Acaso en un supremo y desesperado esfuerzo de resignación llegáramos

a hacer, ya lo he dicho, el sacrificio de nuestra personalidad si

supiéramos que al morir iba a enriquecer una Personalidad, una

Conciencia Suprema; si supiéramos que el Alma Universal se alimenta

de nuestras almas y de ellas necesita. Podríamos tal vez morir en una

desesperada resignación o en una desesperación resignada entregando

nuestra alma al alma de la humanidad, legando nuestra labor, la labor

que lleva el sello de nuestra persona, si esa humanidad hubiera de

legar a su vez su alma a otra alma cuando al cabo se extinga la

conciencia sobre esta Tierra de dolor, de ansias. ¿Pero y si no ocurre

así?

Y si el alma de la humanidad es eterna, si es eterna la conciencia

colectiva humana, si hay una Conciencia del Universo y ésta es eterna,

¿por qué nuestra propia conciencia individual, la tuya, lector, la mía

no ha de serlo?

En todo el vasto universo, ¿habría de ser esto de la conciencia que se

conoce, se quiere y se siente, una excepción unida a un organismo que

no puede vivir sino entre tales y cuales grados de calor, un pasajero

fenómeno? No es, no, una mera curiosidad lo de querer saber si están o

no los astros habitados por organismos vivos animados, por conciencias

hermanas de las nuestras, y hay un profundo anhelo en el ensueño de la

trasmigración de nuestras almas por los astros que pueblan las vastas

lontananzas del cielo. El sentimiento de lo divino nos hace desear y

creer que todo es animado, que la conciencia, en mayor o menor grado,

se extiende a todo. Queremos no sólo salvarnos, sino salvar al mundo de

la nada. Y para esto Dios. Tal es su finalidad sentida.

¿Qué sería un universo sin conciencia alguna que lo reflejase y lo

conociese? ¿Qué sería la razón objetivada, sin voluntad ni sentimiento?

Para nosotros lo mismo que la nada; mil veces más pavoroso que ella.

Si tal supuesto llega a ser realidad, nuestra vida carece de valor y de

sentido.

No es, pues, necesidad racional, sino angustia vital, lo que nos

lleva a creer en Dios. Y creer en Dios es ante todo y sobre todo,

he de repetirlo, sentir hambre de Dios, hambre de divinidad, sentir

su ausencia y vacío, querer que Dios exista. Y es querer salvar la

finalidad humana del Universo. Porque hasta podría llegar uno a

resignarse a ser absorbido por Dios si en una Conciencia se funda

nuestra conciencia, si es la conciencia el fin del Universo.

«Dijo el malvado en su corazón: no hay Dios.» Y así es en verdad.

Porque un justo puede decirse en su cabeza: ¡Dios no existe! Pero en el

corazón sólo puede decírselo el malvado. No creer que haya Dios o creer

que no le haya, es una cosa; resignarse a que no le haya, es otra,

aunque inhumana y horrible; pero no querer que le haya, excede a toda

otra monstruosidad moral. Aunque de hecho los que reniegan de Dios es

por desesperación de no encontrarlo.

Y ahora viene de nuevo la pregunta racional, esfíngica --la Esfinge,

en efecto, es la razón-- de: ¿existe Dios? Esa persona eterna y

eternizadora que da sentido --y no añadiré humano, porque no hay otro--

al universo, ¿es algo sustancial fuera de nuestra conciencia, fuera

de nuestro anhelo? He aquí algo insoluble, y vale más que así lo sea.

Bástele a la razón el no poder probar la imposibilidad de su existencia.

Creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le

hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte

de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de

ésta la fe y de la fe y la esperanza la caridad; de ese anhelo arrancan

los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad.

Veámoslo.

IX

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

Sanctiusque ac reverentius visum

de actis deorum credere quam scire.

TÁCITO, _Germania_, 34.

A este Dios cordial o vivo se llega, y se vuelve a Él cuando por

el Dios lógico o muerto se le ha dejado, por camino de fe y no de

convicción racional o matemática.

¿Y qué cosa es fe?

Así pregunta el catecismo de la doctrina cristiana que se nos enseñó en

la escuela, y contesta así: creer lo que no vimos.

A lo que hace ya una docena de años corregí en un ensayo diciendo:

«¡creer lo que no vimos, no!, sino crear lo que no vemos». Y antes os

he dicho que creer en Dios es, en primera instancia al menos, querer

que le haya, anhelar la existencia de Dios.

La virtud teologal de la fe es, según el Apóstol Pablo, cuya definición

sirve de base a las tradicionales disquisiciones cristianas sobre ella,

«la sustancia de las cosas que se espera, la demostración de lo que no

se ve»: ἐλπιζομένων ὑπόστασις, πραγμάτων ἔλεγχος οὐ βλεπομένων (Hebreos

XI, 1).

La sustancia, o más bien el sustento o base de la esperanza, la

garantía de ella. Lo cual conexiona, y más que conexiona subordina, la

fe a la esperanza. Y de hecho no es que esperamos porque creemos, sino

más bien que creemos porque esperamos. Es la esperanza en Dios, esto

es, el ardiente anhelo de que haya un Dios que garantice la eternidad

de la conciencia lo que nos lleva a creer en Él.

Pero la fe, que es al fin y al cabo algo compuesto en que entra un

elemento conocitivo, lógico o racional juntamente con uno afectivo,

biótico o sentimental, y en rigor irracional, se nos presenta en forma

de conocimiento. Y de aquí la insuperable dificultad de separarla de un

dogma cualquiera. La fe pura, libre de dogmas, de que tanto escribí en

un tiempo, es un fantasma. Ni con inventar aquello de la fe en la fe

misma se salía del paso. La fe necesita una materia en que ejercerse.

El creer es una forma de conocer, siquiera no fuese otra cosa

que conocer nuestro anhelo vital y hasta formularlo. Sólo que el

término creer tiene en nuestro lenguaje corriente una doble y hasta

contradictoria significación, queriendo decir, por una parte el mayor

grado de adhesión de la mente a un conocimiento como verdadero, y de

otra parte una débil y vacilante adhesión. Pues si en un sentido creer

algo es el mayor asentimiento que cabe dar, la expresión «creo que sea

así, aunque no estoy de ello seguro», es corriente y vulgar.

Lo cual responde a lo que respecto a la incertidumbre, como base

de fe, dijimos. La fe más robusta, en cuanto distinta de todo otro

conocimiento que no sea _pístico_ o de fe --fiel como si dijéramos--,

se basa en incertidumbre. Y es porque la fe, la garantía de lo que se

espera, es, más que adhesión racional a un principio teórico, confianza

en la persona que nos asegura algo. La fe supone un elemento personal

objetivo. Mas bien que creemos algo, creemos a alguien que nos promete

o asegura esto o lo otro. Se cree a una persona y a Dios en cuanto

persona y personalización del Universo.

Este elemento personal, o religioso, en la fe es evidente. La fe,

suele decirse, no es en sí ni un conocimiento teórico o adhesión

racional a una verdad, ni se explica tampoco suficientemente su

esencia por la confianza en Dios. «La fe es la sumisión íntima a la

autoridad espiritual de Dios, la obediencia inmediata. Y en cuanto esta

obediencia es el medio de alcanzar un principio racional es la fe una

convicción personal.» Así dice Seeberg.[19]

La fe que definió San Pablo, la πίστις, _pistis_, griega, se traduce

mejor por confianza. La voz _pistis_, en efecto, procede del verbo

πείθω, _peitho_, que si en su voz activa significa persuadir, en la

media equivale a confiar en uno, hacerle caso, fiarse de él, obedecer.

Y fiarse, _fidare se_, procede del tema _fid_ --de donde _fides_, fe,

y de donde también confianza--. Y el tema griego πιθ --_pith_-- y el

latino _fid_ parecen hermanos. Y en resolución, que la voz misma fe

lleva en su origen implícito el sentido de confianza, de rendimiento

a una voluntad ajena, a una persona. Sólo se confía en las personas.

Confíase en la Providencia que concebimos como algo personal y

consciente, no en el Hado, que es algo impersonal. Y así se cree en

quien nos dice la verdad, en quien nos da la esperanza; no en la verdad

misma directa e inmediatamente, no en la esperanza misma.

Y este sentido personal o más bien personificante de la fe, se delata

hasta en sus formas más bajas, pues es el que produce la fe en la

ciencia infusa, en la inspiración, en el milagro. Conocido es, en

efecto, el caso de aquel médico parisiense que al ver que en su barrio

le quitaba un curandero la clientela, trasladóse a otro, al más

distante, donde por nadie era conocido, anunciándose como curandero y

conduciéndose como tal. Y al denunciarle por ejercicio ilegal de la

medicina, exhibió su título, viniendo a decir poco más o menos esto:

«Soy médico, pero si como tal me hubiese anunciado, no habría obtenido

la clientela que como curandero tengo; mas ahora, al saber mis clientes

que he estudiado medicina y poseo título de médico, huirán de mí a

un curandero que les ofrezca la garantía de no haber estudiado, de

curar por inspiración.» Y es que se desacredita al médico a quien se

le prueba que no posee título ni hizo estudios, y se desacredita al

curandero a quien se le prueba que los hizo y que es médico titulado.

Porque unos creen en la ciencia, en el estudio, y otros creen en la

persona, en la inspiración y hasta en la ignorancia.

«Hay una distinción en la geografía del mundo que se nos presenta

cuando establecemos los diferentes pensamientos y deseos de los hombres

respecto a su religión. Recordemos cómo el mundo todo está en general

dividido en dos hemisferios por lo que a esto hace. Una mitad del

mundo, el gran Oriente oscuro, es místico. Insiste en no ver cosa

alguna demasiado clara. Poned distinta y clara una cualquiera de las

grandes ideas de la vida, e inmediatamente le parece al oriental que

no es verdadera. Tiene un instinto que le dice que los más vastos

pensamientos son demasiado vastos para la mente humana, y que si se

presentan en formas de expresión que la mente humana puede comprender,

se violenta su naturaleza y se pierde su fuerza. Y por otra parte, el

occidental exige claridad y se impacienta con el misterio. Le gusta

una proposición definida tanto como a su hermano del Oriente la

desagrada. Insiste en saber lo que significan para su vida personal

las fuerzas eternas e infinitas, cómo han de hacerle personalmente más

feliz y mejor y casi cómo han de construir la casa que le abrigue y

cocerle la cena en el fogón... Sin duda hay excepciones; místicos en

Boston y San Luis, hombres atenidos a los hechos en Bombay y Calcuta.

Ambas disposiciones de ánimo no pueden estar separadas una de otra por

un océano o una cordillera. En ciertas naciones y tierras, como, por

ejemplo, entre los judíos y en nuestra propia Inglaterra, se mezclan

mucho. Pero en general, dividen así el mundo. El Oriente cree en la

luz de luna del misterio; el Occidente, en el mediodía del hecho

científico. El Oriente pide al Eterno vagos impulsos; el Occidente

coge el presente con ligera mano y no quiere soltarlo hasta que le dé

motivos razonables, inteligibles. Cada uno de ellos entiende mal al

otro, desconfía de él, y hasta en gran parte le desprecia. Pero ambos

hemisferios juntos, y no uno de ellos por sí, forman el mundo todo.»

Así dijo en uno de sus sermones el Rvdo. Philips Brooks, obispo que

fué de Massachusets, el gran predicador unitariano (v. _The mistery of

iniquity and other sermons_, sermón XII).

Podríamos más bien decir que en el mundo todo, lo mismo en Oriente que

en Occidente, los racionalistas buscan la definición y creen en el

concepto, y los vitalistas buscan la inspiración y creen en la persona.

Los unos estudian el Universo para arrancarle sus secretos; los otros

rezan a la Conciencia del Universo, tratan de ponerse en relación

inmediata con el Alma del mundo, con Dios, para encontrar garantía o

sustancia a lo que esperan, que es no morirse, y demostración de lo que

no ven.

Y como la persona es una voluntad y la voluntad se refiere siempre

al porvenir, el que cree, cree en lo que vendrá, esto es, en lo que

espera. No se cree, en rigor, lo que es y lo que fué, sino como

garantía, como sustancia de lo que será. Creer el cristiano en la

resurrección de Cristo, es decir, creer a la tradición y al Evangelio

--y ambas potencias son personales-- que le dicen que el Cristo

resucitó, es creer que resucitará él un día por la gracia de Cristo.

Y hasta la fe científica, pues la hay, se refiere al porvenir y es

acto de confianza. El hombre de ciencia cree que en tal día venidero

se verificará un eclipse de sol, cree que las leyes que hasta hoy han

regido al mundo seguirán rigiéndolo.

Creer, vuelvo a decirlo, es dar crédito a uno, y se refiere a persona.

Digo que sé que hay un animal llamado caballo, y que tiene estos y

aquellos caracteres, porque lo he visto, y que creo en la existencia

del llamado jirafa u ornitorrinco, y que sea de este o el otro modo,

porque creo a los que aseguran haberlo visto. Y de aquí el elemento de

incertidumbre que la fe lleva consigo, pues una persona puede engañarse

o engañarnos.

Mas, por otra parte, este elemento personal de la creencia le da

un carácter afectivo, amoroso y sobre todo, en la fe religiosa, el

referirse a lo que se espera. Apenas hay quien sacrificara la vida por

mantener que los tres ángulos de un triángulo valgan dos rectos, pues

tal verdad no necesita del sacrificio de nuestra vida; mas, en cambio,

muchos han perdido la vida por mantener su fe religiosa, y es que los

mártires hacen la fe más aún que la fe los mártires. Pues la fe no

es la mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, no es el

reconocimiento de una verdad teórica en que la voluntad no hace sino

movernos a entender; la fe es cosa de la voluntad, es movimiento del

ánimo hacia una verdad práctica, hacia una persona, hacia algo que nos

hace vivir y no tan sólo comprender la vida.[20]

La fe nos hace vivir mostrándonos que la vida, aunque dependa de

la razón, tiene en otra parte su manantial y su fuerza, en algo

sobrenatural y maravilloso. Un espíritu singularmente equilibrado y

muy nutrido de ciencia, el del matemático Cournot, dijo ya que es la

tendencia a lo sobrenatural y a lo maravilloso lo que da vida, y que a

falta de eso, todas las especulaciones de la razón no vienen a parar

sino a la aflicción de espíritu. (_Traité de l’enchaînement des idées

fondamentales dans les sciences et dans l’histoire_, § 329.) Y es que

queremos vivir.

Mas, aunque decimos que la fe es cosa de la voluntad, mejor sería acaso

decir que es la voluntad misma, la voluntad de no morir, o más bien

otra potencia anímica distinta de la inteligencia, de la voluntad y

del sentimiento. Tendríamos, pues, el sentir, el conocer, el querer y

el creer, o sea crear. Porque ni el sentimiento, ni la inteligencia,

ni la voluntad crean, sino que se ejercen sobre materia dada ya, sobre

materia dada por la fe. La fe es el poder creador del hombre. Pero

como tiene más íntima relación con la voluntad que con cualquiera otra

de las potencias, la presentamos en forma volitiva. Adviértase, sin

embargo, como querer creer, es decir, querer crear, no es precisamente

creer o crear, aunque sí comienzo de ello.

La fe es, pues, si no potencia creativa, flor de la voluntad, y su

oficio crear. La fe crea, en cierto modo, su objeto. Y la fe en Dios

consiste en crear a Dios, y como es Dios el que nos da la fe en Él,

es Dios el que se está creando a sí mismo de continuo en nosotros.

Por la que dijo San Agustín: «Te buscaré, Señor, invocándote, y te

invocaré creyendo en Ti. Te invoca, Señor, mi fe, la fe que me diste,

que me inspiraste con la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de tu

predicador.» (_Confesiones_, lib. I, capítulo I). El poder de crear un

Dios a nuestra imagen y semejanza, de personalizar el Universo, no

significa otra cosa sino que llevamos a Dios dentro, como sustancia de

lo que esperamos, y que Dios nos está de continuo creando a su imagen y

semejanza.

Y se crea a Dios, es decir, se crea Dios a sí mismo en nosotros por la

compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y temerle con amor, y

se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se

acaba por verle y descubrirle en todo.

Los que dicen creer en Dios, y ni le aman ni le temen, no creen en Él,

sino en aquellos que les han enseñado que Dios existe, los cuales, a su

vez con harta frecuencia, tampoco creen en Él. Los que sin pasión de

ánimo, sin congoja, sin incertidumbre, sin duda, sin la desesperación

en el consuelo, creen creer en Dios, no creen sino en la idea Dios,

mas no en Dios mismo. Y así como se cree en Él por amor, puede también

creerse por temor, y hasta por odio, como creía en Él aquel ladrón

Vanni Fucci, a quien el Dante hace insultarle con torpes gestos desde

el Infierno. (Inf. XXV, 1, 3). Que también los demonios creen en Dios,

y muchos ateos.

¿No es, acaso, una manera de creer en Él esa furia con que le niegan

y hasta le insultan los que no quieren que le haya, ya que no logran

creer en Él? Quieren que exista como lo quieren los creyentes; pero

siendo hombres débiles y pasivos o malvados, en quienes la razón puede

más que la voluntad, se sienten arrastrados por aquélla, bien a su

íntimo pesar, y se desesperan y niegan por desesperación, y al negar,

afirman y crean lo que niegan, y Dios se revela en ellos, afirmándose

por la negación de sí mismo.

Mas a todo esto se me dirá que enseñar que la fe crea su objeto es

enseñar que el tal objeto no lo es sino para la fe, que carece de

realidad objetiva fuera de la fe misma; como por otra parte, sostener

que hace falta la fe para contener o para consolar al pueblo, es

declarar ilusorio el objeto de la fe. Y lo cierto es que creer en Dios

es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales querer

que Dios exista.

Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera.

Y por este camino de querer su existencia, y obrar conforme a tal

deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros,

como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros. Porque Dios

sale al encuentro de quien le busca con amor y por amor, y se hurta

de quien le inquiere por fría razón no amorosa. Quiere Dios que el

corazón descanse, pero que no descanse la cabeza, ya que en la vida

física duerme y descansa a veces la cabeza, y vela y trabaja arreo el

corazón. Y así, la ciencia sin amor, nos aparta de Dios y el amor, aun

sin ciencia y acaso mejor sin ella, nos lleva a Dios; y por Dios a la

sabiduría. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán

a Dios!

Y si se me preguntara cómo creo en Dios, es decir, cómo Dios se crea

en mí mismo y se me revela, tendré acaso que hacer sonreir, reir o

escandalizarse tal vez al que se lo diga.

Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su

cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me

estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de

una mente universal que me traza mi propio destino. Y el concepto de la

ley --¡concepto al cabo!-- nada me dice ni me enseña.

Una y otra vez durante mi vida heme visto en trance de suspensión sobre

el abismo; una y otra vez heme encontrado sobre encrucijadas en que se

me abría un haz de senderos, tomando uno de los cuales renunciaba a

los demás, pues que los caminos de la vida son irrevertibles, y una y

otra vez en tales únicos momentos he sentido el empuje de una fuerza

consciente, soberana y amorosa. Y ábresele a uno luego la senda del

Señor.

Puede uno sentir que el Universo le llama y le guía como una persona a

otra, oir en su interior su voz sin palabras que le dice: ¡Ve y predica

a los pueblos todos! ¿Cómo sabéis que un hombre que se os está delante

tiene una conciencia como vosotros, y que también la tiene, más o menos

oscura, un animal y no una piedra? Por la manera como el hombre, a modo

de hombre, a vuestra semejanza se conduce con vosotros, y la manera

como la piedra no se conduce para con vosotros, sino que sufre vuestra

conducta. Pues así es como creo que el Universo tiene una cierta

conciencia como yo, por la manera como se conduce conmigo humanamente,

y siento que una personalidad me envuelve.

Ahí está una masa informe; parece una especie de animal; no se le

distinguen miembros; sólo veo dos ojos, y ojos que me miran con mirada

humana, de semejante, mirada que me pide compasión, y oigo que respira.

Y concluyo que en aquella masa informe hay una conciencia. Y así, y

no de otro modo, mira al creyente el cielo estrellado, con mirada

sobrehumana, divina, que le pide suprema compasión y amor supremo, y

oye en la noche serena la respiración de Dios que le toca en el cogollo

del corazón, y se revela a él. Es el Universo que vive, sufre, ama y

pide amor.

De amar estas cosillas de tomo que se nos van como se nos vinieron, sin

tenernos apego alguno, pasamos a amar las cosas más permanentes y que

no pueden agarrarse con las manos; de amar los bienes pasamos a amar el

Bien; de las cosas bellas, a la Belleza; de lo verdadero, a la Verdad;

de amar los goces, a amar la Felicidad, y, por último, a amar al Amor.

Se sale uno de sí mismo para adentrarse más en su Yo supremo; la

conciencia individual se nos sale a sumergirse en la Conciencia total

de que forma parte, pero sin disolverse en ella. Y Dios no es sino el

Amor que surge del dolor universal y se hace conciencia.

Aun esto, se dirá, es moverse en un cerco de hierro, y tal Dios no es

objetivo. Y aquí convendría darle a la razón su parte y examinar qué

sea eso de que algo existe, es objetivo.

¿Qué es, en efecto, existir, y cuándo decimos que una cosa existe?

Existir es ponerse algo de tal modo fuera de nosotros, que precediera

a nuestra percepción de ello y pueda subsistir fuera cuando

desaparezcamos. ¿Y estoy acaso seguro de que algo me precediera o de

que algo me ha de sobrevivir? ¿Puede mi conciencia saber que hay algo

fuera de ella? Cuanto conozco o puedo conocer está en mi conciencia. No

nos enredemos, pues, en el insoluble problema de otra objetividad de

nuestras percepciones, sino que existe cuanto obra, y existir es obrar.

Y aquí volverá a decirse que no es Dios, sino la idea de Dios, la que

obra en nosotros. Y diremos que Dios por su idea, y más bien muchas

veces por sí mismo. Y volverán a redargüirnos pidiéndonos pruebas de la

verdad objetiva de la existencia de Dios, pues que pedimos señales. Y

tendremos que preguntar con Pilato: ¿qué es la verdad?

Así preguntó, en efecto, y sin esperar respuesta, volvióse a lavarse

las manos para sincerarse de haber dejado condenar a muerte al Cristo.

Y así preguntan muchos ¿qué es verdad? sin ánimo alguno de recibir

respuesta, y sólo para volverse a lavarse las manos del crimen de haber

contribuído a matar a Dios de la propia conciencia o de las conciencias

ajenas.

¿Qué es verdad? Dos clases hay de verdad, la lógica u objetiva, cuyo

contrario es el error, y la moral o subjetiva a que se opone la

mentira. Y ya en otro ensayo he tratado de demostrar cómo el error es

hijo de la mentira.[21]

La verdad moral, camino para llegar a la otra, también moral, nos

enseña a cultivar la ciencia, que es ante todo y sobre todo una

escuela de sinceridad y de humildad. La ciencia nos enseña, en

efecto, a someter nuestra razón a la verdad y a conocer y a juzgar

las cosas como ellas son; es decir, como ellas quieren ser, y no como

nosotros queremos que ellas sean. En una investigación religiosamente

científica, son los datos mismos de la realidad, son las percepciones

que del mundo recibimos las que en nuestra mente llegan a formularse en

ley, y no somos nosotros los que las formulamos. Son los números mismos

los que en nosotros hacen matemáticas. Y es la ciencia la más recogida

escuela de resignación y de humildad, pues nos enseña a doblegarnos

ante el hecho, al parecer, más menudo. Y es pórtico de la religión;

pero dentro de ésta, su función acaba.

Y es que así como hay verdad lógica a que se opone el error y verdad

moral a que se opone la mentira, hay también verdad estética o

verosimilitud a que se opone el disparate, y verdad religiosa o de

esperanza a que se opone la inquietud de la desesperanza absoluta.

Pues ni la verosimilitud estética, la de lo que cabe expresar con

sentido, es la verdad lógica, la de lo que se demuestra con razones,

ni la verdad religiosa, la de la fe, la sustancia de lo que se espera,

equivale a la verdad moral, sino que se le sobrepone. El que afirma su

fe a base de incertidumbre, no miente ni puede mentir.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 13 / 23 段