuestro modo natural de sentir.

Y de aquí ese sentimiento que observamos con frecuencia y que se

ha expresado más de una vez en expresiones satíricas no exentas de

irreverencia y acaso de impiedad, de que el cielo de la gloria eterna

es una morada de eterno aburrimiento. Sin que sirva querer desdeñar

estos sentimientos así, tan espontáneos y naturales, o pretender

denigrarlos.

Claro está que sienten así los que no aciertan a darse cuenta de que

el supremo placer del hombre es adquirir y acrecentar conciencia. No

precisamente el de conocer, sino el de aprender. En conociendo una

cosa, se tiende a olvidarla, a hacer su conocimiento inconsciente, si

cabe decir así. El placer, el deleite más puro del hombre, va unido

al acto de aprender, de enterarse, de adquirir conocimiento, esto

es, a una diferenciación. Y de aquí, el dicho famoso de Lessing, ya

citado. Conocido es el caso de aquel anciano español que acompañaba

a Vasco Núñez de Balboa, cuando, al llegar a la cumbre del Darien,

dieron vista a los dos Océanos, y es que cayendo de rodillas, exclamó:

«Gracias, Dios mío, porque no me has dejado morir sin haber visto tal

maravilla». Pero si este hombre se hubiese quedado allí, pronto la

maravilla habría dejado de serlo, y con ella, el placer. Su goce fué

el del descubrimiento. Y acaso el goce de la visión beatífica sea, no

precisamente el de la contemplación de la Verdad suma, entera y toda,

que a esto no resistiría el alma, sino el de un continuo descubrimiento

de ella, el de un incesante aprender mediante un esfuerzo que mantenga

siempre el sentimiento de la propia conciencia activa.

Una visión beatífica de quietud mental, de conocimiento pleno y no de

aprensión gradual, nos es difícil concebir como otra cosa que como un

nirvana, una difusión espiritual, una disipación de la energía en el

seno de Dios, una vuelta a la inconsciencia por falta de choque, de

diferencia, o sea de actividad.

¿No es acaso que la condición misma que hace pensable nuestra eterna

unión con Dios, destruye nuestro anhelo? ¿Qué diferencia va de ser

absorbido por Dios a absorberle uno en sí? ¿Es el arroyico el que se

pierde en el mar o el mar en el arroyico? Lo mismo da.

El fondo sentimental es nuestro anhelo de no perder el sentido de la

continuidad de nuestra conciencia, de no romper el encadenamiento de

nuestros recuerdos, el sentimiento de nuestra propia identidad personal

concreta, aunque acaso vayamos poco a poco absorbiéndonos en Él,

enriqueciéndole. ¿Quién a los ochenta años se acuerda del que a los

ocho fué, aunque sienta el encadenamiento entre ambos? Y podría decirse

que el problema sentimental se reduce a si hay un Dios, una finalidad

humana al Universo. Pero, ¿qué es finalidad? Porque así como siempre

cabe preguntar por un por qué de todo por qué, así cabe preguntar

también siempre por un para qué de todo para qué. Supuesto que haya

un Dios, ¿para qué Dios? Para sí mismo, se dirá. Y no faltará quien

replique: ¿y qué más da esta conciencia que la no conciencia? Mas

siempre resultará lo que ya dijo Plotino (_Enn._, II, IX, 8), que el

por qué hizo el mundo, es lo mismo que el por qué hay alma. O mejor

aún que el por qué, διά τι, el para qué.

Para el que se coloca fuera de sí mismo, en una hipotética posición

objetiva --lo que vale decir inhumana--, el último para qué es tan

inasequible y en rigor tan absurdo, como el último por qué. ¿Qué más

da, en efecto, que no haya finalidad alguna? ¿Qué contradición lógica

hay en que el Universo no esté destinado a finalidad alguna, ni humana

ni sobrehumana? ¿En qué se opone a la razón que todo esto no tenga más

objeto que existir, pasando como existe y pasa? Esto, para el que se

coloca fuera de sí, pero para el que vive y sufre y anhela dentro de

sí... para éste es ello cuestión de vida o muerte.

¡Búscate, pues, a ti mismo! Pero al encontrarse, ¿no es que se

encuentra uno con su propia nada? «Habiéndose hecho el hombre pecador

buscándose a sí mismo, se ha hecho desgraciado al encontrarse», dijo

Bossuet (_Traité de la concupiscence_, cap. XI). «¡Búscate a ti

mismo!», empieza por «¡conócete a ti mismo!» A lo que replica Carlyle

(_Past and present_, book III, chap. XI): «El último evangelio de

este mundo es: ¡conócete tu obra y cúmplela! ¡Conócete a ti mismo...!

Largo tiempo ha que este mismo tuyo te ha atormentado; jamás llegarás

a conocerlo, me parece. No creas que es tu tarea la de conocerte, eres

un individuo inconocible; conoce lo que puedes hacer y hazlo como un

Hércules. Esto será lo mejor». Sí; pero eso que yo haga, ¿no se perderá

también al cabo? Y si se pierde, ¿para qué hacerlo? Sí, sí; el llevar a

cabo mi obra --¿y cuál es mi obra?-- sin pensar en mí, sea acaso amar a

Dios. ¿Y qué es amar a Dios?

Y por otra parte, al amar a Dios en mí, ¿no es que me amo más que a

Dios, que me amo en Dios a mí mismo?

Lo que en rigor anhelamos para después de la muerte es seguir viviendo

esta vida, esta misma vida mortal, pero sin sus males, sin el tedio y

sin la muerte. Es lo que expresó Séneca, el español, en su _Consolación

a Marcia_ (XXVI); es lo que quería, volver a vivir esta vida: _ista

moliri_. Y es lo que pedía Job (XIX, 25-27), ver a Dios en carne, no en

espíritu. ¿Y qué otra cosa significa aquella cómica ocurrencia de la

_vuelta eterna_ que brotó de las trágicas entrañas del pobre Nietzsche,

hambriento de inmortalidad concreta y temporal?

Esa visión beatífica que se nos presenta como primera solución

católica, ¿cómo puede cumplirse, repito, sin anegar la conciencia de

sí? ¿No será como en el sueño en que soñamos sin saber lo que soñamos?

¿Quién apetecería una vida eterna así? Pensar sin saber que se piensa,

no es sentirse a sí mismo, no es serse. Y la vida eterna, ¿no es acaso

conciencia eterna, no sólo ver a Dios, sino ver que se le ve, viéndose

uno a sí mismo a la vez y como distinto de Él? El que duerme, vive,

pero no tiene conciencia de sí; ¿y apetecerá nadie un sueño así eterno?

Cuando Circe recomienda a Ulises que baje a la morada de los muertos

a consultar al adivino Tiresias, dícele que éste es allí, entre las

sombras de los muertos, el único que tiene sentido, pues los demás se

agitan como sombras (Odisea X, 487-495). Y es que los otros, aparte de

Tiresias, ¿vencieron a la muerte? ¿Es vencerla acaso errar así como

sombras sin sentido?

Por otra parte, ¿no cabe acaso imaginar que sea esta nuestra vida

terrena respecto a la otra como es aquí el sueño para con la vigilia?

¿No será ensueño nuestra vida toda, y la muerte un despertar? ¿Pero

despertar a qué? ¿Y si todo esto no fuese sino un ensueño de Dios, y

Dios despertara un día? ¿Recordará su ensueño?

Aristóteles, el racionalista, nos habla en su _Ética_ de la superior

felicidad de la vida contemplativa --βίος θεωρητικός--, y es corriente

en los racionalistas todos poner la dicha en el conocimiento. Y la

concepción de la felicidad eterna, del goce de Dios, como visión

beatífica, como conocimiento y comprensión de Dios, es algo de origen

racionalista, es la clase de felicidad que corresponde al Dios idea del

aristotelismo. Pero es que para la felicidad se requiere, además de la

visión, la delectación, y ésta es muy poco racional y sólo conseguidera

sintiéndose uno distinto de Dios.

Nuestro teólogo católico aristotélico, el que trató de racionalizar

el sentimiento católico, Santo Tomás de Aquino, dícenos en su _Summa_

(_primae secundae partis quaestio_, IV, art. 1.º) que «la delectación

se requiere para la felicidad, que la delectación se origina de que

el apetito descansa en el bien conseguido, y que como la felicidad

no es otra cosa que la consecución del sumo bien, no puede haber

felicidad sin delectación concomitante». Pero, ¿qué delectación es la

del que descansa? Descansar, _requiescere_, ¿no es dormir y no tener

siquiera conciencia de que se descansa? «De la misma visión de Dios,

se origina la delectación» --añade el teólogo--. Pero el alma, ¿se

siente a sí misma como distinta de Dios? «La delectación que acompaña a

la operación del intelecto no impide ésta, sino más bien la conforta»

--dice luego--. ¡Claro está! Si no, ¿qué dicha es ésa? Y para salvar la

delectación, el deleite, el placer que tiene siempre, como el dolor,

algo de material, y que no concebimos sino en un alma encarnada en

cuerpo, hubo que imaginar que el alma bienaventurada esté unida a su

cuerpo. Sin alguna especie de cuerpo, ¿cómo el deleite? La inmortalidad

del alma pura, sin alguna especie de cuerpo o periespíritu, no es

inmortalidad verdadera. Y en el fondo, el anhelo de prolongar esta

vida, ésta y no otra, ésta de carne y de dolor, ésta de que maldecimos

a las veces tan sólo porque se acaba. Los más de los suicidas no se

quitarían la vida si tuviesen la seguridad de no morirse nunca sobre

la tierra. El que se mata, se mata por no esperar a morirse.

Cuando el Dante llega a contarnos en el canto XXXIII del _Paradiso_

cómo llegó a la visión de Dios, nos dice que como a aquél que ve

soñando y después del sueño le queda la pasión impresa, y no otra cosa,

en la mente; así a él, que casi cesa toda su visión y aun le destila en

el corazón lo dulce que nació de ella,

_Cotal son io, che quasi tutta cessa_

_mia visione, ed ancor mi distilla_

_nel cuor lo dolce che nacque da essa,_

no de otro modo que la nieve se descuaja al sol,

_così la neve al Sol si disigilla._

Esto es, que se le va la visión, lo intelectual, y le queda el deleite,

la _passione impressa_, lo emotivo, lo irracional, lo corporal, en fin.

Una felicidad corporal, de deleite, no sólo espiritual, no sólo visión

es lo que apetecemos. Esa otra felicidad, esa _beatitud_ racionalista,

la de anegarse en la comprensión, sólo puede... no digo satisfacer ni

engañar, porque creo que ni le satisfizo ni le engañó, a un Spinoza.

El cual, al fin de su _Ética_, en las proposiciones XXXV y XXXVI de

la parte quinta, establece que Dios se ama a sí mismo con infinito

amor intelectual; que el amor intelectual de la mente a Dios es el

mismo amor de Dios con que Dios se ama a sí mismo; no en cuanto es

infinito, sino en cuanto puede explicarse por la esencia de la mente

humana considerada en respecto de eternidad, esto es, que el amor

intelectual de la mente hacia Dios es parte del infinito amor con

que Dios a sí mismo se ama. Y después de estas trágicas, de estas

desoladoras proposiciones, la última del libro todo, la que cierra y

corona esa tremenda tragedia de la _Ética_, nos dice que la felicidad

no es premio de la virtud, sino la virtud misma, y que no nos gozamos

en ella por comprimir los apetitos, sino que por gozar de ella podemos

comprimirlos. ¡Amor intelectual! ¡amor intelectual! ¿Qué es eso de

amor intelectual? Algo así como un sabor rojo, o un sonido amargo, o

un color aromático, o más bien, algo así como un triángulo enamorado o

una elipse encolerizada, una pura metáfora, pero una metáfora trágica.

Y una metáfora que corresponde trágicamente a aquello de que también

el corazón tiene sus razones. ¡Razones de corazón! ¡amores de cabeza!

¡deleite intelectivo! ¡intelección deleitosa! ¡tragedia, tragedia y

tragedia!

Y, sin embargo, hay algo que se puede llamar amor intelectual y que es

el amor de entender, la vida misma contemplativa de Aristóteles, porque

el comprender es algo activo y amoroso, y la visión beatífica es la

visión de la verdad total. ¿No hay acaso en el fondo de toda pasión

la curiosidad? ¿No cayeron según el relato bíblico, nuestros primeros

padres por el ansia de probar el fruto del árbol de la ciencia del bien

y del mal, y ser como dioses, conocedores de esa ciencia? La visión de

Dios, es decir, del Universo mismo en su alma, en su íntima esencia,

¿no apagaría todo nuestro anhelo? Y esta perspectiva sólo no puede

satisfacer a los hombres groseros que no penetran el que el mayor goce

de un hombre es ser más hombre, esto es, más dios, y que es más dios

cuanta más conciencia tiene.

Y ese amor intelectual, que no es sino el llamado amor platónico, es un

medio de dominar y de poseer. No hay, en efecto, más perfecto dominio

que el conocimiento; el que conoce algo, lo posee. El conocimiento

une al que conoce con lo conocido. «Yo te contemplo y te hago mía al

contemplarte»; tal es la fórmula. Y conocer a Dios, ¿qué ha de ser sino

poseerlo? El que a Dios conoce, es ya Dios él.

Cuenta B. Brunhes (_La Dégradation de l’Énergie_, IVe partie, chap.

XVIII, E. 2) haberle contado M. Sarrau, que lo tenía del P. Gratry,

que éste se paseaba por los jardines del Luxemburgo departiendo con el

gran matemático y católico Cauchy, respecto a la dicha que tendrían

los elegidos en conocer, al fin sin restricción ni velo las verdades

largo tiempo perseguidas trabajosamente en este mundo. Y aludiendo

el P. Gratry a los estudios de Cauchy sobre la teoría mecánica de la

reflexión de la luz, emitió la idea de que uno de los más grandes goces

intelectuales del ilustre geómetra sería penetrar en el secreto de la

luz, a lo que replicó Cauchy que no le parecía posible saber en esto

más que ya sabía, ni concebía que la inteligencia más perfecta pudiese

comprender el misterio de la reflexión mejor que él lo había expuesto,

ya que había dado una teoría mecánica del fenómeno. «Su piedad --añade

Brunhes--, no llegaba hasta creer que fuese posible hacer otra cosa ni

hacerla mejor.»

Hay en este relato dos partes que nos interesan. La primera es la

expresión de lo que sea la contemplación, el amor intelectual o la

visión beatífica para hombres superiores, que hacen del conocimiento su

pasión central, y otra la fe en la explicación mecanicista del mundo.

A esta disposición mecanicista del intelecto va unida la ya célebre

fórmula de «nada se crea, nada se pierde, todo se trasforma», con que

se ha querido interpretar el ambiguo principio de la conservación de la

energía, olvidando que para nosotros, para los hombres, prácticamente,

energía es la energía utilizable, y que ésta se pierde de continuo, se

disipa por la difusión del calor, se degrada, tendiendo a la nivelación

y a lo homogéneo. Lo valedero para nosotros, más aún, lo real para

nosotros, es lo diferencial, que es lo cualitativo; la cantidad pura,

sin diferencias, es como si para nosotros no existiese, pues que no

obra. Y el Universo material, el cuerpo del Universo, parece camina

poco a poco, y sin que sirva la acción retardadora de los organismos

vivos y más aún la acción consciente del hombre, a un estado de

perfecta estabilidad, de homogeneidad (v. Brunhes, obra citada). Que

si el espíritu tiende a concentrarse, la energía material tiende a

difundirse.

¿Y no tiene esto acaso una íntima relación con nuestro problema? ¿No

habrá una relación entre esta conclusión de la filosofía científica

respecto a un estado final de estabilidad y homogeneidad y el ensueño

místico de la apocatástasis? ¿Esa muerte del cuerpo del Universo no

será el triunfo final de su espíritu, de Dios?

Es evidente la relación íntima que media entre la exigencia religiosa

de una vida eterna después de la muerte, y las conclusiones --siempre

provisorias-- a que la filosofía científica llega respecto al probable

porvenir del Universo material o sensitivo. Y el hecho es que así como

hay teólogos de Dios y de la inmortalidad del alma, hay también los

que Brunhes (obra citada, cap. XXVI, § 2) llama teólogos del monismo,

a los que estaría mejor llamar ateólogos, gentes que persisten en el

espíritu de afirmación _a priori_; y que se hace insoportable --añade--

cuando abrigan la pretensión de desdeñar la teología. Un ejemplar de

estos señores es Haeckel, ¡que ha logrado disipar los enigmas de la

Naturaleza!

Estos ateólogos se han apoderado de la conservación de la energía, del

«nada se crea y nada se pierde, todo se trasforma», que es de origen

teológico ya en Descartes, y se han servido de él para dispensarnos

de Dios. «El mundo construído para durar --escribe Brunhes--, que no

se gasta, o más bien repara por sí mismo las grietas que aparecen en

él; ¡qué hermoso tema de ampliaciones oratorias!; pero estas mismas

ampliaciones, después de haber servido en el siglo XVII para probar

la sabiduría del Creador, han servido en nuestros días de argumentos

para los que pretenden pasarse sin él.» Es lo de siempre: la llamada

filosofía científica, de origen y de inspiración teológica o religiosa

en su fondo, yendo a dar en una ateología o irreligión, que no es otra

cosa que teología y religión. Recordemos aquello de Ritschl, ya citado

en estos ensayos.

Ahora, la última palabra de la ciencia, más bien aún que de la

filosofía científica, parece ser que el mundo material, sensible,

camina por la degradación de la energía, por la predominancia de

los fenómenos irrevertibles, a una nivelación última, a una especie

de homogéneo final. Y éste nos recuerda aquél hipotético homogéneo

primitivo de que tanto usó y abusó Spencer, y aquella fantástica

inestabilidad de lo homogéneo. Inestabilidad de que necesitaba el

agnosticismo ateológico de Spencer para explicar el inexplicable

paso de lo homogéneo a lo heterogéneo. Porque, ¿cómo puede surgir

heterogeneidad alguna, sin acción externa, del perfecto y absoluto

homogéneo? Mas había que descartar todo género de creación, y para ello

el ingeniero desocupado, metido a metafísico, como lo llamó Papini,

inventó lo de la inestabilidad de lo homogéneo, que es más... ¿cómo lo

diré?, más místico y hasta más mitológico, si se quiere, que la acción

creadora de Dios.

Acertado anduvo aquel positivista italiano, Roberto Ardigó, que,

objetando a Spencer, le decía que lo más natural era suponer

que siempre fué como hoy, que siempre hubo mundos en formación,

en nebulosa, mundos formados y mundos que se deshacían; que la

heterogeneidad es eterna. Otro modo, como se ve, de no resolver.

¿Será esta la solución? Mas en tal caso, el Universo sería infinito, y

en realidad no cabe concebir un Universo eterno y limitado como el que

sirvió de base a Nietzsche para lo de la vuelta eterna. Si el Universo

ha de ser eterno, si han de seguirse en él, para cada uno de sus

mundos, períodos de homogeneización, de degradación de energía, y otras

de heterogeneización, es menester que sea infinito, que haya lugar

siempre y en cada mundo para una acción de fuera. Y de hecho, el cuerpo

de Dios no puede ser sino eterno e infinito.

Mas para nuestro mundo parece probada su gradual nivelación, o si

queremos, su muerte. ¿Y cuál ha de ser la suerte de nuestro espíritu

en este proceso? ¿Menguará con la degradación de la energía de nuestro

mundo y volverá a la inconsciencia, o crecerá más bien a medida que la

energía utilizable mengua y por los esfuerzos mismos para retardarlo y

dominar a la Naturaleza, que es lo que constituye la vida del espíritu?

¿Serán la conciencia y su soporte extenso dos poderes en contraposición

tal que el uno crezca a expensas del otro?

El hecho es que lo mejor de nuestra labor científica, que lo mejor de

nuestra industria, es decir, lo que en ella no conspira a destrucción

--que es mucho--, se endereza a retardar ese fatal proceso de

degradación de la energía. Ya la vida misma orgánica, sostén de la

conciencia, es un esfuerzo por evitar en lo posible ese término

fatídico, por irlo alargando.

De nada sirve querernos engañar con himnos paganos a la Naturaleza,

a aquella a que con más profundo sentido llamó Leopardi, este ateo

cristiano, «madre en el parto, en el querer madrastra», en aquel su

estupendo canto a la retama (_La Ginestra_). Contra ella se ordenó

en un principio la humana compañía; fué horror contra la impía

Naturaleza lo que anudó primero a los hombres en cadena social. Es

la sociedad humana, en efecto, madre de la conciencia refleja y del

ansia de inmortalidad, la que inaugura el estado de gracia sobre el de

Naturaleza, y es el hombre el que, humanizando, espiritualizando a la

Naturaleza con su industria, la sobrenaturaliza.

El trágico poeta portugués, Antero de Quental, soñó en dos estupendos

sonetos que tituló _Redención_, que hay un espíritu preso, no ya en

los átomos o en los iones o en los cristales, sino --como a un poeta

corresponde-- en el mar, en los árboles, en la selva, en la montaña, en

el viento, en las individualidades y formas todas materiales, y que un

día, todas esas almas, en el limbo aún de la existencia, despertarán en

la conciencia, y cerniéndose como puro pensamiento, verán a las formas,

hijas de la ilusión, caer deshechas como un sueño vano. Es el ensueño

grandioso de la concientización de todo.

¿No es acaso que empezó el Universo, este nuestro Universo --¿quién

sabe si hay otros?-- con un cero de espíritu --y cero no es lo mismo

que nada-- y un infinito de materia, y marcha a acabar en un infinito

de espíritu con un cero de materia? ¡Ensueños!

¿No es acaso que todo tiene un alma, y que esa alma pide liberación?

«¡Oh tierras de Alvargonzález -- en el corazón de España, -- tierras

pobres, tierras tristes, -- tan tristes que tienen alma!», canta

nuestro poeta Antonio Machado (_Campos de Castilla_). La tristeza de

los campos, ¿está en ellos o en nosotros que los contemplamos? ¿No es

que sufren? Pero, ¿qué puede ser un alma individual en el mundo de la

materia? ¿Es individuo una roca o una montaña? ¿Lo es un árbol?

Y siempre resulta, sin embargo, que luchan el espíritu y la materia. Ya

lo dijo Espronceda al decir que:

Aquí, para vivir en santa calma,

o sobra la materia o sobra el alma.

¿Y no hay en la historia del pensamiento, o si queréis, de la

imaginación humana, algo que corresponda a ese proceso de reducción de

lo material, en el sentido de una reducción de todo a conciencia?

Sí, la hay, y es del primer místico cristiano, de San Pablo de Éfeso,

del apóstol de los gentiles, de aquel que por no haber visto con los

ojos carnales de la cara al Cristo carnal y mortal, al ético, le creó

en sí inmortal y religioso, de aquél que fué arrebatado al tercer

cielo, donde vió secretos inefables (II Corintios, XIII). Y este primer

místico cristiano soñó también en un triunfo final del espíritu,

de la conciencia, y es lo que se llama técnicamente en teología la

apocatástasis o reconstitución.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 16 / 23 段