a hacer, ya lo he dicho, el sacrificio de nuestra personalidad si
supiéramos que al morir iba a enriquecer una Personalidad, una
Conciencia Suprema; si supiéramos que el Alma Universal se alimenta
de nuestras almas y de ellas necesita. Podríamos tal vez morir en una
desesperada resignación o en una desesperación resignada entregando
nuestra alma al alma de la humanidad, legando nuestra labor, la labor
que lleva el sello de nuestra persona, si esa humanidad hubiera de
legar a su vez su alma a otra alma cuando al cabo se extinga la
conciencia sobre esta Tierra de dolor, de ansias. ¿Pero y si no ocurre
así?
Y si el alma de la humanidad es eterna, si es eterna la conciencia
colectiva humana, si hay una Conciencia del Universo y ésta es eterna,
¿por qué nuestra propia conciencia individual, la tuya, lector, la mía
no ha de serlo?
En todo el vasto universo, ¿habría de ser esto de la conciencia que se
conoce, se quiere y se siente, una excepción unida a un organismo que
no puede vivir sino entre tales y cuales grados de calor, un pasajero
fenómeno? No es, no, una mera curiosidad lo de querer saber si están o
no los astros habitados por organismos vivos animados, por conciencias
hermanas de las nuestras, y hay un profundo anhelo en el ensueño de la
trasmigración de nuestras almas por los astros que pueblan las vastas
lontananzas del cielo. El sentimiento de lo divino nos hace desear y
creer que todo es animado, que la conciencia, en mayor o menor grado,
se extiende a todo. Queremos no sólo salvarnos, sino salvar al mundo de
la nada. Y para esto Dios. Tal es su finalidad sentida.
¿Qué sería un universo sin conciencia alguna que lo reflejase y lo
conociese? ¿Qué sería la razón objetivada, sin voluntad ni sentimiento?
Para nosotros lo mismo que la nada; mil veces más pavoroso que ella.
Si tal supuesto llega a ser realidad, nuestra vida carece de valor y de
sentido.
No es, pues, necesidad racional, sino angustia vital, lo que nos
lleva a creer en Dios. Y creer en Dios es ante todo y sobre todo,
he de repetirlo, sentir hambre de Dios, hambre de divinidad, sentir
su ausencia y vacío, querer que Dios exista. Y es querer salvar la
finalidad humana del Universo. Porque hasta podría llegar uno a
resignarse a ser absorbido por Dios si en una Conciencia se funda
nuestra conciencia, si es la conciencia el fin del Universo.
«Dijo el malvado en su corazón: no hay Dios.» Y así es en verdad.
Porque un justo puede decirse en su cabeza: ¡Dios no existe! Pero en el
corazón sólo puede decírselo el malvado. No creer que haya Dios o creer
que no le haya, es una cosa; resignarse a que no le haya, es otra,
aunque inhumana y horrible; pero no querer que le haya, excede a toda
otra monstruosidad moral. Aunque de hecho los que reniegan de Dios es
por desesperación de no encontrarlo.
Y ahora viene de nuevo la pregunta racional, esfíngica --la Esfinge,
en efecto, es la razón-- de: ¿existe Dios? Esa persona eterna y
eternizadora que da sentido --y no añadiré humano, porque no hay otro--
al universo, ¿es algo sustancial fuera de nuestra conciencia, fuera
de nuestro anhelo? He aquí algo insoluble, y vale más que así lo sea.
Bástele a la razón el no poder probar la imposibilidad de su existencia.
Creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le
hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte
de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de
ésta la fe y de la fe y la esperanza la caridad; de ese anhelo arrancan
los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad.
Veámoslo.
IX
FE, ESPERANZA Y CARIDAD
Sanctiusque ac reverentius visum
de actis deorum credere quam scire.
TÁCITO, _Germania_, 34.
A este Dios cordial o vivo se llega, y se vuelve a Él cuando por
el Dios lógico o muerto se le ha dejado, por camino de fe y no de
convicción racional o matemática.
¿Y qué cosa es fe?
Así pregunta el catecismo de la doctrina cristiana que se nos enseñó en
la escuela, y contesta así: creer lo que no vimos.
A lo que hace ya una docena de años corregí en un ensayo diciendo:
«¡creer lo que no vimos, no!, sino crear lo que no vemos». Y antes os
he dicho que creer en Dios es, en primera instancia al menos, querer
que le haya, anhelar la existencia de Dios.
La virtud teologal de la fe es, según el Apóstol Pablo, cuya definición
sirve de base a las tradicionales disquisiciones cristianas sobre ella,
«la sustancia de las cosas que se espera, la demostración de lo que no
se ve»: ἐλπιζομένων ὑπόστασις, πραγμάτων ἔλεγχος οὐ βλεπομένων (Hebreos
XI, 1).
La sustancia, o más bien el sustento o base de la esperanza, la
garantía de ella. Lo cual conexiona, y más que conexiona subordina, la
fe a la esperanza. Y de hecho no es que esperamos porque creemos, sino
más bien que creemos porque esperamos. Es la esperanza en Dios, esto
es, el ardiente anhelo de que haya un Dios que garantice la eternidad
de la conciencia lo que nos lleva a creer en Él.
Pero la fe, que es al fin y al cabo algo compuesto en que entra un
elemento conocitivo, lógico o racional juntamente con uno afectivo,
biótico o sentimental, y en rigor irracional, se nos presenta en forma
de conocimiento. Y de aquí la insuperable dificultad de separarla de un
dogma cualquiera. La fe pura, libre de dogmas, de que tanto escribí en
un tiempo, es un fantasma. Ni con inventar aquello de la fe en la fe
misma se salía del paso. La fe necesita una materia en que ejercerse.
El creer es una forma de conocer, siquiera no fuese otra cosa
que conocer nuestro anhelo vital y hasta formularlo. Sólo que el
término creer tiene en nuestro lenguaje corriente una doble y hasta
contradictoria significación, queriendo decir, por una parte el mayor
grado de adhesión de la mente a un conocimiento como verdadero, y de
otra parte una débil y vacilante adhesión. Pues si en un sentido creer
algo es el mayor asentimiento que cabe dar, la expresión «creo que sea
así, aunque no estoy de ello seguro», es corriente y vulgar.
Lo cual responde a lo que respecto a la incertidumbre, como base
de fe, dijimos. La fe más robusta, en cuanto distinta de todo otro
conocimiento que no sea _pístico_ o de fe --fiel como si dijéramos--,
se basa en incertidumbre. Y es porque la fe, la garantía de lo que se
espera, es, más que adhesión racional a un principio teórico, confianza
en la persona que nos asegura algo. La fe supone un elemento personal
objetivo. Mas bien que creemos algo, creemos a alguien que nos promete
o asegura esto o lo otro. Se cree a una persona y a Dios en cuanto
persona y personalización del Universo.
Este elemento personal, o religioso, en la fe es evidente. La fe,
suele decirse, no es en sí ni un conocimiento teórico o adhesión
racional a una verdad, ni se explica tampoco suficientemente su
esencia por la confianza en Dios. «La fe es la sumisión íntima a la
autoridad espiritual de Dios, la obediencia inmediata. Y en cuanto esta
obediencia es el medio de alcanzar un principio racional es la fe una
convicción personal.» Así dice Seeberg.[19]
La fe que definió San Pablo, la πίστις, _pistis_, griega, se traduce
mejor por confianza. La voz _pistis_, en efecto, procede del verbo
πείθω, _peitho_, que si en su voz activa significa persuadir, en la
media equivale a confiar en uno, hacerle caso, fiarse de él, obedecer.
Y fiarse, _fidare se_, procede del tema _fid_ --de donde _fides_, fe,
y de donde también confianza--. Y el tema griego πιθ --_pith_-- y el
latino _fid_ parecen hermanos. Y en resolución, que la voz misma fe
lleva en su origen implícito el sentido de confianza, de rendimiento
a una voluntad ajena, a una persona. Sólo se confía en las personas.
Confíase en la Providencia que concebimos como algo personal y
consciente, no en el Hado, que es algo impersonal. Y así se cree en
quien nos dice la verdad, en quien nos da la esperanza; no en la verdad
misma directa e inmediatamente, no en la esperanza misma.
Y este sentido personal o más bien personificante de la fe, se delata
hasta en sus formas más bajas, pues es el que produce la fe en la
ciencia infusa, en la inspiración, en el milagro. Conocido es, en
efecto, el caso de aquel médico parisiense que al ver que en su barrio
le quitaba un curandero la clientela, trasladóse a otro, al más
distante, donde por nadie era conocido, anunciándose como curandero y
conduciéndose como tal. Y al denunciarle por ejercicio ilegal de la
medicina, exhibió su título, viniendo a decir poco más o menos esto:
«Soy médico, pero si como tal me hubiese anunciado, no habría obtenido
la clientela que como curandero tengo; mas ahora, al saber mis clientes
que he estudiado medicina y poseo título de médico, huirán de mí a
un curandero que les ofrezca la garantía de no haber estudiado, de
curar por inspiración.» Y es que se desacredita al médico a quien se
le prueba que no posee título ni hizo estudios, y se desacredita al
curandero a quien se le prueba que los hizo y que es médico titulado.
Porque unos creen en la ciencia, en el estudio, y otros creen en la
persona, en la inspiración y hasta en la ignorancia.
«Hay una distinción en la geografía del mundo que se nos presenta
cuando establecemos los diferentes pensamientos y deseos de los hombres
respecto a su religión. Recordemos cómo el mundo todo está en general
dividido en dos hemisferios por lo que a esto hace. Una mitad del
mundo, el gran Oriente oscuro, es místico. Insiste en no ver cosa
alguna demasiado clara. Poned distinta y clara una cualquiera de las
grandes ideas de la vida, e inmediatamente le parece al oriental que
no es verdadera. Tiene un instinto que le dice que los más vastos
pensamientos son demasiado vastos para la mente humana, y que si se
presentan en formas de expresión que la mente humana puede comprender,
se violenta su naturaleza y se pierde su fuerza. Y por otra parte, el
occidental exige claridad y se impacienta con el misterio. Le gusta
una proposición definida tanto como a su hermano del Oriente la
desagrada. Insiste en saber lo que significan para su vida personal
las fuerzas eternas e infinitas, cómo han de hacerle personalmente más
feliz y mejor y casi cómo han de construir la casa que le abrigue y
cocerle la cena en el fogón... Sin duda hay excepciones; místicos en
Boston y San Luis, hombres atenidos a los hechos en Bombay y Calcuta.
Ambas disposiciones de ánimo no pueden estar separadas una de otra por
un océano o una cordillera. En ciertas naciones y tierras, como, por
ejemplo, entre los judíos y en nuestra propia Inglaterra, se mezclan
mucho. Pero en general, dividen así el mundo. El Oriente cree en la
luz de luna del misterio; el Occidente, en el mediodía del hecho
científico. El Oriente pide al Eterno vagos impulsos; el Occidente
coge el presente con ligera mano y no quiere soltarlo hasta que le dé
motivos razonables, inteligibles. Cada uno de ellos entiende mal al
otro, desconfía de él, y hasta en gran parte le desprecia. Pero ambos
hemisferios juntos, y no uno de ellos por sí, forman el mundo todo.»
Así dijo en uno de sus sermones el Rvdo. Philips Brooks, obispo que
fué de Massachusets, el gran predicador unitariano (v. _The mistery of
iniquity and other sermons_, sermón XII).
Podríamos más bien decir que en el mundo todo, lo mismo en Oriente que
en Occidente, los racionalistas buscan la definición y creen en el
concepto, y los vitalistas buscan la inspiración y creen en la persona.
Los unos estudian el Universo para arrancarle sus secretos; los otros
rezan a la Conciencia del Universo, tratan de ponerse en relación
inmediata con el Alma del mundo, con Dios, para encontrar garantía o
sustancia a lo que esperan, que es no morirse, y demostración de lo que
no ven.
Y como la persona es una voluntad y la voluntad se refiere siempre
al porvenir, el que cree, cree en lo que vendrá, esto es, en lo que
espera. No se cree, en rigor, lo que es y lo que fué, sino como
garantía, como sustancia de lo que será. Creer el cristiano en la
resurrección de Cristo, es decir, creer a la tradición y al Evangelio
--y ambas potencias son personales-- que le dicen que el Cristo
resucitó, es creer que resucitará él un día por la gracia de Cristo.
Y hasta la fe científica, pues la hay, se refiere al porvenir y es
acto de confianza. El hombre de ciencia cree que en tal día venidero
se verificará un eclipse de sol, cree que las leyes que hasta hoy han
regido al mundo seguirán rigiéndolo.
Creer, vuelvo a decirlo, es dar crédito a uno, y se refiere a persona.
Digo que sé que hay un animal llamado caballo, y que tiene estos y
aquellos caracteres, porque lo he visto, y que creo en la existencia
del llamado jirafa u ornitorrinco, y que sea de este o el otro modo,
porque creo a los que aseguran haberlo visto. Y de aquí el elemento de
incertidumbre que la fe lleva consigo, pues una persona puede engañarse
o engañarnos.
Mas, por otra parte, este elemento personal de la creencia le da
un carácter afectivo, amoroso y sobre todo, en la fe religiosa, el
referirse a lo que se espera. Apenas hay quien sacrificara la vida por
mantener que los tres ángulos de un triángulo valgan dos rectos, pues
tal verdad no necesita del sacrificio de nuestra vida; mas, en cambio,
muchos han perdido la vida por mantener su fe religiosa, y es que los
mártires hacen la fe más aún que la fe los mártires. Pues la fe no
es la mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, no es el
reconocimiento de una verdad teórica en que la voluntad no hace sino
movernos a entender; la fe es cosa de la voluntad, es movimiento del
ánimo hacia una verdad práctica, hacia una persona, hacia algo que nos
hace vivir y no tan sólo comprender la vida.[20]
La fe nos hace vivir mostrándonos que la vida, aunque dependa de
la razón, tiene en otra parte su manantial y su fuerza, en algo
sobrenatural y maravilloso. Un espíritu singularmente equilibrado y
muy nutrido de ciencia, el del matemático Cournot, dijo ya que es la
tendencia a lo sobrenatural y a lo maravilloso lo que da vida, y que a
falta de eso, todas las especulaciones de la razón no vienen a parar
sino a la aflicción de espíritu. (_Traité de l’enchaînement des idées
fondamentales dans les sciences et dans l’histoire_, § 329.) Y es que
queremos vivir.
Mas, aunque decimos que la fe es cosa de la voluntad, mejor sería acaso
decir que es la voluntad misma, la voluntad de no morir, o más bien
otra potencia anímica distinta de la inteligencia, de la voluntad y
del sentimiento. Tendríamos, pues, el sentir, el conocer, el querer y
el creer, o sea crear. Porque ni el sentimiento, ni la inteligencia,
ni la voluntad crean, sino que se ejercen sobre materia dada ya, sobre
materia dada por la fe. La fe es el poder creador del hombre. Pero
como tiene más íntima relación con la voluntad que con cualquiera otra
de las potencias, la presentamos en forma volitiva. Adviértase, sin
embargo, como querer creer, es decir, querer crear, no es precisamente
creer o crear, aunque sí comienzo de ello.
La fe es, pues, si no potencia creativa, flor de la voluntad, y su
oficio crear. La fe crea, en cierto modo, su objeto. Y la fe en Dios
consiste en crear a Dios, y como es Dios el que nos da la fe en Él,
es Dios el que se está creando a sí mismo de continuo en nosotros.
Por la que dijo San Agustín: «Te buscaré, Señor, invocándote, y te
invocaré creyendo en Ti. Te invoca, Señor, mi fe, la fe que me diste,
que me inspiraste con la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de tu
predicador.» (_Confesiones_, lib. I, capítulo I). El poder de crear un
Dios a nuestra imagen y semejanza, de personalizar el Universo, no
significa otra cosa sino que llevamos a Dios dentro, como sustancia de
lo que esperamos, y que Dios nos está de continuo creando a su imagen y
semejanza.
Y se crea a Dios, es decir, se crea Dios a sí mismo en nosotros por la
compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y temerle con amor, y
se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se
acaba por verle y descubrirle en todo.
Los que dicen creer en Dios, y ni le aman ni le temen, no creen en Él,
sino en aquellos que les han enseñado que Dios existe, los cuales, a su
vez con harta frecuencia, tampoco creen en Él. Los que sin pasión de
ánimo, sin congoja, sin incertidumbre, sin duda, sin la desesperación
en el consuelo, creen creer en Dios, no creen sino en la idea Dios,
mas no en Dios mismo. Y así como se cree en Él por amor, puede también
creerse por temor, y hasta por odio, como creía en Él aquel ladrón
Vanni Fucci, a quien el Dante hace insultarle con torpes gestos desde
el Infierno. (Inf. XXV, 1, 3). Que también los demonios creen en Dios,
y muchos ateos.
¿No es, acaso, una manera de creer en Él esa furia con que le niegan
y hasta le insultan los que no quieren que le haya, ya que no logran
creer en Él? Quieren que exista como lo quieren los creyentes; pero
siendo hombres débiles y pasivos o malvados, en quienes la razón puede
más que la voluntad, se sienten arrastrados por aquélla, bien a su
íntimo pesar, y se desesperan y niegan por desesperación, y al negar,
afirman y crean lo que niegan, y Dios se revela en ellos, afirmándose
por la negación de sí mismo.
Mas a todo esto se me dirá que enseñar que la fe crea su objeto es
enseñar que el tal objeto no lo es sino para la fe, que carece de
realidad objetiva fuera de la fe misma; como por otra parte, sostener
que hace falta la fe para contener o para consolar al pueblo, es
declarar ilusorio el objeto de la fe. Y lo cierto es que creer en Dios
es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales querer
que Dios exista.
Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera.
Y por este camino de querer su existencia, y obrar conforme a tal
deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros,
como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros. Porque Dios
sale al encuentro de quien le busca con amor y por amor, y se hurta
de quien le inquiere por fría razón no amorosa. Quiere Dios que el
corazón descanse, pero que no descanse la cabeza, ya que en la vida
física duerme y descansa a veces la cabeza, y vela y trabaja arreo el
corazón. Y así, la ciencia sin amor, nos aparta de Dios y el amor, aun
sin ciencia y acaso mejor sin ella, nos lleva a Dios; y por Dios a la
sabiduría. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán
a Dios!
Y si se me preguntara cómo creo en Dios, es decir, cómo Dios se crea
en mí mismo y se me revela, tendré acaso que hacer sonreir, reir o
escandalizarse tal vez al que se lo diga.
Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su
cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me
estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de
una mente universal que me traza mi propio destino. Y el concepto de la
ley --¡concepto al cabo!-- nada me dice ni me enseña.
Una y otra vez durante mi vida heme visto en trance de suspensión sobre
el abismo; una y otra vez heme encontrado sobre encrucijadas en que se
me abría un haz de senderos, tomando uno de los cuales renunciaba a
los demás, pues que los caminos de la vida son irrevertibles, y una y
otra vez en tales únicos momentos he sentido el empuje de una fuerza
consciente, soberana y amorosa. Y ábresele a uno luego la senda del
Señor.
Puede uno sentir que el Universo le llama y le guía como una persona a
otra, oir en su interior su voz sin palabras que le dice: ¡Ve y predica
a los pueblos todos! ¿Cómo sabéis que un hombre que se os está delante
tiene una conciencia como vosotros, y que también la tiene, más o menos
oscura, un animal y no una piedra? Por la manera como el hombre, a modo
de hombre, a vuestra semejanza se conduce con vosotros, y la manera
como la piedra no se conduce para con vosotros, sino que sufre vuestra
conducta. Pues así es como creo que el Universo tiene una cierta
conciencia como yo, por la manera como se conduce conmigo humanamente,
y siento que una personalidad me envuelve.
Ahí está una masa informe; parece una especie de animal; no se le
distinguen miembros; sólo veo dos ojos, y ojos que me miran con mirada
humana, de semejante, mirada que me pide compasión, y oigo que respira.
Y concluyo que en aquella masa informe hay una conciencia. Y así, y
no de otro modo, mira al creyente el cielo estrellado, con mirada
sobrehumana, divina, que le pide suprema compasión y amor supremo, y
oye en la noche serena la respiración de Dios que le toca en el cogollo
del corazón, y se revela a él. Es el Universo que vive, sufre, ama y
pide amor.
De amar estas cosillas de tomo que se nos van como se nos vinieron, sin
tenernos apego alguno, pasamos a amar las cosas más permanentes y que
no pueden agarrarse con las manos; de amar los bienes pasamos a amar el
Bien; de las cosas bellas, a la Belleza; de lo verdadero, a la Verdad;
de amar los goces, a amar la Felicidad, y, por último, a amar al Amor.
Se sale uno de sí mismo para adentrarse más en su Yo supremo; la
conciencia individual se nos sale a sumergirse en la Conciencia total
de que forma parte, pero sin disolverse en ella. Y Dios no es sino el
Amor que surge del dolor universal y se hace conciencia.
Aun esto, se dirá, es moverse en un cerco de hierro, y tal Dios no es
objetivo. Y aquí convendría darle a la razón su parte y examinar qué
sea eso de que algo existe, es objetivo.
¿Qué es, en efecto, existir, y cuándo decimos que una cosa existe?
Existir es ponerse algo de tal modo fuera de nosotros, que precediera
a nuestra percepción de ello y pueda subsistir fuera cuando
desaparezcamos. ¿Y estoy acaso seguro de que algo me precediera o de
que algo me ha de sobrevivir? ¿Puede mi conciencia saber que hay algo
fuera de ella? Cuanto conozco o puedo conocer está en mi conciencia. No
nos enredemos, pues, en el insoluble problema de otra objetividad de
nuestras percepciones, sino que existe cuanto obra, y existir es obrar.
Y aquí volverá a decirse que no es Dios, sino la idea de Dios, la que
obra en nosotros. Y diremos que Dios por su idea, y más bien muchas
veces por sí mismo. Y volverán a redargüirnos pidiéndonos pruebas de la
verdad objetiva de la existencia de Dios, pues que pedimos señales. Y
tendremos que preguntar con Pilato: ¿qué es la verdad?
Así preguntó, en efecto, y sin esperar respuesta, volvióse a lavarse
las manos para sincerarse de haber dejado condenar a muerte al Cristo.
Y así preguntan muchos ¿qué es verdad? sin ánimo alguno de recibir
respuesta, y sólo para volverse a lavarse las manos del crimen de haber
contribuído a matar a Dios de la propia conciencia o de las conciencias
ajenas.
¿Qué es verdad? Dos clases hay de verdad, la lógica u objetiva, cuyo
contrario es el error, y la moral o subjetiva a que se opone la
mentira. Y ya en otro ensayo he tratado de demostrar cómo el error es
hijo de la mentira.[21]
La verdad moral, camino para llegar a la otra, también moral, nos
enseña a cultivar la ciencia, que es ante todo y sobre todo una
escuela de sinceridad y de humildad. La ciencia nos enseña, en
efecto, a someter nuestra razón a la verdad y a conocer y a juzgar
las cosas como ellas son; es decir, como ellas quieren ser, y no como
nosotros queremos que ellas sean. En una investigación religiosamente
científica, son los datos mismos de la realidad, son las percepciones
que del mundo recibimos las que en nuestra mente llegan a formularse en
ley, y no somos nosotros los que las formulamos. Son los números mismos
los que en nosotros hacen matemáticas. Y es la ciencia la más recogida
escuela de resignación y de humildad, pues nos enseña a doblegarnos
ante el hecho, al parecer, más menudo. Y es pórtico de la religión;
pero dentro de ésta, su función acaba.
Y es que así como hay verdad lógica a que se opone el error y verdad
moral a que se opone la mentira, hay también verdad estética o
verosimilitud a que se opone el disparate, y verdad religiosa o de
esperanza a que se opone la inquietud de la desesperanza absoluta.
Pues ni la verosimilitud estética, la de lo que cabe expresar con
sentido, es la verdad lógica, la de lo que se demuestra con razones,
ni la verdad religiosa, la de la fe, la sustancia de lo que se espera,
equivale a la verdad moral, sino que se le sobrepone. El que afirma su
fe a base de incertidumbre, no miente ni puede mentir.