Es tal nuestro anhelo de salvar a la conciencia, de dar finalidad

personal y humana al Universo y a la existencia, que hasta en un

supremo, dolorosísimo y desgarrador sacrificio llegaríamos a oir que

se nos dijese que si nuestra conciencia se desvanece es para ir a

enriquecer la Conciencia infinita y eterna, que nuestras almas sirven

de alimento al Alma Universal. Enriquezco, sí, a Dios, porque antes de

yo existir no me pensaba como existente, porque soy uno más, uno más

aunque sea entre infinitos, que como habiendo vivido y sufrido y amado

realmente, quedo en su seno. Es el furioso anhelo de dar finalidad al

Universo, de hacerle consciente y personal, lo que nos ha llevado a

creer en Dios, a querer que haya Dios, a crear a Dios, en una palabra.

¡A crearle, sí! Lo que no debe escandalizar se diga ni al más piadoso

teísta. Porque creer en Dios es en cierto modo crearle, aunque Él nos

cree antes. Es Él quien en nosotros se crea de continuo a sí mismo.

Hemos creado a Dios para salvar al Universo de la nada, pues lo que

no es conciencia y conciencia eterna, consciente de su eternidad y

eternamente consciente, no es nada más que apariencia. Lo único de

veras real es lo que siente, sufre, compadece, ama y anhela, es la

conciencia; lo único sustancial es la conciencia. Y necesitamos a Dios

para salvar la conciencia; no para pensar la existencia, sino para

vivirla; no para saber por qué y cómo es, sino para sentir para qué es.

El amor es un contrasentido si no hay Dios.

Veamos ahora eso de Dios, lo del Dios lógico o Razón Suprema, y lo del

Dios biótico o cordial, esto es, el Amor Supremo.

VIII

DE DIOS A DIOS

No creo que sea violentar la verdad el decir que el sentimiento

religioso es sentimiento de divinidad, y que sólo con violencia del

corriente lenguaje humano puede hablarse de religión atea. Aunque

es claro que todo dependerá del concepto que de Dios nos formemos.

Concepto que depende a su vez del de divinidad.

Conviénenos, en efecto, comenzar por el sentimiento de divinidad,

antes de mayusculizar el concepto de esta cualidad, y, articulándola,

convertirla en la Divinidad, esto es, en Dios. Porque el hombre ha ido

a Dios por lo divino más bien que ha deducido lo divino de Dios.

Ya antes, en el curso de estas algo errabundas y a la par insistentes

reflexiones sobre el sentimiento trágico de la vida, recordé el

_timor fecit deos_ de Estacio para corregirlo y limitarlo. Ni es cosa

de trazar una vez más el proceso histórico por que los pueblos han

llegado al sentimiento y al concepto de un Dios personal como el del

cristianismo. Y digo los pueblos y no los individuos aislados, porque

si hay sentimiento y concepto colectivo, social, es el de Dios, aunque

el individuo lo individualice luego. La filosofía puede tener, y

de hecho tiene, un origen individual; la teología es necesariamente

colectiva.

La doctrina de Schleiermacher que pone el origen, o más bien la esencia

del sentimiento religioso, en el inmediato y sencillo sentimiento de

dependencia, parece ser la explicación más profunda y exacta. El hombre

primitivo, viviendo en sociedad, se siente depender de misteriosas

potencias que invisiblemente le rodean, se siente en comunión social,

no sólo con sus semejantes, los demás hombres, sino con la Naturaleza

toda animada e inanimada, lo que no quiere decir otra cosa sino que lo

personaliza todo. No sólo tiene él conciencia del mundo, sino que se

imagina que el mundo tiene también conciencia como él. Lo mismo que un

niño habla a su perro o a su muñeco, cual si le entendiesen, cree el

salvaje que le oye su fetiche o que la nube tormentosa se acuerda de él

y le persigue. Y es que el espíritu del hombre natural, primitivo, no

se ha desplacentado todavía de la Naturaleza, ni ha marcado el lindero

entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la imaginación.

No fué, pues, lo divino, algo objetivo, sino la subjetividad de la

conciencia proyectada hacia fuera, la personalización del mundo. El

concepto de divinidad surgió del sentimiento de ella, y el sentimiento

de divinidad no es sino el mismo oscuro y naciente sentimiento de

personalidad vertido a lo de fuera. Ni cabe en rigor decir fuera y

dentro, objetivo y subjetivo, cuando tal distinción no era sentida,

y siendo como es, de esa indistinción de donde el sentimiento y el

concepto de divinidad proceden. Cuanto más clara la conciencia de

la distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, tanto más oscuro el

sentimiento de divinidad en nosotros.

Hase dicho, y al parecer con entera razón, que el paganismo helénico

es, más bien que politeísta, panteísta. La creencia en muchos dioses,

tomando el concepto de Dios como hoy le tomamos, no sé que haya

existido en cabeza humana. Y si por panteísmo se entiende la doctrina

no de que todo y cada cosa es Dios --proposición para mí impensable--,

sino de que todo es divino, sin gran violencia cabe decir que el

paganismo era politeísta. Los dioses, no sólo se mezclaban entre los

hombres, sino que se mezclaban con ellos; engendraban los dioses en

las mujeres mortales, y los hombres mortales engendraban en las diosas

a semi-dioses. Y si hay semi-dioses, esto es, semi-hombres, es tan

sólo porque lo divino y lo humano eran caras de una misma realidad. La

divinización de todo no era sino su humanización. Y decir que el Sol

era un dios, equivalía a decir que era un hombre, una conciencia humana

más o menos agrandada y sublimada. Y esto vale desde el fetichismo

hasta el paganismo helénico.

En lo que propiamente se distinguían los dioses de los hombres, era en

que aquéllos eran inmortales. Un dios venía a ser un hombre inmortal,

y divinizar a un hombre, considerarle como a un Dios, era estimar que,

en rigor, al morirse no había muerto. De ciertos héroes se creía que

fueron vivos al reino de los muertos. Y este es un punto importantísimo

para estimar el valor de lo divino.

En aquellas repúblicas de dioses había siempre algún dios máximo, algún

verdadero monarca. La monarquía divina fué la que, por el monocultismo

llevó a los pueblos al monoteísmo. Monarquía y monoteísmo son, pues,

cosas gemelas. Zeus, Júpiter, iba en camino de convertirse en dios

único, como en dios único, primero del pueblo de Israel, después de la

humanidad y, por último, del universo todo, se convirtió Jahvé, que

empezó siendo uno de entre tantos dioses.

Como la monarquía, tuvo el monoteísmo un origen guerrero. «Es en la

marcha y en tiempo de guerra --dice Robertson Smith, _The Prophets of

Israel_, lect. I-- cuando un pueblo nómada siente la instante necesidad

de una autoridad central, y así ocurrió que, en los primeros comienzos

de la organización nacional en torno al santuario del arca, Israel

se creyó la hueste de Jehová. El nombre mismo de Israel es marcial

y significa _Dios pelea_, y Jehová es en el Viejo Testamento _Iahwé

Zebahât_, el Jehová de los ejércitos de Israel. Era en el campo de

batalla donde se sentía más claramente la presencia de Jehová; pero en

las naciones primitivas, el caudillo de tiempo de guerra es también el

juez natural en tiempo de paz.»

Dios, el Dios único, surgió, pues, del sentimiento de divinidad en el

hombre como Dios guerrero, monárquico y social. Se reveló al pueblo,

no a cada individuo. Fué el Dios de un pueblo y exigía celoso se le

rindiese culto a él solo, y de este monocultismo se pasó al monoteísmo,

en gran parte por la acción individual, más filosófica acaso que

teológica, de los profetas. Fué, en efecto, la actividad individual de

los profetas lo que individualizó la divinidad. Sobre todo al hacerla

ética.

Y de este Dios surgido así en la conciencia humana a partir del

sentimiento de divinidad, apoderóse luego la razón, esto es, la

filosofía, y tendió a definirlo, a convertirlo en idea. Porque definir

algo es idealizarlo, para lo cual hay que prescindir de su elemento

inconmensurable o irracional, de su fondo vital. Y el Dios sentido, la

divinidad sentida como persona y conciencia única fuera de nosotros,

aunque envolviéndonos y sosteniéndonos, se convirtió en la idea de Dios.

El Dios lógico, racional, el _ens summum_, el _primum movens_, el Ser

Supremo de la filosofía teológica, aquel a que se llega por los tres

famosos caminos de negación, eminencia y causalidad, _viae negationis,

eminentiae, causalitatis_, no es más que una idea de Dios, algo muerto.

Las tradicionales y tantas veces debatidas pruebas de su existencia

no son, en el fondo, sino un intento vano de determinar su esencia;

porque, como hacía muy bien notar Vinet, la existencia se saca de la

esencia; y decir que Dios existe, sin decir qué es Dios y cómo es,

equivale a no decir nada.

Y este Dios, por eminencia y negación o remoción de cualidades finitas,

acaba por ser un Dios impensable, una pura idea, un Dios de quien, a

causa de su excelencia misma ideal, podemos decir que no es nada, como

ya definió Escoto Eriúgena: _Deus propter excellentiam non inmerito

nihil vocatur_. O con frase del falso Dionisio Areopagita, en su

epístola 5: «La divina tiniebla es la luz inaccesible en la que se dice

habita Dios». El Dios antropomórfico y sentido, al ir purificándose de

atributos humanos, y como tales finitos y relativos y temporales, se

evapora en el Dios del deísmo o del panteísmo.

Las supuestas pruebas clásicas de la existencia de Dios refiérense

todas a este Dios-Idea, a este Dios lógico, al Dios por remoción, y

de aquí que en rigor no prueben nada, es decir, no prueban más que la

existencia de esa idea de Dios.

Era yo un mozo que empezaba a inquietarme de estos eternos problemas,

cuando en cierto libro, de cuyo autor no quiero acordarme, leí esto:

«Dios es una gran equis sobre la barrera última de los conocimientos

humanos; a medida que la ciencia avanza, la barrera se retira». Y

escribí al margen: «De la barrera acá, todo se explica sin Él; de la

barrera allá, ni con Él ni sin Él; Dios, por lo tanto, sobra». Y en

respecto al Dios-Idea, al de las pruebas, sigo en la misma sentencia.

Atribúyese a Laplace la frase de que no había necesitado de la

hipótesis de Dios para construir su sistema del origen del Universo, y

así es muy cierto. La idea de Dios en nada nos ayuda para comprender

mejor la existencia, la esencia y la finalidad del Universo.

No es más concebible el que haya un Ser Supremo infinito, absoluto y

eterno, cuya esencia desconocemos, y que haya creado el Universo, que

el que la base material del Universo mismo, su materia, sea eterna

e infinita y absoluta. En nada comprendemos mejor la existencia del

mundo con decirnos que lo crió Dios. Es una petición de principio o una

solución meramente verbal para encubrir nuestra ignorancia. En rigor,

deducimos la existencia del Creador del hecho de que lo creado existe,

y no se justifica racionalmente la existencia de Aquél; de un hecho no

se saca una necesidad, o es necesario todo.

Y si del modo de ser del Universo, pasamos a lo que se llama el orden

y que se supone necesita un ordenador, cabe decir que orden es lo que

hay y no concebimos otro. La prueba esa del orden del Universo, implica

un paso del orden ideal al real, un proyectar nuestra mente afuera,

un suponer que la explicación racional de una cosa produce la cosa

misma. El arte humano, aleccionado por la Naturaleza, tiene un hacer

consciente con que comprende el modo de hacer, y luego trasladamos este

hacer artístico y consciente a una conciencia de un artista, que no se

sabe de qué naturaleza aprendió su arte.

La comparación ya clásica con el reloj y el relojero, es inaplicable

a un Ser absoluto, infinito y eterno. Es, además, otro modo de no

explicar nada. Porque decir que el mundo es como es y no de otro modo

porque Dios así lo hizo, mientras no sepamos por qué razón lo hizo así,

no es decir nada. Y si sabemos la razón de haberlo así hecho Dios,

éste sobra, y la razón basta. Si todo fuera matemáticas, si no hubiese

elemento irracional, no se habría acudido a esa explicación de un Sumo

Ordenador, que no es sino la razón de lo irracional y otra tapadera

de nuestra ignorancia. Y no hablemos de aquella ridícula ocurrencia de

que, echando al azar caracteres de imprenta, no puede salir compuesto

el _Quijote_. Saldría compuesta cualquier otra cosa que llegaría a ser

un _Quijote_ para los que a ella tuviesen que atenerse y en ella se

formasen y formaran parte de ella.

Esa ya clásica supuesta prueba redúcese, en el fondo, a hipostatizar

o sustantivar la explicación o razón de un fenómeno, a decir que la

Mecánica hace el movimiento, la Biología la vida, la Filología el

lenguaje, la Química los cuerpos, sin más que mayusculizar la ciencia

y convertirla en una potencia distinta de los fenómenos de que la

extraemos y distinta de nuestra mente que la extrae. Pero a ese Dios

así obtenido, y que no es sino la razón hipostatizada y proyectada al

infinito, no hay manera de sentirlo como algo vivo y real y ni aun de

concebirlo sino como una mera idea que con nosotros morirá.

Pregúntase, por otra parte, si una cosa cualquiera imaginada pero no

existente, no existe porque Dios no lo quiere, o no lo quiere Dios

porque no existe, y respecto a lo imposible, si es que no puede ser

porque Dios así lo quiere, o no lo quiere Dios porque ello en sí y por

su absurdo mismo no puede ser. Dios tiene que someterse a la ley lógica

de contradicción, y no puede hacer, según los teólogos, que dos más

dos hagan más o menos que cuatro. La ley de la necesidad está sobre

Él o es Él mismo. Y en el orden moral se pregunta si la mentira, o el

homicidio, o el adulterio, son malos porque así lo estableció o si lo

estableció así porque ello es malo. Si lo primero, Dios o es un Dios

caprichoso y absurdo que establece una ley pudiendo haber establecido

otra, u obedece a una naturaleza y esencia intrínseca de las cosas

mismas independiente de él, es decir, de su voluntad soberana; y si

es así, si obedece a una razón de ser de las cosas, esta razón, si

la conociésemos, nos bastaría sin necesidad alguna de más Dios, y no

conociéndola, ni Dios tampoco nos aclara nada. Esa razón estaría sobre

Dios. Ni vale decir que esa razón es Dios mismo, razón suprema de las

cosas. Una razón así, necesaria, no es algo personal. La personalidad

la da la voluntad. Y es este problema de las relaciones entre la

razón, necesariamente necesaria, de Dios y su voluntad, necesariamente

libre, lo que hará siempre del Dios lógico o aristotélico un Dios

contradictorio.

Los teólogos escolásticos no han sabido nunca desenredarse de las

dificultades en que se veían metidos al tratar de conciliar la libertad

humana con la presciencia divina y el conocimiento que Dios tiene de

lo futuro contingente y libre; y es porque, en rigor, el Dios racional

es completamente inaplicable a lo contingente, pues que la noción de

contingencia no es en el fondo sino la noción de irracionalidad. El

Dios racional es forzosamente necesario en su ser y en su obrar, no

puede hacer en cada caso sino lo mejor, y no cabe que haya varias cosas

igualmente mejores, pues entre infinitas posibilidades sólo hay una

que sea la más acomodada a su fin, como entre las infinitas líneas

que pueden trazarse de un punto a otro sólo hay una recta. Y el Dios

racional, el Dios de la razón, no puede menos sino seguir en cada caso

la línea recta, la más conducente al fin que se propone, fin necesario

como es necesaria la única recta dirección que a él conduce. Y así la

divinidad de Dios es sustituída por su necesidad. Y en la necesidad de

Dios perece su voluntad libre, es decir, su personalidad consciente. El

Dios que anhelamos, el Dios que ha de salvar nuestra alma de la nada,

el Dios inmortalizador, tiene que ser un Dios arbitrario.

Y es que Dios no puede ser Dios porque piensa, sino porque obra, porque

crea; no es un Dios contemplativo, sino activo. Un Dios Razón, un

Dios teórico o contemplativo, como es el Dios éste del racionalismo

teológico, es un Dios que se diluye en su propia contemplación. A este

Dios corresponde, como veremos, la visión beatífica como expresión

suprema de la felicidad eterna. Un Dios quietista, en fin, como es

quietista por su esencia misma la razón.

Queda la otra famosa prueba, la del consentimiento, supuesto unánime,

de los pueblos todos en creer en un Dios. Pero esta prueba no es

en rigor racional ni a favor del Dios racional que explica el

Universo, sino del Dios cordial que nos hace vivir. Sólo podríamos

llamarla racional en el caso de que creyésemos que la razón es el

consentimiento, más o menos unánime, de los pueblos, el sufragio

universal, en el caso de que hiciésemos razón a la _vox populi_ que se

dice ser _vox Dei_.

Así lo creía aquel trágico y ardiente Lamennais, el que dijo que la

vida y la verdad no son sino una sola y misma cosa --¡ojalá!--, y

que declaró a la razón una, universal, perpetua y santa. (_Essai sur

l’indifférence_, IVe partie, chap. VIII). Y glosó el «o hay que creer

a todos o a ninguno» --_aut omnibus credendum est aut nemini_--, de

Lactancio, y aquello de Heráclito de que toda opinión individual

es falible, y lo de Aristóteles de que la más fuerte prueba es el

consentimiento de los hombres todos, y sobre todo lo de Plinio (_in

Paneg. Trajani_ LXII) de que ni engaña uno a todos ni todos a uno

--_nemo omnes, neminem omnes fefellerunt_.-- ¡Ojalá! Y así se acaba en

lo de Cicerón (_De natura deorum_, lib. III, cap. II, 5 y 6) de que hay

que creer a nuestros mayores, aun sin que nos den razones _maioribus

autem nostris, etiam nulla ratione reddita credere_.

Sí, supongamos que es universal y constante esa opinión de los antiguos

que nos dice que lo divino penetra a la Naturaleza toda, y que sea un

dogma paternal, πάτριος δόξα, como dice Aristóteles (_Metaphysica_

lib. VII, cap. VII); eso probaría sólo que hay un motivo que lleva

a los pueblos y los individuos --sean todos o casi todos o muchos--

a creer en un Dios. Pero, ¿no es que hay acaso ilusiones y falacias

que se fundan en la naturaleza misma humana? ¿No empiezan los pueblos

todos por creer que el Sol gira en torno de ellos? ¿Y no es natural que

propendamos todos a creer lo que satisface nuestro anhelo? ¿Diremos

con W. Hermann (v. _Christliche systematische Dogmatik_, en el tomo

_Systematische christliche Religion_, de la colección _Die Kultur der

Gegenwart_, editada por P. Hinneberg), «que si hay un Dios, no se

ha dejado sin indicársenos de algún modo, y quiere ser hallado por

nosotros»?

Piadoso deseo, sin duda, pero no razón en su estricto sentido, como no

le apliquemos la sentencia agustiniana, que tampoco es razón, de «pues

que me buscas, es que me encontraste», creyendo que es Dios quien hace

que le busquemos.

Ese famoso argumento del consentimiento supuesto unánime de los

pueblos, que es el que con un seguro instinto más emplearon los

antiguos, no es, en el fondo y trasladado de la colectividad del

individuo, sino la llamada prueba moral, la que Kant, en su _Crítica

de la razón práctica_, empleó, la que se saca de nuestra conciencia

--o más bien de nuestro sentimiento de la divinidad--, y que no es una

prueba estricta y específicamente racional, sino vital, y que no puede

ser aplicada al Dios lógico, al _ens summum_, al Ser simplicísimo y

abstractísimo, al primer motor inmóvil e impasible, al Dios Razón, en

fin, que ni sufre ni anhela, sino al Dios biótico, al Ser complejísimo

y concretísimo, al Dios paciente que sufre y anhela en nosotros y con

nosotros, al Padre de Cristo, al que no se puede ir sino por el Hombre,

por su Hijo (v. Juan, XIV, 6), y cuya revelación es histórica, o si se

quiere anecdótica, pero no filosófica, no categórica.

El consentimiento unánime --¡supongámoslo así!-- de los pueblos,

o sea el universal anhelo de las almas todas humanas que llegaron

a la conciencia de su humanidad que quiere ser fin y sentido del

Universo, ese anhelo, que no es sino aquella esencia misma del alma,

que consiste en su conato por persistir eternamente y porque no se

rompa la continuidad de la conciencia, nos lleva al Dios humano,

antropomórfico, proyección de nuestra conciencia a la Conciencia del

Universo, al Dios que da finalidad y sentido humanos al Universo y que

no es el _ens summum_, el _primum movens_ ni el creador del Universo,

no es la Idea-Dios. Es un Dios vivo, subjetivo --pues que no es sino la

subjetividad objetivada o la personalidad universalizada--, que es más

que mera idea, y antes que razón es voluntad. Dios es Amor, esto es,

Voluntad. La razón, el Verbo, deriva de Él; pero Él, el Padre, es, ante

todo, Voluntad.

«No cabe duda alguna --escribe Ritschl (_Rechtfertigung und

Versöhnung_, III, cap. V)--, que la personalidad espiritual de Dios se

estimaba muy imperfectamente en la antigua teología al limitarla a las

funciones de conocer y querer. La concepción religiosa no puede menos

de aplicar a Dios también el atributo del sentimiento espiritual. Pero

la antigua teología ateníase a la impresión de que el sentimiento y el

afecto son notas de una personalidad limitada y creada, y trasformaba

la concepción religiosa de la felicidad de Dios, v. gr., en el eterno

conocerse a sí mismo, y la del odio en el habitual propósito de

castigar el pecado.» Sí, aquel Dios lógico, obtenido _via negationis_,

era un Dios que, en rigor, ni amaba ni odiaba, porque ni gozaba ni

sufría, un Dios sin pena ni gloria, inhumano, y su justicia una

justicia racional o matemática, esto es, una injusticia.

Los atributos del Dios vivo, del Padre de Cristo, hay que deducirlos de

su revelación histórica en el Evangelio y en la conciencia de cada uno

de los creyentes cristianos, y no de razonamientos metafísicos que sólo

llevan al Dios-Nada de Escoto Eriúgena, al Dios racional o panteístico,

al Dios ateo, en fin, a la Divinidad despersonalizada.

Y es que al Dios vivo, al Dios humano, no se llega por camino de razón,

sino por camino de amor y de sufrimiento. La razón nos aparta más bien

de Él. No es posible conocerle para luego amarle; hay que empezar por

amarle, por anhelarle, por tener hambre de Él, antes de conocerle. El

conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento

que poco o nada tiene de racional. Porque Dios es indefinible. Querer

definir a Dios, es pretender limitarlo en nuestra mente; es decir,

matarlo. En cuanto tratamos de definirlo, nos surge la nada.

La idea de Dios de la pretendida teodicea racional, no es más que una

hipótesis, como, por ejemplo, la idea del éter.

Éste, el éter, en efecto, no es sino una entidad supuesta, y que

no tiene valor sino en cuanto explica lo que por ella tratamos de

explicarnos: la luz, o la electricidad, o la gravitación universal, y

sólo en cuanto no se pueda explicar estos hechos de otro modo. Y así,

la idea de Dios es una hipótesis también que sólo tiene valor en cuanto

con ella nos explicamos lo que tratamos con ella de explicarnos: la

existencia y esencia del Universo, y mientras no se expliquen mejor de

otro modo. Y como en realidad no nos la explicamos ni mejor ni peor con

esa idea que sin ella, la idea de Dios, suprema petición de principio,

marra.

Pero si el éter no es sino una hipótesis para explicar la luz, el aire,

en cambio, es una cosa inmediatamente sentida; y aunque con él no nos

explicásemos el sonido, tendríamos siempre su sensación directa, sobre

todo la de su falta, en momentos de ahogo, de hambre de aire. Y de la

misma manera, Dios mismo, no ya la idea de Dios, puede llegar a ser una

realidad inmediatamente sentida; y aunque no nos expliquemos con su

idea ni la existencia ni la esencia del Universo, tenemos a las veces

el sentimiento directo de Dios, sobre todo en los momentos de ahogo

espiritual. Y este sentimiento, obsérvese bien, porque en esto estriba

todo lo trágico de él y el sentimiento trágico todo de la vida, es un

sentimiento de hambre de Dios, de carencia de Dios. Creer en Dios es,

en primera instancia, y como veremos, querer que haya Dios, no poder

vivir sin Él.

Mientras peregriné por los campos de la razón a busca de Dios, no pude

encontrarle porque la idea de Dios no me engañaba, ni pude tomar por

Dios a una idea, y fué entonces, cuando erraba por los páramos del

racionalismo, cuando me dije que no debemos buscar más consuelo que la

verdad, llamando así a la razón, sin que por eso me consolara. Pero

al ir hundiéndome en el escepticismo racional de una parte y en la

desesperación sentimental de otra, se me encendió el hambre de Dios, y

el ahogo de espíritu me hizo sentir con su falta, su realidad. Y quise

que haya Dios, que exista Dios. Y Dios no existe, sino que más bien

sobre-existe, y está sustentando nuestra existencia, existiéndonos.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 11 / 23 段