de ella, sino que se cree contra la razón. La fe religiosa, habrá que
decirlo una vez más, no es ya tan sólo irracional, es contrarracional.
«La poesía es la ilusión antes del conocimiento; la religiosidad, la
ilusión después del conocimiento. La poesía y la religiosidad suprimen
el _vaudeville_ de la mundana sabiduría de vivir. Todo individuo que
no vive o poética o religiosamente es tonto.» Así nos dice Kierkegaard
(_Afsluttende uvidenskabelig Efterskrift_, cap. 4, sect. II, A §
2), el mismo que nos dice también que el cristianismo es una salida
desesperada. Y así es, pero sólo mediante la desesperación de esta
salida podemos llegar a la esperanza, a esa esperanza cuya ilusión
vitalizadora sobrepuja a todo conocimiento racional, diciéndonos que
hay siempre algo irreductible a la razón. Y de ésta, de la razón, puede
decirse lo que del Cristo, y es que quien no está con ella, está contra
ella. Lo que no es racional, es contrarracional. Y así es la esperanza.
Por todo este camino llegamos siempre a la esperanza.
El misterio del amor, que lo es de dolor, tiene una forma misteriosa,
que es el tiempo. Atamos el ayer al mañana con eslabones de ansia, y no
es el ahora, en rigor, otra cosa que el esfuerzo del antes por hacerse
después; no es el presente, sino el empeño del pasado por hacerse
porvenir. El ahora es un punto que no bien pronunciado se disipa, y,
sin embargo, en ese punto está la eternidad toda, sustancia del tiempo.
Cuanto ha sido no puede ya ser sino como fué, y cuanto es no puede
ser sino como es; lo posible queda siempre relegado a lo venidero,
único reino de libertad y en que la imaginación, potencia creadora y
libertadora, carne de la fe, se mueve a sus anchas.
El amor mira y tiende siempre al porvenir, pues que su obra es la obra
de nuestra perpetuación; lo propio del amor es esperar, y sólo de
esperanzas se mantiene. Y así que el amor ve realizado su anhelo, se
entristece y descubre al punto que no es su fin propio aquello a que
tendía, y que no se lo puso Dios sino como señuelo para moverle a la
obra; que su fin está más allá, y emprende de nuevo tras él su afanosa
carrera de engaños y desengaños por la vida. Y va haciendo recuerdos de
sus esperanzas fallidas, y saca de esos recuerdos nuevas esperanzas. La
cantera de las visiones de nuestro porvenir está en los soterraños de
nuestra memoria; con recuerdos nos fragua la imaginación esperanzas.
Y es la humanidad como una moza henchida de anhelos, hambrienta de
vida y sedienta de amor, que teje sus días con ensueños, y espera,
espera siempre, espera sin cesar al amador eterno, que por estarle
destinado desde antes de antes, desde mucho más atrás de sus remotos
recuerdos, desde allende la cuna hacia el pasado, ha de vivir con ella
y para ella, después de después, hasta mucho más allá de sus remotas
esperanzas, hasta allende la tumba, hacia el porvenir. Y el deseo más
caritativo para con esta pobre enamorada es, como para con la moza que
espera siempre a su amado, que las dulces esperanzas de la primavera
de su vida se le conviertan, en el invierno de ella, en recuerdos más
dulces todavía y recuerdos engendradores de esperanzas nuevas. ¡Qué
jugo de apacible felicidad, de resignación al destino debe dar en los
días de nuestro sol más breve el recordar esperanzas que no se han
realizado aún, y que por no haberse realizado conservan su pureza!
El amor espera, espera siempre sin cansarse nunca de esperar, y el
amor a Dios, nuestra fe en Dios, es ante todo esperanza en Él. Porque
Dios no muere, y quien espera en Dios, vivirá siempre. Y es nuestra
esperanza fundamental, la raíz y tronco de nuestras esperanzas todas,
la esperanza de la vida eterna.
Y si es la fe la sustancia de la esperanza, ésta es a su vez la forma
de la fe. La fe antes de darnos esperanza es una fe informe, vaga,
caótica, potencial, no es sino la posibilidad de creer, anhelo de
creer. Mas hay que creer en algo, y se cree en lo que se espera, se
cree en la esperanza. Se recuerda el pasado, se conoce el presente,
sólo se cree en el porvenir. Creer lo que no vimos es creer lo que
veremos. La fe es, pues, lo repito, fe en la esperanza; creemos lo que
esperamos.
El amor nos hace creer en Dios, en quien esperamos, y de quien
esperamos la vida futura; el amor nos hace creer en lo que el ensueño
de la esperanza nos crea.
La fe es nuestro anhelo a lo eterno, a Dios, y la esperanza es el
anhelo de Dios, de lo eterno, de nuestra divinidad, que viene al
encuentro de aquélla y nos eleva. El hombre aspira a Dios por la fe, y
le dice: «Creo, ¡dame, Señor, en qué creer!» Y Dios, su divinidad, le
manda la esperanza en otra vida para que crea en ella. La esperanza es
el premio a la fe. Sólo el que cree espera de verdad, y sólo el que de
verdad espera, cree. No creemos sino lo que esperamos, ni esperamos
sino lo que creemos.
Fué la esperanza la que llamó a Dios Padre, y es ella la que sigue
dándole ese nombre preñado de consuelo y de misterio. El padre nos dió
la vida y nos da el pan para mantenerla, y al padre pedimos que nos la
conserve. Y si el Cristo fué el que a corazón más lleno y a boca más
pura llamó Padre a su padre y nuestro, si el sentimiento cristiano se
encumbra en el sentimiento de la paternidad de Dios, es porque en el
Cristo sublimó el linaje humano su hambre de eternidad.
Se dirá tal vez que este anhelo de la fe, que esta esperanza es, más
que otra cosa, un sentimiento estético. Lo informa también acaso, pero
sin satisfacerle del todo.
En el arte, en efecto, buscamos un remedo de eternización. Si en lo
bello se aquieta un momento el espíritu, y descansa y se alivia, ya que
no se le cure la congoja, es por ser lo bello revelación de lo eterno,
de lo divino de las cosas, y la belleza no es sino la perpetuación de
la momentaneidad. Que así como la verdad es el fin del conocimiento
racional, así la belleza es el fin de la esperanza, acaso irracional en
su fondo.
Nada se pierde, nada pasa del todo, pues que todo se perpetúa de una
manera o de otra, y todo, luego de pasar por el tiempo, vuelve a la
eternidad. Tiene el mundo temporal raíces en la eternidad, y allí está
junto el ayer con el hoy y el mañana. Ante nosotros pasan las escenas
como en un cinematógrafo, pero la cinta permanece una y entera más allá
del tiempo.
Dicen los físicos que no se pierde un solo pedacito de materia ni un
solo golpecito de fuerza, sino que uno y otro se trasforman y trasmiten
persistiendo. ¿Y es que se pierde acaso forma alguna, por huidera
que sea? Hay que creer --¡creerlo y esperarlo!-- que tampoco, que
en alguna parte quede archivada y perpetuada, que hay un espejo de
eternidad en que se suman, sin perderse unas en otras, las imágenes
todas que desfilan por el tiempo. Toda impresión que me llegue queda
en mi cerebro almacenada, aunque sea tan hondo o con tan poca fuerza
que se hunda en lo profundo de mi subconsciencia; pero desde allí anima
mi vida, y si mi espíritu todo, si el contenido total de mi alma se
me hiciera consciente, resurgirían todas las fugitivas impresiones
olvidadas no bien percibidas, y aun las que se me pasaron inadvertidas.
Llevo dentro de mí todo cuanto ante mí desfiló y conmigo lo perpetúo, y
acaso va todo ello en mis gérmenes, y viven en mí mis antepasados todos
por entero, y vivirán, juntamente conmigo, en mis descendientes. Y voy
yo tal vez, todo yo, con todo este mi universo, en cada una de mis
obras, o por lo menos va en ellas lo esencial de mí, lo que me hace
ser yo, mi esencia individual.
Y esta esencia individual de cada cosa, esto que la hace ser ella y no
otra, ¿cómo se nos revela sino como belleza? ¿Qué es la belleza de algo
si no es su fondo eterno, lo que une su pasado con su porvenir, lo que
de ello reposa y queda en las entrañas de la eternidad? ¿O qué es más
bien sino la revelación de su divinidad?
Y esta belleza, que es la raíz de eternidad, se nos revela por el amor,
y es la más grande revelación del amor de Dios y la señal de que hemos
de vencer al tiempo. El amor es quien nos revela lo eterno nuestro y de
nuestros prójimos.
¿Es lo bello, lo eterno de las cosas, lo que despierta y enciende
nuestro amor a ellas, o es nuestro amor a las cosas lo que nos revela
lo bello, lo eterno de ellas? ¿No es acaso la belleza una creación del
amor, lo mismo que el mundo sensible lo es del instinto de conservación
y el suprasensible del de perpetuación y en el mismo sentido? ¿No es la
belleza y la eternidad con ella una creación del amor? «Nuestro hombre
exterior --escribe el Apóstol, II Cor., IV, 16-- se va desgastando,
pero el interior se renueva de día en día.» El hombre de las
apariencias que pasan se desgasta, y con ellas pasa; pero el hombre de
la realidad queda y crece. «Porque lo que al presente es momentáneo y
leve en nuestra tribulación, nos da un peso de gloria sobremanera alto
y eterno» (vers. 17). Nuestro dolor nos da congoja, y la congoja, al
estallar de la plenitud de sí misma, nos parece consuelo. «No mirando
nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las
cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas»
(versículo 18).
Este dolor da esperanza, que es lo bello de la vida, la suprema
belleza, o sea el supremo consuelo. Y como el amor es doloroso, es
compasión, es piedad, la belleza surge de la compasión, y no es sino
el consuelo temporal que ésta se busca. Trágico consuelo. Y la suprema
belleza es la de la tragedia. Acongojados al sentir que todo pasa, que
pasamos nosotros, que pasa lo nuestro, que pasa cuanto nos rodea, la
congoja misma nos revela el consuelo de lo que no pasa, de lo eterno,
de lo hermoso.
Y esta hermosura así revelada, esta perpetuación de la momentaneidad,
sólo se realiza prácticamente, sólo vive por obra de la caridad. La
esperanza en la acción es la caridad, así como la belleza en acción es
el bien.
* * * * *
La raíz de la caridad que eterniza cuanto ama y nos saca la belleza
en ello oculta, dándonos el bien, es el amor a Dios, o si se quiere,
la caridad hacia Dios, la compasión a Dios. El amor, la compasión,
lo personaliza todo, dijimos; al descubrir el sufrimiento en todo y
personalizándolo todo, personaliza también al Universo mismo, que
también sufre, y nos descubre a Dios. Porque Dios se nos revela porque
sufre y porque sufrimos; porque sufre exige nuestro amor, y porque
sufrimos nos da el suyo y cubre nuestra congoja con la congoja eterna é
infinita.
Este fué el escándalo del cristianismo entre judíos y helenos, entre
fariseos y estoicos, y éste, que fué su escándalo, el escándalo de la
cruz, sigue siéndolo y lo seguirá aún entre cristianos; el de un Dios
que se hace hombre para padecer y morir y resucitar por haber padecido
y muerto, el de un Dios que sufre y muere. Y esta verdad de que Dios
padece, ante la que se sienten aterrados los hombres, es la revelación
de las entrañas mismas del Universo y de su misterio, la que nos reveló
al enviar a su Hijo a que nos redimiese sufriendo y muriendo. Fué la
revelación de lo divino del dolor, pues sólo es divino lo que sufre.
Y los hombres hicieron dios al Cristo, que padeció, y descubrieron por
él la eterna esencia de un Dios vivo, humano, esto es, que sufre --sólo
no sufre lo muerto, lo inhumano--, que ama, que tiene sed de amor, de
compasión, que es persona. Quien no conozca al Hijo jamás conocerá al
Padre, y al Padre sólo por el Hijo se le conoce; quien no conozca al
Hijo del hombre, que sufre congojas de sangre y desgarramientos del
corazón, que vive con el alma triste hasta la muerte, que sufre dolor
que mata y resucita, no conocerá al Padre ni sabrá del Dios paciente.
El que no sufre, y no sufre porque no vive, es ese lógico y congelado
_ens realissimum_, es el _primum movens_, es esa entidad impasible y
por impasible no más que pura idea. La categoría no sufre, pero tampoco
vive ni existe como persona. Y, ¿cómo va a fluir y vivir el mundo desde
una idea impasible? No sería sino idea del mundo mismo. Pero el mundo
sufre y el sufrimiento es sentir la carne de la realidad, es sentirse
de bulto y de tomo el espíritu, es tocarse a sí mismo, es la realidad
inmediata.
El dolor es la sustancia de la vida y la raíz de la personalidad, pues
sólo sufriendo se es persona. Y es universal, y lo que a los seres
todos nos une es el dolor, la sangre universal o divina que por todos
circula. Eso que llamamos voluntad, ¿qué es sino dolor?
Y tiene el dolor sus grados, según se adentra; desde aquel dolor que
flota en el mar de las apariencias, hasta la eterna congoja, la fuente
del sentimiento trágico de la vida, que va a posarse en lo hondo de
lo eterno, y allí despierta el consuelo; desde aquel dolor físico que
nos hace retorcer el cuerpo, hasta la congoja religiosa, que nos hace
acostarnos en el seno de Dios y recibir allí el riego de sus lágrimas
divinas.
La congoja es algo mucho más hondo, más íntimo y más espiritual que el
dolor. Suele uno sentirse acongojado hasta en medio de eso que llamamos
felicidad y por la felicidad misma, a la que no se resigna y ante la
cual tiembla. Los hombres felices que se resignan a su aparente dicha,
a una dicha pasajera, creeríase que son hombres sin sustancia, o, por
lo menos, que no la han descubierto en sí, que no se la han tocado.
Tales hombres suelen ser impotentes para amar y para ser amados, y
viven, en su fondo, sin pena ni gloria.
No hay verdadero amor sino en el dolor, y en este mundo hay que
escoger o el amor, que es el dolor, o la dicha. Y el amor no nos
lleva a otra dicha que a la del amor mismo, y su trágico consuelo de
esperanza incierta. Desde el momento en que el amor se hace dichoso, se
satisface, ya no desea y ya no es amor. Los satisfechos, los felices,
no aman; aduérmense en la costumbre, rayana en el anonadamiento.
Acostumbrarse es ya empezar a no ser. El hombre es tanto más hombre,
esto es, tanto más divino, cuanta más capacidad para el sufrimiento, o
mejor dicho, para la congoja, tiene.
Al venir al mundo, dásenos a escoger entre el amor y la dicha, y
queremos --¡pobrecillos!-- uno y otra: la dicha de amar y el amor de la
dicha. Pero debemos pedir que se nos dé amor y no dicha, que no se nos
deje adormecernos en la costumbre, pues podríamos dormirnos del todo,
y, sin despertar, perder conciencia para no recobrarla. Hay que pedir a
Dios que se sienta uno en sí mismo, en su dolor.
¿Qué es el Hado, qué la Fatalidad, sino la hermandad del amor y el
dolor, y ese terrible misterio de que, tendiendo el amor a la dicha,
así que la toca se muere, y se muere la verdadera dicha con él? El amor
y el dolor se engendran mutuamente, y el amor es caridad y compasión, y
amor que no es caritativo y compadeciente no es tal amor. Es el amor,
en fin, la desesperación resignada.
Eso que llaman los matemáticos un problema de máximos y mínimos, lo
que también se llama ley de economía, es la fórmula de todo movimiento
existencial, esto es, pasional. En mecánica material y en la social,
en industria y economía política, todo el problema se reduce a lograr
el mayor resultado útil posible con el menor posible esfuerzo, lo más
de ingresos con lo menos de gastos, lo más de placeres con lo menos de
dolores. Y la fórmula terrible, trágica, de la vida íntima espiritual
es, o lograr lo más de dicha con lo menos de amor, o lo más de amor con
lo menos de dicha. Y hay que escoger entre una y otra cosa. Y estar
seguro de que quien se acerque al infinito del amor, al amor infinito,
se acerca al cero de la dicha, a la suprema congoja. Y en tocando a
este cero, se está fuera de la miseria que mata. «No seas y podrás más
que todo lo que es», dice el maestro Fr. Juan de los Ángeles en uno de
sus _Diálogos de la conquista del reino de Dios_. (Dial. III, 8.)
Y hay algo más congojoso que el sufrir.
Esperaba aquel hombre, al recibir el tan temido golpe, haber de sufrir
tan reciamente como hasta sucumbir al sufrimiento, y el golpe le vino
encima y apenas si sintió dolor; pero luego, vuelto en sí, al sentirse
insensible, se sobrecogió de espanto, de un trágico espanto, del más
espantoso, y gritó, ahogándose en angustia: «¡Es que no existo!»
¿Qué te aterraría más: sentir un dolor que te privase de sentido al
atravesarte las entrañas con un hierro candente, o ver que te las
atravesaban así, sin sentir dolor alguno? ¿No has sentido nunca el
espanto, el horrendo espanto, de sentirte sin lágrimas y sin dolor? El
dolor nos dice que existimos, el dolor nos dice que existen aquellos
que amamos; el dolor nos dice que existe el mundo en que vivimos, y
el dolor nos dice que existe y que sufre Dios; pero es el dolor de
la congoja, de la congoja de sobrevivir y ser eternos. La congoja nos
descubre a Dios y nos hace quererle.
Creer en Dios es amarle, y amarle es sentirle sufriente, compadecerle.
Acaso parezca blasfemia esto de que Dios sufre, pues el sufrimiento
implica limitación. Y, sin embargo, Dios, la Conciencia del Universo,
está limitado por la materia bruta en que vive, por lo inconsciente, de
que trata de libertarse y de libertarnos. Y nosotros, a nuestra vez,
debemos tratar de libertarle de ella. Dios sufre en todos y en cada uno
de nosotros; en todas y en cada una de las conciencias, presas de la
materia pasajera, y todos sufrimos en Él. La congoja religiosa no es
sino el divino sufrimiento, sentir que Dios sufre en mí, y que yo sufro
en Él.
El dolor universal es la congoja de todo por ser todo lo demás sin
poder conseguirlo, de ser cada uno el que es, siendo a la vez todo lo
que no es, y siéndolo por siempre. La esencia de un ser no es sólo el
empeño en persistir por siempre, como nos enseñó Spinoza, sino, además,
el empeño por universalizarse, es el hambre y sed de eternidad y de
infinitud. Todo ser creado tiende no sólo a conservarse en sí, sino
a perpetuarse, y además a invadir a todos los otros, a ser los otros
sin dejar de ser él, a ensanchar sus linderos al infinito, pero sin
romperlos. No quiere romper sus muros y dejarlo todo en tierra llana,
comunal, indefensa, confundiéndose y perdiendo su individualidad, sino
que quiere llevar sus muros a los extremos de lo creado y abarcarlo
todo dentro de ellos. Quiere el máximo de individualidad con el máximo
también de personalidad, aspira a que el Universo sea él, a Dios.
Y ese vasto yo, dentro del cual quiere cada yo meter al Universo, ¿qué
es sino Dios? Y por aspirar a Él le amo, y esa mi aspiración a Dios es
mi amor a Él, y como yo sufro por ser Él, también Él sufre por ser yo y
cada uno de nosotros.
Bien sé que a pesar de mi advertencia, de que se trata aquí de dar
forma lógica a un sistema de sentimientos alógicos, seguirá más de
un lector escandalizándose de que le hable de un Dios paciente, que
sufre, y de que aplique a Dios mismo, en cuanto Dios, la pasión de
Cristo. El Dios de la teología llamada racional excluye, en efecto,
todo sufrimiento. Y el lector pensará que esto del sufrimiento no puede
tener sino un valor metafórico aplicado a Dios, como le tiene, dicen,
cuando el Antiguo Testamento nos habla de pasiones humanas, del Dios de
Israel. Pues no caben cólera, ira y venganza sin sufrimiento. Y por lo
que hace que sufra atado a la materia, se me dirá, con Plotino (Enéada
segunda, IX, 7), que el alma del todo no puede estar atada, por aquello
mismo --que son los cuerpos o la materia-- que está por ella atado.
En esto va incluso el problema todo del origen del mal, tanto del mal
de culpa como del mal de pena, pues si Dios no sufre, hace sufrir, y si
no es su vida, pues que Dios vive, un ir haciéndose conciencia total
cada vez más llena, es decir, cada vez más Dios, es un ir llevando las
cosas todas hacia sí, un ir dándose a todo, un hacer que la conciencia
de cada parte entre en la conciencia del todo, que es Él mismo, hasta
llegar a ser Él todo en todos, πάντα ἐν πᾶσι, según la expresión de San
Pablo, el primer místico cristiano. Mas de esto, en el próximo ensayo
sobre la apocatástasis o unión beatífica.
Por ahora, digamos que una formidable corriente de dolor empuja a
unos seres hacia otros, y les hace amarse y buscarse, y tratar de
completarse, y de ser cada uno él mismo y los otros a la vez. En
Dios vive todo, y en su padecimiento padece todo, y al amar a Dios
amamos en Él a las criaturas, así como al amar a las criaturas y
compadecerles, amamos en ellas y compadecemos a Dios. El alma de cada
uno de nosotros no será libre mientras haya algo esclavo en este mundo
de Dios, ni Dios tampoco, que vive en el alma de cada uno de nosotros,
será libre mientras no sea libre nuestra alma.
Y lo más inmediato es sentir y amar mi propia miseria, mi congoja,
compadecerme de mí mismo, tenerme a mí mismo amor. Y esta compasión,
cuando es viva y superabundante, se vierte de mí a los demás, y del
exceso de mi compasión propia, compadezco a mis prójimos. La miseria
propia es tanta, que la compasión que hacia mí mismo me despierta se me
desborda pronto, revelándome la miseria universal.
Y la caridad, ¿qué es sino un desbordamiento de compasión? ¿Qué es
sino dolor reflejado, que sobrepasa y se vierte a compadecer los males
ajenos y ejercer caridad?
Cuando el colmo de nuestro compadecimiento nos trae a la conciencia de
Dios en nosotros, nos llena tan grande congoja por la miseria divina
derramada en todo, que tenemos que verterla fuera, y lo hacemos en
forma de caridad. Y al así verterla, sentimos alivio y la dulzura
dolorosa del bien. Es lo que llamó «dolor sabroso» la mística doctora
Teresa de Jesús, que de amores dolorosos sabía. Es como el que
contempla algo hermoso y siente la necesidad de hacer partícipes de
ello a los demás. Porque el impulso a la producción, en que consiste la
caridad, es obra de amor doloroso.
Sentimos, en efecto, una satisfacción en hacer el bien cuando el bien
nos sobra, cuando estamos henchidos de compasión, y estamos henchidos
de ella cuando Dios, llenándonos el alma, nos da la dolorosa sensación
de la vida universal, del universal anhelo a la divinización eterna.
Y es que no estamos en el mundo puestos nada más junto a los otros,
sin raíz común con ellos, ni nos es su suerte indiferente, sino que
nos duele su dolor, nos acongojamos con su congoja, y sentimos nuestra
comunidad de origen y de dolor aun sin conocerla. Son el dolor y la
compasión que de él nace los que nos revelan la hermandad de cuanto
de vivo y más o menos consciente existe. «Hermano lobo» llamaba San
Francisco de Asís al pobre lobo que siente dolorosa hambre de ovejas,
y acaso el dolor de tener que devorarlas, y esa hermandad nos revela
la paternidad de Dios, que Dios es Padre y existe. Y como Padre ampara
nuestra común miseria.
Es, pues, la caridad el impulso a libertarme y a libertar a todos mis
prójimos del dolor y a libertar de él a Dios que nos abarca a todos.
Es el dolor algo espiritual y la revelación más inmediata de la
conciencia, que acaso no se nos dió el cuerpo sino para dar ocasión
a que el dolor se manifestase. Quien no hubiese nunca sufrido, poco
o mucho, no tendría conciencia de sí. El primer llanto del hombre al
nacer es cuando, entrándole el aire en el pecho y limitándole parece
como que le dice: ¡tienes que respirarme para poder vivir!
El mundo material o sensible, el que nos crean los sentidos, hemos de
creer con la fe, enseñe lo que nos enseñare la razón, que no existe
sino para encarnar y sustentar al otro mundo, al mundo espiritual o
imaginable, al que la imaginación nos crea. La conciencia tiende a ser
más conciencia cada vez, a concientizarse, a tener conciencia plena de
toda ella misma, de su contenido todo. En las profundidades de nuestro
propio cuerpo, en los animales, en las plantas, en las rocas, en todo
lo vivo, en el Universo todo, hemos de creer con la fe, enseñe lo que
nos enseñare la razón, que hay un espíritu que lucha por conocerse, por
cobrar conciencia de sí, por serse --pues serse es conocerse-- por ser
espíritu puro, y como sólo puede lograrlo mediante el cuerpo, mediante
la materia, la crea y de ella se sirve a la vez que de ella quede
preso. Sólo puede verse uno la cara retratada en un espejo, pero del
espejo en que se ve queda preso para verse, y se ve en él tal y como el
espejo le deforma, y si el espejo se le rompe, rómpesele su imagen, y
si se le empaña, empáñasele.
Hállase el espíritu limitado por la materia en que tiene que vivir y
cobrar conciencia de sí, de la misma manera que está el pensamiento
limitado por la palabra, que es su cuerpo social. Sin materia no hay
espíritu, pero la materia hace sufrir al espíritu limitándolo. Y no
es el dolor, sino el obstáculo que la materia pone al espíritu, es el
choque de la conciencia con lo inconsciente.
Es el dolor, en efecto, la barrera que la inconsciencia, o sea la
materia, pone a la conciencia, al espíritu; es la resistencia a la
voluntad, el límite que el universo visible pone a Dios, es el muro
con que topa la conciencia al querer ensancharse a costa de la
inconsciencia, es la resistencia que esta última pone a concientizarse.
Aunque lo creamos por autoridad, no sabemos tener corazón, estómago
o pulmones, mientras no nos duelen, oprimen o angustian. Es el dolor
físico, o siquiera la molestia, lo que nos revela la existencia
de nuestras propias entrañas. Y así ocurre también con el dolor
espiritual, con la angustia, pues no nos damos cuenta de tener alma
hasta que ésta nos duele.