Hay hombres ligeros y exteriores, esclavos de la razón que nos
exterioriza, que creen haber dicho algo con decir que lejos de haber
hecho Dios al hombre a su imagen y semejanza, es el hombre el que a su
imagen y semejanza se hace sus dioses o su Dios, sin reparar, los muy
livianos, que si esto segundo es, como realmente es, así, se debe a que
no es menos verdad lo primero. Dios y el hombre se hacen mutuamente, en
efecto; Dios se hace o se revela en el hombre, y el hombre se hace en
Dios, Dios se hizo a sí mismo, _Deus ipse se fecit_, dijo Lactancio
(_Divinarum institutionum_, II, 8), y podemos decir que se está
haciendo, y en el hombre y por el hombre. Y si cada cual de nosotros,
en el empuje de su amor, en su hambre de divinidad, se imagina a Dios a
su medida, y a su medida se hace Dios para él, hay un Dios colectivo,
social, humano, resultante de las imaginaciones todas humanas que le
imaginan. Porque Dios es y se revela en la colectividad. Y es Dios la
más rica y más personal concepción humana.
Nos dijo el Maestro de divinidad que seamos perfectos como es perfecto
nuestro Padre que está en los cielos (Mat., V, 48), y en el orden del
sentir y el pensar nuestra perfección consiste en ahincarnos porque
nuestra imaginación llegue a la total imaginación de la humanidad de
que formamos, en Dios, parte.
Conocida es la doctrina lógica de la contraposición entre la extensión
y la comprensión de un concepto, y como a medida que la una crece, la
otra mengua. El concepto más extenso y a la par menos comprensivo, es
el de ente o cosa que abarca todo lo existente y no tiene más nota que
la de ser, y el concepto más comprensivo y el menos extenso es el del
universo, que sólo a sí mismo se aplica y comprende todas las notas
existentes. Y el Dios lógico o racional, el Dios obtenido por vía de
negación, el ente sumo, se sume, como realidad, en la nada, pues el
ser puro y la pura nada, según enseñaba Hegel, se identifican. Y el
Dios cordial o sentido, el Dios de los vivos, es el Universo mismo
personalizado, es la conciencia del Universo.
Un Dios universal y personal, muy otro que el Dios individual del
rígido monoteísmo metafísico.
Debo aquí advertir una vez más cómo opongo la individualidad a la
personalidad, aunque se necesiten una a otra. La individualidad es, si
puedo así expresarme, el continente y la personalidad el contenido,
o podría también decir en un cierto sentido que mi personalidad es
mi comprensión, lo que comprendo y encierro en mí --y que es de una
cierta manera todo el Universo--, y mi individualidad es mi extensión;
lo uno, lo infinito mío, y lo otro, mi finito. Cien tinajas de fuerte
casco de barro están vigorosamente individualizadas, pero pueden ser
iguales y vacías, o a lo sumo llenas del mismo líquido homogéneo,
mientras que dos vejigas de membrana sutilísima, a través de la cual se
verifica activa ósmosis y exósmosis pueden diferenciarse fuertemente
y estar llenas de líquidos muy complejos. Y así puede uno destacarse
fuertemente de otros, en cuanto individuo, siendo como un crustáceo
espiritual, y ser pobrísimo de contenido diferencial. Y sucede más
aún, y es que cuanta más personalidad tiene uno, cuanta mayor riqueza
interior, cuanto más sociedad es en sí mismo, menos rudamente se
divide de los demás. Y de la misma manera, el rígido Dios del deísmo,
del monoteísmo aristotélico, el _ens summum_, es un ser en quien la
individualidad, o más bien la simplicidad, ahoga a la personalidad. La
definición le mata, porque definir es poner fines, es limitar, y no
cabe definir lo absolutamente indefinible. Carece ese Dios de riqueza
interior; no es sociedad en sí mismo. Y a esto obvió la revelación
vital con la creencia en la Trinidad que hace de Dios una sociedad, y
hasta una familia en sí, y no ya un puro individuo. El Dios de la fe
es personal; es persona, porque incluye tres personas, puesto que la
personalidad no se siente aislada. Una persona aislada deja de serlo.
¿A quién, en efecto, amaría? Y si no ama, no es persona. Ni cabe amarse
a sí mismo siendo simple y sin desdoblarse por el amor.
Fué el sentir a Dios como a Padre lo que trajo consigo la fe en la
Trinidad. Porque un Dios Padre no puede ser un Dios soltero, esto
es, solitario. Un padre es siempre padre de familia. Y el sentir a
Dios como Padre, ha sido una perenne sugestión a concebirlo, no ya
antropomórficamente, es decir, como a hombre --_ánthropos_-- sino
andromórficamente, como a varón --_aner_--. A Dios Padre, en efecto,
concíbelo la imaginación popular cristiana como a un varón. Y es porque
el hombre, _homo_, ἄνθρωπος, no se nos presenta sino como varón, _vir_,
ἀνήρ, o como mujer, _mulier_, γυνή. A lo que puede añadirse el niño,
que es neutro. Y de aquí para completar con la imaginación la necesidad
sentimental de un Dios hombre perfecto, esto es, familia, el culto al
Dios Madre, a la Virgen María, y el culto al niño Jesús.
El culto a la Virgen, en efecto, la mariolatría, que ha ido poco a poco
elevando en dignidad lo divino de la Virgen, hasta casi deificarla,
no responde sino a la necesidad sentimental de que Dios sea hombre
perfecto, de que entre la feminidad en Dios. Desde la expresión de
Madre de Dios, θεοτόκος, _deipara_, ha ido la piedad católica exaltando
a la Virgen María hasta declararla corredentora y proclamar dogmática
su concepción sin mancha de pecado original, lo que la pone ya entre la
Humanidad y la Divinidad y más cerca de ésta que de aquélla. Y alguien
ha manifestado su sospecha de que, con el tiempo, acaso se llegue a
hacer de ella algo así como una persona divina más.
Y tal vez no por esto la Trinidad se convirtiese en Cuaternidad. Si
πνεῦμα, espíritu en griego, en vez de ser neutro fuese femenino, ¿quién
sabe si no se hubiese hecho ya de la Virgen María una encarnación o
humanación del Espíritu Santo? El texto del Evangelio según Lucas, en
el versillo 35 del cap. I, donde se narra la Anunciación por el ángel
Gabriel que le dice: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», πνεῦμα ἅγιον
ἐπελεύσεται ἐπὶ σέ, habría bastado para una encendida piedad que sabe
siempre plegar a sus deseos la especulación teológica. Y habríase
hecho un trabajo dogmático paralelo al de la divinización de Jesús, el
Hijo, y su identificación con el Verbo.
De todos modos, el culto a la Virgen, a lo eterno femenino, o más bien
a lo divino femenino, a la maternidad divina, acude a completar la
personalización de Dios haciéndole familia.
En uno de mis libros (_Vida de Don Quijote y Sancho_, segunda parte,
cap. LXVII) he dicho que «Dios era y es en nuestras mentes masculino.
Su modo de juzgar y condenar a los hombres, modo de varón, no de
persona humana por encima de sexo; modo de Padre. Y para compensarlo
hacía falta la Madre, la Madre que perdona siempre, la Madre que abre
siempre los brazos al hijo cuando huye éste de la mano levantada o
del ceño fruncido del irritado padre; la madre en cuyo regazo se
busca como consuelo una oscura remembranza de aquella tibia paz de
la inconsciencia que dentro de él fué el alba que precedió a nuestro
nacimiento y un dejo de aquella dulce leche que embalsamó nuestros
sueños de inocencia; la madre que no conoce más justicia que el perdón
ni más ley que el amor. Nuestra pobre e imperfecta concepción de un
Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos
y pronuncia sentencias, de un Dios Amo de casa, _Pater familias_ a la
romana, necesitaba compensarse y completarse; y como en el fondo no
podemos concebir al Dios personal y vivo, no ya por encima de rasgos
humanos, mas ni aun por encima de rasgos varoniles, y menos un Dios
neutro o hermafrodita, acudimos a darle un Dios femenino y junto al
Dios Padre hemos puesto a la Diosa Madre, a la que perdona siempre,
porque como mira con amor ciego, ve siempre el fondo de la culpa y en
ese fondo la justicia única del perdón...»
A lo que debo ahora añadir que no sólo no podemos concebir al Dios
vivo y entero como solamente varón, sino que no le podemos concebir
como solamente individuo, como proyección de un yo solitario, fuera de
sociedad, de un yo en realidad abstracto. Mi yo vivo es un yo que es en
realidad un nosotros; mi yo vivo, personal, no vive sino en los demás,
de los demás y por los demás yos; procedo de una muchedumbre de abuelos
y en mí los llevo en extracto, y llevo a la vez en mí en potencia una
muchedumbre de nietos, y Dios, proyección de mi yo al infinito --o más
bien yo proyección de Dios a lo finito--, es también muchedumbre. Y de
aquí, para salvar la personalidad de Dios, es decir, para salvar al
Dios vivo, la necesidad de fe --esto es sentimental e imaginativa-- de
concebirle y sentirle con una cierta multiplicidad interna.
El sentimiento pagano de divinidad viva obvió a esto con el politeísmo.
Es el conjunto de sus dioses, la república de éstos, lo que constituye
realmente su Divinidad. El verdadero Dios del paganismo helénico es
más bien que Zeus Padre (_Jupiter_), la sociedad toda de los dioses y
semi-dioses. Y de aquí la solemnidad de la invocación de Demóstenes
cuando invocaba a los dioses todos, y a todas las diosas: τοῖς θεοῖς
εὔχομαι πᾶσι καὶ πάσαις. Y cuando los razonadores sustantivaron el
término dios, θεός, que es propiamente un adjetivo, una cualidad
predicada de cada uno de los dioses, y le añadieron un artículo,
forjaron _el_ dios --ὁ θεός-- abstracto o muerto del racionalismo
filosófico, una cualidad sustantivada y falta de personalidad por lo
tanto. Porque _el_ dios no es más que _lo_ divino. Y es que de sentir
la divinidad en todo no puede pasarse, sin riesgo para el sentimiento,
a sustantivarla y hacer de la Divinidad Dios. Y el Dios aristotélico,
el de las pruebas lógicas, no es más que la Divinidad, un concepto
y no una persona viva a que se pueda sentir y con la que pueda por
el amor comunicarse el hombre. Ese Dios que no es sino un adjetivo
sustantivado, es un dios constitucional que reina, pero no gobierna; la
Ciencia es su carta constitucional.
Y en el propio paganismo greco-latino, la tendencia al monoteísmo vivo
se ve en concebir y sentir a Zeus como padre, Ζεὺς πατήρ que le llama
Homero, _Iu-piter_ o sea _Iu-pater_ entre los latinos, y padre de toda
una dilatada familia de dioses y diosas que con él constituyen la
Divinidad.
De la conjunción del politeísmo pagano con el monoteísmo judaico, que
había tratado por otros medios de salvar la personalidad de Dios,
resultó el sentimiento del Dios católico, que es sociedad, como era
sociedad ese Dios pagano de que dije, y es uno como el Dios de Israel
acabó siéndolo. Y tal es la Trinidad cuyo más hondo sentido rara vez ha
logrado comprender el deísmo racionalista, más o menos impregnado de
cristianismo, pero siempre unitariano o sociniano.
Y es que sentimos a Dios, más bien que como una conciencia sobrehumana,
como la conciencia misma del linaje humano todo, pasado, presente y
futuro, como la conciencia colectiva de todo el linaje, y aun más, como
la conciencia total e infinita que abarca y sostiene las conciencias
todas, infra-humanas, humanas y acaso sobre-humanas. La divinidad que
hay en todo, desde la más baja, es decir, desde la menos consciente
forma viva hasta la más alta, pasando por nuestra conciencia humana,
la sentimos personalizada, consciente de sí misma, en Dios. Y a esa
gradación de conciencias, sintiendo el salto de la nuestra humana a la
plenamente divina, a la universal, responde la creencia en los ángeles,
con sus diversas jerarquías, como intermedios entre nuestra conciencia
humana y la de Dios. Gradaciones que una fe coherente consigo misma
ha de creer infinitas, pues sólo por infinito número de grados puede
pasarse de lo finito a lo infinito.
El racionalismo deísta concibe a Dios como Razón del Universo, pero
su lógica le lleva a concebirlo como una razón impersonal, es decir,
como una idea, mientras el vitalismo deísta siente e imagina a Dios
como Conciencia, y, por lo tanto, como persona o más bien como sociedad
de personas. La conciencia de cada uno de nosotros, en efecto, es
una sociedad de personas; en mí viven varios yos, y hasta los yos de
aquellos con quienes vivo.
El Dios del racionalismo deísta, en efecto, el Dios de las pruebas
lógicas de su existencia, el _ens realissimum_ y primer motor
inmóvil, no es más que una Razón suprema, pero en el mismo sentido en
que podemos llamar razón de la caída de los cuerpos a la ley de la
gravitación universal, que es su explicación. Pero dirá alguien que
esa que llamamos ley de la gravitación universal, u otra cualquiera
ley o un principio matemático es una realidad propia e independiente,
es un ángel, es algo que tiene conciencia de sí y de los demás, ¿qué
es, persona? No, no es más que una idea sin realidad fuera de la mente
del que la concibe. Y así ese Dios Razón, o tiene conciencia de sí o
carece de realidad fuera de la mente de quien lo concibe. Y si tiene
conciencia de sí, es ya una razón personal, y entonces todo el valor de
aquellas pruebas se desvanece, porque las tales pruebas sólo probaban
una razón, pero no una conciencia suprema. Las matemáticas prueban
un orden, una constancia, una razón en la serie de los fenómenos
mecánicos, pero no prueban que esa razón sea consciente de sí. Es una
necesidad lógica, pero la necesidad lógica no prueba la necesidad
teleológica o finalista. Y donde no hay finalidad no hay personalidad
tampoco, no hay conciencia.
El Dios, pues, racional, es decir el Dios que no es sino Razón del
Universo, se destruye a sí mismo en nuestra mente en cuanto tal Dios,
y sólo renace en nosotros cuando en el corazón lo sentimos como
persona viva, como Conciencia, y no ya sólo como Razón impersonal y
objetiva del Universo. Para explicarnos racionalmente la construcción
de una máquina nos basta conocer la ciencia mecánica del que la
construyó; pero para comprender que la tal máquina exista, pues que la
Naturaleza no las hace y sí los hombres, tenemos que suponer un ser
consciente constructor. Pero esta segunda parte del razonamiento no es
aplicable a Dios, aunque se diga que en Él la ciencia mecánica y el
mecanismo constructores de la máquina son una sola y misma cosa. Esta
identificación no es racionalmente sino una petición de principio. Y
así es como la razón destruye a esa Razón suprema en cuanto persona.
No es la razón humana, en efecto, razón que a su vez tampoco se
sustenta sino sobre lo irracional, sobre la conciencia vital toda,
sobre la voluntad y el sentimiento; no es esa nuestra razón la que
puede probarnos la existencia de una Razón Suprema, que tendría a su
vez que sustentarse sobre lo Supremo Irracional, sobre la Conciencia
Universal. Y la revelación sentimental e imaginativa, por amor, por fe,
por obra de personalización, de esa Conciencia Suprema, es la que nos
lleva a creer en el Dios vivo.
Y este Dios, el Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en
ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él.
Y está en nosotros por el hambre que de Él tenemos, por el anhelo,
haciéndose apetecer. Y es el Dios de los humildes, porque Dios escogió
lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo flaco para
avergonzar a lo fuerte, según el Apóstol. (I Cor., I, 27.) Y es Dios en
cada uno según cada uno lo siente y según le ama. «Si de dos hombres
--dice Kierkegaard-- reza el uno al verdadero Dios con insinceridad
personal, y el otro con la pasión toda de la infinitud reza a un
ídolo, es el primero el que en realidad ora a un ídolo, mientras que
el segundo ora en verdad a Dios». Mejor es decir que es Dios verdadero
Aquel a quien se reza y se anhela de verdad. Y hasta la superstición
misma puede ser más reveladora que la teología. El viejo Padre de
luengas barbas y melenas blancas, que aparece entre nubes llevando la
bola del mundo en la mano, es más vivo y más verdadero que el _ens
realissimum_ de la teodicea.
La razón es una fuerza analítica, esto es, disolvente, cuando dejando
de obrar sobre la forma de las intuiciones, ya sean del instinto
individual de conservación, ya del instinto social de perpetuación,
obra sobre el fondo, sobre la materia misma de ellas. La razón ordena
las percepciones sensibles que nos dan el mundo material; pero cuando
su análisis se ejerce sobre la realidad de las percepciones mismas,
nos las disuelve y nos sume en un mundo aparencial, de sombras sin
consistencia, porque la razón fuera de lo formal es nihilista,
aniquiladora. Y el mismo terrible oficio cumple cuando sacándola del
suyo propio la llevamos a escudriñar las intuiciones imaginativas
que nos dan el mundo espiritual. Porque la razón aniquila y la
imaginación _entera_, integra o totaliza; la razón por sí sola mata y
la imaginación es la que da vida. Si bien es cierto que la imaginación
por sí sola, al darnos vida sin límite nos lleva a confundirnos con
todo, y en cuanto individuos, nos mata también, nos mata por exceso de
vida. La razón, la cabeza, nos dice: ¡nada! la imaginación, el corazón,
nos dice: ¡todo!, y entre nada y todo, fundiéndose el todo y la nada en
nosotros, vivimos en Dios, que es todo, y vive Dios en nosotros que sin
Él, somos nada. La razón repite: ¡vanidad de vanidades, y todo vanidad!
Y la imaginación replica: ¡plenitud de plenitudes, y todo plenitud! Y
así vivimos la vanidad de la plenitud, o la plenitud de la vanidad.
Y tan de las entrañas del hombre arranca esta necesidad vital de
vivir un mundo ilógico, irracional, personal o divino, que cuantos no
creen en Dios o creen no creer en Él, creen en cualquier diosecillo,
o siquiera en un demoniejo, o en un agüero, o en una herradura que
encontraron por acaso al azar de los caminos, y que guardan sobre su
corazón para que les traiga buena suerte y les defienda de esa misma
razón de que se imaginan ser fieles servidores y devotos.
El Dios de que tenemos hambre es el Dios a que oramos, el Dios del
_pater noster_, de la oración dominical; el Dios a quien pedimos, ante
todo y sobre todo, démonos o no de esto cuenta, que nos infunda fe, fe
en Él mismo, que haga que creamos en Él, que se haga Él en nosotros,
el Dios a quien pedimos que sea santificado su nombre y que se haga
su voluntad --su voluntad, no su razón--, así en la tierra como en el
cielo; mas sintiendo que su voluntad no puede ser sino la esencia de
nuestra voluntad, el deseo de persistir eternamente.
Y tal es el Dios del amor, sin que sirva el que nos pregunten como
sea, sino que cada cual consulte a su corazón y deje a su fantasía
que se lo pinte en las lontananzas del Universo, mirándole por sus
millones de ojos, que son los luceros del cielo de la noche. Ese en que
crees, lector, ese es tu Dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació
contigo y fué niño cuando eras tú niño, y fué haciéndose hombre según
tú te hacías hombre y que se te disipa cuando te disipas, y que es tu
principio de continuidad en la vida espiritual, porque es el principio
de solidaridad entre los hombres todos y en cada hombre, y de los
hombres con el Universo y que es como tú, persona. Y si crees en Dios,
Dios cree en ti, y creyendo en ti te crea de continuo. Porque tú no
eres en el fondo sino la idea que de ti tiene Dios; pero una idea viva,
como de Dios vivo y consciente de sí, como de Dios Conciencia, y fuera
de lo que eres en la sociedad no eres nada.
¿Definir a Dios? Sí, ese es nuestro anhelo; ese era el anhelo del
hombre Jacob, cuando luchando la noche toda, hasta el rayar del alba,
con aquella fuerza divina, decía: ¡Dime, te lo ruego, tu nombre! (Gén.,
XXXII, 29). Y oid lo que aquel gran predicador cristiano, Federico
Guillermo Robertson, predicaba en la capilla de la Trinidad, de
Brighton, el 10 de Junio de 1849, diciendo:[18] «Y esta es nuestra
lucha --_la_ lucha--. Que baje un hombre veraz a las profundidades
de su propio ser y nos responda: ¿cuál es el grito que le llega de
la parte más real de su naturaleza? ¿Es pidiendo el pan de cada día?
Jacob pidió en su _primera_ comunión con Dios esto; pidió seguridad,
conservación. ¿Es acaso el que se nos perdonen nuestros pecados? Jacob
tenía un pecado por perdonar; mas en este, el más solemne momento de su
existencia, no pronunció una sílaba respecto a él. ¿O es acaso esto:
«santificado sea tu nombre?» No hermanos míos. De nuestra frágil,
aunque humilde humanidad, la petición que surja en las horas más
terrenales de nuestra religión puede ser esta de: ¡Salva mi alma!; pero
en los momentos menos terrenales es esta otra: ¡Dime tu nombre!
«Nos movemos por un mundo de misterio, y la más profunda cuestión es
la de cuál es el ser que nos está cerca siempre, a las veces sentido,
jamás visto --que es lo que nos ha obsesionado desde la niñez con un
sueño de algo soberanamente hermoso y que jamás se nos aclara--, que es
lo que a las veces pasa por el alma como una desolación, como el soplo
de las alas del Ángel de la Muerte, dejándonos aterrados y silenciosos
en nuestra soledad --lo que nos ha tocado en lo más vivo, y la carne se
ha estremecido de agonía, y nuestros afectos mortales se han contraído
de dolor--, que es lo que nos viene en aspiraciones de nobleza y
concepciones de sobrehumana excelencia. ¿Hemos de llamarle Ello o
Él? (_It or He?_) ¿Qué es Ello? ¿Quién es Él? Estos presentimientos
de inmortalidad y de Dios, ¿qué son? ¿Son meras ansias de mi propio
corazón no tomadas por algo vivo fuera de mí? ¿Son el sonido de mis
propios anhelos que resuenan por el vasto vacío de la nada? ¿O he de
llamarlas Dios, Padre, Espíritu, Amor? ¿Un ser vivo dentro o fuera de
mí? Dime tu nombre, tú ¡terrible misterio del amor! Tal es la lucha de
toda mi vida seria.»
Así Robertson. A lo que he de hacer notar que: ¡dime tu nombre!, no
es en el fondo otra cosa que: ¡salva mi alma! Le pedimos su nombre
para que salve nuestra alma, para que salve el alma humana, para que
salve la finalidad humana del Universo. Y si nos dicen que se llama
Él, que es o _ens realissimum_ o Ser Supremo o cualquier otro nombre
metafísico, no nos conformamos, pues sabemos que todo nombre metafísico
es equis, y seguimos pidiéndole su nombre. Y sólo hay un nombre que
satisfaga a nuestro anhelo, y este nombre es Salvador, Jesús. Dios es
el amor que salva:
For the loving worm within its clod,
Were diviner than a loveless God
Amid his worlds, I will dare to say.
«Me atreveré a decir que el gusano que ama en su terrón sería más
divino que un dios sin amor entre sus mundos», dice Roberto Browning
(_Christmas-Eve and Easter-Day_). Lo divino es el amor, la voluntad
personalizadora y eternizadora, la que siente hambre de eternidad y de
infinitud.
Es a nosotros mismos, es nuestra eternidad lo que buscamos en Dios,
es que nos divinice. Fué ese mismo Browning el que dijo (_Saul_ en
_Dramatic Lyrics_):
’Tis the weakness in strength, that I cry for! my
flesh, that I seek
In the Godhead!
«¡Es la debilidad en la fuerza por lo que clamo; mi carne lo que busco
en la Divinidad!»
Pero este Dios que nos salva, este Dios personal, Conciencia del
Universo que envuelve y sostiene nuestras conciencias, este Dios que da
finalidad humana a la creación toda, ¿existe? ¿Tenemos pruebas de su
existencia?
Lo primero que aquí se nos presenta es el sentido de la noción esta de
existencia. ¿Qué es existir y cómo son las cosas de que decimos que no
existen?
Existir en la fuerza etimológica de su significado es estar fuera de
nosotros, fuera de nuestra mente: _ex-sistere_. ¿Pero es que hay algo
fuera de nuestra mente, fuera de nuestra conciencia que abarca a lo
conocido todo? Sin duda que lo hay. La materia del conocimiento nos
viene de fuera. ¿Y cómo es esa materia? Imposible saberlo, porque
conocer es informar la materia, y no cabe, por lo tanto, conocer lo
informe como informe. Valdría tanto como tener ordenado el caos.
Este problema de la existencia de Dios, problema racionalmente
insoluble, no es en el fondo sino el problema de la conciencia, de la
_ex-sistencia_ y no de la _in-sistencia_ de la conciencia, el problema
mismo de la existencia sustancial del alma, el problema mismo de la
perpetuidad del alma humana, el problema mismo de la finalidad humana
del Universo. Creer en un Dios vivo y personal, en una conciencia
eterna y universal que nos conoce y nos quiere, es creer que el
Universo existe _para_ el hombre. Para el hombre o para una conciencia
en el orden de la humana, de su misma naturaleza, aunque sublimada, de
una conciencia que nos conozca, y en cuyo seno viva nuestro recuerdo
para siempre.